Star Wars El pirata y el peregrino

Relato corto Fanfic de Star Wars obra de Esteban Ojeda Miranda

En Cluzan, un pequeño mundo del Borde Exterior, lo único que veía el capitán Faragar eran ojos aterrorizados. Faragar veía en esos ojos un miedo a perderlo todo: hogares, seres queridos, vidas. Y era un miedo justificado porque esos pueblerinos habían escuchado el nombre de Faragar, conocido en toda la galaxia por ser el capitán de la mayor flota pirata del momento. Tenía tanto poder que ni siquiera la Nueva República se atrevía a detenerle. ¿Para qué iban a arriesgar lo que quedaba de su maltrecha flota mientras Faragar sólo atacase desprotegidos mundos del Borde Exterior que no les concernían? Era el coto de caza perfecto.


Los piratas de Faragar tenían Cluzan bajo control. Habían reunido a la población de la única ciudad importante, si es que se le podía llamar ciudad, en la plaza mayor, donde los retenían arrodillados a punta de bláster. Los piratas habían saqueados las casas y robado dinero, alimento y bebida, pero Faragar no había acudido a aquel mundo por un simple pillaje. Sabía por una fuente digna de su confianza que el antiguo templo Jedi que coronaba aquella pequeña ciudad escondía una reliquia de enorme valor. Sin embargo, los piratas habían revisado cada centímetro del templo y no habían encontrado nada. O bien la fuente de Faragar mentía, lo cual sería muy decepcionante, o la reliquia estaba mejor escondida de lo que esperaba. Faragar se consideraba un optimista, así que prefería optar por la segunda opción, al menos de momento. Alzó la voz con un tono teatral y se dirigió a los asustados rehenes de la plaza.


—¡No tenéis qué temer! No os hemos hecho daño ni os hemos puesto la mano encima, así que podéis confiar en nuestra buena fe. Es cierto que la ciudad ha sufrido algún que otro pequeño desperfecto —reconoció mientras el humo de las casas en llamas se alzaba en varios puntos de Cluzan—, pero estas cosas pasan, es lo menos que se puede pedir en una situación de esta clase. Deberíais darnos las gracias. —Hizo una pausa, pero los prisioneros no daban muestra alguna de gratitud, así que decidió continuar—. ¡Os digo esto porque debo pediros un favor! Necesito que alguno de vosotros me diga dónde está la reliquia que escondéis en el templo y podremos irnos. Así de fácil. Pero si nadie coopera tendremos que quedarnos más tiempo y, en ese caso, puede que mis hombres se aburran y dejen de trataros tan bien como lo están haciendo ahora. Preferiría que optarais por cooperar pero no nos importa optar por la ruta más larga. ¿Verdad, amigos? —preguntó dirigiéndose a sus compañeros piratas, algunos de los cuales rieron intimidatoriamente.


Ninguno de los locales hablaba y Faragar comenzó a impacientarse. Odiaba tener que actuar con crueldad pero no podía irse de allí con las manos vacías. Parecía que no tendría más remedio que mancharse las manos, pero de repente un hombre encapuchado con ropas oscuras se levantó y suplicó al pirata.


—Por favor, no le hagáis nada a esta gente. No saben nada de la reliquia, pero yo puedo mostrarte dónde está—. La capucha no dejaba apreciar su rostro, sólo una tupida barba, aunque por su voz se podría intuir que tenía ya una cierta edad.
—¿Y tú quién eres? ¿Y por qué sabes dónde está la reliquia? —preguntó Faragar con suspicacia.
—Sólo soy un humilde peregrino. Llevo varios años estudiando los secretos de la antigua Orden Jedi a través de multitud de sistemas. Fue así como averigüé la existencia de la reliquia. Acababa de llegar a este mundo para visitarla cuando… aparecisteis —terminó de explicar con un suspiro.


Faragar lo miró de arriba abajo mientras decidía si creer la historia del supuesto peregrino. Parecía demasiado oportuno que sólo él supiera dónde se encontraba la reliquia. Tras unos momentos tomó una decisión.


—Está bien, traedlo —ordenó a dos de sus piratas—. Pero debes saber que si mientes, la ciudad entera lo pagará.
—Y si te llevo ante la reliquia —dijo desafiante el encapuchado escoltado, ahora a centímetros de Faragar—, tú y tu banda os marcharéis y dejaréis a esta gente en paz.
Faragar sonrió. El peregrino tenía agallas.
—Por supuesto. Pongámonos en marcha.


Faragar, el peregrino, y un pequeño grupo de piratas emprendieron el camino hacia el templo mientras el resto de la tripulación se quedaba vigilando a los habitantes de la ciudad. El peregrino giró un momento la cabeza y guiñó un ojo, un gesto que sólo alcanzó a ver un droide astromecánico que se asomaba escondido detrás de un muro. El droide silbó su propia versión de un suspiro por lo que creía que era otro plan estúpido de su amo.

El templo, hecho de piedra, era el edificio más grande de aquella pequeña ciudad, lo cual no era mucho decir. Parecía poco probable que allí se pudiera esconder nada de valor.
—¿Y bien, peregrino? ¿Puedes hacer el favor de iluminarnos e indicar dónde está la reliquia? —preguntó el capitán pirata.
Estaban en la sala principal, la más amplia del templo. Estaba adornada con estatuas de guerreros Jedi y las paredes de piedra estaban recubiertas de varios símbolos y líneas estilizadas. Los símbolos representaban animales, estrellas, planetas y conceptos más abstractos y difíciles de descifrar.


El peregrino se acercó a la pared y comenzó a acariciarla suavemente con su mano desnuda. Fue tocando varios símbolos con los ojos cerrados y comenzó a presionar piedras, las cuales cedían como si fueran los botones de una consola. El encapuchado pulsó las figuras de un lobo, un búho, una estrella blanca y un árbol, y de repente, parte del suelo comenzó a moverse, revelando una escalera que se adentraba en el subsuelo.


—¡Increíble! —exclamó entre risas Faragar—. ¡Muy buen trabajo, viejo! —le felicitó mientras iba dando saltos de alegría hacia la entrada con sus piratas siguiéndole.
—No tan deprisa —les detuvo el peregrino—. Sólo bajaremos tú y yo.
—¿Disculpa? —preguntó sorprendido Faragar—. Creo que no te he oído bien.
—Las catacumbas son un enorme laberinto subterráneo, por lo que necesitarás un guía y yo soy el único aquí que entiende las escrituras Jedi. Además, el camino está hecho para que lo recorran solamente dos personas, un maestro Jedi y su aprendiz. Si entran más personas las catacumbas lo detectarán, se derrumbarán y matarán a todos los que estén allí abajo. Ah, y la reliquia se perdería para siempre.
—¿Cómo sabes tú todo eso? —preguntó Faragar, desconfiado.
—Lo dicen las inscripciones de la pared —se limitó a contestar el peregrino.
—¿Me tomas por tonto? —le cuestionó con seriedad Faragar, a quien la alegría anterior ya le había abandonado por completo.
—Sé que es difícil de creer, pero recordad que esto es un antiguo templo Jedi, y ya sabéis lo recelosos que eran con cualquiera que no fuera de su orden. Pero no tienes que preocuparte por ir solo conmigo, yo estaré desarmado y tú eres un legendario pirata, no corres peligro. ¿No tienes miedo, verdad? —preguntó el peregrino con falsa inocencia.
Faragar observó con seriedad al encapuchado que comenzaba a agotar su paciencia.
—¿Le habéis registrado? Volved a registrarle —ordenó a sus hombres.
Una joven pirata chequeó al encapuchado y solamente encontró una pequeña bolsa.
—Sólo contiene piezas de metal, cables y bisutería —le comentó a su capitán tras revisarla.
—¡¿Bisutería?! —exclamó indignado el peregrino.
—Y ni siquiera es de la buena —comentó entre risas la joven pirata—. Parecen más cristales que joyas.
—Devuélveme eso —ordenó el encapuchado mientras recuperaba su bolsa—. Bisutería, lo que hay que oír… —murmuró entre dientes.
—¿No eres demasiado mayor para llevar joyitas? —se burló la joven.
—¿Y tú no eres demasiado pequeña para ser una pirata entrometida?
—¿Y tú no eres demasiado mayor para seguir vivo?
—Vaya, eso ha dolido —respondió herido el encapuchado—. ¡Si ni siquiera tengo canas! —se defendió señalándose su barba.
—Déjale en paz —ordenó con una sonrisa Faragar a su joven subordinada. El capitán había recuperado algo de su buen humor con las chanzas—. Está bien, peregrino, bajaremos los dos solos a las catacumbas.
—Sólo iré contigo si ordenas a tus hombres que no le hagan nada a la gente de la ciudad mientras estamos abajo.
—Está bien —concedió suspirando Faragar. Se dirigió entonces a sus piratas presentes—. Portaos bien mientras no estoy, prohibido hacer daño a nadie —les dijo como si fueran niños pequeños. Luego se giró hacia el peregrino—. ¿Contento?
—Sí, me vale —contestó con una mueca.
Ambos se adentraron en las catacumbas mientras el resto de piratas presentes aguardaban en el templo.

Los túneles subterráneos estaban hechos de piedra, como todo en el templo, y se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Los siempre presentes símbolos Jedi que recubrían las paredes estaban impregnados de alguna sustancia luminiscente azul que iluminaba la ruta.


La extraña pareja caminó durante un buen rato hasta que se encontraron con que el camino se bifurcaba en dos direcciones. Delante de la bifurcación había un cartel con símbolos Jedi.
—¿Qué dice? —preguntó el pirata.
—Son instrucciones. Las catacumbas fueron diseñadas como pruebas para los aprendices Jedi, quienes eran supervisados por sus maestros a lo largo del camino. La inscripción dice que en este lugar el aprendiz debe decidir qué dirección tomar y que en la Fuerza encontrará la respuesta —explicó el peregrino—. ¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—Tú eres el capitán. Dime qué dirección seguimos.
—¿No se supone que eres tú el guía? —replicó indignado Faragar.
—Yo traduzco, pero no soy adivino y no quiero que me eches la culpa si nos perdemos —se limitó a contestar el peregrino.
—Alucinante —suspiró Faragar. Luego contempló ambos caminos—. El de la izquierda.
—Interesante… —murmuró el peregrino.
—¿Cómo dices?
—Nada —contestó el encapuchado. Faragar lo miraba de reojo, no sabía si debía dudar de la cordura de su acompañante.
La pareja emprendió la marcha por el largo túnel. Durante el trayecto se encontraron con varias habitaciones amplias que no contenían nada de interés salvo las inscripciones Jedi de las paredes.
—¿Para qué servían estas salas? —preguntó con curiosidad Faragar.
—Para realizar pruebas. En ellas maestros Jedi esperaban al aprendiz que realizaba el camino para plantearle desafíos.
—¿Luchas de espaditas? —preguntó divertido el pirata.
—Más bien desafíos para la mente y el espíritu. Pero aquí ya no quedan Jedi, así que las catacumbas ya no tienen pruebas… y la ciudad ya no tiene defensores —comentó con cierta amargura.
—Quizás de no haber tenido nunca defensores los locales habrían aprendido a defenderse ellos solos.
—Sí, seguro que es culpa de los Jedi que los habitantes de la ciudad estén aterrorizados ahora mismo —dijo con sarcasmo el encapuchado. Faragar, molesto, no dijo nada.


Continuaron en silencio su marcha por el interminable camino subterráneo. El capitán acababa de comunicarse por radio con sus hombres para asegurarles que estaba bien y que seguía en busca de la reliquia cuando llegaron a otra de las salas. En esta ocasión, el peregrino se detuvo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Faragar. Por más que se esforzaba no veía que hubiese nada diferente a las anteriores habitaciones.
—Creo que no estamos solos… —contestó el peregrino mientras parecía concentrarse.
—Pues yo no veo na…
Faragar calló al ver como surgían del suelo tres criaturas cubiertas de escamas en forma de placas. Medirían un metro de alto aproximadamente, pero contaban con enormes y afiladas garras y un hocico que dejaba entrever unos temibles colmillos.
—¡¿Qué son esas cosas?! —preguntó asustado el pirata.
—Creo que son la fauna local.
—No parecen muy contentos.
—A nadie le gusta ver invasores irrumpiendo en su hogar —comentó el peregrino. La observación le ganó una mirada de reproche por parte de Faragar que prefirió ignorar, centrándose en su lugar en las criaturas—. No queremos haceros daño, sólo estamos de paso —les dijo mientras levantaba sus brazos lentamente.


Las criaturas ignoraron el mensaje de paz y se lanzaron al ataque. Se enrollaron sobre sí mismos como si fueran ruedas, con las escamas protectoras hacia fuera, y rodaron velozmente hacia el par de intrusos, quienes tuvieron que saltar para esquivarlos por escasos centímetros. Los animales podían ser relativamente pequeños, pero con su masa y a la gran velocidad a la que rodaban podrían dejarlos aturdidos si los alcanzaban, o algo peor.


—¡No me puedo creer que esos enanos nos estén atacando! —exclamó incrédulo Faragar mientras desenfundaba su bláster.
—¡No les hagas daño! ¡Puedo calmarlos! —le gritó el peregrino.
El pirata dudó en si disparar o no. El peregrino aprovechó ese momento para levantar los brazos hacia los animales, que se disponían a embestirles otra vez. De repente, las tres criaturas dejaron de rodar y se desenrollaron. Estaban mucho más calmadas, sin intención aparente de agredir. Faragar no entendía cómo el peregrino lo había hecho, pero lo había conseguido. Sin embargo, ninguno de los dos se percató de que detrás de ellos había surgido del suelo una cuarta criatura, la cual se enrolló y embistió con fuerza la pierna del pirata, rompiéndosela. Faragar gritó de dolor mientras caía al suelo. Tirado, alzó la mirada y vio como la misma criatura volvía rodando con la intención de embestirle en la cabeza. Faragar cerró los ojos y esperó su final…


Un final que no parecía llegar nunca. Faragar volvió a abrir los ojos lentamente y no pudo creer lo que estaba viendo. La criatura no sólo se había detenido sino que se encontraba flotando inmóvil en el aire. Entonces, el encapuchado hizo un gesto y el animal voló hacia sus congéneres.


—Marchaos —ordenó el peregrino mientras dibujaba un arco con la mano y todas las criaturas obedecieron, se enterraron en la tierra y desaparecieron.
El encapuchado se acercó a Faragar, adolorido y perplejo, para examinar su pierna. Posó su mano sobre ella y cerró los ojos, concentrándose. Faragar sintió como el dolor desaparecía paulatinamente hasta cesar casi por completo. El pirata se sentó y se tocó la pierna y, para su sorpresa, ya no estaba rota.
—¿Cómo… cómo es posible? —fue lo primero que consiguió decir, aún atónito por todo lo que había presenciado en escasos minutos.
—La pierna aún está frágil, será mejor que no apoyes peso sobre ella durante un tiempo si no quieres que se vuelva a romper —comentó el encapuchado, ignorando la pregunta.
—¿Eres… mago? —volvió a preguntar el pirata con temor. El peregrino le miró con una sonrisa paternal.
—Lo que has visto ha sido algo mucho más grande que la magia. No, fue cosa de la Fuerza —dijo el encapuchado apasionadamente.
—¿La Fuerza? —repitió asombrado Faragar—. Entonces… tú eres… tienes que ser… —comenzó a balbucear mientras el peregrino retiraba su capucha, dejando a la vista un rostro viejo, pero con expresión juvenil y unos ojos sabios y llenos de vida—. ¡Eres el Jedi! ¡El Maestro Skywalker! —exclamó Faragar lleno de asombro.
—Puedes llamarme Luke —se limitó a contestar—. Ahora ven, te ayudaré a caminar.
Luke dejó que Faragar se apoyara en su hombro para que pudiera caminar sin apoyar la pierna que hace unos momentos estaba rota. Ambos continuaron así su camino por las catacumbas.
—¿Qué haces aquí, Luke? —preguntó Faragar.
—Ya te lo dije, he venido en busca de la reliquia.
—Pues no lo entiendo.
—¿Qué no entiendes?
—¿Por qué me ayudas? Podrías haberme dejado allí tirado, coger la reliquia y acabar después con mi tripulación. Estoy seguro de que eres capaz de hacer eso. ¿Por qué me estás ayudando a llegar hasta la reliquia entonces?
—¿Por qué crees que lo hago? —le contestó Luke con otra pregunta. Faragar se tomó un momento para reflexionar.
—Porque temes que los ciudadanos salgan heridos.
—Ese es un motivo, pero no, no es por eso. Ahora espera, creo que estamos cerca.

Luke continuó cargando con Faragar hasta que llegaron a una gran sala, mucho mayor que las anteriores. Ante ellos se alzaba un gran cubo de piedra, tan alto como un Wookiee, con inscripciones en su superficie y un agujero estrecho en su centro.
—Hemos llegado —anunció Luke mientras dejaba a Faragar en el suelo con suavidad. Luego, se acercó al cubo para inspeccionarlo.
—¿Y la reliquia?
—Está dentro del cubo —respondió el Jedi mientras examinaba las inscripciones—. Dice que para abrirlo el aprendiz debe construir un sable láser, la prueba final antes de convertirse en un caballero.
—Pues a mí no me mires, bastante tengo con lo mío.
Luke sonrió y se sentó frente al pirata. Sacó la pequeña bolsa que colgaba de su cinturón y las piezas de metal de su interior salieron flotando lentamente. Las piezas fueron posicionando en el aire, una detrás de otra, dejando intuir la forma de un sable láser.
—Tendría que haberlo supuesto —comentó maravillado Faragar por el espectáculo.
—Como ahora tenemos un rato, podemos hablar —dijo Luke mientras a su lado las piezas seguían desplazándose. El Jedi no aparentaba realizar ninguna clase de esfuerzo a pesar de la gran precisión con la que estaba manipulando los fragmentos—. Dime, ¿por qué te hiciste pirata?
—Por la libertad —respondió con seguridad Faragar—. Para poder hacer lo que quiera sin tener que responder ante nadie.
—Entiendo —Luke se quedó mirándolo un rato y luego retomó la palabra—. No he podido obviar que, a pesar de las amenazas, el fuego y el miedo que tú y los tuyos habéis instaurado aquí, ninguna persona ha resultado herida.
—No ha sido necesario llegar a eso —se limitó a contestar Faragar.
—Y cuando ordenaste que revelaran la ubicación de la reliquia, pude percibir tu ansiedad. Deseabas que alguien colaborara para no tener que hacerles daño.
—No me gusta esforzarme más de lo necesario —dijo el pirata mirando hacia otro lado.
—Dices que te hiciste pirata para ser libre y hacer lo que quieras, pero tengo la sensación de que no es así —sentenció Luke con una sonrisa.
—Ser capitán no es fácil —le contestó molesto Faragar—. Mi tripulación me respeta, pero también espera que consiga fortunas y tesoros, algo que no se logra siendo buena persona. Mis piratas son mi responsabilidad y debo hacer lo que haga falta para estar a la altura de lo que esperan de mí. Pero qué sabrás tú, no eres más que un Jedi solitario.
—La libertad por la que tanto has luchado te ha encadenado, Faragar. Y lo sabes. Por eso he sentido el conflicto que hay en tu interior apenas apareciste en la órbita de este planeta.
—¡No tengo ningún conflicto! —replicó enfadado el pirata.
—¡Claro que sí! —dijo riendo el Jedi—. Por mucho que te guste la vida pirata odias pagar el precio que conlleva. Y aunque lo niegues siento la Luz en tu interior. Y si no me crees fíjate en la prueba de los caminos. En la bifurcación que nos encontramos al principio de las catacumbas, una de las rutas apestaba a energía oscura mientras que la otra estaba imbuida de equilibrio, ¡y supiste escoger el camino correcto!
—¡Sólo fue suerte! ¡Ni siquiera puedo sentir la Fuerza!
—No, no fue suerte —le dijo con seguridad Luke—. La Fuerza está en todos los seres vivos de la galaxia e incluso aquellos que no son sensibles a ella son capaces de percibirla de forma inconsciente. Tú elegiste seguir el camino luminoso. —El Jedi hizo una pausa mientras miraba fijamente a Faragar a los ojos—. ¿Quieres libertad? Yo te la doy para que hagas una elección. Puedes seguir viviendo la vida que llevas, engañándote y llevando dentro toda esa culpabilidad, o puedes cambiar y ser lo que de verdad quieres ser, ser mejor persona.
—¿Por qué insistes tanto? —preguntó el pirata en voz baja.
—Porque la lucha entre la Luz y la Oscuridad se produce constantemente en toda la galaxia, en cada uno de nosotros. Incluso el más pequeño gesto de compasión es una victoria para la Luz. Un Jedi no puede defenderla él solo, ¿pero si se une toda la galaxia? Eso ya es otra historia. Tú podrías ser uno de esos defensores.
—Es demasiado tarde para mí. No sabes las cosas que he hecho.
—Sé que has hecho cosas terribles —Luke miró fijamente a los ojos de Faragar—. Y te perdono. No dejes que la culpabilidad te arrastre eternamente por ese camino, que sirva para impulsarte a cambiar.
La rabia había abandonado el rostro de Faragar y había sido reemplazada por una expresión de estupefacción. Durante toda su vida le habían dicho que no sería nada en su vida, que no podía aspirar a ser alguien en la galaxia, nadie había creído en él. Ni sus padres, ni sus compañeros de juventud, nadie. Y ahora el mismísimo Jedi, el héroe de la galaxia, decía…
—¿De verdad crees que puedo cambiar? ¿Ser mejor de lo que soy ahora? —preguntó Faragar con un brillo en los ojos.
—No lo creo, sé que puedes serlo. Solamente espero que te atrevas a dar el paso —le respondió Luke con una mirada sincera—. ¡Oh, el sable casi está listo! Sólo falta la bisutería.
El cristal de Kyber se colocó en el centro de la estructura que formaban las piezas, que terminaron de encajar, y el sable láser se encendió, revelando una hoja brillante de color verde. El Jedi cogió su arma y ayudó al pirata a levantarse. Después cargó con él para que ambos pudieran llegar hasta el cubo.
Faragar, aún reflexionando sobre las palabras de Luke, vio como el Jedi introducía la hoja del sable a través del agujero del cubo. Mantuvo el sable encendido en el interior mientras se escuchaba el ruido de algo derritiéndose por el calor del arma. Tras unos momentos, un mecanismo se activó y las piedras del cubo comenzaron a apartarse, revelando un pedestal que se ocultaba en el interior. Sobre éste, descansaba un libro antiguo.
—¿La reliquia es un libro? —preguntó Faragar con una mezcla de asombro y decepción.
—La reliquia es conocimiento. Pero aun así vale una fortuna, por si te lo estás preguntando.
—¿Por qué…? —comenzó a decir el pirata intentando poner cara inocente pero el Jedi le interrumpió.
—Voy a darte la libertad de elegir el destino del libro. Tú decides quién de nosotros se lo lleva —dijo con seriedad Luke. Faragar lo miró con asombro y, tras unos segundos, una sonrisa apareció en su rostro.
—Quédatelo tú, Luke. Creo que será más útil en tus manos.
—Gracias —respondió el Jedi mientras guardaba el libro entre sus ropas—. Me alegro de tu elección. —Faragar creyó ver una pizca de orgullo en la expresión del maestro Jedi.


Ambos emprendieron juntos el camino de vuelta a la superficie. El pirata pensaba en la explicación que tendría que dar a los suyos cuando diese la orden de partir del planeta sin reliquia alguna. Volvió a mirar al Jedi. Aún le parecía un milagro que estuviese allí con él.
—¿Qué harás ahora, Luke? —preguntó Faragar con curiosidad.
—Llevo tiempo sintiendo que pronto surgirá un gran foco de Luz en la galaxia. Seguiré trabajando para que esa nueva Luz tenga, cuando llegue el momento, las herramientas suficientes para continuar el camino que llevo tantos años siguiendo —dijo mientras miraba el viejo libro Jedi que había conseguido—. Espero con ansias ese momento.


Desde la linde de un bosque de Cretar, un mundo situado en los límites de la galaxia, Faragar vigilaba con sus macrobinoculares un convoy de la Primera Orden que se acercaba lentamente a la trampa. El antiguo capitán estaba acompañado por tres de sus hombres de confianza y por la milicia local de Cretar. Sus tres amigos habían sido los únicos piratas que decidieron seguirle cuando Faragar cambió drásticamente de dirección tras el encuentro con el Jedi, ya años atrás. El resto de piratas no aceptaron su nuevo rumbo, se amotinaron y casi acabaron con él, pero fue una decisión de la que Faragar no se arrepentía. Desde entonces, él y sus tres amigos habían ayudado a innumerables personas en los mundos más inhóspitos de la galaxia, allí donde nadie más se molestaba en acudir. Por eso estaban ahora en Cretar, donde la milicia local estaba compuesta por granjeros y agricultores, gente que nunca había luchado y que tenía miedo de la Primera Orden. Quedaba poco para que el convoy alcanzara la posición deseada, así que Faragar aprovechó para animar a los cretarianos.


—Sé que tenéis miedo. Teméis por vuestro mundo, vuestros hogares, vuestros seres queridos. He sido testigo de ese miedo en muchas ocasiones. Sí, tenéis mucho que perder. Puede que eso parezca una debilidad, pero os aseguro que no, es lo que os hace fuertes. Esos hombres de allí, esos invasores —dijo señalando al convoy—, no luchan por nada, están vacíos por dentro, sólo cumplen órdenes que ni siquiera entienden. Nosotros contamos con una fuerza extra, la que nos da todo aquello que nos importa y que ahora peligra, y por eso lucharemos hasta nuestro último aliento. ¡Seremos su pesadilla! Luke Skywalker se sacrificó para demostrarnos que la luz de la Rebelión sigue encendida. ¡Hoy nos rebelamos!


Los milicianos gritaron de euforia. Las dudas se disiparon. Faragar presionó su detonador y las bombas ocultas explotaron bajo el convoy. Reinó la confusión entre las tropas de la Primera Orden y los milicianos, liderados por Faragar, se abalanzaron sobre ellos. Mientras luchaba, Faragar hizo una promesa silenciosa: “Luke, protegeremos la Luz”.

Publicado por Gorka Salgado

Fan de Star Wars y coleccionista de sus libros, cómics y revistas

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