Star Wars El Archivo de Coruscant

Relato Fanfic de Star Wars obra de Javier Martínez

Las tres naves patrulla hacían su recorrido habitual, informando cada treinta minutos a los puestos de mando avanzados que tenían que reportar en la ruta. Dos naves salieron del hiperespacio en la zona de acercamiento orbital del planeta Coruscant, antigua capital del Imperio Galáctico, ahora en desuso.


Las dos naves, ambas del tipo Ala-X, una de ellas de clase T-70, iban en perfecta formación, con sus alas cerradas. Sus escudos estaban bajados y sus armas desactivadas; no había de qué preocuparse, la llegada del convoy estaba programada. Fue la clase T-70 la que rompió el silencio de radio.


—Control de Coruscant, al habla Jefe Rojo, comandante de escuadrón de la Nueva República, pidiendo permiso para aterrizar en la zona X, sector 5-00. —No había contacto visual. A pesar de que la nave era muy completa, sus comunicaciones de largo y corto alcance se limitaban a la radio, incluso entre las propias naves de su mismo tipo.
—Recibido, Jefe Rojo —respondió la patrullera que estaba a la cabeza del grupo de defensa—. Transmitan permiso especial para aterrizar en la zona 5-00.


No era algo extraño, a pesar de que la misión estaba autoriza, aterrizar en según qué zonas del planeta, ya fuese para misiones de reconocimiento o exploración, era algo muy delicado. El Emperador Palpatine y Darth Vader habían protegido muy bien sus secretos durante los años que duró el Imperio, y muchas de las zonas aún contenían trampas, explosivos o droides de defensa que se activaban con la presencia no autorizada.


—Control de Coruscant, aquí Jefe Azul —esta vez fue el otro Ala X el que respondió, un modelo más o menos igual de avanzado, pero modificado de forma totalmente distinta, seguramente porque la forma de combatir de ese piloto era más agresiva. En este caso, el modelo era un XJ—. Transmitiendo autorización…
Fueron unos segundos bastante largos, ya que el permiso tenía que pasar varios filtros, pero Leia Organa se aseguraba de que sus misiones estuviesen perfectamente autorizadas, sin que hubiese ningún cabo suelto. Finalmente, ambas naves recibieron luz verde para proceder.
—Líder Rojo, Líder Azul, tienen permiso para aterrizar en la zona 5-00.


Tras dar las gracias a la patrulla, ambas naves permanecieron en formación y comenzaron la aproximación al planeta. En vuelo de reconocimiento, pasaron por la abandonada zona industrial de Coruscant, que estaba desocupada desde hacía más años de los que se podían recordar, y sin embargo, sus chimeneas seguían activas y algunas de sus fábricas eran ahora refugio de contrabandistas y cazarrecompensas; incluso se rumoreaba que en alguna parte existía un acceso no controlado al Sector 1313 del planeta.


No tardaron mucho en dejar atrás el sector y acercarse al famoso edificio del Senado Imperial —anteriormente el edificio del Congreso Galáctico de la República— y por fin visualizaron su objetivo: el edificio República 500, una de las construcciones más fabulosas e imponentes del planeta. Parecía construido módulo a módulo y haber ido creciendo a medida que crecía el planeta. Este edificio había sido la sede y alojamiento de muchos grandes e importantes senadores, como Padmé Amidala, Bail Organa, o el más importante y objetivo de la misión: el Canciller Supremo Palpatine.


—Nunca había estado en Coruscant —dijo el piloto del Ala XJ—, me cuesta creer que esta gente viva de este modo tan extravagante, tan excesivo de todo lo que le rodea, parecen ajenos a todo lo que ocurre en la galaxia. ¿Tu contacto era bueno, Julian? Parece que va a ser un aterrizaje algo complicado para dos naves…


El piloto del ala X, Líder Rojo sonrió ante la última frase de su amigo. ¿Un aterrizaje difícil? Él era experto en aterrizar en sitios mucho más estrechos que la pequeña plataforma recientemente descubierta en la parte baja del República 500, y en condiciones mucho mas adversas—. Tranquilo, señor Master. —Obviamente, ese era su apodo, pero le gustaba llamarlo así porque era de los pocos que conocía el significado de aquel extraño nombre y se sentía con el privilegio de poder usarlo—. Mi contacto es de fiar, el problema no es aterrizar, sino lo que encontremos a continuación.


El aterrizaje, a pesar de todo, sí que resultó complicado. Las naves tuvieron que alinearse de forma muy precisa para no tocarse en la estrecha plataforma, pensada únicamente para que pudiese aterrizar un transporte imperial clase Lambda, y querer posar dos Ala X en ese espacio fue algo difícil.


Ya estaba atardeciendo cuando ambas cabinas se abrieron. Julian se quitó su casco. Su cara estaba adornada con una perfecta barba corta, retocada, unos ojos verdes curtidos en la experiencia del combate y una cabeza lisa. Su atuendo era el traje completo de piloto de Ala-X, pero se puso su cinto, que llevaba su bláster DL-44, un par de detonadores termales, y un pequeño estuche multiherramienta. El otro piloto también se quitó el casco. Master era un poco mas joven que Julian. Su atuendo era más parecido al de un contrabandista que otra cosa, pero lo había modificado según sus necesidades. Pantalón y botas, cinturón, pero sin bláster, una chaqueta medio oculta por una hombrera de armadura que en su momento fue blanca, que hacía juego con los antebrazos, también de armadura, que ahora llevaba. A la espalda, bien sujeto con su correa, llevaba un disrruptor E-11 imperial. Su aspecto parecía el opuesto al de su amigo. Cara perfectamente afeitada, pelo negro, ni largo ni corto, que presentaba mechas marrones y blancas por diversos sitios, y unos ojos marrones que decían claramente que ese piloto había visto mucho mas de lo que debería ver una persona de su edad.


—Es increíble —reconoció Master—. No puedo creer que tras tantos años, nadie haya dado nunca con esta plataforma.
—Sí, y si Palpatine la usaba para sus proyectos personales, nos toca a nosotros ver a dónde nos lleva —dijo Julian mientras abría su pequeño estuche de herramientas.
—¿Por qué no usas tu unidad R-11? Imagina por un momento que lo primero que nos encontramos tras esa puerta es un droide de guerra Sith con pocas ganas de que le molestes. —Master era así, actuaba sobre seguro muchas veces. Julian ya no se enfadaba. Sabía que su amigo podía adoptar esa actitud molesta cuando se trataba de poner su propia seguridad en peligro—. Creo que deberíamos haberle dicho a la senadora Organa lo que pensábamos hacer. Quizá nos habría mandado algún Jedi para ayudarnos.


Protestaba mucho, pero mientras su amigo manipulaba el panel de la derecha, él mismo manipulaba el de la izquierda. En pocos minutos los tuvieron desmontados. Era un circuito de doble llave que necesitaba una sincronización perfecta para abrirse.


—¿Un Jedi? —repuso Julian—. ¿En serio quieres darle de nuevo al Praexum de Yavin otra oportunidad para lucirse?
—Ni de broma —dijo Master con una sonrisa—. Lo que sea que este aquí detrás es nuestra misión. Aunque alguien como Kyle Katarn habría estado bien.
—Katarn no habría pisado Coruscant ni aunque le hubieses prometido el peso de su nave en créditos. Listo amigo: en tres, dos, uno…


Una simple mirada les bastó para poder sincronizarse perfectamente. Leia sabía lo que hacía cuando mandó a los dos pilotos a esa misión. La puerta se abrió lentamente. El sonido de los servomotores levantando el gigantesco panel de metal era casi mudo, pero ahí estaba, afectado levemente por el paso del tiempo; Master pudo fijarse que algo de polvo caía de las esquinas de la puerta. Algo estaba claro: nadie había entrado allí desde hacía mucho tiempo. Sin apartar la vista del fondo, le lanzó una luz de campo a su amigo, que la cogió al vuelo, y se adentraron juntos a explorar aquella primera antesala.
Ambos miraban a su alrededor y comentaban cosas entre ellos, pero sin encontrar nada aparentemente relevante.


—Veamos… —dijo Julian—. Si fueses el Emperador y hubieras construido una estancia secreta en los sótanos del República 500, ¿qué harías llegado a este punto?
Master miró a su amigo unos segundos y puso esa cara, la expresión que ponía cuando escuchar a su amigo le daba una idea. Julian lo sabía, por supuesto, y por eso lo hacía.
—Crearía una segunda sala justo detrás. Por si alguien alguna vez me hubiera visto aterrizar y supiera dónde está la entrada. —Miró en dirección a la puerta, dio algunos pasos y se situó en el centro exacto de la habitación circular—. Vale, creo que es justo aquí.
Julian entendió a dónde quería llegar Master. Cerró tras de sí la puerta por la que habían entrado, y en ese momento, la sala entera se iluminó y una pequeña plataforma se elevó unos centímetros bajo los pies de Master, mientras una silla aparecía al final de la sala.
—Un Maestro y un aprendiz —dijo Julian a Master—. ¿Te sientas tú en la silla o me siento yo?
Una muy buena pregunta. Master lo meditó unos momentos.
—Ve tú —le respondió—. No quiero arriesgarme a activar alguna trampa si me muevo de la plataforma.


Julián asintió y se sentó en la silla de control. Master se arrodilló, como habría hecho cualquier aprendiz Sith ante su maestro. El efecto fue inmediato. Tras ellos se abrió una enorme sala circular, perfectamente iluminada, con paneles de control distribuidos en las cuatro esquinas y estanterías con muchos archivos de información a modo de gran biblioteca. Cuando la puerta se hubo terminado de abrir, ambos exploraron juntos la cámara.


—Esto te va a encantar —dijo Master accediendo a uno de los paneles de control—. Es una biblioteca histórica… está todo aquí. La formación del Imperio, la caída de la República, los planes secretos con los separatistas… ¡fíjate! —dijo activando una holotransmisión—. ¡Esto es increíble, es el mensaje que le mandó el virrey Gunray, el que localizaron los Jedi y que estaba oculto en la silla!
—¿Como es eso posible? —respondió Julian examinando la pantalla—. Esta información… no es sólo de la vida de Palpatine… hay de mucho antes. Ha estudiado la historia de la galaxia completa: la Antigua República, los Jedi y los Sith… absolutamente todo.
—En nuestras naves no va a entrar ni una centésima parte de lo que hay sólo en este terminal… y no hemos mirado los otros.


Su amigo ya estaba en ello. Se acercó al siguiente, que era mucho mas simple al disponer sólo de un panel táctil. Al poner la mano, se abrió ante él un mapa de la galaxia. Podía seleccionar mundos enteros, y de cada uno de ellos, la información completa estaba ahí: su flora y fauna, vegetación y población, desarrollo cultural y tecnológico… Era un panel de cartografía estelar de todo el universo conocido.


—Señor Master, sólo con el primero ya ha valido la pena el viaje, pero ¿lo dejamos aquí o quieres abrir otro? —Una sonrisa adornaba su rostro, aquel descubrimiento era uno de los mas importantes del momento: el archivo privado de Palpatine.
—Faltaría más —respondió su amigo, emocionado y también sonriendo. Le hizo una reverencia—. ¿Me haces el honor?
—Claro, veamos qué nos depara este tercer terminal.
La sorpresa fue un grito de ambos cuando ante ellos se desplegó un listado completo de planos de naves, armas, armaduras, esquemas biológicos de soldados clon… y por supuesto, los primeros diseños del destructor estelar Ejecutor y la Estrella de la Muerte en el idioma de los geonosianos.
—No puedo creerlo, es un archivo técnico —dijo Master—. Tengo acceso a los planos y diseños de hasta el tipo de munición de las armas más comunes de los soldados de asalto.
Julian no escuchaba, había activado el quinto panel, pensando que sería un holodiario o quizá una guía de orden de los cuatros primeros. Qué gran error…
—Master…


Su amigo levantó la cabeza. Una enorme columna bajaba del techo de la estancia, perfectamente cilíndrica, que contenía un artefacto con dos gafas y dos paneles de lecturas para conectarlos a cada uno de los dispositivos almacenados en el interior de aquella columna: holocrones.


—Una sala de holocrones —añadieron al unísono.
No solo había holocrones Jedi cúbicos, de los que se creía se habían perdido para siempre en el universo. Holocrones piramidales rojos también adornaban la columna, y algunos de origen y colores tan extraños que no podían identificarlos.
Miraron a su alrededor, maravillándose ante todo aquello.
—Tardaremos años en procesar toda esta información —dijo Master—. Tenemos que informar a Leia, la República debe saberlo.
Julián estableció un enlace con las naves.
—Tengo una idea mejor, emitámoslo todo en frecuencia abierta. La galaxia debe saberlo.
—Bueno —dijo Master acomodándose en un silla—. ¿Y por donde empezamos?


Julian miró al panel encendido del archivo técnico, que seguía mostrando la Estrella de la Muerte. Miró a su amigo y ambos asintieron.

Publicado por Gorka Salgado

Fan de Star Wars y coleccionista de sus libros, cómics y revistas

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