Star Wars Plataforma 93

Relato corto Fanfic de Star Wars creado por Adrià Boix Sas

Hacía mucho tiempo que no visitaban un planeta con la intención de interactuar con sus habitantes. La última vez fue en Alderaan, para reparar los trenes de aterrizaje de la nave. Sus constantes aterrizajes en zonas abruptas dañaban muy a menudo las partes inferiores de su pequeño transporte explorador. En esta ocasión tenían varios paneles laterales de la nave dañados.

La Rhino era un modelo Explorador Solitario-A de Sistemas de Flotas Sienar, muy parecido a la línea de cazas TIE, con su cabina esférica y sus paneles laterales, pero con una gran zona de carga y espacio para varios pasajeros. Suponían que en Tatooine no sería un problema aterrizar, conseguir las piezas y regresar a la vida nómada que los llevaba de planeta en planeta sin molestar ni ser molestados. Llevaban más de tres años con esta vida desde que desertaron de la academia de cadetes imperiales. Un día de maniobras fueron sorprendidos por una célula rebelde en un planeta teóricamente sin actividad hostil. Y lo que serían unas sencillas prácticas de tácticas en el campo de batalla se convirtieron en una rápida refriega que dejó seis cadetes, dos instructores y cinco rebeldes muertos. Naj y Lin se quedaron escondidos detrás del vehículo volcado que había dejado la primera explosión del ataque. No salieron de ese escondite hasta que dejaron de silbar las ráfagas de bláster y los hombres dejaron de gritar. Habían muerto todos. Se quedaron más de una hora sentados en silencio, oliendo la batalla, escuchando la radio que intentaba ponerse en contacto con sus superiores y reuniendo fuerzas para levantarse y tomar una decisión. Tenían claro que formar parte del Imperio no iba con ellos y que la rebelión no era su destino, ¿pero qué otra alternativa les quedaba? Hablaron durante un par de horas y decidieron huir, coger la nave rebelde y buscar otra manera de vivir por ellos mismos. En la academia se formaron como soldados. Aprendieron combate, supervivencia, razas y planetas conocidos de la galaxia y cómo orientarse por ella. Así que podían intentar valerse por ellos mismos y vivir al margen de esa guerra que lo mataba todo.

—¡Naj, saldremos del hiperespacio en pocos minutos! —Lin no era tan buen piloto y prefería que su compañero atracase en el hangar sin llamar la atención.

—¡Dame un momento! Comunícate con el puerto, consigue el número de plataforma y avísame de nuevo. Naj estaba rebuscando entre los cofres de material la cartuchera de su pistola bláster y ropa adecuada para el caluroso clima de ese planeta con dos soles. Cuando se apropiaron de la nave rebelde se quedaron con todo el material que había dentro y la llenaron con el material que traía su transporte imperial, así como todo lo que poseían los cuerpos de los fallecidos en el decisivo encuentro. Disponían de ropa, armamento y herramientas para apañárselas solos allí donde aterrizaran.

—¡Naj, entramos en la atmósfera, nos asignaron la plataforma 93!

—¡Voy! —Naj entró a la cabina esférica, colgó la pistolera en la butaca del piloto y cogió los mandos para entrar al puerto espacial de Mos Eisley. Una vez aterrizaron, abrieron la rampa de la nave y se miraron con cara seria. Estaban nerviosos. No tenían inconveniente en dormir en cualquier planeta remoto, pero cada vez les costaba más moverse en sociedad; y particularmente en sitios como Tatooine, donde se reunían los mejores ladrones, contrabandistas, prófugos y asesinos de cada especie.

Nada más salir a la calle se cruzaron con un hombre apuesto, camisa clara y chaleco, con la cabeza bien alta y acompañado por un altísimo Wookiee que les gruñó a modo de saludo; luego, siguieron caminando tranquilamente como si anduvieran por su casa, como si estuvieran más que familiarizados moviéndose entre tanta calaña. Al contrario de ellos, Naj y Lin se desplazaban por las calles del puerto mirando al suelo, pero a la vez controlando a todos los transeúntes de las diferentes razas que se cruzaban. Les resultaba muy pesado esquivar a todos los que se acercaban a ofrecerles comida y servicios. No se sentían cómodos, nunca lo hacían en los planetas que visitaban donde había mucha población. Siempre pensaban en estar siendo buscados por el Imperio tras su deserción, y esta vez, la paranoia estaba alimentada por la abundante presencia de soldados imperiales. Parecía que buscaban a alguien y les fue difícil esquivar los puntos de control que había por toda la ciudad.

Cerca de la cantina de Mos Eisley, encontraron lo que buscaban, un par de Jawas que ofrecían androides y piezas para naves. Mientras Lin negociaba con ellos un trato por las placas, Naj vigilaba sus espaldas y chequeaba una patrulla que paraba a los transeúntes.

—Listo, Naj. Antes del mediodía nos traerán las piezas al hangar. —Lin parecía muy satisfecho con el trato acordado con los pequeños piratillas, tanto que quiso entrar a la cantina para relajarse un poco—.

¡No gastaremos ni un crédito! Pagaremos las piezas con un par de blasters! Así que venga, ¿un trago? —Tengo ganas de abandonar el planeta, Lin… Hay mucha presencia del Imperio y tengo un mal presentimiento. —En la cantina estaremos seguros. Hacemos tiempo, volvemos al hangar, nos dan las piezas y en nada estaremos viajando a algún planeta seguro, ¿sí? Entraron al local y por un momento se sintieron inspeccionados por todos los clientes repartidos por su cargado y poco iluminado interior. Con una barra, varias mesas y una banda tocando en directo, parecía un buen sitio para desconectar un rato. Mientras Naj se acomodaba en una mesa, Lin fue a por un par de bebidas.

—No te lo vas a creer, en la barra escuché que hace un rato un viejo pirado le cortó el brazo a un cliente ¡con una espada láser!

—Lo mismo he oído en la mesa de al lado. Están hablando de Jedi y de las antiguas Guerras Clon.

—¿Jedi? ¡Eso son leyendas! ¡Hace años que el Imperio los exterminó!

—Pues aquí alguien usó uno de esos sables hace un rato y no me gustaría que volviera con más ganas de… —Dos disparos de bláster dentro del local le dejaron mudo. Un Rodiano cayó fulminado encima de una mesa frente al hombre que habían visto en la calle acompañado por el Wookiee. El hombre le lanzó unos créditos al barman mientras se dirigía a la salida. A nadie parecía extrañarle lo ocurrido. Lin levantó su vaso buscando un brindis y le guiñó el ojo para que Naj se relajara y disfrutara de su bebida. Salieron de la taberna y se fueron directos al hangar. Naj solamente pensaba en abandonar el planeta y apresuraba a Lin, que paseaba un poco más relajado que él.

Estaban llegando a la nave cuando, de repente, Naj se paró en seco y cogió a su compañero por el brazo, apartándolo a un lado de la calle. De la plataforma 94 salía un gigantesco e imponente Hutt, acompañado de un peculiar séquito de matones de varias razas; uno de ellos lucía una imponente y machacada armadura mandaloriana.

—Empiezo a compartir las ganas de volver al espacio, Naj. Reparemos la Rhino y salgamos de este planeta lo antes posible. Durante el tiempo que esperaron, aprovecharon para sacar herramientas, desmontar paneles y prepararlo todo para instalar las piezas y salir lo antes posible. Había un kubaz que rondaba sospechosamente por la calle y a veces se cobijaba debajo de un portal. Aquel ser encapuchado con gafas y trompa come insectos les ponía algo nerviosos. Dejaron de pensar en él cuando llegaron los jawas. Aunque cerca de la cantina, Lin habló solo con un par de ellos, se presentaron cinco, todos con sus túnicas marrones y bandoleras con bolsillos de cuero. Dos de ellos entraron con carabinas láser colgadas del hombro, mientras que otros dos traían las piezas envueltas con una manta negra y colgada de una barra metálica apoyada en sus pequeños hombros. El quinto jawa, con doble pistolera en el cinturón, era uno de los que había negociado con Lin y parecía estar al mando de la negociación.

Todo parecía ir bien hasta que un intruso abrió la puerta de una patada. Un weequay armado con un bláster de las tropas de asalto modificado en una mano y una pistola en la otra, entró apuntando a todos los asistentes clavándolos en sus sitios; menos al jawa de la doble cartuchera, el cual se acercó hablando y agitando los brazos como reprochándole su interrupción. El weequay le asestó un golpe con su bota que lo hizo levantar dos palmos del suelo y lo acomodó de golpe contra la pared, tirando por el suelo las piezas y herramientas que estaban allí a punto para ser reemplazadas.

—Tirad todos las armas y poneos contra la pared, os prometo una ejecución rápida y sin discursos. Jabba está muy enfadado con las últimas piezas que nos suministrasteis; causaron la muerte a tres de sus hombres y la única forma de conseguir su perdón es ofreciéndole vuestras pequeñas cabezas. Los pequeños jawas descargaron las piezas que transportaban en el suelo y otros dos tiraron sus armas mientras Naj y Lin levantaron las manos y bajaron la cabeza. Entonces empezaron a sonar ráfagas de bláster, las paredes temblaron y se escucharon explosiones de disparos chocando contra metal. Naj y Lin se cubrieron la cabeza con los brazos y se agacharon como si la refriega fuera en su misma sala. Sus corazones latían acelerados y temblaban de miedo recordando aquel ataque rebelde, esa batalla que marcó su futuro para siempre. Tardaron unos segundos en darse cuenta de que las explosiones eran en el hangar contiguo. Lin levantó un poco la cabeza para mirar a Naj y se quedó fascinado con la cara de su compañero. Estaba con la boca y los ojos abiertos, pálido e inmóvil, viendo el tremendo espectáculo sangriento que estaban dando los pequeños jawas. Aprovechando el tiroteo de al lado, los cuatro jawas habían saltado sobre su enemigo y lo habían obligado a tirar sus armas; uno lo tenía cogido por las piernas haciendo un candado con su cuerpo; otros dos tenían sujetos sus brazos, clavándole los dientes y provocando escandalosos chorros de sangre; el cuarto jawa había sacado una pequeña daga y lo estaba acuchillando sin parar en el torso; el quinto, el que había sido pateado, cogió una de las herramientas y, aprovechando que el weequay estaba reducido, empezó a golpearle la cabeza hasta dejarlo irreconocible.

De repente todo empezó a temblar, un ensordecedor ruido a motores forzados hizo temblar las paredes una vez más. De la plataforma contigua, despegaba fugazmente una nave de carga ligera, acompañada de alguna ráfaga de bláster que se perdía en el cielo. Al bajar la vista otra vez, vieron que los jawas habían terminado con su oponente. Tres de ellos estaban guardando el cadáver en la manta en la que habían traído las piezas; otro limpiaba las manchas de sangre y el quinto, se encontraba frente a ellos, con sus piezas y estirando la mano, esperando su paga. Lin entró apresurado en la nave y regresó con un saco con las dos armas dentro para el intercambio acordado con los jawas. Estos cogieron las armas, el cadáver envuelto con la manta y se marcharon murmurando en su idioma, con esas vocecillas y ruidos que infantilizan tanto su apariencia. Naj y Lin se quedaron poco más de una hora sentados en la rampa de la nave, en silencio, oliendo a metal fundido, combustible quemado y escuchando las patrullas de soldados imperiales corriendo por los corredores cercanos, comunicándose por radio para reagruparse y perseguir a los fugitivos. Ese tiempo les sirvió para valorar aquella decisión que habían tomado hace tres años: el Imperio no era para ellos, la rebelión no era su destino y no servían para esta galaxia corrupta. Repararon la nave y salieron de Tatooine ese mismo día. Buscaron un planeta cercano, deshabitado, y esa misma noche cenaron carne asada que Lin había cazado. Tenían claro que así pasarían el resto de sus vidas: con la Rhino, explorando el espacio y alejándose de la guerra.

Publicado por Gorka Salgado

Fan de Star Wars y coleccionista de sus libros, cómics y revistas

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