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  • Star Wars Asedio Tusken

    Star Wars Asedio Tusken

    Relato corto Fanfic de Star Wars obra de Pep Valls

    Ese anochecer no fue como cualquier otro día. Los dos grandes dioses se marcharon por detrás de las montañas rojas con más brillo de lo normal. El viento estaba parado y callado y no levantaba el polvo de las dunas. Todo estaba expectante. El mismo desierto sabía que aquella noche, alrededor de las dos hogueras, los ancianos y los guerreros del clan tomarían una gran decisión.
    Cuando la noche ya reinaba, y los aullidos de los lobos anoobas indicaban que la oscuridad había llegado ya a su máximo exponente, empezó la reunión. Los niños y las mujeres dormían, algunos solo lo intentaban nerviosos por la excepcionalidad del momento.
    —Los dos grandes dioses no se han pronunciado —dijo para empezar la reunión el líder, Yurruok—. Y los dioses del desierto parece que tampoco. ¿Has leído algo en las estrellas, sabio Groutak?
    El anciano chamán de la tribu, ataviado con una túnica gris que le cubría el cuerpo y una máscara decorada con plumas de woodoo, respondió:
    —No he leído nada en las estrellas, pero he tenido una revelación de Madre. —El resto de asistentes aspiraron el aire caliente de la hoguera a modo de sorpresa e interés—. Ayer vi un mensaje al leer las tripas putrefactas de una rata womp asesinada por las alimañas de la noche. Madre mandó a esos seres para que nos dieran un mensaje: ¡Hay que atacar primero! —Cinco de los guerreros presentes alzaron sus brazos y empezaron a gritar consignas de guerra, satisfechos por lo revelado por el sabio.
    El gran líder quiso asegurarse de las conclusiones del mensaje trasmitido por el viejo:
    —¿Estáis seguro que esa es la voluntad de Madre?
    —Muy seguro.
    —Entonces atacaremos al alba. No lo demoraremos más. El clan Arena Gris debe pagar por la osadía de capturar a dos de nuestros hermanos mientras cazaban.
    Todos asintieron en silencio y entrelazaron sus brazos por encima de los hombros, manteniéndose sentados en el mismo círculo alrededor de las dos hogueras. El viejo chaman recitó unas palabras en un tono muy bajo y echó un puñado de arena al fuego. Luego hizo lo mismo tirándola al aire para que cayera encima de los presentes. Entonces los dieciocho individuos recitaron al unísono una oración ancestral de culto a la guerra y a las adversidades.
    Cada guerrero fue a su choza de piel a descansar, aunque el gran líder, el viejo druida y un par de guerreros se quedaron sentados a modo de consejo de líderes.
    En Tatooine había unos cuantos clanes tusken que a lo largo de los ciclos habían rivalizado por la captura de banthas, el territorio vital, los tratos con los jawas, los asedios a granjas de humedad… trifulcas entre parientes que podían acabar mal, pero eso sí, sin muertos ni rehenes. La mayoría de los miembros del clan de las Dos Luces habían visto ese secuestro como una provocación y una ofensa que rompía la tregua que tenían desde hacía miles de ciclos aquellos dos clanes separados por un trozo de desierto. El próximo ataque matutino, de forma clara, pondría fin a esa paz y eso podría desatar más batallas y, quién sabe, quizá una guerra.
    Los sabios más ancianos de cada clan siempre habían hablado de una gran unificación de los clanes. Contaban que, igual que en tiempos inmemorables el Gran Clan se dividió para garantizar la supervivencia de los moradores de las arenas, algún día los dos grandes dioses indicarían el momento de volver a unir a todos los tusken en un único clan. El rapto de dos hermanos convertía esa idea en imposible y los dioses eran testigos de esa ofensa.
    Las altas temperaturas del desierto y las zonas rocosas, la escasez de nutrientes y agua, las tormentas de arena, los depredadores… hacían de Tatooine un planeta difícil para vivir de forma nómada, desplazando todo un clan de aquí para allá en guaridas de piel de bantha. No hace falta decir que la no justicia impartida por los hutts y los negocios oscuros propios del Borde Exterior no ayudaban a vivir en el planeta de los dos soles.
    Cuando los primeros rayos de luz de los dos grandes dioses iluminaron el cielo y el horizonte mostró sus dunas doradas, los quince guerreros estaban situados estratégicamente en la cima de una colina. Desde lo alto podían ver perfectamente el grupo de chozas del clan Arena Gris. La avanzadilla que mandaron primero aturdió a los dos vigilantes. Los dejaron dormidos con los orificios del rostro tapados con una mezcla de musgos anestesiantes.
    Los Arena Gris eran, en casi todo, iguales a ellos: la misma ropa, las mismas armas, los mismos vendajes. Encontraron fácilmente lo que estaban buscando.
    Los habitantes del pequeño poblado se organizaban por tareas que garantizaban la supervivencia del clan un día más. Todos hacían algo útil: remendar chozas, buscar comida y cazar, curtir pieles, pastar banthas, desparasitar miembros del clan, recolectar carne seca… pero justo en el centro de la actividad, había una choza cerrada y custodiada de la que no vieron salir a nadie. Si los dos hermanos prisioneros estaban en algún lugar, sin duda tenía que ser ese.
    Nadie discutió la idea de atacar al alba porque era por la noche cuando los centinelas, relacionando noche y peligro, estarían más expectantes. Todo tusken tiene miedo de que una alimaña nocturna lo ataque. Eso sucedía muy a menudo. Además, los dos grandes dioses estarían contemplando el asedio y seguro que apoyaban al clan de las Dos Luces porque eran sus rivales quienes habían roto el pacto.
    Las indicaciones antes de partir eran muy claras. Tenían que atacar en tromba. La densidad de un pequeño poblado de moradores y la actividad diaria de este no permitiría otra forma de ataque. La intención no era provocar una carnicería, sino castigarlos como era debido una vez sabido el alcance de su traición. El principal objetivo era el rescate y defenderse de una respuesta hostil, matando sólo si era necesario, lo que seguramente sería ya que no entraba en el pensamiento tusken el dejarse capturar. Los moradores eran tan duros y resistentes como el mismo desierto en el que habitaban.
    En un instante, los quince moradores bajaron de la colina corriendo, gritando y disparando al aire con sus rifles cíclicos. Como era de esperar, sorprendieron a los Arena Gris. Rodearon la decena de chozas de piel reseca y a la mayoría de habitantes. Sobresaltados, estos reaccionaron protegiendo a sus mayores y niños, poniéndolos en segunda fila. Entre las víctimas del asalto se oían gruñidos en forma de llanto y miedo. Sus voces reflejaban la preocupación del que no entiende la hostilidad de un clan hermano.
    Unos siete individuos Arena Gris se atrincheraron detrás de un bantha muerto que acababan de matar para secar su piel y su carne para dejar pudrirse sus entrañas con leche azul al sol. Era absurdo. El ataque por sorpresa tenía mucho más potencial que una defensa improvisada y desesperada en completa minoría. Con el par de rifles que tenían disparaban como podían, casi sin poder apuntar. Bastó con un par de minutos de intercambio de disparos y un asediado muerto. Fueron atados por los asaltantes y reducidos como los demás habitantes del poblado.
    La poca comunicación corporal y la imposibilidad de hacer gestos faciales no permitía a los moradores mostrar sus emociones. La única forma de hacerlo era a través de los sonidos guturales que emitían. Y en ese lugar, cuando los tuvieron a todos juntos de rodillas, las voces eran de miedo e impotencia.
    Dos guerreros del clan de las Dos Luces se acercaron al grupo de cautivos y levantaron, agarrándolo por los brazos, al que todos ellos conocían como Rugret, su líder. Estaba algo aturdido porque uno de los atacantes, un instante antes, lo había forzado a arrodillarse con un golpe de fusil cíclico en la cabeza.
    —Se lo que buscáis, hermanos del clan de las Dos Luces —dijo con voz cansada—. Pero lo que queréis no os lo podemos devolver.
    —Tenéis a dos de nuestros hermanos —dijo gritando un guerrero que lo apuntaba a la cabeza con su arma—. ¿Qué les habéis hecho?
    —¡Líder Yurruok! —una voz irrumpió desde atrás—. Venga, tiene que ver esto. —El líder atacante asintió y siguió a dos guerreros.
    Como deducían antes del asedio, dentro de la choza custodiada, estaban los dos individuos secuestrados… pero había un contratiempo. ¡Estaban muertos!
    Se encontraban con las palmas de las manos apuntado al techo. Tenían las ropas limpias y cubriendo toda su piel. Estaban colocados con la cabeza mirando hacia arriba, para que su espíritu se uniera a los dos grandes dioses, salvaguardando así, su honor. ¿Por qué tanta molestia? El líder Yurruok entendió rápidamente que algo escapaba a toda lógica.
    Observó los dos cuerpos sin vida de rodillas al lado de estos. Entonces indicó a sus dos guerreros personales que le trajeran a su homónimo del otro clan.
    —¿Porque están muertos?
    —Nosotros no los hemos matado, solo nos llevamos sus cadáveres para conocer.
    —No entiendo nada ¿Conocer el qué?
    El líder de los Arena Gris se arrodilló y abrió los ropajes de uno de los cadáveres. Una cicatriz enorme se dibujaba en el torso. Estaba cauterizada, con trozos de ropa quemada pegados, pero sin rastro alguno de sangre.
    —Necesitábamos ver bien esas heridas e intentar conocer qué las había provocado. Así sabremos más cosas acerca de nuestros enemigos. Son las mismas marcas que describieron los hermanos que encontraron la gran masacre.
    A todos los presentes les invadió el miedo. Hacía muchos ciclos, todo un clan fue aniquilado sin piedad, niños y ancianos incluidos. Nadie supo ni ha sabido nunca quién lo hizo y por qué razón. Encontraron marcas como las de los dos hermanos asesinados en todos los cadáveres. ¿Habían vuelto los asesinos de tuskens? ¿Eran los mismos u otros con la misma arma? ¿Qué medidas hacía falta tomar? Esta última pregunta la respondería el líder del clan de las Dos Luces casi sin pensar.
    Yurruok se levantó y con la mano en el hombro del líder Arena Gris dijo:
    —Estos hermanos a los que hemos atacado hoy no son nuestros enemigos. Estábamos equivocados. Los que nos quieren aniquilar utilizan su brujería y sus dioses contra el pueblo tusken. No sabemos quiénes son ni qué pretenden, pero hemos de estar unidos y preparados. Líder Rugret, que los hermanos de tu clan sean liberados y que tres de tus jinetes de bantha más rápidos anuncien una reunión de líderes en mi territorio.
    Todos los presentes dentro de la choza alzaron los brazos y volvieron a recitar proclamas de guerra en tono muy bajo. El líder finalizó su discurso:
    —Quizá la reunificación de los clanes sea la única solución para podernos proteger de esta amenaza.

  • Star Wars Intercambio siniestro

    Star Wars Intercambio siniestro

    Relato Fanfic de Star Wars obra de Peliwars

    La suave luz del sol rojo cubría todo el paisaje del bosque. La atmósfera resultaba… relajante. Algo muy contradictorio con lo que iba a pasar allí.
    Habían escogido Zesa VII como punto de encuentro porque se encontraba lejos de cualquier acción imperial, además de ser una luna muy poco poblada.


    Orbitaba un planeta marginal del Borde Exterior. En su día había tenido relativa importancia, ya que en ella se cultivaban unos extraños frutos muy ricos que habían conquistado a los habitantes de los planetas del núcleo por su textura y sabor, pero hacía ya cincuenta años que se habían extinguido por culpa de una plaga.
    Ya no quedaba nada interesante en Zesa, excepto para aquellos que le supiesen encontrar utilidad, como Udax Hunter. Él era un contrabandista de toda la vida, aunque en los últimos años había trasteado de vez en cuando con el oficio de cazarrecompensas para saldar deudas muy urgentes o hacer favores a la gente indicada.
    No se le daba mal, todo sea dicho, a pesar de que todos los trabajos que había aceptado no hubiesen requerido una maestría sublime, al nivel de Cad Bane o Aurra Sing.


    Pero esto era distinto. Ese trabajo no lo hacía exactamente por dinero, a pesar de haber arriesgado mucho. No. Eso lo hacía por información. Una información por la que valía la pena arriesgarse.
    Se oyó un leve ruido. Uno inconfundible. El sonido de una nave al salir del hiperespacio. Eso solo podía significaba una cosa «Ya está aquí» se dijo Udax. Y por instinto reflejo se llevó la mano a la cintura, donde tenía el bláster.


    Una nave de estilo claramente corelliano cruzó el cielo, y tras dar algunas vueltas, aterrizó cerca de donde estaba Hunter.
    Una plataforma salió del vehículo espacial, y una figura enmascarada la cruzó con paso lento pero decidido.
    «Está tratando de intimidarme» se dijo Hunter. «No lo logrará», aunque sobre esto último no estaba muy seguro.
    El misterioso acompañante resultaba imponente. Llevaba una armadura formada por diversas piezas de otras armaduras. Por lo que Udax podía ver, había por lo menos partes mandalorianas y… ¿kaminoanas? La verdad es que su pechera y los protectores de su brazo izquierdo parecían de un soldado clon, aunque no estaba seguro.


    La máscara sí que no la conocía. Parecía hecha del mismo duracero que los droides de combate B1, aunque eso solo era una percepción personal. Estaba hecha de forma que pareciese una calavera, con unos ojos rojos y una falsa boca abierta.


    —El cargamento —dijo el enmascarado con una voz mecánica y un tanto agresiva.
    —En cuanto me des lo que prometiste —contestó Hunter intentando parecer impasible.
    La figura del interlocutor se quedó callada y quieta, mirando a Udax de forma atemorizante.
    —Antes demuéstrame que la tienes —dijo por fin.


    Udax Hunter dudó. Nunca se había encontrado en una situación similar. La persona con la que estaba hablando tendría razones de sobra para no quererle con vida tras el intercambio. La operación que había llevado a cabo se podría considerar muy peligrosa. Nadie le robaba a un hutt. Pero por otro lado, si no se arriesgaba, nunca encontraría a esa persona.
    Hunter se resignó.
    —Está en mi nave, sedada. —Confió en que esa pobre prueba le bastase, pero otra vez se quedó callado—. Iré a por ella —terminó por fin.


    Udax temía que al darse la vuelta, su compañero de negocios le pegase un tiro, pero no pasó nada y logró entrar en la nave sano y salvo. Puede que no tuviese ninguna intención de acabar con él. A lo mejor sólo quería realizar el intercambio y listo. Pero no debía bajar la guardia, el peligro no había pasado.


    Al poco rato, Hunter volvió a salir junto a un gran contenedor cúbico. Lo puso cerca del enmascarado, pulsó algunos botones y se abrió.
    Dentro no había otra cosa que una muchacha. Tendría unos catorce o quince años, aunque estaba bastante flaca. Se encontraba dormida, seguramente por el sedante que había mencionado Udax.


    —Te recomiendo tener cuidado si se la vendes al Imperio —le dijo Hunter a su compañero de negocios—. Grakkus el Hutt estaba muy contento de tener una mascota Jedi, aunque fuera solo una padawan. Si se entera de quién la tiene, podrías estar en peligro.
    Udax estaba muy nervioso. Eso que acababa de decir era un vago intento de que el enmascarado supiera que matarle no serviría de nada, pero solo le había recordado lo peligroso que era que se fuera de la lengua.


    La persona de la armadura se quedó parada durante unos intensos segundos, mirando a la chica. Hunter temblaba en sus adentros y mantenía su mano cada vez más cerca del bláster.
    —Has cumplido —dijo de pronto el enmascarado—. Los esclavos que se capturaron en Dorian IV fueron vendidos en Tatooine. Puede que la persona que buscas siga estando allí, o tal vez no. Pregunta en Mos Eisley por un tipo llamado Skane, él lo sabrá.


    Udax Hunter se quedó de piedra. Eso era información. Mucha información. Más de la que había conseguido durante los tres años que habían pasado desde que terminó la guerra y se había enterado del saqueo de Dorian.
    El enmascarado cogió a la chica en brazos, se dio la vuelta y volvió a su nave.
    —Gracias —dijo de repente Udax, pero el enmascarado ni se inmutó y continuó su camino.


    Entonces todo pasó muy rápido. Se oyó una nave saliendo del hiperespacio y cayendo sobre ellos. ¡Bum! La nave de la persona con armadura explotó y la onda expansiva les tiró a todos al suelo.
    Udax trató de levantarse, pero tardó un rato. Estaba aturdido, los oídos le pitaban y había piezas metálicas ardiendo a su alrededor.
    El vehículo espacial que les atacó comenzó a aterrizar cerca de donde estaban ellos. Hunter echó la mano a su cintura pero no encontró el bláster. Se le había caído. Miró entonces hacia su nave, a lo mejor podía escapar todavía. Pero lo que encontró le dejó desolado. El cristal de la cabina había reventado y una de las alas, la más cercana a la nave destruida, estaba partida a la mitad. No se lo podía creer. ¿Así terminaba todo? ¿Ahora que ya sabía por dónde empezar a buscar?
    De la nave de ataque salieron un rodiano y un twi´lek. Ya los había visto antes. Eran dos cazarrecompensas que frecuentaban el palacio de Grakkus el Hutt.


    —Así que pensabas que podías salirte con la tuya, ¿eh? —dijo el twi´lek. El rodiano hizo ruidos similares a carcajadas y le pegó una patada en toda la cara—. ¡Nadie le roba a los hutt!
    Entonces cogió un bláster y apuntó a un punto detrás de Udax.
    —No creas que no te hemos visto. Danos a la padawan y tal vez te dejemos vivir. Al fin y al cabo, Grakkus sólo nos pidió al que le había robado.


    El enmascarado se encontraba de pie, y Udax vio cómo volvía a dejar a la chica en el suelo. Él tampoco se iba a resistir, así que el final era claro. Estaba condenado.
    Entonces, casi instantáneamente, el twi´lek disparó.
    Estaba claro. Una persona viva podría ser un problema. Muerta no. Cualquiera habría hecho lo mismo.
    Miró hacia sus futuros verdugos, pensando en alguna forma de salir de ese lío. Pero ellos no le miraban a él. Seguían con la vista fija en el punto detrás de Udax, en el que habían matado al enmascarado.
    —No puede ser —le oyó decir al twi´lek.
    Entonces, Udax Hunter se giró y lo que encontró allí no era un cadáver ni mucho menos. Era el enmascarado, vivo y sano, portando en su mano un brillante sable de luz color violeta.


    Los cazarrecompensas se pusieron a disparar como locos a su contricante, pero este les esquivó con maestria y dio un gran salto por encima de ellos, posándose detrás y lanzándoles un potente tajo con su espada.
    Entonces el twi´lek y el rodiano soltaron sus armas, y sus cuerpos cayeron inertes al suelo.
    Udax Hunter se quedó de piedra, atónito ante la escena de lucha que acababa de presenciar.
    El enmascarado ni le miró. Alzó su mano hacia la padawan, que voló despacio hacia sus brazos. Ese hombre acababa de usar la Fuerza delante de sus propios ojos.
    Entró entonces en la nave de los cazarrecompensas, y tras unos minutos, esta despegó, dejándole a él atrás.


    Udax Hunter se levantó. Esa era una escena única en los tiempos que corrían. No sabía muy bien lo que había pasado, pero entendía qué debía hacer.
    Su nave estaba muy dañada y el espaciopuerto más cercano estaba a un día de viaje.
    «Será mejor que me ponga en camino» se dijo. Y comenzó a caminar.

  • Star Wars Noches de Jizz

    Star Wars Noches de Jizz

    Relato Fanfic de Star Wars obra de Diego Martín Reátegui

    La banda tocaba como cada noche ese ritmo mágico y cadencioso. Esa música que nota a nota se apoderaba de uno… de todos… sin importar la especie o el planeta de procedencia. Aquel sonido, sea por la cadencia o por la forma extraña como se refractaban las luces, fluía como todo alrededor… Esa sensación de éxtasis emanaba de la nada, para terminar, paulatinamente envolviéndolo todo… tornando aquel lugar en un espacio único y diferente… algo que valía la pena disfrutar lenta y decididamente… algo para vivir… algo en que abandonarse y sólo dejarse llevar…

    Él, entre bastidores, tras limpiar, lavar trastos y tirar los restos de comida, siempre se daba tiempo y maña para observarlos y escucharlos tocar en la cantina. Durante ese respiro, pese a sus aún incipientes diez años, y con una lucidez impropia de esa edad, forjada por la dura vida del día a día en ese paraje inhóspito de la galaxia, estaba seguro de una sola cosa… tenía convicción en su destino.

    A sus treinta y dos años, aquel recuerdo le era tan vívido… quizás en parte porque aquel lugar aún parecía abstraerse y trascender al tiempo… Él ya no era el mismo… su posición ya no era la misma… Y sin embargo, la cantina seguía siendo la misma. La escoria y villanos que concurrían allí eran también los mismos… y allí… estaba sin duda alguna capturada y arraigada su esencia.

    En esos momentos de total desconexión, solo aquella sonrisa cómplice y pícara… el movimiento sensual de esas caderas en el escenario, el ondear de aquellos lekkus… pero sobre todo el guiño provocador de sus ojos almendrados y el beso ligero y disimulado que le dirigía, lo regresaban a la realidad… acelerándosele el corazón y arrancándole una carcajada… Noche a noche habían aprendido a desarrollar su particular sutil lenguaje de comunicación gestual, codificando y decodificando miradas, sonrisas, cada imperceptible movimiento significaba algo…

    —A la mierda —se dijo para sí mismo, al tiempo que sorbía un trago, recuperaba el color, y dibujaba una sonrisa torcida en su rostro. El Jizz lo es todo, y continuó extrayendo instintivamente notas de su viejo kloo horn, plenamente consciente de que, pese a ser aún temprano, tendría a esa hermosa twi’lek recostada en su regazo y desnuda antes del amanecer… Ese era, en definitiva, lo único en lo que tuvo total y plena convicción. Los beneficios de ser músico…

  • Star Wars Diario oscuro

    Star Wars Diario oscuro

    Relato Fanfic de Star Wars obra de Kruzio Baal

    Fragmentos del diario personal de Koromin Bol

    Estuve encerrado durante mucho tiempo. Fui parte de la guardia personal del Emperador en un planeta no registrado en las cartas estelares. Se trataba de un planeta muy árido al que no paraban de llegar nuevos adeptos. Me enseñaron a combatir, a usar la Fuerza para mover objetos pequeños o para lanzar enemigos, pero sentía que mi potencial estaba censurado de alguna manera.
    Cuando el Emperador murió, algunos subieron a las naves y se dirigieron a las coordenadas preestablecidas para seguir combatiendo a la Alianza Rebelde. Yo opté por otro camino.

    Darth Sidious cayó por última vez en el 11 DBY, y desde entonces nosotros, los Sith en las sombras, hemos ido aprendiendo poco a poco y de una forma muy meticulosa el poder del Lado Oscuro de la Fuerza.

    Nos ocultamos entre jugadores, apuestas y subastas como camareros y un largo etcétera, allí donde poder obtener información acerca del conocimiento Jedi, Sith y cualquier cosa relacionada con la Fuerza.
    Existen tribus y sociedades donde la Fuerza está muy presente, tanto del Lado Luminoso como del Oscuro, y que no son Jedi ni Sith. Aun así hay sanadores y guerreras más que hábiles, seres a tener en cuenta, y que aunque por ahora, en más de veinticinco mil años, no se han entrometido en la galaxia, no por ello hay que quitarles el ojo de encima.

    20 DBY
    Viajé de forma muy fugaz a Korriban y a Dromund Kass entre otros planetas. Allí donde la oscuridad gobierna y enseña, no importan las cicatrices, solo ser el más fuerte, ser el más capacitado para un día llegar a dominarlos a todos. Sé que hay antiguos Jedi escondidos o perdidos, sin aliento ni ganas por la vida… me servirán para interrogarlos, para aprender de ellos mediante la tortura. Aunque Vader hizo un buen trabajo. Cuando encuentre al menos dos, los llevaré de vuelta a Korriban.

    Cada uno aprende un camino, tiene unas habilidades y la potencia como Vader con el Terror Oscuro o Sidious con los rayos de la Fuerza, el subterfugio o la habilidad de transferencia del alma que inventó Andeddu, la cual ya no puede aprenderse al haber sido su holocrón destruido por el Emperador. Existen rumores en los bajos fondos de Coruscant de que alguien está moviendo los hilos para convertirse en el Sith más poderoso, ya que Vader fue manipulado, si no, el Señor Oscuro hubiera sido invencible.

    Conozco algunas de mis habilidades y las voy mejorando como puedo, pero ahora los Hijos del Lado Oscuro somos nuestros propios maestros y aprendices; no es fácil encontrar gente predispuesta a enseñar o siquiera revelar una parte. Los malditos coleccionistas lo acaparan todo con su sucio dinero. No les pertenece ese conocimiento, ¡ni siquiera saben lo que es! Mientras todo ese poder se pierde, esos gordos y esas arpías lo usan mal y lo exponen como si fueran trofeos de carreras, pero se acabó, al menos para uno de esos pececitos.

    Visité a una coleccionista de artefactos Jedi, pero casi todos resultaron ser Sith. Ella no comprendía nada de lo que poseía y ya no volverá a cometer ese error. Es más, esa koochoo stoopa no volverá a ver ni presumir de su colección. Después de abrirme paso hasta su pequeña fortaleza, eliminando droides de combate y personal de seguridad, la muy… quiso comprarme. Ni por toda su colección la hubiera dejado con vida. Le mostré una pequeña porción de lo que recluía y su vida se apagó al mismo tiempo que un holocrón se abrió por gusto.
    Con la adrenalina no me percaté de las heridas que había sufrido. Ahora acabo de terminar de vendarme y el droide médico dice que repose. Tal vez ahora pueda aprender algo tranquilamente, ya que sigo sin dar con ningún Jedi a excepción de Skywalker, al cual aún no puedo vencer.

    27 DBY
    Viajé a Dathomir, pero había sido reducida a magia vil sin control. Antaño fue el planeta del que partieron los supuestos poderosos kwa, portadores del conocimiento de la Fuerza y del equilibrio, pero hoy ya solo quedan fantasmas y peligros.
    Estuve tras la pista de las pocas Hermanas de la Noche que huyeron, pero no encontré ninguna y acabé desistiendo. Sin embargo, sí que pude hablar con algunos zabrak del planeta que las habían conocido y han estado viviendo bajo el suelo, esperando alguien que los ayudase con medicinas, lo cual hice inteligentemente. A cambio me enseñaron el combate con armas de dos extremos, armas a dos manos, pesadas… Mejoré el combate en inferioridad numérica… Resultó muy provechoso y decidí no matarlos porque en un futuro podrían salvarme o incluso ayudarme a encontrar a alguna dathomiriana de la que aprender alquimia y hechicería.

    42 DBY
    Sigo buscando el planeta original de los Jedi llamado Tython, cerca del núcleo. Algunos escritos pirateados de los Archivos Jedi mencionan que Darth Bane viajó allí, pero no cómo lo hizo. Sigo buscando pistas. Lo poco que se conoce es debido a una mujer llamada Zannah o algo así que contó lo que había sucedido a unos historiadores. Se cree que en algún momento habían podido con el lord Sith, pero yo sé que no. Sé que Bane siguió con vida, pero no hasta cuándo. También sé que usó la habilidad de transferencia de alma, ¿pero cuántas veces?

    Tal vez el propio Sidious fuera Bane y por eso mantuvo a Vader alejado, porque con su poder del Terror no podría llegar a su alma. Aunque todo esto no es más que una conjetura, parece posible.
    No puedo volver al antiguo Templo Jedi de Coruscant. Los rebeldes tienen instalado allí personal de seguridad y Skywalker vuelve de forma aleatoria, no tengo un patrón posible para seguir indagando.

    49 DBY
    Tropas de la Alianza Rebelde han venido al planeta Irion por pura casualidad. He tenido que enviar a mi aprendiz bajo tierra, entre los túneles antiguos de un templo kwa que fue reconvertido por otra tribu sensible a la Fuerza. La Alianza no sabe de mi existencia. Soy un mercader moderadamente adinerado que suministra los excedentes de alimentos a la población y por eso no me investigan, pero no quiero que uno de los Jedi del Maestro Skywalker pueda dar con la oscuridad que anida en este planeta.

    ¿? DBY
    El Maestro Jedi Skywalker ha dejado de vivir, pero no por ello deja de existir el peligro para mí. Ha entrenado a otros Jedi durante la gran guerra con los yuuzhan vong. Logré mantenerme oculto a ellos gracias a mi habilidad para mantener mi capacidad en la Fuerza indetectable.

    Otros Sith y también muchos Jedi cayeron, muchas vidas se han perdido… El problema está en su hijo, Ben Skywalker, y en su prima Jaina… que después de casarse con Fel, está dominando la galaxia. El Remanente Imperial es tal vez una salida interesante que juega mucho con los Fel, todavía no sé hasta qué punto.

    ¿Cómo puede Fel II ser hijo de Jaina Solo? Deberían llamarla por su apellido real y no por el de la familia imperial ni por el adoptivo o el de su padre Han… ¿Al final esa maldita familia salida del desierto de Tatooine dominará la galaxia? ¡No es comprensible! Pero todo llegará. Aunque destruyeran a Exar Kun hace años, aunque crean que pueden seguir estando al mando, los Jedi caerán en un momento u otro.

    Tengo noticias de una Sith muy antigua, Xoxaan dicen mis droides espías. Me hago muy mayor y no creo que vaya a aguantar cien años más, no al menos después de lo oculto que he tenido que estar. Estoy cansado y mi legado, no ha sido más que unificar el conocimiento de la Fuerza y gobernar varios planetas. Creí que podía hacerlo mejor que Sidious, pero la falta de conocimiento siendo joven ha sido el gran fallo.

    Si estás leyendo estas líneas, no esperes vivir mucho tiempo, pues el Lado Oscuro siempre reclama vida y acabas de pagar el precio. Gracias por darme un poco más de aliento.

  • Star Wars El Archivo de Coruscant

    Star Wars El Archivo de Coruscant

    Relato Fanfic de Star Wars obra de Javier Martínez

    Las tres naves patrulla hacían su recorrido habitual, informando cada treinta minutos a los puestos de mando avanzados que tenían que reportar en la ruta. Dos naves salieron del hiperespacio en la zona de acercamiento orbital del planeta Coruscant, antigua capital del Imperio Galáctico, ahora en desuso.


    Las dos naves, ambas del tipo Ala-X, una de ellas de clase T-70, iban en perfecta formación, con sus alas cerradas. Sus escudos estaban bajados y sus armas desactivadas; no había de qué preocuparse, la llegada del convoy estaba programada. Fue la clase T-70 la que rompió el silencio de radio.


    —Control de Coruscant, al habla Jefe Rojo, comandante de escuadrón de la Nueva República, pidiendo permiso para aterrizar en la zona X, sector 5-00. —No había contacto visual. A pesar de que la nave era muy completa, sus comunicaciones de largo y corto alcance se limitaban a la radio, incluso entre las propias naves de su mismo tipo.
    —Recibido, Jefe Rojo —respondió la patrullera que estaba a la cabeza del grupo de defensa—. Transmitan permiso especial para aterrizar en la zona 5-00.


    No era algo extraño, a pesar de que la misión estaba autoriza, aterrizar en según qué zonas del planeta, ya fuese para misiones de reconocimiento o exploración, era algo muy delicado. El Emperador Palpatine y Darth Vader habían protegido muy bien sus secretos durante los años que duró el Imperio, y muchas de las zonas aún contenían trampas, explosivos o droides de defensa que se activaban con la presencia no autorizada.


    —Control de Coruscant, aquí Jefe Azul —esta vez fue el otro Ala X el que respondió, un modelo más o menos igual de avanzado, pero modificado de forma totalmente distinta, seguramente porque la forma de combatir de ese piloto era más agresiva. En este caso, el modelo era un XJ—. Transmitiendo autorización…
    Fueron unos segundos bastante largos, ya que el permiso tenía que pasar varios filtros, pero Leia Organa se aseguraba de que sus misiones estuviesen perfectamente autorizadas, sin que hubiese ningún cabo suelto. Finalmente, ambas naves recibieron luz verde para proceder.
    —Líder Rojo, Líder Azul, tienen permiso para aterrizar en la zona 5-00.


    Tras dar las gracias a la patrulla, ambas naves permanecieron en formación y comenzaron la aproximación al planeta. En vuelo de reconocimiento, pasaron por la abandonada zona industrial de Coruscant, que estaba desocupada desde hacía más años de los que se podían recordar, y sin embargo, sus chimeneas seguían activas y algunas de sus fábricas eran ahora refugio de contrabandistas y cazarrecompensas; incluso se rumoreaba que en alguna parte existía un acceso no controlado al Sector 1313 del planeta.


    No tardaron mucho en dejar atrás el sector y acercarse al famoso edificio del Senado Imperial —anteriormente el edificio del Congreso Galáctico de la República— y por fin visualizaron su objetivo: el edificio República 500, una de las construcciones más fabulosas e imponentes del planeta. Parecía construido módulo a módulo y haber ido creciendo a medida que crecía el planeta. Este edificio había sido la sede y alojamiento de muchos grandes e importantes senadores, como Padmé Amidala, Bail Organa, o el más importante y objetivo de la misión: el Canciller Supremo Palpatine.


    —Nunca había estado en Coruscant —dijo el piloto del Ala XJ—, me cuesta creer que esta gente viva de este modo tan extravagante, tan excesivo de todo lo que le rodea, parecen ajenos a todo lo que ocurre en la galaxia. ¿Tu contacto era bueno, Julian? Parece que va a ser un aterrizaje algo complicado para dos naves…


    El piloto del ala X, Líder Rojo sonrió ante la última frase de su amigo. ¿Un aterrizaje difícil? Él era experto en aterrizar en sitios mucho más estrechos que la pequeña plataforma recientemente descubierta en la parte baja del República 500, y en condiciones mucho mas adversas—. Tranquilo, señor Master. —Obviamente, ese era su apodo, pero le gustaba llamarlo así porque era de los pocos que conocía el significado de aquel extraño nombre y se sentía con el privilegio de poder usarlo—. Mi contacto es de fiar, el problema no es aterrizar, sino lo que encontremos a continuación.


    El aterrizaje, a pesar de todo, sí que resultó complicado. Las naves tuvieron que alinearse de forma muy precisa para no tocarse en la estrecha plataforma, pensada únicamente para que pudiese aterrizar un transporte imperial clase Lambda, y querer posar dos Ala X en ese espacio fue algo difícil.


    Ya estaba atardeciendo cuando ambas cabinas se abrieron. Julian se quitó su casco. Su cara estaba adornada con una perfecta barba corta, retocada, unos ojos verdes curtidos en la experiencia del combate y una cabeza lisa. Su atuendo era el traje completo de piloto de Ala-X, pero se puso su cinto, que llevaba su bláster DL-44, un par de detonadores termales, y un pequeño estuche multiherramienta. El otro piloto también se quitó el casco. Master era un poco mas joven que Julian. Su atuendo era más parecido al de un contrabandista que otra cosa, pero lo había modificado según sus necesidades. Pantalón y botas, cinturón, pero sin bláster, una chaqueta medio oculta por una hombrera de armadura que en su momento fue blanca, que hacía juego con los antebrazos, también de armadura, que ahora llevaba. A la espalda, bien sujeto con su correa, llevaba un disrruptor E-11 imperial. Su aspecto parecía el opuesto al de su amigo. Cara perfectamente afeitada, pelo negro, ni largo ni corto, que presentaba mechas marrones y blancas por diversos sitios, y unos ojos marrones que decían claramente que ese piloto había visto mucho mas de lo que debería ver una persona de su edad.


    —Es increíble —reconoció Master—. No puedo creer que tras tantos años, nadie haya dado nunca con esta plataforma.
    —Sí, y si Palpatine la usaba para sus proyectos personales, nos toca a nosotros ver a dónde nos lleva —dijo Julian mientras abría su pequeño estuche de herramientas.
    —¿Por qué no usas tu unidad R-11? Imagina por un momento que lo primero que nos encontramos tras esa puerta es un droide de guerra Sith con pocas ganas de que le molestes. —Master era así, actuaba sobre seguro muchas veces. Julian ya no se enfadaba. Sabía que su amigo podía adoptar esa actitud molesta cuando se trataba de poner su propia seguridad en peligro—. Creo que deberíamos haberle dicho a la senadora Organa lo que pensábamos hacer. Quizá nos habría mandado algún Jedi para ayudarnos.


    Protestaba mucho, pero mientras su amigo manipulaba el panel de la derecha, él mismo manipulaba el de la izquierda. En pocos minutos los tuvieron desmontados. Era un circuito de doble llave que necesitaba una sincronización perfecta para abrirse.


    —¿Un Jedi? —repuso Julian—. ¿En serio quieres darle de nuevo al Praexum de Yavin otra oportunidad para lucirse?
    —Ni de broma —dijo Master con una sonrisa—. Lo que sea que este aquí detrás es nuestra misión. Aunque alguien como Kyle Katarn habría estado bien.
    —Katarn no habría pisado Coruscant ni aunque le hubieses prometido el peso de su nave en créditos. Listo amigo: en tres, dos, uno…


    Una simple mirada les bastó para poder sincronizarse perfectamente. Leia sabía lo que hacía cuando mandó a los dos pilotos a esa misión. La puerta se abrió lentamente. El sonido de los servomotores levantando el gigantesco panel de metal era casi mudo, pero ahí estaba, afectado levemente por el paso del tiempo; Master pudo fijarse que algo de polvo caía de las esquinas de la puerta. Algo estaba claro: nadie había entrado allí desde hacía mucho tiempo. Sin apartar la vista del fondo, le lanzó una luz de campo a su amigo, que la cogió al vuelo, y se adentraron juntos a explorar aquella primera antesala.
    Ambos miraban a su alrededor y comentaban cosas entre ellos, pero sin encontrar nada aparentemente relevante.


    —Veamos… —dijo Julian—. Si fueses el Emperador y hubieras construido una estancia secreta en los sótanos del República 500, ¿qué harías llegado a este punto?
    Master miró a su amigo unos segundos y puso esa cara, la expresión que ponía cuando escuchar a su amigo le daba una idea. Julian lo sabía, por supuesto, y por eso lo hacía.
    —Crearía una segunda sala justo detrás. Por si alguien alguna vez me hubiera visto aterrizar y supiera dónde está la entrada. —Miró en dirección a la puerta, dio algunos pasos y se situó en el centro exacto de la habitación circular—. Vale, creo que es justo aquí.
    Julian entendió a dónde quería llegar Master. Cerró tras de sí la puerta por la que habían entrado, y en ese momento, la sala entera se iluminó y una pequeña plataforma se elevó unos centímetros bajo los pies de Master, mientras una silla aparecía al final de la sala.
    —Un Maestro y un aprendiz —dijo Julian a Master—. ¿Te sientas tú en la silla o me siento yo?
    Una muy buena pregunta. Master lo meditó unos momentos.
    —Ve tú —le respondió—. No quiero arriesgarme a activar alguna trampa si me muevo de la plataforma.


    Julián asintió y se sentó en la silla de control. Master se arrodilló, como habría hecho cualquier aprendiz Sith ante su maestro. El efecto fue inmediato. Tras ellos se abrió una enorme sala circular, perfectamente iluminada, con paneles de control distribuidos en las cuatro esquinas y estanterías con muchos archivos de información a modo de gran biblioteca. Cuando la puerta se hubo terminado de abrir, ambos exploraron juntos la cámara.


    —Esto te va a encantar —dijo Master accediendo a uno de los paneles de control—. Es una biblioteca histórica… está todo aquí. La formación del Imperio, la caída de la República, los planes secretos con los separatistas… ¡fíjate! —dijo activando una holotransmisión—. ¡Esto es increíble, es el mensaje que le mandó el virrey Gunray, el que localizaron los Jedi y que estaba oculto en la silla!
    —¿Como es eso posible? —respondió Julian examinando la pantalla—. Esta información… no es sólo de la vida de Palpatine… hay de mucho antes. Ha estudiado la historia de la galaxia completa: la Antigua República, los Jedi y los Sith… absolutamente todo.
    —En nuestras naves no va a entrar ni una centésima parte de lo que hay sólo en este terminal… y no hemos mirado los otros.


    Su amigo ya estaba en ello. Se acercó al siguiente, que era mucho mas simple al disponer sólo de un panel táctil. Al poner la mano, se abrió ante él un mapa de la galaxia. Podía seleccionar mundos enteros, y de cada uno de ellos, la información completa estaba ahí: su flora y fauna, vegetación y población, desarrollo cultural y tecnológico… Era un panel de cartografía estelar de todo el universo conocido.


    —Señor Master, sólo con el primero ya ha valido la pena el viaje, pero ¿lo dejamos aquí o quieres abrir otro? —Una sonrisa adornaba su rostro, aquel descubrimiento era uno de los mas importantes del momento: el archivo privado de Palpatine.
    —Faltaría más —respondió su amigo, emocionado y también sonriendo. Le hizo una reverencia—. ¿Me haces el honor?
    —Claro, veamos qué nos depara este tercer terminal.
    La sorpresa fue un grito de ambos cuando ante ellos se desplegó un listado completo de planos de naves, armas, armaduras, esquemas biológicos de soldados clon… y por supuesto, los primeros diseños del destructor estelar Ejecutor y la Estrella de la Muerte en el idioma de los geonosianos.
    —No puedo creerlo, es un archivo técnico —dijo Master—. Tengo acceso a los planos y diseños de hasta el tipo de munición de las armas más comunes de los soldados de asalto.
    Julian no escuchaba, había activado el quinto panel, pensando que sería un holodiario o quizá una guía de orden de los cuatros primeros. Qué gran error…
    —Master…


    Su amigo levantó la cabeza. Una enorme columna bajaba del techo de la estancia, perfectamente cilíndrica, que contenía un artefacto con dos gafas y dos paneles de lecturas para conectarlos a cada uno de los dispositivos almacenados en el interior de aquella columna: holocrones.


    —Una sala de holocrones —añadieron al unísono.
    No solo había holocrones Jedi cúbicos, de los que se creía se habían perdido para siempre en el universo. Holocrones piramidales rojos también adornaban la columna, y algunos de origen y colores tan extraños que no podían identificarlos.
    Miraron a su alrededor, maravillándose ante todo aquello.
    —Tardaremos años en procesar toda esta información —dijo Master—. Tenemos que informar a Leia, la República debe saberlo.
    Julián estableció un enlace con las naves.
    —Tengo una idea mejor, emitámoslo todo en frecuencia abierta. La galaxia debe saberlo.
    —Bueno —dijo Master acomodándose en un silla—. ¿Y por donde empezamos?


    Julian miró al panel encendido del archivo técnico, que seguía mostrando la Estrella de la Muerte. Miró a su amigo y ambos asintieron.

  • Star Wars El pirata y el peregrino

    Star Wars El pirata y el peregrino

    Relato corto Fanfic de Star Wars obra de Esteban Ojeda Miranda

    En Cluzan, un pequeño mundo del Borde Exterior, lo único que veía el capitán Faragar eran ojos aterrorizados. Faragar veía en esos ojos un miedo a perderlo todo: hogares, seres queridos, vidas. Y era un miedo justificado porque esos pueblerinos habían escuchado el nombre de Faragar, conocido en toda la galaxia por ser el capitán de la mayor flota pirata del momento. Tenía tanto poder que ni siquiera la Nueva República se atrevía a detenerle. ¿Para qué iban a arriesgar lo que quedaba de su maltrecha flota mientras Faragar sólo atacase desprotegidos mundos del Borde Exterior que no les concernían? Era el coto de caza perfecto.


    Los piratas de Faragar tenían Cluzan bajo control. Habían reunido a la población de la única ciudad importante, si es que se le podía llamar ciudad, en la plaza mayor, donde los retenían arrodillados a punta de bláster. Los piratas habían saqueados las casas y robado dinero, alimento y bebida, pero Faragar no había acudido a aquel mundo por un simple pillaje. Sabía por una fuente digna de su confianza que el antiguo templo Jedi que coronaba aquella pequeña ciudad escondía una reliquia de enorme valor. Sin embargo, los piratas habían revisado cada centímetro del templo y no habían encontrado nada. O bien la fuente de Faragar mentía, lo cual sería muy decepcionante, o la reliquia estaba mejor escondida de lo que esperaba. Faragar se consideraba un optimista, así que prefería optar por la segunda opción, al menos de momento. Alzó la voz con un tono teatral y se dirigió a los asustados rehenes de la plaza.


    —¡No tenéis qué temer! No os hemos hecho daño ni os hemos puesto la mano encima, así que podéis confiar en nuestra buena fe. Es cierto que la ciudad ha sufrido algún que otro pequeño desperfecto —reconoció mientras el humo de las casas en llamas se alzaba en varios puntos de Cluzan—, pero estas cosas pasan, es lo menos que se puede pedir en una situación de esta clase. Deberíais darnos las gracias. —Hizo una pausa, pero los prisioneros no daban muestra alguna de gratitud, así que decidió continuar—. ¡Os digo esto porque debo pediros un favor! Necesito que alguno de vosotros me diga dónde está la reliquia que escondéis en el templo y podremos irnos. Así de fácil. Pero si nadie coopera tendremos que quedarnos más tiempo y, en ese caso, puede que mis hombres se aburran y dejen de trataros tan bien como lo están haciendo ahora. Preferiría que optarais por cooperar pero no nos importa optar por la ruta más larga. ¿Verdad, amigos? —preguntó dirigiéndose a sus compañeros piratas, algunos de los cuales rieron intimidatoriamente.


    Ninguno de los locales hablaba y Faragar comenzó a impacientarse. Odiaba tener que actuar con crueldad pero no podía irse de allí con las manos vacías. Parecía que no tendría más remedio que mancharse las manos, pero de repente un hombre encapuchado con ropas oscuras se levantó y suplicó al pirata.


    —Por favor, no le hagáis nada a esta gente. No saben nada de la reliquia, pero yo puedo mostrarte dónde está—. La capucha no dejaba apreciar su rostro, sólo una tupida barba, aunque por su voz se podría intuir que tenía ya una cierta edad.
    —¿Y tú quién eres? ¿Y por qué sabes dónde está la reliquia? —preguntó Faragar con suspicacia.
    —Sólo soy un humilde peregrino. Llevo varios años estudiando los secretos de la antigua Orden Jedi a través de multitud de sistemas. Fue así como averigüé la existencia de la reliquia. Acababa de llegar a este mundo para visitarla cuando… aparecisteis —terminó de explicar con un suspiro.


    Faragar lo miró de arriba abajo mientras decidía si creer la historia del supuesto peregrino. Parecía demasiado oportuno que sólo él supiera dónde se encontraba la reliquia. Tras unos momentos tomó una decisión.


    —Está bien, traedlo —ordenó a dos de sus piratas—. Pero debes saber que si mientes, la ciudad entera lo pagará.
    —Y si te llevo ante la reliquia —dijo desafiante el encapuchado escoltado, ahora a centímetros de Faragar—, tú y tu banda os marcharéis y dejaréis a esta gente en paz.
    Faragar sonrió. El peregrino tenía agallas.
    —Por supuesto. Pongámonos en marcha.


    Faragar, el peregrino, y un pequeño grupo de piratas emprendieron el camino hacia el templo mientras el resto de la tripulación se quedaba vigilando a los habitantes de la ciudad. El peregrino giró un momento la cabeza y guiñó un ojo, un gesto que sólo alcanzó a ver un droide astromecánico que se asomaba escondido detrás de un muro. El droide silbó su propia versión de un suspiro por lo que creía que era otro plan estúpido de su amo.

    El templo, hecho de piedra, era el edificio más grande de aquella pequeña ciudad, lo cual no era mucho decir. Parecía poco probable que allí se pudiera esconder nada de valor.
    —¿Y bien, peregrino? ¿Puedes hacer el favor de iluminarnos e indicar dónde está la reliquia? —preguntó el capitán pirata.
    Estaban en la sala principal, la más amplia del templo. Estaba adornada con estatuas de guerreros Jedi y las paredes de piedra estaban recubiertas de varios símbolos y líneas estilizadas. Los símbolos representaban animales, estrellas, planetas y conceptos más abstractos y difíciles de descifrar.


    El peregrino se acercó a la pared y comenzó a acariciarla suavemente con su mano desnuda. Fue tocando varios símbolos con los ojos cerrados y comenzó a presionar piedras, las cuales cedían como si fueran los botones de una consola. El encapuchado pulsó las figuras de un lobo, un búho, una estrella blanca y un árbol, y de repente, parte del suelo comenzó a moverse, revelando una escalera que se adentraba en el subsuelo.


    —¡Increíble! —exclamó entre risas Faragar—. ¡Muy buen trabajo, viejo! —le felicitó mientras iba dando saltos de alegría hacia la entrada con sus piratas siguiéndole.
    —No tan deprisa —les detuvo el peregrino—. Sólo bajaremos tú y yo.
    —¿Disculpa? —preguntó sorprendido Faragar—. Creo que no te he oído bien.
    —Las catacumbas son un enorme laberinto subterráneo, por lo que necesitarás un guía y yo soy el único aquí que entiende las escrituras Jedi. Además, el camino está hecho para que lo recorran solamente dos personas, un maestro Jedi y su aprendiz. Si entran más personas las catacumbas lo detectarán, se derrumbarán y matarán a todos los que estén allí abajo. Ah, y la reliquia se perdería para siempre.
    —¿Cómo sabes tú todo eso? —preguntó Faragar, desconfiado.
    —Lo dicen las inscripciones de la pared —se limitó a contestar el peregrino.
    —¿Me tomas por tonto? —le cuestionó con seriedad Faragar, a quien la alegría anterior ya le había abandonado por completo.
    —Sé que es difícil de creer, pero recordad que esto es un antiguo templo Jedi, y ya sabéis lo recelosos que eran con cualquiera que no fuera de su orden. Pero no tienes que preocuparte por ir solo conmigo, yo estaré desarmado y tú eres un legendario pirata, no corres peligro. ¿No tienes miedo, verdad? —preguntó el peregrino con falsa inocencia.
    Faragar observó con seriedad al encapuchado que comenzaba a agotar su paciencia.
    —¿Le habéis registrado? Volved a registrarle —ordenó a sus hombres.
    Una joven pirata chequeó al encapuchado y solamente encontró una pequeña bolsa.
    —Sólo contiene piezas de metal, cables y bisutería —le comentó a su capitán tras revisarla.
    —¡¿Bisutería?! —exclamó indignado el peregrino.
    —Y ni siquiera es de la buena —comentó entre risas la joven pirata—. Parecen más cristales que joyas.
    —Devuélveme eso —ordenó el encapuchado mientras recuperaba su bolsa—. Bisutería, lo que hay que oír… —murmuró entre dientes.
    —¿No eres demasiado mayor para llevar joyitas? —se burló la joven.
    —¿Y tú no eres demasiado pequeña para ser una pirata entrometida?
    —¿Y tú no eres demasiado mayor para seguir vivo?
    —Vaya, eso ha dolido —respondió herido el encapuchado—. ¡Si ni siquiera tengo canas! —se defendió señalándose su barba.
    —Déjale en paz —ordenó con una sonrisa Faragar a su joven subordinada. El capitán había recuperado algo de su buen humor con las chanzas—. Está bien, peregrino, bajaremos los dos solos a las catacumbas.
    —Sólo iré contigo si ordenas a tus hombres que no le hagan nada a la gente de la ciudad mientras estamos abajo.
    —Está bien —concedió suspirando Faragar. Se dirigió entonces a sus piratas presentes—. Portaos bien mientras no estoy, prohibido hacer daño a nadie —les dijo como si fueran niños pequeños. Luego se giró hacia el peregrino—. ¿Contento?
    —Sí, me vale —contestó con una mueca.
    Ambos se adentraron en las catacumbas mientras el resto de piratas presentes aguardaban en el templo.

    Los túneles subterráneos estaban hechos de piedra, como todo en el templo, y se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Los siempre presentes símbolos Jedi que recubrían las paredes estaban impregnados de alguna sustancia luminiscente azul que iluminaba la ruta.


    La extraña pareja caminó durante un buen rato hasta que se encontraron con que el camino se bifurcaba en dos direcciones. Delante de la bifurcación había un cartel con símbolos Jedi.
    —¿Qué dice? —preguntó el pirata.
    —Son instrucciones. Las catacumbas fueron diseñadas como pruebas para los aprendices Jedi, quienes eran supervisados por sus maestros a lo largo del camino. La inscripción dice que en este lugar el aprendiz debe decidir qué dirección tomar y que en la Fuerza encontrará la respuesta —explicó el peregrino—. ¿Y bien?
    —¿Y bien qué?
    —Tú eres el capitán. Dime qué dirección seguimos.
    —¿No se supone que eres tú el guía? —replicó indignado Faragar.
    —Yo traduzco, pero no soy adivino y no quiero que me eches la culpa si nos perdemos —se limitó a contestar el peregrino.
    —Alucinante —suspiró Faragar. Luego contempló ambos caminos—. El de la izquierda.
    —Interesante… —murmuró el peregrino.
    —¿Cómo dices?
    —Nada —contestó el encapuchado. Faragar lo miraba de reojo, no sabía si debía dudar de la cordura de su acompañante.
    La pareja emprendió la marcha por el largo túnel. Durante el trayecto se encontraron con varias habitaciones amplias que no contenían nada de interés salvo las inscripciones Jedi de las paredes.
    —¿Para qué servían estas salas? —preguntó con curiosidad Faragar.
    —Para realizar pruebas. En ellas maestros Jedi esperaban al aprendiz que realizaba el camino para plantearle desafíos.
    —¿Luchas de espaditas? —preguntó divertido el pirata.
    —Más bien desafíos para la mente y el espíritu. Pero aquí ya no quedan Jedi, así que las catacumbas ya no tienen pruebas… y la ciudad ya no tiene defensores —comentó con cierta amargura.
    —Quizás de no haber tenido nunca defensores los locales habrían aprendido a defenderse ellos solos.
    —Sí, seguro que es culpa de los Jedi que los habitantes de la ciudad estén aterrorizados ahora mismo —dijo con sarcasmo el encapuchado. Faragar, molesto, no dijo nada.


    Continuaron en silencio su marcha por el interminable camino subterráneo. El capitán acababa de comunicarse por radio con sus hombres para asegurarles que estaba bien y que seguía en busca de la reliquia cuando llegaron a otra de las salas. En esta ocasión, el peregrino se detuvo.
    —¿Qué ocurre? —preguntó Faragar. Por más que se esforzaba no veía que hubiese nada diferente a las anteriores habitaciones.
    —Creo que no estamos solos… —contestó el peregrino mientras parecía concentrarse.
    —Pues yo no veo na…
    Faragar calló al ver como surgían del suelo tres criaturas cubiertas de escamas en forma de placas. Medirían un metro de alto aproximadamente, pero contaban con enormes y afiladas garras y un hocico que dejaba entrever unos temibles colmillos.
    —¡¿Qué son esas cosas?! —preguntó asustado el pirata.
    —Creo que son la fauna local.
    —No parecen muy contentos.
    —A nadie le gusta ver invasores irrumpiendo en su hogar —comentó el peregrino. La observación le ganó una mirada de reproche por parte de Faragar que prefirió ignorar, centrándose en su lugar en las criaturas—. No queremos haceros daño, sólo estamos de paso —les dijo mientras levantaba sus brazos lentamente.


    Las criaturas ignoraron el mensaje de paz y se lanzaron al ataque. Se enrollaron sobre sí mismos como si fueran ruedas, con las escamas protectoras hacia fuera, y rodaron velozmente hacia el par de intrusos, quienes tuvieron que saltar para esquivarlos por escasos centímetros. Los animales podían ser relativamente pequeños, pero con su masa y a la gran velocidad a la que rodaban podrían dejarlos aturdidos si los alcanzaban, o algo peor.


    —¡No me puedo creer que esos enanos nos estén atacando! —exclamó incrédulo Faragar mientras desenfundaba su bláster.
    —¡No les hagas daño! ¡Puedo calmarlos! —le gritó el peregrino.
    El pirata dudó en si disparar o no. El peregrino aprovechó ese momento para levantar los brazos hacia los animales, que se disponían a embestirles otra vez. De repente, las tres criaturas dejaron de rodar y se desenrollaron. Estaban mucho más calmadas, sin intención aparente de agredir. Faragar no entendía cómo el peregrino lo había hecho, pero lo había conseguido. Sin embargo, ninguno de los dos se percató de que detrás de ellos había surgido del suelo una cuarta criatura, la cual se enrolló y embistió con fuerza la pierna del pirata, rompiéndosela. Faragar gritó de dolor mientras caía al suelo. Tirado, alzó la mirada y vio como la misma criatura volvía rodando con la intención de embestirle en la cabeza. Faragar cerró los ojos y esperó su final…


    Un final que no parecía llegar nunca. Faragar volvió a abrir los ojos lentamente y no pudo creer lo que estaba viendo. La criatura no sólo se había detenido sino que se encontraba flotando inmóvil en el aire. Entonces, el encapuchado hizo un gesto y el animal voló hacia sus congéneres.


    —Marchaos —ordenó el peregrino mientras dibujaba un arco con la mano y todas las criaturas obedecieron, se enterraron en la tierra y desaparecieron.
    El encapuchado se acercó a Faragar, adolorido y perplejo, para examinar su pierna. Posó su mano sobre ella y cerró los ojos, concentrándose. Faragar sintió como el dolor desaparecía paulatinamente hasta cesar casi por completo. El pirata se sentó y se tocó la pierna y, para su sorpresa, ya no estaba rota.
    —¿Cómo… cómo es posible? —fue lo primero que consiguió decir, aún atónito por todo lo que había presenciado en escasos minutos.
    —La pierna aún está frágil, será mejor que no apoyes peso sobre ella durante un tiempo si no quieres que se vuelva a romper —comentó el encapuchado, ignorando la pregunta.
    —¿Eres… mago? —volvió a preguntar el pirata con temor. El peregrino le miró con una sonrisa paternal.
    —Lo que has visto ha sido algo mucho más grande que la magia. No, fue cosa de la Fuerza —dijo el encapuchado apasionadamente.
    —¿La Fuerza? —repitió asombrado Faragar—. Entonces… tú eres… tienes que ser… —comenzó a balbucear mientras el peregrino retiraba su capucha, dejando a la vista un rostro viejo, pero con expresión juvenil y unos ojos sabios y llenos de vida—. ¡Eres el Jedi! ¡El Maestro Skywalker! —exclamó Faragar lleno de asombro.
    —Puedes llamarme Luke —se limitó a contestar—. Ahora ven, te ayudaré a caminar.
    Luke dejó que Faragar se apoyara en su hombro para que pudiera caminar sin apoyar la pierna que hace unos momentos estaba rota. Ambos continuaron así su camino por las catacumbas.
    —¿Qué haces aquí, Luke? —preguntó Faragar.
    —Ya te lo dije, he venido en busca de la reliquia.
    —Pues no lo entiendo.
    —¿Qué no entiendes?
    —¿Por qué me ayudas? Podrías haberme dejado allí tirado, coger la reliquia y acabar después con mi tripulación. Estoy seguro de que eres capaz de hacer eso. ¿Por qué me estás ayudando a llegar hasta la reliquia entonces?
    —¿Por qué crees que lo hago? —le contestó Luke con otra pregunta. Faragar se tomó un momento para reflexionar.
    —Porque temes que los ciudadanos salgan heridos.
    —Ese es un motivo, pero no, no es por eso. Ahora espera, creo que estamos cerca.

    Luke continuó cargando con Faragar hasta que llegaron a una gran sala, mucho mayor que las anteriores. Ante ellos se alzaba un gran cubo de piedra, tan alto como un Wookiee, con inscripciones en su superficie y un agujero estrecho en su centro.
    —Hemos llegado —anunció Luke mientras dejaba a Faragar en el suelo con suavidad. Luego, se acercó al cubo para inspeccionarlo.
    —¿Y la reliquia?
    —Está dentro del cubo —respondió el Jedi mientras examinaba las inscripciones—. Dice que para abrirlo el aprendiz debe construir un sable láser, la prueba final antes de convertirse en un caballero.
    —Pues a mí no me mires, bastante tengo con lo mío.
    Luke sonrió y se sentó frente al pirata. Sacó la pequeña bolsa que colgaba de su cinturón y las piezas de metal de su interior salieron flotando lentamente. Las piezas fueron posicionando en el aire, una detrás de otra, dejando intuir la forma de un sable láser.
    —Tendría que haberlo supuesto —comentó maravillado Faragar por el espectáculo.
    —Como ahora tenemos un rato, podemos hablar —dijo Luke mientras a su lado las piezas seguían desplazándose. El Jedi no aparentaba realizar ninguna clase de esfuerzo a pesar de la gran precisión con la que estaba manipulando los fragmentos—. Dime, ¿por qué te hiciste pirata?
    —Por la libertad —respondió con seguridad Faragar—. Para poder hacer lo que quiera sin tener que responder ante nadie.
    —Entiendo —Luke se quedó mirándolo un rato y luego retomó la palabra—. No he podido obviar que, a pesar de las amenazas, el fuego y el miedo que tú y los tuyos habéis instaurado aquí, ninguna persona ha resultado herida.
    —No ha sido necesario llegar a eso —se limitó a contestar Faragar.
    —Y cuando ordenaste que revelaran la ubicación de la reliquia, pude percibir tu ansiedad. Deseabas que alguien colaborara para no tener que hacerles daño.
    —No me gusta esforzarme más de lo necesario —dijo el pirata mirando hacia otro lado.
    —Dices que te hiciste pirata para ser libre y hacer lo que quieras, pero tengo la sensación de que no es así —sentenció Luke con una sonrisa.
    —Ser capitán no es fácil —le contestó molesto Faragar—. Mi tripulación me respeta, pero también espera que consiga fortunas y tesoros, algo que no se logra siendo buena persona. Mis piratas son mi responsabilidad y debo hacer lo que haga falta para estar a la altura de lo que esperan de mí. Pero qué sabrás tú, no eres más que un Jedi solitario.
    —La libertad por la que tanto has luchado te ha encadenado, Faragar. Y lo sabes. Por eso he sentido el conflicto que hay en tu interior apenas apareciste en la órbita de este planeta.
    —¡No tengo ningún conflicto! —replicó enfadado el pirata.
    —¡Claro que sí! —dijo riendo el Jedi—. Por mucho que te guste la vida pirata odias pagar el precio que conlleva. Y aunque lo niegues siento la Luz en tu interior. Y si no me crees fíjate en la prueba de los caminos. En la bifurcación que nos encontramos al principio de las catacumbas, una de las rutas apestaba a energía oscura mientras que la otra estaba imbuida de equilibrio, ¡y supiste escoger el camino correcto!
    —¡Sólo fue suerte! ¡Ni siquiera puedo sentir la Fuerza!
    —No, no fue suerte —le dijo con seguridad Luke—. La Fuerza está en todos los seres vivos de la galaxia e incluso aquellos que no son sensibles a ella son capaces de percibirla de forma inconsciente. Tú elegiste seguir el camino luminoso. —El Jedi hizo una pausa mientras miraba fijamente a Faragar a los ojos—. ¿Quieres libertad? Yo te la doy para que hagas una elección. Puedes seguir viviendo la vida que llevas, engañándote y llevando dentro toda esa culpabilidad, o puedes cambiar y ser lo que de verdad quieres ser, ser mejor persona.
    —¿Por qué insistes tanto? —preguntó el pirata en voz baja.
    —Porque la lucha entre la Luz y la Oscuridad se produce constantemente en toda la galaxia, en cada uno de nosotros. Incluso el más pequeño gesto de compasión es una victoria para la Luz. Un Jedi no puede defenderla él solo, ¿pero si se une toda la galaxia? Eso ya es otra historia. Tú podrías ser uno de esos defensores.
    —Es demasiado tarde para mí. No sabes las cosas que he hecho.
    —Sé que has hecho cosas terribles —Luke miró fijamente a los ojos de Faragar—. Y te perdono. No dejes que la culpabilidad te arrastre eternamente por ese camino, que sirva para impulsarte a cambiar.
    La rabia había abandonado el rostro de Faragar y había sido reemplazada por una expresión de estupefacción. Durante toda su vida le habían dicho que no sería nada en su vida, que no podía aspirar a ser alguien en la galaxia, nadie había creído en él. Ni sus padres, ni sus compañeros de juventud, nadie. Y ahora el mismísimo Jedi, el héroe de la galaxia, decía…
    —¿De verdad crees que puedo cambiar? ¿Ser mejor de lo que soy ahora? —preguntó Faragar con un brillo en los ojos.
    —No lo creo, sé que puedes serlo. Solamente espero que te atrevas a dar el paso —le respondió Luke con una mirada sincera—. ¡Oh, el sable casi está listo! Sólo falta la bisutería.
    El cristal de Kyber se colocó en el centro de la estructura que formaban las piezas, que terminaron de encajar, y el sable láser se encendió, revelando una hoja brillante de color verde. El Jedi cogió su arma y ayudó al pirata a levantarse. Después cargó con él para que ambos pudieran llegar hasta el cubo.
    Faragar, aún reflexionando sobre las palabras de Luke, vio como el Jedi introducía la hoja del sable a través del agujero del cubo. Mantuvo el sable encendido en el interior mientras se escuchaba el ruido de algo derritiéndose por el calor del arma. Tras unos momentos, un mecanismo se activó y las piedras del cubo comenzaron a apartarse, revelando un pedestal que se ocultaba en el interior. Sobre éste, descansaba un libro antiguo.
    —¿La reliquia es un libro? —preguntó Faragar con una mezcla de asombro y decepción.
    —La reliquia es conocimiento. Pero aun así vale una fortuna, por si te lo estás preguntando.
    —¿Por qué…? —comenzó a decir el pirata intentando poner cara inocente pero el Jedi le interrumpió.
    —Voy a darte la libertad de elegir el destino del libro. Tú decides quién de nosotros se lo lleva —dijo con seriedad Luke. Faragar lo miró con asombro y, tras unos segundos, una sonrisa apareció en su rostro.
    —Quédatelo tú, Luke. Creo que será más útil en tus manos.
    —Gracias —respondió el Jedi mientras guardaba el libro entre sus ropas—. Me alegro de tu elección. —Faragar creyó ver una pizca de orgullo en la expresión del maestro Jedi.


    Ambos emprendieron juntos el camino de vuelta a la superficie. El pirata pensaba en la explicación que tendría que dar a los suyos cuando diese la orden de partir del planeta sin reliquia alguna. Volvió a mirar al Jedi. Aún le parecía un milagro que estuviese allí con él.
    —¿Qué harás ahora, Luke? —preguntó Faragar con curiosidad.
    —Llevo tiempo sintiendo que pronto surgirá un gran foco de Luz en la galaxia. Seguiré trabajando para que esa nueva Luz tenga, cuando llegue el momento, las herramientas suficientes para continuar el camino que llevo tantos años siguiendo —dijo mientras miraba el viejo libro Jedi que había conseguido—. Espero con ansias ese momento.


    Desde la linde de un bosque de Cretar, un mundo situado en los límites de la galaxia, Faragar vigilaba con sus macrobinoculares un convoy de la Primera Orden que se acercaba lentamente a la trampa. El antiguo capitán estaba acompañado por tres de sus hombres de confianza y por la milicia local de Cretar. Sus tres amigos habían sido los únicos piratas que decidieron seguirle cuando Faragar cambió drásticamente de dirección tras el encuentro con el Jedi, ya años atrás. El resto de piratas no aceptaron su nuevo rumbo, se amotinaron y casi acabaron con él, pero fue una decisión de la que Faragar no se arrepentía. Desde entonces, él y sus tres amigos habían ayudado a innumerables personas en los mundos más inhóspitos de la galaxia, allí donde nadie más se molestaba en acudir. Por eso estaban ahora en Cretar, donde la milicia local estaba compuesta por granjeros y agricultores, gente que nunca había luchado y que tenía miedo de la Primera Orden. Quedaba poco para que el convoy alcanzara la posición deseada, así que Faragar aprovechó para animar a los cretarianos.


    —Sé que tenéis miedo. Teméis por vuestro mundo, vuestros hogares, vuestros seres queridos. He sido testigo de ese miedo en muchas ocasiones. Sí, tenéis mucho que perder. Puede que eso parezca una debilidad, pero os aseguro que no, es lo que os hace fuertes. Esos hombres de allí, esos invasores —dijo señalando al convoy—, no luchan por nada, están vacíos por dentro, sólo cumplen órdenes que ni siquiera entienden. Nosotros contamos con una fuerza extra, la que nos da todo aquello que nos importa y que ahora peligra, y por eso lucharemos hasta nuestro último aliento. ¡Seremos su pesadilla! Luke Skywalker se sacrificó para demostrarnos que la luz de la Rebelión sigue encendida. ¡Hoy nos rebelamos!


    Los milicianos gritaron de euforia. Las dudas se disiparon. Faragar presionó su detonador y las bombas ocultas explotaron bajo el convoy. Reinó la confusión entre las tropas de la Primera Orden y los milicianos, liderados por Faragar, se abalanzaron sobre ellos. Mientras luchaba, Faragar hizo una promesa silenciosa: “Luke, protegeremos la Luz”.

  • Star Wars La chispa de la esperanza

    Star Wars La chispa de la esperanza

    Relato Fanfic de Star Wars obra de Álvaro González

    El ruidoso día a día de Coruscant despertó a Kai´Trix de su inquieto sueño. Había tenido pesadillas de nuevo, pesadillas relacionadas con aquel fatídico día en el que un usuario del Lado Oscuro de la Fuerza entró en el templo, acompañado de sus antiguos aliados clones, y asesinó a sangre fría a sus compañeros Jedi.


    Se levantó de su pequeña cama y se miró en el espejo. Frente a él se veía el rostro de un humano joven de piel clara, con unos grandes ojos oscuros y un pelo corto y rubio. Se pasó el dedo por la pequeña cicatriz que le recorría la mejilla izquierda. Recordó el disparo de bláster que se la había ocasionado. Afortunadamente, había podido desviar el haz de luz de su cuerpo con la ayuda de su sable laser, pero no lo suficiente para evitarlo del todo. Podría haber ido a alguno de los famosos locales de estética de la ciudad, las reglas Jedi no decían nada en contra de ello, pero prefería conservarla y recordar siempre lo fácil que habría sido haber muerto en aquella situación.
    Se vistió con ropa simple, nada comparado con la estridente moda que se había adueñado de los habitantes de aquel poblado planeta. Cuando estaba a punto de salir a la calle, una mujer twi´lek entró en la pequeña vivienda.


    —Hola Trixie —saludo la mujer, quien llevaba dos frutos en las manos—. Traigo el desayuno.
    Entregó uno a Kai y ella misma comenzó a comerse uno.
    —¿Novedades? —preguntó el chico mientras se llevaba el fruto a la boca.
    —No, el plan sigue en marcha. En tres horas el Emperador dará un discurso en el Senado. Tú y yo nos ocuparemos de los guardias interiores, Bake nos esperará con el vehículo de escape y Krill hará el disparo.
    —Perfecto, Neluba. Llevo esperando este día tanto tiempo…
    Dolorosos recuerdos acudieron a su mente. Hacía dos años de la proclamación del Imperio Galáctico y la caída de la Orden Jedi. Dos años desde que los clones, los supuestos aliados de la antigua fuerza de la paz, les traicionaran y asesinaran. En aquel momento, Kai solo era un padawan, aunque si nada de aquello hubiese sucedido, tenía planeado haberse presentado a las pruebas una semana después. Recordó como aquel maldito día, su sentido de supervivencia se había adueñado de él, y se había ocultado en uno de los numerosos pasadizos del templo, abandonando a su suerte a sus compañeros. Debería sentirse culpable, debería odiarse a sí mismo, pero no lo hacía. Al fin y al cabo, como los maestros decían, el odio conduce al Lado Oscuro.


    Miró a su amiga, contemplando los lekkus azules que salían de su cabeza, los bonitos ojos verdes que miraban distraídos la fruta, la pequeña arruga que se había formado en el lado izquierdo de su boca como resultado de su continua mueca de media sonrisa. No aguantó más y la besó, amaba a aquella twi´lek. Ella le devolvió el beso, con ganas. Sus labios se separaron ligeramente, lo justo para que ella pudiese decir unas pocas palabras.


    —¿Tenemos tiempo?
    Como respuesta, Kai solo volvió a unir sus labios. Volvieron a la cama y se dejaron llevar. Las relaciones sentimentales estaban prohibidas por los Jedi, pero la Orden ya no existía, y por tanto, sus normas tampoco.
    Cuando volvieron a levantarse, se encontraban relajados. Y era algo que necesitaban. La tranquilidad les ayudaría a completar mejor su misión. Una de las cosas que

    Kai´Trix había aprendido de sus antiguos maestros era que bajo tensión se trabaja peor. Era de las pocas enseñanzas Jedi que tenían un mínimo de sentido para el muchacho.
    Se acercó a un armario y abrió un cajón. Allí estaba, su sable láser. Lo cogió con cuidado y apretó el botón que hacía que el haz de luz azul se proyectara en la parte superior. Hizo un par de florituras con el arma para entrar en calor. Hacía mucho tiempo que no lo usaba, pero se dio cuenta de que recordaba perfectamente cada movimiento que había aprendido. Cada posición, cada estoque, cada finta. Kai sonrió. Iba a ser un día divertido. Y por fin, iba a poder usar la Fuerza de nuevo.


    Desde la caída de la Orden no se había atrevido a usar su poder por miedo a que el misterioso lord Sith que cumplía la función de mano derecha del Emperador pudiera sentirlo y le encontrara. Pero aquello acabaría esa noche, ese iba a ser el día en el que el opresivo Imperio Galáctico cayera.


    Salieron de casa y cogieron el vehículo rojo que Neluba había robado unos meses atrás a un gánster que chantajeaba a los pobres habitantes de los niveles inferiores del planeta. Aunque si le preguntaban a ella, solo lo había cogido prestado… después de atravesar con un disparo de bláster a aquella escoria.
    Se dirigieron al punto de encuentro, una cantina donde nunca patrullaban los soldados imperiales. Al entrar se dirigieron a una sombría mesa situada en una esquina, lejos de ojos y oídos indiscretos. Allí se encontraban dos individuos: un duro y un humano.


    —Llegáis tarde —dijo el duro mientras les miraba con sus ojos rojos. Vestía con una armadura mandaloriana blanca y roja, desgastada por el tiempo. Una armadura seguramente robada, a un vivo o a un muerto, aunque probablemente fuera lo segundo.
    Era Komma Krill, un cazarrecompensas del Borde Exterior, famoso por su puntería.
    —¿Desde cuándo te importa el tiempo, Krill? —contestó Neluba con un tono burlesco mientras se sentaba al lado del humano.
    —Déjalos, seguro que se estaban demostrando su amor —dijo el humano.
    Era un corelliano de piel oscura y gran afición al juego, pero un gran piloto.
    —Das asco, Bake —le insultó la twi´lek—. Pero sí —continuó con una sonrisa.
    Kai´Trix se sentó junto al duro a la vez que cogía un vaso con una bebida alcohólica dentro y lo vaciaba en el suelo.
    —¿Qué diantres haces, niñato? —protestó Krill, con una voz amenazadora.
    —Nada de beber, necesitamos todos tus sentidos hoy —contestó Kai sin dejarse amedrentar por su compañero.
    —Llevo haciendo esto más tiempo del que tú llevas respirando. Si vuelves a hacer algo por el estilo, te juro que el siguiente después del Emperador serás tú. ¿Entendido? —dijo el cazarrecompensas mientras acariciaba ligeramente con la mano derecha el bláster que llevaba guardado en el cinturón.


    Kai´Trix asintió. No quería continuar la discusión, se necesitaban mutuamente y no les convenía tener rencillas entre ellos. Desafortunadamente, Neluba no pensaba así. Con un rápido movimiento, desenfundó su pistola bláster y orientó el cañón hacia la cabeza del duro.


    —Como vuelvas a amenazar a Trixie, tendrás un agujero en la cabeza más rápido de lo que tarda un rancor en destrozar a una rata de Tatooine.
    Krill la miró a los ojos, desafiante, mientras que bajo la mesa su mano liberaba lentamente su arma de su lugar, facilitándole el acceso para un disparo rápido.

    —Quietos muchachos, no hagáis nada de lo que podáis arrepentiros. Somos un equipo, ¿recordáis? —intervino Bake, poniendo sus manos delante de ellos, separándolos.
    Poco a poco, Neluba bajó su bláster, a la vez que Krill volvía a soltar su pistola.
    —Eso está mejor. Repetid el plan y así nos calmamos —siguió diciendo el piloto.
    —Vamos al Senado por la parte de atrás un poco después de que empiece el acto, cuando todos estén dentro. Nosotros tres nos abrimos paso hasta un lugar alto donde Krill tenga un buen punto de disparo para matar a Palpatine. Neluba y yo le cubrimos, mientras él dispara. Cuando el viejo tenga un agujero en la cabeza, nos largamos por el conducto de ventilación. Bake, tú te asegurarás de que no lleguen posibles refuerzos interponiéndote en su paso, pero evita tener que usar las armas. Después nos esperarás en el punto de encuentro, iremos al hangar, cogemos la nave y nos largamos al Borde Exterior —explicó Kai, conociendo el plan a la perfección—.

    ¿Alguna pregunta?
    Sus compañeros negaron con la cabeza. Kai les miró, no había rastro de duda en sus miradas, estaban dispuestos a hacer lo necesario para devolver la democracia a la galaxia.
    Se disponían a irse cuando el chico notó algo. Un individuo oculto tras una túnica negra se levantó de una mesa próxima, donde había estado sentado durante la conversación. Kai´Trix miró su asiento, no había ningún vaso en la mesa, no había consumido nada.
    —¡Tú, espera! —gritó Kai al desconocido, quien echó a correr al sentirse descubierto.
    El antiguo padawan se dispuso a correr tras él, pero Krill se le adelantó. Desenfundó su bláster y tras un rápido disparo, el individuo cayó al suelo, muerto.
    La gente se giró para ver la fuente del ruido, pero enseguida volvieron a sus asuntos, aquello no era raro en lugares como aquel.
    —¿Era un espía? —preguntó Bake.
    —¿Quién sabe? A lo mejor —contestó el duro, volviendo a guardar su arma.


    Kai le miró. No confiaba del todo en aquel cazarrecompensas, pero tenía que reconocer que era bueno en su trabajo. Le gustaba tenerle en su equipo, daba cierta seguridad. Volvió a pensar en su época en el Templo Jedi. Si alguien le hubiese dicho que iba a formar equipo con ese tipo de gente, primero se habría echado a reír y después habría buscado un droide médico para que le hiciera un análisis mental al que se lo hubiera dicho para comprobar si había ingerido alguna sustancia alucinógena. Pero allí estaba, a punto de liberar a la galaxia de la tiranía.


    Antes de salir de la cantina, Krill dio unos créditos al dueño “por las molestias”. Montaron en el vehículo y media hora después de que el evento empezara, el equipo llegó al Senado. Antes de bajar, se miraron.


    —Que la Fuerza os acompañe —dijo Kai´Trix, instintivamente. Hacía tiempo que no decía esas palabras.
    Krill solo asintió, bajando de un salto con su bláster de francotirador sujeto a la espalda y las dos pequeñas pistolas preparadas para desenfundar. Bake se rio y estuvo a punto de soltar algún comentario, pero Kai le lanzó una mirada para que no lo hiciera. Neluba solo marcó su típica media sonrisa y le besó, susurrándole al oído:
    —Que la Fuerza nos acompañe.
    Cuando todos se bajaron del vehículo, Bake se marchó a su posición. Los tres restantes entraron por la puerta de atrás, la puerta del servicio. Custodiándola, había dos soldados de asalto, con sus armaduras blancas y sus blasters E-11; a Kai le recordaba a los uniformes de los soldados clon junto a los que había combatido en la guerra.


    Sin inmutarse, Krill los mató de dos disparos. Entraron en el edificio cuidadosamente, y anduvieron por el pasillo repleto de columnas blancas, fijándose en cada recoveco, manteniéndose en guardia. Kai llevaba su sable de luz en la mano, apretando tanto el puño que se hacía daño.


    No tardaron en ver más soldados de asaltos haciendo guardia. Kai los contó rápidamente: eran seis. Se escondieron tras una columna. El chico activó su espada y cogió aire. Entonces asintió a sus compañeros y salió corriendo de su escondite, ampliando su velocidad con la ayuda de la Fuerza.


    Sintió un subidón increíble al usarla de nuevo. Llegó a los guardias antes de que les diera tiempo a reaccionar, atravesando al primero por el pecho y cortándole la cabeza a otro. Sus dos acompañantes salieron del escondite disparando, matando a otros tres en el acto. Kai acercó al último usando la Fuerza para atravesarle con su sable. Se sentía liberado ahora que podía aprovechar su sensibilidad a la Fuerza. Tanto tiempo conteniendo su poder por miedo a que Lord Vader supiera de su existencia había sido como un lastre para él, como si no hubiera podido usar uno de sus brazos durante los dos últimos años. Pero no lo volvería a ocultar jamás.
    Escondió los cuerpos tras las columnas usando la Fuerza antes de continuar su camino. Solo se encontraron un grupo más de enemigos antes de llegar al punto de acción, y acabaron cayendo tan fácilmente como el resto.


    Krill guardó sus pistolas y colocó su arma de francotirador. Kai oía la voz del Emperador a través del sistema de altavoces de las instalaciones, aunque no se detuvo a escuchar sus palabras, no le interesaban.
    Se asomó a la sala y allí le vio, de pie en una plataforma repulsora, con su larga túnica tapándole el cuerpo por completo. Junto a él estaban el Gran Visir chagriano, Mas Amedda, que sujetaba su vara ceremonial, y Lord Vader, con su armadura negra. La respiración de aquel Sith se oía bajo la voz de Palpatine. Tras ellos se encontraban dos guardias imperiales, vestidos de rojo.
    Los políticos representantes de los planetas que formaban la antigua República escuchaban con atención las palabras de su líder, ovacionándole cada vez que acababa algún párrafo del discurso que estaba recitando.


    —Nos vemos… —empezó a decir el cazarrecompensas mientras preparaba el disparo —… en la próxima vida… —apuntó a la cabeza de su objetivo—… hijo de… —Y disparó, pero no llegó a acabar su frase. En cambio exclamó—. Diablos, hay que salir de aquí. ¡YA!
    Kai volvió a asomarse a la sala y vio como Lord Vader, con la mano alzada, mantenía el haz de luz rojo del disparo bláster unos metros delante del Emperador con la única ayuda de la Fuerza.
    Un gran revuelo se armó entre los políticos, incapaces de comprender lo que sucedía. Entonces, Vader devolvió el disparó en la misma dirección por donde había llegado. Afortunadamente, Krill escondió la cabeza a tiempo para esquivarlo. Los tres compañeros volvieron sobre sus pasos, buscando la rendija de ventilación para escapar. Al encontrarla, se disponían a subir cuando varios soldados de asalto llegaron disparando. No tuvieron más remedio que retroceder y esconderse tras las columnas. Krill estaba detrás de una mientras que Neluba y Kai´Trix se resguardaban tras otra. Las ráfagas de disparos de los soldados no paraban. Krill y Neluba disparaban como podían, pero por suerte tenían buena puntería. Mientras, de fondo, el Emperador seguía con su discurso, como si nada hubiera sucedido, ignorando lo que ocurría en aquel mismo edificio.
    Entonces se dieron cuenta de que no podían seguir así mucho tiempo, así que Krill les miró, sonrió y salió de su refugio, disparando a diestro y siniestro, intentando dar una vía de escape a sus compañeros. Pero Kai no le iba a dejar hacer aquello, así que se colocó delante de él, desviando los disparos que le llegaban con su sable laser.


    Kai´Trix no sabía cómo, pero aquello estaba funcionando. El duro estaba disparando sus armas tras él, resguardado por Kai y su sable de luz. Entonces Neluba salió y se unió a ellos, colocándose junto a Krill, tras Kai.
    Estuvieron un tiempo así y parecía que estaban ganando. Los soldados de asalto caían mientras que ninguno de sus disparos conseguía traspasar la defensa de Kai, pero poco a poco, el antiguo padawan iba agotando todas sus fuerzas, no podría aguantar mucho más así. No paraban de llegar soldados de asalto, sustituyendo a los caídos.


    Kai ya no podía más e hizo una señal a sus compañeros para que volvieran tras las columnas.
    —Esto es el fin —gritó Krill por encima de los sonidos de los disparos.
    Los otros dos no contestaron, pero sabían que era cierto, iban a morir allí. De nuevo, volvieron a la situación del principio, disparando ocultos, mientras que los cuerpos blancos de los soldados se acumulaban en el suelo.
    —A la mierda, ha sido un buen intento —dijo Krill, mirándoles—. Un placer haberos conocido.
    Entonces se lanzó fuera de su refugio, disparando como un loco y matando a unos cuantos soldados antes de caer al suelo, muerto.
    —¡NO! —gritó Kai.
    Miró a su amiga y la contempló mientras disparaba.
    —Te amo —dijo mientras la besaba.
    —Te amo —contestó ella. Entonces se separaron—. Hagamos algo grande.
    Kai´Trix asintió, sonriendo. Salieron de su escondite, directos a la muerte, intentando llevarse tantos enemigos como fuera posible. Los disparos no tardaron en alcanzarles, tirándoles al suelo. Con su último aliento, se arrastraron por el suelo, acercándose el uno al otro hasta unir sus manos. Solo entonces, murieron.

    Una horas después, una figura imponente con armadura negra se dirigía hacia el lugar donde un hombre le esperaba. Respiraba ruidosamente.


    —S… Señor… —le saludó tartamudeando un humano de piel oscura, a la vez que bajaba de un vehículo rojo.
    —¿Es usted Nate Bake? —preguntó el Sith con una voz distorsionada, muy distinta a la voz que en su día había tenido Anakin Skywalker.
    —Sí, señor —respondió Bake mirando el suelo, incapaz de mirar directamente a los ojos de aquel ser.
    —Ha prestado un gran servicio al Imperio. El Emperador en persona le da las gracias por prevenirle. Le debe su vida —dijo Vader en un diálogo meramente protocolario —Aquí tiene su recompensa —dijo entregándole los créditos acordados por delatar a sus compañeros.
    —Gracias —respondió el corelliano, extendiendo la mano para recogerlos, pero entonces Vader retiró la suya.
    —Desafortunadamente, en el Imperio no queremos traidores —dijo a la vez que activaba su sable de luz y atravesaba con su filo carmesí el cuerpo de Bake.


    Tras esto, arrojó el cuerpo a la calle, dejándole caer en los niveles inferiores. Después volvió a su sitio, junto al Emperador.

  • Star Wars Plataforma 93

    Star Wars Plataforma 93

    Relato corto Fanfic de Star Wars creado por Adrià Boix Sas

    Hacía mucho tiempo que no visitaban un planeta con la intención de interactuar con sus habitantes. La última vez fue en Alderaan, para reparar los trenes de aterrizaje de la nave. Sus constantes aterrizajes en zonas abruptas dañaban muy a menudo las partes inferiores de su pequeño transporte explorador. En esta ocasión tenían varios paneles laterales de la nave dañados.

    La Rhino era un modelo Explorador Solitario-A de Sistemas de Flotas Sienar, muy parecido a la línea de cazas TIE, con su cabina esférica y sus paneles laterales, pero con una gran zona de carga y espacio para varios pasajeros. Suponían que en Tatooine no sería un problema aterrizar, conseguir las piezas y regresar a la vida nómada que los llevaba de planeta en planeta sin molestar ni ser molestados. Llevaban más de tres años con esta vida desde que desertaron de la academia de cadetes imperiales. Un día de maniobras fueron sorprendidos por una célula rebelde en un planeta teóricamente sin actividad hostil. Y lo que serían unas sencillas prácticas de tácticas en el campo de batalla se convirtieron en una rápida refriega que dejó seis cadetes, dos instructores y cinco rebeldes muertos. Naj y Lin se quedaron escondidos detrás del vehículo volcado que había dejado la primera explosión del ataque. No salieron de ese escondite hasta que dejaron de silbar las ráfagas de bláster y los hombres dejaron de gritar. Habían muerto todos. Se quedaron más de una hora sentados en silencio, oliendo la batalla, escuchando la radio que intentaba ponerse en contacto con sus superiores y reuniendo fuerzas para levantarse y tomar una decisión. Tenían claro que formar parte del Imperio no iba con ellos y que la rebelión no era su destino, ¿pero qué otra alternativa les quedaba? Hablaron durante un par de horas y decidieron huir, coger la nave rebelde y buscar otra manera de vivir por ellos mismos. En la academia se formaron como soldados. Aprendieron combate, supervivencia, razas y planetas conocidos de la galaxia y cómo orientarse por ella. Así que podían intentar valerse por ellos mismos y vivir al margen de esa guerra que lo mataba todo.

    —¡Naj, saldremos del hiperespacio en pocos minutos! —Lin no era tan buen piloto y prefería que su compañero atracase en el hangar sin llamar la atención.

    —¡Dame un momento! Comunícate con el puerto, consigue el número de plataforma y avísame de nuevo. Naj estaba rebuscando entre los cofres de material la cartuchera de su pistola bláster y ropa adecuada para el caluroso clima de ese planeta con dos soles. Cuando se apropiaron de la nave rebelde se quedaron con todo el material que había dentro y la llenaron con el material que traía su transporte imperial, así como todo lo que poseían los cuerpos de los fallecidos en el decisivo encuentro. Disponían de ropa, armamento y herramientas para apañárselas solos allí donde aterrizaran.

    —¡Naj, entramos en la atmósfera, nos asignaron la plataforma 93!

    —¡Voy! —Naj entró a la cabina esférica, colgó la pistolera en la butaca del piloto y cogió los mandos para entrar al puerto espacial de Mos Eisley. Una vez aterrizaron, abrieron la rampa de la nave y se miraron con cara seria. Estaban nerviosos. No tenían inconveniente en dormir en cualquier planeta remoto, pero cada vez les costaba más moverse en sociedad; y particularmente en sitios como Tatooine, donde se reunían los mejores ladrones, contrabandistas, prófugos y asesinos de cada especie.

    Nada más salir a la calle se cruzaron con un hombre apuesto, camisa clara y chaleco, con la cabeza bien alta y acompañado por un altísimo Wookiee que les gruñó a modo de saludo; luego, siguieron caminando tranquilamente como si anduvieran por su casa, como si estuvieran más que familiarizados moviéndose entre tanta calaña. Al contrario de ellos, Naj y Lin se desplazaban por las calles del puerto mirando al suelo, pero a la vez controlando a todos los transeúntes de las diferentes razas que se cruzaban. Les resultaba muy pesado esquivar a todos los que se acercaban a ofrecerles comida y servicios. No se sentían cómodos, nunca lo hacían en los planetas que visitaban donde había mucha población. Siempre pensaban en estar siendo buscados por el Imperio tras su deserción, y esta vez, la paranoia estaba alimentada por la abundante presencia de soldados imperiales. Parecía que buscaban a alguien y les fue difícil esquivar los puntos de control que había por toda la ciudad.

    Cerca de la cantina de Mos Eisley, encontraron lo que buscaban, un par de Jawas que ofrecían androides y piezas para naves. Mientras Lin negociaba con ellos un trato por las placas, Naj vigilaba sus espaldas y chequeaba una patrulla que paraba a los transeúntes.

    —Listo, Naj. Antes del mediodía nos traerán las piezas al hangar. —Lin parecía muy satisfecho con el trato acordado con los pequeños piratillas, tanto que quiso entrar a la cantina para relajarse un poco—.

    ¡No gastaremos ni un crédito! Pagaremos las piezas con un par de blasters! Así que venga, ¿un trago? —Tengo ganas de abandonar el planeta, Lin… Hay mucha presencia del Imperio y tengo un mal presentimiento. —En la cantina estaremos seguros. Hacemos tiempo, volvemos al hangar, nos dan las piezas y en nada estaremos viajando a algún planeta seguro, ¿sí? Entraron al local y por un momento se sintieron inspeccionados por todos los clientes repartidos por su cargado y poco iluminado interior. Con una barra, varias mesas y una banda tocando en directo, parecía un buen sitio para desconectar un rato. Mientras Naj se acomodaba en una mesa, Lin fue a por un par de bebidas.

    —No te lo vas a creer, en la barra escuché que hace un rato un viejo pirado le cortó el brazo a un cliente ¡con una espada láser!

    —Lo mismo he oído en la mesa de al lado. Están hablando de Jedi y de las antiguas Guerras Clon.

    —¿Jedi? ¡Eso son leyendas! ¡Hace años que el Imperio los exterminó!

    —Pues aquí alguien usó uno de esos sables hace un rato y no me gustaría que volviera con más ganas de… —Dos disparos de bláster dentro del local le dejaron mudo. Un Rodiano cayó fulminado encima de una mesa frente al hombre que habían visto en la calle acompañado por el Wookiee. El hombre le lanzó unos créditos al barman mientras se dirigía a la salida. A nadie parecía extrañarle lo ocurrido. Lin levantó su vaso buscando un brindis y le guiñó el ojo para que Naj se relajara y disfrutara de su bebida. Salieron de la taberna y se fueron directos al hangar. Naj solamente pensaba en abandonar el planeta y apresuraba a Lin, que paseaba un poco más relajado que él.

    Estaban llegando a la nave cuando, de repente, Naj se paró en seco y cogió a su compañero por el brazo, apartándolo a un lado de la calle. De la plataforma 94 salía un gigantesco e imponente Hutt, acompañado de un peculiar séquito de matones de varias razas; uno de ellos lucía una imponente y machacada armadura mandaloriana.

    —Empiezo a compartir las ganas de volver al espacio, Naj. Reparemos la Rhino y salgamos de este planeta lo antes posible. Durante el tiempo que esperaron, aprovecharon para sacar herramientas, desmontar paneles y prepararlo todo para instalar las piezas y salir lo antes posible. Había un kubaz que rondaba sospechosamente por la calle y a veces se cobijaba debajo de un portal. Aquel ser encapuchado con gafas y trompa come insectos les ponía algo nerviosos. Dejaron de pensar en él cuando llegaron los jawas. Aunque cerca de la cantina, Lin habló solo con un par de ellos, se presentaron cinco, todos con sus túnicas marrones y bandoleras con bolsillos de cuero. Dos de ellos entraron con carabinas láser colgadas del hombro, mientras que otros dos traían las piezas envueltas con una manta negra y colgada de una barra metálica apoyada en sus pequeños hombros. El quinto jawa, con doble pistolera en el cinturón, era uno de los que había negociado con Lin y parecía estar al mando de la negociación.

    Todo parecía ir bien hasta que un intruso abrió la puerta de una patada. Un weequay armado con un bláster de las tropas de asalto modificado en una mano y una pistola en la otra, entró apuntando a todos los asistentes clavándolos en sus sitios; menos al jawa de la doble cartuchera, el cual se acercó hablando y agitando los brazos como reprochándole su interrupción. El weequay le asestó un golpe con su bota que lo hizo levantar dos palmos del suelo y lo acomodó de golpe contra la pared, tirando por el suelo las piezas y herramientas que estaban allí a punto para ser reemplazadas.

    —Tirad todos las armas y poneos contra la pared, os prometo una ejecución rápida y sin discursos. Jabba está muy enfadado con las últimas piezas que nos suministrasteis; causaron la muerte a tres de sus hombres y la única forma de conseguir su perdón es ofreciéndole vuestras pequeñas cabezas. Los pequeños jawas descargaron las piezas que transportaban en el suelo y otros dos tiraron sus armas mientras Naj y Lin levantaron las manos y bajaron la cabeza. Entonces empezaron a sonar ráfagas de bláster, las paredes temblaron y se escucharon explosiones de disparos chocando contra metal. Naj y Lin se cubrieron la cabeza con los brazos y se agacharon como si la refriega fuera en su misma sala. Sus corazones latían acelerados y temblaban de miedo recordando aquel ataque rebelde, esa batalla que marcó su futuro para siempre. Tardaron unos segundos en darse cuenta de que las explosiones eran en el hangar contiguo. Lin levantó un poco la cabeza para mirar a Naj y se quedó fascinado con la cara de su compañero. Estaba con la boca y los ojos abiertos, pálido e inmóvil, viendo el tremendo espectáculo sangriento que estaban dando los pequeños jawas. Aprovechando el tiroteo de al lado, los cuatro jawas habían saltado sobre su enemigo y lo habían obligado a tirar sus armas; uno lo tenía cogido por las piernas haciendo un candado con su cuerpo; otros dos tenían sujetos sus brazos, clavándole los dientes y provocando escandalosos chorros de sangre; el cuarto jawa había sacado una pequeña daga y lo estaba acuchillando sin parar en el torso; el quinto, el que había sido pateado, cogió una de las herramientas y, aprovechando que el weequay estaba reducido, empezó a golpearle la cabeza hasta dejarlo irreconocible.

    De repente todo empezó a temblar, un ensordecedor ruido a motores forzados hizo temblar las paredes una vez más. De la plataforma contigua, despegaba fugazmente una nave de carga ligera, acompañada de alguna ráfaga de bláster que se perdía en el cielo. Al bajar la vista otra vez, vieron que los jawas habían terminado con su oponente. Tres de ellos estaban guardando el cadáver en la manta en la que habían traído las piezas; otro limpiaba las manchas de sangre y el quinto, se encontraba frente a ellos, con sus piezas y estirando la mano, esperando su paga. Lin entró apresurado en la nave y regresó con un saco con las dos armas dentro para el intercambio acordado con los jawas. Estos cogieron las armas, el cadáver envuelto con la manta y se marcharon murmurando en su idioma, con esas vocecillas y ruidos que infantilizan tanto su apariencia. Naj y Lin se quedaron poco más de una hora sentados en la rampa de la nave, en silencio, oliendo a metal fundido, combustible quemado y escuchando las patrullas de soldados imperiales corriendo por los corredores cercanos, comunicándose por radio para reagruparse y perseguir a los fugitivos. Ese tiempo les sirvió para valorar aquella decisión que habían tomado hace tres años: el Imperio no era para ellos, la rebelión no era su destino y no servían para esta galaxia corrupta. Repararon la nave y salieron de Tatooine ese mismo día. Buscaron un planeta cercano, deshabitado, y esa misma noche cenaron carne asada que Lin había cazado. Tenían claro que así pasarían el resto de sus vidas: con la Rhino, explorando el espacio y alejándose de la guerra.

  • El Podcast de La Biblioteca del Templo Jedi 4×03

    El Podcast de La Biblioteca del Templo Jedi 4×03

    Volvemos con renovadas fuerzas un mes más para traeros como siempre vuestra ración de literatura Star Wars. También esperamos poder acompañaros aunque sea un rato en estos tiempos tan oscuros… pero como dirían, después de la noche, siempre llega el día.

    En el programa de hoy analizaremos una novela de Leyendas poco conocida, Star Wars Punto de Ruptura, donde veremos al Maestro Mace Windu como nunca lo habíamos hecho; y todos los cómics Canon de Star Wars La Era de la República, recopilados en España de manos de la editorial Planeta Cómic en dos tomos (Héroes y Villanos).

    Novedades galácticas, recomendaciones, humor y un equipo de lujo y una sorpresa final post creditos completan el programa.

    ¡Que la lectura os acompañe!

  • El Podcast de La Biblioteca del Templo Jedi 4×02

    El Podcast de La Biblioteca del Templo Jedi 4×02

    El Podcast de La Biblioteca Jedi 4×02

    Nuevo episodio que os traemos calentito para que paséis estos curiosos días que nos están tocando vivir en la galaxia…

    Como siempre os traemos las novedades editoriales del mes, nuestras recomendaciones Starwaseras, damos nuestra opinión sobre el estreno de la última temporada de la serie de animación The Clone Wars que acaba de comenzar y charlamos sobre el recientemente anunciado Proyecto Luminous que estará situado en La Alta República, y de los libros y cómics que ya conocemos que van a salir.

    Por si esto fuera poco, como es habitual, analizamos dos obras, el cómic de Leyendas «Jedi: El lado oscuro», y la novela canon de Claudia Gray «Maestro y Aprendiz».

    Que la lectura os acompañe.