Star Wars Asedio Tusken

Relato corto Fanfic de Star Wars obra de Pep Valls

Ese anochecer no fue como cualquier otro día. Los dos grandes dioses se marcharon por detrás de las montañas rojas con más brillo de lo normal. El viento estaba parado y callado y no levantaba el polvo de las dunas. Todo estaba expectante. El mismo desierto sabía que aquella noche, alrededor de las dos hogueras, los ancianos y los guerreros del clan tomarían una gran decisión.
Cuando la noche ya reinaba, y los aullidos de los lobos anoobas indicaban que la oscuridad había llegado ya a su máximo exponente, empezó la reunión. Los niños y las mujeres dormían, algunos solo lo intentaban nerviosos por la excepcionalidad del momento.
—Los dos grandes dioses no se han pronunciado —dijo para empezar la reunión el líder, Yurruok—. Y los dioses del desierto parece que tampoco. ¿Has leído algo en las estrellas, sabio Groutak?
El anciano chamán de la tribu, ataviado con una túnica gris que le cubría el cuerpo y una máscara decorada con plumas de woodoo, respondió:
—No he leído nada en las estrellas, pero he tenido una revelación de Madre. —El resto de asistentes aspiraron el aire caliente de la hoguera a modo de sorpresa e interés—. Ayer vi un mensaje al leer las tripas putrefactas de una rata womp asesinada por las alimañas de la noche. Madre mandó a esos seres para que nos dieran un mensaje: ¡Hay que atacar primero! —Cinco de los guerreros presentes alzaron sus brazos y empezaron a gritar consignas de guerra, satisfechos por lo revelado por el sabio.
El gran líder quiso asegurarse de las conclusiones del mensaje trasmitido por el viejo:
—¿Estáis seguro que esa es la voluntad de Madre?
—Muy seguro.
—Entonces atacaremos al alba. No lo demoraremos más. El clan Arena Gris debe pagar por la osadía de capturar a dos de nuestros hermanos mientras cazaban.
Todos asintieron en silencio y entrelazaron sus brazos por encima de los hombros, manteniéndose sentados en el mismo círculo alrededor de las dos hogueras. El viejo chaman recitó unas palabras en un tono muy bajo y echó un puñado de arena al fuego. Luego hizo lo mismo tirándola al aire para que cayera encima de los presentes. Entonces los dieciocho individuos recitaron al unísono una oración ancestral de culto a la guerra y a las adversidades.
Cada guerrero fue a su choza de piel a descansar, aunque el gran líder, el viejo druida y un par de guerreros se quedaron sentados a modo de consejo de líderes.
En Tatooine había unos cuantos clanes tusken que a lo largo de los ciclos habían rivalizado por la captura de banthas, el territorio vital, los tratos con los jawas, los asedios a granjas de humedad… trifulcas entre parientes que podían acabar mal, pero eso sí, sin muertos ni rehenes. La mayoría de los miembros del clan de las Dos Luces habían visto ese secuestro como una provocación y una ofensa que rompía la tregua que tenían desde hacía miles de ciclos aquellos dos clanes separados por un trozo de desierto. El próximo ataque matutino, de forma clara, pondría fin a esa paz y eso podría desatar más batallas y, quién sabe, quizá una guerra.
Los sabios más ancianos de cada clan siempre habían hablado de una gran unificación de los clanes. Contaban que, igual que en tiempos inmemorables el Gran Clan se dividió para garantizar la supervivencia de los moradores de las arenas, algún día los dos grandes dioses indicarían el momento de volver a unir a todos los tusken en un único clan. El rapto de dos hermanos convertía esa idea en imposible y los dioses eran testigos de esa ofensa.
Las altas temperaturas del desierto y las zonas rocosas, la escasez de nutrientes y agua, las tormentas de arena, los depredadores… hacían de Tatooine un planeta difícil para vivir de forma nómada, desplazando todo un clan de aquí para allá en guaridas de piel de bantha. No hace falta decir que la no justicia impartida por los hutts y los negocios oscuros propios del Borde Exterior no ayudaban a vivir en el planeta de los dos soles.
Cuando los primeros rayos de luz de los dos grandes dioses iluminaron el cielo y el horizonte mostró sus dunas doradas, los quince guerreros estaban situados estratégicamente en la cima de una colina. Desde lo alto podían ver perfectamente el grupo de chozas del clan Arena Gris. La avanzadilla que mandaron primero aturdió a los dos vigilantes. Los dejaron dormidos con los orificios del rostro tapados con una mezcla de musgos anestesiantes.
Los Arena Gris eran, en casi todo, iguales a ellos: la misma ropa, las mismas armas, los mismos vendajes. Encontraron fácilmente lo que estaban buscando.
Los habitantes del pequeño poblado se organizaban por tareas que garantizaban la supervivencia del clan un día más. Todos hacían algo útil: remendar chozas, buscar comida y cazar, curtir pieles, pastar banthas, desparasitar miembros del clan, recolectar carne seca… pero justo en el centro de la actividad, había una choza cerrada y custodiada de la que no vieron salir a nadie. Si los dos hermanos prisioneros estaban en algún lugar, sin duda tenía que ser ese.
Nadie discutió la idea de atacar al alba porque era por la noche cuando los centinelas, relacionando noche y peligro, estarían más expectantes. Todo tusken tiene miedo de que una alimaña nocturna lo ataque. Eso sucedía muy a menudo. Además, los dos grandes dioses estarían contemplando el asedio y seguro que apoyaban al clan de las Dos Luces porque eran sus rivales quienes habían roto el pacto.
Las indicaciones antes de partir eran muy claras. Tenían que atacar en tromba. La densidad de un pequeño poblado de moradores y la actividad diaria de este no permitiría otra forma de ataque. La intención no era provocar una carnicería, sino castigarlos como era debido una vez sabido el alcance de su traición. El principal objetivo era el rescate y defenderse de una respuesta hostil, matando sólo si era necesario, lo que seguramente sería ya que no entraba en el pensamiento tusken el dejarse capturar. Los moradores eran tan duros y resistentes como el mismo desierto en el que habitaban.
En un instante, los quince moradores bajaron de la colina corriendo, gritando y disparando al aire con sus rifles cíclicos. Como era de esperar, sorprendieron a los Arena Gris. Rodearon la decena de chozas de piel reseca y a la mayoría de habitantes. Sobresaltados, estos reaccionaron protegiendo a sus mayores y niños, poniéndolos en segunda fila. Entre las víctimas del asalto se oían gruñidos en forma de llanto y miedo. Sus voces reflejaban la preocupación del que no entiende la hostilidad de un clan hermano.
Unos siete individuos Arena Gris se atrincheraron detrás de un bantha muerto que acababan de matar para secar su piel y su carne para dejar pudrirse sus entrañas con leche azul al sol. Era absurdo. El ataque por sorpresa tenía mucho más potencial que una defensa improvisada y desesperada en completa minoría. Con el par de rifles que tenían disparaban como podían, casi sin poder apuntar. Bastó con un par de minutos de intercambio de disparos y un asediado muerto. Fueron atados por los asaltantes y reducidos como los demás habitantes del poblado.
La poca comunicación corporal y la imposibilidad de hacer gestos faciales no permitía a los moradores mostrar sus emociones. La única forma de hacerlo era a través de los sonidos guturales que emitían. Y en ese lugar, cuando los tuvieron a todos juntos de rodillas, las voces eran de miedo e impotencia.
Dos guerreros del clan de las Dos Luces se acercaron al grupo de cautivos y levantaron, agarrándolo por los brazos, al que todos ellos conocían como Rugret, su líder. Estaba algo aturdido porque uno de los atacantes, un instante antes, lo había forzado a arrodillarse con un golpe de fusil cíclico en la cabeza.
—Se lo que buscáis, hermanos del clan de las Dos Luces —dijo con voz cansada—. Pero lo que queréis no os lo podemos devolver.
—Tenéis a dos de nuestros hermanos —dijo gritando un guerrero que lo apuntaba a la cabeza con su arma—. ¿Qué les habéis hecho?
—¡Líder Yurruok! —una voz irrumpió desde atrás—. Venga, tiene que ver esto. —El líder atacante asintió y siguió a dos guerreros.
Como deducían antes del asedio, dentro de la choza custodiada, estaban los dos individuos secuestrados… pero había un contratiempo. ¡Estaban muertos!
Se encontraban con las palmas de las manos apuntado al techo. Tenían las ropas limpias y cubriendo toda su piel. Estaban colocados con la cabeza mirando hacia arriba, para que su espíritu se uniera a los dos grandes dioses, salvaguardando así, su honor. ¿Por qué tanta molestia? El líder Yurruok entendió rápidamente que algo escapaba a toda lógica.
Observó los dos cuerpos sin vida de rodillas al lado de estos. Entonces indicó a sus dos guerreros personales que le trajeran a su homónimo del otro clan.
—¿Porque están muertos?
—Nosotros no los hemos matado, solo nos llevamos sus cadáveres para conocer.
—No entiendo nada ¿Conocer el qué?
El líder de los Arena Gris se arrodilló y abrió los ropajes de uno de los cadáveres. Una cicatriz enorme se dibujaba en el torso. Estaba cauterizada, con trozos de ropa quemada pegados, pero sin rastro alguno de sangre.
—Necesitábamos ver bien esas heridas e intentar conocer qué las había provocado. Así sabremos más cosas acerca de nuestros enemigos. Son las mismas marcas que describieron los hermanos que encontraron la gran masacre.
A todos los presentes les invadió el miedo. Hacía muchos ciclos, todo un clan fue aniquilado sin piedad, niños y ancianos incluidos. Nadie supo ni ha sabido nunca quién lo hizo y por qué razón. Encontraron marcas como las de los dos hermanos asesinados en todos los cadáveres. ¿Habían vuelto los asesinos de tuskens? ¿Eran los mismos u otros con la misma arma? ¿Qué medidas hacía falta tomar? Esta última pregunta la respondería el líder del clan de las Dos Luces casi sin pensar.
Yurruok se levantó y con la mano en el hombro del líder Arena Gris dijo:
—Estos hermanos a los que hemos atacado hoy no son nuestros enemigos. Estábamos equivocados. Los que nos quieren aniquilar utilizan su brujería y sus dioses contra el pueblo tusken. No sabemos quiénes son ni qué pretenden, pero hemos de estar unidos y preparados. Líder Rugret, que los hermanos de tu clan sean liberados y que tres de tus jinetes de bantha más rápidos anuncien una reunión de líderes en mi territorio.
Todos los presentes dentro de la choza alzaron los brazos y volvieron a recitar proclamas de guerra en tono muy bajo. El líder finalizó su discurso:
—Quizá la reunificación de los clanes sea la única solución para podernos proteger de esta amenaza.

Publicado por Gorka Salgado

Fan de Star Wars y coleccionista de sus libros, cómics y revistas

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