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    Traducción exclusiva del nuevo relato de la serie The High Republic: Starlight – “Peligro Oculto” (Parte 2)

    Traducción por Mario Tormo

    Segunda y última parte de la tercera historia de la serie antológica Starlight, que cuenta sucesos ambientados en la estación espacial de la Alta República que no se han visto en ningún otro libro o cómic. Justina Ireland remata el relato con una estremecedora revelación. Si no habéis leído la primera parte podéis hacerlo aquí.

    Starlight:
    PELIGRO OCULTO
    (Parte dos)

    Anteriormente:

    La violencia era lo último que se podía esperar de los reputados científicos reunidos en la Baliza Starlight para la conferencia anual de la Alianza Agrícola Galáctica, y aun así Velko Jahen y Ghal Tarpfen habían tenido que intervenir para detener una pelea brutal. Y justo después se habían encontrado con un desastre aún mayor…


    Velko Jahen, administradora de la Baliza Starlight, corría por el vestíbulo detrás de Ghal Tarpfen, jefa de seguridad de Starlight. La mon calamari llevaba un ritmo brutal.

    –Todas las unidades, repito, todas las unidades, por favor diríjanse al comedor. Se están produciendo disturbios –la voz de la Maestra Jedi Estala Maru, a través del comunicador de Velko, permanecía calmada e inalterable. Eso era buena señal, ya que Velko estaba suficientemente alterada por los dos.

    Velko irrumpió en el comedor unos segundos después que Ghal, deteniéndose en seco. Cuando el Maestro Maru dijo «disturbios», Velko realmente no había entendido lo que quería decir con eso. Esperaba encontrar gente destrozando pantallas y saqueando cosas. Pero la escena que tenía frente a ella se parecía más a una pelea que a unos disturbios: una mujer devaroniana golpeando a un hombre czerialan antes de ser atacada por la espalda por un humano. Un mirialano, en una silla flotante, gritaba de rabia mientras se dirigía hacia un desafortunado ugnaught, que logró apartarse del camino momentos antes de ser golpeado, y la silla flotante se estrelló contra la pared.

    La gente estaba peleándose por todos lados en la sala. Y no eran unos cualquiera, estos eran los científicos que se habían reunido en la Baliza Starlight para la conferencia de la Alianza Agrícola Galáctica.

    –¿Sigue pensando que pueda ser ‘de mala educación’ disparar a nuestros invitados? –Preguntó Ghal secamente.

    Momentos antes, habían tenido que detener una pelea en el vestíbulo principal, y Velko se había horrorizado al ver que Ghal disparaba a los combatientes. No con un disparo láser a máxima potencia, sino con un rayo paralizante diseñado precisamente para esas situaciones. En retrospectiva, había sido una manera rápida de poner orden en el caos.

    –No, creo que quizás sea nuestra mejor opción. ¿A menos que tenga otra idea?

    –¿Quizás podríamos servir de ayuda? –dijo una voz suave.

    Velko se volvió encontrándose a media docena de Jedi detrás de ella. Reconoció a pocos, pero no le sorprendió. Los Jedi siempre iban y venían, y tratar de seguirles la pista a todos ellos en Starlight en un momento dado era como intentar contar estrellas en el hiperespacio.

    –Administradora Velko –dijo el más cercano, dando un paso adelante. Reconoció al humano de piel oscura: Gil Jaretto, un Maestro Jedi de visita desde Dubraib, un planeta acuático en la frontera–. ¿Quizás sería mejor dejarnos que nos hiciéramos cargo de este asunto?

    –Siempre y cuando puedan contener a los científicos sin que nadie resulte herido –dijo Velko.

    Gil inclinó la cabeza en señal de respeto y el grupo de Jedi dio un paso adelante, con las manos levantadas hacia el grupo en el comedor. Durante un instante la refriega continuó hasta que todos quedaron congelados, con expresiones relajadas.

    –Oh, gracias a las estrellas… –comenzó a decir Velko, antes de que la pelea estallara una vez más, los Jedi fruncieron el ceño por el esfuerzo mientras trataban de calmar a los combatientes de nuevo.

    Ghal hizo un ruido de burla y se encogió de hombros.

    –Creo que esa nave ha partido ya –dijo, señalando la gigantesca pelea más allá del umbral–. Así que no, Jedi, esto es algo de lo que nos podemos ocupar nosotros. ¡Ochosiete!

    Un droide de seguridad, uno que había aparecido mientras los Jedi reaccionaban, avanzó pesadamente.

    –Inicia la represión de multitudes no letal –ordenó Ghal.

    –Desplegando la supresión de multitudes –respondió el droide y de su pecho surgió una válvula lanzando espuma, formando un arco en dirección al comedor–. Treinta segundos hasta la supresión total.

    –Corten la filtración de aire en el comedor –ordenó Ghal a través del comunicador de su oído. Al grupo que se apiñaba en la puerta les dijo–: Tenemos que dar un paso atrás.

    Velko vio fugazmente la espuma expandiéndose por toda la sala, un aroma floral le hizo cosquillas en la nariz, antes de que las puertas se cerraran. Sonrió tensamente a los Jedi, quienes asintieron con reconocimiento, y un incómodo silencio se cernió sobre el grupo hasta que pasó el tiempo necesario.

    Las puertas se abrieron nuevamente, revelando a casi un centenar de científicos agrícolas de diferentes especies completamente cubiertos de espuma y durmiendo profundamente.

    –Maestro Gil, muchas gracias por su ayuda. ¿Podrían usted y al resto de los Jedi patrullar los corredores para comprobar que no haya mas brotes violentos? Ghal y yo podemos ocuparnos de lo de aquí con el equipo médico –murmuró Velko, ignorando la mirada triunfal que le ofrecía la mon cala.

    –Por supuesto, administradora Jahen –el Jedi se alejó y Velko suspiró.

    –Necesitamos que examinen a cada una de estas personas. No es así como se comportan los científicos civilizados. Algo causó esto. Algo deliberado.

    –¿No crees que todo un grupo de científicos hayan acabado peleándose discutiendo por la mejor manera de regar una cosecha de khema? –murmuró Ghal sarcásticamente.

    –No –respondió Velko–. Y tenemos que averiguar qué ha sido antes de que alguien acabe causándose la muerte.

    ***

    –He tomado muestras de aproximadamente la mitad de los alborotadores –afirmó el doctor Gino’le, el anacondan a cargo del centro médico, agitando sus brazos protésicos de metal con agitación–. Cada una de las lecturas es completamente normal.

    –¿Nada inusual? –Preguntó Ghal.– Resulta extraño.

    Habiendo sospechado de algún tipo de toxina, transmitida por el aire o absorbida a través de alimentos o líquidos, Ghal había asignado equipos médicos para realizar barridos de sensores en los transbordadores en los que habían llegado los científicos, en las habitaciones que se les habían asignado y en todos los lugares donde los miembros de la Alianza Agrícola se habían reunido. Pero no se había encontrado nada, salvo los restos de somnífero de la espuma que el droide de seguridad había dispersado.

    –Solo puedo suponer que cualquier cosa a la que estuvieron expuestos, si es que lo estuvieron, tiene una vida media muy corta, y se descompone rápidamente en el sistema circulatorio. Incluso algunos de mis pacientes con metabolismos más lentos han vuelto a lecturas normales. Por lo que me temo que no puedo ofrecerle una buena explicación.

    –Frustrante –gruñó Ghal.

    El doctor Gino’le le dedicó una sonrisa a Ghal.

    –La buena noticia es que los dos a los que aturdió están ahora despiertos. Puede interrogarlos, si lo desea.

    El ithoriano y el amani descansaban en pabellones separados del centro médico, aislados por si se daba otro incidente violento, y sujetos mediante correas a sus camas. Velko y Ghal no tenían tiempo que perder, por lo que se separaron: Velko habló con el amani mientras Ghal lo hacía con el ithoriano. Si las agresiones se extendían por toda la estación, no se sabía qué podría pasar. Velko había vivido la mayor parte de su vida luchando en una guerra sin fin, y sabía lo rápido que podía romperse la paz. No dejaría que el caos reinara en Starlight.

    –¿Qué me ha pasado? ¿Por qué estoy retenido? –gruñó el amani cuando Velko entró en la habitación.

    Su piel verde amarillenta relucía con una pátina viscosa, sus largos brazos y manos tremendamente grandes estaban sujetos a su costado. La punta de su cola se movía con irritación.

    –Estuvo en una pelea –dijo Velko–. ¿No se acuerda?

    –No recuerdo nada –respondió el Amani confundido.

    –Soy la administradora Velko Jahen. Trabajo aquí en Starlight y estoy a cargo de supervisar la conferencia agrícola. ¿Cree que juntos podríamos averiguar qué le sucedió?

    –Eso sería lo ideal, administradora. Soy el doctor Prot Xan, biólogo de la Academia Hyko en Hosnian Prime. Esto es muy inusual.

    –Estoy de acuerdo –dijo Velko, ofreciéndole al amani una sonrisa con la esperanza de que disipara la tensión que ya arrastraba la conversación–. ¿Puede contarme qué recuerda?

    –Yomo y yo habíamos cerrado con llave nuestras dependencias e íbamos de camino a cenar cuando decidimos hacer un recorrido por los jardines de al lado del vestíbulo principal. Estábamos caminando, luego Yomo dijo algo… No estoy seguro de qué, si le soy honesto. Simplemente me sentí molesto y luego enfadado, y lo siguiente que recuerdo es despertarme aquí.

    –¿En qué jardines se encontraban? ¿Fueron los jardines de exposición o el jardín de meditación? ¿Recuerda haber visto a algún Jedi? –Ambos eran impresionantes, pero solo dos de muchos, las plantas complementan a los depuradores de atmósfera para mantener fresco el aire de Starlight. Los Jedi tendían a frecuentar el jardín de meditación, más tranquilo.

    –Ningún Jedi, pero recuerdo algo. Yomo quería encontrar la propuesta de la profesora Glenna Kip, una versión híbrida de johta, una que se suponía que era más resistente y más fácil de cultivar, especialmente creada para climas áridos. Creo que la encontramos, aunque ahora no estoy seguro. Había una flor, en una serie de enredaderas, con un aroma que me recordaba a mi hogar y las cacerías –el doctor Xan se reclinó, cerró los ojos y respiró de manera constante–. Ahhh, qué tiempos tan maravillosos eran.

    El Doctor Xan se enderezó, con sus brillantes ojos negros de amani puestos en alerta repentinamente.

    –¿Dijo que estuve en una pelea? ¿Quién era el otro combatiente?

    –Un ithoriano. Creo que era tu amigo, ¿Yomo?

    –¿Yomo? ¡Oh cielos! Sí, Yomo es ithoriano, pero es mi amigo más antiguo. Fuimos juntos a la universidad. Él fue quien me convenció para orientar mi interés en la biología molecular hacia la agricultura. Oh cielos, oh cielos. ¡Esto está completamente fuera de lugar para Yomo! Es un científico brillante, no de los que se meten en peleas.

    Velko le hizo al doctor algunas preguntas más, pero no descubrió nada concluyente, su angustia eclipsó sus respuestas. Tratando de no mostrar su frustración, dio las gracias al amani y se dirigió al vestíbulo del centro médico, donde encontró a Ghal esperando.

    –Pues ha sido una pérdida de tiempo –dijo Ghal con un sonido burbujeante que Velko tomó como el equivalente mon calamari a un suspiro.

    –Quizá no. ¿El doctor Yomo recordó algo más allá de las enredaderas en flor y una visita a los jardines?

    Ghal negó con la cabeza.

    –No, por lo cual no nos sirve para nada. ¿Una planta? ¿Cómo puede una planta causar todo esto?

    –No estoy segura, pero tal vez haya algo en la planta. Un parásito, por así decirlo. Había una niña humana con una planta extraña. Creo que podría estar involucrada de alguna manera.

    Ghal se encogió de hombros.

    –Quizá. Vayamos a comprobarlo.

    Ghal y Velko recorrieron tres jardines diferentes antes de encontrar las enredaderas en flor que el Doctor Xan había mencionado. Estaban enrolladas alrededor de varios de los árboles y plantas circundantes y parecían fuera de lugar, y aun así Velko las reconoció.

    –Justo como pensaba. Necesitamos encontrar a la chica que trajo esa planta ayer. La vi en las escaleras de mantenimiento.

    –¿Te has estado relajando de nuevo con tu rutina de ejercicios? –Preguntó Ghal, y Velko se encogió de hombros.

    –He estado ocupada.

    Ghal estudió pensativamente las retorcidas enredaderas.

    –No soy una experta en plantas de superficie pero, ¿no es eso un crecimiento considerable en solo unas pocas horas?

    –Un crecimiento sin precedentes. Me preocupaba que se tratasea de un Drengir, pero el hecho de que hayamos estado aquí parados unos minutos y no haya intentado comernos me ha hecho descartar esa idea.

    Velko se acercó cautelosamente a una de las enredaderas. No se retorcía, no como el Drengir que había visto, pero parecía activa.

    –Cuidado –gritó Ghal, aparentemente desde muy lejos.

    Un aroma cítrico amaderado le hizo cosquillas a Velko en la nariz. Parpadeó una y otra vez. La planta que tenía ante ella cambió y se transformó, tomando de repente una forma monstruosa.

    –¡Drengir! –jadeó, cogiendo su bláster. Pero el arma había desaparecido, no llevaba nada consigo.

    Otro parpadeo y Velko ya no estaba en la Baliza Starlight. En cambio, estaba de vuelta en Soika, su pelotón avanzaba sobre algunas defensas de la colina mientras el fuego de bláster llovía a su alrededor.

    –¡Velko! Deja de estar ahí parada y sube la maldita colina para que podamos acabar con ese ese cañón pesado.

    Velko se volvió y vio a la capitana adjunta Aila Gris gritándole justo antes de que un rayo láser diera en el blanco. Aila salió despedida un metro hacia atrás, muriendo antes de que su cuerpo golpeara el suelo.

    –No, no, no.

    Velko entró en pánico tirándose de los pelos. ¿Cómo había vuelto aquí? ¿No había hecho todo lo posible para alejarse lo máximo de este lugar? Tenía que salir de allí y, como tantos otros malos recuerdos de Thyrsus, la única salida era campo a través.

    Velko lanzó un puñetazo al combatiente más cercano. Pero el hombre no cayó. En cambio, rugió y se lanzó sobre ella. Velko se agachó, lista para el ataque. Mataría a cualquiera que se interpusiera en su camino.

    El hombre cargó contra ella, pero cuando ella le lanzó una patada, él la agarró del pie y la hizo girar, arrojándola contra una columna. Velko se puso de pie, enojada y confundida. ¿Por qué había una columna en el campo de batalla?

    El hombre se desvaneció, y tan rápido como había entrado en la pesadilla, Velko se vio de nuevo en los jardines. Ghal estaba a su lado, comprobando con cautela que su mandíbula no estuviera rota. Su expresión, que era generalmente de molestia, mostraba, de alguna manera, desconcierto.

    –Impresionante, administradora Jahen. No pensaba que lo tuviera dentro.

    Velko parpadeó de nuevo. Una voz, tal vez Rodor Keen, dijo:

    –Todavía está un poco confundida. ¿Puedes golpearla una vez más?

    Una niebla cayó sobre Velko, fresca y relajante. Y su confusión se desvaneció.

    –¿Estoy en Starlight?

    –Lo está –Rodor Keen dio un paso adelante, con una amable sonrisa en su rostro.

    Detrás de Rodor había una extraña mujer de piel verde recorrida por líneas plateadas. Recordaba levemente a un reptil. Su cabeza iba envuelta en un turbante y su bata de laboratorio estaba salpicada de diferentes componentes multicolor.

    –¿Qué pasó? Estaba luchando contra un Drengir y un instante después estaba de vuelta en Soika… –Velko se calló, su cabeza latía con fuerza–. ¿Estaba todo en mi cabeza?

    –Una alucinación, me temo. Causada por la floración del johto. Mis disculpas, se supone que no iba a florecer aquí, aún estaba trabajando en esa, ah, poco deseable propiedad –dijo la extraña mujer.

    Rodor se aclaró la garganta:

    –Velko, esta es la profesora Glenna Kip. Ella es la científica que creó este híbrido. La agresividad que hemos estado experimentando es un efecto secundario de su cruce de la flor johto con una cepa menos violenta de Drengir.

    –¿Está hablando en serio? –Preguntó Velko con su rabia incrementándose más aún, esta vez focalizada en un objetivo real.

    –Eso mismo he dicho yo –murmuró Ghal, lanzando a la profesora una mirada asesina.

    –El regreso de los Drengir me recordó a un proyecto similar que emprendí hace tiempo, aunque diría que la última vez el resultado no fue tan… Fructífero –la profesora intentó esbozar una sonrisa–. La República cree que la resistencia que muestran los Drengir podría ser útil para sembrar cultivos en algunos de los planetas menos fértiles de la frontera. Sin mencionar el valor de saber más sobre los Drengir en caso de que surjan nuevos desafíos en el futuro.

    –Tuvimos un motín en el comedor –dijo Velko con voz firme.

    –Sí, y le ofrezco mis disculpas por eso –dijo la profesora Kip con una ligera reverencia–. ¿Avon?

    Era la pequeña niña humana, con piel de un intenso color marrón, que Velko reconoció como con la que se topó en lo que ahora parecía una vida pasada.

    –Avon, ¿todavía tienes ese bloque de sal que te di?

    –Sí, profesora Kip –dijo la niña con una sonrisa, sacándolo del bolsillo.

    Kip enterró la sal en la maceta e inmediatamente las flores comenzaron a marchitarse y morir. En menos de un minuto toda la planta se había secado, dejando nada más que hojas muertas y ramitas marrones.

    –Es increíblemente difícil cultivar johto más allá de la atmósfera de su planeta de origen, y la sal tiene un efecto inmediato en él. Le pasé la lista de componentes del compuesto neutralizante a sus ingenieros ambientales, por lo que no debería haber más efectos nocivos provocados por las flores.

    Velko no podía estar de acuerdo con la profesora. Todavía se sentía temblorosa y de mal humor por haber revivido el recuerdo del asalto a Qunatos. Pasaría algún tiempo antes de que se sintiera algo parecido a lo normal.

    –Si hibridó muestras de Drengir con un cultivo existente, ¿qué impedirá que otros hagan lo mismo? —Preguntó Ghal–. Ya es suficientemente duro cuando infectan a los vivos, ¿ahora tenemos que preocuparnos de que se siembren ellos mismos?

    –Oh, no, eso no sucederá –dijo la profesora Kip con un gesto de desdén–. He intentado crear semillas a partir de los Drengir, y ha resultado completamente imposible. No se pueden sembrar en ningún lado. Limitar su propagación es una de las cosas que la Alianza ha tratado conjuntamente, y nuestros datos indican que nunca, nunca se siembran a sí mismos.

    Velko no estaba convencida, pero tenía un fuerte dolor de cabeza y el último lugar en el cual quería estar era cerca de plantas o expertos en ellas.

    Ghal le dio una fuerte palmada en el hombro a Velko.

    –Venga. Tiene pinta de que le vendría bien tomarse algo, y no estoy hablando de té tarine.

    –¿Qué pasa con la Alianza Agrícola Galáctica? –gritó Rodor a Ghal y Velko mientras se alejaban–. ¡Apenas se han instalado!

    –Le diré a la profesora Qwasa que le busque si tiene alguna pregunta –respondió Velko.

    –Realmente quiero que me enseñe ese puñetazo de nuevo, cuando esté lista –le confesó Ghal.

    Velko hizo una mueca de dolor.

    –Lamento mucho eso –dijo.

    –No lo sienta –se rió Ghal con un extraño resoplido de su garganta–. Es la primera vez que me ha caído bien.

    FIN.


    En el próximo número de la revista Insider tendremos un relato completamente nuevo llamado Past Mistakes y escrito por Cavan Scottt. Si queréis leer los relatos anteriores tenéis los enlaces a continuación:

  • Traducción exclusiva del nuevo relato de la serie The High Republic: Starlight – «Peligro Oculto» (Parte 1)

    Traducción exclusiva del nuevo relato de la serie The High Republic: Starlight – «Peligro Oculto» (Parte 1)

    Traducción por Mario Tormo

    Nueva historia centrada en lo que sucede en la Baliza Starlight mientras nuestros héroes se encuentran en sus respectivas misiones. En esta ocasión vemos lo que sucede tras el ataque Drengir que pudimos leer en los cómics de Marvel y En la Osucridad. Escrita por Justina Ireland, esta historia tiene como protagonistas a Velko Jahen y Ghal Tarpfen, a quienes conocimos en el anterior relato Starlight: Primera Tarea (parte uno y parte dos).

    Starlight:
    PELIGRO OCULTO
    (Parte uno)

    Anteriormente:

    El recuerdo del reciente ataque Drengir en la Baliza Starlight aún pesa demasiado en la memoria de su tripulación. Mientras tanto, la estación espacial se prepara para albergar la conferencia anual de la Alianza Agrícola Galáctica…


    Velko Jahen y Ghal Tarpfen iban corriendo por el pasillo que salía del centro de seguridad de la Baliza Starlight en dirección al ascensor más cercano, Ghal presionó el botón que los llevaría al vestíbulo principal con una brutalidad que enmascaraba su angustia interior.

    —¿Crees que llegaremos a tiempo de evitar que se hagan daño uno al otro? —Se preguntaba Velko en voz alta.

    —Sólo podemos esperar que así sea —dijo Ghal.

    En cuanto las puertas se abrieron, salieron del transporte y se toparon con una muchedumbre de diferentes seres.

    Mientras se abrían paso a través del griterío de la multitud, Velko se esforzaba por descubrir el motivo por el cual las cosas se habían torcido tanto, tan rápido…

    ***

    Un Día Antes

    Todo estaba mal.

    Velko miró la pancarta que colgaba sobre el conjunto principal de ascensores que daban servicio a las bahías de acoplamiento principales del Faro Starlight y suspiró. «¡Bienvenida sea la Alianza Agrícola!» proclamaba la tira de tela, con los caracteres en aurabesh bordados en letras verdes brillantes sobre un fondo color marfil.

    —Pensé que nos habíamos decidido por el azul —dijo Velko, frunciendo el ceño, mientras comprobaba en su datapad la solicitud del pedido para la pancarta.

    —¿Azul? No, ustedes querían verde —el creador de la pancarta, un neimoidiano que era bien conocido por sus hermosos tapices y cortinas, miraba a Velko con el ceño fruncido. El evidente disgusto era palpable—. El controlador Rodor Keen dijo verde, por las plantas. Ergo os hice una hermosa pancarta verde.

    —No todas las plantas son verdes —murmuró Velko.

    Pero la pancarta estaba muy bien hecha, era majestuosa y grandiosa sin ser excesiva ¿Qué importaba que Rodor Keen hubiera cambiado sus meticulosos planes una vez más? Está claro, él es el jefe de operaciones de la República, responsable de la Baliza Starlight, pero ¿no podría al menos dejar que ella se encargara de la decoración sin entrometerse? Ah, bueno, al menos esta vez no había sido el Jedi Estala Maru.

    —Está bien ¿Qué pasa con la mantelería y demás para la cena formal?

    —Todo en orden, mi señora, todo en orden —el neimoidiano señaló el grupo de ascensores—. Puedo irme y terminar de colgar los tapices, ¿no?

    —Sí, sí, gracias. Dijo Velko, prestando medianamente atención mientras se alejaba para ocuparse de otras tareas.

    Todavía tenía una docena de asuntos menores de los que ocuparse antes de que llegaran los delegados. Pero lo más importante era la seguridad para el evento, y eso requeriría una visita al centro administrativo.

    Durante los próximos días, la Alianza Agrícola Galáctica celebra su reunión anual en la Baliza Starlight. Después de la destrucción acaecida en el sistema Hetzal y el consiguiente trastorno para las rutas hiperespaciales, esta reunión anual será el primer gran evento que albergará Starlight, solo superado por su ceremonia de inauguración. También será el primer encuentro de la Alianza Agrícola que da la bienvenida a miembros de toda la galaxia, y no solo a los pocos que habitualmente hacían el viaje a Coruscant, donde siempre se celebraba. Con la gente de la frontera preocupada por la seguridad de toda la galaxia, especialmente con la Feria de la República cada vez más cerca, la presión por garantizar que el evento transcurriera sin problemas era enorme. ¿Quién hubiera pensado que tanta gente estaría tan comprometida para mantener felices a un grupo de científicos? Se preguntaba Velko. Aunque no para ella, en Thyrsus, la agricultura siempre había sido considerada como una ocupación llevada a cabo solo por aquellos que eran demasiado cobardes como para defenderse. De hecho, en los últimos días, a Velko se le había hecho ver que no todos los sistemas encontraban la guerra más edificante que el cultivo, y ahora estaba tan decidida como todos los demás a asegurarse de que este evento fuera un éxito. Y eso comenzaba por una seguridad inmejorable.

    Velko se dirigió a la oficina de seguridad, optando por las escaleras de mantenimiento en lugar del ascensor. Últimamente había estado relajada respecto a su forma física, y parecía una buena manera de darse también unos momentos a solas para pensar. Últimamente demasiada gente la reconocía como la persona que se encargaba de que las cosas se llevaran a cabo en la Baliza Starlight, o al menos tenía contacto directo con aquellos que podían hacerlo, y a menudo se encontraba interpelada por alguien que le preguntaba por qué no se servía un determinado plato en el comedor, o por qué las luces se atenuaban en un momento concreto, y muchas otras quejas menores por el camino. Algunos días era difícil hacer algo, especialmente cuando todos parecían olvidar que vivir juntos en la Baliza Starlight significaba tener en cuenta las necesidades de muchas especies diferentes.

    Pero estaba mejorando mucho en el manejo de las demandas y en explicar a los exasperados funcionarios y visitantes de la República por qué no podía atender ciertas solicitudes especiales.

    Después de los primeros dos tramos de escaleras, los muslos de Velko empezaron a arder, y comenzó a correr, disfrutando de la sensación de los músculos trabajando en sus piernas. Cuando pasó por la puerta del quinto piso, se detuvo al toparse con una niña humana de piel morena gruñendo por el peso de una maceta gigante de enredaderas en flor.

    No había nada en la maceta que debiese alarmar a Velko. No era raro ver a los jardineros reorganizar las plantas que estaban diseminadas por varios lugares de la estación, pero había algo en estas enredaderas que le recordaba a los drengir. Era ridículo, por supuesto, ya que la planta de la maceta no se estaba comiendo a la chica ni estaba tratando de atacar a nadie, pero todo el mundo estaba preocupado desde que hubo aquella plaga de criaturas en Starlight, no hace tanto tiempo. Y Velko no era una excepción.

    —Oye, no deberías haber vuelto aquí —jadeó Velko, sintiéndose sin aliento más de lo debido teniendo en cuenta que había sido una subida tan corta. Realmente tenía que empezar a sacar tiempo para hacer ejercicio.

    —Oh, mi mentor me dijo que se suponía que debía llevar estas plantas al comedor y que tenía que hacerlo en unos veinte minutos para asegurarme de que las flores no se marchitaran. Esta es una planta muy frágil, y la humedad ambiental en la Baliza Starlight es aproximadamente del cuarenta y cinco por ciento, que es demasiado baja, pero el jardín de arriba se mantiene a un ochenta y cinco por ciento de humedad, lo que es mucho más aceptable. Además, todos los ascensores estaban ocupados y me preocupaba no llegar a tiempo.

    Velko parpadeó mientras la chica continuaba charlando y levantó una mano para interrumpir su cháchara.

    —En realidad eso no explica cómo volviste aquí.

    —¡Oh, cortocircuité la cerradura! —dijo la chica—. Las cerraduras estándar de la República tienden a usar una equivalencia trenzada del cifrado de Gratton, y el algoritmo de Maben se establece en un pulso de cuatro tiempos. Es extraño, ¿verdad?, que tantas cerraduras gubernamentales en toda la galaxia respondan exactamente a los mismos patrones de datos. De todos modos, no tengo mucho tiempo para explicarlo, pero estaré encantada de enseñártelo más tarde si quieres.

    Velko tuvo la extraña sensación de estar cayendo desde una gran altura.

    —Lo siento pero, ¿tú quién eres? —Velko se cruzó de brazos mientras la irritación se iba apoderando de ella, y olfateó, consciente del aroma picante de las flores en la maceta que sostenía la niña. Le hizo cosquillas en las fosas nasales.

    La puerta frente a la chica se abrió deslizándose, apareciendo un droide niñera de color rosa dorado al otro lado.

    —Bueno, Avon, parece que tus cálculos fueron incorrectos porque de hecho te gané. Incluso fui a buscarte al invernadero, donde esta planta debería estar en los próximos ocho minutos. Y me debes una lata de aceite de canuda para mis juntas.

    —Avon Starros —dijo la chica con una gran sonrisa, ignorando al droide y respondiendo a Velko—. Estoy aquí con la Alianza Agrícola Galáctica para el simposio previsto. ¡Tengo que irme, pero me aseguraré de usar los ascensores a partir de ahora! —dijo la chica, levantando la maceta y corriendo tras su droide, quien mantuvo una charla constante con la chica mientras las dos se iban.

    Curioso.

    Velko salió por la puerta inmediatamente después de la pareja, pero no había rastro ni de la chica ni de su droide.

    Encogiéndose de hombros ante el extraño encuentro, Velko centró su atención una vez más en prepararse para la llegada del resto de la Alianza Agrícola.

    ***

    Un día después, tras varias rondas de discusiones (o «desacuerdos vocales», como Rodor prefiría llamarlos), todo estaba en su lugar. Cada elemento de Starlight parecía tener un poco más de brillo, y los dormitorios se habían reservado y preparado para más de cien de los botánicos, expertos agrícolas y biólogos más importantes de la galaxia. La comida para tantos invitados extra estaba encargada y preparada con especial cuidado para satisfacer los particulares gustos y aversiones de cada una de las especies. Había carnes y verduras para las formas de vida basadas en el carbono, varias sopas e infusiones vigorizantes para las formas de vida no basadas en el carbono, y suficiente vino como para una gran cantidad de tabernas. Los científicos estarían bien alimentados y descansados, y algunos de ellos posiblemente estarían algo más que ligeramente embriagados.

    Pero eso era absolutamente perfecto, porque habían aprendido mucho sobre seguridad después del incidente con el embajador Ceeril. No habría sorpresas. Se habían tenido en cuenta todos los tratados históricos y conflictos.

    La Baliza Starlight estaba preparada.

    Velko se detuvo en la bahía de atraque y esperó a que las naves comenzaran a llegar. Habían convencido a la Alianza para coordinar sus viajes de manera que el centenar de científicos llegara en cinco naves: una desde Coruscant, otra desde Chandrila y tres desde cada extremo de la galaxia, específicamente desde los planetas Onderon, Ord Mantell y Raxus. Los científicos estarían irritados y de mal humor después de sus viajes, la mayoría de la gente generalmente lo estaba, así que Velko planeaba saludarlos y asignarlos a sus dormitorios rápidamente para que pudieran relajarse antes de la gran cena esa noche.

    Nada podía salir mal.

    ***

    Horas más tarde, después de sonreír, hacer una reverencia y saludar a ciento seis científicos agrícolas, Velko caminó hasta el centro administrativo encontrándose a la jefa de seguridad de Starlight, la Jefa Ghal Tarpfen, observando los monitores que iban mostrando alternativamente diferentes imágenes de la Baliza Starlight: las bahías del hangar, el comedor, el jardín de meditación, el vestíbulo, y así sucesivamente. Las imágenes pasaban tan rápidamente que hicieron que Velko se sintiera un poco mareada.

    —Me sorprende que puedas hacer un seguimiento de todo lo que está sucediendo —bromeó Velko.

    Tarpfen, una mon calamari sin una pizca de humor, tomó un sorbo de una taza con un líquido verdoso y no dijo nada durante un largo rato.

    —¿Me estás controlando? Porque son solamente un puñado de científicos —dijo finalmente—. Lo más emocionante que han hecho es caminar por los jardines de meditación oliendo las flores. Que por cierto, todas están floreciendo, tal como querías.

    —Ah, tendré que darle las gracias a Castor por ocuparse de eso.

    Velko había pensado que estaría bien hacer florecer los jardines para la visita de los científicos, ya que todos eran biólogos y horticultores y cosas por el estilo. Las personas que amaban las plantas seguramente les encantaban las flores, y sería una tarea sencilla para el jardinero. Dado que los jardines de Starlight ya estaban en un horario artificial, no habría sido un gran problema, pero era estupendo saber que habían logrado hacerlo. Unas flores bonitas ocupaban una posición menor en la lista de prioridades cuando había cien personas a las que mantener a salvo, alimentadas y alojadas, pero era un buen detalle de todos modos.

    Un sonido como de timbre captó la atención de Velko, y frunció el ceño ante una de las pantallas de más abajo cuando comenzó a parpadear.

    —¿Qué está pasando ahí?

    Tarpfen se inclinó hacia delante y dejó a un lado su taza de té tarine.

    —Parece que un droide cámara detectó una infracción en esta área. Los droides están programados para reconocer más de tres mil tipos diferentes de infracciones agresivas.

    —¿Agresivas…? —Empezó a decir Velko, pero no tuvo la oportunidad de terminar.

    En la pantalla, un macho ithoriano se abalanzó sobre un amani, quien respondió moviendo la cola y golpeando al ithoriano.

    —¡Tarpfen!

    —Estoy en ello —dijo la mon calamari, poniéndose en pie y siguiendo a Velko que salía corriendo por la puerta.

    ***

    La pelea había comenzado en el vestíbulo principal, no lejos de los jardines, y cuando Velko y Tarpfen aparecieron por uno de los ascensores cercanos, el ithoriano y el amani estaban enzarzados en un combate en toda regla. Ninguno de los dos decía una palabra. En su lugar, se siseaban y chasqueaban el uno al otro, emitiendo unos sonidos guturales tan feroces como violentos.

    Una multitud se había congregado para ver la pelea, y atravesar el gentío se hacía lento. Tarpfen no vaciló. Sacó su bláster y disparó dos tiros dirigidos a los luchadores, derribándolos a ambos.

    —No te preocupes. Sólo los he aturdido —exclamó, en respuesta a la expresión de sorpresa de Velko.

    —Lo sé, pero ¿disparar a nuestros invitados? —Velko negó con la cabeza—. Eso nunca es una respuesta adecuada.

    Aun así, el fuego láser había dispersado a la multitud más rápidamente que los gritos y empujones, aunque Velko no estaba impresionada por la impulsiva decisión de Tarpfen de disparar contra dos seres en medio del vestíbulo.

    —¿Preferirías que los hubiera dejado machacarse el uno al otro hasta convertirse en pasta de proteína? —Preguntó la jefa Tarpfen con voz plana.

    Velko respiró hondo y suspiró, pero tan pronto como abrió la boca para indicarles a los droides de seguridad que llevaran a los dos luchadores al centro médico, una fornida siniteen de piel amarilla opaca y el ceño fruncido la interrumpió.

    —¿Qué significa esto? —preguntó la mujer, con las venas de las crestas de su gran cabeza palpitando con evidente disgusto—. ¿Cómo se atreve a ponerse a disparar indiscriminadamente contra mis colegas?

    —Estos individuos se estaban peleando —comenzó a decir Tarpfen, pero Velko se interpuso entre las dos mujeres y le hizo una pequeña reverencia a la siniteen.

    —Mis disculpas, pero la Jefa Tarpfen tiene razón. Soy la administradora Velko, ¿puedo ayudarla de alguna manera?

    —Ah, Velko, la persona que estaba buscando. Soy la profesora Sh’nar Qwasba, la actual presidenta de la Alianza Agrícola Galáctica. Me temo que acabo de llegar y no he tenido la oportunidad de ponerme en contacto con usted antes. Estaba convencida, hasta ahora, de que la acogida en Starlight estaba siendo excepcional, pero luego mi asistente me dijo que mis colegas estaban peleándose en el vestíbulo.

    —Sí, es por eso por lo que han sido, um, reducidos. Vamos a hacer que los lleven al centro médico.

    —Y luego serán detenidos hasta que comprendan que la Baliza Starlight tiene una política de tolerancia cero con las peleas —intervino Tarpfen.

    —Andar disparando a civiles quizá sea algo extremo, ¿no? —Dijo Sh’nar con aplomo y expresión de disgusto.

    Velko estaba de acuerdo, Tarpfen debería haber mostrado más moderación, pero cualquiera de los dos podría haber matado al otro si la jefa no hubiera intervenido.

    —Fue la mejor elección en ese momento —dijo la mon calamari, parpadeando.

    —¿No es para eso para lo que sirven los droides de seguridad? —Preguntó Sh’nar, cruzando los brazos.

    —Los droides no siempre son los mejores evaluando situaciones que cambian rápidamente, no sé si me entiende —dijo la jefa Tarpfen—. Fue mucho mejor para sus colegas recibir un disparo aturdidor.

    Los droides médicos, y mas personal, llegaron al lugar de los hechos para atender a los luchadores heridos. Lo que incluyó a Okana, a quien Velko saludó con la mano. La médica ovissiana verde pareció estar muy interesada en la discusión entre la jefa Tarpfen y la profesora Qwasba, pero centró su atención en los heridos cuando los subieron a las camillas.

    —Profesora, ¿quizá querría acompañarnos al centro médico? Una vez que se reconozca a los dos infractores, les tomaremos declaración y los pondremos a su disposición —aseguró Velko a Sh’nar—. Estoy segura de que sea lo que sea lo que los llevó a pelearse fue un pequeño desacuerdo, ya que dijo que son viejos amigos.

    Antes de que Velko pudiera añadir algo más, la jefa Tarpfen levantó la mano hacia el comunicador que llevaba alrededor de la sien. Sin decir una palabra y apenas asintiendo a Velko, Tarpfen salió a correr hacia el ascensor más cercano.

    —¿Y a dónde va? —preguntó la profesora Qwasba, desconcertada.

    Velko no respondió. Estaba escuchando la misma alerta del maestro Estala Maru por su auricular.

    —Todos los Jedi y personal de seguridad, diríjanse al comedor inmediatamente. Disturbios en curso. Esto es una emergencia.

    El estómago de Velko se encogió de miedo mientras corría tras Tarpfen, recordando a la chica que había estado transportando las extrañas enredaderas a aquel lugar. Plantas que le habían recordado a… ¡los Drengir!

    CONTINUARÁ…


    En el próximo número de la revista Insider veremos desatarse la violencia en la Baliza Starlight, con la Parte 2 de «Peligro Oculto», escrita por Justina Ireland. Si queréis leer los relato anteriores tenéis los enlaces a continuación:

  • Primera Tarea, Parte 2. Traducción exclusiva del relato canon de The High Republic

    Primera Tarea, Parte 2. Traducción exclusiva del relato canon de The High Republic

    Traducción por Mario Tormo

    Os traemos la conclusión del segundo relato de La Alta República, escrito por Cavan Scott, dentro de la serie Starlight que publica regularmente la revista Star Wars Insider. Estas historias expanden los hechos que hemos podido leer en la primera ola de esta nueva era de Star Wars situada 200 años antes de los sucesos de La Amenaza Fantasma. Podéis leer la parte 1 aquí.

    Anteriormente

    Sedar a un furioso medoslean en el centro medico de la Baliza Starlight no era como Velko Jahen había pensado que sería su primer día como administradora en la estación. Y el repentino asesinato de un embajador skembo, el cual le había pedido protección, solo consiguió empeorar las cosas…

    Arte de Louie Di Martinez

    Starlight:
    PRIMERA TAREA
    (Parte 2)

    Todo el mundo estaba hablando a la vez, todos excepto Velko Jahen. Las horas transcurridas desde el intento de asesinato estaban borrosas. Velko aún podía ver el cuerpo del embajador Ceeril desplomado sobre la cama cada vez que cerraba los ojos y estaba convencida de que el olor a carne carbonizada aún flotaba en el aire, incluso aquí, en el vasto centro de operaciones de la Baliza Starlight. Había visto heridas de bláster antes, demasiadas para recordarlas todas, y olían mucho peor en los campos de batalla de Soika. ¿Por qué este ataque, orquestado no en la mugre de una trinchera excavada apresuradamente, sino en el estéril centro médico de la estación espacial más nueva y más grande de la República, la había abrumado?

    —¿Administradora?

    Velko tardó un minuto en darse cuenta de que Rodor Keen estaba hablando con ella. ¿Cuántas veces había obligado al jefe de operaciones de Starlight a repetir su rango antes de responder? La expresión de su rostro le daba la respuesta: ¡Demasiadas!

    —Lo siento, señor —balbuceó, molesta por lo nerviosa que sonaba—. Estaba repasando lo que ocurrió una última vez.

    —Una idea excelente —sonó una voz detrás de ellos. Velko y Keen se volvieron para ver caminando hacia ellos a una de las figuras más llamativas que jamás habían visto. El corazón de Velko se paró. Había estado esperando este momento desde que obtuvo su cargo, anhelando conocer a esta mujer, pero jamás se la habría imaginado así.

    La maestra Jedi Avar Kriss, Mariscal de la Baliza Starlight y Heroína de Hetzal, era tan impresionante como cabría esperar de la persona que había planeado la respuesta Jedi al Gran Desastre, salvando miles de millones de vidas en el sistema Hetzal y más allá. Todo en ella irradiaba confianza, desde su vaporosa túnica hasta los penetrantes ojos azules que ahora miraban Rodor Keen con la intensidad de un equipo de fijación de objetivo. Ni el hecho de que estuviera flanqueada por una mujer Jedi al menos tres décadas mayor que ella, y sin mencionar al imponente wookiee vestido con el ropaje de los padawans, conseguían disminuir su presencia en la habitación. Velko tenía la impresión de que Avar Kriss podría estar rodeada por todos y cada uno de los Jedi de aquí y de allí, y aun así todos las miradas seguirían centradas en ella.

    Esto no iba a ir bien.

    Junto a ellos, Estala Maru dio un paso adelante para recibir a los recién llegados por turnos.

    —Mariscal. Maestra Assek. Padawan Burryaga. Bienvenidos de nuevo a Starlight. ¿Puedo dar por hecho que su misión en el Clúster de Málaga ha sido un éxito?.

    —El acuerdo comercial entre Ayelina y Ludmere se firmó sin incidentes —confirmó Kriss—. Y pese a ello, conseguimos evitar una crisis diplomática para toparnos con otra en Starlight.

    —Las cosas se han complicado un poco en vuestra ausencia.

    –Lo cual es decir poco —intervino Keen, con un nervio de la sien palpitando sobre su ojo cibernético.

    —¿Qué ha pasado? —Preguntó Kriss, dirigiendo su atención al jefe de operaciones—. Pudimos sentir la inquietud desde que llegamos.

    —Tal vez deberíais verlo vosotros mismos —interrumpió Maru antes de dirigirse al astromecánico que nunca andaba lejos de él—. Kaysee, informa al centro médico de que la Mariscal está en camino.

    ***

    La habitación de Ceeril estaba exactamente como la había visto Velko por última vez, aunque ahora había más gente, con Kriss y sus acompañantes apiñados alrededor de la cama, ahora vacía.

    —¿Y es aquí donde encontró al embajador administradora Jahen?

    Velko asintió con la boca seca.

    —Sí, Mariscal. Estaba tendido boca arriba…

    —Había recibido un disparo en el pecho.

    —Así es.

    —¿Y qué hay de su guardaespaldas?

    —Destruido. Habían arrancado su cabeza de los hombros —dijo Ghal Tarpfen, la mon calamari jefa de seguridad de Starlight, que los había estado esperando en el pabellón. Dio un paso adelante, señalando pequeños fragmentos de metal incrustados en lo alto de la pared del fondo—. Pueden ver metralla de sus procesadores, aquí y aquí.

    De pie, junto a la puerta, Burryaga lanzó una pregunta que Maru se apresuró en responder.

    —Las imágenes de seguridad son un misterio.

    El kessuriano asintió con la cabeza a su astromecánico, que proyectó obedientemente una imagen de la escena de esa mañana. Velko frunció el ceño al verse a sí misma de pie hablando con Ceeril, y al droide guardaespaldas que todavía se tenía sobre sus anchos pies. Luego vino el alboroto exterior, con Velko saliendo por la puerta segundos antes de que la imagen se perdiera con interferencias.

    —La señal se interrumpió minutos antes del ataque.

    —El asesino cubriendo sus huellas —sugirió Nib Assek mientras el astromecánico avanzaba la imagen rápidamente hasta que volvía a ser nítida, mostrando al skembo, ahora boca abajo, sobre la cama, y el droide caído hacia atrás con un golpe.

    —Todavía no me puedo creer que nadie haya escuchado nada —se quejó Keen—. Un bláster no es nada silencioso.

    —Estábamos distraídos —admitió Velko.

    —Con el incidente del… Repetidme ¿qué era? —Preguntó Assek.

    —Un medoslean —le dijo Tarpfen—. El paciente tuvo una convulsión violenta y comenzó a atacar a los miembros del personal, incluido yo mismo. Si no hubiera sido por la administradora Jahen aquí presente, la situación podría haber sido mucho peor.

    —¿Peor? — Espetó Keen—. Un embajador ha recibido un disparo en la . ¿Tiene idea de a cuántos supervivientes estamos atendiendo desde el desastre del hiperespacio?»

    —Dieciocho mil cuatrocientos setenta y cuatro —dijo Maru, atrayendo una mirada furiosa del coordinador—. Lo siento. Era una pregunta retórica, ¿verdad?

    —Cualquiera que sea el número —continuó Keen—, se supone que Starlight es un refugio, un santuario, y sin embargo, esto sucedió justo delante de nuestras narices.

    —La verdadera pregunta es, ¿qué van a hacer al respecto?

    Los Jedi y los oficiales de la República se volvieron para mirar al embajador Ceeril al otro lado de la puerta. El skembo de rostro rocoso estaba encorvado en una silla repulsora, con un chaleco de bacta que cubría su pecho. Burryaga se hizo a un lado para dejar pasar a Kriss, mientras la mariscal saludaba al mandatario herido con una reverencia.

    —Su Excelencia, me alegro de que haya sobrevivido a esta terrible experiencia.

    —No gracias a ninguno de ustedes —espetó Ceeril, agarrándose el pecho.

    —Eso no es del todo cierto —señaló Maru, mirando a la enfermera Okana, que había conducido al embajador de vuelta al pabellón—. Si el doctor Gino’le y su personal no hubieran respondido tan rápido…

    —Los hasarianos se hubieran salido con la suya, sí, lo sé.

    —¿Los hasarianos? —Preguntó Kriss, atrayendo una furiosa mirada del dolorido embajador.

    —Esos brutos no descansarán hasta que los skembo sean expulsados del sector. Una y otra vez le hemos pedido ayuda a la República, y una y otra vez nos la han negado.

    —¿Vio a su agresor?

    —Tan claramente como la veo ahora.

    —Al contrario que las cámaras —agregó Assek.

    —Encontraron los cabellos, ¿no? —Preguntó Ceeril, tosiendo con dureza—. ¿En mi droide? —Eso era cierto. Velko los había encontrado ella misma, pelos atrapados entre las tenazas, ahora durmientes, del droide. Del mismo color que los de las melenas de los hasarianos, que se encuentran en otras partes de la enfermería—-. ¿Cuántas pruebas más necesitan?

    La tos del embajador se intensificó y su cuerpo se retorció con agonía. El doctor Gino’le se acercó con sus patas mecánicas y le ordenó a Okana que acompañara a Ceeril a la habitación que había sido preparada al otro lado de la sala. El grupo de la mariscal lo vio irse. El rostro de Rodor Keen se había oscurecido tanto como el del skembo había palidecido.

    Kriss se volvió hacia el coordinador tan pronto como Ceeril estuvo los suficientemente lejos como para no escucharlos.

    —¿Tenemos hasarianos en la estación?

    Velko habló antes de que Keen pudiera responder.

    —Un par, sí.

    Una mirada mordaz del coordinador volvió a dejarla bloqueada de nuevo.

    —¿Y qué es lo que cuentan de sí mismos?» Preguntó Kriss.

    —Ambos resultaron gravemente heridos en la emergencia de Wazta —dijo Keen—. Uno ha estado en un tanque de bacta durante tres días y el otro apenas está consciente.

    —¿Podemos estar seguros de eso? —Preguntó Tarpfen.

    —Sería la tapadera ideal —coincidió Assek.

    Kriss suspiró.

    —¿Puedo verlos?

    —Por supuesto —dijo Tarpfen, conduciendo al grupo hacia el siguiente pabellón—. Por aquí.

    Velko fue a seguirlos, pero Keen la detuvo.

    —Usted no, administradora.

    Frunció el ceño.

    —¿Señor?

    —Necesitamos un informe completo para el Senado. No te dejes nada por poner. Nada en absoluto.

    Así que eso era todo. Velko era apartada, reducida a presentar informes mientras Ghal Tarpfen lideraba la operación. Hasta aquí su brillante carrera en la primera mega-estación de la República. La pondrían en un rincón del centro de operaciones antes de que pudieras decir «Dank Farrik».

    Solamente al escuchar el murmullo de KC-78 se dio cuenta de que no todo el grupo se había ido con Tarpfen. El astromecánico todavía estaba en la sala al igual que su maestro.

    —Te envidio —le dijo Maru, con un atisbo de sonrisa.

    —¿Me envidia?

    —¿Un informe completo? ¿Con todos esos jugosos detalles? Mi paraíso particular.

    Ella arqueó una ceja.

    —Puede escribirlo si lo desea.

    Un suspiro melancólico escapó de sus delgados labios.

    —Por desgracia, la estación no funcionaría sola. Pero me lo puedo imaginar, ¿verdad Kaysee? —Miró al pequeño droide—. Cotejar pruebas de cada uno de los testigos. Incluso de la propia víctima.

    El astromecánico lanzó un pitido agudo.

    —Admito mi error. Víctimas, plural. Ese desafortunado guardaespaldas.

    —Ese destruído guardaespaldas —le recordó Velko.

    Maru la miró con esos curiosos ojos escarlata.

    —Por supuesto. Ahora, ¿a dónde se llevaron a ese pobre? —Sacó un datapad de su manga, deslizó la pantalla y el dispositivo le devolvió un bip resolutivo—. Ah, sí. A la torre de seguridad. Sala de pruebas tres .

    Velko dio un respingo allí donde estaba, captando inmediatamente la indirecta nada sutil que Maru acababa de lanzarle. Quizás había algo más en este kessuriano de lo que parecía después de todo.

    —¿Tengo acceso a la sala de pruebas tres? —Preguntó ella.

    —No —respondió el Jedi con picardía mientras se giraba y salía de la habitación—, pero Kaysee sí…

    ***

    La torre de seguridad era tan austera que contrastaba con la opulencia del resto de la estación. Las paredes eran de bronce pulido y los muebles eran vastos aunque funcionales. Los restos del droide guardaespaldas habían sido depositados en una mesa de operaciones elevada, iluminados por luces de un color azul intenso.

    —¿Listo para grabar, Kaysee? —Preguntó Velko al droide.

    El astromecánico emitió un pitido indicando que sí lo estaba.

    —De acuerdo. La unidad guardaespaldas está intacta excepto por el daño en su cabeza —examinó sus manos mecánicas—-. Las pinzas acaban de ser escaneadas y revelan restos de ADN hassariano, lo que confirma que el cabello era de un hassariano —trató de imaginarse a una de las criaturas altas que había visto en los pabellones entrando por la puerta, y al guardaespaldas corriendo para proteger a su amo. Un forcejeo y al droide arrancando un mechón de pelo. Algo no cuadraba.

    —Kaysee, ¿puedes volver a ponerme la grabación?

    El holoproyector de KC-78 zumbó y Velko se vio a sí misma una vez más desaparecer a través de la puerta, dando paso entonces a las interferencias, y después la imagen parpadeando de nuevo y mostrando al guardaespaldas cayendo al suelo.

    —¿Pero de dónde vino el disparo? —Se preguntó Velko en voz alta.

    KC lanzó una pregunta, pero lo ignoró, inclinándose para mirar el daño en la cabeza cilíndrica del guardaespaldas. Con cuidado, Velko pasó un dedo por el borde irregular donde había estado su única unidad receptora, extrayendo un fragmento de metal chamuscado.

    —¿Puedes escanear esto? —Le preguntó a su compañero, sosteniendo el fragmento frente al microanalizador de KC. La luz azul bañó el metal mientras los procesadores zumbaban y hacían clic en el interior del rechoncho chasis del droide.

    —¿Y bien?

    El droide emitió pitidos emocionado mientras pronunciaba el veredicto, y en un instante Velko supo quién había disparado al embajador.

    ***

    Podía escuchar a Ceeril quejarse en voz alta mientras se acercaba a su nueva habitación. Nib Assek y Burryaga habían permanecido en la puerta, en un intento de convencer al embajador de que se estaban tomando en serio el peligro. Assek asintió con la cabeza en señal de saludo cuando Velko entró en la habitación, con KC-78 a su lado, encontrándose al skembo reprendiendo a Ghal Tarpfen mientras Okana intentaba cambiarle los vendajes.

    —No me importa lo que estén haciendo ni a quién hayan puesto para proteger mi habitación, no me sentiré seguro hasta que la mariscal Kriss o el coordinador Keen me informen personalmente de lo que están haciendo al respecto de la vil amenaza hassariana. Exijo justicia. ¡Exijo acciones!

    —La amenaza ha pasado —dijo Velko, tan tranquilamente como pudo, ignorando la mirada de desconcierto que le dirigió la jefa de seguridad cuando entró en la habitación—. No corre ningún peligro.

    Los ojos del skembo se abrieron completamente.

    —¿Ha deportado a los hasarianos de Starlight?

    Velko negó con la cabeza.

    —No es necesario. Su ‘asesino’ ha desaparecido.

    Lo que quedaba de la cabeza del guardaespaldas resonó cuando la tiró sobre su regazo.

    —¿Qué significa esto? —Farfulló Ceeril, apartando la unidad decapitada lejos de él.

    —Me estaba preguntando lo mismo —dijo Tarpfen, señalando el trozo de metal retorcido—. Eso es un prueba.

    —Lo es —coincidió Velko—. Una cabeza destrozada a quemarropa como prueba. Vimos a su pobre guardaespaldas caer hacia atrás y acabar en el suelo en el momento en que las cámaras volvieron a estar operativas. Sin embargo, me pareció extraño que esas mismas imágenes no mostraran al asesino.

    —Deben haber disparado cerca de la puerta —tartamudeó Ceeril.

    —¿Antes de salir a correr?

    —No sabría decir. ¡Estaba demasiado ocupado aferrándome a la vida!

    —Y, sin embargo, nuestros misteriosos asesinos no dispararon cuando el droide estaba lo suficientemente cerca como para arrancarles un mechón de pelo de la cabeza. En vez de eso, esperaron hasta que estaban a punto de escaparse, disparando a un guardaespaldas cuyas armas estaban desactivadas —señaló la unidad craneal carbonizada que yacía frente al horrorizado embajador—. Extrañamente, la cabeza no ofrece pruebas de residuos de bláster, aunque sí encontramos restos de detonita dentro del chasis.

    —¿Dentro? —La pregunta de Tarpfen quedó sin respuesta cuando Ceeril sacó una lengua increíblemente larga y sorprendentemente pegajosa que arrebató de la cadera de la mon cala su blaster para cambiar de dueño.

    —¡Creo que no! —Espetó la mon calamari, agarrando la lengua cuando se retiraba y sujetándola con fuerza. El embajador se atragantó y se echó hacia atrás, pero Tarpfen lo agarró con firmeza y la pareja se enfrascó en un extraño tira y afloja.

    —¿Qué significa todo esto? —Una voz resonó mientras Rodor Keen aparecía por la puerta, mirando con incredulidad la escena, con Avar Kriss y un divertido Estala Maru tras de él.

    —El embajador intentó desarmarme —le dijo Ghal Tarpfen al controlador, dejando de agarrar su lengua, que volvió a la boca de Ceeril con un fuerte golpe y dejó caer el bláster al suelo.

    —Probablemente porque fingió su propio asesinato —dijo Velko, señalando con la cabeza a KC-78. El droide emitió varios pitidos como respuesta y proyectó un holograma de los restos del guardaespaldas esparcidos en la sala de pruebas, con una ligera diferencia.

    —¿Es un compartimento oculto? —Preguntó Keen, mirando una pequeña tapa que estaba abierta en el pecho del droide.

    —Lo es —respondió Velko—. Tuve que investigar un poco, pero cuando lo encontré, Kaysee pudo identificar ADN hassariano dentro del compartimento.

    —¿Del tipo que queda cuando escondes pruebas falsas en un compartimento privado? —Preguntó Tarpfen, mirando con el ceño fruncido al embajador, que estaba pasando el dorso de su mano fría su lengua palpitante.

    —Además de esto —dijo Velko, sacando un bote de gas bláster de su bolsillo—, que contiene el suficiente eleton para cargar un arma. Suficiente para mutilar…

    —Pero no tanto como para matar —Tarpfen parecía querer terminar el trabajo ella misma.

    —Fue temerario —admitió Velko—. Programar a tu droide para que simule el disparo y luego detonar un explosivo alojado dentro de su unidad craneal.

    —Destruyendo así cualquier rastro del engaño —concluyó Keen, cruzando los brazos con decisión.

    —Eso es un sinsentido —protestó el embajador, revolviéndose en su colchón—, eso es lo que es.

    —¿Lo es? —Ceeril palideció cuando Avar Kriss avanzó hacia el centro de la habitación y se detuvo a los pies de la cama—. ¿Sabe lo difícil que es mentir frente a una Jedi, embajador?

    —Especialmente cuando la administradora Jahen ha proporcionado multitud de pruebas —dijo Maru, tocando su siempre presente datapad—. Todo lo cual acabo de enviarlo al servicio de seguridad de la República en Coruscant.

    —¿No es ese mi trabajo? —Preguntó Ghal Tarpfen, sonando más divertida que molesta, con el arma otra vez en sus manos.

    —Eso es lo maravilloso de la Baliza Starlight —dijo Avar Kriss, volviéndose hacia Ceeril—. La República y los Jedi trabajando juntos por el bien de todos. Creo que formamos un gran equipo, ¿no es así, embajador? Quizás sería mejor si pasara el resto de su convalecencia en el centro de detención.

    —¿Quieres hacer los honores? —Preguntó Tarpfen a Velko, pero ella negó con la cabeza—. Tú eres la jefa de seguridad.

    —Y a ti se te debe un recorrido por Starlight —le dijo Rodor Keen mientras Burryaga maniobraba la camilla del skembo fuera de la habitación, bajo la atenta mirada de Tarpfen—. Dime, ¿por dónde te gustaría empezar?

    La decisión quedó fuera de su alcance cuando llegó un aviso por el sistema de comunicaciones, una voz ronca y sibilante informaba a la mariscal Jedi que habían recibido una llamada de socorro del Sistema Kazlin.

    —Tal vez deberíamos ir donde esté la acción —dijo Velko mientras Avar Kriss se dirigía al turboascensor.

    —Una excelente idea, administradora —coincidió Keen—. Creo que encajarás perfectamente».

    FIN


    El siguiente número de la revista Insider, el 203, traerá un nuevo relato de la mano de Justina Ireland. Si os habéis quedado con ganas, os recordamos que tenéis los anteriores relatos ya traducidos:

    Starlight: Vamos Juntos. Parte 1Parte 2.

    Starlight: Primera Tarea. Parte 1, Parte 2.

  • Primera Tarea (Primera Parte). Traducción exclusiva del nuevo relato de La Alta República

    Primera Tarea (Primera Parte). Traducción exclusiva del nuevo relato de La Alta República

    Traducción por Mario Tormo

    Os traemos en exclusiva la traducción del nuevo relato Canon de The High Republic aparecido en el número 201 de la revista Star Wars Insider. Dentro de la serie de relatos Starlight comienza una nueva aventura escrita por Cavan Scott, el guionista de la serie regular de cómics Marvel de La Alta República y que es el autor también de la novela Dooku: Jedi Lost.

    En esta primera parte que se sitúa en el Faro Starlight tendremos a una serie de personajes nuevos, a los que os vamos a presentar antes de que empecéis a leer para que no os hagáis un lío con tanto nombre, cargo y especie.

    Velko Jahen – Administradora, Soikan, Hembra.
    Okana – Enfermera, Ovissiana, Hembra.
    Stala Maru – Jedi, Kessiano, Macho
    Rodor Keen – Controlador, Jefe de Operaciones de la República en la estación, Humano
    Ghal Tarpfen – Jefa de Seguridad, Mon Calamari, Hembra
    Doctor Gino’le – Jefe de operaciones médicas de la estación, Anacondan, Macho
    Ceeril – Embajador de Rion, Skembo

    Starlight:
    PRIMERA TAREA
    (Primera parte)

    Respira maldita sea. ¡Respira!

    Velko Jahen agradecía que nadie pudiera escuchar la conversación que se sucedía en su cabeza mientras la lanzadera salía del hiperespacio.

    La espigada soikan de piel plateada había pasado gran parte de su vida en las enfangadas trincheras de su planeta natal, esquivando disparos de blásters y evadiendo droides remotos. Había pasado horrores que la acompañarían por siempre y demostrado valentía sin igual, y con todo aquí estaba, una veterana del conflicto Soikan, anonadada por la imagen de una reluciente estación espacial.

    Era, por descontado, la estación espacial más hermosa jamás creada, desde su luminoso disco central hasta la majestuosa torreta Jedi coronada con la reluciente linterna que daba nombre a la instalación: Baliza Starlight.

    Velko había estado viendo holos de la Starlight, incluso estudió los esquemas, pero nunca se había dado cuenta de lo mucho que la estación se parecía a un reluciente sable de luz, girando firmemente, en la vasta extensión repleta de estrellas que suponía la frontera.

    —Estás muy lejos de casa, Vel —se dijo en voz baja mientras el transbordador pasaba a través de las enormes puertas del hangar.

    Por supuesto, poner tantos parsecs entre ella y Soika había sido en gran parte el motivo para presentarse al cuerpo administrativo de la República, y así huir de los fantasmas de su pasado. No. Eso no era del todo cierto. Ella estaba aquí para servir a la República, y ¿dónde mejor que en el símbolo de la luz y la esperanza en los márgenes de la galaxia conocida?

    Eso no impidió que Velko se sorprendiera cuando se abrió la escotilla de la lanzadera. Había mucha gente. Mucho ruido. Se agarró a la barandilla de seguridad, tratando de centrarse, tal y como Dagni le había enseñado. Aunque el entorno no podía ser más diferente al que ofrecía la batalla de Soika. Para empezar el olor era mejor, todo tan nuevo y brillante. Su impecable uniforme de la República era más elegante que sus antiguas ropas de insurgente. Su largo pelo blanco, generalmente anudado en una coleta, ahora estaba recogido de manera inmaculada en un apretado moño triple que le había llevado la mayor parte del día de ayer poder dominar. Y luego estaba la atmósfera. No el aire en sí mismo, que era lo suficientemente fresco. No, era el sentimiento de emoción que impregnaba el lugar, la sensación de que todo era posible.

    —¡Administradora Jahen!

    Velko se volvió al oír la voz. Una ovissiana de piel verde se abría paso a través de la multitud, con una sonrisa casi tan ancha como los cuernos amarillos que salían de su cabeza.

    —Bienvenida a Starlight. El Controlador me pidió que viniera a buscarla.

    Velko notó cómo se ponía firme ante el rango de Rodor Keen, fruto de su formación. Incluso la Fuerza de Liberación Soika respetaba la cadena de mando.

    —¿Está el Controlador en el centro de operaciones? —preguntó Velko.

    La ovissiana rió con un contagioso trino.

    —Eso quisiera. Está en el centro médico.

    Los ojos de Velka se fijaron en la bata que su nueva compañera llevaba puesta, tan impecable como las paredes del hangar.

    —¿Se encuentra bien?

    —Si, por supuesto. La presión aún no ha podido con él —la sonrisa de la ovissiana vaciló un instante—. Eso no significa que no esté dando la talla en su trabajo. Simplemente que… Bueno, lo verás cuando lleguemos allí.

    Se adentraron apresuradamente hacia otro corredor igualmente atestado.

    —Soy Okana, por cierto.

    —Eres médico.

    —Enfermera junior. Llevo aquí tres días. Parecen tres semanas.

    —¿Tan mal está la situación?

    —Oh, no. Para nada. Simplemente ha sido mucho —las mejillas de Okana se tiñeron de esmeralda—. Lo siento, no te estoy tranquilizando, ¿verdad? Mis formas atendiendo camas no suelen ser tan malas, te lo prometo.

    Velko mostró lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora.

    —Lo estás haciendo bien. Debo admitir que me siento un poco abrumada.

    Entraron en un turboascensor que estaba parado y las puertas se cerraron suavemente tras ellas. Okana apretó un botón y la cabina comenzó a moverse por el conducto.

    —No te preocupes. Se pasa pronto, o eso me han dicho…

    ***

    Si la plataforma del hangar había sido sobrecogedora, el centro médico de la Starlight era simplemente alucinante, especialmente para alguien cuya experiencia en instalaciones médicas habían sido hospitales de campaña cubiertos de barro (y sólo la Fuerza sabe de qué más). Velko nunca había visto tantos pacientes, incluso en el apogeo de la insurgencia. Okana la condujo a través de una sucesión aparentemente interminable de salas impecables, personal médico y droides revoloteando de un paciente a otro. Vio a amanin, elomin, boltrunianos y humanos mientras pasaban corriendo, incluso un par de esbeltos hassarianos; uno acostado en un estabilizador de huesos y el otro suspendido en un tanque de bacta, con un respirador de amoníaco sobre su largo hocico.

    —Hay demasiados.

    —¿Pacientes o salas?

    —Ambos —no pudo evitar sorprenderse con los médicos, manteniendo la calma ante tal sufrimiento—. ¿Son todos del Gran Desastre?

    Okana asintió.

    —¿Las Emergencias? Si. ¿Pudes imaginártelo? En un minuto estás viviendo la vida con normalidad y al siguiente están lloviendo escombros directamente desde el hiperespacio. Los hospitales están atestados desde aquí hasta Vjun, si es que siguen existiendo. Los peores casos los envían aquí, es el procedimiento estándar al parecer…

    La ovisiana la llevó a través de un último par de puertas corredizas, y casi chocan con dos hombres que Velko reconoció por el informe que le habían enviado para leer antes de su llegada. El kessuriano era el Maestro Jedi Estalu Maru, resplandeciente con su atuendo de templo, acompañado de su astromecánico rechoncho naranja y blanco. El humano era quien Velko esperaba que le hubiera dado la bienvenida en el hangar: Rodor Keen, jefe de operaciones de la República en Starlight y su superior directo.

    —Controlador —dijo, extendiendo una mano a modo de saludo—. Soy Velko Jahen…

    —Mi nueva ayudante —respondió Keen, y le devolvió el gesto con un apretón firme pero nada hostil—. Me alegro de conocerla al fin.

    Las connotaciones del comentario la tomaron por sorpresa.

    —Vine tan pronto como recibí la comunicación, señor.

    Keen levantó una mano en señal de disculpa.

    —Y no quise ofender, Administradora —dijo—. Las cosas han estado un poco agitadas aquí últimamente.

    —Starlight está funcionando a pleno rendimiento —protestó Maru—. He estado monitoreando cada departamento de manera constante.

    —Con una eficiencia inquebrantable —confirmó Keen, haciendo obvia la tensión entre los dos.

    Velko podía adivinar por qué. La estación fue co-administrada por funcionarios de la República y la Orden Jedi, un símbolo de la armonía entre las dos grandes instituciones y, si nos guiamos por sus reputaciones, se sabía que tanto Keen como Maru eran prácticos. No era necesario tener poderes empáticos para sentir la frustración de Keen mientras el Jedi proseguía, aparentemente ajeno al efecto que estaban teniendo sus palabras:

    —De hecho, he identificado ciento setenta y tres mejoras que se podrían hacer, desde la sección de ingeniería de Cah Norne hasta los protocolos de seguridad de la estación.

    —¿Mejoras? Me gustaría escucharlas.

    Todas las miradas se volvieron hacia la mon calamari que estaba observando desde una habitación cercana. Vestida con un uniforme de seguridad, con un bláster enfundado colgando de su cadera, se movía como un targon enjaulado.

    —Ah, Jefa Tarpfen —dijo Maru—, tenía la intención de repasar mis propuestas con usted. No debería tomarnos mucho tiempo. Sólo una hora o dos.

    La mon cala cruzó sus musculosos brazos.

    —¿Eso es todo?

    —Administradora, le presento a nuestra Jefa de Seguridad, Ghal Tarpfen. Es una recién llegada, como usted.

    La Mon Calamari apenas le dedicó un saludo, estaba concentrada en Keen.

    —Controlador, toda esta sección es un incidente diplomático a punto de desencadenarse. Tenemos pacientes de territorios en guerra uno al lado del otro, sin saber qué le hará el uno al otro en cuanto recuperen la conciencia.

    —Desafortunadamente, el Gran Desastre prestó poca atención a las fronteras políticas —dijo Maru, mostrando un dominio del sarcasmo que sorprendió a Velko—. Pero es por eso para lo que estamos aquí, para aliviar las tensiones que puedan surgir.

    Tras él, el astromecánico emitió un pitido de alarma.

    —Kace-setentayocho tiene razón, Maru. Tú y yo tenemos tareas pendientes de realizar en otra parte —le recordó Keen al kessuriano antes de agregar un apresurado—, por separado.

    Como respuesta, Maru sacó un datapad de su túnica.

    —Tonterías. Puedo monitorear las operaciones tan fácilmente como lo haría en el centro, y si la mariscal Kriss me requiere…

    —No es necesario —interrumpió Keen, hablando antes de que Tarpfen pudiera provocar su propio incidente diplomático—. A fin de cuentas tenemos a la Administradora Jahen…

    —¿Yo? —dijo Velko, deseando instantáneamente que su voz no hubiera sonado con un chillido—. Pero creía que ¿trabajaría contigo? —¡Por el sable de un Jedi! ¿Podría haber sonado más necesitada?

    Keen ya estaba caminando hacia la puerta.

    —No te preocupes, pronto te cansarás de verme. La Jefa le explicará lo que debe hacer. ¿Maru?

    El Jedi no mostró signos de seguir a su homólogo de la República, no hasta que KC-78 le dio un nada sutil empujón.

    —Sí, sí, gracias amigo mío —murmuró el Jedi mientras se dejaba guiar fuera de la sala—. Espero con ansia nuestra pequeña charla, Jefa Tarpfen. Que la Fuerza le acompañe.

    —La necesitaré —murmuró la mon cala, mirando con el ceño fruncido como se alejaba el kessuriano.

    —No es como yo esperaba —aventuró Velko con una sonrisa, recibiendo en respuesta una mirada lo suficientemente fría como para congelar lava.

    —Eres soikana. ¿Una soldado?

    —Solía serlo.

    —¿Como parte de la Unión Livtak?

    —No. Luché para la Alianza Gagic».

    Tarpfen frunció el ceño, estudiando las escamas plateadas que se alineaban en los afilados pómulos de Velko y los ojos lilas que compartía con el resto del clan Jahen—. Lo siento. Pensé que, simplemente por tu color de…

    —Mi padre era Livtak, pero mi mader era Gagic.

    —Debe haber sido complicado.

    —Realmente no. Padre desertó tan pronto como se dio cuenta de lo que estaban planeando los Livtak— Velko juntó las manos desenado cambiar de tema—. Entonces, ¿dónde me necesitas?

    Echó un vistazo alrededor de la sala y agradeció la cálida sonrisa que recibió de Okana. La enfermera junior estaba ayudando a un anacondan que Velko reconoció por sus archivos como el Doctor Gino’le, el jefe de operaciones médicas de la estación, un cirujano brillante que se había injertado extremidades cibernéticas en su cuerpo de serpiente para cuidar mejor a sus pacientes. En este momento, le estaba administrando medicinas a un medoslean tumbado. El enorme ser, parecido a una medusa, se extendía no sobre uno, sino sobre dos catres de trauma.

    —Puedes empezar por ahí —dijo Tarpfen, apuntando con su pulgar membranoso a la habitación tras ella—. Buena suerte.

    —¿Con qué?

    —Ya lo verás.

    El jefe pasó rozándola en dirección a un cubículo en el lado opuesto de la sala, dejando a Velko donde estaba.

    —Perfecto. Excelente. Me encargaré entonces.

    Mordiéndose el labio, Velko se volvió y se apresuró a entrar en la habitación encontrando a un skembo de rostro áspero acostado en una camilla médica, con sus dos cortas piernas magna-escayoladas. A su lado había un impresionante droide guardaespaldas, con cada uno de sus cuatro brazos equipados con un blaster montado sobre un conjunto de tenazas de aspecto igualmente mortal.

    —¿Quién eres? —-exigió el skembo con una voz como si estuviera haciendo gárgaras con rockrete.

    —Mi nombre es Velko Jahen—respondió, aún sin saber lo que se suponía que debía hacer. Se dirigió hacia la cama, deteniéndose bruscamente cuando el paciente de piel rocosa chilló alarmado.

    —Se supone que debes esperar junto a la puerta.

    —¿Junto a la puerta?

    —Sí. Para protegerla.

    Velko se desplazó nerviosamente, muy consciente de que el guardaespaldas la estaba mirando con su único fotorreceptor brillante.

    —Creo que ha habido un error. No soy un guardia. Iré a buscar…

    —¡No! —gritó el skembo, alargando su extensa lengua para coger una uva del cuenco de la mesilla anexa a la cama—. Me prometieron un guardia en todo momento y, sin embargo, me han dejado solo durante horas.

    —Tiene su droide —señaló Velko, limpiándose de la mejilla una pepita de uva que le había salpicado desde la otra parte de la habitación.

    —¡Pero me hicieron drenar el gas de sus blásters! No se permiten armas en la sala, a menos que seas personal de la Starlight —- sus ojos amarillos se posaron rápidamente en su cintura—. Tú tienes un bláster ¿no?

    Velko separó las manos a modo de disculpa.

    —Me temo que no. Solo soy una ayudante y…

    El skembo no la dejó terminar.

    —-Esto es intolerable. ¿No sabes quién soy? —al menos la salvó de volver a sonrojarse por tener que responder dándole la solución él mismo—. ¿Ceeril? ¿Embajador de Rion?

    —Ah, si, por supuesto —dijo, como si eso lo explicase todo.

    —Se me prometió protección cuando me trajeron aquí. Hay hassarianos en el centro médico. Los he visto con mis propios ojos.

    Al menos eso aclaraba las cosas. Los hasarianos y los skembo habían sido rivales durante siglos, aunque ninguno de los hasarianos de color lila con los que se había topado antes podrían suponer algún tipo de amenaza en su condición.

    Velko estaba a punto de tratar de calmar los temores del embajador cuando sonó un estruendo procedente del pabellón exterior, seguido de una sirena ensordecedora.

    —¿Y ahora qué está pasando? —Gritó Ceeril mientras Velko salía por la puerta.

    —Voy a ver.

    —¡No! No me dejes —gritó el embajador—. ¡Se supone que no se me debe dejar solo! ¿Qué pasa con los hassarianos?

    Pero la amenaza hassariana, real o imaginaria, era la menor de las preocupaciones de Velko. Delante de ella, el medoslean se había levantado de su cama repulsora, y tenía sus extremidades alrededor del cuello tanto de Okana como del serpenteante cirujano. Tarpfen ya estaba abalanzándose hacia adelante, con su bláster desabrochado.

    —No dispare —gritó Gino’le antes de que el jefe de seguridad pudiera disparar—. Está teniendo una reacción al tratamiento. No sabe lo que hace.

    —Necesitamos estabilizarlo —gruñó Okana con una voz casi irreconocible mientras señalaba violentamente hacia el suelo.

    Los ojos de Velko se detuvieron en una jeringuilla que yacía fuera del alcance de los médicos.

    —La aguja, ¡ahí!

    —La veo —dijo Tarpfen, abalanzándose hacia el antídoto mientras el gigantesco paciente convulsionaba. Un tentáculo salió disparado y golpeó a la mon cala en la cabeza. Voló hacia atrás, con su cráneo impactando bruscamente contra una camilla médica cercana.

    Velko no se detuvo a ver cómo estaba la jefa, ni siquiera cuando Tarpfen cayó al suelo. Con una extremidad extendiéndose hacia ella, Velko corrió hacia adelante, dejándose caer por debajo del tentáculo para recoger la inyección al pasar. Tratando de no pensar en el horrible traqueteo que emanaba de la garganta de Okana, rodó hacia arriba y clavó la jeringuilla en la coronilla del medoslean, presionando el émbolo. La cánula emitió un silbido y el medoslean se destensó. Su cuerpo rígido se desinfló como un globo y los tentáculos se aflojaron alrededor del cuello de los médicos.

    —Gracias —jadeó Okana, liberándose y mirando a Gino’le—. ¿Está bien Doctor?

    —Muy bien, enfermera —dijo la serpiente, examinando a su paciente, que roncaba levemente a través de su vocoder.

    Velko se apresuró hacia Tarpfen, que estaba intentando usar el extremo de la camilla médica para incorporarse.

    —Guau —dijo, mientras la mon cala se inclinaba hacia adelante—. Eso sí que fue un buen golpe.

    —Y una buena pirueta por tu parte —reconoció Tarpfen, agarrando los brazos de Velko para estabilizarse.

    Velko se permitió disfrutar del cumplido mientras el doctor Gino’le se acercaba corriendo, con las piernas de metal repiqueteando en la cubierta.

    —Oh querida, querida, querida —gruñó, apuntando el flash de un sensor médico a los ojos de Tarpfen—. Una conmoción cerebral de nivel nueve si no me equivoco. Vas a necesitar algo de tiempo en un rejuvenecedor, Jefa.

    —Demasiado trabajo por hacer —arrastraba las palabras Tarpfen, tratando de pararse sobre sus propios pies con poco éxito—. Me necesitan.

    —Oye —dijo Velko—, puedo ocuparme de todo por aquí. Incluso del embajador Ceeril. Gracias por eso, por cierto. Es… bastante especial.

    Tarpfen ofreció una sonrisa de boxeador noqueado, que Velko creyó era genuina, la cual se desvaneció en cuanto se escuchó un grito. Antes de que ninguno de ellos pudiera detenerla, la jefa había empujado a Gino’le a un lado y se tambaleaba hacia la habitación de Ceeril, donde una paciente rodiana miraba estupefacta a través de la puerta, con una mano tapándole la boca.

    Tarpfen tropezó cuando alcanzó el umbral de la puerta, pero Velko la atrapó.

    —Tranquila ahora.

    —No pierdas el tiempo preocupándote por mí. Preocúpate por él.

    Velko echó un vistazo y tragó saliva. El guardaespaldas del embajador estaba tirado en el suelo, había un enorme agujero donde debería estar su cabeza, pero eso no era lo peor.

    El propio Ceeril estaba tirado sobre la cama, con la cabeza hacia atrás y la boca abierta, y una columna giratoria de humo que salía de la herida de láser en el centro de su pecho.

    CONTINUARÁ…


    El siguiente número de la revista Insider, el 202, que está previsto para finales de mes nos traerá la conclusión de este relato. Si os habéis quedado con ganas, os recordamos que los dos anteriores relatos, que forman parte de una misma historia, los tenéis ya traducidos:

    Starlight: Vamos Juntos. Parte 1, Parte 2.