Primera Tarea, Parte 2. Traducción exclusiva del relato canon de The High Republic

Traducción por Mario Tormo

Os traemos la conclusión del segundo relato de La Alta República, escrito por Cavan Scott, dentro de la serie Starlight que publica regularmente la revista Star Wars Insider. Estas historias expanden los hechos que hemos podido leer en la primera ola de esta nueva era de Star Wars situada 200 años antes de los sucesos de La Amenaza Fantasma. Podéis leer la parte 1 aquí.

Anteriormente

Sedar a un furioso medoslean en el centro medico del Faro Starlight no era como Velko Jahen había pensado que sería su primer día como administradora en la estación. Y el repentino asesinato de un embajador skembo, el cuál le había pedido protección, solo consiguió empeorar las cosas…

Arte de Louie Di Martinez

Starlight:
PRIMERA TAREA
(Parte 2)

Todo el mundo estaba hablando a la vez, todos excepto Velko Jahen. Las horas transcurridas desde el intento de asesinato estaban borrosas. Velko aún podía ver el cuerpo del embajador Ceeril desplomado sobre la cama cada vez que cerraba los ojos y estaba convencida de que el olor a carne carbonizada aún flotaba en el aire, incluso aquí, en el vasto centro de operaciones del Faro Starlight. Había visto heridas de bláster antes, demasiadas para recordarlas todas, y olían mucho peor en los campos de batalla de Soika. ¿Por qué este ataque, orquestado no en la mugre de una trinchera excavada apresuradamente, sino en el estéril centro médico de la estación espacial más nueva y más grande de la República, la había abrumado?

¿Administradora?

Velko tardó un minuto en darse cuenta de que Rodor Keen estaba hablando con ella. ¿Cuántas veces había obligado al jefe de operaciones de Starlight a repetir su rango antes de responder? La expresión de su rostro le daba la respuesta: ¡Demasiadas!

“Lo siento, señor”, balbuceó, molesta por lo nerviosa que sonaba. “Estaba repasando lo que ocurrió una última vez”.

“Una idea excelente”, sonó una voz detrás de ellos. Velko y Keen se volvieron para ver caminando hacia ellos a una de las figuras más llamativas que jamás habían visto. El corazón de Velko se paró. Había estado esperando este momento desde que recibió su puesto, anhelando conocer a esta mujer, pero jamás se la habría imaginado así.

La maestra Jedi Avar Kriss, Mariscal del Faro Starlight y el Heroína de Hetzal, era tan impresionante como cabría esperar de la persona que había planeado la respuesta Jedi al Gran Desastre, salvando miles de millones de vidas en el sistema Hetzal y más allá. Todo en ella irradiaba confianza, desde su vaporosa túnica hasta los penetrantes ojos azules que ahora miraban Rodor Keen con la intensidad de un equipo de fijación de objetivo. Ni el hecho de que estuviera flanqueada por una mujer Jedi al menos tres décadas mayor que ella, y sin mencionar al imponente wookiee vestido con el ropaje de los padawans, conseguían disminuir su presencia en la habitación. Velko tenía la impresión de que Avar Kriss podría estar rodeada por todos y cada uno de los Jedi de aquí y de allí, y aun así todos los ojos seguirían fijándose en ella.

Esto no iba a ir bien.

Junto a ellos, Estala Maru dio un paso adelante para recibir a los recién llegados por turnos. “Mariscal. Maestra Assek. Padawan Burryaga. Bienvenidos de nuevo a Starlight. ¿Puedo dar por hecho que su misión en el Clúster de Málaga ha sido un éxito?”.

“El acuerdo comercial entre Ayelina y Ludmere se firmó sin incidentes”, confirmó Kriss. “Y pese a ello, conseguimos evitar una crisis diplomática para toparnos con otra en Starlight”.

“Las cosas se han complicado un poco en vuestra ausencia”.

“Lo cual es decir poco”, intervino Keen, con un nervio de la sien palpitando sobre su ojo cibernético.

“¿Qué ha pasado?” Preguntó Kriss, dirigiendo su atención al jefe de operaciones. “Pudimos sentir la inquietud desde que llegamos”.

“Tal vez deberíais verlo vosotros mismos”, interrumpió Maru antes de dirigirse al astromecánico que nunca andaba lejos de él. “Kaysee, informa al centro médico de que la Mariscal está en camino”.

***

La habitación de Ceeril estaba exactamente como la había visto Velko por última vez, aunque ahora había más gente, con Kriss y sus acompañantes apiñados alrededor de la cama, ahora vacía.

“¿Y es aquí donde encontró al embajador administradora Jahen?”

Velko asintió con la boca seca. “Sí, Mariscal. Estaba tendido boca arriba…”

“Había recibido un disparo en el pecho”.

“Así es.”

“¿Y qué hay de su guardaespaldas?”

“Destruido. Habían arrancado su cabeza de los hombros”, dijo Ghal Tarpfen, la mon calamari jefa de seguridad de Starlight, que los había estado esperando en el pabellón. Dio un paso adelante, señalando pequeños fragmentos de metal incrustados en lo alto de la pared del fondo. “Pueden ver metralla de sus procesadores, aquí y aquí”.

De pie, junto a la puerta, Burryaga lanzó una pregunta que Maru se apresuró en responder.

“Las imágenes de seguridad son un misterio”. El kessuriano asintió con la cabeza a su astromecánico, que proyectó obedientemente una imagen de la escena de esa mañana. Velko frunció el ceño al verse a sí misma de pie hablando con Ceeril, y al droide guardaespaldas que todavía se tenía sobre sus anchos pies. Luego vino el alboroto exterior, con Velko saliendo por la puerta segundos antes de que la imagen se perdiera con interferencias. “La señal se interrumpió minutos antes del ataque”.

“El asesino cubriendo sus huellas”, sugirió Nib Assek mientras el astromecánico avanzaba la imagen rápidamente hasta que volvía a ser nítida, mostrando al skembo, ahora boca abajo, sobre la cama, y el droide caído hacia atrás con un golpe.

“Todavía no me puedo creer que nadie haya escuchado nada”, se quejó Keen. “Un bláster no es nada silencioso”.

“Estábamos distraídos”, admitió Velko.

“Con el incidente del… Repetidme ¿qué era?” Preguntó Assek.

“Un medoslean,” le dijo Tarpfen. “El paciente tuvo una convulsión violenta y comenzó a atacar a los miembros del personal, incluido yo mismo. Si no hubiera sido por la administradora Jahen aquí presente, la situación podría haber sido mucho peor”.

“¿Peor?” Keen espetó. “Un embajador ha recibido un disparo en el Faro Starlight. ¿Tiene idea de a cuántos supervivientes estamos atendiendo desde el desastre del hiperespacio?”

“Dieciocho mil cuatrocientos setenta y cuatro,” dijo Maru, atrayendo una mirada furiosa del coordinador. “Lo siento. Era una pregunta retórica, ¿verdad?”

“Cualquiera que sea el número”, continuó Keen, “se supone que Starlight es un refugio, un santuario, y sin embargo, esto sucedió justo bajo nuestras narices”.

“La verdadera pregunta es, ¿qué van a hacer al respecto?”

Los Jedi y los oficiales de la República se volvieron para mirar al embajador Ceeril al otro lado de la puerta. El skembo de rostro rocoso estaba encorvado en una silla repulsora, con un chaleco de bacta que cubría su pecho. Burryaga se hizo a un lado para dejar pasar a Kriss, mientras la mariscal saludaba al mandatario herido con una reverencia.

“Su Excelencia, me alegro de que haya sobrevivido a esta terrible experiencia”.

“No gracias a ninguno de ustedes,” espetó Ceeril, agarrándose el pecho.

“Eso no es del todo cierto”, señaló Maru, mirando a la enfermera Okana, que había conducido al embajador de vuelta al pabellón. “Si el doctor Gino’le y su personal no hubieran respondido tan rápido…”

“Los hasarianos se hubieran salido con la suya, sí, lo sé”.

“¿Los hasarianos?” Preguntó Kriss, atrayendo una furiosa mirada del dolorido embajador.

“Esos brutos no descansarán hasta que los skembo sean expulsados del sector. Una y otra vez le hemos pedido ayuda a la República, y una y otra vez nos la han negado”.

“¿Vio a su agresor?”

“Tan claramente como la veo ahora.”

“Al contrario que las cámaras”, agregó Assek.

“Encontraron los cabellos, ¿no?”, preguntó Ceeril, tosiendo con dureza, “¿En mi droide?” Eso era cierto. Velko los había encontrado ella misma, pelos atrapados entre las tenazas, ahora durmientes, del droide. Del mismo color que los de las melenas de los hasarianos, que se encuentran en otras partes de la enfermería. “¿Cuántas pruebas más necesitan?”

La tos del embajador se intensificó y su cuerpo se retorció con agonía. El doctor Gino’le se acercó con sus patas mecánicas y le ordenó a Okana que acompañara a Ceeril a la habitación que había sido preparada al otro lado de la sala. El grupo de la mariscal lo vio irse. El rostro de Rodor Keen se había oscurecido tanto como el del skembo había palidecido.

Kriss se volvió hacia el coordinador tan pronto como Ceeril estuvo los suficientemente lejos como para no escucharlos. “¿Tenemos hasarianos en la estación?”

Velko habló antes de que Keen pudiera responder. “Un par, sí”.

Una mirada mordaz de la coordinadora volvió a dejarla bloqueada de nuevo.

“¿Y qué es lo que cuentan de sí mismos?” Preguntó Kriss.

“Ambos resultaron gravemente heridos en la emergencia de Wazta”, dijo Keen. “Uno ha estado en un tanque de bacta durante tres días y el otro apenas está consciente”.

“¿Podemos estar seguros de eso?” Preguntó Tarpfen.

“Sería la tapadera ideal”, coincidió Assek.

Kriss suspiró. “¿Puedo verlos?”

“Por supuesto”, dijo Tarpfen, conduciendo al grupo hacia el siguiente pabellón. “Por aquí.”

Velko fue a seguirlos, pero Keen la detuvo. “Usted no, administradora”.

Frunció el ceño. “¿Señor?”

“Necesitamos un informe completo para el Senado. No te dejes nada por poner. Nada en absoluto.”

Así que eso era todo. Velko era apartada, reducida a presentar informes mientras Ghal Tarpfen lideraba la operación. Hasta aquí su brillante carrera en la primera mega-estación de la República. La pondrían en un rincón del centro de operaciones antes de que pudieras decir “Dank Farrik”.

Solamente al escuchar el murmullo de KC-78 se dio cuenta de que no todo el grupo se había ido con Tarpfen. El astromecánico todavía estaba en la sala al igual que su maestro.

“Te envidio,” le dijo Maru, con un atisbo de sonrisa.

“¿Me envidia?”

“¿Un informe completo? ¿Con todos esos jugosos detalles? Mi paraíso particular”.

Ella arqueó una ceja. “Puede escribirlo si lo desea”.

Un suspiro melancólico escapó de sus delgados labios. “Por desgracia, la estación no funcionaría sola. Pero me lo puedo imaginar, ¿verdad Kaysee?” Miró al pequeño droide. “Cotejar pruebas de cada uno de los testigos. Incluso de la propia víctima”.

El astromecánico lanzó un pitido agudo.

“Admito mi error. Víctimas, plural. Ese desafortunado guardaespaldas”.

“Ese destruído guardaespaldas”, le recordó Velko.

Maru la miró con esos curiosos ojos escarlata. “Por supuesto. Ahora, ¿a dónde se llevaron a ese pobre? Sacó un datapad de su manga, deslizó la pantalla y el dispositivo le devolvió un bip resolutivo. “Ah, sí. A la torre de seguridad. Sala de pruebas tres “.

Velko dio un respingo allí donde estaba, captando inmediatamente la indirecta nada sutil que Maru acababa de lanzarle. Quizás había algo más en este kessuriano de lo que parecía después de todo.

“¿Tengo acceso a la sala de pruebas tres?” Preguntó ella.

“No”, respondió el Jedi con picardía mientras se giraba y salía de la habitación, “pero Kaysee sí…”

***

La torre de seguridad era tan austera que contrastaba con la opulencia del resto de la estación. Las paredes eran de bronce pulido y los muebles eran vastos aunque funcionales. Los restos del droide guardaespaldas habían sido depositados en una mesa de operaciones elevada, iluminados por luces de un color azul intenso.

“¿Listo para grabar, Kaysee?” Preguntó Velko al droide.

El astromecánico emitió un pitido indicando que sí lo estaba.

“De acuerdo. La unidad guardaespaldas está intacta excepto por el daño en su cabeza”. Examinó sus manos mecánicas. “Las pinzas acaban de ser escaneadas y revelan restos de ADN hassariano, lo que confirma que el cabello era de un hassariano”. Trató de imaginarse a una de las criaturas altas que había visto en los pabellones entrando por la puerta, y al guardaespaldas corriendo para proteger a su amo. Un forcejeo y al droide arrancando un mechón de pelo. Algo no cuadraba.

“Kaysee, ¿puedes volver a ponerme la grabación?”

El holoproyector de KC-78 zumbó y Velko se vio a sí misma una vez más desaparecer a través de la puerta, dando paso entonces a las interferencias, y después la imagen parpadeando de nuevo y mostrando al guardaespaldas cayendo al suelo.

“¿Pero de dónde vino el disparo?” Se preguntó Velko en voz alta.

KC lanzó una pregunta, pero lo ignoró, inclinándose para mirar el daño en la cabeza cilíndrica del guardaespaldas. Con cuidado, Velko pasó un dedo por el borde irregular donde había estado su única unidad receptora, extrayendo un fragmento de metal chamuscado.

“¿Puedes escanear esto?” le preguntó a su compañero, sosteniendo el fragmento frente al microanalizador de KC. La luz azul bañó el metal mientras los procesadores zumbaban y hacían clic en el interior del rechoncho chasis del droide.

“¿Y bien?”

El droide emitió pitidos emocionado mientras pronunciaba el veredicto, y en un instante Velko supo quién había disparado al embajador.

***

Podía escuchar a Ceeril quejarse en voz alta mientras se acercaba a su nueva habitación. Nib Assek y Burryaga habían permanecido en la puerta, en un intento de convencer al embajador de que se estaban tomando en serio el peligro. Assek asintió con la cabeza en señal de saludo cuando Velko entró en la habitación, con KC-78 a su lado, encontrándose al skembo reprendiendo a Ghal Tarpfen mientras Okana intentaba cambiarle los vendajes.

“No me importa lo que estén haciendo ni a quién hayan puesto para proteger mi habitación, no me sentiré seguro hasta que la mariscal Kriss o el coordinador Keen me informen personalmente de lo que están haciendo al respecto de la vil amenaza hassariana. Exijo justicia. ¡Exijo acciones!”

“La amenaza ha pasado”, dijo Velko, tan tranquilamente como pudo, ignorando la mirada de desconcierto que le dirigió la jefa de seguridad cuando entró en la habitación. “No corre ningún peligro”.

Los ojos del skembo se abrieron completamente. “¿Ha deportado a los hasarianos de Starlight?”

Velko negó con la cabeza. “No es necesario. Su ‘asesino’ ha desaparecido”.

Lo que quedaba de la cabeza del guardaespaldas resonó cuando la tiró sobre su regazo.

“¿Qué significa esto?” Farfulló Ceeril, apartando la unidad decapitada lejos de él.

“Me estaba preguntando lo mismo”, dijo Tarpfen, señalando el trozo de metal retorcido. “Eso es un prueba”.

“Lo es”, coincidió Velko. “Una cabeza destrozada a quemarropa como prueba. Vimos a su pobre guardaespaldas caer hacia atrás y acabar en el suelo en el momento en que las cámaras volvieron a estar operativas. Sin embargo, me pareció extraño que esas mismas imágenes no mostraran al asesino”.

“Deben haber disparado cerca de la puerta”, tartamudeó Ceeril.

“¿Antes de salir a correr?”

“No sabría decir. ¡Estaba demasiado ocupado aferrándome a la vida!”

“Y, sin embargo, nuestros misteriosos asesinos no dispararon cuando el droide estaba lo suficientemente cerca como para arrancarles un mechón de pelo de la cabeza. En vez de eso, esperaron hasta que estaban a punto de escaparse, disparando a un guardaespaldas cuyas armas estaban desactivadas”. Señaló la unidad craneal carbonizada que yacía frente al horrorizado embajador. “Extrañamente, la cabeza no ofrece pruebas de residuos de bláster, aunque sí encontramos restos de detonita dentro del chasis”.

“¿Dentro?” La pregunta de Tarpfen quedó sin respuesta cuando Ceeril sacó una lengua increíblemente larga y sorprendentemente pegajosa que arrebató de la cadera el blaster de la mon cala para cambiar de dueño.

“¡Creo que no!” espetó la mon calamari, agarrando la lengua cuando se retiraba y sujetándola con fuerza. El embajador se atragantó y se echó hacia atrás, pero Tarpfen lo agarró con firmeza y la pareja se enfrascó en un extraño tira y afloja.

“¿Qué significa todo esto?” Una voz resonó mientras Rodor Keen aparecía por la puerta, mirando con incredulidad la escena, con Avar Kriss y un divertido Estala Maru tras de él.

“El embajador intentó desarmarme”, le dijo Ghal Tarpfen al controlador, dejando de agarrar su lengua, que volvió a la boca de Ceeril con un fuerte golpe y dejó caer el bláster al suelo.

“Probablemente porque fingió su propio asesinato”, dijo Velko, señalando con la cabeza a KC-78. El droide emitió varios pitidos como respuesta y proyectó un holograma de los restos del guardaespaldas esparcidos en la sala de pruebas, con una ligera diferencia.

“¿Es un compartimento oculto?” Preguntó Keen, mirando una pequeña tapa que estaba abierta en el pecho del droide.

“Lo es,” respondió Velko. “Tuve que investigar un poco, pero cuando lo encontré, Kaysee pudo identificar ADN hassariano dentro del compartimento”.

“¿Del tipo que queda cuando escondes pruebas falsas en un compartimento privado?” Preguntó Tarpfen, mirando con el ceño fruncido al embajador, que estaba pasando el dorso de su mano fría su lengua palpitante.

“Además de esto,” dijo Velko, sacando un bote de gas bláster de su bolsillo, “que contiene el suficiente eleton para cargar un arma. Suficiente para mutilar…”

“Pero no tanto como para matar”. Tarpfen parecía querer terminar el trabajo ella misma.

“Fue temerario”, admitió Velko. “Programar tu droide para que simule el disparo y luego detonar un explosivo alojado dentro de su unidad craneal”

“Destruyendo así cualquier rastro del engaño”, concluyó Keen, cruzando los brazos con decisión.

“Eso es un sinsentido”, protestó el embajador, revolviéndose en su colchón, “eso es lo que es”.

“¿Lo es?” Ceeril palideció cuando Avar Kriss avanzó hacia el centro de la habitación y se detuvo a los pies de la cama. “¿Sabe lo difícil que es mentir frente a una Jedi, embajador?”

“Especialmente cuando la administradora Jahen ha proporcionado multitud de pruebas”, dijo Maru, tocando su siempre presente datapad. “Todo lo cual acabo de enviarlo al servicio de seguridad de la República en Coruscant”.

“¿No es ese mi trabajo?” Preguntó Ghal Tarpfen, sonando más divertida que molesta, con el arma otra vez en sus manos.

“Eso es lo maravilloso del Faro Starlight”, dijo Avar Kriss, volviéndose hacia Ceeril. “La República y los Jedi trabajando juntos por el bien de todos. Creo que formamos un gran equipo, ¿no es así, embajador? Quizás sería mejor si pasara el resto de su convalecencia en el centro de detención”.

“¿Quieres hacer los honores?” Preguntó Tarpfen a Velko, pero ella negó con la cabeza. “Tú eres la jefa de seguridad”.

“Y a ti se te debe un recorrido por Starlight”, le dijo Rodor Keen mientras Burryaga maniobraba la camilla del skembo hacia fuera de la habitación, bajo la atenta mirada de Tarpfen. “Dime, ¿por dónde te gustaría empezar?”

La decisión quedó fuera de su alcance cuando llegó un aviso por el sistema de comunicaciones, una voz ronca y sibilante informaba a la mariscal Jedi que habían recibido una llamada de socorro del Sistema Kazlin.

“Tal vez deberíamos ir donde se encuentra la acción”, dijo Velko mientras Avar Kriss se dirigía al turboascensor.

“Una excelente idea, administradora”, coincidió Keen. “Creo que encajarás perfectamente”.

FIN


El siguiente número de la revista Insider, el 203, traerá un nuevo relato de la mano de Justina Ireland. Si os habéis quedado con ganas, os recordamos que tenéis los anteriores relatos ya traducidos:

Starlight: Vamos Juntos. Parte 1Parte 2.

Starlight: Primera Tarea. Parte 1, Parte 2.

Un comentario el “Primera Tarea, Parte 2. Traducción exclusiva del relato canon de The High Republic

  1. Pingback: Traducción exclusiva del nuevo relato de la serie The High Republic: Starlight – “Peligro Oculto” (Parte 1) | La Biblioteca del Templo Jedi

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