Segunda parte del relato escrito por Cavan Scott y que forma parte de la antología Starlight. Aparecido únicamente en la Star Wars Insider 206 en inglés. Os traemos la traducción al Castellano de esta historia protagonizada por la Administradora Velko Jahen y el Maestro Jedi Sskeer.
Anteriormente:
Mientras la República lidera el contraataque a los Nihil, las pérfidas consecuencias provocadas por los anarquistas galácticos tienen un alcance cada vez mayor. Tras llegar a la Baliza Starlight bajo la apariencia de un comerciante, las filiaciones de Vane Sarpo, un antiguo amigo y aliado de Velko Jahen, pronto quedan al descubierto…
Starlight: Errores del Pasado (Parte Dos)
Starlight Beacon había cambiado mucho en muy poco tiempo. Cuando llegó por primera vez, la Administradora Velko Jahen se sorprendió por la atmósfera, todos muy seguros de sí mismos y tranquilos entre un gran bullicio. Y luego estaba la emoción. Lo podías sentir en el ambiente. La Baliza fue un nuevo comienzo, tanto para la frontera galáctica como para una veterana hastiada en busca de un nuevo propósito en la vida. ¿Ahora? Ahora era diferente. Todo eso fue antes de Valo. Todo eso fue antes de que los Jedi tuvieran como tarea acabar con los Nihil. Fue antes de que los pabellones de la torre de seguridad se llenaran de Nihil capturados como parte de la Operación: Contraataque.
Ahora estaba de pie frente a una celda, mirando a un hombre junto con el que había luchado en Soika. Un hombre al que había, si no amado, querido profundamente. Un hombre que era su prisionero. Ella misma lo había encarcelado. Le había puesto las esposas en las muñecas después de descubrir que estaba usando Starlight para hacer llevar armas a los Nihil. Y una pregunta le quemaba.
— ¿Por qué?
Vane Sarpo estaba sentado de espaldas a ella detrás del campo de energía. Su asistente Clune estaba enroscado como una pequeña bola naranja, la reacción instintiva de todos los peasles en momentos de gran peligro. El pequeño insectoide no se había desenrrollado ni una sola vez desde que encontraron los blásteres de contrabando.
— Necesito saberlo, Vane. ¿Por qué hacerlo? ¿Qué te ofrecieron?
El vuman tatuado no respondió. Pero los Nihil del resto de celdas, sin duda, sí que tenían mucho que decir, abucheando y gritando. Un Wookie particularmente flacucho le dijo a Velko, sin un ápice de duda, lo que le haría si los campos de energía fallaran. Velko no estaba preocupada. El guardia de la puerta del bloque tenía su bastón aturdidor y ella su bláster. Se había asegurado de estar armada. La visita no estaba exactamente autorizada, estaba segura de que la Jefe de Seguridad Ghal Tarpfen tendría mucho que objetar al respecto, pero Velko no iba a darle la oportunidad de hacerlo.
Aun así, Vane permaneció en silencio. Nada de esto tenía sentido para Velko. La idea de que podría haberse unido voluntariamente a los Nihil era demasiado terrible para comprender. Vane había caminado por el filo de varias líneas rojas a lo largo de los años, especialmente cuando sirvieron juntos en Soika, ella como miembro de la Fuerza de Liberación y él como mercenario, pero estaba malditamente segura de que él no era un anarquista.
— Te están pagando, ¿se trata de eso? –Ninguna respuesta–. ¿Les debes dinero? –Aún nada–. En nombre del vacío, Vane, háblame.
Finalmente alguien dijo algo, pero no fue el prisionero.
— Administradora Jahen.
Velko maldijo por lo bajo cuando escuchó los pesados pasos detrás de ella. Se giró y vió la imponente forma del Maestro Jedi Sskeer caminando hacia ella, con su única mano sana apoyada en la empuñadura de su sable de luz.
— Esto –siseó el trandoshano–, es bastante… Irregular.
Estaba alterado, se dio cuenta inmediatamente. Algo más que había cambiado desde que llegó a Starlight. Antes creía que los Jedi eran incapaces de sentir emociones, un planteamiento completamente erróneo. El Jedi que había conocido tenía sentimientos tan profundos como cualquier otro individuo. Simplemente se les daba mejor controlarlos. A la mayoría al menos. Sskeer parecía tener más dificultades que el resto para ello, y en cuanto a la mariscal Avar Kriss…
— Maestro Jedi –empezó a decir alejando sus pensamientos–. Simplemente pensé que…
— Pensó que podría usar su historia personal para presionar al prisionero.
Las plateadas mejillas de Velko ardían.
— No, no iba a ser así.
— Por supuesto que sí –dijo una voz tras ella. Por fin Vane había decidido hablar. Todavía les daba la espalda, pero su voz tenía un tono que no había escuchado nunca antes–. Yo hubiera hecho lo mismo, pero estás perdiendo el tiempo Vel.
Ella no podía aceptar eso.
— Podemos ayudarte Vane, si tú nos ayudas a nosotros.
— Si os ayudo, ¿cómo? –Estaba de pie ahora–. ¿Revelando los secretos de los Nihil? ¿Y qué harías entonces? ¿Administradora? ¿Protegerme como los Jotas protegieron Valo? Sois un chiste, tú y tus amigos Jedi –sus ojos iban de uno a otro–. Miraos, con vuestras mejores galas. Túnicas doradas y cuellos almidonados. Acabaréis quemados. Lo sabéis, ¿no? Todo esto se derrumbará sobre vuestras cabezas. No podéis ayudarme, ¡porque el problema sois vosotros!
Por todos lados, los Nihil encarcelados gritaron en apoyo a la perorata de Vane. El wookiee sacudía sobre su cabeza sus largos y peludos brazos. ¿En qué había estado pensando Velko? Esto estaba siendo inútil. Vane… Vane no era el hombre que ella recordaba. El hombre que había sido. Y si quería pudrirse en una cárcel de la República, que así fuera. Tenía trabajo que hacer. Trabajo importante. El trabajo de ayudar a que caigan más hombres como él.
Giró sobre sus talones marchando hacia el guardia de la puerta. Pero se detuvo al darse cuenta de que Sskeer no la acompañaba. Estaba de pie, inmóvil, frente a la celda de Vane.
— ¿Maestro Sskeer? –Inquirió, pero ni así se movía–. Master Sskeer, ¿viene?
— Algo no va bien –dijo, ignorando la pregunta, sin apartar sus entrecerrados ojos anaranjados del rostro de Vane–. Siento ira.
— ¡Ja! –Ladró Vane, alzando los brazos haciendo una pantomima–. No mentían sobre ti, ¿verdad Jedi? El lagarto es capaz de percibir que estoy enojado. Y yo pensando que no era más que un estúpido dewback.
— Deberíamos marcharnos –le dijo Velko al trandoshano.
— Al fin lo capta –resopló Vane–. Denle a la chica una medalla para su colección. Adelante. Largaos. Me ponéis malo, todos. Malo del estómago.
— Percibo algo más que ira –continuó Sskeer. Sus palabras sonaban extrañamente doloridas –. Siento vergüenza. Siento… Miedo.
Había algo en la forma en la que el Jedi hablaba que hizo que Velko sintiera un escalofrío, las emociones que describía le eran demasiado familiares. Pero los Jedi no sentían miedo, ¿verdad? Sin embargo, Sskeer tenía razón. Vane tenía miedo, podía verlo en sus ojos, pero ¿de qué? ¿De ser encarcelado por sus crímenes? De las consecuencias si traicionaba a los Nihil. No. Era de algo más. De alguien más.
Los ojos de Vane se posaron en Clune y se abrieron como platos. El peasle se estaba balanceando sobre su caparazón, preparándose para desplegarse.
El sable de Sskeer se encendió.
— Apaga el campo de energía –le ordenó al guardia de la puerta.
Vane alzó sus brazos, con las palmas de las manos hacia el sable celeste.
— No. No hagas eso. Vete. Por favor, vete.
— No lo pediré otra vez –bramó Sskeer.
Velko volvió a mirar al aterrorizado guardia, quien obviamente se preguntaba si debía o no obedecer al Jedi. Fue entonces cuando un rayo de luz brotó del interior de la celda de Vane.
Todo sucedió muy rápido. Velko se dio la vuelta y sus ojos se abrieron como platos cuando se dio cuenta de que el brillo emanaba del propio Vane Sarpo. Los tatuajes de su rostro brillaban como si fueran relámpagos intermitentes.
–El campo –gritó Sskeer. Sus fosas nasales aleteaban mientras el bloque se llenaba de un nauseabundo olor a carne quemada y ozono carbonizado–. ¡Ahora!
— No –gritó Velko, entrecerrando los ojos por el resplandor–. Aisle el bloque. Cierre toda la torre –ordenó.
El guardia se lanzó hacia los controles a la vez que una luz tan brillante como un sol emanaba de la celda de Vane. La ráfaga procedía del propio Vane.
Velko gritó, cubriéndose los ojos con una mano, pero el daño ya estaba hecho. Solo podía rezar para que los efectos fueran solo temporales, que no se hubiera quedado ciega porque su antiguo amante había… ¿qué? ¿Explotado? Le zumbaban los oídos, pero aún podía percibir el crepitar del bastón aturdidor del guardia de seguridad y el silbido del sable de luz de Sskeer. Solo una cosa llamaba la atención por su ausencia: el zumbido de los campos de energía que mantenían a raya a los prisioneros.
Parpadeó furiosamente. Sacó su bláster y disparó algunos tiros hacia las formas borrosas que corrían hacia ella. Nihil cayendo al suelo. Apuntó y disparó sin ver, confiando en su entrenamiento, escuchando los gruñidos y golpes de un enemigo caído antes de volverse contra el siguiente. Era solo cuestión de tiempo antes de que se le acabara la suerte. Un Nihil evitaba su disparo. El bláster se le cayó de la mano. Lo escuchó deslizarse y arremetió a ciegas. Su puño solo encontró aire. El Nihil no tuvo problemas para dar con la mandíbula de Velko, añadiendo una supernova centelleante de colores imposibles a su ya confusa visión. Cayó y se abalanzaron sobre ella, sin importar lo fuerte que golpeara y pateara. La arrastraron sobre sus rodillas, con los brazos por detrás. Una voz áspera en su oído diciendo que dejase de forcejear. Como si tuviera otra opción. Pero incluso cuando su visión se aclaró lentamente, con los ojos llorosos, una sonrisa se extendió por sus labios partidos. Sskeer los sacaría de esto. Sskeer era un Jedi. Sskeer tenía un sable de luz.
Un sable que ya no escuchaba.
Sskeer cayó sobre la cubierta a su derecha, inmovilizado en el suelo por la peluda wookiee que obviamente era más fuerte de lo que parecía. Pero esto aún no había terminado. Sskeer usaría la Fuerza. Se desharía del Nihil sobre su espalda con tanta facilidad como si se quitase la capa.
En cualquier momento.
En cualquier…
— Bueno, quizá tengamos un problema.
Ecabulléndose frente a ellos vieron las diminutas patas de un peasle deslizándose por el suelo. Un peasle que sostenía el bastón aturdidor del guardia.
— ¿Clune? –Jadeó Velko aturdida.
— Qué tal –dijo el pequeño insectoide–. No hemos tenido oportunidad de charlar antes, ¿verdad?
— Antes te has enrollado como una bola –le recordó ella.
— Como un cobarde –añadió Sskeer.
Clune sacudió su cabeza segmentada.
— Vaya un prejuicio, y viniendo precisamente, de entre todos los seres posibles, de un Jedi –el peasle se deslizó hacia Sskeer, pinchándolo con el bastón aturdidor que crepitó con energía. El trandoshano rugió de dolor, pero Clune solo chasqueó la lengua–. No me importa decirlo, estoy un poco decepcionado. Parece de lo más indigno.
— ¿El guardia? –preguntó Velko, estirando el cuello para mirar alrededor–. ¿Dónde está?
— Oh, está muerto –le informó Clune–. Bastante, bastante muerto. Pero no ha sido antes de que lograra cerrar las puertas, esas que nuestro estallido de iones no consiguió derribar, eso es.
Todavía luchando contra el Nihil que la sujetaba con fuerza, Velko se giró para mirar dentro de la celda de Vane. El vuman estaba tendido boca abajo, hilillos de humo emanaban desde la parte oculta de su cara.
— Los tatuajes de Vane –graznó.
— Ahora veo que fue algo inteligente –dijo Clune, con su voz llena de un estridente orgullo–. Entrelazados con filamentos de iones, ¿no lo sabías? Preparados para ser detonados en cualquier momento, gracias a esto –hizo tintinear el brazalete de control que colgaba holgadamente alrededor de una de sus muchas muñecas.
— ¿Cómo? –preguntó Velko.
Una sonrisa se dibujó en el rostro segmentado del Peasle.
— Es muy realmente difícil desplegar un peasle una vez que se han convertido en una bola.
— ¿Y qué hay de los escáneres de seguridad? –dijo Sskeer.
— Son prácticamente inútiles –confirmó Clune–. La quitina de peasle es tan efectiva bloquando tanto los barridos de sensores como las sospechas sobre un… ¿Cómo dijiste Jedi? ¿Un cobarde?
— Fascinante –dijo Velko con los dientes apretados–, pero no es a lo que me refería. ¿Cómo persuadiste a Vane para que lo hiciera? Para tatuarse la piel. ¿Para atacar Starlight?
Clune se echó a reír, un ligero sonido de gorjeo.
— Realmente no tenía otra opción. Te dije que los tatuajes eran ingeniosos. No solo ocultaron una carga de iones; podían causar un dolor insoportable si no hacía lo que le dijese. Debo admitir que me impresionó la forma en que intentó que te fueras. Todos esos gritos y demás. Debe haberse preocupado mucho por ti, intentando evitar que te vieses involucrada en todo…–el Peasle blandió el aturdidor describiendo un círculo que abarcó todo el bloque de celdas–. En todo esto. Quizás lo subestimé. No es que importe. Los filamentos eran de un solo uso. Esperaba detonarlos en medio de la noche.
— Pero te obligué a usarlo –bramó Sskeer.
— Y tanto, lo que nos lleva de vuelta a nuestro problema. En todo momento la idea era escaparse.
— Y ahora estás atrapado –dijo Velko permitiéndose una sonrisa amarga.
— Todos lo estamos, querida. Incluida tú, todo porque ordenaste el aislamiento. Ahora no tenemos comunicadores ni manera de escapar.
— Pero tenemos esto –un Nihil amani de cabeza ancha pasó frente a Sskeer y Velko, sosteniendo con su flacucho brazo un arma muy familiar.
— Ah sí –dijo Clune cogiendo la empuñadura–. El sable de luz del Jedi.
— No te atrevas a… –gruñó Sskeer intentando, sin éxito, salir de debajo de la wookiee.
— No te atrevas a… ¿Qué? –cuestionó Clune– ¿Hacer esto?
Velko torció el gesto cuando el peasle golpeó a Sskeer en la cara con su propio guardamanos.
— ¿O esto?
La hoja azul se brotó majestuosamente de la empuñadura, reflejando su luz en los ojos de Clune. En todo momento, Sskeer luchaba por ponerse de pie, pero lo mantuvieron inmovilizado en el suelo.
— Esto es lo que va a pasar –dijo Clune, moviendo lentamente la hoja para que estuviera peligrosamente cerca de la cara de Velko–. Vamos a negociar por tu vida. O permiten que nos vayamos todos, o empezarás a perder extremidades –Se rió antes de mirar de nuevo a Sskeer–. Más extremidades en algunos casos.
— No –dijo Velko tranquilamente.
— ¿Y cómo es eso?
Miró a Clune directamente a sus ojos negros.
— No me importa lo que me hagas, no te ayudaré, y tampoco lo harán los Jedi. Serás capturado, y devuelto a tu celda, sin oportunidad de escapar.
— ¿Así pues? –Preguntó el Peasle, acercando aún más la hoja brillante. No desprendía calor, pero eso no detendría la quemadura en cuanto el campo de contención tocara su piel. Velko entrecerró los ojos, preparándose para el dolor… Dolor que no llegó nunca.
Un disparo de bláser salió de la nada, haciendo que Clune girara sobre sí misma. El sable encendido voló de su mano. El segundo disparo la golpeó de lleno en la espalda y cayó. El bastón aturdidor del guardia muerto resonó en el suelo.
Velko no miró para ver quién había disparado. No tuvo tiempo. Echó la cabeza hacia atrás bruscamente, golpeando la mandíbula del Nihil que la sostenía. Se tambalearon hacia atrás, perdiendo el control y ella se abalanzó, agarrando el aturdidor y haciéndolo girar para clavarlo con fuerza en el costado de la wookiee. La peluda Nihil gritó cuando los voltios fluyeron libremente a través de su cuerpo. Sskeer finalmente pudo liberarse. El sable estuvo en su mano en cuestión de segundos. Velko y el Jedi estaban hombro con hombro, con las armas desenfundadas y listos para castigar a cualquier Nihil que se atreviera a atacar.
Pero ninguno de ellos se movió siquiera. Tal vez fue la doble amenaza del sable y el bastón aturdidor, o el hecho de que los Nihil habían perdido la ventaja. Lo más probable es que tuviera algo que ver con el desintegrador que Vane Sarpo sostenía en la mano, listo para disparar en cualquier momento. Velko no tenía ni idea de si Vane había caído sobre su arma por accidente, o si la había tapado a propósito con su cuerpo mientras recuperaba fuerzas. Pero no importaba. No ahora que sonreía secamente, con la cara gravemente quemada.
— Clune tenía razón –jadeó. Sus ojos brillaban por el dolor–. Nadie piensa nunca en registrar al cobarde.
***
Los guardias llegaron minutos después, junto con la antiguo padawan de Sskeer, Keeve Trennis, quien parecía que nunca andaba lejos su maestro. Vane fue transferido a un ala segura en el centro médico, sus quemaduras curadas y cualquier rastro de los tatuajes de Nihil eliminados de su rostro. El propio Sskeer insistió en vigilar la habitación, pero Velko tenía la ligera sospecha de que estaba más preocupado por proteger a Vane de las represalias de los Nihil que por el hecho de que el vuman huyera.
— Lo siento –dijo Vane desde su cama.
— ¿Porque te pillaron? –dijo ella, intentando no sonreir–. Aunque creo que esa fue siempre la intención.
Se encogió de hombros.
— Es difícil saltarse un bloqueo de seguridad Nihil cuando te quedas parado en la bahía del hangar.
— Podrías haber confiado en mí, ¿sabes? Podrías haberme dicho lo que estaba pasando, cuando estuvimos en el bar.
— ¿Podría? –Le tocó la mejilla, estremeciéndose ligeramente.
— No era dolor de muelas –dijo, recordándolo haciendo una mueca en ese momento–. Fue una advertencia.
El asintió.
— Clune me recuerda que tengo que volver a mi trabajo. Lo cual deberías hacer tú también –dijo desplegando esa sonrisa exasperante–. Especialmente si vas a conseguir que me perdonen.
— Ya está arreglado, pero no fue cosa mía –hizo un gesto con la cabeza a Sskeer que estaba en la puerta de pie de espaldas a ellos.
— ¿El viejo dewback tiene corazón?
— El viejo dewback también tiene un oído excelente –rugió el trandoshano sin moverse.
— Entonces, gracias –le dijo Vane, antes de volver a mirar a Velko–. A los dos.
— Paso luego a verte –dijo Velko, dirigiéndose a la puerta–. No te vayas a ningún lado, ¿me oyes?
— Haré lo que pueda –Vane estaba empezando a sonar más como él mismo, aunque la duda se deslizó a través de su voz cuando gritó– ¿Vel?
Se detuvo, mirándolo erguido en la cama.
— ¿Eres realmente feliz aquí? ¿Con todo lo que está pasando? ¿Con los Nihil, los Jedi y …?
Ella se había encogido de hombros ante la pregunta la última vez que él la había hecho, sentados en el Unity’s. Esta vez ni siquiera dudó, incluso después de todo lo que había sucedido en las últimas horas. Precisamente por lo que había sucedido. ¿Y qué si la vida en el Faro se había vuelto más difícil? Starlight estaba aquí para ofrecer esperanza, para proteger, para evitar que cosas como Valo volvieran a suceder.
Al igual que ella.
— Sí –dijo ella, sintiéndolo de todo corazón–. No me gustaría estaría en ningún otro lugar.
FIN
Si quieres leer los anteriores relatos puedes hacerlo aquí:
En este primer adelanto de la biografía que sale el próximo 6 de Abril en Estados Unidos podemos ver al pequeño Anakin embarcándose en la aventura de su vida junto al lado de los Jedi. La propia autora, Kristin Baver, nos introduce este extracto que os traducimos a continuación.
Cuando empecé a escribir Skywalker: A Family At War ya llevábamos 105 días de cuarentena. La pandemia de la COVID-19 había llevado al mundo, de manera repentina e irreversible, a una nueva y extraña era de incertidumbre desoladora, mientras que el virus destrozaba millones de vidas. Durante este periodo sombrío en la historia de la humanidad, puedes imaginar las ganas que tenía de apartarme de los alarmantes titulares de noticias y sumergirme en la saga Skywalker.
Tal y como Qui-Gon Jinn le dice a su futuro aprendiz, «Tu enfoque determina tu realidad.» Los días parecían indistinguibles entre sí, pero las noches y los fines de semana estaban reservados para volver a ver cada película y serie de animación de Star Wars que involucrase a la familia Skywalker como centro de la historia, y releer cada libro y cómic que trataba sus vidas ficticias. Estaba ansiosa por asumir el papel de erudita espacial y biógrafa de la misma que había abordado la redacción de innumerables perfiles a lo largo de mis años como periodista de política y negocios. Durante aquellos días, en cada historia intentaba ofrecer un vistazo al mundo privado de alguien para que de esa manera todos pudiéramos entendernos un poco mejor.
De manera similar, la historia del clan Skywalker, nuestra mitología moderna, tiene un impacto porque sirve como un espejo para reflejar nuestra humanidad, mostrando nuestros miedos más profundos, nuestros impulsos más oscuros y nuestra asombrosa capacidad de amar, perdona y tener esperanza por el mundo frente a situaciones aparentemente insuperables.
Escribo esto ahora, más de un año después de aquel confinamiento. Y puedo deciros con absoluta certeza que mi viaje junto a los Skywalkers me hizo sentir menos sola en un momento de gran incertidumbre. En el primer extracto oficial del libro, encontramos a Anakin Skywalker en la cúspide de su propio viaje hacia lo desconocido. Sus habilidades cambiarán el mundo que lo rodea. Su autodescubrimiento traerá alegría y tragedia. Soportará el peso de la profecía del «Elegido» y llevará a la galaxia, tal y como la conoce, hacia la oscuridad.
Pero al principio, Anakin Skywalker es tan solo un niño de nueve años que de repente perdió la conexión con su vida normal con la misma rapidez que fue apartado del futuro que Qui-Gon le prometió…
Cuando el Consejo Jedi miró a Anakin por primera vez, el sabio y diminuto Maestro Yoda sintió que Anakin estaba preso del miedo. Y el miedo era un aliado peligroso. Para los Jedi, el miedo era un camino hacia el lado oscuro de la Fuerza, un punto de entrada a los recelos que podían convertirse en ira y odio. Sin embargo, la respuesta emocional de Anakin a su situación, incluidos sus miedos, fue una reacción muy humana al repentino trastorno que había experimentado en su vida; Qui-Gon creía que, con la orientación adecuada, las ansiedades naturales de Anakin desaparecerían y serían reemplazadas por la claridad de visión de un Jedi. Si Jinn estaba en lo cierto, el chico le daría equilibrio a la Fuerza, derrotando a la creciente oscuridad que ya estaba empezando a nublar tanto la Fuerza misma como las habilidades de la Orden Jedi para percibir la amenaza.
Sin embargo, donde Qui-Gon vio una promesa, Obi-Wan Kenobi y muchos en el Consejo Jedi sintieron problemas. Obi-Wan no ocultó su preocupación, ni siquiera al propio Anakin. El poder puro del chico en la Fuerza era algo de lo que había que tener cuidado. Era maleable y, en las manos equivocadas, tal potencial explosivo podría convertirse en siniestro.
Pocos se sorprendieron de que Qui-Gon desafiara la reacción negativa inicial del Consejo a su solicitud de cumplir su promesa y entrenar al niño. Con Obi-Wan casi listo para convertirse él mismo en un Caballero Jedi, Qui-Gon era libre de acoger a un nuevo Padawan, y estaba decidido a que ese Padawan fuese Anakin, toda vez que el Consejo aceptara la idea, al menos.
Qui-Gon comenzó a persuadir levemente a Anakin para que comprendiera mejor los caminos de la Fuerza. Si se le preguntaba, Qui-Gon habría argumentado que no estaba entrenando al niño, sino que simplemente lo guiaba como mentor y tutor en lugar de su madre ausente. Tal como lo había hecho mientras ayudaba a Anakin a subir a su vaina de carreras antes del Clásico Boonta Eve, Qui-Gon le ofreció al niño la ayuda de su sabiduría: “Recuerda siempre, tu enfoque determina tu realidad”, le dijo. «Mantente cerca de mí y estarás a salvo». Esas palabras resonarían en el subconsciente de Anakin durante los próximos años, un eco de sabiduría, y falsa esperanza, formando la base de sus dudas de que alguien realmente pudiera protegerlo. Y si nadie podía, razonó su joven mente, tendría que convertirse en el Jedi más fuerte que jamás había vivido para proteger a quienes lo rodeaban. Si se concentraba lo suficiente, podría hacerlo realidad.
En ese momento, una Federación de Comercio sin escrúpulos estaba implementando un bloqueo en el planeta de Naboo, deteniendo todos los envíos al planeta pacífico en protesta por los impuestos a las rutas comerciales. Sin embargo, este boicot fue simplemente una astuta tapadera para un plan de invasión. Mientras el Senado Galáctico permanecía de brazos cruzados, Qui-Gon, Anakin, Obi-Wan Kenobi y el fiel droide astromecánico R2-D2 se embarcaron en una misión para proteger a la Reina Amidala e interrumpir la invasión de la Federación de Comercio de su planeta. Una vez en Naboo, Padmé se reveló como la Reina Amidala y forjó una alianza con el ejército Gungan para montar un contraataque contra los invasores de la Federación de Comercio. En medio de su éxito, Qui-Gon y Obi-Wan se encontraron una vez más con el bestial Darth Maul.
Este guerrero era fuerte en la Fuerza y llevaba un sable de luz de doble hoja que refulgía en color rojo sangre, delatando su lealtad al lado oscuro. Con su aparición, llegó una prueba irrefutable: los Sith, una antigua orden de portadores de la Fuerza dedicados al lado oscuro, el engaño y la codicia, que durante mucho tiempo se creía derrotados y destruidos, habían regresado. Bajo un manto de secreto, un nuevo Lord Sith, Darth Sidious, y su aprendiz Darth Maul, se habían levantado, orquestando en secreto la invasión de Naboo por parte de la Federación de Comercio como su primer acto en un plan que finalmente conduciría a los últimos días de la República y dar paso al Imperio Galáctico. En un duelo que enfrentó la luz contra la oscuridad, Qui-Gon y Obi-Wan lucharon contra Darth Maul, sin darse cuenta del verdadero engaño maligno de los Sith en el interior del Senado Galáctico. Tal y como los Jedi descubrirían, demasiado tarde, Darth Sidious era en realidad Sheev Palpatine, un senador de Naboo de aspecto plácido que estaba dispuesto a sacrificar su mundo natal para empujar a la pacífica República al borde de la guerra.
Mientras la batalla se desarrollaba, Qui-Gon fue atravesado por la espada de Darth Maul. Decidido a vengar a su maestro, Obi-Wan atacó a Maul, pero en su ira y desesperación perdió su propio sable de luz y casi su vida. Haciendo uso de un último esfuerzo, y armado con la Fuerza, Obi-Wan atrajo el sable de luz de Qui-Gon hasta su mano para partir a Maul en dos. Así, el aprendiz y el arma sagrada se unieron para vengar al caído Jinn.
Era demasiado tarde para una intervención médica; ninguna cantidad de bacta podría curar la herida mortal de Qui-Gon. Todo lo que Obi-Wan pudo hacer fue acunar la cabeza de su maestro y prestar atención al último deseo del Jedi: entrenar a Anakin Skywalker, a pesar de sus propios y profundos recelos.
***
Si Anakin hubiera estado más en sintonía con la Fuerza, podría haber sentido el temblor cuando la vida del Maestro Jinn se extinguió. De todos modos, el chico estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: volar. Al verse empujado a la batalla, Anakin y R2-D2 buscaron refugio dentro de un caza estelar de Naboo. A través de una combinación de botones e interruptores rotos para anular el piloto automático y la habilidad de navegación de R2-D2, la pareja logró despegar. Ya sea por suerte o por voluntad de la Fuerza, Anakin condujo su caza hacia la Nave de Control de Droides de la Federación de Comercio, que estaba al mando de una legión de tropas mecánicas en tierra. Aterrizando dentro de la nave, Anakin disparó sus cañones láser a un puñado de droides de batalla B1. Tal como le había aconsejado Qui-Gon, Anakin confió en sus instintos y reflejos instantáneos, y un disparo afortunado impactó en el reactor principal de la nave enemiga, concluyendo de manera efectiva la batalla en la superficie del planeta bajo ellos. Para Anakin, la experiencia de la batalla fue más intensa y estimulante, más emocionante y aterradora que cualquier carrera de vainas.
Cuando estuvieron de vuelta en tierra, la emoción de la victoria de Anakin se vio atenuada inmediatamente por la aplastante noticia de la muerte de Qui-Gon. En unos pocos días, la vida de Anakin fue completamente alterada y reimaginada por la guía y las enseñanzas de este misterioso Jedi. Con su rápida desaparición, todo lo que Anakin pudo pensar fue: «¿Qué me pasará ahora?» En los rincones más oscuros de su mente, el miedo lo envió en espiral a escenarios hipotéticos en los que se vio obligado a volver a la servidumbre, para nunca volver a ver a su madre.
Aunque nadie se dio cuenta de lo que estaba en juego en ese momento, el futuro de Anakin se estaba disputando. Si Qui-Gon hubiera sobrevivido y Maul hubiera sido vencido, Anakin se habría criado bajo la atenta y tranquila tutela de un maestro experimentado. Aunque los dos probablemente habrían tenido sus desacuerdos, la compasión de Qui-Gon por el ex esclavo bien podría haber traído un resultado muy diferente. Quizás el propio Qui-Gon habría ayudado a su Padawan a regresar a Tatooine y liberar a los esclavos. Como mínimo, habría empatizado con la inquietud de Anakin por el estricto Código Jedi, ofreciendo soluciones más allá de los límites impuestos por las reglas de los razonamientos de Obi-Wan Kenobi. Quizás Shmi Skywalker se hubiera salvado. En cualquier caso, el depredador, Maestro Sith, Darth Sidious bien pudo haber tenido más dificultades para manipular el futuro del joven Anakin y retorcer sus muchos dones naturales hacia versiones perversas e irreconocibles.
Tal como estaba, casi tan rápido como lo había encontrado, Anakin perdió lo más cercano que había tenido a una presencia paterna, un guía dispuesto con una fe inquebrantable en sus habilidades. Durante esos preciosos días, Qui-Gon fue un consejero tranquilo, una boya muy necesaria para las tormentosas pasiones del joven, sensible a la Fuerza. Qui-Gon había perfeccionado el arte de la meditación en combate, concentrando su energía en la defensa más hábil en su búsqueda para mantener la paz en la galaxia. Según el Código Jedi, incluso en conflicto, un Jedi podría mantenerse fiel a las enseñanzas de la Orden al acceder a su conexión con el conocimiento, la serenidad y la armonía en lugar de ceder a la emoción, la pasión y el caos, usando la Fuerza e incluso sus sables de luz solo para defensa.
El espectro de Qui-Gon cobraría gran importancia en los pensamientos de Anakin mientras se embarcaba en su búsqueda para convertirse en Jedi y el trauma de perder a su maestro perseguiría a Anakin de una manera muy diferente a la separación de su madre. Mientras Shmi representaba el confort de las seguridades que conocía, Qui-Gon le había prometido un futuro significativo. El paciente Jedi representaba un puente entre el antiguo yo esclavizado de Anakin y el abismo de lo desconocido, un futuro de infinitas posibilidades que el chico apenas comenzaba a comprender.
La única constante que quedaba en la vida de Anakin era la Fuerza misma. El futuro Padawan Jedi podía sentir el zumbido de la energía que unía a la galaxia. Al ver el cuerpo del Maestro Jedi convertirse en cenizas en una pira funeraria sagrada, Anakin sintió una profunda sensación de pérdida. A la luz de la profecía, Anakin se preguntó si su propia existencia de alguna manera había puesto en peligro a su amable amigo. Con la ayuda de Obi-Wan, Anakin esperaba demostrar la más ferviente y sincera creencia de Qui-Gon Jinn: que él era, verdaderamente, el Elegido.
El 1 de Mayo de 2018 (cuatro meses después del estreno del Episodio 8) el escritor Alan Dean Foster (autor de la novelización de la película original de Star Wars y hace unos años del Episodio 7), decidió publicar un tratamiento para el Episodio 9. A continuación podréis leer por fin el texto original publicado en su web traducido en exclusiva al Castellano.
Alan Dean Foster con su novelización del Episodio VII
El tratamiento es un amplio resumen del argumento de un proyecto en una forma cercana al relato. Sería una fase intermedia del desarrollo de tu historia, más amplia que una sinopsis pero previa al desarrollo del guión literario. Para tener un poco de contexto sobre el por qué hizo esto Alan, el propio autor lo explicaba con las siguientes palabras:
«Todos escribimos nuestras propias películas. Todos escribimos nuestras propias secuelas. Tras ver The Las Jedi, como autor no pude evitar reflexionar sobre lo que llevaría a la pantalla para el Episodio IX si tuviera la oportunidad de hacerlo. Inesperadamente, me tomé el tiempo para redactar un tratamiento. Fue divertido de armar.»
Alan Dean Foster
Y en una nota al final del tratamiento ampliaba:
«Esta historia es una continuación de los eventos del Episodio 8; ampliándolos, corrigiendo ciertos errores, llenando agujeros en la trama y sin contradecir nada de lo que aparecía en la película anterior. Lo que no se ha podido corregir se ha pasado por alto.»
Alan Dean Foster
Lo cierto es que este tratamiento pasó bastante desapercibido en su momento, y el mismo escritor lo acusaba en su blog ocho meses después de publicarlo, comentando que no había recibido ni un solo comentario ni feedback con respecto al mismo. Hace poco, gracias a una entrevista en la que se publicó hace un mes en el canal de Youtube Midnight’s Edge, volvió a resonar ya que habló sobre ciertos elementos que le hicieron cambiar de la novelización del Episodio VII, su odio hacia el Episodio VIII y sobre el tratamiento que hizo del IX y que sin más que añadir os dejamos a continuación para que podáis haceros vosotros mismos una idea
RESURGENCE – EP.9
Alan Dean Foster
Vista desde lo alto con imponentes montañas cubiertas de nieve a lo lejos siendo ligeramente bañadas por un sol naciente, y mas allá un vasto valle verde, mientras nos continuamos acercando a un pequeño grupo de individuos reunidos en lo alto de promontorio cubierto de hierba. Vemos que es el pequeño grupo de supervivientes de Los Últimos Jedi. Están parados formando un círculo, tranquilos y pensativos. Nos acercamos más hacia Rey en el momento que algo hace que se gire, protegerse los ojos del sol con una mano y mirar hacia lo lejos.
Suena música alienígena, percusión solemne y metales. Primeros planos de los Almurianos, en su mayoría humanoides, acompañados por otros aliens y humanos, todos sosteniendo antorchas artificiales. Nos vamos a un plano picado de una larga e impresionante procesión saliendo de una vasta, extensa y moderna ciudad. La procesión llega a la zona verde y se divide en dos, con los extremos de las dos filas formando un círculo más grande en torno al grupo de supervivientes. Finn, Rey, Poe, Chewbacca, C-3PO y R2 dicen algunas palabras. Un ataúd sencillo es traído al frente. A través de la parte superior transparente vemos a la General Organa. Aparece una tumba. Es enterrada mientras la música gana intensidad. Inclinándose, C-3PO susurra a un triste R2.
Arte conceptual para Duel of Fates
«Se parece a Alderaan.»
De vuelta en el Halcón. ¿Y ahora qué? No queda mucho de la Resistencia para poder resistir. Algunos están dispuestos a darse por vencidos. Pero no Finn. Enfadado subraya que no huyó de la Primera Orden para darse por vencido. Poe se le une. Todavía pueden reclutar por toda la galaxia. Pero necesitan más tiempo. Y lo que es más importante, necesitan un líder. Todos los ojos se vuelven hacia Rey.
Arte conceptual para Duel of Fates
Sorprendida, lo rechaza. C-3PO susurra a R2 que hay algo familiar en ella, pero no sabe el qué. No no está preparada, les explica ella. Necesitan a alguien con experiencia militar. Alguien que sepa lo que puede que haga la Primera Orden a continuación. La atención se traslada inmediatamente a Finn. Está sorprendido, pero tras haber declarado enérgicamente sus intenciones, acepta finalmente. Ha recorrido un largo camino.
De acuerdo: necesitan pilotos, apoyo y, sobre todo, algo con lo que luchar. Armas. Naves. Y si es posible, aliados.
R2 y BB-8 emiten pitidos enérgicos. El resto escucha. Finn cree que la idea que han tenido los dos es una locura. ¿Quién usa tácticas droides? Pero Poe acoge mejor la idea. Podría funcionar, si es que puede llevarse a cabo.
Ahora tienen una especie de estrategia. Lo siguiente que necesitan son aliados.
¿Y qué tal sus anfitriones los Almurianos? El Cunjunto Almuriano es grande, está desarrollado y es poderoso. Pero los Almurianos son neutrales. Siempre lo han sido, incluso durante el enfrentamiento entre el Imperio y la Rebelión (es por ello que pueden celebrar el entierro de Leia sin interferencias externas). Finn y Rey, con C-3PO a cuestas, intentarán persuadirlos para que cambien de opinión, mientras que Chewie y Poe se llevan a R2 y BB-8 para intentar y reclutar nuevos combatientes para la causa.
Finn y Rey, junto con el resto de supervivientes, están alojados en la capital Almuriana. Argumentan que la Primera Orden es implacable y que no se detendrá hasta que controle por completo toda la galaxia. Finn sabe esto mejor que nadie. Los Almurianos objetan. Son neutrales y pretenden seguir así. La frustración se hace latente. «Pero,» murmura Finn, «si no van a unirse a la lucha, ¿quizá puedan suministrar material de combate? ¿Que podamos pagar mas adelante?» Los Almurianos discuten el asunto y al fin se convencen. Es una apuesta arriesgada, pero para ellos, una relativamente segura. Finn y Rey se marchan animados. Ahora tienen que intentar encontrar alíados dentro de la Primera Orden, más luchadores descontentos como Finn. Pero, ¿dónde? La República está muerta, su sistema de origen fue destruído.
Rose hace una sugerencia. Es una idea atrevida pero peligrosa, pero podría ser el mejor lugar para buscar simpatizantes durmientes. Rey y Finn están convencidos. CORTAR A:
Coruscant. El Planeta ciudad. Finn, Rey y Rose establecen contacto con partes de la Resistencia que se han ocultado. Simpatizan con la causa, y quieren ayudar, pero no con el Líder Supremo Snoke al frente. Rey, Finn y Rose están sorprendidos por la negativa. Rey vio a Ren matar a Snoke. Lo partió en dos. Los simpatizantes no saben de lo que habla. El Líder Supremo está aquí, ha reinstaurado la antigua burocracia y edificios Imperiales. ¿Qué está pasando aquí? A pesar del peligro, nuestro trío necesitan verificar esta incongruencia por sí mismos.
Entonces algo «fuerte» sacude a Rey. Zoom hasta PRIMER PLANO de ella y CORTE A:
Diseño conceptual del libro de arte del Episodio IX
Ren, seguro de sí mismo pero desconcertado, entrando en una amplia y elegante sala de recepción. La antigua sede Imperial. Las puertas se cierran tras él y a través de una pequeña puerta de la parte trasera entra ¡el Líder Supremo Snoke! Ren está aturdido. Snoke se aproxima sonriendo amargamente.
Diseño conceptual del libro de arte del Episodio VII
Ren: «Imposible. Estás muerto.» La revelación lo hace interrumpir sus palabras mientras da un paso atrás.
Snoke: «¿Me mataste? Sí. ¿Quieres hacerlo de nuevo?»
Ren lo mira boquiabierto. Snoke se abalanza ligeramente hacia él. En un acto instintivo Ren saca su sable láser y derriba a Snoke. Mira hacia el innegable cadáver, mirando únicamente hacia arriba al escuchar el sonido de aplausos. Mira perplejo como Snoke aparece por la misma puerta al fondo de la habitación.
«¡Bien hecho!» Dice. «¿Deseas continuar matándome? ¿O prefieres una explicación?» Ben está sin palabras.
Las Guerras Clon. Ese momento en el que los científicos del Imperio se volvieron realmente buenos produciendo clones. Un pequeño y brillante segmento perfeccionó la tecnología. Duplicación total del original, hasta la última conexión neuronal. Lo que permitió la duplicación de conocimientos, recuerdos, todo. Clonación perfecta. ¿Creía realmente Ren que Snoke le permitiría destruir todo por lo que había trabajado? Primera regla de la estrategia militar: tener siempre una reserva preparada.
Diseño conceptual del libro de arte del Episodio II
¿Cuantos clones de él existen? Se pregunta Ren. La sonrisa de Snoke se convierte ahora en una mueca malvada. «¿Te gustaría saberlo?» Se sienta en una especie de trono e invita a un cauteloso Ren a que se acerque. La Resistencia está acabada, pero la chica es aún una preocupación, por leve que sea. Un gobernante inteligente no deja enemigos vivos, por pocos que sean. Ren tiene una conexión con la chica. ¿Sigue viva? Sin mentiras esta vez. Snoke lo sabrá.
Ren se concentra. Vemos a Rey reaccionar de nuevo. Ella sabe que él lo sabe. Vuelta a Coruscant. Snoke conoce la verdad sin que Ren tenga que decir nada. Encuéntrala. Pero lo que Snoke no sabe, y Ren se abstiene de contarle, es que Rey está justo aquí. En Coruscant, bajo las narices del Líder Supremo.
En una visita a la autoridad en seguridad planetaria, la describe a las autoridades locales, utilizando un sistema de dibujo mental. Se corre la voz para localizarla. Y Ren, por supuesto, la buscará por sí mismo. Lo que no sabe es lo que hará una vez que la encuentre.
Tras la marcha de Ren, Snoke hace entrar a Hux. Es hora de empezar a consolidar los logros de la Primera Orden. Es el momento de incorporar a los sistemas reticentes a la organización. Hux menciona algunos que están listos para ser tomados. Snoke asiente, nombra tres de ellos, uno de los cuales es Almuria.
Rey, Finn y Rose, acompañados por C-3PO, están reuniendo a aquellos simpatizantes de la Resistencia cuyo odio a la Primera Orden supera su miedo a Snoke. Finn se da cuenta de que no necesitan flotas para detener a la Primera Orden. Tan solo necesitan detener a Snoke. Se elaboran planes para un levantamiento en Coruscant.
Arte conceptual para Duel of Fates
Montaje que muestra el paso del tiempo durante el cual se pone en marcha el levantamiento, los Almurianos produciendo cazas para la Resistencia, Ren y las autoridades buscando a Rey (quien se ha desconectado de Ren, de manera que no pueda precisar su ubicación), y Poe y Chewie reclutando personal. En Almuria vemos que se están construyendo las partes frontales de nuevos X-Wing. Pero son sólo las partes frontales.
Llegan Poe y Chewie y comienzan a entrenar a los nuevos pilotos. Los Almurianos le recuerdan a Poe que son meramente fabricantes, y que no tomarán parte en ningún conflicto. Chewie da su opinión al respecto y Poe se apresura a clamarlo. Ya conocéis a los Wookies. No son famosos por su diplomacia. Las comunicaciones seguras en el espacio profundo permiten a Rey y Finn informar a Poe y Chewie de lo que están planeando. Poe confiesa que tan pronto como sus nuevas naves estén listas, emprenderán el viaje a Coruscant para apoyar a la incipiente rebelión allí. Parece un estrategia prometedora, hasta que una flota aparece en Almuria. Es la Primera Orden, bajo el mando de Hux, proclamando que el Conjunto Almuriano es desde ahora oficial y glamurosamente bienvenido al Segundo Imperio.
¿Segundo Imperio? ¿Qué era eso? Hux explica. Los Almurianos protestan aduciendo que ellos son neutrales. Un Hux seguro de sí mismo responde que todo esto es por su propio bien. Mejor ser parte del glorioso 2do Imperio que continuar como neutrales débiles y desprotegidos. Como parte del Imperio, Almuria será protegida. ¿Protegidos de qué? Quieren saber los Almurianos. ¿Por qué? Hux responde suavemente, «De cualquiera que pueda amenazarlos. Los Almurianos pueden acatar pacíficamente. O serán anexionados por la fuerza.»
Diseño conceptual del libro de arte del Episodio VII
Un Poe preocupado informa a Rey de lo que está sucediendo en Almuria y que no podrá apoyar su levantamiento propuesto. Le deben una defensa a los Almurianos. Ella mira a Finn. Los planes para el alzamiento están en marcha. Demasiado tarde para detenerlo ahora. Le dice a Finn que siga adelante y luche, antes de que la Orden/Imperio descubra sus nuevas naves. Finn le desea suerte. Viceversa, y que la Fuerza les acompañe.
En Almuria, un preocupado Poe y Chewbacca se preparan para desplegar sus escasas fuerzas. Si las nuevas naves funcionan según lo planeado, tienen una oportunidad, incluso contra una flota de la Orden/Imperio. Entonces llega el lider Almuriano. Poe es cortés con él, hasta que el Almuriano le anuncia que el Conjunto ha decidido luchar por su neutralidad. Hay muchos abrazos de camaradería (o quizá con tentáculos no son abrazos). Los Almurianos lucharán junto a los recientemente formados escuadrones de la Resistencia. Poe y Chewie están encantados.
Se inicia la defensa de Almuria. Hux no está impresionado. La flota se prepara para exterminarlos. Imponerse al Conjunto será mucho más rápido cuando toda resistencia sea destruída.
En Coruscant Rey y Finn ponen en marcha la rebelión local, avanzando hacia el complejo del palacio. Hay suficientes ciudadanos que odian al Imperio/Orden como para entablar una verdadera lucha contra las fuerzas de seguridad en las calles de la ciudad, bajo ella, etc. Snoke es informado. No está preocupado. Bajo el estrés de la batalla Rey baja la guardia por un momento. Ren informa de que está justo aquí, en Coruscant, incluso que se dirige ahora misma hacia el palacio. Snoke está encantado. «Déjala venir». Su última preocupación será eliminada. De la misma manera en que el linaje Skywalker ha sido eliminado.
Lo que le lleva a Ren a preguntar por qué a Snoke le preocupa tanto. La expresión de Snoke se tensa y tenemos un flashback a mucha velocidad. Desde antes del Episodio I hasta antes del Episodio IV.
La imagen de alguien mas joven, musculoso, incluso atractivo que reconocemos como Snoke. Abusando de los demás, tomando lo que desea porque puede, inclinándose al Lado Oscuro. Se enfrenta a alguien, una figura encapuchada, que le advierte que se encuentra en un camino inestable. Snoke no tiene miedo, siente que es mas poderoso en la Fuerza que nadie. Él y el encapuchado luchan en una fábrica donde Snoke cae de un golpe a un tanque de productos químicos y vemos finalmente la figura de su oponente, compasivo pero firme.
Un joven Obi-Wan Kenobi.
De vuelta al palacio, Snoke se vuelve contra Ren, y su furia incluso consigue que Ren retroceda. ¿Acaso pensaba que siempre se había visto así? Manifestó Snoke mientras señalaba su devastado rostro. Juró vengarse de Kenobi, cualquiera de sus parientes y cualquiera de sus aprendices. Cooperando con Palpatine, prácticamente había conseguido su objetivo, hasta que Anakin Skywalker, Darth Vader, fue apartado del Lado Oscuro por su hijo, y mató a Palpatine. Snoke siempe estuvo allí, en segundo plano, manipulando, maquinando, pero con la muerte de Palpatine se vio forzado a dar un paso al frente.
Ahora Kenobi está muerto, Anakin/Vader está muerto, Leia Organa Skywalker está muerta, y por fin Luke Skywalker está muerto. Sólamente Ren está vivo, pero como discípulo de Snoke. La mejor venganza contra Kenobi. Pero Snoke no supo prevenir lo de esta chica, quien es extrañamente poderosa en la Fuerza. No es una Kenobi, ni una Skywalker, pero es el último, e imprevisible, impedimento para alzarse con completo poder y dominio de la Fuerza. Snoke no va a dejar nada al azar. Ella debe morir. Y vine hacia aquí, directa hacia él. Realmente los caminos de la Fuerza están llenos de ironía. No podemos adivinar lo que Ren está pensando.
Sobrevolando Almuria, la flota almuriana es escoltada por las naves de la Resistencia. Pero estos X-Wing son un nuevo modelo. Las partes frontal y trasera son bastante familiares, pero están conectadas por una especie de tubos hexagonales centrales de fuselaje. Poe y Chewie van a la cabeza, Poe con BB8, Chewie pilotando el Halcón con R2. Poe le dice a BB8 que mas vales que esta estrategia droide funcione. A bordo de la nave insignia del Imperio/Orden, Hux consulta con su tripulación. La flota Almuriana es más poderosa de lo esperado, pero nada que no puedan controlar. También parecen estar escoltados por un grupo de Ala-X. Esto hace que Hux frunza el ceño. Se creía que la Resistencia estaba muerta. ¿Cuántas escoltas de combate? Alrededor de cien, le responden. Hux se relaja. Bien, tras esta batalla, la Resistencia por fin estará acabada. Hux se prepara para lanzar los cazas TIE.
Comienza la batalla. Los Almurianos lanzan naves autónomas que saltan al hiperespacio. Pero no consiguen nada. A bordo de su nave insignia, Hux sonríe. Sus subordinados informan que los nuevos escudos defensivos hiperespaciales están funcionando según lo esperado, desviando cualquier objeto que se les acerque a la velocidad de la luz para alcanzar el hiperespacio. A otro lugar. «Nos engañaron una vez,» murmura Hux para sí mismo. «Lancen los cazas».
Diseño conceptual del libro de arte del Episodio VII
Cientos de cazas Tie se unen disparando desde las naves capitales de la Orden/Imperio para destruir a los Almurianos y Alas-X que se aproximan. Chewie ruge pero Poe le dice a sus pilotos que aún no. Acerquémonos más, más cerca. Ahora.
¡Desplegaos!
En cada uno de los seis lados de las alas de los X-Wing, se abren cuatro escotillas con un chasquido. ZOOM OUT veinticuatro drones: con motor, sin piloto y con una sola arma láser cada uno. Poe sonríe, Chewie ruge, BB8 y R2 emiten pitidos. A bordo de la nave insignia de la Orden/Imperio, un técnico repentinamente preocupado mirando un monitor de seguimiento ve que los puntos que representan a los cazas de la Resistencia de repente pasan de un centenar a dos mil quinientos, llenando la pantalla de enemigos. Se gira. «Eh, General Hux, ¿señor?»
Hux se acerca para mirar la pantalla y se queda perplejo. Cada Ala-X dirige veinticuatro drones, los cuales se mueven en perfecta sincronía con cada piloto al mando del Ala-X. Replicando exactamente sus maniobras. Poe grita y Chewie hace lo propio mientras atacan. Los cazas TIE que se aproximan se ven abrumados por esta completamente inesperada demostración de fuerza y por los cazas de la Resistencia, apoyados y respaldados por la flota Almuriana, que se lanzan al ataque de la columna principal de la flota de la Orden/Imperio. Las pantallas se saturan y colapsan, las naves se incendian, y justo cuando Hux ordena retirarse al hiperespacio, su propia nave es acribrillada. Algo sobresalta a Chewie y vemos al Halcón alejarse y salir de la batalla. Mientras Poe da vueltas y dispara triunfalmente a las naves restantes de la Primera Orden, su expresión cambia abruptamente de expresión al acordarse de…
…Rey.
Arte conceptual para Duel of Fates
Coruscant. Las fuerzas de seguridad y control de masas de la Primera Orden/Imperio luchan contra la creciente multitud. Rey, Finn, Rose y sus seguidores derriban a los guardias y se abren camino hacia el complejo del palacio. Finn no sabe en qué dirección ir, C-3PO no está seguro, pero Rey si lo sabe. Puede sentir a Ren.
Diseño conceptual del libro de arte del Episodio VII
Se abren camino hasta la sala de recepción. Allí está Ren, le pide a Rey que se rinda. No pueden ganar. Rey lo pone en duda. Ren se echa a un lado para mostrar… a Snoke. La saluda. Finn y ella están conmocionados, atónitos. C-3PO está en modo «Oh cielos». Ella mira a Ren. Clon, le cuenta él. Clon perfecto. Indistinguible del original. ¿Cuántos hay? Pregunta ella. Ren no lo sabe. Realmente, más de los que ella podría derrotar. Más de los que él podría. Más de los que podrían juntos.
¿Entonces él ha vuelto completamente al Lado Oscuro? Ben agacha la cabeza. Snoke simplemente se ríe. Esta vez no cometerá el mismo error táctico que cometió la otra vez. No es que importe si lo hace. Mira a la derecha. Dos Snokes más entran por la puerta trasera. Al activar su sable, Rey le dice a Finn y Rose que salgan y continúen con la lucha en otro lugar. Intentará contenerlos aquí. De ninguna manera, le dicen. Disparan sus armas. El trío de Snokes evita los disparos. Snoke paraliza al trío de héroes. Rey deja caer su sable. Snoke ordena a Ren que termine el trabajo. Para completarse a sí mismo. Encendiendo su sable, Ren se acerca a la paralizada Rey, quien lucha inútilmente por alcanzar su propia arma, inactiva, tirada en el suelo. Vibra, pero no va hacia ella.
Diseño conceptual del libro de arte del Episodio IX
En los alrededores del palacio, los guardias disparan desde las murallas a la multitud. Algo les hace mirar hacia arriba. Entran en pánico y abandonan sus puestos mientras que su armamento pesado es destruido. Es el Halcón, con Chewie pilotando y disparando. Después de despejar un área de aterrizaje elevada, se posa sobre ella.
En el interior, Ren está claramente desgarrado. No quiere matar a Rey, pero ya no puede resistirse más a Snoke. Pide perdón, retrocede, levanta su sable… y golpea. Finn y Rose gritan. En el último instante posible algo deja fuera de juego a Rey. Aun así, el tajo de Ren corta la parte superior derecha de su cuero cabelludo. Cae al suelo, jadeando. Ren se para encima suya, con el sable láser listo para atacar. Entonces Ren, Finn, Rose y C-3PO, todos, miran a la puerta principal, sus expresiones reflejan su absoluto asombro. Hay una silueta única.
Luke Skywalker.
Avanza. Imposible. (Está muerto. Lo vimos morir al final del Episodio 8, ¿no?).
Snoke One gruñe. «No puedes estar aquí. Te busqué ¡Tu percepción en la Fuerza se evaporó!»
«En este plano de existencia, sí. Lo que no significa que pasase al otro. Sabía que seguirías buscándome, usando la Fuerza. Así que tuve que… irme lejos por un tiempo. A ese espacio intermedio. La Fuerza lo permite.» Sonríe. «Estaba cansado. Igualmente necesitaba un descanso.»
Ren grita que es una proyección, como en Crait, y ataca. Pero esta vez Luke no no esquiva su ataque. Con un movimiento suave activa su sable… su sable original… bloquea el golpe tirando a Ren a un lado. Pero la verdadera batalla es entre él y Snoke. O mejor dicho, Snokes.
Bajando de su asiento, Snoke enciende su propio sable. Sus dos doppelgänger hacen lo propio. Comienza la batalla. Luke mata a uno de los Snok y lucha contra la pareja restante. En otro lugar, la batalla entre el alzamiento y la seguridad y los guardias se encrudece. Finn y Rose se retiran.
Fuera, entre el caos, discuten apresuradamente lo que han visto. Los clones de Snoke deben haber venido de alguna parte. Salen corriendo.
Con Luke y los clones de Snoke ocupados los unos con el otro, Ren se agacha y le tiende una mano a Rey. Entonces se da cuenta de algo y se queda paralizado. Vemos lo que está viendo. Rey está en el suelo, respirando con dificultad. La parte superior de su cabeza había recibido un corte y estaba cauterizada. Entre el hueso que había quedado a la vista, un material transparente cubría parte de su cabeza, entretejiéndose con su cerebro. Bajo las zonas transparentes, destellos parpadeantes. Acercando la mano, Rey toca la zona que ha quedado expuesta, y la retira conmocionada. El descubrimiento ha sido tan inesperado para ella como para nosotros.
Ren: «Droide. Parcialmente droide. No me extraña que hayas dominado el uso de la Fuerza tan rápido. No me extraña que… aprendas tan rápido. Híbrida. Monstruosa». Toda simpatía, todo potencial afecto por parte de él desaparece en un instante. Ataca con su sable láser. Rodando sobre sí misma, Rey esquiva el golpe, coge su propio sable , lo enciende, y contraataca. Luchan.
Diseño conceptual del libro de arte del Episodio IX
Luke mata otro Snoke. Obliga al último a retroceder. Snoke se burla de él. «Realmente eres un Maestro de la Fuerza, Skywalker. Pero yo también. Y tú eres uno.» Mira hacia la puerta trasera. «¡Yo soy una multitud!»
Por la puerta trasera irrumpen mas Snokes, todos armados con sables de luz. Mientras que Ren y Rey luchan tras él, Luke se preparan para enfrentarse a la oleada de los recién llegados idénticos. C-3PO intenta huir, se encuentra con el caos fuera, rápidamente se retira preguntándose cómo llego a meterse en este lío.
Fuera, en mitad del furor de la batalla, Finn y Rose salvan a un alto oficial de ser asesinado por la multitud. Los clones del Lider Supremo, ¿de dónde vienen? «Persuaden» al oficial para que se lo enseñen y se aleje, pero no antes de haber cogido alguna munición tipo granadas del personal de seguridad muerto.
Bajan, van bajando, a los subniveles bajo el complejo de palacio. El asustado oficial les muestra el vigilado lugar donde se producen los clones de Snoke. Finn y Rose atacan. Mientras Finn mantiene a raya a los guardias, Rose coloca los explosivos que cogieron… Sólo que ella que se queda atrapada con con todo dentro del complejo cuando saltan las alarmas y las puertas de emergencia se cierran de golpe. Ella y Finn intercambian una mirada.
Por encima, más y más Snokes entran en la sala. Snoke le gruñe a Luke. ¡Ríndete! No puede ganar. Retrocediendo, Luke se inclina, coge un sable láser caído. Quizá no pueda, pero siente que la Fuerza está con él. Siempre lo ha estado, incluso en sus peores momentos. Y estos también están con él. Enciente el segundo sable de luz y comienza a blandir ambos, formando dos círculos, a continuación empieza a cruzarlos frente a él. Y luego comienza a pivotar, cada vez más rápido, como un auténtico derviche. Rodeado por una esfera de energía multicolor, se precipita contra los múltiples Snokes, destruyéndolos. No pueden alcanzarle a través de la esfera de energía que ha creado alrededor de sí mismo.
Cerca, Ren presiona a Rey. Bloquean los sables. Él se burla de ella. Viene de ningún lugar, sus padres no eran nadie. Él… se lo mostrará. Déjala que lo vea.
Ella intenta resistirse, pero no puede. En su mente, lo ve. Un montaje rápido. Sus padres, traficantes de chatarra, con un bebé. Un bebé con el cráneo deformado. La llevan un cirujano fugitivo en Jakku. Existe una posible operación, pero es experimental y altamente peligrosa. Puede que la mate. Sus padres lo aceptan. Rey es operada. La forma de su cabeza ha quedado normal, pero con componentes de droide en el interior para ayudar a mantenerla viva. La piel y el cabello naturales crecen rápidamente sobre la apertura quirúrgica. Sus padres no pueden hacerse cargo de ella. La abandonan de niña, pagando lo que pueden a Unkar Plutt para que cuide de ella. Éste la abandona de niña, pero ella se convierte en chatarrera y de alguna manera, sobrevive.
Rey está conmocionada por los recuerdos recuperados. Se relaja, retoma el control, apaga su sable. Ren se detiene, todavía contrariado, pero finalmente decide que tiene que matarla. Para salvarla de ella misma. Para purificar la Fuerza. Por su propio bien. Ella cae hacia atrás, con sus ojos cerrándose de resignación y cansancio, y él se abalanza.
Justo sobre el reactivado sable láser de ella, que abre sus ojos de golpe. Sobresaltado, atravesado, y tan confundido como siempre, Ren muere frente a ella… Asesinado de la misma manera que él mató a su padre.
Luke, exhausto, se detiene. La bola de fuego que lo rodeaba desaparece. Quedan tres Snokes. El Líder Primero se muestra triunfal. Un Maestro Jedi puede seguir una y otra vez, pero la potencia de un sable de luz es finita. El trío de Snokes lo rodea. Se acabó.
Abajo, Finn grita a la encarcelada Rose, pero ella simplemente le sonríe. Una sonrisa de resignación… mientras activa los explosivos. Finn se agacha. El área de la fábrica de clones es destruída.
Arriba, un sorprendido Snoke reacciona. Con la atención momentáneamente distraída, Luke reactiva su par de sables láser y los lanza. Dos Snokes son seccionados y asesinados El Snoke superviviente mira hacia la puerta trasera, pero no hay mas Snokes, ningún Primer Líder de reemplazo más. Todo ha quedado reducido a uno. Pero es suficiente. Alzando su propia arma, comienza a avanzar. Luke espera su final.
«¡Luke!»
Rey le lanza su sable láser, Luke lo atrapa, y acaba con Snoke. Se derrumba sobre Rey y ella cae sobre él, sollozando. Vemos la parte expuesta de su «cerebro» parpadeando. «Dijo que era un monstruo. ¡Soy un monstruo!»
Luke da un paso atrás, la mira, y levanta su mano mecánica. «No eres un monstruo. Tú eres Rey. Simplemente una versión mejorada.» Juntos abandonan la sala de recepciones.
Sobre Almuria, Poe y R2 triunfan. También los Almurianos. Pero se mantienen decididamente neutrales, advierte su líder a Poe. Claro, claro… Lo que tú digas, responde un Poe sonriente. La Resistencia necesita mas neutrales como ellos. R2 le informa que a través del canal secreto de comunicaciones hiperespaciales le han dicho que el Primer Líder ya no existe y que Rey y Finn están bien. Rose… Finn y R2 se ponen serios. Regresan a la superficie de Almuria.
En el palacio en Coruscant, la victoriosa insurgencia saluda a Rey y Luke cuando salen del palacio hacia los alrededores, que está repleta de máquinas de guerra humeantes, etc. C-3PO, sacudiéndose, los sigue por detrás. «Sabía que había algo familiar en esa chica,» murmura.
Luke de repente se tambalea, tiene que sentarse contra un árbol en el parque imperial. Una preocupada Rey se inclina sobre él. Él sonríe. Está bien. Ahora todo está bien. La Fuerza está, finalmente, en equilibrio. Ella le dice que se va a poner bien. Él le dice que ya está bien. Sin embargo, hay una pequeña cosa que ella tiene que hacer por él.
«¿Cómo? Lo que sea.»
Sonríe cansadamente. «Solamente una cosita. Cuida de la galaxia.»
Mira hacia el sol poniente (un sol esta vez). Su sonrisa se ensancha. Deja de respirar. Sin existencia intermedia esta vez. Susurra algo.
«Tía Beru.»
Y muere, ojos abiertos, mirando.
Reprimiendo sus sollozos, Rey cierra suavemente sus ojos. C-3PO está ahí para consolarla. ¿Y ahora qué? ¿Realmente está acabada la Primera Orden/Imperio? C-3PO no lo sabe. Pero ha visto mucho, y si algo ha aprendido es que nada es nunca, realmente, completamente cierto. Alzando la mano, le toca la parte abierta del cráneo. ¿Alguien le ha dicho últimamente lo hermosa que es? Resopla, luego empieza a reír, suavemente. Entonces su expresión cambia al ver a Finn, magullado pero vivo, apareciendo cojeando a través del humeante complejo Imperial. Llega hasta ella y ella se levanta para encontrarse con él.
C-3PO niega con la cabeza tristemente. «Orgánicos. Nunca los entenderé.»
Retrocedemos mientras Finn corre a abrazar a Rey, con C-3PO tras ellos y Luke sentado serenamente, sonriendo, bajo el árbol.
La revista Star Wars Insider recupera en su último número los relatos cortos canónicos y lo hace con la primera parte de Starlight, Go Together, una historia escrita por Charles Soule y enmarcada en La Alta República. Os traemos la traducción en exclusiva.
Starlight: VAMOS JUNTOS (Primera parte)
El Borde Exterior. La Baliza Starlight.
Joss Adren recogió un montón de ropa sucia y manchada de grasa del suelo. Se lo pensó un momento y luego hizo una bola y la metió encima de la ropa limpia que ya había echado dentro del saco que estaba usando de equipaje.
Echó un vistazo al dormitorio. Nada que necesitase. Siempre viajaba ligero cuando trabajaba.
—Todo listo —dijo, tirando el saco sobre la cama, al lado de varias maletas pequeñas que contenían la ropa de su mujer, preparada horas antes, y apostaría cien créditos a que no había ningún calcetín sucio en ninguna de ellas.
–¿Estás lista? —-le preguntó Joss, hablando hacia la pequeña sala de estar que completaba el resto de su espacio personal a bordo de la Baliza Starlight.
Estaba magníficamente diseñada, como todo en la estación, pero el espacio en el espacio siempre era escaso.
—Quizá podríamos comer algo antes de irnos de aquí —añadió.
Las cantinas en la Baliza Starlight eran excelentes, servían platos de todo el Borde Exterior, para mostrar las distintas culturas que integraban este lejano extremo de la República. Este principio se trasladaba a toda la estación. Su estructura usaba minerales metálicos de muchos mundos diferentes y contaba con artesanos, contratistas y personal de planetas de todo los Territorios del Borde Exterior.
La Baliza Starligh era una maravilla. Joss nunca había visto nada igual, y eso que su trabajo le había llevado por media galaxia.
Él y Pikka eran gestores de proyectos, especializados en conseguir completar trabajos a gran escala. Resolvieron errores de última hora en el código, silenciaron ruidos de tuberías y se ocuparon de las fugas de refrigerante.
Habían pasado los últimos meses preparando la Baliza Starlight para su inauguración oficial… pero ahora el último tornillo ya estaba atornillado y la última soldadura estaba soldada. Incluso las reservas biológicas estaban completamente guarnecidas. Se las veía solitarias sin los turistas que esperaban recibir para que pudieran tener una ligera idea de la biodiversidad de mundos como Mon Cala y Felucia… Aun así eran exhuberantes y hermosas, incluso los ecosistemas desérticos.
La Baliza Starlight estaba, al fin, terminada, y Joss y Pikka habían jugado un papel importante para que esto fuera así. Razón suficiente para estar orgullosos. Joss no se consideraba demasiado sensible, pero este era un lugar especial, emblema de todo lo que la República Galáctica podría y debería ser. Pero justo en ese momento, Joss estaba deseando salir de allí. Su mujer había planeado unas vacaciones para los dos, a un destino sorpresa. Conociendo a Pikka, sería un lugar espectacular.
Tenían que coger la próxima nave de vuelta a Coruscant, y Pikka había dejado muy claro que no podían llegar tarde. Así que no estaba muy claro por qué, ahora que Joss lo tenía todo listo por fin, ella estaba completamente absorta en su tableta de datos, tecleando, y con la cara arrugada con esa expresión de concentración que a él… Bueno, que le gustaba tanto. Estaba loco por esta mujer. Sobre todo por sus ideas. Ella veía la galaxia de una manera que él no podía, lo que significaba que estaba constantemente sorprendiéndolo y fascinándolo. Pero también amaba su pequeño, que no delicado, cuerpo y su pelo rizado. Pikka lo hacía sentir… En casa. No importaba donde estuvieran, ella era su hogar.
—¿No me dijiste que bajo ninguna circunstancia podía hacer que llegásemos tarde? —dijo Joss.
—¿Hmm? —murmuró Pikka, sin dejar de mirar su datapad.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó—. ¿Una apasionante novela de Zeltron?
—Ojalá —dijo ella.
Levantó la tableta de datos. Mostraba el consumo de energía por toda la Baliza Starlight, la energía fluía yendo y viniendo a lo largo de miles de kilómetros de cables y conductos. Una red luminosa con la forma esquematizada de la estación: una gigantesca esfera central con extensiones en forma de torre en cada polo.
—Vale… —dijo Joss sin entenderlo.
—Mira —dijo Pikka señalando un pequeño y único punto de datos—. Es muy alto.
Joss entornó los ojos hacia el datapad.
—Hmm —dijo—. Sí. Aunque no mucho.
—No mucho. Pero si un poco. Y hace un minuto el porcentaje era menos de la mitad.
Joss sabía lo que se mujer estaba pensando. Habían sido contratados para optimizar la Baliza Starlight. Y aunque habían realizado ese trabajo, y esta pequeña subida de tensión era apenas notable, su fantástica esposa se había dado cuenta. Y ahora él también.
Suspiró.
—Vamos a resolverlo.
Ella sonrió.
Pikka se dirigió hacia la puerta, dando por sentado que Joss la seguiría. Todo pensamiento de que pudieran llegar tarde al transporte, y con ello a las vacaciones, se había esfumado de su cabeza.
Josh suspiró de nuevo. A su mujer le encantaban los rompecabezas.
Me encantan los rompecabezas, pensó Pikka, avanzando con determinación a lo largo de un pasillo, centrada sobre todo en la tableta de datos que sostenía con una mano, aunque sintiendo que Joss la seguía de cerca. Siempre sabía cuando su marido estaba cerca, se sentía bien, protegida y reforzada. Nada de eso si no estaba. Así de simple.
Aunque también podía ser porque hacía mucho ruido. Joss no era un hombre pequeño. No le sorprendería descubrir que uno de sus padres fuese un reek.
Dobló una esquina y casi choca contra Shai Tennem, posiblemente la última persona en toda la estación que hubiese querido ver. Shai era un bith, un bith peculiar, puesto a cargo de la supervisión de la Baliza Starlight por la propia Canciller de la República, Lina Soh. Era célebre (o muy conocido) por sus increíblemente exigentes normas. Le irritaría mucho encontrar una anomalía en la transferencia de energía, aunque fuese insignificante.
Y todavía peor, Shai Tennem no estaba solo. Encabezaba lo que parecía ser un grupo de visita. De repente le vino a la cabeza, sí, Joss lo había mencionado. Varios dignatarios de la República habían ido a ver la estación terminada unas semanas antes de que estuviera completamente operativa. Reconoció al almirante Kronara, un oficial de alto rango de la Coalición de Defensa de la República. En cuanto a los demás…
Jedi. Con túnicas blancas y doradas, adornadas con patrones de filigranas estampados por aquí y por allí, y con sus sables de luz enfundados visibles en la cadera o colgando sobre el pecho.
Burryaga, Avar Kriss y Elzar Mann
Una humana alta y rubia, caminando junto a un hombre de pelo negro con la piel caramelo. Un ithoriano de cráneo curvo y ojos muy abiertos. Una duros hembra. Otra humana peinada con largas y hermosas trenzas grises, al lado de un prominente wookiee de pelaje dorado (Pikka no sabía que hubiera Jedi wookiees).
Mikkel Sutmani, Burryaga y Bell Zettifar
A puerta cerrada, Joss los llamaba ‘magos espaciales’. Los Jedi tenían extrañas habilidades y poderes, y Pikka imaginaba que podrían hacer uso de esa magia para hacer mucho daño si quisieran. Por su experiencia, la gente poderosa usaba ese poder en beneficio propio. Pero la Orden Jedi no. Ellos eran buenas personas. Increíble e incontestablemente bondadosos, consagrados a ayudar a la gente.
—Ah, Sra. Adren —dijo Shai, con su voz afilada y cortante—. Encantado de verla. Les estoy enseñando la estación a los emisarios de la República.
Tennem se giró para ponerse frente a los Jedi.
—Amigos míos, les presento a Pikka y Joss Adren. Fueron fundamentales para garantizar que la construcción de la Baliza Starlight se hacía en tiempo y sin errores.
—Encantado de conocerles —dijo Joss. Incluso hizo una ligera reverencia.
¿En qué estarán pensando? Pensó Pikka, sintiendo el calor de la tableta de datos entre sus manos.
—Igualmente —respondió sonriendo la Jedi rubia—. Gracias por su trabajo. Este sitio es increíble.
—¿Por qué no se unen a nosotros? —dijo Shai a Joss—. Estoy seguro de que pueden ofrecernos información adicional sobre la estación Starlight que seguro sería de interés para nuestros invitados.
Pikka echó un vistazo a su datapad. Ese pequeño incremento en el consumo de energía que había descubierto estaba a punto de convertirse en una sobrecarga. Apretó los dientes.
El Jedi wookiee estaba mirándola. Ladeó la cabeza.
¿Me está leyendo el pensamiento? Pensó ella.
—Joss, deberíamos irnos —dijo Pikka, esperando que Joss también pudiera leerle la mente—. No podemos llegar tarde.
Él le lanzo una mirada rápida.
—Cierto —dijo Joss volviéndose hacia el almirante—. De hecho vamos a aprovechar el viaje de vuelta con ustedes.
Kronara lo confirmó asintiendo levemente.
—Vamos ahora de camino al hangar. Joss, ¿no es así? Yo me daría prisa en llegar, o nos iremos sin tí.
Shai Tennem habló.
—Perfecto. Acompáñennos los dos. Unos droides de transporte pueden traer las pertenencias de sus dependencias.
La frecuencia cardiaca de Pikka se disparó. Iba a tener que exponer el problema frente a Shai, ¿no? Delante de esta importante gente, tendría que ponerse en ridículo a sí misma y al administrador de la estación. Peor aún, esto podría convertirse, de hecho, en un verdadero problema. Tenían que marcharse, para descubrir si el problema de energía no era más que un error.
Por el rabillo del ojo vio que el wookiee se giraba hacia la Jedi de pelo cano y susurraba discretamente en su lenguaje. La mujer alzó una mano.
—En realidad, administrador Tennem —dijo la Jedi—, ¿no deberían los Adrens disfrutar de sus últimos momentos en la estación antes de partir? Parece que ya han hecho lo que les correspondía para con la Baliza Starlight.
Shai asintió con deferencia.
—Como usted diga maestra Assek —dijo.
—Bien —dijo Pikka, tirando del brazo de Joss—. Encantada de conocerles a todos.
Los Jedi se separaron para dejarlos pasar. Pikka estaba pensando que sentía un hormigueo en la piel. Aunque quizá era solamente su imaginación.
Giraron una esquina y le mostró la tableta de datos a Joss.
—Está empeorando —dijo ella con voz calmada.
Joss echó un vistazo. Frunció el ceño.
—Por aquí —dijo, y echó a andar por el pasillo.
Josh almacenaba los mapas en su cabeza; una de las razones por las que era tan bueno en su trabajo. Estudiaba los zonas de trabajo hasta que memorizaba los sistemas y subsistemas, de la misma manera que los cirujanos conocían los cuerpos de sus pacientes. Y la Baliza Starlight no era una excepción.
Desde que Pikka le mostró la lectura de energía anómala su cerebro se había movido a través de ese mapa mental. Estaba concentrándose, recreando la estación en su cabeza, y eso lo llevaba hasta…
Ahí. Conducto 398-GX14, situado detrás de un panel de acceso cerca de la entrada del Templo Jedi de la Starlight.
—Acaba de incrementarse otro veinte porciento —dijo Pikka.
Joss arrugó la frente. Aún no estaban en el nivel de ‘evacúen la estación’, pero si seguía incrementándose…
Abrió la puerta de la caja de registro del Conducto 398-GX14, se arrodilló y miró dentro, recibiendo una bocanada de olor a metal caliente y sobrecargado. Apartó varios mazos de cableado y rápidamente vio el problema. A un metro del conducto, un concentrador de resistencias se había fundido. Estaba actuando como un tope entre los distribuidores de energía, no dejaba pasar la corriente, tan sólo la acumulaba y la incrementaba. Joss ya había visto esto antes; probablemente producido por un cable mal colocado. Aunque hubiera sido originado por un fallo cometido por un droide ensamblador o un técnico, un pequeño error había creado un lazo de realimentación, en bucle e incrementándose, acelerándose.
Y este conducto en particular era una ramificación que conducía directamente al sistema del reactor principal, lo que significaba…
—Tenemos que arreglar esto ya —dijo Joss con total naturalidad—. Cortocircuitará toda la maldita estación.
—¿Podemos cortar el suministro eléctrico de esta sección? —preguntó Pikka—. ¿Ganar algo de tiempo?
—No tenemos autorización ahora que nuestro contrato ha terminado, y sólo tenemos unos treinta segundos antes de que la sobrecarga sobrepase al concentrador de resistencias. Pero puedo arreglarlo. Conozco un truco: puedo crear un circuito temporal para disipar la energía. Nos irá bien.
Joss sacó una de las llaves que solía llevar siempre con su ropa de trabajo. Nunca sabías cuando ibas a necesitar una llave inglesa. Metió la mano en el conducto… Y se detuvo. Flexionó los dedos, intentó alargar la mano, intentó… Los brazos de Joss eran tan grandes como el resto de su cuerpo; buenos para trabajo de construcción. Buenos para todo tipo de trabajos. Las cicatrices en sus nudillos lo atestiguaban. Pero no eran buenos para meterlos en pequeños conductos eléctricos.
—No va bien. Mi brazo es demasiado grande.
Miró a Pikka. Quedaban quince segundos, más o menos.
—Déjame a mi —dijo ella—. Dime qué hacer.
No protestó. Simplemente le dio la llave a ella.
—Vas a tener que hacerlo al tacto —dijo Joss, mientras su mujer se arrodillaba y metía el brazo por la apertura—. Pero no toques las paredes del conducto. Puedes absorber la carga y electrocutarte.
Pikka lo miró con frutración.
—Joss… No sé lo que estoy haciendo. Soy de sistemas. Tú eres el mecánico.
Puso su mano sobre el brazo de ella.
—Yo te guiaré. Sentiré cuando has llegado al lugar correcto.
Pikka extendió la mano lentamente dentro del conducto. Entondes, de repente, una ligera descarga, transmitida a través de sus brazos y hasta la punta de sus dedos: había encontrado el concentrador.
—Ok —dijo él—. Hay un pequeño enganche al final de la llave. Fíjalo y luego gira hacia la derecha. No mucho, rápido. Gírala este tiempo, ni más ni menos —aumentó su presión con el dedo índice durante un segundo y medio y luego lo apartó.
—¿Lo tienes?
—Sí —dijo ella.
Joss esperaba que fuera así. Y si no funcionaba… Bueno, estaban en contacto. Si la energía acumulada se descargaba a través de su cuerpo, los dos se irían juntos.
Pero no fue así. De repente el pasillo transmitía serenidad, calma. La sensación de vibración había desaparecido, demasiado sutil para escucharla hasta que habo desaparecido.
—Creo que lo he conseguido —dijo Pikka.
—Estamos vivos —respondió Joss—. Las luces siguen encendidas. Dos buenas señales.
Pikka sacó su brazo del conducto con cuidado. Joss se inclinó para mirar y sí, el problema estaba resuelto.
Miró a su mujer.
—Si hubiésemos ido al hangar como teníamos pensado… Si no hubieras ejecutado ese último análisis de los sistemas de la estación…
—Lo sé —dijo Pikka.
Se inclinó hacia delante y le plantó un buen beso en los labios, ni demasiado largo ni demasiado corto.
—Eres un hombre muy afortunado.
Chasqueó los dedos.
—Vamos —dijo ella—. Tenemos una nave que coger.
El Tercer Horizonte era una nave elegante. Un crucero de clase Emisario, resplandeciente: el culmen del diseño en naves Republicanas, viajando a toda velocidad por el hiperespacio de vuelta a Coruscant. Estaba claro que no era la peor nave en la que se habían subido los Adrens.
Pikka estaba sentada en la plataforma del hangar, acabando un informe de incidencias para Shai Tennem sobre el problema del cableado en la Baliza Starlight.
Lo envió y miró a Joss al otro lado del Hangar, estaba admirando uno de los nuevos Longbeams que eran parte de las naves de apoyo del Tercer Horizonte. Alargados, elegantes y estrechos, los Vigalarga podían servir como naves de pasajeros, cargueros, de salvamento, incluso cruceros de combate de tamaño mediano. Joss se encontraba profundamente inmerso en una conversación con un miembro de la tripulación de cubierta, un twi’lek de piel azul. Joss se reía de buena gana y le daba una palmada en el hombro. Pikka sonrió. Joss era capaz de hacer amigos en cualquier lugar.
Diseño de un Vigalarga
Sonó una sirena, y una voz surgió por el sistema de intercom de la nave, alto y claro. Ella miró hacia arriba, escuchando.
—Aquí el Almirante Kronara. Hemos recibido una señal de socorro del sistema Hetzal, en relación a un suceso masivo con víctimas por todo el sistema. Estamos lo suficientemente cerca como para ofrecer ayuda. Cualquier pasajero con experiencia en pilotaje, rescate o emergencias médicas dispuesto a ayudar en las tareas de socorro, póngase en contacto con un miembro de la tripulación.
La intercom se quedó en silencio y Pikka sintió como el Tercer Horizonte salió del hiperespacio. No tenía ni idea de qué podía ser un suceso masivo con víctimas por todo el sistema. La República estaba en paz. ¿Una supernova quizá? ¿Qué podría…?
Lo relevante era que «por todo el sistema» significaba miles de millones de vidas. No hay otra forma de interpretarlo. Sintió una presencia, giró su cabeza, y ahí estaba Joss.
—Tenemos que ver si podemos ayudar —dijo.
Pikka ni siquiera trató de disuadirlo. Ambos podían pilotar una nave, y tenían todo tipo de entrenamiento que podía ser útil en una crisis. Simplemente asintió.
—Te quiero —dijo—. Vamos…
La aventura de Joss y Pikka continuará en el número 200 de la revista Star Wars Insider.
Traducción por Mariana Paola Gutiérrez Escatena. Revisión por Mario Tormo.
La Fuerza está con la galaxia. Es el momento de la Alta República: una unión pacífica de mundos con ideas afines donde se escuchan todas las voces y el gobierno se logra mediante el consenso, no la coerción o el miedo. Es una era de ambición, de cultura, de inclusión, de Grandes Obras. La visionaria canciller Lina Soh dirige la República desde la elegante ciudad-mundo de Coruscant, ubicada cerca del brillante centro del Núcleo Galáctico.
Pero más allá del Núcleo y sus muchas Colonias pacíficas, está el Borde: Interior, Medio y, finalmente, en el límite de lo que se conoce: el Borde Exterior. Estos mundos están llenos de oportunidades para aquellos lo suficientemente valientes como para viajar por las pocas rutas hiperespaciales bien mapeadas que conducen a ellos, aunque también hay peligro. El Borde Exterior es un refugio para cualquiera que busque escapar de las leyes de la República y está lleno de depredadores de todo tipo.
La canciller Soh se ha comprometido a traer los mundos del Borde Exterior al abrazo de la República a través de ambiciosos programas de expansión como el Faro Starlight. Pero hasta que esté operativo, el orden y la justicia se mantienen en la frontera galáctica por los Caballeros Jedi, guardianes de la paz que han dominado increíbles habilidades derivadas de un misterioso campo de energía conocido como la Fuerza. Los Jedi trabajan en estrecha colaboración con la República y han acordado establecer puestos de avanzada en el Borde Exterior para ayudar a cualquiera que pueda necesitar ayuda. El Jedi de la frontera puede ser el único recurso para las personas que no tienen a dónde acudir. Aunque los puestos de avanzada operan de forma independiente y sin la ayuda directa del gran Templo Jedi en Coruscant, actúan como un disuasivo eficaz para aquellos que harían el mal en la oscuridad. Pocos pueden oponerse a los Caballeros de la Orden Jedi. Pero siempre hay quienes lo intentarán. . .
High Republic.
PARTE 1 – El gran desastre
CAPÍTULO UNO
HIPERESPACIO. LA CARRERA DEL LEGADO. 3 horas para el impacto.
Todo está bien.
La Capitán Hedda Casset revisó las lecturas y pantallas incorporadas en su silla de mando por segunda vez. Siempre las repasaba al menos dos veces. Tenía más de cuatro décadas de vuelo a sus espaldas, y pensó que el doble control era gran parte de la razón por la que había sobrevivido todo ese tiempo. El segundo vistazo confirmó todo lo que había visto la primera vez.
«Todo está bien,» dijo, en voz alta esta vez, anunciándolo a su tripulación del puente. «Es hora de mis rondas. Teniente Bowman, tiene el puente a su disposición.»
“Recibido, Capitán,” respondió su primer oficial, levantándose de su propio asiento preparándose para ocupar el suyo hasta que ella regresara de su reunión vespertina.
No todos los capitanes de cargueros de larga distancia manejaban su nave como una nave militar. Hedda había visto naves espaciales con suelos manchados y tuberías con fugas y grietas en las ventanas de la cabina, detalles que la atravesaron hasta el alma. Pero Hedda Casset comenzó su carrera como piloto de combate con la Fuerza de Tarea Conjunta Malastare-Sullust, manteniendo el orden en su pequeño sector en la frontera del Borde Medio. Había comenzado a volar un Incom Z-24, el caza monoplaza que todos llamaban Buzzbug. Principalmente misiones de seguridad, caza de piratas y cosas por el estilo. Sin embargo, finalmente ascendió para comandar un crucero pesado, uno de los buques más grandes de la flota. Una buena carrera, haciendo un buen trabajo.
Dejó Mallust JTF con distinción y pasó a un trabajo como capitana de buques mercantes para el Gremio Byrne, su versión de un retiro relajado. Pero más de treinta años en el ejército significaban que el orden y la disciplina no estaban solo en su sangre, eran su sangre. Así que cada nave que volaba ahora funcionaba como si estuviera a punto de librar una batalla decisiva contra una armada Hutt, incluso si solo llevara una carga de pieles de ogrut del mundo A al mundo B. Esta nave, Legacy Run, no fue una excepción.
Hedda se puso de pie, aceptando y devolviendo el saludo del teniente Jary Bowman. Se estiró, sintiendo los huesos de su columna crujir y crujir. Demasiados años patrullando en cabinas diminutas, demasiadas maniobras de alta gravedad, a veces en combate, a veces simplemente porque la hacía sentir viva.
El problema real, sin embargo, pensó, metiéndose un mechón de cabello gris detrás de una oreja, son demasiados años.
Salió del puente, dejando la precisa máquina de su cubierta de mando y caminando a lo largo de un pasillo compacto hacia el más grande y caótico mundo del Legacy Run. La nave era un transporte modular de carga de clase A de los astilleros Kaniff, más del doble de viejo que la propia Hedda. Eso puso a la nave un poco más allá de su vida operacional ideal, pero dentro de los parámetros seguros si estaba bien mantenida y atendida regularmente – y así era. Su capitán se encargaba de eso.
El Run era una nave de uso mixto, clasificada tanto para carga como para pasajeros, por lo tanto, «modular» en su designación. La mayor parte de la estructura de la embarcación estaba ocupada por un solo compartimiento gigantesco, con la forma de un prisma triangular largo, con la ingeniería a popa, el puente a proa y el resto del espacio asignado para carga. Los brazos huecos sobresalían de la “columna” central a intervalos regulares, a los que se podían unir módulos adicionales más pequeños. La nave podía contener hasta 144 de estos, cada uno personalizable, para manejar cualquier tipo de carga que la galaxia pudiera requerir.
A Hedda le gustaba que la nave pudiera transportar casi cualquier cosa. Significaba que nunca sabías lo que ibas a conseguir, los extraños desafíos a los que podrías enfrentarte de un trabajo a otro. Una vez había volado la nave cuando la mitad del espacio de carga en el compartimento principal se reconfiguró en un enorme tanque de agua, para llevar un pez sable gigantesco desde los mares tormentosos de Tibrin hasta el acuario privado de una condesa en Abregado-rae. Hedda y su equipo habían llevado a la bestia allí a salvo, no era una tarea fácil. Aún más difícil, sin embargo, fue llevar a la criatura a Tibrin tres ciclos después, cuando la maldita cosa enfermó porque la gente de la condesa no tenía idea de cómo cuidarla. Sin embargo, admiró a la mujer: pagó el flete completo para enviar el pez sable a casa. Mucha gente, especialmente los nobles, lo habrían dejado morir.
Este viaje en particular, en comparación, era tan simple como parecía. Las secciones de carga de Legacy Run estaban llenas en un 80 por ciento de colonos que se dirigían al Borde Exterior desde mundos del Núcleo y las Colonias superpoblados, en busca de nuevas vidas, nuevas oportunidades, nuevos horizontes. Era capaz de identificarse con eso. Hedda Casset había estado inquieta toda su vida. Tenía la sensación de que moriría de esa manera también, mirando por una ventana, esperando que sus ojos se posaran en algo que nunca había visto antes.
Debido a que se trataba de un recorrido de transporte, la mayoría de los módulos del barco eran configuraciones básicas de pasajeros, con asientos abiertos que se convertían en camas que, en teoría, eran lo suficientemente cómodas para dormir. Instalaciones sanitarias, almacenamiento, algunas pantallas solares, cocinas pequeñas, y eso era todo. Para los colonos dispuestos a pagar por una mayor comodidad y servicios, algunos tenían comedores automáticos operados por droides y compartimentos privados para dormir, pero no muchos. Esta gente era frugal. Si hubieran tenido créditos para empezar, probablemente no se dirigirían al Borde Exterior para raspar un futuro. El borde oscuro de la galaxia era un lugar de desafíos emocionantes y mortales. Más mortífero que emocionante, en verdad.
Incluso el camino para salir de aquí es complicado, pensó Hedda, con la mirada puesta en el remolino de hiperespacio que se veia a través del gran ojo de buey por el que estaba pasando. Apartó los ojos de golpe, sabiendo que podría terminar parada allí durante veinte minutos si se dejaba absorber. No se podía confiar en el hiperespacio. Fue útil, seguro, te llevó de aquí para allá, fue la clave para la expansión de la República desde el Núcleo, pero nadie realmente lo entendió. Si su Navidroid calculase mal las coordenadas, incluso un poco, podría terminar fuera de la ruta marcada, la carretera principal a través del hiperespacio que realmente fuera, y luego estaría en un camino oscuro que conduce a quién sabe dónde. Si ha sucedido incluso en las hiperrutas mas transitadas cerca del centro galáctico, aquí, donde los buscadores apenas han trazado rutas. . . Bueno, tienes que cuidarte a ti mismo.
Se quitó las preocupaciones de la cabeza y continuó su camino. La verdad era que el Legacy Run estaba ganando velocidad por la ruta más conocida y transitada hacia los mundos del Borde Exterior. Las naves se movían constantemente por este hipercarril, en ambas direcciones. Nada de que preocuparse.
Pero más de nueve mil almas a bordo de esta nave dependían de la Capitán Hedda Casset para llevarlas a salvo a su destino. Le preocupaba. Era su trabajo.
Hedda salió del corredor y entró en el casco central, emergiendo en un gran espacio circular, un lugar abierto necesario por la estructura de la nave que había sido reutilizada como una especie de área común no oficial. Un grupo de niños pateaba una pelota mientras los adultos se paraban y charlaban cerca; todos simplemente disfrutando de un pequeño descanso de los estrechos confines de los módulos donde pasaban la mayor parte del tiempo. El espacio no era elegante, solo un punto de cruce desnudo donde se unían varios corredores cortos, pero estaba limpio. El barco empleó, por insistencia de su capitán, un equipo de mantenimiento automatizado que mantuvo sus interiores limpios e higiénicos. Uno de los droides custodios se abría camino a lo largo de una pared en ese mismo momento, realizando una de las interminables tareas requeridas en una nave del tamaño del Run.
Se tomó un momento para hacer un balance de este grupo: unas veinte personas, de todas las edades, de varios mundos. Los humanos, por supuesto, pero también algunos Ardennianos de cuatro brazos y cubiertos de piel, una familia de Givin con sus distintivos ojos triangulares, e incluso un Lannik con su cara pellizcada, moño y orejas enormes y puntiagudas que sobresalen del costado de su cabeza, no vio a muchos de los que estaban alrededor. Pero sin importar su planeta de origen, todos eran seres ordinarios, esperando el momento hasta que pudieran comenzar sus nuevas vidas.
Uno de los niños miró hacia arriba.
«¡Capitán Casset!» dijo el niño, un humano, de piel aceitunada y cabello rojo. Ella lo conocía.
«Hola, Serj», dijo Hedda. «¿Alguna novedad? ¿Todo bien aquí?»
Los otros niños detuvieron su juego y se agruparon a su alrededor.
“Me vendrían bien algunos holos nuevos”, dijo Serj. «Hemos visto todo lo que hay en el sistema».
«Lo que tenemos es todo lo que tenemos», respondió Hedda. “Y deja de intentar piratear el archivo para ver los títulos con restricción de edad. ¿Crees que no lo sé? Esta es mi nave. Sé todo lo que sucede en la Legacy Run «.
Ella se inclinó hacia adelante.
«Todo.»
Serj se sonrojó y miró a sus amigos, quienes, de repente, también habían encontrado cosas muy interesantes para mirar en el suelo, el techo y las paredes absolutamente poco interesantes de la cámara.
«No te preocupes por eso», dijo, enderezándose. «Lo entiendo. Este es un viaje bastante aburrido. No me creerás, pero en poco tiempo, cuando tus padres te tengan arando campos, construyendo vallas o luchando contra los Rancor, estarás soñando con el tiempo que pasaste en esta nave. Solo relájate y disfruta».
Serj puso los ojos en blanco y volvió a cualquier juego de pelota improvisado que él y los otros niños habían ideado.
Hedda sonrió y se movió por la habitación, asintiendo y charlando mientras lo hacía. Personas. Probablemente algunos buenos, otros malos, pero durante los próximos días, su gente. A ella le encantaban estos viajes. No importa lo que sucedió en la vida de estas personas, se dirigían al Borde para hacer realidad sus sueños. Ella era parte de eso y la hacía sentir bien.
La República de la canciller Soh no era perfecta, ningún gobierno lo era ni podría serlo nunca, pero era un sistema que daba a la gente espacio para soñar. No, aún mejor. Alentó los sueños, grandes y pequeños. La República tenía sus defectos, pero en realidad, las cosas podrían ser mucho peores.
Las rondas de Hedda le llevaron más de una hora; se abrió paso a través de los compartimentos de pasajeros, pero también verificó un envío de Tibanna líquido sobreenfriado para asegurarse de que el material volátil estuviera correctamente bloqueado (lo estaba), inspeccionó los motores (todo bien), investigó el estado de las reparaciones a los sistemas de recirculación ambiental del barco (en progreso y avanzando bien), y se aseguró de que las reservas de combustible fueran aún más que adecuadas para el resto del viaje con un margen cómodo además (lo estaban).
El Legacy Run fue exactamente como ella quería que fuera. Un mundo diminuto y bien mantenido en el desierto, una cálida burbuja de seguridad que retiene el vacío. No podía responder por lo que les esperaba a estos colonos una vez que se dispersaran en el Borde Exterior, pero se aseguraría de que llegaran sanos y salvos para averiguarlo.
Hedda regresó al puente, donde el teniente Bowman casi se puso en pie de un salto en el momento en que la vio entrar.
«Capitán en el puente», dijo, y los otros oficiales se enderezaron.
«Gracias, Jary», dijo Hedda cuando su segundo se hizo a un lado y regresó a su puesto.
Hedda se instaló en su silla de mando, revisando automáticamente las pantallas, buscando algo fuera de lo común.
Todo está bien, pensó.
KTANG. KTANG. KTANG. KTANG. Una alarma, fuerte e insistente. La iluminación del puente cambió a su configuración de emergencia, bañando todo de rojo. A través de la ventana frontal, los remolinos del hiperespacio se desviaron de alguna manera. Tal vez fue la iluminación de emergencia, pero tenían un. . . Tinte rojizo. Parecía . . . Enfermizo.
Hedda sintió que se le aceleraba el pulso. Su mente entró en modo de combate sin pensar.
«¡Reporte!» gritó, sus ojos recorriendo su propio conjunto de pantallas para encontrar la fuente de la alarma.
“Alarma generada por el navicomp, capitán”, gritó su navegante, la cadete Kalwar, una joven Quermiana. «Hay algo en el hipercarril. Varado. Grande. Impacto en diez segundos».
La voz de la cadete se mantuvo firme y Hedda estaba orgullosa de ella. Probablemente no era mucho mayor que Serj.
Sabía que esta situación era imposible. Los hipercarriles estaban vacíos. Esa era la cuestión. No podía recitar toda la ciencia involucrada, pero sabía que las colisiones a la velocidad de la luz en carriles establecidos simplemente no podían suceder. Era «matemáticamente absurdo» escuchar a los ingenieros hablar de ello.
Hedda había estado volando en el espacio profundo el tiempo suficiente para saber que sucedían cosas imposibles todo el tiempo, todos los malditos días. También sabía que diez segundos no era tiempo en absoluto a velocidades como la que viajaba el Legacy Run.
No puedes confiar en el hiperespacio, pensó.
Hedda Casset pulsó dos botones en su consola de mando.
«Prepárense», dijo, su voz tranquila. «Estoy tomando el control».
Dos mandos de pilotaje salieron de los reposabrazos de la silla de capitán y Hedda los agarró, uno en cada mano.
Dejó tiempo para respirar y luego voló.
El Legacy Run no era un Incom Z-24 Buzzbug, ni siquiera uno de los nuevos Republic Longbeams. Había estado en servicio durante más de un siglo. Era un carguero al final, si no más allá, de su vida útil operativa, cargado a su máxima capacidad, con motores diseñados para una aceleración y desaceleración lenta y gradual, y acoplado a puertos espaciales e instalaciones de carga orbital. Maniobraba como una luna.
El Legacy Run no era una nave de guerra. Ni de lejos. Pero Hedda lo voló como tal.
Vio el obstáculo en su camino con el ojo y los instintos de piloto de caza, lo vio avanzar a una velocidad increíble, lo suficientemente grande como para que tanto su nave como lo que fuera se desintegraran en átomos, solo polvo flotando para siempre a través de las hiperrutas. No hubo tiempo para evitarlo. La nave no podía dar la vuelta. No había espacio y no había tiempo.
Pero la capitana Hedda Casset estaba al timón y no le fallaría a su nave.
Hizo un leve movimiento de la palanca de control izquierda, y uno mayor de rotación de la derecha, y el Legacy Run se movió. Más de lo que quería, pero no menos de lo que su capitán creía que podía. El enorme carguero se deslizó más allá del obstáculo en su camino, pasando éste por su casco tan cerca que Hedda estaba segura de que sintió que se despeinaba a pesar de las muchas capas de metal y escudos entre ellos.
Pero estaban vivos. Sin impacto. El barco estaba vivo.
Turbulencias. Hedda luchó contra ellas, tanteando su camino a través de las irregularidades y ondas, cerrando los ojos, sin necesidad de ver para volar. La nave gimió, su estructura se quejó.
«Puedes hacerlo, vieja amiga», dijo en voz alta. «Somos un par de viejas malhumoradas, está claro, pero las dos tenemos mucha vida que vivir. Te he cuidado muy bien y lo sabes. No te decepcionaré si tú no me decepcionas «.
Hedda no falló a su nave.
Pero ésta si falló.
El gemido del metal sobrecargado se convirtió en un grito. Las vibraciones del paso de la nave por el espacio adquirieron un nuevo timbre que Hedda había sentido demasiadas veces antes. Era la sensación de una nave que se había llevado más allá de sus límites, ya sea por sufrir demasiado daño en un tiroteo o, como aquí, simplemente se le pidió que realizara una maniobra que era más de lo que podía dar.
El Legacy Run se estaba desgarrando. A lo sumo, le quedaban unos segundos.
Hedda abrió los ojos. Soltó las palancas de control y pulsó los comandos en su consola, activando el blindaje del mamparo que separaba cada módulo de carga en el caso de un desastre, pensando que tal vez podría dar una oportunidad a algunas de las personas a bordo. Pensó en Serj y sus amigos, jugando en el área común, y en cómo las puertas de emergencia acababan de cerrarse de golpe en la entrada de cada módulo de pasajeros, posiblemente atrapándolos en una zona que estaba a punto de convertirse en vacío. Esperaba que los niños hubieran ido con sus familias cuando sonaron las alarmas.
Aunque no podía saberlo.
Era imposible saberlo.
Hedda miró a los ojos a su primer oficial, que la estaba mirando, sabiendo lo que estaba a punto de suceder. Saludó.
«Capitán», dijo el teniente Bowman, «ha sido un …»
El puente se abrió de par en par.
Hedda Casset murió, sin saber si había salvado a alguien.
CAPITULO DOS
EL BORDE EXTERIOR. SISTEMA HETZAL. 2.5 horas para el impacto.
El técnico de escáners -scantech- (tercera clase) Merven Getter estaba listo. Listo para marcar la salida del día, listo para llevar el transbordador de regreso al sistema interior, listo para llegar a la cantina a unas pocas calles del puerto espacial en la Luna Enraizada donde Sella trabajaba atendiendo el bar, listo para ver si hoy era el día en que él podría encontrar el coraje para invitarla a salir. Ella era Twi’lek y él era Mirialano, pero ¿qué importaba eso? Todos somos la República. El gran eslogan de la canciller Soh, pero la gente lo creyó. En realidad, Merven pensó que él también. Las actitudes estaban evolucionando. Las posibilidades eran infinitas.
Y tal vez, una de esas posibilidades giraba en torno a un scantech (tercera clase) asignado a una estación de monitoreo muy lejos en la eclíptica del sistema Hetzal, ya de por sí bastante alejado del Borde, tristemente distante de las luces brillantes y los mundos interesantes del Núcleo de la República. Quizás ese scantech (de tercera clase), que se pasaba los días mirando las pantallas holográficas, registrando el tráfico de naves estelares dentro y fuera del sistema, podría llamar la atención de la encantadora mujer de piel escarlata que le sirve una jarra de cerveza local tres o cuatro noches a la semana. Sella solía quedarse para charlar con él un rato, dando vueltas hacia atrás mientras otros clientes entraban y salían de su pequeña taberna. Ella parecía encontrar sus historias sobre la vida en el extremo más alejado del sistema inexplicablemente interesantes.
Merven no entendía por qué estaba tan fascinada. A veces aparecían naves en el sistema, saliendo desde el hiperespacio y apareciendo en sus pantallas, y otras veces las naves se iban… Momento en el que sus pequeños iconos desaparecían de sus pantallas. Nunca sucedía nada interesante: los planes de vuelo se registraban con anticipación, por lo que generalmente sabía lo que iba o venía. Merven era responsable de asegurarse de que se siguieran esos planes de vuelo, y no mucho más. En la remota posibilidad de que ocurriera algo inusual, su trabajo era simplemente notificar a las personas significativamente más importantes que él.
Scantech (tercera clase) Merven Getter pasaba sus días viendo a la gente ir a lugares. Él, en cambio, permanecía quieto.
Pero quizás hoy no. Pensó en Sella. Pensó en su sonrisa, en la forma en que decoraba su lekku con esos intrincados lazos que le dijo que había diseñado ella misma, en la forma en que detenía todo lo que estuviera haciendo para servirle su jarra de cerveza en el momento en el que entraba, sin que ni siquiera tuviera que pedirlo.
Si. Iba a invitarla a cenar. Esta noche. Había estado ahorrando y conocía un lugar no muy lejos de la cantina. No tan lejos de su casa, tampoco, pero eso se estaba adelantando.
Solo tenía que terminar su maldito turno.
Merven miró a su colega, la scantech (segunda clase) Vel Carann. Quería preguntarle si podía salir un poco más temprano ese día, tomar el transbordador de regreso a la Luna Enraizada. Estaba leyendo algo en un datapad, totalmente absorta. Probablemente una de esas novelas Jedi con las que siempre estuvo obsesionada. Merven no lo entendía. Había leído algunas, todas estaban ubicadas en puestos de avanzada en las lejanas fronteras de la República, llenas de amor no correspondido y miradas anhelantes… La única acción eran las batallas con sables de luz que fueron claramente un sustituto de lo que los personajes realmente querían hacer. No se esperaba que Vel estuviera leyendo material personal en horario de trabajo, pero si le decía algo, ella simplemente tocaba la pantalla y lo cambiaba a un manual técnico e insistía en que no estaba haciendo nada malo. El problema era que ella era de segunda clase y él de tercera, lo que significaba que mientras él hiciera su trabajo, ella pensaba que no tenía que hacer el suyo.
Nah. Ni siquiera valía la pena pedir salir una hora antes. No a Vel. Podría aguantar el resto de su turno. No faltaba mucho y …
Algo apareció en una de sus pantallas.
«Eh,» dijo Merven.
Era extraño. No había ninguna entrada programada al sistema en los próximos veinte minutos más o menos.
Algo más apareció. Varias cosas. Diez.
«¿Qué demonios?» Dijo Merven.
«¿Algún problema Getter?» Preguntó Vel, sin levantar la vista de la pantalla.
«No estoy seguro,» dijo. «Tengo un montón de entradas no programadas al sistema y no están desacelerando».
«Espera ¿Qué? Vel dijo, bajando su pantalla de datos y finalmente mirando sus propios monitores. «Oh, eso es extraño.»
Más iconos aparecieron en las pantallas de Merven, demasiados para contarlos de un vistazo.
«Eso son…. ¿Crees que son… Asteroides tal vez?» Dijo Vel, con voz inestable.
“¿A esa velocidad? ¿Del hiperespacio? No sé. Haz un análisis,” dijo Merven. «A ver si puedes averiguar qué son.»
Silencio desde el puesto de Vel.
Merven echó un vistazo.
«Yo… no se como hacerlo,» dijo ella. «Después de la última actualización, nunca me preocupé de aprender los sistemas. Parecías tener todo bajo control, y yo solo estoy aquí para supervisar, ya sabes y…»
«Bien,» dijo él, nada sorprendido. «¿Puedes al menos rastrear las trayectorias? Esa subrutina ha sido la misma durante los últimos dos años.»
«Si,» dijo Vel. «Puedo hacer eso.»
Merven volvió a sus monitores y empezó a teclear comandos en los teclados.
Ahora había cuarenta y dos anomalías en el sistema, todas moviéndose a una velocidad cercana a la velocidad de la luz. Increíblemente rápido, en otras palabras, mucho más rápido de lo que permiten las normas de seguridad. Si de hecho fueran naves quienquiera que los estuviera pilotando se enfrentaría a una enorme multa. Pero Merven no pensó que fueran naves. Eran demasiado pequeños, para empezar, y no dejaban rastros de motor.
¿Asteroides, tal vez? ¿Rocas espaciales, arrojadas de alguna manera al sistema? ¿Algún tipo de tormenta espacial extraña o un conjunto de cometas? No podía ser un ataque, eso lo sabía. La República estaba en paz y parecía que iba a seguir así. Todos estaban felices viviendo sus vidas. La República funcionaba.
Además, el sistema Hetzal no tenía nada que valiera la pena atacar. Era solo un conjunto ordinario de planetas, el mundo principal y sus dos lunas habitadas, la Fructificada y la Enraizada, con un enfoque profundo en la producción agrícola. Tenía algunos gigantes gaseosos y bolas de roca congeladas, pero en realidad eran solo un montón de granjeros y todas las cosas que cultivaban. Merven sabía que era importante, que Hetzal exportaba alimentos por todo el Borde Exterior, y parte de su producción incluso llegaba a los sistemas internos. También estaba ese material de bacta sobre el que había estado leyendo, una especie de reemplazo milagroso para el juvan que estaban tratando de cultivar en el mundo principal, que se suponía que revolucionaría la medicina si alguna vez podían descubrir cómo cultivarlo a gran escala… Pero aún así, eran solo plantas. Era difícil entusiasmarse con las plantas.
Por lo que a él respectaba, el mayor reclamo de Hetzal era que era el mundo natal de una famosa cantante de gill llamada Illoria Daze, que podía hacer vibrar su aparato vocal de tal manera que cantaba melodías en armonías de seis partes. Eso, en combinación con un ingenio excepcionalmente atractivo y una historia de trasfondo de la pobreza a la riqueza, la habían hecho famosa en toda la República. Pero Illoria ni siquiera estaba aquí. Ahora vivía en Alderaan, con gente elegante.
Hetzal no tenía nada de valor real. Nada de esto tenía sentido.
Otra erupción de objetos apareció en sus pantallas, tantos ahora que estaba sobrecargando la capacidad de su computadora para rastrearlos. Redujo la resolución, cambiando a una vista de todo el sistema, dejando una imagen más clara. Merven podía ver que las cosas, fueran las que fueran, no se limitaban a entrar al sistema desde la seguridad de la zona de acceso al hiperespacio. Estaban apareciendo por todas partes, y algunos se estaban acercando mucho a…
«Oh, no,» dijo Vel.
«Yo también lo veo,» dijo Merven. Ni siquiera tuvo que ejecutar un análisis de trayectoria.
Las anomalías se dirigían hacia el sol, y muchas de ellas estaban en trayectorias de impacto con los mundos habitados y sus estaciones orbitales. Los objetos tampoco se estaban ralentizando. De ningún modo. Casi a la velocidad de la luz, no importaba si eran asteroides, naves o burbujas espumosas de caramelo gaseoso. Cualquier cosa que golpearan simplemente… Desaparecería.
Mientras miraba, uno de los objetos atravesó un satélite de comunicaciones sin tripulación. Tanto la anomalía como el satélite desaparecieron de su pantalla, y la galaxia consiguió un poco más de polvo espacial.
Hetzal Prime era lo suficientemente grande como para soportar algunos impactos como ese y sobrevivir como un cuerpo planetario. Incluso las dos lunas habitadas podrían recibir un par de golpes. Pero cualquiera que viviese en ellos. . .
Sella estaba en la Luna Enraizada en este momento.
«Tenemos que salir de aquí,» dijo. “Estamos justo en la zona objetivo y cada segundo aparecen más de estas cosas. Tenemos que llegar al transbordador.»
«Estoy de acuerdo,» dijo Vel, con algo de autoridad regresando a su voz. “Pero primero debemos enviar una alerta a todo el sistema. Tenemos que hacerlo.»
Merven cerró los ojos por un momento y luego los volvió a abrir.
«Tienes razón. Por supuesto.»
«La computadora necesita códigos de autorización de ambos para activar la alarma de todo el sistema,» dijo Vel. «Lo haremos a mí señal.»
Tocó algunos comandos en su teclado. Merven hizo lo mismo, luego esperó a que asentiera. Lo hizo y él escribió su código.
Una suave alarma sonó a través de la plataforma de operaciones cuando salió el mensaje. Merven sabía que ahora se estaba escuchando un sonido similar en todo el sistema Hetzal, desde las cabinas de los vertederos de basura hasta el palacio del ministro en el primer mundo. Cuarenta mil millones de personas simplemente miraron hacia arriba con miedo. Uno de ellos era una encantadora Twi’lek de piel escarlata que probablemente se preguntaba si su Mirialano favorito iba a pasar por la taberna esa noche.
Merven se puso de pie.
“Hemos hecho nuestro trabajo. Hora de movernos. Podemos enviar un mensaje explicando lo que está sucediendo de camino».
Vel asintió y se levantó de su asiento.
«Si. Salgamos de…»
Uno de los objetos saltó del hiperespacio, tan cerca y moviéndose tan rápido, que en términos astronómicos estaba sobre ellos en el momento en que apareció.
Una llamarada y la anomalía se desvaneció, junto con la estación de monitoreo, sus dos scantech y todas sus metas, miedos, habilidades, esperanzas y sueños; la energía cinética del objeto atomiza todo lo que toca en menos de un instante.
CAPÍTULO TRES
CIUDAD AGUIRRE, HETZAL PRIME. 2 horas para el impacto.
«¿Es esto real?» —Preguntó el Ministro Ecka mientras las alarmas sonaban en su oficina, consistentes, insistentes, imposibles de ignorar. Lo que, suponía, era la cuestión.
«Eso parece,» respondió el Consejero Daan, colocandose un mechón de cabello detrás de la oreja. “La alerta se originó en una estación de monitoreo en el extremo más alejado del sistema. Entró en el nivel de prioridad más alto y llegó a todo el sistema. Cada computadora conectada al núcleo de procesamiento principal hace sonar la misma alarma.»
«¿Pero qué lo está causando?» Preguntó el ministro. «¿No había ningún mensaje adjunto?»
«No,» respondió Daan. “Hemos pedido aclaraciones en repetidas ocasiones, pero no ha habido respuesta. Creemos que… la estación de monitoreo fue destruida ”.
El ministro Ecka pensó por un momento. Giró su silla lejos de sus consejeros y la vieja madera crujió un poco bajo su peso. Miró por la amplia ventana panorámica que hacía de pared trasera de su escritorio. Por ella podía ver los campos dorados de Hetzal, hasta el horizonte. El mundo, todo el sistema en realidad, creía en utilizar cada pedacito de espacio disponible para crecer, crear y cultivar. Los edificios se techaron con tierras de cultivo, los ríos y lagos se utilizaron para cultivar algas y plantas acuáticas útiles, las torres se colocaron en terrazas, con vides de frutas que se derramaban por los lados. Los droides recolectores flotaban entre ellos, arrancando frutos maduros, lo que fuera de temporada. En este momento serían frutas de miel, moras y melones de hielo. En un mes sería otra cosa. En Hetzal, siempre había algo de temporada.
Le encantaba esta vista. La más pacífica de la galaxia creía. Tal que así. Productivo y correcto.
Ahora, con las alarmas sonando en sus oídos, ya no lo veía así. Ahora todo parecía… Frágil.
«Algo está pasando ahí fuera,» dijo otro asesor, una mujer Devaroniana llamada Zaffa.
Ecka la conocía desde hacía mucho tiempo y era la primera vez que la oía preocupada. Estaba mirando una pantalla de datos, frunciendo el ceño.
«Una plataforma minera en el medio del sistema se ha venido abajo,» dijo Zaffa. “La red de satélites también está empezando a mostrar agujeros. Es como si algo estuviera destruyendo nuestras instalaciones, una por una «.
«¿Y todavía no tenemos imágenes? Esto es una locura,” declaró Ecka.
Señaló a su jefe de seguridad, un humano corpulento de mediana edad.
«Borta, ¿por qué tu gente no sabe lo que está pasando?»
Borta frunció el ceño. «Ministro, con todo el respeto, ya sabe por qué. Sus recientes recortes han reducido la división de seguridad de Hetzal a una décima parte de su tamaño anterior. Estamos trabajando en ello, pero no podemos aportar mucho.»
“¿Es algún tipo de anomalía natural? No puede ser… No estamos siendo atacados, ¿verdad?»
“En este punto, no lo sabemos. Lo que está sucediendo es consistente con algún tipo de infiltración enemiga, pero no vemos marcas de motores y las ubicaciones afectadas son bastante aleatorias. Todavía tenemos algunas plataformas de defensa orbital por ahí, y todas están intactas. Si es un ataque, deberían apuntar a nuestra capacidad de devolver el golpe, pero no es así.»
Las alarmas sonaron de nuevo y Ecka hizo girar su silla señalando al consejero Daan, quien se encogió hacia atrás.
“¿Puedes apagar esa maldita alarma? ¡No puedo pensar!»
Daan se incorporó, manteniéndose ligeramente firme y pulsó un control en su pantalla de datos. La alarma, afortunadamente, cesó.
Otro consejero habló, un joven delgado con cabello rojo y piel extremadamente pálida, Keven Tarr. Había sido enviado por el Ministerio de Tecnología. Ecka no usaba mucho la tecnología que no estaba relacionada con los rendimientos agrícolas. En su corazón todavía era un granjero, pero sabía que se suponía que Tarr era muy inteligente. Probablemente no pasaría mucho tiempo hasta que el chico siguiera adelante y encontrara un trabajo en alguna parte más sofisticada de la galaxia. Así eran las cosas en un mundo como Hetzal. No todo el mundo se permanecía.
«Creo que puedo mostrarle lo que está pasando, ministro,» dijo Tarr.
El chico tenía los dedos largos para ser un humano, y bailaban sobre su datapad.
«Déjeme pasarle los datos al droide; puede proyectar la información para que todos la podamos ver.»
Pulsó varios comandos finales y llevó un cable de conexión desde su datapad hasta poder conectarlo al puerto de acceso de comunicaciones hexagonal del droide que había en esquina de la habitación, para lo que tuvo que ponerse de cuclillas. El droide rodó entonces hacia adelante con su único ojo verde iluminado mientras se movía.
Desde ese ojo, la máquina proyectaba una imagen en la gran pared blanca de la oficina del ministro reservada a tal efecto. Normalmente, las presentaciones en el vidwall se trataban sobre los rendimientos de los cultivos o los programas de erradicación de plagas. Ahora, sin embargo, mostraba todo el sistema Hetzal, todos sus mundos, estaciones, satélites, plataformas y naves.
Y algo más.
Para el ministro Ecka, parecía un campo invadido por un enjambre de insectos devoradores. Cientos de pequeñas luces se movían a través de su sistema a lo que tenía que ser una velocidad tremenda, todas en la misma dirección: hacia el sol. Más particularmente, hacia el planeta. Hacia Hetzal Prime y las no tan lejanas lunas Fructificada y Enraizadas, sin mencionar todas esas estaciones, satélites, plataformas, naves… Muchos de los cuales con personas en ellos.
«¿Qué son?» preguntó.
«Desconocido,» respondió Tarr. “Obtuve esta imagen al vincular las señales de los satélites supervivientes y las estaciones de monitoreo, pero están disminuyendo rápidamente y estamos perdiendo la capacidad del sensor a medida que lo hacen. Cualesquiera que sean estas anomalías, se mueven casi a la velocidad de la luz y es muy difícil rastrearlas. Y, por supuesto, siempre que golpean algo, lo hacen de manera…»
“Fatal”, terminó el general Borta por él.
«Apocalíptico, iba a decir,» dijo Tarr. «Estoy rastreando un buen número de rutas de impacto con el mundo principal».
«¿No hay nada que hacer?» Dijo Ecka, mirando a Borta. «Podemos… ¿Derribarlos?»
Borta lo miró desamparado. “Si fuera uno, tal vez, hubiéramos tenido la oportunidad. Al menos alguna. Pero la defensa del sistema no ha sido una prioridad durante… Mucho tiempo.»
La acusación quedó suspendida en el aire, pero Ecka no la permitió. Había tomado decisiones que parecían correctas en ese momento, con la mejor información que tenía. ¡Estaban en paz! En todas partes estaba en paz. ¿Por qué gastar dinero que podría ayudar a la gente de otras formas? En cualquier caso, no se podía mirar atrás. Era hora de tomar una decisión. La mejor que pudiera.
No vaciló. Cuando las cosechas se estaban quemando, no podías dudar. Por muy malas que fueran las cosas, cuanto más esperabas, más tendían a empeorar.
“Dar la orden de evacuación. Todo el sistema. Luego envía un mensaje a Coruscant. Hágales saber lo que está sucediendo. No podrán traer a nadie aquí a tiempo, pero al menos lo sabrán.»
La consejera Zaffa lo miró con los ojos entrecerrados.
«No sé si realmente podemos implementar esa orden de manera efectiva, Ministro», dijo. «No tenemos suficientes naves aquí para evacuaciones planetarias, y si estas cosas realmente se están acercando a la velocidad de la luz, no hay mucho tiempo hasta que…»
«Entiendo, consejera Zaffa,» dijo Ecka, su voz ahora era firme. «Pero incluso si la orden salva a una sola persona, entonces una persona se salvará.»
Zaffa asintió y tocó su pantalla de datos.
«Está hecho,» dijo. «Evacuación de todo el sistema en curso».
El grupo observaba la proyección en la pared ahora con ráfagas de estática. La red improvisada de Tarr estaba perdiendo capacidad a medida que más satélites terminaban en llamas, pero el mensaje seguía siendo claro. Era como si se hubiera disparado un arma enorme contra el sistema Hetzal, y no había nada que pudieran hacer para salvarse.
«Probablemente todos deberían intentar encontrar una manera de salir del planeta,» dijo Ecka. «Me imagino que las naves estelares que tenemos se llenarán con bastante rapidez».
Nadie se movió.
«¿Qué va a hacer, Ministro?» Preguntó el consejero Daan.
Ecka se volvió hacia su ventana y miró los campos dorados que se extendían hasta el horizonte. Todo había sido tan pacífico. Era imposible creer que algo malo pudiera suceder aquí.
«Creo que me quedaré,» dijo. “Emitir para la población, quizá, para intentar mantener a la gente tranquila. Alguien tiene que cuidar la cosecha.»
Por todo Hetzal Prime y las amplias extensiones de sus dos lunas habitadas, el mensaje del Ministro Ecka viajó rápidamente, apareciendo en datapads y holospantallas, transmitido a través de todos los canales de comunicación, diciendo, en esencia: Ningún lugar es seguro. Aléjate lo más que puedas.
La explicación fue limitada, lo que generó especulaciones. ¿Qué estaba pasando? ¿Algún tipo de accidente? ¿Qué desastre podría tener un alcance tan grande que fuera necesario evacuar todo un sistema?
Algunas personas ignoraron la advertencia. Las falsas alarmas habían ocurrido antes y, a veces, los hackers hacían bromas o presumían de haber accedido a los sistemas de alerta de emergencias. Es cierto que nunca había sucedido nada de esta escala, pero en realidad, eso hizo que fuera más fácil no tomarlo en serio. Después de todo, ¿todo el sistema está en peligro? No era posible.
Esas personas se quedaron en sus hogares, en sus lugares de trabajo. Apagaron sus pantallas y volvieron a sus vidas, porque era mejor que la alternativa. Y si de vez en cuando miraban al cielo y veían naves espaciales subiendo y bajando… Bueno, se decían a sí mismos que la gente de esas naves eran estúpidos, que se asustaba fácilmente.
Otros, en otros lugares, se quedaron petrificados. Querían buscar un lugar seguro pero no tenían idea de cómo. No todos tenían acceso a una vía de escape del planeta. De hecho, la mayoría no lo hizo. Hetzal era un sistema de agricultores, gente que vivía cerca de la tierra. Si viajaron a cualquier otro lugar de la República, fue para una ocasión especial, una experiencia única en la vida. Ahora, se les dice que encuentren una manera de saltar al espacio de repente… ¿Cómo? ¿Cómo podían hacer algo así?
Pero algunas personas en Hetzal si que tenían naves estelares o vivían en ciudades donde los viajes espaciales eran más comunes. Encontraron a sus hijos, recogieron sus objetos de valor y corrieron hacia los espaciopuertos, con la esperanza de ser los primeros en llegar, los primeros en reservar un pasaje. Inevitablemente, no lo fueron. Fueron recibidos por multitudes, colas, precios de pasajes que se dispararon a niveles inalcanzables para todos excepto para los más ricos, gracias a oportunistas sin escrúpulos. La tensión aumentó. Estallaron peleas, y aunque Hetzal tenía una fuerza de seguridad para calmar estas disputas, estos oficiales también miraron al cielo y se preguntaron si pasarían sus últimos momentos con vida tratando de ayudar a otras personas a ponerse a salvo. Un final noble, sí… ¿Pero deseable? Los agentes de seguridad también eran personas con sus propias familias.
El orden comenzó a quebrarse.
En la Luna Enraizada, un amable comerciante decidió abrir las puertas de la nave estelar que usaba para transportar productos sumamente frescos de la luna a los voraces mundos del Borde Exterior. Ofreció espacio a todos los que pudieran caber, y aunque su piloto le dijo que la embarcación era vieja y que los motores estaban un poco excedidos, al comerciante no le importó. Este era un momento de magnanimidad y esperanza, y por la luz salvaría a todos los que pudiera.
La nave, con capacidad para 582 personas, incluido el comerciante y su propia familia, logró despegar de su plataforma de aterrizaje, una vez que el piloto llevó sus motores al máximo. Tan solo necesitaba escapar de la gravedad de la luna. Una vez que estuvieran en el espacio, todo sería más fácil. Podían escapar, ponerse a salvo.
El carguero había completado prácticamente un kilómetro antes de que los sobrecargados motores explotaran. La bola de fuego cayó sobre los que quedaron atrás, y no estaban seguros de si tenían suerte o no, considerando que aún no sabían lo que les esperaba. El mensaje del ministro Ecka no lo especificaba.
Una variante de ese mensaje fue enviada desde Hetzal a cualquier otro sistema o nave que pudiera escucharlo: Estamos en graves aprietos. Envíe ayuda si puede.
Fue captado por receptores en los otros mundos del Borde Exterior: Ab Dalis, Mon Cala, Eriadu y muchos más, extendiéndose hacia afuera a través del sistema de retransmisión de la República, y luego hacia adentro a los planetas de los Bordes Medio e Interior, la Región de las Colonias, e incluso el brillante Núcleo. Prácticamente todos los que lo escucharon querían hacer algo para ayudar, pero ¿qué? Estaba claro que cualquier cosa que estuviera sucediendo en Hetzal terminaría mucho antes de que pudieran llegar.
Pero se enviaron naves de todos modos, en su mayoría naves de asistencia médica, con la esperanza de que pudieran ofrecer tratamiento a los ciudadanos heridos de Hetzal.
Si alguno hubiera sobrevivido.
«Vaya a su instalación de transporte extraplanetaria más cercana,» decía el ministro Ecka a un droide cámara que grababa sus palabras e imágenes y las transmitía por todo el sistema. “Enviaremos naves para recoger a las personas que no tienen otra forma de salir del planeta. Puede que lleve tiempo, pero mantengan la calma y la paz. Tienen mi palabra, iremos por vosotros. Todos somos parte de la misma cosecha. Con abundancia de reservas. Sobreviviremos a esto de la misma forma que hemos sobrevivido a duros inviernos y secos veranos, uniéndonos.»
“Todos somos Hetzal. Todos somos la República,” dijo.
Levantó una mano y el droide cámara dejó de transmitir. Este era el cuarto mensaje que había enviado desde que comenzó la emergencia y esperaba que sus comunicaciones estuvieran funcionando bien. Los informes sugerían que no, los disturbios estaban comenzando en los puertos espaciales de los tres mundos habitados, pero ¿qué más podía hacer? Transmitía sus mensajes desde su oficina en la ciudad de Aguirre, demostrando que no había abandonado a su pueblo aunque seguramente podría hacerlo. Una muestra de solidaridad. No era mucho, pero era algo.
A su alrededor, el resto de su personal coordinó sus propios intentos de ayudar de cualquier manera que pudieran. El General Borta trabajó con su escasa flota de seguridad para mantener el orden y transportar a la gente fuera del planeta. Con la ayuda del Consejero Daan, habían organizado varios de los enormes cargueros de cultivos actualmente en tránsito para actuar como puntos de retransmisión, ordenándoles que arrojasen su cargamento y despejasen todo el espacio para los refugiados entrantes. Cada uno podía albergar a decenas de miles de personas. No cómodamente, por supuesto, pero esta no era una situación en la que la comodidad importara.
Las naves más pequeñas transportaban a los hetzalianos hasta los cargueros, descargaban a su gente y luego regresaban corriendo para recoger más. Era un sistema imperfecto, pero era lo que habían podido organizar sin previo aviso. No había ningún plan para algo como esto.
El ministro Ecka se culpaba a sí mismo por eso, pero ¿cómo podía saberlo? No era previsible que esto pudiera suceder. Era imposible, fuera lo que fuera. Después de todo, era solo un granjero, y…
No, pensó, repentinamente avergonzado de sí mismo. Era el ministro Zeffren Ecka, líder de todo el maldito sistema. No importaba si no había podido anticipar este desastre, estaba sucediendo y tenía que hacer todo lo posible.
Mientras consideraba ese pensamiento, miró a Keven Tarr, que no había dejado de organizar su pequeña red, tratando de mantener el flujo de información. El joven ahora estaba trabajando con tres datapads separados y una serie de droides de comunicaciones que proyectaban varias pantallas en las paredes, obteniendo tantos datos como podía sobre el alcance del desastre que continuaba causando estragos en el sistema. Todavía no tenía respuestas reales, aparte de confirmar continuamente que Hetzal estaba siendo atacado lo que fuera que castigaba al sistema. Satélites, redes, estaciones. . . destrozados por la mortal tormenta que se había hecho presente. Era como los enjambres de moscas masticadoras estacionales que solían plagar la Luna Frutada hasta que desaparecieron genéticamente modificados.
Si llegaba el enjambre, no había nada que pudieras hacer. Te agachabas, sobrevivías y volvías a sembrar tus campos cuando todo hubiera pasado.
Ecka observó cómo Keven Tarr se limpiaba el sudor de los ojos y luego volvió a mirar su datopad principal, el que había apoyado en la mesita auxiliar que estaba usando como escritorio.
Los ojos de Tarr se agrandaron y sus dedos se congelaron, flotando sobre la pantalla.
«Ministro,» dijo. «Estoy… Recibo una señal.»
«¿Qué señal?» Dijo Ecka.
«Yo solo… se la paso,» dijo Tarr, y había un tono extraño en su voz, de sorpresa o simplemente algo inesperado.
Las palabras crepitaron en el aire, uno de los droides de comunicaciones del técnico transmitió el mensaje a la oficina del ministro Ecka. Era una voz de mujer. Fueron solo unas pocas palabras, pero contenían… Lo único que más se necesita en ese momento.
“Aquí la Maestra Jedi Avar Kriss. La ayuda está en camino.»
Esa única cosa.
Esperanza.
CAPÍTULO CUATRO
CRUCERO DE CLASE EMISARIO DE LA REPÚBLICA TERCER HORIZONTE. 90 minutos para el impacto.
Una nave apareció en el sistema Hetzal, saltando del hiperespacio y desacelerándose rápidamente mientras volvía a velocidades convencionales. Estaba profundamente orientado hacia el sol, y los pozos de gravedad que necesitaba para navegar destrozarían una nave menor, o incluso ésta, si la tripulación del puente no daba de sí lo mejor que la República tenía para ofrecer.
La nave era el Tercer Horizonte y era hermosa. Las superficies de la nave ondulaban a lo largo de su estructura como olas en un mar plateado, estrechándose hasta un punto, con torres y almenas a lo largo, como una fortaleza tendida de lado, todo alas, agujas y espirales. Rezumaba ambición. Exhibía optimismo. Mostraba algo que se ha hecho hermoso porque podía hacerse, sin tener en cuenta el coste o el esfuerzo.
El Tercer Horizonte fue una obra de arte, símbolo de la gran República de mundos a los que representaba.
Cápsulas más pequeñas empezaron a lanzarse desde las bahías del casco de la nave, despegándose como pétalos de flores en la brisa, lanzando motas de plata y oro. Éstos eran las lanzaderas de la Orden Jedi, sus Vectores. De la misma manera en que los Jedi y la República trabajaban como uno solo, así lo hizo la gran nave y su contingente Jedi. Las naves más grandes también salieron de los hangares del Tercer Horizonte, los caballos de batalla de la República: Longbeams. Naves versátiles, cada una de las cuales puede realizar tareas de combate, búsqueda y rescate, transporte y cualquier otra cosa que su tripulación pueda necesitar.
Los Vectores se configuraron como naves de uno o dos pasajeros, ya que no todos los Jedi viajaban solos. Algunos llevaban a sus padawans con ellos, para que pudieran aprender las lecciones sus Maestros tuvieran que enseñarles. Los Longbeams podían volar con tan solo tres tripulantes, pero podían transportar cómodamente hasta veinticuatro (soldados, diplomáticos, médicos, técnicos) lo que fuera necesario.
Las naves más pequeñas giraron hacia el sistema, alejándose del Tercer Horizonte con un propósito. Cada uno con un destino, cada uno con un objetivo. Cada uno con vidas que salvar.
En el puente del Tercer Horizonte, una mujer, humana, estaba sola. La actividad se agitó a su alrededor, en los espacios abovedados y nichos del puente, mientras los oficiales, navegantes y especialistas comenzaron a coordinar sus esfuerzos para salvar el sistema Hetzal de la destrucción. El nombre de la mujer: Avar Kriss, y durante la mayor parte de sus aproximadamente tres décadas, miembro de la Orden Jedi. Llegó al gran Templo de Coruscant de niña, esa escuela, embajada, monasterio y recordatorio de la Fuerza que conecta a todos los seres vivos. Primero fue una jovencita y, a medida que avanzaban sus estudios, Padawan, luego Caballero Jedi y finalmente…
Avar Kriss
…una maestra.
Esta operación era suya. Un almirante llamado Kronara estaba al mando del Tercer Horizonte (el cual era parte de la pequeña flota de mantenimiento de la paz sostenida por la Coalición de Defensa de la República) pero había cedido el control del esfuerzo para salvar a Hetzal a los Jedi. No hubo conflicto ni discusión sobre la decisión. La República tenía sus puntos fuertes y los Jedi los suyos, y cada uno los usaba para apoyar y beneficiar al otro.
Avar Kriss estudiaba el sistema Hetzal, proyectado en la pared plateada plana del puente por un droide de comunicaciones especialmente diseñado que se cernía ante ella. Las imágenes eran una composición recopilada de fuentes del sistema, así como de los sensores del Tercer Horizonte. En verde, los mundos, naves, estaciones espaciales y satélites de Hetzal. Sus propios activos, los Vectores, Longbeams y el propio Tercer Horizonte, eran azules. Los fragmentos de muerte caliente que se movían a través del sistema a una velocidad increíble, de origen y naturaleza aún desconocidos, eran rojos. Mientras miraba, aparecieron nuevas motas escarlatas en la pantalla. Lo que sea que estuviera sucediendo aquí, aún no había terminado.
La Jedi acarició su hombro, donde una larga capa blanca estaba abrochada con una hebilla dorada hecha con la forma del símbolo de su Orden (un amanecer vivo). Se trataba de ropa ceremonial, apropiada para el cónclave conjunto Jedi-República al que había asistido el Tercer Horizonte en la recién terminada estación espacial intercambiador galáctico llamada Faro Starlight. Ahora, sin embargo, considerando la tarea que tenía entre manos, las prendas ornamentales eran una distracción. Avar golpeó la hebilla y la capa se soltó. Cayó al suelo en un charco de tela, revelando una túnica blanca más sencilla debajo, adornada en oro. En su cadera, en una funda blanca, un cilindro de metal, una sola pieza de electrum blanco plateado elegante, como el mango de una herramienta sin la herramienta en sí. A lo largo, una línea tallada en espiral de piedra de mar verde brillante, que sirve como agarre y adorno, se extiende hasta una cruz en un extremo. Un arma en la que era experta, pero que no necesitará hoy. Los sables de luz de los Jedi no salvarían a Hetzal. Serán los propios Jedi.
Avar se sentó en el suelo y se acomodó con las piernas cruzadas. Su cabello rubio hasta los hombros, se movió hacia atrás y lejos de su rostro de manera aparentemente autónoma. Se dobló en un complejo nudo, un mandala, cuya creación era en sí misma una ayuda para concentrarse. Cerró los ojos.
La Maestra Jedi ralentizó su respiración, extendiendo la mano hacia la Fuerza que la rodeaba, la inundaba. Lentamente, empezó a elevarse, deteniéndose cuando se encontraba flotando un metro por encima de la cubierta.
Alrededor del puente, la tripulación del Third Horizon se dio cuenta. Asintieron o sonrieron levemente, o simplemente sintieron florecer la esperanza, antes de volver a sus tareas urgentes.
Avar Kriss no se dio cuenta. Solo existía la Fuerza, y lo que le decía, y lo que debía hacer.
Empezó.
CAPITULO CINCO HETZAL PRIME. EN ÓRBITA. 80 minutos para el impacto.
BELL ZETTIFAR
Bell Zettifar sintió los primeros contactos de la atmósfera con la nave. Su Vector no tenía un nombre, no oficialmente, todas las naves eran básicamente iguales, y en teoría intercambiables entre sus pilotos Jedi, pero él y su maestro siempre usaban el mismo, con la marca en las alas de una tormenta de iones por la que habían volado una vez. El patrón era como de pequeños estallidos estelares, así que Bell (así lo imaginaba en su mente, nunca lo expresaba en voz alta) llamó a su nave la Nova.
Los Vectores tenían un diseño tan mínimo como podría serlo una nave estelar. Poca protección, casi sin armamento, muy poca asistencia informática. Sus capacidades fueron definidas por sus pilotos. Los Jedi eran el escudo, el armamento, las mentes que calculaban lo que podía lograr la nave y hacia dónde podía ir. Los vectores eran pequeños, ágiles. Una flota de ellos juntos era un espectáculo para la vista, los Jedi en el interior coordinaban sus movimientos a través de la Fuerza, logrando un nivel de precisión que ningún droide o piloto ordinario podía igualar.
Parecían una bandada de pájaros, o tal vez hojas caídas arremolinándose en una ráfaga de viento, todas dibujadas en la misma dirección, unidas por alguna conexión invisible… puede que Fuerza. Bell había visto una exhibición sobre Coruscant una vez, como parte de los programas de divulgación del Templo. Trescientos Vectores moviéndose juntos, dardos de oro y plata brillando al sol sobre la Plaza del Senado. Se separaban y se entretejían en trenzas y se batían entre sí a una velocidad increíble e imposible. La cosa más hermosa que jamás había visto. La gente lo llamó Drift. Una corriente de Vectores.
Pero ahora el Nova volaba solo, unicamente con dos Jedi a bordo. Él, el aprendiz de Jedi Bell Zettifar, y más adelante en el asiento del piloto, su maestro, Loden Greatstorm. El contingente Jedi a bordo del Tercer Horizonte se había dividido y los Vectores se dirigían a ubicaciones por todo el sistema. Había demasiadas tareas por realizar y muy poco tiempo.
LODEN GREATSTORM
Su destino era el cuerpo planetario habitado más grande, Hetzal Prime. Su tarea, vaga pero crucial: Ayuda.
Bell miró por la ventana para ver la curva del mundo debajo: verde, dorado y azul. Un lugar hermoso, al menos desde esta altura. En la superficie, sospechaba que las cosas podrían ser diferentes. Las estelas de los motores de las naves espaciales se podían ver hasta el horizonte, un éxodo masivo de naves que se dirigían al exterior. El Nova y algunos otros Vectores y Longbeams de la República que podía ver aquí y allá eran las únicas naves que se dirigían hacia el interior del planeta.
«Entrando en la atmósfera superior, Bell,» dijo Loden, sin volverse. «¿Estás listo?»
«Sabes que amo esta parte, Maestro,» dijo Bell.
Greatstorm se rió entre dientes. La nave se precipitó o cayó, era difícil notar la diferencia. Un rugido se filtró desde el exterior cuando el espacio pasó a ser atmósfera. Los flancos de ataque precisamente fabricados de las alas del Vector cortaron el aire tan finamente como cualquier hoja, pero incluso con ellos encontraron cierta resistencia.
El Nova se abrió paso a través de los niveles más altos de la atmósfera de Hetzal Prime (no, no se desquebrajó). Loden Greatstorm era un piloto demasiado bueno para eso. Algunos Jedi usaron sus Vectores de esa manera, pero él no. Zigzagueó con la nave, deslizándose a través de las corrientes de aire, conduciéndolas hacia la parte inferior, dejando que la nave se convirtiera en una parte más de la interacción entre la gravedad y el viento sobre la superficie del planeta. La nave quería caer, y Greatstorm lo permitió. Era estimulante, mortal, insuperable, y el Vector fue diseñado para transmitir hasta la última vibración y balanceo a los Jedi que estaban dentro, para que pudieran dejar que la Fuerza los guiara de manera que pudieran responder lo mejor posible. Bell apretó sus manos en forma de puños. Su cara dibujó una sonrisa.
«Espectacular,» dijo, sin pensar. Su maestro se rió.
«Nada de eso, Bell,» dijo Loden. “Acabo de encaminarnos hacia el planeta. La gravedad se ocupa del resto».
Una curva larga y deslizante, suave como el curso de un río, y luego el Nova se enderezó, ahora lo suficientemente cerca de la superficie del planeta para que Bell pudiera distinguir edificios, vehículos y otras características más pequeñas debajo. Parecía tan pacífico. No hay indicios del desastre en curso en el sistema. Nada más que el creciente número de naves que despegan desde la superficie.
«¿Dónde deberíamos aterrizar?» dijo Bell. «¿Te lo dijo la maestra Kriss?»
«Se dejó a nuestra discreción,» contestó Greatstorm, mirando a un lado, mostrando su perfil oscuro, erosionado, montañoso, con su lekku Twi’lek naciendo desde la parte de atrás de su cráneo. Sus ojos rastrearon los senderos usados para la evacuación planetaria en curso. «Ayudaremos de cualquier manera que podamos».
“Pero es todo un planeta. Cómo sabremos a dónde… «
«Dímelo tú, chico,» dijo Loden. «Búscame un lugar adonde ir.»
«¿Es un ejercicio?» Preguntó Bell.
«Es un ejercicio.»
La filosofía de Loden Greatstorm como maestro era muy simple: si Bell era teóricamente capaz de algo, incluso si Loden pudiera hacerlo diez veces más rápido y cien veces más hábilmente, entonces Bell terminaría haciendo eso, no Loden. “Si hago todo, nadie aprende nada”, le gustaba decir a su maestro.
Loden no tenía que hacer todo, pero a Bell le habría gustado que, de vez en cuando, hiciera algo. Ser el aprendiz del gran Greatstorm era un desafío interminable de tareas imposibles. Había estado entrenando en el Templo Jedi durante quince de sus dieciocho años, y nunca había sido fácil, pero ser el Padawan de Loden estaba a un nivel completamente diferente. Todos los días, sin excepción, lo llevaba al límite. Cualquier tiempo libre que Bell tenía lo pasaba sumiéndose en el sueño más profundo conocido de manera desesperada hasta que todo volvía a comenzar. Pero… Estaba aprendiendo. Era mejor ahora que hace seis meses, en todo.
Bell sabía lo que su maestro quería que hiciera. Otra tarea imposible, pero él era un Jedi, o lo sería, y a través de la Fuerza todo era posible.
Cerró los ojos y abrió su espíritu, y ahí estaba, la pequeña luz dentro de él que nunca dejaba de arder. Siempre, al menos, la llama de una vela y, a veces, si se concentraba, podía convertirse en una llamarada. Unas cuantas veces, se había sentido tan brillante como el sol, con tanta luz a través de él que temía quedarse ciego. Aunque, realmente, no importaba. De la chispa al infierno: cualquier conexión con la Fuerza ahuyentaba las sombras.
Bell profundizó en la luz dentro de sí mismo, sintiendo los puntos de conexión con otra vida, otros fuentes de la Fuerza en el planeta que tenían bajo ellos. Muy cerca de él sintió una fuente de gran poder y energía. Actualmente estaba almacenada, como carbón en un incendio, pero enormes depósitos de fuerza estaban claramente disponibles si se necesitaban. Este era su maestro, Loden. Bell pasó junto a él. Estaba buscando algo más.
Allí. Como un holograma de larga distancia enfocándose cuando la señal por fin tenía la suficiente potencia, la red de Fuerza que conectaba las mentes y espíritus de los miles de millones de habitantes de Hetzal Prime aparecieron en la mente de Bell. No era una imagen totalmente clara, sino más bien impresiones, un mapa de zonas emocionales, no tan diferente del mosaico de tierras de cultivo que parpadeaba muy por debajo de la Nova.
Sobre todo, lo que sintió fue pánico y miedo, emociones que los Jedi trabajaban muy duro para purgar de sí mismos. Según las enseñanzas, se suponía que el único contacto de un verdadero Jedi con el miedo era sentirlo en otros seres; una experiencia bastante común. Bell había sentido esas emociones reflejadas muchas veces, pero siempre junto con el amor, la esperanza, la sorpresa y muchos matices de alegría; el espectro de sentimientos inherentes a todos los seres.
Bueno, por lo general. En Hetzal Prime, en este momento, era más bien pánico y miedo.
Bell no se sorprendió. Había escuchado la orden de evacuación: «Desastre de escala sistémica en curso. A todos los seres se les ordena inmediatamente que abandonen el sistema Hetzal por cualquier medio disponible y que permanezcan a una distancia mínima de seguridad». Sin explicación, sin advertencia, y las matemáticas tenían que ser obvias para todos. Miles de millones de personas, y claramente no hay suficientes naves estelares para evacuarlas a todas. ¿Quién no entraría en pánico?
En un mundo que bullía con ese tipo de energía negativa, era difícil pensar en lo que serían capaces de lograr dos Jedi. Pero Loden Greatstorm le había encomendado una tarea a Bell, por lo que continuó buscando un lugar donde pudieran ayudar.
Alguna cosa… Un nudo de tensión, enrollado, denso… Un conflicto, una pregunta, una sensación de que las cosas no son como deberían, una sensación de injusticia.
Bell abrió los ojos.
“Al Este,” dijo.
Si hubía alguna injusticia ahí fuera, bueno… Traerían justicia. Los Jedi eran justicia.
El Nova se ladeó, acelerando suavemente bajo el control de Loden. El maestro de Bell lo dejaba volar de vez en cuando (la nave podía controlarse desde cualquier asiento), pero los Vectores requerían casi tanta habilidad para pilotarlos como un sable de luz. Dadas las circunstancias, Bell estaba feliz de dejar que Loden tomara la iniciativa.
En cambio, sirvió como navegante, usando su todavía fuerte conexión con la Fuerza para guiar a su Vector hacia el área de intenso conflicto que había sentido, cantando las direcciones a Loden, afinando la trayectoria de la nave.
«Deberíamos estar justo encima,» dijo Bell. «Sea lo que sea.»
«Lo veo,» dijo Loden, con voz entrecortada, tensa. Por lo general, sus palabras llevaban una sonrisa, incluso cuando arrojaba una crítica brutal sobre la educación Jedi de Bell. Ahora no. Lo que sea que Bell estuviera sintiendo, sabía que el Maestro Greatstorm también podía sentirlo, y probablemente en un nivel más intenso. Abajo en la superficie, justo debajo de donde el Vector estaba dando vueltas, la gente iba a morir. Quizás ya lo había hecho.
Loden volvió a ladear la nave mientras volaba en un círculo cerrado, dándoles a ambos una visión clara del suelo a través del transpariacero de la burbuja de la cabina del Nova.
Cien metros más abajo había una especie de recinto amurallado. Grande, pero no enorme, probablemente el hogar de una persona o familia adinerada en lugar de una instalación del gobierno. Una gran multitud de personas rodeaba las paredes, concentrada alrededor de las puertas. Una sola mirada le dio a Bell la razón.
Atracada dentro del complejo había una gran nave estelar. Parecía un yate de recreo, lo suficientemente grande como para albergar cómodamente a veinte o treinta pasajeros más la tripulación. Y si a los pasajeros no les importaba la comodidad, el yate probablemente podría superar diez veces esa cantidad de personas. La nave tenía que ser visible desde el nivel del suelo: su casco sobresalía por encima de las paredes del complejo, y la gente que abarrotaba las puertas claramente pensaba que era su única salida del planeta.
Los guardias armados apostados en todos los costados de los muros parecían pensar de manera diferente. Mientras Bell observaba, un rayo láser se disparó al aire desde cerca de la puerta; un disparo de advertencia, afortunadamente, pero estaba claro que el tiempo de las advertencias estaba llegando a su fin rápidamente. La tensión en la multitud iba en aumento y no hacía falta ser un Jedi para saberlo.
«¿Por qué no dejan entrar a la gente?» Preguntó Bell. «Esa nave podría poner a muchos de ellos a salvo».
«Vamos a averiguarlo,» dijo Loden.
Accionó un interruptor en su panel de control. La burbuja de la cabina se deslizó suavemente hacia atrás, desapareciendo en el casco de la Nova. Loden se dio la vuelta, sonriendo, el viento azotando a ambos, ondeando el lekku de Loden y las rastas de Bell.
«Nos vemos abajo,» dijo. «Recuerda. La gravedad hace la mayor parte del trabajo.»
Luego saltó.
CAPITULO SEIS SISTEMA HETZAL. LONGBEAM REPUBLICANO AURORA IX. 75 minutos parael impacto.
«¿Está seguro de esto Capitán?» Dijo el contramaestre Innamin, apuntando a su pantalla, que mostraba el camino aproximado de una de las anomalías del hiperespacio mientras se dirigía hacia el centro del sistema. «Tenemos que derribar esta cosa antes de que mate a alguien. Tal vez a muchos. El problema es que nuestros procesadores de objetivo no pueden calcular la trayectoria. La anomalía se mueve demasiado rápido. En el mejor de los casos, diría que tenemos una posibilidad entre tres de dar en el blanco.»
El Capitán Bright negó con la cabeza, sus tentáculos crujieron contra sus hombros. Sabía que probablemente debería reprender a Innamin por cuestionar sus órdenes. El chico lo hacía todo el tiempo: era joven para ser humano, tenía poco más de dos décadas y, por regla general, siempre se creía más listo. Bright generalmente le dejaba salirse con la suya. La vida era demasiado corta y las naves que pilotaban eran, a fin de cuentas, demasiado pequeñas para, además, añadir tensión innecesaria a la mezcla. Una pregunta reflexiva de vez en cuando no era exactamente insubordinación.
Uno de cada tres, pensó. No sabía exactamente qué esperar. Simplemente… Mejor que una de cada tres probabilidades de que realmente pudieran cumplir su misión.
El Longbeam, con el distintivo Aurora IX, era de última generación, un nuevo diseño de los astilleros de la República en Hosnian Prime. No era una nave de guerra como tal, pero tampoco era fácil de manejar. La nave tenía procesadores distribuidos que podían controlar múltiples objetivos de tiro, ofrecer ráfagas de bláster, misiles y contramedidas defensivas en una sola descarga. No era difícil de mirar. Bright pensó que se parecía a uno de los peces martillo que solía cazar en Glee Anselm, con cráneo grueso y contundente que se estrechaba hasta una única sinuosa y elegante aleta final. Era una bestia dura y hermosa, no había duda. Por otro lado, su objetivo, uno de los misteriosos objetos que corren por el sistema Hetzal, se movía a una velocidad cercana a la de la luz. Había salido del hiperespacio como un perdigón al rojo vivo disparado por un rifle. El Aurora IX podía ser de última generación, pero eso no significaba que la nave pudiera hacer milagros.
Los milagros eran para los Jedi.
Y aparentemente estaban ocupados de otra manera en ese momento.
«Dispara seis misiles,» ordenó Bright.
Innamin vaciló.
«Eso es todo lo que tenemos, señor ¿Está seguro…?
Bright asintió. Hizo un gesto hacia la pantalla de la cabina de Innamin. Mostraba un indicador de amenaza rojo (el proyectil) en trayectoria de colisión con un disco verde más grande, que representaba una estación de recolección solar equidistante de los tres soles del sistema Hetzal. La cosa todavía estaba a cierta distancia, pero se acercaba a cada momento.
“La anomalía se dirige directamente a esa estación granja solar. Los datos que obtuvimos de Hetzal Prime dicen que la estación tiene siete tripulantes a bordo. No podemos llegar a tiempo para evacuar antes de que sea alcanzado, pero nuestros misiles sí. Si tenemos una posibilidad entre tres de derribar el objeto, enviar seis duplica nuestras posibilidades. Aún no hay probabilidades perfectas, pero… «
El último miembro de su tripulación, el alférez Peeples, hizo sonar su trompa como si estuviera a punto de hablar, pero Bright hizo un gesto con la mano para que se apartara y continuó sin detenerse.
“Sí, Peeples, sé que las números no son los correctos. Pero lo que más me preocupa es una ecuación diferente: si disparamos seis misiles, podríamos salvar a siete personas. Veamos lo qué podemos hacer.»
Los sistemas de fijación del objetivo de la Aurora IX trabajaban lentamente, no pareciendo tan modernos ahora que el letal punto rojo se dirigía hacia las personas atrapadas en la granja solar sin posibilidad de escapar. El Longbeam se aproximaba al conjunto a su velocidad máxima, reduciendo así la distancia que sus armas tendrían que recorrer, resolviendo un complejo problema que implicaba trayectoria, aceleración y física, algo que despertó los propios instintos tridimensionales de Bright que había ido afinando gracias a una gran parte de su vida bajo el agua. . Volvió a sacudir la cabeza, haciendo crujir la nube de espesos tentáculos verdes que emergían de la parte posterior de su cráneo, enojado consigo mismo por distraerse cuando la gente rezaba por sus vidas.
Una vez disparados los misiles, seis rápidos whmph lanzados a través del casco de la nave, al Aurora IX sólo contaba con láseres. Las armas se dispararon, dejando finos rastros de humo marcando su camino. Se quedaron fuera del alcance visual en un instante, alcanzando su velocidad máxima velocidad en segundos.
«Misiles fuera,» dijo Innamin.
Ahora era el momento de ver si ese elegante procesador distribuido había calculado y transmitido correctamente las trayectorias de impacto a los misiles. Cabía la posibilidad de que los seis acertasen. No era imposible.
La tripulación de la cubierta, todos a una, miraban la pantalla de visualización que rastreaba los seis misiles, la veloz anomalía, su propia nave y la estación de recolección de energía solar que se estaba convirtiendo rápidamente en el punto de colisión de los nueve objetos.
El primero de los misiles parpadeó en la pantalla. Ningún otro cambio.
«El misil uno ha fallado,» dijo Innamin, innecesariamente.
Dos misiles más desaparecieron. Bright levantó una mano antes de que Innamin pudiera hablar de nuevo.
«Todos lo podemos ver, Suboficial,» dijo.
Dos fallos más. Sólo quedaba uno. Todo lo demás permanecía inalterado.
El último misil desapareció de la pantalla, ni siquiera cerca de la anomalía. Un suspiro colectivo de desesperación atravesó el puente.
«¿Blasters?» Bright preguntó, sabiendo la respuesta.
«Lo siento, señor», dijo el alférez Peeples, su voz era un quejido aflautado agudo. «Ni el mejor artillero del universo habría acertado ese tiro, y supongo que apenas estoy entre los diez primeros.»
Bright suspiró. La especie de Peeples tenía una comprensión del humor radicalmente única: no por los chistes en sí, que a menudo eran lo suficientemente decentes, sino en cuanto al momento adecuado para soltarlos.
“Gracias, Alférez,” dijo Bright.
La granja solar era ahora visible en la pantalla, una estructura grande y delgada, como uno de los corales pluma de la zona de residencia de Bright. Cientos de largos brazos dispuestos en una espiral que gira desde una esfera central en la que la tripulación vivía y trabajaba. Cada uno de esos brazos estaba lleno de paneles de recolección a lo largo, parpadeando y rotando lentamente mientras bebían la luz de los tres soles que dieron a Hetzal Prime y sus mundos satélites sus únicas y largas temporadas de crecimiento. El conjunto recolectaba la luz del sol para entregarla a los mundos de cultivo, almacenándola y transportándola a través de una tecnología patentada que era el orgullo del sistema.
La estación era hermosa. Bright nunca había visto nada parecido. Parecía cultivada, y tal vez lo fuera. Supuestamente, todos los cultivos de la galaxia podrían crecer en algún lugar de los mundos de Hetzal. Quizás eso se extendió a las estaciones espaciales.
Luego, una racha brillante, demasiado rápida para procesarla incluso para ojos tan capaces como los oscuros y grandes orbes oculares de Bright, diseñados por la evolución para captar detalles en las profundidades sin luz de los mares de Glee Anselm. En un instante, la estación recolectora solar fue destruida. Haste ese momento se había mantenido intacta, cumpliendo su función. Y al instante siguiente, en llamas, con la mitad de los brazos colectores destrozados, alejándose lentamente hacia el espacio.
La esfera central resistió, aunque las llamas atravesaron su casco exterior, y el fuego hacía su danza silenciosa en gravedad cero. Mientras Bright observaba, la iluminación exterior de la estación parpadeó, chispeó y se apagó.
Bright se llevó una mano a la frente. Él también parpadeó. Una vez, lentamente.
Luego se volvió hacia su tripulación.
«No sabemos con certeza si las personas a bordo de esa estación están muertas,» dijo, mirando los rostros solemnes de su tripulación.
“Me gustaría intentar un rescate, pero eso” —y señaló la pantalla de visualización de la estación destrozada y en llamas, que se agrandaba a medida que se acercaba al Aurora IX— “podría colapsar en cualquier momento. O explotar. O implosionar. No lo sé. El caso es que si estamos acoplados cuando suceda, también estaremos muertos.»
Bright golpeó uno de sus tentáculos con la yema del dedo.
«Soy Nautolano, un hecho del que estoy seguro vosotros dos sois conscientes. Piel verde, grandes ojos negros, ¿qué más podría ser? Lo que quizás no sepais es que estos tentáculos me permiten recoger feromonas de otros seres, lo que traduzco en una comprensión de sus estados emocionales. Así es como los conozco a ustedes dos… Están aterrorizados.»
Peeples abrió la boca, pero acto seguido, de alguna manera y milagrosamente, lo pensó mejor y no hizo ninguna broma, volviendo a cerrar la boca.
«Entiendo que estés asustado,» continuó Bright, «pero tenemos un deber. Yo lo sé y ustedes también lo saben. Necesitamos hacerlo.»
Innamin y Peeples se miraron el uno al otro para luego volver a mirar a su capitán.
«Todos somos la República, ¿verdad?» Dijo Innamin.
Bright asintió. Y sonrió, mostrando los dientes.
«De hecho lo somos, suboficial».
Señaló a Peeples.
«Alférez, llévenos dentro.»
CAPITULO SIETE
SISTEMA HETZAL. SOBRE LA LUNA FRUTADA.
70 minutos para el impacto.
Tres Vectores Jedi y un Longbeam de la República surcaban el espacio, lanzados alrededor de la esfera naranja y verde que era la Luna Frutada de Hetzal, legendaria en toda la galaxia por su productividad. Cuatro mil millones de personas residían allí, cultivando, creciendo y viviendo sus vidas. Todos estarían muertos en menos de treinta minutos si los cuatro Jedi y los dos oficiales de la República no podían destruir o desviar de alguna manera el objeto que se dirigía directamente a la luna.
La anomalía estaba en la cara mayor, era más grande que el Longbeam, y en trayectoria de colisión con la masa terrestre principal de la luna. Debido a su velocidad, una porción significativa de la capa exterior de la luna se vaporizaría instantáneamente con el impacto, dispersándose en la atmósfera. Luego vendría el calor, las llamas, arrasando la superficie y dejándola sin vida, ya fuera vegetal, animal o cualquier otra especie.
Eso asumiendo que toda la maldita luna no sea destruída en el momento en que la anomalía la golpee, pensó Te’Ami mientras ladeaba su nave suavemente, siguiendo una curva precisa con los otros dos Vectores piloteados por sus colegas Jedi, realizando la maniobra tanto a través de su conexión con la Fuerza como con sus manos a los mandos de control.
La destrucción total de la Luna Frutada no era imposible. La cantidad de energía transferida por el impacto del objeto caería como un golpe de martillo sobre el pequeño planetoide. Los mundos parecían irrompibles cuando estabas sobre ellos, pero Te’Ami había visto algunas cosas en sus tiempos… A la galaxia no le importaba lo que pensabas que no se podía romper. Rompería cosas solo para mostrarte que puede hacerlo.
La pequeña flota se movía a una velocidad increíble, se dirigía directamente hacia la anomalía. La Maestra Kriss en el Tercer Horizonte había designado esto como una misión de alta prioridad, lo cual Te’Ami entendió. Cuatro mil millones de personas, realmente una prioridad alta.
Podía sentir a Avar en el fondo de su mente, no en palabras, más como una sensación de su presencia. La Maestra Kriss tenía un conjunto de habilidades poco común entre los Jedi: podía detectar los vínculos naturales entre los usuarios de la Fuerza y fortalecerlos, usarlos casi como una especie de red de comunicaciones. Era inexacta, mejor para transmitir sensaciones o ubicaciones, pero seguía siendo una habilidad útil, particularmente en un escenario en el que un centenar de Jedi intentaban salvar todo un sistema a la vez.
Sin embargo, no solo es útil. Fue reconfortante. Ella no estaba sola. Ninguno de ellos lo estaba. Fracasaran o tuvieran éxito, los Jedi estaban juntos en esto.
Pero no fallaremos, pensó Te’Ami. Extendió un dedo largo y verde y accionó uno de los interruptores meticulosamente construido de su consola. Su comunicador se abrió.
“Longbeam Republicano, es el momento. Necesito que me transfieras el control tu sistema armamentístico,” dijo.
«Recibido,» fue la respuesta del Longbeam, pronunciada por su piloto, Joss Adren. Su esposa, Pikka, estaba en el asiento del copiloto. Te’Ami no los conocía personalmente, tan solo que no formaban parte de la tripulación del Tercer Horizonte y que habían ofrecido su ayuda de inmediato cuando el crucero entró en el sistema y la magnitud del desastre quedó clara. El almirante Kronara les asignó un Longbeam, era mejor disponer de otra nave allí para ayudar en lugar de dejarla inactiva en su hangar. La pequeña conversación, no relacionada con la misión, de camino a la Luna Frutada le había hecho pensar que Joss y Pikka eran contratistas de algún tipo: trabajadores en el Faro Starlight buscando un viaje de regreso al Núcleo ahora que su trabajo estaba hecho.
Parecían buenas personas. Te’Ami también esperaba que fueran habilidosos. Esto no iba a ser fácil.
Una luz ámbar parpadeó en la pantalla de Te’Ami, para luego mantenerse estable.
«Las armas están bajo su control», dijo Joss.
«Gracias,» dijo, luego accionó varios interruptores antes de llevar rápidamente sus manos hacia los mandos. Los Vectores podían ser naves complicadas: la capacidad de respuesta fluida de los controles significaba que podían realizar maniobras increíbles, pero solo si se conseguía mantener la concentración.
«Perfecto amigos míos,» dijo.» ¿Estamos listos?»
Las respuestas llegaron a través del canal exclusivo para Jedi.
La voz baja de Mikkel Sutmani retumbó desde sus altavoces, inmediatamente traducida a Básico a través de los sistemas de a bordo. «Listo para partir,» dijo Mikkel. El ithoriano más sensato que jamás había conocido. Nunca decía mucho, pero siempre cumplía con su deber.
«Estamos listos también», dijo Nib Assek, el tercer y última Caballero Jedi de su pequeño escuadrón. Su padawan, Burryaga Agaburry, no dijo nada. No es de extrañar. Era un joven Wookiee y solo hablaba Shyriiwook, aunque entendía el Básico. Nib hablaba bien su idioma; ella lo había aprendido específicamente para aceptarlo como su aprendiz. No era fácil para una garganta humana recrear los gruñidos y gemidos gorjeantes que componían el discurso Wookiee, pero había hecho el esfuerzo. Te’Ami y Mikkel, sin embargo, no pudieron entender una palabra de lo que dijo Burryaga.
Independientemente, si Nib Assek dijo que ella y su padawan estaban listos, lo estaban.
“Conce´ntrate,” dijo Te’Ami. “Lo haremos juntos. Como si fuéramos uno».
“Extendió sus sentidos a través de la Fuerza, buscando el meteorito mortal (o lo que fuera, los escaneos no eran concluyentes) que se precipitaba por el espacio hacia ellos. Ahí. Podía sentirlo, distorsionando la gravedad a lo largo de su trayectoria. Consideró, pensando en dónde había estado el objeto, dónde estaba, dónde estaría.
Más específicamente, dónde estaría cuando todo el poder de los sistemas de armas en los Vectores y el Longbeam lo golpearan conjuntamente.
Este disparo no se podía calcular usando computadoras. Tenía que hacerse sintiéndolo, con la Fuerza, por todos los Jedi a la vez en un solo momento.
«Tengo el objetivo,» dijo. «¿Estamos listos?»
No hubo respuesta de los otros Jedi, pero ella no la necesitaba. Podía sentir su asentimiento a través del vínculo que la Maestra Kriss mantenía en la superficie de Hetzal Prime. Fue más rápido que hablar, más efectivo.
«Vamos a convertirnos en lanzas», dijo, pronunciando una frase ritual de su propia gente, los Duros.
Sin querer apartar sus manos de los mandos de control en un momento tan crucial, Te’Ami liberó un retazo de la Fuerza y lo usó para sacar su sable de luz de la funda de su cinturón. Su empuñadura era de cerakote oscura con un travesaño de cobre muy deslustrado. La hoja, cuando estaba encendida, brillaba en azul. El artilugio estaba rayado y desgarrado por el uso, y tenía una mancha desagradable de soldadura, cerca de la culata, donde había soldado uno de los componentes que se había desprendido. Si había un sable de luz más feo en la Orden, no lo conocía.
Pero se encendía cuando ella quería, y el cristal kyber que lo alimentaba permanecía tan puro y resonante como el día en que lo encontró en Ilum, hace mucho tiempo.
¿Te’Ami podría haber actualizado la espada si hubiera querido? Absolutamente. Muchos Jedi cambiaban sus empuñaduras con regularidad, ya sea debido a ajustes en las técnicas de lucha, innovaciones tecnológicas o incluso, en ocasiones, simplemente… Estilo. Estética. Moda podríamos decir.
Te’Ami no tenía ningún interés en nada de eso. Su sable de luz, por feo que fuera, servía como un reflejo perfecto de la gran verdad de la Fuerza: no importaba cómo fuera una persona en el exterior…
…en el interior, todo el mundo estaba hecho de luz.
El sable de luz se movió a través de la estrecha cabina. Se colocó contra una placa de metal en el panel de control del Vector con un clic suave y muy satisfactorio, permaneciendo en su lugar a través de un pequeño campo de fuerza localizado. Un leve zumbido vibró a través del casco de la nave cuando se activaron sus sistemas de armas. Un nuevo conjunto de pantallas y diales se activó, brillando con el azul brillante de la hoja de su sable. Las armas en un Vector solo podían operarse con un sable de luz como llave, una forma de asegurarse de que no fueran utilizadas por no Jedi, y que cada vez que se usaban, era considerada una acción correcta.
Una ventaja adicional: el láser de la nave se podía regular hacia arriba o hacia abajo mediante un potenciómetro en los mandos de control. No todos los disparos tenían que matar. Podrían inhabilitar, advertir… Todas las opciones estaban disponibles para ellos. En este caso, sin embargo, la configuración sería máxima. Necesitaban desintegrar la anomalía del hiperespacio, convertirla en vapor, y eso requeriría los tres Vectores a plena potencia más todo lo que tenía el Longbeam. Una gran explosión.
Funcionaría. Tenía que funcionar. Cuatro mil millones de seres indefensos en la Luna Frutada pendían de un hilo.
Te’Ami se concentró de nuevo, verificando la preparación de sus colegas. Había algo… Desde el vínculo que llegaba desde la nave de Nib Assek. Temor… Casi… Pánico.
«Nib, estoy sintiendo…» comenzó, y la respuesta llegó antes de que pudiera terminar.
“Lo sé, Te’Ami,” dijo la voz de Nib. Calmado aunque quizás un poco avergonzado. “Es Burryaga. Está teniendo dificultades para controlar sus emociones. Creo que es el estrés de lo que estamos haciendo. Todas las vidas que hay en juego”.
«Está bien pequeño,» dijo con tono grave Mikkel, traducido a través del comunicador. “No eres más que un padawan y te estamos pidiendo mucho. Te’Ami, ¿podemos liberarlo de la carga de ayudarnos a calcular el tiro?
“Sí,” dijo Te’Ami. «No hay vergüenza en esto, Burry. Sólo una oportunidad para aprender”.
Te’Ami extendió la mano con la Fuerza, curvando suavemente la conexión lejos del Padawan de Nib Assek. El wookiee guardó silencio. Todavía podía sentir el torbellino de emociones de él. Bueno, no hay vergüenza, como ella había dicho. Cada Jedi encuentra su propio camino, y algunos tardan más que otros.
«Vamos,» dijo Nib, quizás tratando de compensar el retraso causado por su estudiante. «Nos estamos quedando sin tiempo.»
“De acuerdo,” dijo Te’Ami.
Llevó los pulgares hacia la parte superior de las palancas de control, primero girándolas la rueda del potenciómetro para indicar al sistema de armas que disparara a máxima potencia. Luego colocó las manos sobre los gatillos.
El objeto acelerando hacia la luna. Dónde había estado. Hacia dónde iba. Dónde estaría.
Los otros Jedi estaban listos. Dispararían en el momento en que ella lo hiciera, al igual que los sistemas conectados en el Longbeam de Joss y Pikka, y cada explosión se dirigía precisamente a la misma ubicación en el espacio.
Cuatro mil millones de personas. Era hora. Te’Ami apretó los gatillos con más fuerza.
Un chillido del sistema de comunicaciones, fuerte e insistente. Un grito, o un chillido, contundente, casi aterrado. Eso asustó a Te’Ami, y si ella no fuera una Caballero Jedi, podría haber disparado sus armas sin darse cuenta. Pero si que era una Caballero Jedi y no disparó.
Te’Ami tardó un momento en comprender lo que estaba escuchando, no un grito, sino palabras. En Shyriiwook. Burryaga, diciendo algo que no pudo entender. Fuerte, insistente, desesperado. Sus emociones se intensificaron de nuevo a través de la Fuerza, esa misma mezcla de miedo al borde del pánico.
“Burryaga, lo siento, no entiendo Shyriiwook. ¿Estás bien? Nos estamos quedando sin tiempo. Tenemos que disparar.”
«No,» dijo Nib Assek, con su voz aguda, insistente. De fondo, los gemidos y gruñidos de la voz de Burryaga, llegando a través de su comunicador. «No podemos atacar.»
“Burryaga me lo está explicando. Las emociones que recibíamos de él, no eran suyas. Los estaba sintiendo. Tuvo que sintonizar un poco, superar su propio miedo antes de que pudiera entender.”
“Por favor, Nib, dinos lo que quiere decir,” dijo Te’Ami.
Un largo, siseante y triste gemido de Shyriiwook, y luego una pausa.
«El objeto,» dijo Nib. “El que tenemos que destruir, para salvar la luna. No es solo un objeto. Son escombros, parte de una nave.»
Te’Ami dejó que sus manos se apartaran de los mandos de control.
“Está lleno de gente,” finalizó Nib. «Y están vivos».
CAPITULO OCHO
CIUDAD AGUIRRE, HETZAL PRIME.
65 minutos para el impacto.
La Fuerza cantaba para la Maestra Jedi Avar Kriss, un coro representativo de la totalidad del sistema Hetzal, vida y muerte en un constante movimiento contrapuntístico. Era una canción que conocía bien, la escuchaba todo el tiempo, dondequiera que fuera. Aquí, la melodía de la Fuerza estaba apagada, un tintineo discordante de muerte, miedo y confusión. La gente estaba muriendo o sentía el pavor de su inminente desaparición.
El Tercer Horizonte había aterrizado no muy lejos de la Residencia Ministerial en Ciudad Aguirre, la capital de Hetzal Prime. La República estaba coordinando sus esfuerzos con el gobierno Hetzaliano para tratar de detener la marea que arrastraba el desastre, asegurándose de que la evacuación procediera de la manera más ordenada posible, rastreando los proyectiles entrantes, ayudando en lo posible.
Avar Kriss todavía estaba en el puente de la nave, aún sirviendo como punto de conexión para los Jedi en el sistema, permitiéndoles sentir la presencia, la ubicación y los estados emocionales de los demás. A veces, las palabras o las imágenes llegaban espontáneamente, pero solo en raras ocasiones. Todo era solo una canción, y Avar cantaba y escuchaba lo que le cantaban.
Aún así, pudo recopilar una gran cantidad de información de lo que se le dijo. Sabía que cincuenta y tres Vectores Jedi estaban actualmente activos en el sistema Hetzal. Sabía qué Jedi estaban trabajando en el planeta; por ejemplo, en ese momento, Bell Zettifar, el prometedor padawan de Loden Greatstorm, se acercaba a la superficie de Hetzal Prime a una velocidad extraordinaria.
Elzar Mann
Elzar Mann, su amigo más antiguo y más cercano en la Orden, estaba en un Vector propio, volando una versión individual de la nave cerca de uno de los tres soles del sistema. Casi siempre estaba solo. Avar era uno de los dos únicos Jedi con los que trabajaba con regularidad; eran solo ella y Stellan Gios. Esto se debía principalmente a que Elzar ofrecía… poca confianza no era exactamente la palabra correcta. Era un manipulador, si ese término podía aplicarse a las técnicas Jedi. Nunca le gustó usar la Fuerza de la misma manera dos veces.
Los instintos de Elzar eran buenos y no intentaba nada demasiado inusual cuando había mucho en juego. Por lo general, sus experimentos en técnicas de la Fuerza expandieron la comprensión de la Orden y, ocasionalmente, logró cosas increíbles.
Pero a veces fallaba, y otras fracasaba estrepitosamente. Pero de nuevo, nunca cuando había vidas en juego, aunque esa cierta incertidumbre, junto con la falta de voluntad general de Elzar Mann para tomarse el tiempo necesario para explicar lo que sea que estaba tratando de hacer… Bueno, algunos miembros de la Orden encontraban frustrante tratar con él. Avar creía que eso podría explicar su continuo estatus como Caballero Jedi en lugar de Maestro. Sabía que eso molestaba a Elzar. Y pensaba que era injusto. No les importaban los caminos de otros Jedi a través de la Fuerza, ¿por qué deberían preocuparse por el suyo? Él sólo quería seguir su camino hacia donde éste lo llevara.
Avar no entendía mejor que la mayoría de los otros Jedi las exploraciones de Elzar, pero la clave de su relación era que ella nunca le pidió explicaciones. Fuera lo que fuese, nunca. Ese arreglo había impulsado su amistad desde que eran jóvenes y pasaban sus días juntos en el Templo Jedi en Coruscant. Eso, y que simplemente le agradaba. Era divertido e inteligente, y habían llegado juntos a la Orden, Stellan, Elzar y ella, los tres inseparables durante todos sus años de entrenamiento.
Alejó su mente de Elzar Mann, escuchando la Fuerza. Sintió a Jedi en los mundos del sistema, Jedi en Vectores, y aún más en estaciones o satélites o naves, por todo el sistema, ayudando donde pudieran, generalmente en conjunto con los veintiocho Longbeams de la República desplegados por el Tercer Horizonte.
La cadena de conexión a través de la Fuerza incluso le dijo que otros miembros de su Orden estaban en camino, haciendo todo lo posible por responder a la llamada de socorro original del Ministro Ecka a pesar de estar tan lejos de Hetzal. La más cercana fue la Maestra Jora Malli, futura comandante del distrito Jedi en la recién finalizada la Estación Faro Starlight, junto con su segunda al mando, la imponente Maestra Trandoshana Sskeer. Stellan Gios estaba llegando desde su puesto de avanzada en el Templo en Hynestia como si lo hubieran convocado sus pensamientos sobre él unos momentos antes, atravesando el hiperespacio en una nave espacial prestada. Y aún más.
Avar envió una nota de bienvenida y llamó a todos los demás Jedi que pudo alcanzar, cerca de Hetzal o no. La distancia no era nada para la Fuerza. ¿Quién sabía cómo podrían ayudar?
Hasta ahora, el número de muertos por el desastre fue bajo, estaba apenas por encima de la cantidades de nacimientos y muertes que son habituales en cualquier grupo grande de seres vivos. Le preocupaba que eso pudiera cambiar en cualquier momento, ya que no tenían un gran conocimiento de lo que estaba sucediendo aquí. Nada parecía natural. Nunca había oído hablar de algo así: una gran cantidad de proyectiles que aparecían en un sistema, saliendo del hiperespacio sin previo aviso.
No podía imaginar lo que habría sucedido aquí si el Tercer Horizonte no hubiera estado de paso tras una parada de reabastecimiento de combustible en un punto cercano, o si el supervisor del proyecto, una Bith oficiosa llamada Shai Tennem, no hubiera retrasado interminablemente su recorrido de inspección del Faro Starlight. Ella había insistido en mostrar a sus visitantes Jedi y Republicanos hasta el último elemento oscuro de la construcción del Faro Starlight, retrasando su salida programada e irritando inmensamente al almirante Kronara. Pero si se hubieran salido a tiempo, el Tercer Horizonte se habría adentrado en el hiperespacio cuando se emitió la orden de evacuación del Ministro Ecka, demasiado lejos para llegar a Hetzal en un tiempo razonable.
Si no hubiese sido por una administradora Bith demasiado entusiasta, Hetzal estaría lidiando con este apocalipsis por su cuenta.
La canción de la Fuerza.
Entre lo que le dijo a Avar directamente y la charla que escuchó a su alrededor de los oficiales de cubierta del Tercer Horizonte, pudo mantener una imagen actualizada del desastre, en todos sus momentos, grandes y pequeños.
Por encima de Hetzal Prime, un técnico de la República completaba las reparaciones de una nave de evacuación que había ido perdiendo energía en su camino para salir del planeta, de manera que pudiera continuar su camino para ponerse a salvo.
Cerca del segundo gigante gaseoso más grande, dos Vectores dispararon sus armas y un fragmento fue incinerado.
Un Longbeam era llevado al límite mientras corría para llegar a una estación dañada en el borde exterior del sistema. Sus motores fallaron, catastróficamente. Avar jadeó un poco ante la fría y oscura sensación.
Y por encima de la Luna Frutada, una impresión muy clara, lo más cercana a un mensaje que podría enviarse a través de la Fuerza en estas circunstancias: la sensación de un Caballero Jedi llamado Te’Ami de que su comprensión de lo que estaba sucediendo aquí era total, trágicamente incompleta.
“No,” dijo Avar, perturbada por la urgencia de lo que Te’Ami estaba tratando de transmitir. Sus emociones se agitaron, y la canción de la Fuerza brilló en su mente, volviéndose más tranquila, menos nítida.
Concéntrate, se dijo a sí misma. Eres necesaria.
Avar Kriss calmó sus emociones y escuchó. Ahora, gracias a Te’Ami, sabía qué buscar. Ella recordó la cara del otro Jedi — piel verde, cráneo abovedado, grandes ojos rojos — y casi no le tomó tiempo encontrar lo que Te’Ami había tratado de mostrarle. De hecho, ahora que estaba mirando, era obvio. Avar extendió su conciencia a través del sistema, llevándose al límite.
No puedo perder a nadie, pensó. Ni si quiera a uno.
Abrió los ojos, desdobló las piernas y volvió a poner los pies en la cubierta del Third Horizon. Los oficiales del puente la miraron, sorprendidos: no había hablado ni se había movido durante un tiempo.
El almirante Kronara estaba hablando con la canciller Lina Soh, quien había llamado a través de un enlace de alta prioridad desde Coruscant. Sus rasgos delicados y amplios se mostraban en uno de los muros de comunicación del puente. Se la veía frágil, y no lo era en absoluto. Kronara, por el contrario, tenía una cara que parecía como si se pudiera romper un martillo contra ella. Transmitía dureza, lo cual era absolutamente cierto. Vestía el uniforme de la Coalición de Defensa de la República, gris claro con detalles en azul, la gorra metida debajo del brazo en respeto a la oficina del canciller.
La resolución de la pantalla era baja, con líneas nítidas de estática cruzando el rostro de Lina Soh cada pocos segundos, pero eso era de esperar. Coruscant estaba muy lejos.
«Gracias a la luz, su nave estaba lo suficientemente cerca de Hetzal como para responder Almirante,» estaba diciendo la Canciller Soh. “Enviamos naves de ayuda tan pronto como pudimos, pero incluso recibir la señal de socorro de Hetzal llevó tiempo. Ya sabe lo que se entrecortan los repetidores de comunicación del Borde Exterior”.
“Lo sé Canciller,” respondió Kronara. “Apreciamos todo lo que pueda hacer. Estamos progresando aquí, pero definitivamente habrá una gran cantidad de heridos, y estoy seguro de que una gran cantidad de sistemas esenciales necesitarán ser reparados. Le comunicaré al ministro Ecka que están enviando ayuda. Estoy seguro de que lo apreciará.”
“Por supuesto, Almirante. Todos somos la República”.
Avar cruzó la cubierta y pasó junto a Kronara cuando finalizó la transmisión desde Coruscant. Él la miró, curioso, cuando ella se detuvo ante la pantalla que mostraba el estado de los esfuerzos por mitigar el desastre: todas las naves, la gente, los Jedi, la República, los lugareños. Rojo, verde, azul, mundos, vidas, esperanza, desesperación.
Tocó algunas de las anomalías rojas de la pantalla con la yema del dedo. Mientras lo hacía, se destacaron, cada uno rodeado por un círculo blanco. Cuando terminó, se indicaron unos diez de los proyectiles.
Avar se apartó de la pantalla y luego se volvió para mirar a la tripulación del puente. Estaban confundidos, de una manera educada, esperando que ella les explicara lo que había hecho.
“Odio decir esto amigos míos,” dijo, “pero esto se ha vuelto mucho más difícil. Tenemos un nuevo objetivo.”
Los desgastados rasgos del almirante Kronara se torcieron en un ceño fruncido. Avar no se lo tomó como algo personal.
«¿Reemplaza los parámetros de misión existentes?» Dijo él.
«Eso estaría bien,» dijo. «Pero no. Todavía tenemos que hacer todo lo que vinimos a hacer aquí, evitar que los fragmentos destruyan Hetzal, pero ahora hay algo más.»
Hizo un gesto hacia la pantalla, con sus puntos rojos resaltados, dirigiéndose rápidamente hacia el sol.
“Las anomalías que he indicado aquí contienen seres vivos. Ya no se trata solamente de salvar los mundos de este sistema”.
La comprensión apareció en el rostro de Kronara. Su ceño fruncido se hundió mas aún.
«Así que es una misión de rescate, además de todo lo demás.»
«Así es, Almirante», dijo Avar.
Un coro de voces consternadas se elevó cuando los oficiales se dieron cuenta de que todo su progreso hasta ahora era solo el preámbulo de un esfuerzo mucho mayor.
«¿Cómo es eso posible?»
«¿Cuánta gente? ¿Quiénes son?»
“¿Son naves? ¿Es esto una invasión?
El almirante Kronara levantó una mano y las voces se detuvieron.
“Maestra Kriss, si dice que algunas de estas cosas tienen gente a bordo, entonces la tienen. Pero, ¿cómo propone que organicemos un rescate? Estos objetos se mueven a velocidades increíbles. Nuestros sistemas de fijación del blanco apenas pueden alcanzarlos tal y como están, y ahora tenemos que… ¿Atracar en ellos?
Avar asintió.
“No sé cómo haremos esto. Aún no. Espero que alguno de ustedes tenga una idea. Pero diré que cada una de esas vidas es tan importante como cualquier vida en este mundo o en cualquier otro. Debemos comenzar por creer que es posible salvar a todos. Si la voluntad de la Fuerza es otra, que así sea, pero no aceptaré la idea de abandonarlos sin intentarlo.”
Movió la mano en un amplio círculo, abarcando toda la pantalla.
“Esto es todo con lo que podemos trabajar, lo que trajimos con nosotros. Todas las naves Hetzalianas están ocupadas tratando de evacuar, así que todo lo que tenemos son los Vectores y los Jedi que los vuelan, además de los Longbeams y sus tripulaciones. Encuentren la manera. Sé que pueden. Enviaré un mensaje a los Jedi. La Fuerza podría tener una respuesta para nosotros.”
Los oficiales del puente se miraron unos a otros, luego se pusieron en movimiento con una nueva oleada de actividad, mientras comenzaban a planificar diez misiones de rescate absolutamente imposibles.
Avar Kriss cerró los ojos. Se alzó en el aire. La Fuerza le cantó, hablándole del peligro, la valentía y el sacrificio, de los Jedi cumpliendo sus votos, actuando como guardianes de la paz y la justicia en la galaxia.
La canción de la Fuerza.
Extraído de Star Wars: Light of the Jedi (The High Republic) por Charles Soule. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este extracto puede reproducirse o reimprimirse sin el permiso por escrito del editor.Extracto publicado originalmente en inglés en https://sites.prh.com/highrepublic
Star Wars: Light of the Jedi (La Alta República) Charles Soule. Mucho antes de la Primera Orden, antes del Imperio, incluso antes de La Amenaza Fantasma… Los Jedi iluminaron el camino a la galaxia en The High Republic. Es una edad de oro. Los intrépidos exploradores hiperespaciales amplían el alcance de la República hasta las estrellas más lejanas, los mundos florecen bajo el liderazgo benévolo del Senado y reina la paz, reforzada por la sabiduría y la fuerza de la renombrada orden de usuarios de la Fuerza conocidos como los Jedi. Con los Jedi en el apogeo de su poder, los ciudadanos libres de la galaxia confían en su capacidad para capear cualquier tormenta. Pero la luz más brillante puede proyectar una sombra, y algunas tormentas desafían cualquier preparación. Cuando una catástrofe impactante en el hiperespacio desgarra una nave, la ráfaga de metralla que emerge del desastre amenaza a todo un sistema. Tan pronto como se emite la llamada de ayuda, los Jedi saltan a escena. Sin embargo, el alcance del desastre es suficiente para llevar incluso a los Jedi hasta sus límitse. Mientras el cielo se abre y la destrucción cae sobre la alianza pacífica que ayudaron a construir, los Jedi deben confiar en la Fuerza para superar un día en el que un solo error podría costar miles de millones de vidas. Incluso mientras los Jedi luchan valientemente contra la calamidad, algo verdaderamente mortal crece más allá de los límites de la República. El desastre del hiperespacio es mucho más siniestro de lo que los Jedi podrían sospechar.
Una amenaza se esconde en la oscuridad, lejos de la luz de la época, y alberga un secreto que podría infundir miedo incluso en el corazón de un Jedi.