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  • Nuevo relato de The High Republic: Errores del Pasado (Parte Uno). Traducción exclusiva.

    Nuevo relato de The High Republic: Errores del Pasado (Parte Uno). Traducción exclusiva.

    Traducido por Mario Tormo

    Anteriormente:

    La galaxia se tambalea tras el devastador ataque de los Nihil en la Feria a la República en Valo. El caos reina a medida que los anárquicos maleantes hacen notar su presencia en sistemas a lo largo y ancho del espacio. Mientras tanto la Baliza Starlight siente la llamada del deber para ser el centro neurálgico de la misión de contraataque coordinada de la República….


    Starlight:
    Errores del Pasado
    (Parte Uno)

    Velko Jahen dejó escapar un largo suspiro mientras cerraba el canal de comunicación con el centro de control principal de la Baliza Starlight. Acababa de supervisar otro despliegue (el tercero del día) de Vectores Jedi, los elegantes cazas acoplados a los hipermarcos triangulares que les permiten dar el salto a la velocidad de la luz. La deriva, comandada por el Jedi froziano Nooranbakarakana, iba a toda velocidad a ayudar a la mariscal Kriss, que en ese momento estaba inmersa en una batalla contra asaltantes Nihil en el sistema Magaveene.

    La vida no había sido precisamente tranquila desde que Velko fue destinada a la Baliza, pero los últimos meses habían rozado el caos. La Operación Contraataque era la respuesta oficial a la atrocidad de Valo, donde los Nihil habían arrasado la Feria de la República. Starlight era el núcleo de la acción, siendo la plataforma de despegue de docenas de misiones para sacar a los Nihil de dondequiera que se escondieran. Los días de Velko, así como la mayoría de sus noches, consistían en coordinar diversos ataques, actuando en gran medida como enlace entre los Jedi y las distintas fuerzas de la República. Había prosperado al principio, ya que las intensas emociones vividas en la estación le recordaban su anterior vida en las trincheras de Soika, pero ahora la adrenalina empezaba a agotarse. En este momento tenía cansados hasta los huesos.

    Velko comprobó su cronómetro. Pasarían otras cuatro horas antes de que pudiera desplomarse sobre su litera. Tal vez podría tomar un café rápido en el vestíbulo antes de que llegara la siguiente crisis. Pero la vibración de su comunicador le indicó que eso no iba a suceder.

    — Aquí Jahen –dijo, tratando de apartar el cansancio de su voz mientras respondía la llamada.

    — Administradora, ¿está ocupada?

    Velko trató de suspirar sin que se percibiera al escuchar a Ghal Tarpfen, la Jefa de Seguridad de la República en la Baliza. Vaya pregunta para empezar. ¿Quién no estaba ocupado estos días?

    — ¿Qué necesita jefa?

    — Hay una… pelea en la bahía del hangar cuatro.

    — ¿Una «pelea»?

    — ¿Puede pasarse por aquí? ¿Ahora mismo?

    Velko se pellizcó el puente de la nariz. Un dolor de cabeza se estaba formando detrás sus ojos.

    — ¿Es que nadie es capaz de…

    La mon cala no la dejó terminar.

    — Iría yo, pero estoy procesando a los prisioneros Nihil traídos por el Escuadrón Firebird.

    — ¿Cómo va eso?

    — Bien –respondió Tarpfen–. Sólo llevo dos docenas de retraso, lo cual es mejor que ayer. Lo último que me hace falta es ir hasta la bahía cuatro…

    — Cuando pase por la siguiente sección.

    — Todo tuyo. Diría por favor pero… –Velko no pudo evitar sonreír.

    — Pero te provocaría un sarpullido.

    — Eso y el ormachek a la parrilla. Así que ¿podrías?

    La relación de Velko con Ghal había sido difícil al principio, pero ambas habían ido estrechando lazos últimamente, unidas por la crisis desatada tras Valo. Aún no diría que son amigas, pero se están acercando a ese punto.

    — Estoy de camino –dijo, dirigiéndose hacia las puertas–. Pero me debes una.

    ***

    Vaya que si le debía una Tarpfen…

    La «pelea» resultó ser una discusión entre un navegante espacial visitante y un trandoshano muy particular. Se supone que los Jedi deben mantener la calma y el control en todo momento, pero no había dudas de la cara de indignación que mostraba el rostro verde del maestro Sskeer. Cuando Velko lo divisó, el corpulento trandoshano estaba abriendo de cuajo las tapas de unos contenedores de carga con su único brazo. El otro (aunque ya estaba volviendo a crecer) lo había perdido en una batalla antes de que Velko llegara a Starlight. Sskeer era conocido por ser una fuerza bruta con la que tener cuidado en el mejor de los casos. Pero la situación empeoró mucho más, ya que Velko reconoció no sólo la nave ante la que el trandoshano se alzaba, sino también al comerciante con el que estaba discutiendo.

    — ¿Vane?

    La última vez que había visto a Vane Sarpo, el vuman estaba cubierto de barro procedente de los campos de batalla de Soikan, con un bláster de repetición 599 en las manos y una herida que sangraba profusamente encima del ojo izquierdo. Ahora solo quedaba la silueta de una cicatriz en su frente, y su sucio uniforme de combate había sido reemplazado por una lujosa camisa de seda que combinaba perfectamente con el color de los tatuajes azul eléctrico que cubrían su rostro, el elaborado patrón de líneas y símbolos había crecido considerablemente desde la última vez que se habían encontrado.

    — ¡Velko! –Exclamó Vane. Sus oscuros ojos se iluminaron cuando la vio–. Velko Jahen. En nombre de Vuma, ¿qué estás haciendo aquí?

    — Pensé que el uniforme daría una pista –dijo cruzando los brazos.

    — Te sienta realmente bien –dijo mirándola de arriba abajo. Todavía quedaba algo del viejo carisma de Sarpo, aunque muchos (incluido Dagni, el confidente más cercano de Velko en la Fuerza de Liberación) lo consideraban más zalamero que encantador.

    — ¿Conoces a este … individuo? –Siseó Sskeer, su voz silbaba aún más de lo habitual.

    — Por supuesto –contestó Vane con una sonrisa descarada sin dejarla responder–. Somos antiguos…

    — Amigos –Velko interrumpió rápidamente ya que no quería descubrir qué secretos estaba Vane a punto de revelar frente a los Jedi.

    — Más que eso, diría yo –dijo Vane frunciendo los labios.

    — Combatimos juntos –explicó, ignorándolo–. Durante la guerra civil en mi mundo natal.

    Sskeer examinó al vuman con desconfianza.

    — Él no es Soikan.

    — Y tú eres una persona muy observadora… Quiero decir, lagarto… Es decir… ¿Cómo te llamo?

    — Jedi –retumbó la respuesta.

    Vane rió entre dientes, completamente ajeno a la frustración de Sskeer o la incomodidad de Velko.

    — Supongo que era un… Soldado de fortuna.

    Uno de los labios de Sskeer se curvó mostrando una hilera de dientes afilados.

    — Un mercenario.

    — Pero ya no –le contestó Vane–. Ahora soy un humilde comerciante, junto con Crune, que está allí –asintió con la cabeza a una peasle notablemente nerviosa que estaba haciendo todo lo posible para sellar las cajas que Sskeer había estado investigando. Velko no podía culpar a la pequeña insectoide por estar asustada. Los peasles eran seres tímidos en su mayor parte, propensos a enrollarse como una bola a la primera señal de problemas. Y un maestro Jedi descontento definitivamente contaba como un problema.

    — ¿Qué son? –Dijo Velko, metiendo la mano en la caja más cercana y extrayendo una pequeña estatuilla de plástico.

    — Son un insulto –le informó Sskeer, luciendo como si no pudiera decidir entre aplastar el ofensivo artefacto o lanzarlo por la esclusa de aire más cercana.

    — Son arte –dijo Vane, acercándose para quitarle la estatua de las manos a Velko. Ella la apartó bruscamente, dándole la vuelta. La figura era de una mujer con cabello largo y rubio que sostenía en alto una espada resplandeciente, con una túnica ondeando detrás de ella de la manera más melodramática posible.

    — ¿Se supone que es…?

    — La maestra Jedi Avar Kriss –dijo Vane con orgullo–. La mismsíma Heroína de Hetzal. ¿No son geniales? Las he conseguido directamente del escultor snivviano más talentoso de Cadomai Prime. En serio, el tipo es un genio. Basta con verlas.

    Rebuscó en la caja y sacó un modelo de nave espacial que le resultaba familiar y casi cómicamente erróneo.

    — ¿Un Vector Jedi? –Dijo Velko.

    — Totalmente.

    — Un Vector Jedi con seis alas.

    Vane miró extrañado sus productos.

    — ¿Cuántas se supone que deben tener?

    — No importa si tienen cuatro, seis o setecientas –gruñó Sskeer–. No se van a vender en esta estación.

    — ¿Pero por qué? –Preguntó Vane, abriendo los brazos abarcando todo el hangar–. Mira este lugar. Aquí viene gente de todo el Borde Exterior, ¿y qué buscan?

    — Ayuda –le respondió el trandoshano.

    — Error –Sarpo llegó incluso a señalar a Sskeer en medio de su pecho de barril–. Para veros a todos vosotros. ¡Ver a los Jedi! Y qué mejor que llevarse un recuerdo de su viaje. De hecho estoy seguro, mi dientudo amigo, que podría hacer rápidamente una estatua tuya. La gente se volvería loca por ella. En serio, volarían de los estantes.

    El corazón de Velko se hundió aún más cuando Vane miró el muñón vendado de Sskeer.

    — ¿Le digo que le ponga un brazo o dos?

    ¡Por las estrellas vivas! ¿En qué estaba pensando?

    Velko se interpuso entre ellos cuando el trandoshano dio un peligroso paso hacia el comerciante.

    — Maestro Sskeer. Déjeme ocuparme de esto.

    El Jedi realmente gruñó desde lo más profundo de su garganta.

    — No quiero ver esas cosas en ninguna de las tiendas de ninguno de los vestíbulos. No deben venderse en Starlight ni en ningún otro lugar.

    — Bien –dijo Vane detrás de ella–. Lo entiendo. No habrá estatuas –hubo entonces una pausa y un susurro, aunque en realidad Velko no quiso darse la vuelta–. Pero, ¿qué tal una taza de recuerdo?

    ***

    «¿Qué tal una taza de recuerdo?»

    Velko miró el objeto de cerámica barato sobre la mesa frente a ella, una imagen asimétrica de la Baliza Starlight representada bocabajo.

    Vane tomó un trago de cerveza.

    — Valió la pena intentarlo. ¿Qué le pasa a ese tipo de todos modos? Yo creía que los Jedi eran uno con el universo –Vane ilustró su punto de vista moviendo sus largos dedos frente a su cara–. Pensé que me iba a arrancar los brazos.

    — Cuanto menos menciones los brazos, mejor –enfatizó Velko, frotándose la nuca–. Sskeer es… Un caso especial. Bajo toda esa bravuconería él está…

    — ¿Si?

    Sacudió la cabeza, mirando hacia el techo abovedado.

    — En realidad no tengo ni idea. ¿Cascarrabias? ¿Irritado?

    — ¿Porculer..

    — ¿Otra ronda? –Velko se sobresaltó ante la repentina interrupción del droide camarero que se había acercado a ellos.

    — Para mí no –dijo, antes de agregar rápidamente–. Y tampoco para él. No nos vamos a quedar.

    Vane soltó aire mientras el camarero continuaba hacia la mesa de al lado.

    — Aguafiestas.

    — Tienes suerte de que no te haya ordenado salir de la estación inmediatamente.

    — ¿Y perderte el placer de mi compañía? –Vane le ofreció su mejor sonrisa. La misma sonrisa que la había metido en todo tipo de problemas en el pasado–. No harías eso, no después de todo este tiempo.

    Ella trató de no devolverle la sonrisa. Era bueno verlo, y aún mejor detenerse a tomar el descanso que se había estado prometiendo a sí misma durante al menos tres ciclos de trabajo. Habían venido a Unity, el bar con bebida de grifo favorito de Velko en la estación, un bullicioso abrevadero a los pies de la torre del comerciante. La enfermera Okana le había descubierto el lugar poco después de la llegada de Velko, y era una buena alternativa a los bares frecuentados por el personal de la República, lo que significaba que podían relajarse sin preocuparse por el trabajo. Al menos esa era la idea. Habían pasado semanas desde que Velko probó por primera vez lo que se había convertido rápidamente en su bebida favorita, un Cohete Teralov aderezado con olap fresco de los bio-jardines de la estación. Una bebida ciertamente extravagante que Vane ahora contemplaba con cierta diversión.

    — ¿Qué diría tu escuadrón si te vieran con eso?

    Velko tomó otro sorbo.

    — Probablemente me acusarían de deserción. Los mejores de Soikan solo toman ron gagic.

    La forma en que la miraba la hizo sonrojarse de nuevo.

    — ¿Eres feliz aquí Vel?

    Asintió.

    — Por supuesto.

    — Pareces cansada.

    — Y tú estás más colorido que nunca –dijo, señalando las líneas azules en su rostro–. Pensé que no te ibas a hacer más tatuajes.

    Su sonrisa vaciló por un segundo mientras se frotaba la mejilla estampada.

    — Ya sabes como soy. Siempre me gusta destacar entre la multitud.

    Ella estaba a punto de preguntarle si se encontraba bien, pero él centró la conversación en ella.

    — De todos los lugares posibles, me sorprende verte en este. Usando ese uniforme, jugando a ser una diplomática con los Jedi.

    — Estoy haciendo mucho más que eso.

    — No lo dudo, pero… Después de todo por lo que pasamos en los campos de Dionas, ¿no prefieres descubrir la galaxia en lugar de estar encerrada en un único lugar?

    De primeras Velko no supo qué decir, pero una vez comenzó a responder, las palabras no paraban de brotar.

    — La sensación es que esto es relevante, ya sabes, el trabajo que estamos haciendo aquí, especialmente tras Valo. La gente busca ayuda en Starlight, no solo por los Jedi, sino porque ofrecemos certeza en una galaxia cada vez más incierta. Bien sabes lo que hay ahí fuera en este momento Vane. La gente está asustada, realmente asustada, por primera vez en años.

    — Lo pillo pero, ¿por qué tú Vel? ¿Es realmente lo que tú quieres…

    Paró bruscamente, haciendo una mueca de dolor, y se llevó la mano a la frente.

    — ¿Vane?

    Forzó una sonrisa avergonzada.

    — Lo siento… –dijo frotándose la sien–. Dolor de cabeza. Debe ser la luz de aquí. Ha pasado tiempo desde que estuve en un lugar como este…

    Velko frunció el ceño. Siempre sabía cuándo Vane no decía la verdad… O cuándo estaba distraído. Mientras hablaba sus ojos se posaron en su hombro, mirando intensamente algo (o alguien) detrás de ella.

    Se volvió para ver a una impresionante zeltron sentada en la barra junto a un enorme houk casi tan imponente como Sskeer. La zeltron estaba mirando hacia atrás.

    Velko dejó su bebida, sacudiendo la cabeza. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? El vestuario de Vane podía haber cambiado, pero sus hábitos obviamente no… Ni sus ojos curiosos. Si has sido jugador, serás siempre jugador.

    Se puso de pie y se atusó la túnica de un tirón fuerte.

    — Debería haberte dejado con Sskeer. Me largaría si fuera tú.

    Su atención volvió hacia ella.

    — ¿Perdona?

    — Tu nave…

    — La Corazón de Rapscallion.

    — Creo que te vas a encontrar con que tu permiso de atraque acaba de caducar.

    — ¿Estás de broma?

    — Debería llevarte solamente treinta minutos desembarcar. Veinte si te das prisa.

    — ¿Cómo? Espera… ¡Vel!

    Pero Velko ya se estaba marchando.

    — Así es la Administradora Jahen –dijo bruscamente cuando las puertas del Unity se abrieron y salió furiosa.

    ***

    Velko necesitó la mayor parte de los veinte minutos que le había dado a Vane para calmarse, y luego sólo un par de segundos para sumirse en la vergüenza. ¿En qué había estado pensando? ¿Revocar los privilegios de atraque del tipo sólo porque había mirando a una hermosa zeltron? Vane siempre había sido un mujeriego, incluso cuando estaban en primera línea. Entonces no le había importado. Incluso le parecía bien. Lo último que hubiera necesitado era una relación en medio de una zona de guerra, por lo que su informal, sin ataduras, fuera-lo-que-fuera, le había venido bien. Entonces, ¿por qué reaccionaba tan mal ahora? Debía estar más exhausta de lo que pensaba.

    Afortunadamente los registros mostraban que la Corazón de Rapscallion aún no se había ido. Lo mínimo que podía hacer era disculparse. Pero cuando regresó a la bahía 4 del hangar Vane Sarpo no estaba solo. Podría haberse esperado encontrárselo con la zeltron, pero no al houk que estaba husmeando dentro de una de las cajas. Pero eso fue hasta que vio a Velko abriéndose paso a través de las naves atracadas, y cerró la tapa de golpe. El ruido repentino sorprendió tanto a Clune que de inmediato se hizo una bola.

    — ¡Velko! –Exclamó Vane quizá demasiado fuerte, levantando las manos como para alejarla–. Me voy. Lo prometo. Yo solo…

    Sus palabras se apagaron y Velko sintió un nudo en el estómago, un instinto en el que había aprendido a confiar no solo con respecto a Vane, sino con cualquiera que no estuviera diciendo la verdad.

    — Abre la caja –ordenó bruscamente.

    — No es necesario –dijo Vane–. Este amigo mío tan solo estaba mirando para ver si podía quitarme algo del merchandising de encima, pero como señaló tu amigo Sskeer, es basura.

    — Sí –murmuró el houk, haciendo como que se daba prisa–. Un montón de basura antigua.

    Algo no encajaba. Velko se abalanzó sobre la caja más cercana y quitó la tapa.

    — Vel, ¡no!

    Y ahora houk estaba prácticamente corriendo, pero ¿por qué motivo? ¿Una caja de mercancía Jedi cutre? Eso no tenía ningún sentido… A menos que…

    Velko metió la mano en la caja y cogió la bandeja superior de estatuillas. Se desprendió fácilmente, revelando más baratijas debajo. Tiró la bandeja a un lado y los adornos de plástico repiquetearon en la cubierta mientras alcanzaba la siguiente tanda. Esta vez Vane no intentó detenerla. En cambio, cogió a Clune y corrió hacia la rampa de la Rapscallion. Velko jadeó cuando vio lo que se escondía debajo de los recuerdos.

    — ¡Vane! ¡Detente ahí!

    Vane no hizo caso mientras subía por la rampa. Con un gruñido de esfuerzo, Velko tiró la bandeja y las estatuillas baratas volaron por todas partes, aterrizando a los pies de Vane. El vuman tropezó y al caer Clune rodó de sus manos. Velko lo alcanzó en un instante, retorciendo su brazo para que no pudiera escapar.

    — ¿Qué has hecho? –Bufó ella mientras él forcejeaba.

    — Más de lo que cualquiera de nosotros hubiera esperado –siseó una voz desde atrás.

    Era Sskeer, con el sable de luz encendido mientras conducía a houk, ahora esposado, hacia ellos, con Ghal Tarpfen a su lado.

    — Sskeer hizo algunas averiguaciones –dijo la mon cala mientras Velko ayudaba a Vane a ponerse de pie–. Resulta que el CDR lleva un tiempo con la Corazón de Rapscallion en el punto de mira.

    — Puedo explicarlo –dijo Vane, que ya no intentaba librarse de la sujeción de Velko.

    — ¿Sí? –Dijo Velko, empujándolo hacia la caja abierta–. Tal vez puedas empezar con esto.

    Lo empujó dentro del contenedor, por lo que se vio obligado a mirar hacia los estantes de blásters que habían estado escondidos debajo de los suvenires.

    — Eso es sencillo –siseó Sskeer, echando a Vane una mirada fulminante–. Tu amigo ha estado haciendo contrabando de armas… Para los Nihil.

    CONTINUARÁ…


    Hasta aquí esta primera parte del nuevo relato escrito por Cavan Scott. En el siguiente número, la Star Wars Insider 206, tendremos la resolución de esta aventura en la que Sskeer y Velko Jahen han descubierto que un antiguo amigo de la última parece ser un contrabandista de armas para nada más y nada menos que… ¡los Nihil! Si quieres leer los anteriores relatos puedes hacerlo aquí:

  • Primera Tarea, Parte 2. Traducción exclusiva del relato canon de The High Republic

    Primera Tarea, Parte 2. Traducción exclusiva del relato canon de The High Republic

    Traducción por Mario Tormo

    Os traemos la conclusión del segundo relato de La Alta República, escrito por Cavan Scott, dentro de la serie Starlight que publica regularmente la revista Star Wars Insider. Estas historias expanden los hechos que hemos podido leer en la primera ola de esta nueva era de Star Wars situada 200 años antes de los sucesos de La Amenaza Fantasma. Podéis leer la parte 1 aquí.

    Anteriormente

    Sedar a un furioso medoslean en el centro medico de la Baliza Starlight no era como Velko Jahen había pensado que sería su primer día como administradora en la estación. Y el repentino asesinato de un embajador skembo, el cual le había pedido protección, solo consiguió empeorar las cosas…

    Arte de Louie Di Martinez

    Starlight:
    PRIMERA TAREA
    (Parte 2)

    Todo el mundo estaba hablando a la vez, todos excepto Velko Jahen. Las horas transcurridas desde el intento de asesinato estaban borrosas. Velko aún podía ver el cuerpo del embajador Ceeril desplomado sobre la cama cada vez que cerraba los ojos y estaba convencida de que el olor a carne carbonizada aún flotaba en el aire, incluso aquí, en el vasto centro de operaciones de la Baliza Starlight. Había visto heridas de bláster antes, demasiadas para recordarlas todas, y olían mucho peor en los campos de batalla de Soika. ¿Por qué este ataque, orquestado no en la mugre de una trinchera excavada apresuradamente, sino en el estéril centro médico de la estación espacial más nueva y más grande de la República, la había abrumado?

    —¿Administradora?

    Velko tardó un minuto en darse cuenta de que Rodor Keen estaba hablando con ella. ¿Cuántas veces había obligado al jefe de operaciones de Starlight a repetir su rango antes de responder? La expresión de su rostro le daba la respuesta: ¡Demasiadas!

    —Lo siento, señor —balbuceó, molesta por lo nerviosa que sonaba—. Estaba repasando lo que ocurrió una última vez.

    —Una idea excelente —sonó una voz detrás de ellos. Velko y Keen se volvieron para ver caminando hacia ellos a una de las figuras más llamativas que jamás habían visto. El corazón de Velko se paró. Había estado esperando este momento desde que obtuvo su cargo, anhelando conocer a esta mujer, pero jamás se la habría imaginado así.

    La maestra Jedi Avar Kriss, Mariscal de la Baliza Starlight y Heroína de Hetzal, era tan impresionante como cabría esperar de la persona que había planeado la respuesta Jedi al Gran Desastre, salvando miles de millones de vidas en el sistema Hetzal y más allá. Todo en ella irradiaba confianza, desde su vaporosa túnica hasta los penetrantes ojos azules que ahora miraban Rodor Keen con la intensidad de un equipo de fijación de objetivo. Ni el hecho de que estuviera flanqueada por una mujer Jedi al menos tres décadas mayor que ella, y sin mencionar al imponente wookiee vestido con el ropaje de los padawans, conseguían disminuir su presencia en la habitación. Velko tenía la impresión de que Avar Kriss podría estar rodeada por todos y cada uno de los Jedi de aquí y de allí, y aun así todos las miradas seguirían centradas en ella.

    Esto no iba a ir bien.

    Junto a ellos, Estala Maru dio un paso adelante para recibir a los recién llegados por turnos.

    —Mariscal. Maestra Assek. Padawan Burryaga. Bienvenidos de nuevo a Starlight. ¿Puedo dar por hecho que su misión en el Clúster de Málaga ha sido un éxito?.

    —El acuerdo comercial entre Ayelina y Ludmere se firmó sin incidentes —confirmó Kriss—. Y pese a ello, conseguimos evitar una crisis diplomática para toparnos con otra en Starlight.

    —Las cosas se han complicado un poco en vuestra ausencia.

    –Lo cual es decir poco —intervino Keen, con un nervio de la sien palpitando sobre su ojo cibernético.

    —¿Qué ha pasado? —Preguntó Kriss, dirigiendo su atención al jefe de operaciones—. Pudimos sentir la inquietud desde que llegamos.

    —Tal vez deberíais verlo vosotros mismos —interrumpió Maru antes de dirigirse al astromecánico que nunca andaba lejos de él—. Kaysee, informa al centro médico de que la Mariscal está en camino.

    ***

    La habitación de Ceeril estaba exactamente como la había visto Velko por última vez, aunque ahora había más gente, con Kriss y sus acompañantes apiñados alrededor de la cama, ahora vacía.

    —¿Y es aquí donde encontró al embajador administradora Jahen?

    Velko asintió con la boca seca.

    —Sí, Mariscal. Estaba tendido boca arriba…

    —Había recibido un disparo en el pecho.

    —Así es.

    —¿Y qué hay de su guardaespaldas?

    —Destruido. Habían arrancado su cabeza de los hombros —dijo Ghal Tarpfen, la mon calamari jefa de seguridad de Starlight, que los había estado esperando en el pabellón. Dio un paso adelante, señalando pequeños fragmentos de metal incrustados en lo alto de la pared del fondo—. Pueden ver metralla de sus procesadores, aquí y aquí.

    De pie, junto a la puerta, Burryaga lanzó una pregunta que Maru se apresuró en responder.

    —Las imágenes de seguridad son un misterio.

    El kessuriano asintió con la cabeza a su astromecánico, que proyectó obedientemente una imagen de la escena de esa mañana. Velko frunció el ceño al verse a sí misma de pie hablando con Ceeril, y al droide guardaespaldas que todavía se tenía sobre sus anchos pies. Luego vino el alboroto exterior, con Velko saliendo por la puerta segundos antes de que la imagen se perdiera con interferencias.

    —La señal se interrumpió minutos antes del ataque.

    —El asesino cubriendo sus huellas —sugirió Nib Assek mientras el astromecánico avanzaba la imagen rápidamente hasta que volvía a ser nítida, mostrando al skembo, ahora boca abajo, sobre la cama, y el droide caído hacia atrás con un golpe.

    —Todavía no me puedo creer que nadie haya escuchado nada —se quejó Keen—. Un bláster no es nada silencioso.

    —Estábamos distraídos —admitió Velko.

    —Con el incidente del… Repetidme ¿qué era? —Preguntó Assek.

    —Un medoslean —le dijo Tarpfen—. El paciente tuvo una convulsión violenta y comenzó a atacar a los miembros del personal, incluido yo mismo. Si no hubiera sido por la administradora Jahen aquí presente, la situación podría haber sido mucho peor.

    —¿Peor? — Espetó Keen—. Un embajador ha recibido un disparo en la . ¿Tiene idea de a cuántos supervivientes estamos atendiendo desde el desastre del hiperespacio?»

    —Dieciocho mil cuatrocientos setenta y cuatro —dijo Maru, atrayendo una mirada furiosa del coordinador—. Lo siento. Era una pregunta retórica, ¿verdad?

    —Cualquiera que sea el número —continuó Keen—, se supone que Starlight es un refugio, un santuario, y sin embargo, esto sucedió justo delante de nuestras narices.

    —La verdadera pregunta es, ¿qué van a hacer al respecto?

    Los Jedi y los oficiales de la República se volvieron para mirar al embajador Ceeril al otro lado de la puerta. El skembo de rostro rocoso estaba encorvado en una silla repulsora, con un chaleco de bacta que cubría su pecho. Burryaga se hizo a un lado para dejar pasar a Kriss, mientras la mariscal saludaba al mandatario herido con una reverencia.

    —Su Excelencia, me alegro de que haya sobrevivido a esta terrible experiencia.

    —No gracias a ninguno de ustedes —espetó Ceeril, agarrándose el pecho.

    —Eso no es del todo cierto —señaló Maru, mirando a la enfermera Okana, que había conducido al embajador de vuelta al pabellón—. Si el doctor Gino’le y su personal no hubieran respondido tan rápido…

    —Los hasarianos se hubieran salido con la suya, sí, lo sé.

    —¿Los hasarianos? —Preguntó Kriss, atrayendo una furiosa mirada del dolorido embajador.

    —Esos brutos no descansarán hasta que los skembo sean expulsados del sector. Una y otra vez le hemos pedido ayuda a la República, y una y otra vez nos la han negado.

    —¿Vio a su agresor?

    —Tan claramente como la veo ahora.

    —Al contrario que las cámaras —agregó Assek.

    —Encontraron los cabellos, ¿no? —Preguntó Ceeril, tosiendo con dureza—. ¿En mi droide? —Eso era cierto. Velko los había encontrado ella misma, pelos atrapados entre las tenazas, ahora durmientes, del droide. Del mismo color que los de las melenas de los hasarianos, que se encuentran en otras partes de la enfermería—-. ¿Cuántas pruebas más necesitan?

    La tos del embajador se intensificó y su cuerpo se retorció con agonía. El doctor Gino’le se acercó con sus patas mecánicas y le ordenó a Okana que acompañara a Ceeril a la habitación que había sido preparada al otro lado de la sala. El grupo de la mariscal lo vio irse. El rostro de Rodor Keen se había oscurecido tanto como el del skembo había palidecido.

    Kriss se volvió hacia el coordinador tan pronto como Ceeril estuvo los suficientemente lejos como para no escucharlos.

    —¿Tenemos hasarianos en la estación?

    Velko habló antes de que Keen pudiera responder.

    —Un par, sí.

    Una mirada mordaz del coordinador volvió a dejarla bloqueada de nuevo.

    —¿Y qué es lo que cuentan de sí mismos?» Preguntó Kriss.

    —Ambos resultaron gravemente heridos en la emergencia de Wazta —dijo Keen—. Uno ha estado en un tanque de bacta durante tres días y el otro apenas está consciente.

    —¿Podemos estar seguros de eso? —Preguntó Tarpfen.

    —Sería la tapadera ideal —coincidió Assek.

    Kriss suspiró.

    —¿Puedo verlos?

    —Por supuesto —dijo Tarpfen, conduciendo al grupo hacia el siguiente pabellón—. Por aquí.

    Velko fue a seguirlos, pero Keen la detuvo.

    —Usted no, administradora.

    Frunció el ceño.

    —¿Señor?

    —Necesitamos un informe completo para el Senado. No te dejes nada por poner. Nada en absoluto.

    Así que eso era todo. Velko era apartada, reducida a presentar informes mientras Ghal Tarpfen lideraba la operación. Hasta aquí su brillante carrera en la primera mega-estación de la República. La pondrían en un rincón del centro de operaciones antes de que pudieras decir «Dank Farrik».

    Solamente al escuchar el murmullo de KC-78 se dio cuenta de que no todo el grupo se había ido con Tarpfen. El astromecánico todavía estaba en la sala al igual que su maestro.

    —Te envidio —le dijo Maru, con un atisbo de sonrisa.

    —¿Me envidia?

    —¿Un informe completo? ¿Con todos esos jugosos detalles? Mi paraíso particular.

    Ella arqueó una ceja.

    —Puede escribirlo si lo desea.

    Un suspiro melancólico escapó de sus delgados labios.

    —Por desgracia, la estación no funcionaría sola. Pero me lo puedo imaginar, ¿verdad Kaysee? —Miró al pequeño droide—. Cotejar pruebas de cada uno de los testigos. Incluso de la propia víctima.

    El astromecánico lanzó un pitido agudo.

    —Admito mi error. Víctimas, plural. Ese desafortunado guardaespaldas.

    —Ese destruído guardaespaldas —le recordó Velko.

    Maru la miró con esos curiosos ojos escarlata.

    —Por supuesto. Ahora, ¿a dónde se llevaron a ese pobre? —Sacó un datapad de su manga, deslizó la pantalla y el dispositivo le devolvió un bip resolutivo—. Ah, sí. A la torre de seguridad. Sala de pruebas tres .

    Velko dio un respingo allí donde estaba, captando inmediatamente la indirecta nada sutil que Maru acababa de lanzarle. Quizás había algo más en este kessuriano de lo que parecía después de todo.

    —¿Tengo acceso a la sala de pruebas tres? —Preguntó ella.

    —No —respondió el Jedi con picardía mientras se giraba y salía de la habitación—, pero Kaysee sí…

    ***

    La torre de seguridad era tan austera que contrastaba con la opulencia del resto de la estación. Las paredes eran de bronce pulido y los muebles eran vastos aunque funcionales. Los restos del droide guardaespaldas habían sido depositados en una mesa de operaciones elevada, iluminados por luces de un color azul intenso.

    —¿Listo para grabar, Kaysee? —Preguntó Velko al droide.

    El astromecánico emitió un pitido indicando que sí lo estaba.

    —De acuerdo. La unidad guardaespaldas está intacta excepto por el daño en su cabeza —examinó sus manos mecánicas—-. Las pinzas acaban de ser escaneadas y revelan restos de ADN hassariano, lo que confirma que el cabello era de un hassariano —trató de imaginarse a una de las criaturas altas que había visto en los pabellones entrando por la puerta, y al guardaespaldas corriendo para proteger a su amo. Un forcejeo y al droide arrancando un mechón de pelo. Algo no cuadraba.

    —Kaysee, ¿puedes volver a ponerme la grabación?

    El holoproyector de KC-78 zumbó y Velko se vio a sí misma una vez más desaparecer a través de la puerta, dando paso entonces a las interferencias, y después la imagen parpadeando de nuevo y mostrando al guardaespaldas cayendo al suelo.

    —¿Pero de dónde vino el disparo? —Se preguntó Velko en voz alta.

    KC lanzó una pregunta, pero lo ignoró, inclinándose para mirar el daño en la cabeza cilíndrica del guardaespaldas. Con cuidado, Velko pasó un dedo por el borde irregular donde había estado su única unidad receptora, extrayendo un fragmento de metal chamuscado.

    —¿Puedes escanear esto? —Le preguntó a su compañero, sosteniendo el fragmento frente al microanalizador de KC. La luz azul bañó el metal mientras los procesadores zumbaban y hacían clic en el interior del rechoncho chasis del droide.

    —¿Y bien?

    El droide emitió pitidos emocionado mientras pronunciaba el veredicto, y en un instante Velko supo quién había disparado al embajador.

    ***

    Podía escuchar a Ceeril quejarse en voz alta mientras se acercaba a su nueva habitación. Nib Assek y Burryaga habían permanecido en la puerta, en un intento de convencer al embajador de que se estaban tomando en serio el peligro. Assek asintió con la cabeza en señal de saludo cuando Velko entró en la habitación, con KC-78 a su lado, encontrándose al skembo reprendiendo a Ghal Tarpfen mientras Okana intentaba cambiarle los vendajes.

    —No me importa lo que estén haciendo ni a quién hayan puesto para proteger mi habitación, no me sentiré seguro hasta que la mariscal Kriss o el coordinador Keen me informen personalmente de lo que están haciendo al respecto de la vil amenaza hassariana. Exijo justicia. ¡Exijo acciones!

    —La amenaza ha pasado —dijo Velko, tan tranquilamente como pudo, ignorando la mirada de desconcierto que le dirigió la jefa de seguridad cuando entró en la habitación—. No corre ningún peligro.

    Los ojos del skembo se abrieron completamente.

    —¿Ha deportado a los hasarianos de Starlight?

    Velko negó con la cabeza.

    —No es necesario. Su ‘asesino’ ha desaparecido.

    Lo que quedaba de la cabeza del guardaespaldas resonó cuando la tiró sobre su regazo.

    —¿Qué significa esto? —Farfulló Ceeril, apartando la unidad decapitada lejos de él.

    —Me estaba preguntando lo mismo —dijo Tarpfen, señalando el trozo de metal retorcido—. Eso es un prueba.

    —Lo es —coincidió Velko—. Una cabeza destrozada a quemarropa como prueba. Vimos a su pobre guardaespaldas caer hacia atrás y acabar en el suelo en el momento en que las cámaras volvieron a estar operativas. Sin embargo, me pareció extraño que esas mismas imágenes no mostraran al asesino.

    —Deben haber disparado cerca de la puerta —tartamudeó Ceeril.

    —¿Antes de salir a correr?

    —No sabría decir. ¡Estaba demasiado ocupado aferrándome a la vida!

    —Y, sin embargo, nuestros misteriosos asesinos no dispararon cuando el droide estaba lo suficientemente cerca como para arrancarles un mechón de pelo de la cabeza. En vez de eso, esperaron hasta que estaban a punto de escaparse, disparando a un guardaespaldas cuyas armas estaban desactivadas —señaló la unidad craneal carbonizada que yacía frente al horrorizado embajador—. Extrañamente, la cabeza no ofrece pruebas de residuos de bláster, aunque sí encontramos restos de detonita dentro del chasis.

    —¿Dentro? —La pregunta de Tarpfen quedó sin respuesta cuando Ceeril sacó una lengua increíblemente larga y sorprendentemente pegajosa que arrebató de la cadera de la mon cala su blaster para cambiar de dueño.

    —¡Creo que no! —Espetó la mon calamari, agarrando la lengua cuando se retiraba y sujetándola con fuerza. El embajador se atragantó y se echó hacia atrás, pero Tarpfen lo agarró con firmeza y la pareja se enfrascó en un extraño tira y afloja.

    —¿Qué significa todo esto? —Una voz resonó mientras Rodor Keen aparecía por la puerta, mirando con incredulidad la escena, con Avar Kriss y un divertido Estala Maru tras de él.

    —El embajador intentó desarmarme —le dijo Ghal Tarpfen al controlador, dejando de agarrar su lengua, que volvió a la boca de Ceeril con un fuerte golpe y dejó caer el bláster al suelo.

    —Probablemente porque fingió su propio asesinato —dijo Velko, señalando con la cabeza a KC-78. El droide emitió varios pitidos como respuesta y proyectó un holograma de los restos del guardaespaldas esparcidos en la sala de pruebas, con una ligera diferencia.

    —¿Es un compartimento oculto? —Preguntó Keen, mirando una pequeña tapa que estaba abierta en el pecho del droide.

    —Lo es —respondió Velko—. Tuve que investigar un poco, pero cuando lo encontré, Kaysee pudo identificar ADN hassariano dentro del compartimento.

    —¿Del tipo que queda cuando escondes pruebas falsas en un compartimento privado? —Preguntó Tarpfen, mirando con el ceño fruncido al embajador, que estaba pasando el dorso de su mano fría su lengua palpitante.

    —Además de esto —dijo Velko, sacando un bote de gas bláster de su bolsillo—, que contiene el suficiente eleton para cargar un arma. Suficiente para mutilar…

    —Pero no tanto como para matar —Tarpfen parecía querer terminar el trabajo ella misma.

    —Fue temerario —admitió Velko—. Programar a tu droide para que simule el disparo y luego detonar un explosivo alojado dentro de su unidad craneal.

    —Destruyendo así cualquier rastro del engaño —concluyó Keen, cruzando los brazos con decisión.

    —Eso es un sinsentido —protestó el embajador, revolviéndose en su colchón—, eso es lo que es.

    —¿Lo es? —Ceeril palideció cuando Avar Kriss avanzó hacia el centro de la habitación y se detuvo a los pies de la cama—. ¿Sabe lo difícil que es mentir frente a una Jedi, embajador?

    —Especialmente cuando la administradora Jahen ha proporcionado multitud de pruebas —dijo Maru, tocando su siempre presente datapad—. Todo lo cual acabo de enviarlo al servicio de seguridad de la República en Coruscant.

    —¿No es ese mi trabajo? —Preguntó Ghal Tarpfen, sonando más divertida que molesta, con el arma otra vez en sus manos.

    —Eso es lo maravilloso de la Baliza Starlight —dijo Avar Kriss, volviéndose hacia Ceeril—. La República y los Jedi trabajando juntos por el bien de todos. Creo que formamos un gran equipo, ¿no es así, embajador? Quizás sería mejor si pasara el resto de su convalecencia en el centro de detención.

    —¿Quieres hacer los honores? —Preguntó Tarpfen a Velko, pero ella negó con la cabeza—. Tú eres la jefa de seguridad.

    —Y a ti se te debe un recorrido por Starlight —le dijo Rodor Keen mientras Burryaga maniobraba la camilla del skembo fuera de la habitación, bajo la atenta mirada de Tarpfen—. Dime, ¿por dónde te gustaría empezar?

    La decisión quedó fuera de su alcance cuando llegó un aviso por el sistema de comunicaciones, una voz ronca y sibilante informaba a la mariscal Jedi que habían recibido una llamada de socorro del Sistema Kazlin.

    —Tal vez deberíamos ir donde esté la acción —dijo Velko mientras Avar Kriss se dirigía al turboascensor.

    —Una excelente idea, administradora —coincidió Keen—. Creo que encajarás perfectamente».

    FIN


    El siguiente número de la revista Insider, el 203, traerá un nuevo relato de la mano de Justina Ireland. Si os habéis quedado con ganas, os recordamos que tenéis los anteriores relatos ya traducidos:

    Starlight: Vamos Juntos. Parte 1Parte 2.

    Starlight: Primera Tarea. Parte 1, Parte 2.

  • Primera Tarea (Primera Parte). Traducción exclusiva del nuevo relato de La Alta República

    Primera Tarea (Primera Parte). Traducción exclusiva del nuevo relato de La Alta República

    Traducción por Mario Tormo

    Os traemos en exclusiva la traducción del nuevo relato Canon de The High Republic aparecido en el número 201 de la revista Star Wars Insider. Dentro de la serie de relatos Starlight comienza una nueva aventura escrita por Cavan Scott, el guionista de la serie regular de cómics Marvel de La Alta República y que es el autor también de la novela Dooku: Jedi Lost.

    En esta primera parte que se sitúa en el Faro Starlight tendremos a una serie de personajes nuevos, a los que os vamos a presentar antes de que empecéis a leer para que no os hagáis un lío con tanto nombre, cargo y especie.

    Velko Jahen – Administradora, Soikan, Hembra.
    Okana – Enfermera, Ovissiana, Hembra.
    Stala Maru – Jedi, Kessiano, Macho
    Rodor Keen – Controlador, Jefe de Operaciones de la República en la estación, Humano
    Ghal Tarpfen – Jefa de Seguridad, Mon Calamari, Hembra
    Doctor Gino’le – Jefe de operaciones médicas de la estación, Anacondan, Macho
    Ceeril – Embajador de Rion, Skembo

    Starlight:
    PRIMERA TAREA
    (Primera parte)

    Respira maldita sea. ¡Respira!

    Velko Jahen agradecía que nadie pudiera escuchar la conversación que se sucedía en su cabeza mientras la lanzadera salía del hiperespacio.

    La espigada soikan de piel plateada había pasado gran parte de su vida en las enfangadas trincheras de su planeta natal, esquivando disparos de blásters y evadiendo droides remotos. Había pasado horrores que la acompañarían por siempre y demostrado valentía sin igual, y con todo aquí estaba, una veterana del conflicto Soikan, anonadada por la imagen de una reluciente estación espacial.

    Era, por descontado, la estación espacial más hermosa jamás creada, desde su luminoso disco central hasta la majestuosa torreta Jedi coronada con la reluciente linterna que daba nombre a la instalación: Baliza Starlight.

    Velko había estado viendo holos de la Starlight, incluso estudió los esquemas, pero nunca se había dado cuenta de lo mucho que la estación se parecía a un reluciente sable de luz, girando firmemente, en la vasta extensión repleta de estrellas que suponía la frontera.

    —Estás muy lejos de casa, Vel —se dijo en voz baja mientras el transbordador pasaba a través de las enormes puertas del hangar.

    Por supuesto, poner tantos parsecs entre ella y Soika había sido en gran parte el motivo para presentarse al cuerpo administrativo de la República, y así huir de los fantasmas de su pasado. No. Eso no era del todo cierto. Ella estaba aquí para servir a la República, y ¿dónde mejor que en el símbolo de la luz y la esperanza en los márgenes de la galaxia conocida?

    Eso no impidió que Velko se sorprendiera cuando se abrió la escotilla de la lanzadera. Había mucha gente. Mucho ruido. Se agarró a la barandilla de seguridad, tratando de centrarse, tal y como Dagni le había enseñado. Aunque el entorno no podía ser más diferente al que ofrecía la batalla de Soika. Para empezar el olor era mejor, todo tan nuevo y brillante. Su impecable uniforme de la República era más elegante que sus antiguas ropas de insurgente. Su largo pelo blanco, generalmente anudado en una coleta, ahora estaba recogido de manera inmaculada en un apretado moño triple que le había llevado la mayor parte del día de ayer poder dominar. Y luego estaba la atmósfera. No el aire en sí mismo, que era lo suficientemente fresco. No, era el sentimiento de emoción que impregnaba el lugar, la sensación de que todo era posible.

    —¡Administradora Jahen!

    Velko se volvió al oír la voz. Una ovissiana de piel verde se abría paso a través de la multitud, con una sonrisa casi tan ancha como los cuernos amarillos que salían de su cabeza.

    —Bienvenida a Starlight. El Controlador me pidió que viniera a buscarla.

    Velko notó cómo se ponía firme ante el rango de Rodor Keen, fruto de su formación. Incluso la Fuerza de Liberación Soika respetaba la cadena de mando.

    —¿Está el Controlador en el centro de operaciones? —preguntó Velko.

    La ovissiana rió con un contagioso trino.

    —Eso quisiera. Está en el centro médico.

    Los ojos de Velka se fijaron en la bata que su nueva compañera llevaba puesta, tan impecable como las paredes del hangar.

    —¿Se encuentra bien?

    —Si, por supuesto. La presión aún no ha podido con él —la sonrisa de la ovissiana vaciló un instante—. Eso no significa que no esté dando la talla en su trabajo. Simplemente que… Bueno, lo verás cuando lleguemos allí.

    Se adentraron apresuradamente hacia otro corredor igualmente atestado.

    —Soy Okana, por cierto.

    —Eres médico.

    —Enfermera junior. Llevo aquí tres días. Parecen tres semanas.

    —¿Tan mal está la situación?

    —Oh, no. Para nada. Simplemente ha sido mucho —las mejillas de Okana se tiñeron de esmeralda—. Lo siento, no te estoy tranquilizando, ¿verdad? Mis formas atendiendo camas no suelen ser tan malas, te lo prometo.

    Velko mostró lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora.

    —Lo estás haciendo bien. Debo admitir que me siento un poco abrumada.

    Entraron en un turboascensor que estaba parado y las puertas se cerraron suavemente tras ellas. Okana apretó un botón y la cabina comenzó a moverse por el conducto.

    —No te preocupes. Se pasa pronto, o eso me han dicho…

    ***

    Si la plataforma del hangar había sido sobrecogedora, el centro médico de la Starlight era simplemente alucinante, especialmente para alguien cuya experiencia en instalaciones médicas habían sido hospitales de campaña cubiertos de barro (y sólo la Fuerza sabe de qué más). Velko nunca había visto tantos pacientes, incluso en el apogeo de la insurgencia. Okana la condujo a través de una sucesión aparentemente interminable de salas impecables, personal médico y droides revoloteando de un paciente a otro. Vio a amanin, elomin, boltrunianos y humanos mientras pasaban corriendo, incluso un par de esbeltos hassarianos; uno acostado en un estabilizador de huesos y el otro suspendido en un tanque de bacta, con un respirador de amoníaco sobre su largo hocico.

    —Hay demasiados.

    —¿Pacientes o salas?

    —Ambos —no pudo evitar sorprenderse con los médicos, manteniendo la calma ante tal sufrimiento—. ¿Son todos del Gran Desastre?

    Okana asintió.

    —¿Las Emergencias? Si. ¿Pudes imaginártelo? En un minuto estás viviendo la vida con normalidad y al siguiente están lloviendo escombros directamente desde el hiperespacio. Los hospitales están atestados desde aquí hasta Vjun, si es que siguen existiendo. Los peores casos los envían aquí, es el procedimiento estándar al parecer…

    La ovisiana la llevó a través de un último par de puertas corredizas, y casi chocan con dos hombres que Velko reconoció por el informe que le habían enviado para leer antes de su llegada. El kessuriano era el Maestro Jedi Estalu Maru, resplandeciente con su atuendo de templo, acompañado de su astromecánico rechoncho naranja y blanco. El humano era quien Velko esperaba que le hubiera dado la bienvenida en el hangar: Rodor Keen, jefe de operaciones de la República en Starlight y su superior directo.

    —Controlador —dijo, extendiendo una mano a modo de saludo—. Soy Velko Jahen…

    —Mi nueva ayudante —respondió Keen, y le devolvió el gesto con un apretón firme pero nada hostil—. Me alegro de conocerla al fin.

    Las connotaciones del comentario la tomaron por sorpresa.

    —Vine tan pronto como recibí la comunicación, señor.

    Keen levantó una mano en señal de disculpa.

    —Y no quise ofender, Administradora —dijo—. Las cosas han estado un poco agitadas aquí últimamente.

    —Starlight está funcionando a pleno rendimiento —protestó Maru—. He estado monitoreando cada departamento de manera constante.

    —Con una eficiencia inquebrantable —confirmó Keen, haciendo obvia la tensión entre los dos.

    Velko podía adivinar por qué. La estación fue co-administrada por funcionarios de la República y la Orden Jedi, un símbolo de la armonía entre las dos grandes instituciones y, si nos guiamos por sus reputaciones, se sabía que tanto Keen como Maru eran prácticos. No era necesario tener poderes empáticos para sentir la frustración de Keen mientras el Jedi proseguía, aparentemente ajeno al efecto que estaban teniendo sus palabras:

    —De hecho, he identificado ciento setenta y tres mejoras que se podrían hacer, desde la sección de ingeniería de Cah Norne hasta los protocolos de seguridad de la estación.

    —¿Mejoras? Me gustaría escucharlas.

    Todas las miradas se volvieron hacia la mon calamari que estaba observando desde una habitación cercana. Vestida con un uniforme de seguridad, con un bláster enfundado colgando de su cadera, se movía como un targon enjaulado.

    —Ah, Jefa Tarpfen —dijo Maru—, tenía la intención de repasar mis propuestas con usted. No debería tomarnos mucho tiempo. Sólo una hora o dos.

    La mon cala cruzó sus musculosos brazos.

    —¿Eso es todo?

    —Administradora, le presento a nuestra Jefa de Seguridad, Ghal Tarpfen. Es una recién llegada, como usted.

    La Mon Calamari apenas le dedicó un saludo, estaba concentrada en Keen.

    —Controlador, toda esta sección es un incidente diplomático a punto de desencadenarse. Tenemos pacientes de territorios en guerra uno al lado del otro, sin saber qué le hará el uno al otro en cuanto recuperen la conciencia.

    —Desafortunadamente, el Gran Desastre prestó poca atención a las fronteras políticas —dijo Maru, mostrando un dominio del sarcasmo que sorprendió a Velko—. Pero es por eso para lo que estamos aquí, para aliviar las tensiones que puedan surgir.

    Tras él, el astromecánico emitió un pitido de alarma.

    —Kace-setentayocho tiene razón, Maru. Tú y yo tenemos tareas pendientes de realizar en otra parte —le recordó Keen al kessuriano antes de agregar un apresurado—, por separado.

    Como respuesta, Maru sacó un datapad de su túnica.

    —Tonterías. Puedo monitorear las operaciones tan fácilmente como lo haría en el centro, y si la mariscal Kriss me requiere…

    —No es necesario —interrumpió Keen, hablando antes de que Tarpfen pudiera provocar su propio incidente diplomático—. A fin de cuentas tenemos a la Administradora Jahen…

    —¿Yo? —dijo Velko, deseando instantáneamente que su voz no hubiera sonado con un chillido—. Pero creía que ¿trabajaría contigo? —¡Por el sable de un Jedi! ¿Podría haber sonado más necesitada?

    Keen ya estaba caminando hacia la puerta.

    —No te preocupes, pronto te cansarás de verme. La Jefa le explicará lo que debe hacer. ¿Maru?

    El Jedi no mostró signos de seguir a su homólogo de la República, no hasta que KC-78 le dio un nada sutil empujón.

    —Sí, sí, gracias amigo mío —murmuró el Jedi mientras se dejaba guiar fuera de la sala—. Espero con ansia nuestra pequeña charla, Jefa Tarpfen. Que la Fuerza le acompañe.

    —La necesitaré —murmuró la mon cala, mirando con el ceño fruncido como se alejaba el kessuriano.

    —No es como yo esperaba —aventuró Velko con una sonrisa, recibiendo en respuesta una mirada lo suficientemente fría como para congelar lava.

    —Eres soikana. ¿Una soldado?

    —Solía serlo.

    —¿Como parte de la Unión Livtak?

    —No. Luché para la Alianza Gagic».

    Tarpfen frunció el ceño, estudiando las escamas plateadas que se alineaban en los afilados pómulos de Velko y los ojos lilas que compartía con el resto del clan Jahen—. Lo siento. Pensé que, simplemente por tu color de…

    —Mi padre era Livtak, pero mi mader era Gagic.

    —Debe haber sido complicado.

    —Realmente no. Padre desertó tan pronto como se dio cuenta de lo que estaban planeando los Livtak— Velko juntó las manos desenado cambiar de tema—. Entonces, ¿dónde me necesitas?

    Echó un vistazo alrededor de la sala y agradeció la cálida sonrisa que recibió de Okana. La enfermera junior estaba ayudando a un anacondan que Velko reconoció por sus archivos como el Doctor Gino’le, el jefe de operaciones médicas de la estación, un cirujano brillante que se había injertado extremidades cibernéticas en su cuerpo de serpiente para cuidar mejor a sus pacientes. En este momento, le estaba administrando medicinas a un medoslean tumbado. El enorme ser, parecido a una medusa, se extendía no sobre uno, sino sobre dos catres de trauma.

    —Puedes empezar por ahí —dijo Tarpfen, apuntando con su pulgar membranoso a la habitación tras ella—. Buena suerte.

    —¿Con qué?

    —Ya lo verás.

    El jefe pasó rozándola en dirección a un cubículo en el lado opuesto de la sala, dejando a Velko donde estaba.

    —Perfecto. Excelente. Me encargaré entonces.

    Mordiéndose el labio, Velko se volvió y se apresuró a entrar en la habitación encontrando a un skembo de rostro áspero acostado en una camilla médica, con sus dos cortas piernas magna-escayoladas. A su lado había un impresionante droide guardaespaldas, con cada uno de sus cuatro brazos equipados con un blaster montado sobre un conjunto de tenazas de aspecto igualmente mortal.

    —¿Quién eres? —-exigió el skembo con una voz como si estuviera haciendo gárgaras con rockrete.

    —Mi nombre es Velko Jahen—respondió, aún sin saber lo que se suponía que debía hacer. Se dirigió hacia la cama, deteniéndose bruscamente cuando el paciente de piel rocosa chilló alarmado.

    —Se supone que debes esperar junto a la puerta.

    —¿Junto a la puerta?

    —Sí. Para protegerla.

    Velko se desplazó nerviosamente, muy consciente de que el guardaespaldas la estaba mirando con su único fotorreceptor brillante.

    —Creo que ha habido un error. No soy un guardia. Iré a buscar…

    —¡No! —gritó el skembo, alargando su extensa lengua para coger una uva del cuenco de la mesilla anexa a la cama—. Me prometieron un guardia en todo momento y, sin embargo, me han dejado solo durante horas.

    —Tiene su droide —señaló Velko, limpiándose de la mejilla una pepita de uva que le había salpicado desde la otra parte de la habitación.

    —¡Pero me hicieron drenar el gas de sus blásters! No se permiten armas en la sala, a menos que seas personal de la Starlight —- sus ojos amarillos se posaron rápidamente en su cintura—. Tú tienes un bláster ¿no?

    Velko separó las manos a modo de disculpa.

    —Me temo que no. Solo soy una ayudante y…

    El skembo no la dejó terminar.

    —-Esto es intolerable. ¿No sabes quién soy? —al menos la salvó de volver a sonrojarse por tener que responder dándole la solución él mismo—. ¿Ceeril? ¿Embajador de Rion?

    —Ah, si, por supuesto —dijo, como si eso lo explicase todo.

    —Se me prometió protección cuando me trajeron aquí. Hay hassarianos en el centro médico. Los he visto con mis propios ojos.

    Al menos eso aclaraba las cosas. Los hasarianos y los skembo habían sido rivales durante siglos, aunque ninguno de los hasarianos de color lila con los que se había topado antes podrían suponer algún tipo de amenaza en su condición.

    Velko estaba a punto de tratar de calmar los temores del embajador cuando sonó un estruendo procedente del pabellón exterior, seguido de una sirena ensordecedora.

    —¿Y ahora qué está pasando? —Gritó Ceeril mientras Velko salía por la puerta.

    —Voy a ver.

    —¡No! No me dejes —gritó el embajador—. ¡Se supone que no se me debe dejar solo! ¿Qué pasa con los hassarianos?

    Pero la amenaza hassariana, real o imaginaria, era la menor de las preocupaciones de Velko. Delante de ella, el medoslean se había levantado de su cama repulsora, y tenía sus extremidades alrededor del cuello tanto de Okana como del serpenteante cirujano. Tarpfen ya estaba abalanzándose hacia adelante, con su bláster desabrochado.

    —No dispare —gritó Gino’le antes de que el jefe de seguridad pudiera disparar—. Está teniendo una reacción al tratamiento. No sabe lo que hace.

    —Necesitamos estabilizarlo —gruñó Okana con una voz casi irreconocible mientras señalaba violentamente hacia el suelo.

    Los ojos de Velko se detuvieron en una jeringuilla que yacía fuera del alcance de los médicos.

    —La aguja, ¡ahí!

    —La veo —dijo Tarpfen, abalanzándose hacia el antídoto mientras el gigantesco paciente convulsionaba. Un tentáculo salió disparado y golpeó a la mon cala en la cabeza. Voló hacia atrás, con su cráneo impactando bruscamente contra una camilla médica cercana.

    Velko no se detuvo a ver cómo estaba la jefa, ni siquiera cuando Tarpfen cayó al suelo. Con una extremidad extendiéndose hacia ella, Velko corrió hacia adelante, dejándose caer por debajo del tentáculo para recoger la inyección al pasar. Tratando de no pensar en el horrible traqueteo que emanaba de la garganta de Okana, rodó hacia arriba y clavó la jeringuilla en la coronilla del medoslean, presionando el émbolo. La cánula emitió un silbido y el medoslean se destensó. Su cuerpo rígido se desinfló como un globo y los tentáculos se aflojaron alrededor del cuello de los médicos.

    —Gracias —jadeó Okana, liberándose y mirando a Gino’le—. ¿Está bien Doctor?

    —Muy bien, enfermera —dijo la serpiente, examinando a su paciente, que roncaba levemente a través de su vocoder.

    Velko se apresuró hacia Tarpfen, que estaba intentando usar el extremo de la camilla médica para incorporarse.

    —Guau —dijo, mientras la mon cala se inclinaba hacia adelante—. Eso sí que fue un buen golpe.

    —Y una buena pirueta por tu parte —reconoció Tarpfen, agarrando los brazos de Velko para estabilizarse.

    Velko se permitió disfrutar del cumplido mientras el doctor Gino’le se acercaba corriendo, con las piernas de metal repiqueteando en la cubierta.

    —Oh querida, querida, querida —gruñó, apuntando el flash de un sensor médico a los ojos de Tarpfen—. Una conmoción cerebral de nivel nueve si no me equivoco. Vas a necesitar algo de tiempo en un rejuvenecedor, Jefa.

    —Demasiado trabajo por hacer —arrastraba las palabras Tarpfen, tratando de pararse sobre sus propios pies con poco éxito—. Me necesitan.

    —Oye —dijo Velko—, puedo ocuparme de todo por aquí. Incluso del embajador Ceeril. Gracias por eso, por cierto. Es… bastante especial.

    Tarpfen ofreció una sonrisa de boxeador noqueado, que Velko creyó era genuina, la cual se desvaneció en cuanto se escuchó un grito. Antes de que ninguno de ellos pudiera detenerla, la jefa había empujado a Gino’le a un lado y se tambaleaba hacia la habitación de Ceeril, donde una paciente rodiana miraba estupefacta a través de la puerta, con una mano tapándole la boca.

    Tarpfen tropezó cuando alcanzó el umbral de la puerta, pero Velko la atrapó.

    —Tranquila ahora.

    —No pierdas el tiempo preocupándote por mí. Preocúpate por él.

    Velko echó un vistazo y tragó saliva. El guardaespaldas del embajador estaba tirado en el suelo, había un enorme agujero donde debería estar su cabeza, pero eso no era lo peor.

    El propio Ceeril estaba tirado sobre la cama, con la cabeza hacia atrás y la boca abierta, y una columna giratoria de humo que salía de la herida de láser en el centro de su pecho.

    CONTINUARÁ…


    El siguiente número de la revista Insider, el 202, que está previsto para finales de mes nos traerá la conclusión de este relato. Si os habéis quedado con ganas, os recordamos que los dos anteriores relatos, que forman parte de una misma historia, los tenéis ya traducidos:

    Starlight: Vamos Juntos. Parte 1, Parte 2.