Categoría: Relatos

  • Star Wars Diario oscuro

    Star Wars Diario oscuro

    Relato Fanfic de Star Wars obra de Kruzio Baal

    Fragmentos del diario personal de Koromin Bol

    Estuve encerrado durante mucho tiempo. Fui parte de la guardia personal del Emperador en un planeta no registrado en las cartas estelares. Se trataba de un planeta muy árido al que no paraban de llegar nuevos adeptos. Me enseñaron a combatir, a usar la Fuerza para mover objetos pequeños o para lanzar enemigos, pero sentía que mi potencial estaba censurado de alguna manera.
    Cuando el Emperador murió, algunos subieron a las naves y se dirigieron a las coordenadas preestablecidas para seguir combatiendo a la Alianza Rebelde. Yo opté por otro camino.

    Darth Sidious cayó por última vez en el 11 DBY, y desde entonces nosotros, los Sith en las sombras, hemos ido aprendiendo poco a poco y de una forma muy meticulosa el poder del Lado Oscuro de la Fuerza.

    Nos ocultamos entre jugadores, apuestas y subastas como camareros y un largo etcétera, allí donde poder obtener información acerca del conocimiento Jedi, Sith y cualquier cosa relacionada con la Fuerza.
    Existen tribus y sociedades donde la Fuerza está muy presente, tanto del Lado Luminoso como del Oscuro, y que no son Jedi ni Sith. Aun así hay sanadores y guerreras más que hábiles, seres a tener en cuenta, y que aunque por ahora, en más de veinticinco mil años, no se han entrometido en la galaxia, no por ello hay que quitarles el ojo de encima.

    20 DBY
    Viajé de forma muy fugaz a Korriban y a Dromund Kass entre otros planetas. Allí donde la oscuridad gobierna y enseña, no importan las cicatrices, solo ser el más fuerte, ser el más capacitado para un día llegar a dominarlos a todos. Sé que hay antiguos Jedi escondidos o perdidos, sin aliento ni ganas por la vida… me servirán para interrogarlos, para aprender de ellos mediante la tortura. Aunque Vader hizo un buen trabajo. Cuando encuentre al menos dos, los llevaré de vuelta a Korriban.

    Cada uno aprende un camino, tiene unas habilidades y la potencia como Vader con el Terror Oscuro o Sidious con los rayos de la Fuerza, el subterfugio o la habilidad de transferencia del alma que inventó Andeddu, la cual ya no puede aprenderse al haber sido su holocrón destruido por el Emperador. Existen rumores en los bajos fondos de Coruscant de que alguien está moviendo los hilos para convertirse en el Sith más poderoso, ya que Vader fue manipulado, si no, el Señor Oscuro hubiera sido invencible.

    Conozco algunas de mis habilidades y las voy mejorando como puedo, pero ahora los Hijos del Lado Oscuro somos nuestros propios maestros y aprendices; no es fácil encontrar gente predispuesta a enseñar o siquiera revelar una parte. Los malditos coleccionistas lo acaparan todo con su sucio dinero. No les pertenece ese conocimiento, ¡ni siquiera saben lo que es! Mientras todo ese poder se pierde, esos gordos y esas arpías lo usan mal y lo exponen como si fueran trofeos de carreras, pero se acabó, al menos para uno de esos pececitos.

    Visité a una coleccionista de artefactos Jedi, pero casi todos resultaron ser Sith. Ella no comprendía nada de lo que poseía y ya no volverá a cometer ese error. Es más, esa koochoo stoopa no volverá a ver ni presumir de su colección. Después de abrirme paso hasta su pequeña fortaleza, eliminando droides de combate y personal de seguridad, la muy… quiso comprarme. Ni por toda su colección la hubiera dejado con vida. Le mostré una pequeña porción de lo que recluía y su vida se apagó al mismo tiempo que un holocrón se abrió por gusto.
    Con la adrenalina no me percaté de las heridas que había sufrido. Ahora acabo de terminar de vendarme y el droide médico dice que repose. Tal vez ahora pueda aprender algo tranquilamente, ya que sigo sin dar con ningún Jedi a excepción de Skywalker, al cual aún no puedo vencer.

    27 DBY
    Viajé a Dathomir, pero había sido reducida a magia vil sin control. Antaño fue el planeta del que partieron los supuestos poderosos kwa, portadores del conocimiento de la Fuerza y del equilibrio, pero hoy ya solo quedan fantasmas y peligros.
    Estuve tras la pista de las pocas Hermanas de la Noche que huyeron, pero no encontré ninguna y acabé desistiendo. Sin embargo, sí que pude hablar con algunos zabrak del planeta que las habían conocido y han estado viviendo bajo el suelo, esperando alguien que los ayudase con medicinas, lo cual hice inteligentemente. A cambio me enseñaron el combate con armas de dos extremos, armas a dos manos, pesadas… Mejoré el combate en inferioridad numérica… Resultó muy provechoso y decidí no matarlos porque en un futuro podrían salvarme o incluso ayudarme a encontrar a alguna dathomiriana de la que aprender alquimia y hechicería.

    42 DBY
    Sigo buscando el planeta original de los Jedi llamado Tython, cerca del núcleo. Algunos escritos pirateados de los Archivos Jedi mencionan que Darth Bane viajó allí, pero no cómo lo hizo. Sigo buscando pistas. Lo poco que se conoce es debido a una mujer llamada Zannah o algo así que contó lo que había sucedido a unos historiadores. Se cree que en algún momento habían podido con el lord Sith, pero yo sé que no. Sé que Bane siguió con vida, pero no hasta cuándo. También sé que usó la habilidad de transferencia de alma, ¿pero cuántas veces?

    Tal vez el propio Sidious fuera Bane y por eso mantuvo a Vader alejado, porque con su poder del Terror no podría llegar a su alma. Aunque todo esto no es más que una conjetura, parece posible.
    No puedo volver al antiguo Templo Jedi de Coruscant. Los rebeldes tienen instalado allí personal de seguridad y Skywalker vuelve de forma aleatoria, no tengo un patrón posible para seguir indagando.

    49 DBY
    Tropas de la Alianza Rebelde han venido al planeta Irion por pura casualidad. He tenido que enviar a mi aprendiz bajo tierra, entre los túneles antiguos de un templo kwa que fue reconvertido por otra tribu sensible a la Fuerza. La Alianza no sabe de mi existencia. Soy un mercader moderadamente adinerado que suministra los excedentes de alimentos a la población y por eso no me investigan, pero no quiero que uno de los Jedi del Maestro Skywalker pueda dar con la oscuridad que anida en este planeta.

    ¿? DBY
    El Maestro Jedi Skywalker ha dejado de vivir, pero no por ello deja de existir el peligro para mí. Ha entrenado a otros Jedi durante la gran guerra con los yuuzhan vong. Logré mantenerme oculto a ellos gracias a mi habilidad para mantener mi capacidad en la Fuerza indetectable.

    Otros Sith y también muchos Jedi cayeron, muchas vidas se han perdido… El problema está en su hijo, Ben Skywalker, y en su prima Jaina… que después de casarse con Fel, está dominando la galaxia. El Remanente Imperial es tal vez una salida interesante que juega mucho con los Fel, todavía no sé hasta qué punto.

    ¿Cómo puede Fel II ser hijo de Jaina Solo? Deberían llamarla por su apellido real y no por el de la familia imperial ni por el adoptivo o el de su padre Han… ¿Al final esa maldita familia salida del desierto de Tatooine dominará la galaxia? ¡No es comprensible! Pero todo llegará. Aunque destruyeran a Exar Kun hace años, aunque crean que pueden seguir estando al mando, los Jedi caerán en un momento u otro.

    Tengo noticias de una Sith muy antigua, Xoxaan dicen mis droides espías. Me hago muy mayor y no creo que vaya a aguantar cien años más, no al menos después de lo oculto que he tenido que estar. Estoy cansado y mi legado, no ha sido más que unificar el conocimiento de la Fuerza y gobernar varios planetas. Creí que podía hacerlo mejor que Sidious, pero la falta de conocimiento siendo joven ha sido el gran fallo.

    Si estás leyendo estas líneas, no esperes vivir mucho tiempo, pues el Lado Oscuro siempre reclama vida y acabas de pagar el precio. Gracias por darme un poco más de aliento.

  • Star Wars El Archivo de Coruscant

    Star Wars El Archivo de Coruscant

    Relato Fanfic de Star Wars obra de Javier Martínez

    Las tres naves patrulla hacían su recorrido habitual, informando cada treinta minutos a los puestos de mando avanzados que tenían que reportar en la ruta. Dos naves salieron del hiperespacio en la zona de acercamiento orbital del planeta Coruscant, antigua capital del Imperio Galáctico, ahora en desuso.


    Las dos naves, ambas del tipo Ala-X, una de ellas de clase T-70, iban en perfecta formación, con sus alas cerradas. Sus escudos estaban bajados y sus armas desactivadas; no había de qué preocuparse, la llegada del convoy estaba programada. Fue la clase T-70 la que rompió el silencio de radio.


    —Control de Coruscant, al habla Jefe Rojo, comandante de escuadrón de la Nueva República, pidiendo permiso para aterrizar en la zona X, sector 5-00. —No había contacto visual. A pesar de que la nave era muy completa, sus comunicaciones de largo y corto alcance se limitaban a la radio, incluso entre las propias naves de su mismo tipo.
    —Recibido, Jefe Rojo —respondió la patrullera que estaba a la cabeza del grupo de defensa—. Transmitan permiso especial para aterrizar en la zona 5-00.


    No era algo extraño, a pesar de que la misión estaba autoriza, aterrizar en según qué zonas del planeta, ya fuese para misiones de reconocimiento o exploración, era algo muy delicado. El Emperador Palpatine y Darth Vader habían protegido muy bien sus secretos durante los años que duró el Imperio, y muchas de las zonas aún contenían trampas, explosivos o droides de defensa que se activaban con la presencia no autorizada.


    —Control de Coruscant, aquí Jefe Azul —esta vez fue el otro Ala X el que respondió, un modelo más o menos igual de avanzado, pero modificado de forma totalmente distinta, seguramente porque la forma de combatir de ese piloto era más agresiva. En este caso, el modelo era un XJ—. Transmitiendo autorización…
    Fueron unos segundos bastante largos, ya que el permiso tenía que pasar varios filtros, pero Leia Organa se aseguraba de que sus misiones estuviesen perfectamente autorizadas, sin que hubiese ningún cabo suelto. Finalmente, ambas naves recibieron luz verde para proceder.
    —Líder Rojo, Líder Azul, tienen permiso para aterrizar en la zona 5-00.


    Tras dar las gracias a la patrulla, ambas naves permanecieron en formación y comenzaron la aproximación al planeta. En vuelo de reconocimiento, pasaron por la abandonada zona industrial de Coruscant, que estaba desocupada desde hacía más años de los que se podían recordar, y sin embargo, sus chimeneas seguían activas y algunas de sus fábricas eran ahora refugio de contrabandistas y cazarrecompensas; incluso se rumoreaba que en alguna parte existía un acceso no controlado al Sector 1313 del planeta.


    No tardaron mucho en dejar atrás el sector y acercarse al famoso edificio del Senado Imperial —anteriormente el edificio del Congreso Galáctico de la República— y por fin visualizaron su objetivo: el edificio República 500, una de las construcciones más fabulosas e imponentes del planeta. Parecía construido módulo a módulo y haber ido creciendo a medida que crecía el planeta. Este edificio había sido la sede y alojamiento de muchos grandes e importantes senadores, como Padmé Amidala, Bail Organa, o el más importante y objetivo de la misión: el Canciller Supremo Palpatine.


    —Nunca había estado en Coruscant —dijo el piloto del Ala XJ—, me cuesta creer que esta gente viva de este modo tan extravagante, tan excesivo de todo lo que le rodea, parecen ajenos a todo lo que ocurre en la galaxia. ¿Tu contacto era bueno, Julian? Parece que va a ser un aterrizaje algo complicado para dos naves…


    El piloto del ala X, Líder Rojo sonrió ante la última frase de su amigo. ¿Un aterrizaje difícil? Él era experto en aterrizar en sitios mucho más estrechos que la pequeña plataforma recientemente descubierta en la parte baja del República 500, y en condiciones mucho mas adversas—. Tranquilo, señor Master. —Obviamente, ese era su apodo, pero le gustaba llamarlo así porque era de los pocos que conocía el significado de aquel extraño nombre y se sentía con el privilegio de poder usarlo—. Mi contacto es de fiar, el problema no es aterrizar, sino lo que encontremos a continuación.


    El aterrizaje, a pesar de todo, sí que resultó complicado. Las naves tuvieron que alinearse de forma muy precisa para no tocarse en la estrecha plataforma, pensada únicamente para que pudiese aterrizar un transporte imperial clase Lambda, y querer posar dos Ala X en ese espacio fue algo difícil.


    Ya estaba atardeciendo cuando ambas cabinas se abrieron. Julian se quitó su casco. Su cara estaba adornada con una perfecta barba corta, retocada, unos ojos verdes curtidos en la experiencia del combate y una cabeza lisa. Su atuendo era el traje completo de piloto de Ala-X, pero se puso su cinto, que llevaba su bláster DL-44, un par de detonadores termales, y un pequeño estuche multiherramienta. El otro piloto también se quitó el casco. Master era un poco mas joven que Julian. Su atuendo era más parecido al de un contrabandista que otra cosa, pero lo había modificado según sus necesidades. Pantalón y botas, cinturón, pero sin bláster, una chaqueta medio oculta por una hombrera de armadura que en su momento fue blanca, que hacía juego con los antebrazos, también de armadura, que ahora llevaba. A la espalda, bien sujeto con su correa, llevaba un disrruptor E-11 imperial. Su aspecto parecía el opuesto al de su amigo. Cara perfectamente afeitada, pelo negro, ni largo ni corto, que presentaba mechas marrones y blancas por diversos sitios, y unos ojos marrones que decían claramente que ese piloto había visto mucho mas de lo que debería ver una persona de su edad.


    —Es increíble —reconoció Master—. No puedo creer que tras tantos años, nadie haya dado nunca con esta plataforma.
    —Sí, y si Palpatine la usaba para sus proyectos personales, nos toca a nosotros ver a dónde nos lleva —dijo Julian mientras abría su pequeño estuche de herramientas.
    —¿Por qué no usas tu unidad R-11? Imagina por un momento que lo primero que nos encontramos tras esa puerta es un droide de guerra Sith con pocas ganas de que le molestes. —Master era así, actuaba sobre seguro muchas veces. Julian ya no se enfadaba. Sabía que su amigo podía adoptar esa actitud molesta cuando se trataba de poner su propia seguridad en peligro—. Creo que deberíamos haberle dicho a la senadora Organa lo que pensábamos hacer. Quizá nos habría mandado algún Jedi para ayudarnos.


    Protestaba mucho, pero mientras su amigo manipulaba el panel de la derecha, él mismo manipulaba el de la izquierda. En pocos minutos los tuvieron desmontados. Era un circuito de doble llave que necesitaba una sincronización perfecta para abrirse.


    —¿Un Jedi? —repuso Julian—. ¿En serio quieres darle de nuevo al Praexum de Yavin otra oportunidad para lucirse?
    —Ni de broma —dijo Master con una sonrisa—. Lo que sea que este aquí detrás es nuestra misión. Aunque alguien como Kyle Katarn habría estado bien.
    —Katarn no habría pisado Coruscant ni aunque le hubieses prometido el peso de su nave en créditos. Listo amigo: en tres, dos, uno…


    Una simple mirada les bastó para poder sincronizarse perfectamente. Leia sabía lo que hacía cuando mandó a los dos pilotos a esa misión. La puerta se abrió lentamente. El sonido de los servomotores levantando el gigantesco panel de metal era casi mudo, pero ahí estaba, afectado levemente por el paso del tiempo; Master pudo fijarse que algo de polvo caía de las esquinas de la puerta. Algo estaba claro: nadie había entrado allí desde hacía mucho tiempo. Sin apartar la vista del fondo, le lanzó una luz de campo a su amigo, que la cogió al vuelo, y se adentraron juntos a explorar aquella primera antesala.
    Ambos miraban a su alrededor y comentaban cosas entre ellos, pero sin encontrar nada aparentemente relevante.


    —Veamos… —dijo Julian—. Si fueses el Emperador y hubieras construido una estancia secreta en los sótanos del República 500, ¿qué harías llegado a este punto?
    Master miró a su amigo unos segundos y puso esa cara, la expresión que ponía cuando escuchar a su amigo le daba una idea. Julian lo sabía, por supuesto, y por eso lo hacía.
    —Crearía una segunda sala justo detrás. Por si alguien alguna vez me hubiera visto aterrizar y supiera dónde está la entrada. —Miró en dirección a la puerta, dio algunos pasos y se situó en el centro exacto de la habitación circular—. Vale, creo que es justo aquí.
    Julian entendió a dónde quería llegar Master. Cerró tras de sí la puerta por la que habían entrado, y en ese momento, la sala entera se iluminó y una pequeña plataforma se elevó unos centímetros bajo los pies de Master, mientras una silla aparecía al final de la sala.
    —Un Maestro y un aprendiz —dijo Julian a Master—. ¿Te sientas tú en la silla o me siento yo?
    Una muy buena pregunta. Master lo meditó unos momentos.
    —Ve tú —le respondió—. No quiero arriesgarme a activar alguna trampa si me muevo de la plataforma.


    Julián asintió y se sentó en la silla de control. Master se arrodilló, como habría hecho cualquier aprendiz Sith ante su maestro. El efecto fue inmediato. Tras ellos se abrió una enorme sala circular, perfectamente iluminada, con paneles de control distribuidos en las cuatro esquinas y estanterías con muchos archivos de información a modo de gran biblioteca. Cuando la puerta se hubo terminado de abrir, ambos exploraron juntos la cámara.


    —Esto te va a encantar —dijo Master accediendo a uno de los paneles de control—. Es una biblioteca histórica… está todo aquí. La formación del Imperio, la caída de la República, los planes secretos con los separatistas… ¡fíjate! —dijo activando una holotransmisión—. ¡Esto es increíble, es el mensaje que le mandó el virrey Gunray, el que localizaron los Jedi y que estaba oculto en la silla!
    —¿Como es eso posible? —respondió Julian examinando la pantalla—. Esta información… no es sólo de la vida de Palpatine… hay de mucho antes. Ha estudiado la historia de la galaxia completa: la Antigua República, los Jedi y los Sith… absolutamente todo.
    —En nuestras naves no va a entrar ni una centésima parte de lo que hay sólo en este terminal… y no hemos mirado los otros.


    Su amigo ya estaba en ello. Se acercó al siguiente, que era mucho mas simple al disponer sólo de un panel táctil. Al poner la mano, se abrió ante él un mapa de la galaxia. Podía seleccionar mundos enteros, y de cada uno de ellos, la información completa estaba ahí: su flora y fauna, vegetación y población, desarrollo cultural y tecnológico… Era un panel de cartografía estelar de todo el universo conocido.


    —Señor Master, sólo con el primero ya ha valido la pena el viaje, pero ¿lo dejamos aquí o quieres abrir otro? —Una sonrisa adornaba su rostro, aquel descubrimiento era uno de los mas importantes del momento: el archivo privado de Palpatine.
    —Faltaría más —respondió su amigo, emocionado y también sonriendo. Le hizo una reverencia—. ¿Me haces el honor?
    —Claro, veamos qué nos depara este tercer terminal.
    La sorpresa fue un grito de ambos cuando ante ellos se desplegó un listado completo de planos de naves, armas, armaduras, esquemas biológicos de soldados clon… y por supuesto, los primeros diseños del destructor estelar Ejecutor y la Estrella de la Muerte en el idioma de los geonosianos.
    —No puedo creerlo, es un archivo técnico —dijo Master—. Tengo acceso a los planos y diseños de hasta el tipo de munición de las armas más comunes de los soldados de asalto.
    Julian no escuchaba, había activado el quinto panel, pensando que sería un holodiario o quizá una guía de orden de los cuatros primeros. Qué gran error…
    —Master…


    Su amigo levantó la cabeza. Una enorme columna bajaba del techo de la estancia, perfectamente cilíndrica, que contenía un artefacto con dos gafas y dos paneles de lecturas para conectarlos a cada uno de los dispositivos almacenados en el interior de aquella columna: holocrones.


    —Una sala de holocrones —añadieron al unísono.
    No solo había holocrones Jedi cúbicos, de los que se creía se habían perdido para siempre en el universo. Holocrones piramidales rojos también adornaban la columna, y algunos de origen y colores tan extraños que no podían identificarlos.
    Miraron a su alrededor, maravillándose ante todo aquello.
    —Tardaremos años en procesar toda esta información —dijo Master—. Tenemos que informar a Leia, la República debe saberlo.
    Julián estableció un enlace con las naves.
    —Tengo una idea mejor, emitámoslo todo en frecuencia abierta. La galaxia debe saberlo.
    —Bueno —dijo Master acomodándose en un silla—. ¿Y por donde empezamos?


    Julian miró al panel encendido del archivo técnico, que seguía mostrando la Estrella de la Muerte. Miró a su amigo y ambos asintieron.

  • Star Wars El pirata y el peregrino

    Star Wars El pirata y el peregrino

    Relato corto Fanfic de Star Wars obra de Esteban Ojeda Miranda

    En Cluzan, un pequeño mundo del Borde Exterior, lo único que veía el capitán Faragar eran ojos aterrorizados. Faragar veía en esos ojos un miedo a perderlo todo: hogares, seres queridos, vidas. Y era un miedo justificado porque esos pueblerinos habían escuchado el nombre de Faragar, conocido en toda la galaxia por ser el capitán de la mayor flota pirata del momento. Tenía tanto poder que ni siquiera la Nueva República se atrevía a detenerle. ¿Para qué iban a arriesgar lo que quedaba de su maltrecha flota mientras Faragar sólo atacase desprotegidos mundos del Borde Exterior que no les concernían? Era el coto de caza perfecto.


    Los piratas de Faragar tenían Cluzan bajo control. Habían reunido a la población de la única ciudad importante, si es que se le podía llamar ciudad, en la plaza mayor, donde los retenían arrodillados a punta de bláster. Los piratas habían saqueados las casas y robado dinero, alimento y bebida, pero Faragar no había acudido a aquel mundo por un simple pillaje. Sabía por una fuente digna de su confianza que el antiguo templo Jedi que coronaba aquella pequeña ciudad escondía una reliquia de enorme valor. Sin embargo, los piratas habían revisado cada centímetro del templo y no habían encontrado nada. O bien la fuente de Faragar mentía, lo cual sería muy decepcionante, o la reliquia estaba mejor escondida de lo que esperaba. Faragar se consideraba un optimista, así que prefería optar por la segunda opción, al menos de momento. Alzó la voz con un tono teatral y se dirigió a los asustados rehenes de la plaza.


    —¡No tenéis qué temer! No os hemos hecho daño ni os hemos puesto la mano encima, así que podéis confiar en nuestra buena fe. Es cierto que la ciudad ha sufrido algún que otro pequeño desperfecto —reconoció mientras el humo de las casas en llamas se alzaba en varios puntos de Cluzan—, pero estas cosas pasan, es lo menos que se puede pedir en una situación de esta clase. Deberíais darnos las gracias. —Hizo una pausa, pero los prisioneros no daban muestra alguna de gratitud, así que decidió continuar—. ¡Os digo esto porque debo pediros un favor! Necesito que alguno de vosotros me diga dónde está la reliquia que escondéis en el templo y podremos irnos. Así de fácil. Pero si nadie coopera tendremos que quedarnos más tiempo y, en ese caso, puede que mis hombres se aburran y dejen de trataros tan bien como lo están haciendo ahora. Preferiría que optarais por cooperar pero no nos importa optar por la ruta más larga. ¿Verdad, amigos? —preguntó dirigiéndose a sus compañeros piratas, algunos de los cuales rieron intimidatoriamente.


    Ninguno de los locales hablaba y Faragar comenzó a impacientarse. Odiaba tener que actuar con crueldad pero no podía irse de allí con las manos vacías. Parecía que no tendría más remedio que mancharse las manos, pero de repente un hombre encapuchado con ropas oscuras se levantó y suplicó al pirata.


    —Por favor, no le hagáis nada a esta gente. No saben nada de la reliquia, pero yo puedo mostrarte dónde está—. La capucha no dejaba apreciar su rostro, sólo una tupida barba, aunque por su voz se podría intuir que tenía ya una cierta edad.
    —¿Y tú quién eres? ¿Y por qué sabes dónde está la reliquia? —preguntó Faragar con suspicacia.
    —Sólo soy un humilde peregrino. Llevo varios años estudiando los secretos de la antigua Orden Jedi a través de multitud de sistemas. Fue así como averigüé la existencia de la reliquia. Acababa de llegar a este mundo para visitarla cuando… aparecisteis —terminó de explicar con un suspiro.


    Faragar lo miró de arriba abajo mientras decidía si creer la historia del supuesto peregrino. Parecía demasiado oportuno que sólo él supiera dónde se encontraba la reliquia. Tras unos momentos tomó una decisión.


    —Está bien, traedlo —ordenó a dos de sus piratas—. Pero debes saber que si mientes, la ciudad entera lo pagará.
    —Y si te llevo ante la reliquia —dijo desafiante el encapuchado escoltado, ahora a centímetros de Faragar—, tú y tu banda os marcharéis y dejaréis a esta gente en paz.
    Faragar sonrió. El peregrino tenía agallas.
    —Por supuesto. Pongámonos en marcha.


    Faragar, el peregrino, y un pequeño grupo de piratas emprendieron el camino hacia el templo mientras el resto de la tripulación se quedaba vigilando a los habitantes de la ciudad. El peregrino giró un momento la cabeza y guiñó un ojo, un gesto que sólo alcanzó a ver un droide astromecánico que se asomaba escondido detrás de un muro. El droide silbó su propia versión de un suspiro por lo que creía que era otro plan estúpido de su amo.

    El templo, hecho de piedra, era el edificio más grande de aquella pequeña ciudad, lo cual no era mucho decir. Parecía poco probable que allí se pudiera esconder nada de valor.
    —¿Y bien, peregrino? ¿Puedes hacer el favor de iluminarnos e indicar dónde está la reliquia? —preguntó el capitán pirata.
    Estaban en la sala principal, la más amplia del templo. Estaba adornada con estatuas de guerreros Jedi y las paredes de piedra estaban recubiertas de varios símbolos y líneas estilizadas. Los símbolos representaban animales, estrellas, planetas y conceptos más abstractos y difíciles de descifrar.


    El peregrino se acercó a la pared y comenzó a acariciarla suavemente con su mano desnuda. Fue tocando varios símbolos con los ojos cerrados y comenzó a presionar piedras, las cuales cedían como si fueran los botones de una consola. El encapuchado pulsó las figuras de un lobo, un búho, una estrella blanca y un árbol, y de repente, parte del suelo comenzó a moverse, revelando una escalera que se adentraba en el subsuelo.


    —¡Increíble! —exclamó entre risas Faragar—. ¡Muy buen trabajo, viejo! —le felicitó mientras iba dando saltos de alegría hacia la entrada con sus piratas siguiéndole.
    —No tan deprisa —les detuvo el peregrino—. Sólo bajaremos tú y yo.
    —¿Disculpa? —preguntó sorprendido Faragar—. Creo que no te he oído bien.
    —Las catacumbas son un enorme laberinto subterráneo, por lo que necesitarás un guía y yo soy el único aquí que entiende las escrituras Jedi. Además, el camino está hecho para que lo recorran solamente dos personas, un maestro Jedi y su aprendiz. Si entran más personas las catacumbas lo detectarán, se derrumbarán y matarán a todos los que estén allí abajo. Ah, y la reliquia se perdería para siempre.
    —¿Cómo sabes tú todo eso? —preguntó Faragar, desconfiado.
    —Lo dicen las inscripciones de la pared —se limitó a contestar el peregrino.
    —¿Me tomas por tonto? —le cuestionó con seriedad Faragar, a quien la alegría anterior ya le había abandonado por completo.
    —Sé que es difícil de creer, pero recordad que esto es un antiguo templo Jedi, y ya sabéis lo recelosos que eran con cualquiera que no fuera de su orden. Pero no tienes que preocuparte por ir solo conmigo, yo estaré desarmado y tú eres un legendario pirata, no corres peligro. ¿No tienes miedo, verdad? —preguntó el peregrino con falsa inocencia.
    Faragar observó con seriedad al encapuchado que comenzaba a agotar su paciencia.
    —¿Le habéis registrado? Volved a registrarle —ordenó a sus hombres.
    Una joven pirata chequeó al encapuchado y solamente encontró una pequeña bolsa.
    —Sólo contiene piezas de metal, cables y bisutería —le comentó a su capitán tras revisarla.
    —¡¿Bisutería?! —exclamó indignado el peregrino.
    —Y ni siquiera es de la buena —comentó entre risas la joven pirata—. Parecen más cristales que joyas.
    —Devuélveme eso —ordenó el encapuchado mientras recuperaba su bolsa—. Bisutería, lo que hay que oír… —murmuró entre dientes.
    —¿No eres demasiado mayor para llevar joyitas? —se burló la joven.
    —¿Y tú no eres demasiado pequeña para ser una pirata entrometida?
    —¿Y tú no eres demasiado mayor para seguir vivo?
    —Vaya, eso ha dolido —respondió herido el encapuchado—. ¡Si ni siquiera tengo canas! —se defendió señalándose su barba.
    —Déjale en paz —ordenó con una sonrisa Faragar a su joven subordinada. El capitán había recuperado algo de su buen humor con las chanzas—. Está bien, peregrino, bajaremos los dos solos a las catacumbas.
    —Sólo iré contigo si ordenas a tus hombres que no le hagan nada a la gente de la ciudad mientras estamos abajo.
    —Está bien —concedió suspirando Faragar. Se dirigió entonces a sus piratas presentes—. Portaos bien mientras no estoy, prohibido hacer daño a nadie —les dijo como si fueran niños pequeños. Luego se giró hacia el peregrino—. ¿Contento?
    —Sí, me vale —contestó con una mueca.
    Ambos se adentraron en las catacumbas mientras el resto de piratas presentes aguardaban en el templo.

    Los túneles subterráneos estaban hechos de piedra, como todo en el templo, y se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Los siempre presentes símbolos Jedi que recubrían las paredes estaban impregnados de alguna sustancia luminiscente azul que iluminaba la ruta.


    La extraña pareja caminó durante un buen rato hasta que se encontraron con que el camino se bifurcaba en dos direcciones. Delante de la bifurcación había un cartel con símbolos Jedi.
    —¿Qué dice? —preguntó el pirata.
    —Son instrucciones. Las catacumbas fueron diseñadas como pruebas para los aprendices Jedi, quienes eran supervisados por sus maestros a lo largo del camino. La inscripción dice que en este lugar el aprendiz debe decidir qué dirección tomar y que en la Fuerza encontrará la respuesta —explicó el peregrino—. ¿Y bien?
    —¿Y bien qué?
    —Tú eres el capitán. Dime qué dirección seguimos.
    —¿No se supone que eres tú el guía? —replicó indignado Faragar.
    —Yo traduzco, pero no soy adivino y no quiero que me eches la culpa si nos perdemos —se limitó a contestar el peregrino.
    —Alucinante —suspiró Faragar. Luego contempló ambos caminos—. El de la izquierda.
    —Interesante… —murmuró el peregrino.
    —¿Cómo dices?
    —Nada —contestó el encapuchado. Faragar lo miraba de reojo, no sabía si debía dudar de la cordura de su acompañante.
    La pareja emprendió la marcha por el largo túnel. Durante el trayecto se encontraron con varias habitaciones amplias que no contenían nada de interés salvo las inscripciones Jedi de las paredes.
    —¿Para qué servían estas salas? —preguntó con curiosidad Faragar.
    —Para realizar pruebas. En ellas maestros Jedi esperaban al aprendiz que realizaba el camino para plantearle desafíos.
    —¿Luchas de espaditas? —preguntó divertido el pirata.
    —Más bien desafíos para la mente y el espíritu. Pero aquí ya no quedan Jedi, así que las catacumbas ya no tienen pruebas… y la ciudad ya no tiene defensores —comentó con cierta amargura.
    —Quizás de no haber tenido nunca defensores los locales habrían aprendido a defenderse ellos solos.
    —Sí, seguro que es culpa de los Jedi que los habitantes de la ciudad estén aterrorizados ahora mismo —dijo con sarcasmo el encapuchado. Faragar, molesto, no dijo nada.


    Continuaron en silencio su marcha por el interminable camino subterráneo. El capitán acababa de comunicarse por radio con sus hombres para asegurarles que estaba bien y que seguía en busca de la reliquia cuando llegaron a otra de las salas. En esta ocasión, el peregrino se detuvo.
    —¿Qué ocurre? —preguntó Faragar. Por más que se esforzaba no veía que hubiese nada diferente a las anteriores habitaciones.
    —Creo que no estamos solos… —contestó el peregrino mientras parecía concentrarse.
    —Pues yo no veo na…
    Faragar calló al ver como surgían del suelo tres criaturas cubiertas de escamas en forma de placas. Medirían un metro de alto aproximadamente, pero contaban con enormes y afiladas garras y un hocico que dejaba entrever unos temibles colmillos.
    —¡¿Qué son esas cosas?! —preguntó asustado el pirata.
    —Creo que son la fauna local.
    —No parecen muy contentos.
    —A nadie le gusta ver invasores irrumpiendo en su hogar —comentó el peregrino. La observación le ganó una mirada de reproche por parte de Faragar que prefirió ignorar, centrándose en su lugar en las criaturas—. No queremos haceros daño, sólo estamos de paso —les dijo mientras levantaba sus brazos lentamente.


    Las criaturas ignoraron el mensaje de paz y se lanzaron al ataque. Se enrollaron sobre sí mismos como si fueran ruedas, con las escamas protectoras hacia fuera, y rodaron velozmente hacia el par de intrusos, quienes tuvieron que saltar para esquivarlos por escasos centímetros. Los animales podían ser relativamente pequeños, pero con su masa y a la gran velocidad a la que rodaban podrían dejarlos aturdidos si los alcanzaban, o algo peor.


    —¡No me puedo creer que esos enanos nos estén atacando! —exclamó incrédulo Faragar mientras desenfundaba su bláster.
    —¡No les hagas daño! ¡Puedo calmarlos! —le gritó el peregrino.
    El pirata dudó en si disparar o no. El peregrino aprovechó ese momento para levantar los brazos hacia los animales, que se disponían a embestirles otra vez. De repente, las tres criaturas dejaron de rodar y se desenrollaron. Estaban mucho más calmadas, sin intención aparente de agredir. Faragar no entendía cómo el peregrino lo había hecho, pero lo había conseguido. Sin embargo, ninguno de los dos se percató de que detrás de ellos había surgido del suelo una cuarta criatura, la cual se enrolló y embistió con fuerza la pierna del pirata, rompiéndosela. Faragar gritó de dolor mientras caía al suelo. Tirado, alzó la mirada y vio como la misma criatura volvía rodando con la intención de embestirle en la cabeza. Faragar cerró los ojos y esperó su final…


    Un final que no parecía llegar nunca. Faragar volvió a abrir los ojos lentamente y no pudo creer lo que estaba viendo. La criatura no sólo se había detenido sino que se encontraba flotando inmóvil en el aire. Entonces, el encapuchado hizo un gesto y el animal voló hacia sus congéneres.


    —Marchaos —ordenó el peregrino mientras dibujaba un arco con la mano y todas las criaturas obedecieron, se enterraron en la tierra y desaparecieron.
    El encapuchado se acercó a Faragar, adolorido y perplejo, para examinar su pierna. Posó su mano sobre ella y cerró los ojos, concentrándose. Faragar sintió como el dolor desaparecía paulatinamente hasta cesar casi por completo. El pirata se sentó y se tocó la pierna y, para su sorpresa, ya no estaba rota.
    —¿Cómo… cómo es posible? —fue lo primero que consiguió decir, aún atónito por todo lo que había presenciado en escasos minutos.
    —La pierna aún está frágil, será mejor que no apoyes peso sobre ella durante un tiempo si no quieres que se vuelva a romper —comentó el encapuchado, ignorando la pregunta.
    —¿Eres… mago? —volvió a preguntar el pirata con temor. El peregrino le miró con una sonrisa paternal.
    —Lo que has visto ha sido algo mucho más grande que la magia. No, fue cosa de la Fuerza —dijo el encapuchado apasionadamente.
    —¿La Fuerza? —repitió asombrado Faragar—. Entonces… tú eres… tienes que ser… —comenzó a balbucear mientras el peregrino retiraba su capucha, dejando a la vista un rostro viejo, pero con expresión juvenil y unos ojos sabios y llenos de vida—. ¡Eres el Jedi! ¡El Maestro Skywalker! —exclamó Faragar lleno de asombro.
    —Puedes llamarme Luke —se limitó a contestar—. Ahora ven, te ayudaré a caminar.
    Luke dejó que Faragar se apoyara en su hombro para que pudiera caminar sin apoyar la pierna que hace unos momentos estaba rota. Ambos continuaron así su camino por las catacumbas.
    —¿Qué haces aquí, Luke? —preguntó Faragar.
    —Ya te lo dije, he venido en busca de la reliquia.
    —Pues no lo entiendo.
    —¿Qué no entiendes?
    —¿Por qué me ayudas? Podrías haberme dejado allí tirado, coger la reliquia y acabar después con mi tripulación. Estoy seguro de que eres capaz de hacer eso. ¿Por qué me estás ayudando a llegar hasta la reliquia entonces?
    —¿Por qué crees que lo hago? —le contestó Luke con otra pregunta. Faragar se tomó un momento para reflexionar.
    —Porque temes que los ciudadanos salgan heridos.
    —Ese es un motivo, pero no, no es por eso. Ahora espera, creo que estamos cerca.

    Luke continuó cargando con Faragar hasta que llegaron a una gran sala, mucho mayor que las anteriores. Ante ellos se alzaba un gran cubo de piedra, tan alto como un Wookiee, con inscripciones en su superficie y un agujero estrecho en su centro.
    —Hemos llegado —anunció Luke mientras dejaba a Faragar en el suelo con suavidad. Luego, se acercó al cubo para inspeccionarlo.
    —¿Y la reliquia?
    —Está dentro del cubo —respondió el Jedi mientras examinaba las inscripciones—. Dice que para abrirlo el aprendiz debe construir un sable láser, la prueba final antes de convertirse en un caballero.
    —Pues a mí no me mires, bastante tengo con lo mío.
    Luke sonrió y se sentó frente al pirata. Sacó la pequeña bolsa que colgaba de su cinturón y las piezas de metal de su interior salieron flotando lentamente. Las piezas fueron posicionando en el aire, una detrás de otra, dejando intuir la forma de un sable láser.
    —Tendría que haberlo supuesto —comentó maravillado Faragar por el espectáculo.
    —Como ahora tenemos un rato, podemos hablar —dijo Luke mientras a su lado las piezas seguían desplazándose. El Jedi no aparentaba realizar ninguna clase de esfuerzo a pesar de la gran precisión con la que estaba manipulando los fragmentos—. Dime, ¿por qué te hiciste pirata?
    —Por la libertad —respondió con seguridad Faragar—. Para poder hacer lo que quiera sin tener que responder ante nadie.
    —Entiendo —Luke se quedó mirándolo un rato y luego retomó la palabra—. No he podido obviar que, a pesar de las amenazas, el fuego y el miedo que tú y los tuyos habéis instaurado aquí, ninguna persona ha resultado herida.
    —No ha sido necesario llegar a eso —se limitó a contestar Faragar.
    —Y cuando ordenaste que revelaran la ubicación de la reliquia, pude percibir tu ansiedad. Deseabas que alguien colaborara para no tener que hacerles daño.
    —No me gusta esforzarme más de lo necesario —dijo el pirata mirando hacia otro lado.
    —Dices que te hiciste pirata para ser libre y hacer lo que quieras, pero tengo la sensación de que no es así —sentenció Luke con una sonrisa.
    —Ser capitán no es fácil —le contestó molesto Faragar—. Mi tripulación me respeta, pero también espera que consiga fortunas y tesoros, algo que no se logra siendo buena persona. Mis piratas son mi responsabilidad y debo hacer lo que haga falta para estar a la altura de lo que esperan de mí. Pero qué sabrás tú, no eres más que un Jedi solitario.
    —La libertad por la que tanto has luchado te ha encadenado, Faragar. Y lo sabes. Por eso he sentido el conflicto que hay en tu interior apenas apareciste en la órbita de este planeta.
    —¡No tengo ningún conflicto! —replicó enfadado el pirata.
    —¡Claro que sí! —dijo riendo el Jedi—. Por mucho que te guste la vida pirata odias pagar el precio que conlleva. Y aunque lo niegues siento la Luz en tu interior. Y si no me crees fíjate en la prueba de los caminos. En la bifurcación que nos encontramos al principio de las catacumbas, una de las rutas apestaba a energía oscura mientras que la otra estaba imbuida de equilibrio, ¡y supiste escoger el camino correcto!
    —¡Sólo fue suerte! ¡Ni siquiera puedo sentir la Fuerza!
    —No, no fue suerte —le dijo con seguridad Luke—. La Fuerza está en todos los seres vivos de la galaxia e incluso aquellos que no son sensibles a ella son capaces de percibirla de forma inconsciente. Tú elegiste seguir el camino luminoso. —El Jedi hizo una pausa mientras miraba fijamente a Faragar a los ojos—. ¿Quieres libertad? Yo te la doy para que hagas una elección. Puedes seguir viviendo la vida que llevas, engañándote y llevando dentro toda esa culpabilidad, o puedes cambiar y ser lo que de verdad quieres ser, ser mejor persona.
    —¿Por qué insistes tanto? —preguntó el pirata en voz baja.
    —Porque la lucha entre la Luz y la Oscuridad se produce constantemente en toda la galaxia, en cada uno de nosotros. Incluso el más pequeño gesto de compasión es una victoria para la Luz. Un Jedi no puede defenderla él solo, ¿pero si se une toda la galaxia? Eso ya es otra historia. Tú podrías ser uno de esos defensores.
    —Es demasiado tarde para mí. No sabes las cosas que he hecho.
    —Sé que has hecho cosas terribles —Luke miró fijamente a los ojos de Faragar—. Y te perdono. No dejes que la culpabilidad te arrastre eternamente por ese camino, que sirva para impulsarte a cambiar.
    La rabia había abandonado el rostro de Faragar y había sido reemplazada por una expresión de estupefacción. Durante toda su vida le habían dicho que no sería nada en su vida, que no podía aspirar a ser alguien en la galaxia, nadie había creído en él. Ni sus padres, ni sus compañeros de juventud, nadie. Y ahora el mismísimo Jedi, el héroe de la galaxia, decía…
    —¿De verdad crees que puedo cambiar? ¿Ser mejor de lo que soy ahora? —preguntó Faragar con un brillo en los ojos.
    —No lo creo, sé que puedes serlo. Solamente espero que te atrevas a dar el paso —le respondió Luke con una mirada sincera—. ¡Oh, el sable casi está listo! Sólo falta la bisutería.
    El cristal de Kyber se colocó en el centro de la estructura que formaban las piezas, que terminaron de encajar, y el sable láser se encendió, revelando una hoja brillante de color verde. El Jedi cogió su arma y ayudó al pirata a levantarse. Después cargó con él para que ambos pudieran llegar hasta el cubo.
    Faragar, aún reflexionando sobre las palabras de Luke, vio como el Jedi introducía la hoja del sable a través del agujero del cubo. Mantuvo el sable encendido en el interior mientras se escuchaba el ruido de algo derritiéndose por el calor del arma. Tras unos momentos, un mecanismo se activó y las piedras del cubo comenzaron a apartarse, revelando un pedestal que se ocultaba en el interior. Sobre éste, descansaba un libro antiguo.
    —¿La reliquia es un libro? —preguntó Faragar con una mezcla de asombro y decepción.
    —La reliquia es conocimiento. Pero aun así vale una fortuna, por si te lo estás preguntando.
    —¿Por qué…? —comenzó a decir el pirata intentando poner cara inocente pero el Jedi le interrumpió.
    —Voy a darte la libertad de elegir el destino del libro. Tú decides quién de nosotros se lo lleva —dijo con seriedad Luke. Faragar lo miró con asombro y, tras unos segundos, una sonrisa apareció en su rostro.
    —Quédatelo tú, Luke. Creo que será más útil en tus manos.
    —Gracias —respondió el Jedi mientras guardaba el libro entre sus ropas—. Me alegro de tu elección. —Faragar creyó ver una pizca de orgullo en la expresión del maestro Jedi.


    Ambos emprendieron juntos el camino de vuelta a la superficie. El pirata pensaba en la explicación que tendría que dar a los suyos cuando diese la orden de partir del planeta sin reliquia alguna. Volvió a mirar al Jedi. Aún le parecía un milagro que estuviese allí con él.
    —¿Qué harás ahora, Luke? —preguntó Faragar con curiosidad.
    —Llevo tiempo sintiendo que pronto surgirá un gran foco de Luz en la galaxia. Seguiré trabajando para que esa nueva Luz tenga, cuando llegue el momento, las herramientas suficientes para continuar el camino que llevo tantos años siguiendo —dijo mientras miraba el viejo libro Jedi que había conseguido—. Espero con ansias ese momento.


    Desde la linde de un bosque de Cretar, un mundo situado en los límites de la galaxia, Faragar vigilaba con sus macrobinoculares un convoy de la Primera Orden que se acercaba lentamente a la trampa. El antiguo capitán estaba acompañado por tres de sus hombres de confianza y por la milicia local de Cretar. Sus tres amigos habían sido los únicos piratas que decidieron seguirle cuando Faragar cambió drásticamente de dirección tras el encuentro con el Jedi, ya años atrás. El resto de piratas no aceptaron su nuevo rumbo, se amotinaron y casi acabaron con él, pero fue una decisión de la que Faragar no se arrepentía. Desde entonces, él y sus tres amigos habían ayudado a innumerables personas en los mundos más inhóspitos de la galaxia, allí donde nadie más se molestaba en acudir. Por eso estaban ahora en Cretar, donde la milicia local estaba compuesta por granjeros y agricultores, gente que nunca había luchado y que tenía miedo de la Primera Orden. Quedaba poco para que el convoy alcanzara la posición deseada, así que Faragar aprovechó para animar a los cretarianos.


    —Sé que tenéis miedo. Teméis por vuestro mundo, vuestros hogares, vuestros seres queridos. He sido testigo de ese miedo en muchas ocasiones. Sí, tenéis mucho que perder. Puede que eso parezca una debilidad, pero os aseguro que no, es lo que os hace fuertes. Esos hombres de allí, esos invasores —dijo señalando al convoy—, no luchan por nada, están vacíos por dentro, sólo cumplen órdenes que ni siquiera entienden. Nosotros contamos con una fuerza extra, la que nos da todo aquello que nos importa y que ahora peligra, y por eso lucharemos hasta nuestro último aliento. ¡Seremos su pesadilla! Luke Skywalker se sacrificó para demostrarnos que la luz de la Rebelión sigue encendida. ¡Hoy nos rebelamos!


    Los milicianos gritaron de euforia. Las dudas se disiparon. Faragar presionó su detonador y las bombas ocultas explotaron bajo el convoy. Reinó la confusión entre las tropas de la Primera Orden y los milicianos, liderados por Faragar, se abalanzaron sobre ellos. Mientras luchaba, Faragar hizo una promesa silenciosa: “Luke, protegeremos la Luz”.

  • Star Wars La chispa de la esperanza

    Star Wars La chispa de la esperanza

    Relato Fanfic de Star Wars obra de Álvaro González

    El ruidoso día a día de Coruscant despertó a Kai´Trix de su inquieto sueño. Había tenido pesadillas de nuevo, pesadillas relacionadas con aquel fatídico día en el que un usuario del Lado Oscuro de la Fuerza entró en el templo, acompañado de sus antiguos aliados clones, y asesinó a sangre fría a sus compañeros Jedi.


    Se levantó de su pequeña cama y se miró en el espejo. Frente a él se veía el rostro de un humano joven de piel clara, con unos grandes ojos oscuros y un pelo corto y rubio. Se pasó el dedo por la pequeña cicatriz que le recorría la mejilla izquierda. Recordó el disparo de bláster que se la había ocasionado. Afortunadamente, había podido desviar el haz de luz de su cuerpo con la ayuda de su sable laser, pero no lo suficiente para evitarlo del todo. Podría haber ido a alguno de los famosos locales de estética de la ciudad, las reglas Jedi no decían nada en contra de ello, pero prefería conservarla y recordar siempre lo fácil que habría sido haber muerto en aquella situación.
    Se vistió con ropa simple, nada comparado con la estridente moda que se había adueñado de los habitantes de aquel poblado planeta. Cuando estaba a punto de salir a la calle, una mujer twi´lek entró en la pequeña vivienda.


    —Hola Trixie —saludo la mujer, quien llevaba dos frutos en las manos—. Traigo el desayuno.
    Entregó uno a Kai y ella misma comenzó a comerse uno.
    —¿Novedades? —preguntó el chico mientras se llevaba el fruto a la boca.
    —No, el plan sigue en marcha. En tres horas el Emperador dará un discurso en el Senado. Tú y yo nos ocuparemos de los guardias interiores, Bake nos esperará con el vehículo de escape y Krill hará el disparo.
    —Perfecto, Neluba. Llevo esperando este día tanto tiempo…
    Dolorosos recuerdos acudieron a su mente. Hacía dos años de la proclamación del Imperio Galáctico y la caída de la Orden Jedi. Dos años desde que los clones, los supuestos aliados de la antigua fuerza de la paz, les traicionaran y asesinaran. En aquel momento, Kai solo era un padawan, aunque si nada de aquello hubiese sucedido, tenía planeado haberse presentado a las pruebas una semana después. Recordó como aquel maldito día, su sentido de supervivencia se había adueñado de él, y se había ocultado en uno de los numerosos pasadizos del templo, abandonando a su suerte a sus compañeros. Debería sentirse culpable, debería odiarse a sí mismo, pero no lo hacía. Al fin y al cabo, como los maestros decían, el odio conduce al Lado Oscuro.


    Miró a su amiga, contemplando los lekkus azules que salían de su cabeza, los bonitos ojos verdes que miraban distraídos la fruta, la pequeña arruga que se había formado en el lado izquierdo de su boca como resultado de su continua mueca de media sonrisa. No aguantó más y la besó, amaba a aquella twi´lek. Ella le devolvió el beso, con ganas. Sus labios se separaron ligeramente, lo justo para que ella pudiese decir unas pocas palabras.


    —¿Tenemos tiempo?
    Como respuesta, Kai solo volvió a unir sus labios. Volvieron a la cama y se dejaron llevar. Las relaciones sentimentales estaban prohibidas por los Jedi, pero la Orden ya no existía, y por tanto, sus normas tampoco.
    Cuando volvieron a levantarse, se encontraban relajados. Y era algo que necesitaban. La tranquilidad les ayudaría a completar mejor su misión. Una de las cosas que

    Kai´Trix había aprendido de sus antiguos maestros era que bajo tensión se trabaja peor. Era de las pocas enseñanzas Jedi que tenían un mínimo de sentido para el muchacho.
    Se acercó a un armario y abrió un cajón. Allí estaba, su sable láser. Lo cogió con cuidado y apretó el botón que hacía que el haz de luz azul se proyectara en la parte superior. Hizo un par de florituras con el arma para entrar en calor. Hacía mucho tiempo que no lo usaba, pero se dio cuenta de que recordaba perfectamente cada movimiento que había aprendido. Cada posición, cada estoque, cada finta. Kai sonrió. Iba a ser un día divertido. Y por fin, iba a poder usar la Fuerza de nuevo.


    Desde la caída de la Orden no se había atrevido a usar su poder por miedo a que el misterioso lord Sith que cumplía la función de mano derecha del Emperador pudiera sentirlo y le encontrara. Pero aquello acabaría esa noche, ese iba a ser el día en el que el opresivo Imperio Galáctico cayera.


    Salieron de casa y cogieron el vehículo rojo que Neluba había robado unos meses atrás a un gánster que chantajeaba a los pobres habitantes de los niveles inferiores del planeta. Aunque si le preguntaban a ella, solo lo había cogido prestado… después de atravesar con un disparo de bláster a aquella escoria.
    Se dirigieron al punto de encuentro, una cantina donde nunca patrullaban los soldados imperiales. Al entrar se dirigieron a una sombría mesa situada en una esquina, lejos de ojos y oídos indiscretos. Allí se encontraban dos individuos: un duro y un humano.


    —Llegáis tarde —dijo el duro mientras les miraba con sus ojos rojos. Vestía con una armadura mandaloriana blanca y roja, desgastada por el tiempo. Una armadura seguramente robada, a un vivo o a un muerto, aunque probablemente fuera lo segundo.
    Era Komma Krill, un cazarrecompensas del Borde Exterior, famoso por su puntería.
    —¿Desde cuándo te importa el tiempo, Krill? —contestó Neluba con un tono burlesco mientras se sentaba al lado del humano.
    —Déjalos, seguro que se estaban demostrando su amor —dijo el humano.
    Era un corelliano de piel oscura y gran afición al juego, pero un gran piloto.
    —Das asco, Bake —le insultó la twi´lek—. Pero sí —continuó con una sonrisa.
    Kai´Trix se sentó junto al duro a la vez que cogía un vaso con una bebida alcohólica dentro y lo vaciaba en el suelo.
    —¿Qué diantres haces, niñato? —protestó Krill, con una voz amenazadora.
    —Nada de beber, necesitamos todos tus sentidos hoy —contestó Kai sin dejarse amedrentar por su compañero.
    —Llevo haciendo esto más tiempo del que tú llevas respirando. Si vuelves a hacer algo por el estilo, te juro que el siguiente después del Emperador serás tú. ¿Entendido? —dijo el cazarrecompensas mientras acariciaba ligeramente con la mano derecha el bláster que llevaba guardado en el cinturón.


    Kai´Trix asintió. No quería continuar la discusión, se necesitaban mutuamente y no les convenía tener rencillas entre ellos. Desafortunadamente, Neluba no pensaba así. Con un rápido movimiento, desenfundó su pistola bláster y orientó el cañón hacia la cabeza del duro.


    —Como vuelvas a amenazar a Trixie, tendrás un agujero en la cabeza más rápido de lo que tarda un rancor en destrozar a una rata de Tatooine.
    Krill la miró a los ojos, desafiante, mientras que bajo la mesa su mano liberaba lentamente su arma de su lugar, facilitándole el acceso para un disparo rápido.

    —Quietos muchachos, no hagáis nada de lo que podáis arrepentiros. Somos un equipo, ¿recordáis? —intervino Bake, poniendo sus manos delante de ellos, separándolos.
    Poco a poco, Neluba bajó su bláster, a la vez que Krill volvía a soltar su pistola.
    —Eso está mejor. Repetid el plan y así nos calmamos —siguió diciendo el piloto.
    —Vamos al Senado por la parte de atrás un poco después de que empiece el acto, cuando todos estén dentro. Nosotros tres nos abrimos paso hasta un lugar alto donde Krill tenga un buen punto de disparo para matar a Palpatine. Neluba y yo le cubrimos, mientras él dispara. Cuando el viejo tenga un agujero en la cabeza, nos largamos por el conducto de ventilación. Bake, tú te asegurarás de que no lleguen posibles refuerzos interponiéndote en su paso, pero evita tener que usar las armas. Después nos esperarás en el punto de encuentro, iremos al hangar, cogemos la nave y nos largamos al Borde Exterior —explicó Kai, conociendo el plan a la perfección—.

    ¿Alguna pregunta?
    Sus compañeros negaron con la cabeza. Kai les miró, no había rastro de duda en sus miradas, estaban dispuestos a hacer lo necesario para devolver la democracia a la galaxia.
    Se disponían a irse cuando el chico notó algo. Un individuo oculto tras una túnica negra se levantó de una mesa próxima, donde había estado sentado durante la conversación. Kai´Trix miró su asiento, no había ningún vaso en la mesa, no había consumido nada.
    —¡Tú, espera! —gritó Kai al desconocido, quien echó a correr al sentirse descubierto.
    El antiguo padawan se dispuso a correr tras él, pero Krill se le adelantó. Desenfundó su bláster y tras un rápido disparo, el individuo cayó al suelo, muerto.
    La gente se giró para ver la fuente del ruido, pero enseguida volvieron a sus asuntos, aquello no era raro en lugares como aquel.
    —¿Era un espía? —preguntó Bake.
    —¿Quién sabe? A lo mejor —contestó el duro, volviendo a guardar su arma.


    Kai le miró. No confiaba del todo en aquel cazarrecompensas, pero tenía que reconocer que era bueno en su trabajo. Le gustaba tenerle en su equipo, daba cierta seguridad. Volvió a pensar en su época en el Templo Jedi. Si alguien le hubiese dicho que iba a formar equipo con ese tipo de gente, primero se habría echado a reír y después habría buscado un droide médico para que le hiciera un análisis mental al que se lo hubiera dicho para comprobar si había ingerido alguna sustancia alucinógena. Pero allí estaba, a punto de liberar a la galaxia de la tiranía.


    Antes de salir de la cantina, Krill dio unos créditos al dueño “por las molestias”. Montaron en el vehículo y media hora después de que el evento empezara, el equipo llegó al Senado. Antes de bajar, se miraron.


    —Que la Fuerza os acompañe —dijo Kai´Trix, instintivamente. Hacía tiempo que no decía esas palabras.
    Krill solo asintió, bajando de un salto con su bláster de francotirador sujeto a la espalda y las dos pequeñas pistolas preparadas para desenfundar. Bake se rio y estuvo a punto de soltar algún comentario, pero Kai le lanzó una mirada para que no lo hiciera. Neluba solo marcó su típica media sonrisa y le besó, susurrándole al oído:
    —Que la Fuerza nos acompañe.
    Cuando todos se bajaron del vehículo, Bake se marchó a su posición. Los tres restantes entraron por la puerta de atrás, la puerta del servicio. Custodiándola, había dos soldados de asalto, con sus armaduras blancas y sus blasters E-11; a Kai le recordaba a los uniformes de los soldados clon junto a los que había combatido en la guerra.


    Sin inmutarse, Krill los mató de dos disparos. Entraron en el edificio cuidadosamente, y anduvieron por el pasillo repleto de columnas blancas, fijándose en cada recoveco, manteniéndose en guardia. Kai llevaba su sable de luz en la mano, apretando tanto el puño que se hacía daño.


    No tardaron en ver más soldados de asaltos haciendo guardia. Kai los contó rápidamente: eran seis. Se escondieron tras una columna. El chico activó su espada y cogió aire. Entonces asintió a sus compañeros y salió corriendo de su escondite, ampliando su velocidad con la ayuda de la Fuerza.


    Sintió un subidón increíble al usarla de nuevo. Llegó a los guardias antes de que les diera tiempo a reaccionar, atravesando al primero por el pecho y cortándole la cabeza a otro. Sus dos acompañantes salieron del escondite disparando, matando a otros tres en el acto. Kai acercó al último usando la Fuerza para atravesarle con su sable. Se sentía liberado ahora que podía aprovechar su sensibilidad a la Fuerza. Tanto tiempo conteniendo su poder por miedo a que Lord Vader supiera de su existencia había sido como un lastre para él, como si no hubiera podido usar uno de sus brazos durante los dos últimos años. Pero no lo volvería a ocultar jamás.
    Escondió los cuerpos tras las columnas usando la Fuerza antes de continuar su camino. Solo se encontraron un grupo más de enemigos antes de llegar al punto de acción, y acabaron cayendo tan fácilmente como el resto.


    Krill guardó sus pistolas y colocó su arma de francotirador. Kai oía la voz del Emperador a través del sistema de altavoces de las instalaciones, aunque no se detuvo a escuchar sus palabras, no le interesaban.
    Se asomó a la sala y allí le vio, de pie en una plataforma repulsora, con su larga túnica tapándole el cuerpo por completo. Junto a él estaban el Gran Visir chagriano, Mas Amedda, que sujetaba su vara ceremonial, y Lord Vader, con su armadura negra. La respiración de aquel Sith se oía bajo la voz de Palpatine. Tras ellos se encontraban dos guardias imperiales, vestidos de rojo.
    Los políticos representantes de los planetas que formaban la antigua República escuchaban con atención las palabras de su líder, ovacionándole cada vez que acababa algún párrafo del discurso que estaba recitando.


    —Nos vemos… —empezó a decir el cazarrecompensas mientras preparaba el disparo —… en la próxima vida… —apuntó a la cabeza de su objetivo—… hijo de… —Y disparó, pero no llegó a acabar su frase. En cambio exclamó—. Diablos, hay que salir de aquí. ¡YA!
    Kai volvió a asomarse a la sala y vio como Lord Vader, con la mano alzada, mantenía el haz de luz rojo del disparo bláster unos metros delante del Emperador con la única ayuda de la Fuerza.
    Un gran revuelo se armó entre los políticos, incapaces de comprender lo que sucedía. Entonces, Vader devolvió el disparó en la misma dirección por donde había llegado. Afortunadamente, Krill escondió la cabeza a tiempo para esquivarlo. Los tres compañeros volvieron sobre sus pasos, buscando la rendija de ventilación para escapar. Al encontrarla, se disponían a subir cuando varios soldados de asalto llegaron disparando. No tuvieron más remedio que retroceder y esconderse tras las columnas. Krill estaba detrás de una mientras que Neluba y Kai´Trix se resguardaban tras otra. Las ráfagas de disparos de los soldados no paraban. Krill y Neluba disparaban como podían, pero por suerte tenían buena puntería. Mientras, de fondo, el Emperador seguía con su discurso, como si nada hubiera sucedido, ignorando lo que ocurría en aquel mismo edificio.
    Entonces se dieron cuenta de que no podían seguir así mucho tiempo, así que Krill les miró, sonrió y salió de su refugio, disparando a diestro y siniestro, intentando dar una vía de escape a sus compañeros. Pero Kai no le iba a dejar hacer aquello, así que se colocó delante de él, desviando los disparos que le llegaban con su sable laser.


    Kai´Trix no sabía cómo, pero aquello estaba funcionando. El duro estaba disparando sus armas tras él, resguardado por Kai y su sable de luz. Entonces Neluba salió y se unió a ellos, colocándose junto a Krill, tras Kai.
    Estuvieron un tiempo así y parecía que estaban ganando. Los soldados de asalto caían mientras que ninguno de sus disparos conseguía traspasar la defensa de Kai, pero poco a poco, el antiguo padawan iba agotando todas sus fuerzas, no podría aguantar mucho más así. No paraban de llegar soldados de asalto, sustituyendo a los caídos.


    Kai ya no podía más e hizo una señal a sus compañeros para que volvieran tras las columnas.
    —Esto es el fin —gritó Krill por encima de los sonidos de los disparos.
    Los otros dos no contestaron, pero sabían que era cierto, iban a morir allí. De nuevo, volvieron a la situación del principio, disparando ocultos, mientras que los cuerpos blancos de los soldados se acumulaban en el suelo.
    —A la mierda, ha sido un buen intento —dijo Krill, mirándoles—. Un placer haberos conocido.
    Entonces se lanzó fuera de su refugio, disparando como un loco y matando a unos cuantos soldados antes de caer al suelo, muerto.
    —¡NO! —gritó Kai.
    Miró a su amiga y la contempló mientras disparaba.
    —Te amo —dijo mientras la besaba.
    —Te amo —contestó ella. Entonces se separaron—. Hagamos algo grande.
    Kai´Trix asintió, sonriendo. Salieron de su escondite, directos a la muerte, intentando llevarse tantos enemigos como fuera posible. Los disparos no tardaron en alcanzarles, tirándoles al suelo. Con su último aliento, se arrastraron por el suelo, acercándose el uno al otro hasta unir sus manos. Solo entonces, murieron.

    Una horas después, una figura imponente con armadura negra se dirigía hacia el lugar donde un hombre le esperaba. Respiraba ruidosamente.


    —S… Señor… —le saludó tartamudeando un humano de piel oscura, a la vez que bajaba de un vehículo rojo.
    —¿Es usted Nate Bake? —preguntó el Sith con una voz distorsionada, muy distinta a la voz que en su día había tenido Anakin Skywalker.
    —Sí, señor —respondió Bake mirando el suelo, incapaz de mirar directamente a los ojos de aquel ser.
    —Ha prestado un gran servicio al Imperio. El Emperador en persona le da las gracias por prevenirle. Le debe su vida —dijo Vader en un diálogo meramente protocolario —Aquí tiene su recompensa —dijo entregándole los créditos acordados por delatar a sus compañeros.
    —Gracias —respondió el corelliano, extendiendo la mano para recogerlos, pero entonces Vader retiró la suya.
    —Desafortunadamente, en el Imperio no queremos traidores —dijo a la vez que activaba su sable de luz y atravesaba con su filo carmesí el cuerpo de Bake.


    Tras esto, arrojó el cuerpo a la calle, dejándole caer en los niveles inferiores. Después volvió a su sitio, junto al Emperador.

  • Star Wars Plataforma 93

    Star Wars Plataforma 93

    Relato corto Fanfic de Star Wars creado por Adrià Boix Sas

    Hacía mucho tiempo que no visitaban un planeta con la intención de interactuar con sus habitantes. La última vez fue en Alderaan, para reparar los trenes de aterrizaje de la nave. Sus constantes aterrizajes en zonas abruptas dañaban muy a menudo las partes inferiores de su pequeño transporte explorador. En esta ocasión tenían varios paneles laterales de la nave dañados.

    La Rhino era un modelo Explorador Solitario-A de Sistemas de Flotas Sienar, muy parecido a la línea de cazas TIE, con su cabina esférica y sus paneles laterales, pero con una gran zona de carga y espacio para varios pasajeros. Suponían que en Tatooine no sería un problema aterrizar, conseguir las piezas y regresar a la vida nómada que los llevaba de planeta en planeta sin molestar ni ser molestados. Llevaban más de tres años con esta vida desde que desertaron de la academia de cadetes imperiales. Un día de maniobras fueron sorprendidos por una célula rebelde en un planeta teóricamente sin actividad hostil. Y lo que serían unas sencillas prácticas de tácticas en el campo de batalla se convirtieron en una rápida refriega que dejó seis cadetes, dos instructores y cinco rebeldes muertos. Naj y Lin se quedaron escondidos detrás del vehículo volcado que había dejado la primera explosión del ataque. No salieron de ese escondite hasta que dejaron de silbar las ráfagas de bláster y los hombres dejaron de gritar. Habían muerto todos. Se quedaron más de una hora sentados en silencio, oliendo la batalla, escuchando la radio que intentaba ponerse en contacto con sus superiores y reuniendo fuerzas para levantarse y tomar una decisión. Tenían claro que formar parte del Imperio no iba con ellos y que la rebelión no era su destino, ¿pero qué otra alternativa les quedaba? Hablaron durante un par de horas y decidieron huir, coger la nave rebelde y buscar otra manera de vivir por ellos mismos. En la academia se formaron como soldados. Aprendieron combate, supervivencia, razas y planetas conocidos de la galaxia y cómo orientarse por ella. Así que podían intentar valerse por ellos mismos y vivir al margen de esa guerra que lo mataba todo.

    —¡Naj, saldremos del hiperespacio en pocos minutos! —Lin no era tan buen piloto y prefería que su compañero atracase en el hangar sin llamar la atención.

    —¡Dame un momento! Comunícate con el puerto, consigue el número de plataforma y avísame de nuevo. Naj estaba rebuscando entre los cofres de material la cartuchera de su pistola bláster y ropa adecuada para el caluroso clima de ese planeta con dos soles. Cuando se apropiaron de la nave rebelde se quedaron con todo el material que había dentro y la llenaron con el material que traía su transporte imperial, así como todo lo que poseían los cuerpos de los fallecidos en el decisivo encuentro. Disponían de ropa, armamento y herramientas para apañárselas solos allí donde aterrizaran.

    —¡Naj, entramos en la atmósfera, nos asignaron la plataforma 93!

    —¡Voy! —Naj entró a la cabina esférica, colgó la pistolera en la butaca del piloto y cogió los mandos para entrar al puerto espacial de Mos Eisley. Una vez aterrizaron, abrieron la rampa de la nave y se miraron con cara seria. Estaban nerviosos. No tenían inconveniente en dormir en cualquier planeta remoto, pero cada vez les costaba más moverse en sociedad; y particularmente en sitios como Tatooine, donde se reunían los mejores ladrones, contrabandistas, prófugos y asesinos de cada especie.

    Nada más salir a la calle se cruzaron con un hombre apuesto, camisa clara y chaleco, con la cabeza bien alta y acompañado por un altísimo Wookiee que les gruñó a modo de saludo; luego, siguieron caminando tranquilamente como si anduvieran por su casa, como si estuvieran más que familiarizados moviéndose entre tanta calaña. Al contrario de ellos, Naj y Lin se desplazaban por las calles del puerto mirando al suelo, pero a la vez controlando a todos los transeúntes de las diferentes razas que se cruzaban. Les resultaba muy pesado esquivar a todos los que se acercaban a ofrecerles comida y servicios. No se sentían cómodos, nunca lo hacían en los planetas que visitaban donde había mucha población. Siempre pensaban en estar siendo buscados por el Imperio tras su deserción, y esta vez, la paranoia estaba alimentada por la abundante presencia de soldados imperiales. Parecía que buscaban a alguien y les fue difícil esquivar los puntos de control que había por toda la ciudad.

    Cerca de la cantina de Mos Eisley, encontraron lo que buscaban, un par de Jawas que ofrecían androides y piezas para naves. Mientras Lin negociaba con ellos un trato por las placas, Naj vigilaba sus espaldas y chequeaba una patrulla que paraba a los transeúntes.

    —Listo, Naj. Antes del mediodía nos traerán las piezas al hangar. —Lin parecía muy satisfecho con el trato acordado con los pequeños piratillas, tanto que quiso entrar a la cantina para relajarse un poco—.

    ¡No gastaremos ni un crédito! Pagaremos las piezas con un par de blasters! Así que venga, ¿un trago? —Tengo ganas de abandonar el planeta, Lin… Hay mucha presencia del Imperio y tengo un mal presentimiento. —En la cantina estaremos seguros. Hacemos tiempo, volvemos al hangar, nos dan las piezas y en nada estaremos viajando a algún planeta seguro, ¿sí? Entraron al local y por un momento se sintieron inspeccionados por todos los clientes repartidos por su cargado y poco iluminado interior. Con una barra, varias mesas y una banda tocando en directo, parecía un buen sitio para desconectar un rato. Mientras Naj se acomodaba en una mesa, Lin fue a por un par de bebidas.

    —No te lo vas a creer, en la barra escuché que hace un rato un viejo pirado le cortó el brazo a un cliente ¡con una espada láser!

    —Lo mismo he oído en la mesa de al lado. Están hablando de Jedi y de las antiguas Guerras Clon.

    —¿Jedi? ¡Eso son leyendas! ¡Hace años que el Imperio los exterminó!

    —Pues aquí alguien usó uno de esos sables hace un rato y no me gustaría que volviera con más ganas de… —Dos disparos de bláster dentro del local le dejaron mudo. Un Rodiano cayó fulminado encima de una mesa frente al hombre que habían visto en la calle acompañado por el Wookiee. El hombre le lanzó unos créditos al barman mientras se dirigía a la salida. A nadie parecía extrañarle lo ocurrido. Lin levantó su vaso buscando un brindis y le guiñó el ojo para que Naj se relajara y disfrutara de su bebida. Salieron de la taberna y se fueron directos al hangar. Naj solamente pensaba en abandonar el planeta y apresuraba a Lin, que paseaba un poco más relajado que él.

    Estaban llegando a la nave cuando, de repente, Naj se paró en seco y cogió a su compañero por el brazo, apartándolo a un lado de la calle. De la plataforma 94 salía un gigantesco e imponente Hutt, acompañado de un peculiar séquito de matones de varias razas; uno de ellos lucía una imponente y machacada armadura mandaloriana.

    —Empiezo a compartir las ganas de volver al espacio, Naj. Reparemos la Rhino y salgamos de este planeta lo antes posible. Durante el tiempo que esperaron, aprovecharon para sacar herramientas, desmontar paneles y prepararlo todo para instalar las piezas y salir lo antes posible. Había un kubaz que rondaba sospechosamente por la calle y a veces se cobijaba debajo de un portal. Aquel ser encapuchado con gafas y trompa come insectos les ponía algo nerviosos. Dejaron de pensar en él cuando llegaron los jawas. Aunque cerca de la cantina, Lin habló solo con un par de ellos, se presentaron cinco, todos con sus túnicas marrones y bandoleras con bolsillos de cuero. Dos de ellos entraron con carabinas láser colgadas del hombro, mientras que otros dos traían las piezas envueltas con una manta negra y colgada de una barra metálica apoyada en sus pequeños hombros. El quinto jawa, con doble pistolera en el cinturón, era uno de los que había negociado con Lin y parecía estar al mando de la negociación.

    Todo parecía ir bien hasta que un intruso abrió la puerta de una patada. Un weequay armado con un bláster de las tropas de asalto modificado en una mano y una pistola en la otra, entró apuntando a todos los asistentes clavándolos en sus sitios; menos al jawa de la doble cartuchera, el cual se acercó hablando y agitando los brazos como reprochándole su interrupción. El weequay le asestó un golpe con su bota que lo hizo levantar dos palmos del suelo y lo acomodó de golpe contra la pared, tirando por el suelo las piezas y herramientas que estaban allí a punto para ser reemplazadas.

    —Tirad todos las armas y poneos contra la pared, os prometo una ejecución rápida y sin discursos. Jabba está muy enfadado con las últimas piezas que nos suministrasteis; causaron la muerte a tres de sus hombres y la única forma de conseguir su perdón es ofreciéndole vuestras pequeñas cabezas. Los pequeños jawas descargaron las piezas que transportaban en el suelo y otros dos tiraron sus armas mientras Naj y Lin levantaron las manos y bajaron la cabeza. Entonces empezaron a sonar ráfagas de bláster, las paredes temblaron y se escucharon explosiones de disparos chocando contra metal. Naj y Lin se cubrieron la cabeza con los brazos y se agacharon como si la refriega fuera en su misma sala. Sus corazones latían acelerados y temblaban de miedo recordando aquel ataque rebelde, esa batalla que marcó su futuro para siempre. Tardaron unos segundos en darse cuenta de que las explosiones eran en el hangar contiguo. Lin levantó un poco la cabeza para mirar a Naj y se quedó fascinado con la cara de su compañero. Estaba con la boca y los ojos abiertos, pálido e inmóvil, viendo el tremendo espectáculo sangriento que estaban dando los pequeños jawas. Aprovechando el tiroteo de al lado, los cuatro jawas habían saltado sobre su enemigo y lo habían obligado a tirar sus armas; uno lo tenía cogido por las piernas haciendo un candado con su cuerpo; otros dos tenían sujetos sus brazos, clavándole los dientes y provocando escandalosos chorros de sangre; el cuarto jawa había sacado una pequeña daga y lo estaba acuchillando sin parar en el torso; el quinto, el que había sido pateado, cogió una de las herramientas y, aprovechando que el weequay estaba reducido, empezó a golpearle la cabeza hasta dejarlo irreconocible.

    De repente todo empezó a temblar, un ensordecedor ruido a motores forzados hizo temblar las paredes una vez más. De la plataforma contigua, despegaba fugazmente una nave de carga ligera, acompañada de alguna ráfaga de bláster que se perdía en el cielo. Al bajar la vista otra vez, vieron que los jawas habían terminado con su oponente. Tres de ellos estaban guardando el cadáver en la manta en la que habían traído las piezas; otro limpiaba las manchas de sangre y el quinto, se encontraba frente a ellos, con sus piezas y estirando la mano, esperando su paga. Lin entró apresurado en la nave y regresó con un saco con las dos armas dentro para el intercambio acordado con los jawas. Estos cogieron las armas, el cadáver envuelto con la manta y se marcharon murmurando en su idioma, con esas vocecillas y ruidos que infantilizan tanto su apariencia. Naj y Lin se quedaron poco más de una hora sentados en la rampa de la nave, en silencio, oliendo a metal fundido, combustible quemado y escuchando las patrullas de soldados imperiales corriendo por los corredores cercanos, comunicándose por radio para reagruparse y perseguir a los fugitivos. Ese tiempo les sirvió para valorar aquella decisión que habían tomado hace tres años: el Imperio no era para ellos, la rebelión no era su destino y no servían para esta galaxia corrupta. Repararon la nave y salieron de Tatooine ese mismo día. Buscaron un planeta cercano, deshabitado, y esa misma noche cenaron carne asada que Lin había cazado. Tenían claro que así pasarían el resto de sus vidas: con la Rhino, explorando el espacio y alejándose de la guerra.

  • Star Wars Aprendiz Naberrie

    Star Wars Aprendiz Naberrie

    Relato corto Fanfic de Star Wars creado por Elisa Dávila

    El trayecto hasta Coruscant se había convertido en algo prácticamente rutinario en la vida de Padmé. Como aprendiz de legislador había visitado la sede del gobierno con cierta frecuencia para tratar temas de interés en el Senado con el resto de sus compañeros, pero ahora que formaba parte del programa legislativo juvenil pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa. Padmé echaba de menos el País de los Lagos. Añoraba a su familia. Sin embargo, con el paso del tiempo, había estrechado lazos con su compañero de Naboo, Palo, un par de años mayor que ella. Siempre iban juntos a las reuniones y se complementaban muy bien aportando soluciones diplomáticas a la par que creativas.

    —Tengo mucha curiosidad por ver sus caras, seguro que están llenos de ilusión —comentó el muchacho, mientras Padmé estaba enfrascada en sus pensamientos—. Todavía recuerdo la tuya cuando llegaste a la legislatura de aprendices. —Entonces era una niña. —Padmé esbozó una sonrisa al recordarlo. Aunque aquello había sido cuatro años atrás, ella lo recordaba de forma vívida, como si apenas hubieran pasado dos días—. Quería ayudar a todo el mundo sin importar cómo. Ahora sé que eso no es posible. —Pero, aun así, quieres seguir ayudando a todos —apuntó Palo. Era una de las cualidades que más le gustaban de su joven amiga. Aunque Padmé no lo dijera, también tenía ganas de conocer a los nuevos aprendices, pero, sobre todo, tenía interés en la reunión que se celebraría tras su primera reunión. A ella asistían, además de los más jóvenes, senadores de gran importancia, de la talla de Sheev Palpatine, a quien Padmé guardaba un profundo respeto. Cuando desde la nave pudo apreciarse el puerto espacial de la capital del Senado, la joven sintió un cosquilleo en su estómago. Siempre se ponía nerviosa antes de una reunión, pero era una sensación que adoraba. Nunca sabía lo que podría ocurrir y siempre había propuestas que lograban sorprenderla. Muchos de sus amigos decían de ella que era una idealista, puesto que siempre intentaba promover leyes y mandatos que abogaran por la paz y el bienestar de todos, exponiéndose en numerosas ocasiones a verdaderos peligros. Por ello, pese a ser solo una niña, se había ganado la admiración de muchos, que la respetaban y trataban como a una representante fuerte y capaz.

    Tras bajar al espaciopuerto, encontraron a Silya Shessaun, una antigua mentora de Padmé, saludándolos con alegría en sus ojos. —¡Cuánto tiempo! Han pasado meses desde la última vez —dijo Silya mientras abrazaba con cariño a su joven amiga. Aunque Silya también formaba parte del programa legislativo, había sido elegida como representante de Thesme y se veía obligada a asistir a numerosas cumbres en diferentes planetas. —Tus labores políticas son de vital importancia, todos entendemos lo que estás haciendo —agregó Padmé, excusándola. —Y además, tampoco te has perdido gran cosa. —Palo se había unido a sus dos compañeras en el reencuentro. Padmé negó con la cabeza, mientras dejaba escapar una sonrisa. Palo siempre le restaba importancia a los asuntos que trataban, diciendo que no eran verdaderamente serios, pero para ella tenían un gran peso en su formación y en sus aspiraciones futuras. Silya sonrió también, intuyendo lo que estaba pensando su compañera. —¡Ay, Padmé, hay tantas cosas que tengo que contarte! —exclamó con un suspiro—. Te hubiera encantado estar en algunos de los congresos y talleres a los que he ido. —Estoy convencida. —La muchacha no pudo evitar sentir una punzada de envidia. Silya siempre había sido sobresaliente en todo lo que se había propuesto, se la tenía considerada una niña prodigio, y aunque ella también había logrado destacar y hacerse un hueco entre el resto de los representantes, quería ser igual de brillante que su mentora—. Además, seguro que hiciste un trabajo excelente, como siempre. —Eso es que tú me tienes en alta estima —dijo Silya mientras volvía a abrazar a su amiga. Pese a que se hubieran distanciado por sus respectivas carreras políticas, el vínculo que las unía era fuerte y ambas se querían y apoyaban.

    Los tres jóvenes caminaron, charlando animadamente, hasta el edificio del Senado Galáctico mientras numerosos transeúntes iban y venían, llenando las calles de la capital de ruido y ajetreo. Mientras avanzaban por el Distrito del Senado, Padmé apreció, como de costumbre, el cambio en los ropajes y la actitud de la gente. Distinguió a lo lejos a varios de los senadores, cuyas capas ondeaban con gracilidad y elegancia. Algunos de ellos acompañaban a jóvenes y niños hacia la cúpula senatorial, mientras les daban consejos sobre cómo debían comportarse ante el Canciller Supremo, o sobre cómo lanzar propuestas legislativas interesantes al resto de sus compañeros, de forma que resultaran atractivas y realizables sin un alto coste. Padmé también había recibido esos consejos al iniciar sus estudios en el servicio público de Naboo. En su hogar, para poder acceder a un cargo político, aunque no fuera de alta importancia, era necesario tener una preparación previa. Por ello, muchos padres mandaban a sus hijos a Coruscant a formarse por si en el futuro les era necesario. Ese, por ejemplo, era el caso de Palo. Él no quería ser gobernador o senador, ni siquiera ostentar un cargo público en Theed, la capital de su planeta; sin embargo, sus padres habían determinado que podría ser interesante de cara al futuro, por si cambiaba de parecer. Padmé, por el contrario, desde que tenía uso de razón y había acompañado a su padre a numerosas misiones humanitarias, sabía que quería dedicarse a la política para ayudar a quien le fuera posible. —Da igual cuantas veces haya venido a las oficinas del Senado —comentó, con los ojos muy abiertos, Silya—, siempre me sorprenden las estatuas que hay alrededor del edificio. Era un comentario hecho sin pensar, pero Padmé entendía a lo que se refería. Las estatuas colosales de los fundadores de la República le hacían sentirse pequeña, ínfima. Parecía como si observaran a la gente, como jueces atentos a cualquier error que se pudiera cometer. —A mí siempre me sorprende la calidad escultórica de las obras. —Palo sentía auténtica fascinación por la arquitectura y la escultura de la República y aprovechaba cualquier ocasión para dejarlo claro. A Padmé eso le parecía tierno y le sonrió con dulzura, sin embargo, no fue capaz de decir nada puesto que, en ese instante, vio entrar al edificio al senador Palpatine. Había perdido su oportunidad de conversar con él, pensó Padmé con tristeza. No obstante, no se desanimó, puesto que tendría ocasión en la reunión de por la tarde.

    El resto de la mañana, los integrantes del programa legislativo juvenil se reunieron para revisar los asuntos destacados del día. Aunque era una reunión informal, más bien un coloquio entre amigos, lograron esbozar algunas propuestas de leyes que a Padmé le parecieron muy interesantes. —¿No creéis que deberíamos llevar alguna de estas ideas directamente a los altos cargos senatoriales? —expuso uno de los representantes de Mon Calamari—. Sin duda, ellos podrán lograr más que nosotros. —Pero entonces estaríamos dejando de lado el protocolo a seguir. Es importante respetar el sistema —argumentó un aprendiz rodiano. Padmé estaba de acuerdo con esto último, pero prefirió no decir nada, al menos de momento. Si algo había aprendido observando a los senadores en sus reuniones era que muchas veces era mejor esperar a que las ideas se aclarasen y conocer entonces lo que pensaba el resto para, entonces, proponer una resolución que contentase a la mayoría y fuera a la vez, justa. —Onaconda tiene razón —comenzó a decir una joven de cabellos rojizos y ojos serenos, a quien Padmé no reconoció—. Creo que el principal problema es que si vamos a un senador con nuestra propuesta, poco a poco comenzarán a restarle importancia a nuestra delegación y, por consiguiente, a nosotros mismos. —No me parece mala idea buscar un apoyo favorable por parte del Senado. Es algo que puede ayudarnos —contrapuso un joven gran de Malastare. Una twi’lek que se sentaba junto a él asintió, dándole la razón. La discusión se prolongó más tiempo del esperado, sin ser capaces de dar con una solución sólida a su problema. Padmé sabía que si se llevaban sus proposiciones a las altas esferas esto podría ser considerado de forma más ágil y, por tanto, se podría ayudar a más gente. Por otro lado, saltarse el sistema legislativo de esa forma sería perjudicial, no sólo porque podrían anularse las propuestas por no cumplir los requisitos, sino porque podrían perder credibilidad de cara a las nuevas resoluciones que plantearan.

    —Quizá —una voz tímida hizo que el resto de sus compañeros se volvieran hacia la persona de la que provenía. Para sorpresa de todos, era la princesa Breha, de Alderaan. Desde su accidente, la joven no había participado en muchas de las reuniones de los aprendices, aunque siempre estaba presente—, en este caso, sería interesante ponernos en contacto con algún miembro del senado de nuestra confianza, en calidad de consejero, para ver si es adecuado llevar la propuesta por otras vías que no sean las establecidas. Breha tuvo que detenerse y tomar aliento. Era consciente de que todos tenían la mirada puesta en ella y la observaban estupefactos. Ella misma estaba perpleja al escucharse hablar. Su pecho emitía un leve destello debido a los pulmonodos que se había visto obligada a llevar tras su caída. Padmé se dio cuenta de la incomodidad de la princesa y trató de mirarla trasmitiéndole una sonrisa de apoyo. Aunque el gesto fue leve, no pasó desapercibido para la joven de Alderaan que, con los ánimos renovados, pudo continuar. —Es probable que, en ocasiones anteriores, otros aprendices hayan tratado de llevar las propuestas por una vía más rápida, aunque menos ortodoxa. Antes de tomar cualquier decisión, lo prudente sería consultar qué sucedió entonces y ver si, en caso de una respuesta positiva, podría llevarse el mismo planteamiento en nuestro caso — concluyó, satisfecha, la joven. Se sentía agotada del esfuerzo, puesto que su cuerpo no parecía haberse acostumbrado aún a sus nuevas funciones pulmonares; sin embargo, su rostro mostraba su júbilo. Padmé asintió. Ni ella misma hubiera expresado mejor las dudas que muchos de sus compañeros tenían. La propuesta de Breha era la más coherente y segura de todas. Observó de refilón a Palo, a Silya y a los demás. Todos parecían satisfechos con la proposición de la princesa. —Si os parece bien —propuso entonces Padmé, sabiendo que había llegado el momento de intervenir—, podría hablar con el senador Palpatine. Es un viejo amigo de mi familia y sé que tomaría mis palabras como una mera consulta. Él sabrá qué hacer y seguro que puede aportarnos un punto de vista diferente que puede ser beneficioso para todos. Sus amigos intercambiaron un par de miradas, sopesando la idea. Palo fijó la mirada en Padmé, intentando discernir sus intenciones. La verdad es que la joven se había dejado llevar por su interés personal. Si bien había planteado un discurso con el que todos se encontraban conformes, una parte de ella había seleccionado al senador Palpatine como opción favorable para así poder intercambiar opiniones con él acerca de la política del monarca de su planeta natal. —Creo que el senador Palpatine puede ser una buena baza ¬—dijo, rompiendo el silencio Rush Clovis, el representante de la delegación senatorial de Scipio—. Podría resultar interesante, de cara al futuro, tener a alguien como él de nuestra parte. A Padmé no se le escapó esa última frase. —¿Qué quieres decir con “alguien como él”? —Clovis le caía bien, aunque a veces le parecía un tanto prepotente. —Quiero decir —él se dirigió a ella con delicadeza—, que por lo que he podido observar en la cámara del Senado, tiene un gran poder de convicción. Padmé también se había percatado de ello, pero no dijo nada y prefirió no insistir en el asunto. Lo importante ahora era asegurar que el resto de sus compañeros estuvieran a favor de su plan y llevarlo a cabo con la mayor rapidez. Como nadie más alegó nada, procedieron a votar. Finalmente, por mayoría, salió adelante la proposición de Padmé, que se sintió mucho más confiada sabiendo que ahora tenía un motivo para justificar su conversación con el senador de Naboo.

    Tras esto, el grupo de jóvenes se dispersó. Se acercaba la hora de la presentación de los aspirantes a legisladores de aprendices y muchos de los que ya habían obtenido el cargo se marcharon a dar consejos de última hora a sus sucesores. Padmé se excusó ante sus amigos argumentando que quería tantear el terreno con el senador Palpatine antes de que se iniciara la ceremonia. —Voy a acercarme rápidamente a las oficinas, nos vemos en un rato —se despidió, dejando a Palo con la palabra en la boca y una frase a medio terminar. La joven salió corriendo hacia el edificio ejecutivo de la República. Aunque el trayecto era corto y las oficinas rodeaban la construcción principal, no quería perder el tiempo. Se adentró, sin dudarlo un instante, en busca del despacho de la delegación planetaria de Naboo. Estaba tan emocionada que subía los escalones de dos en dos. Era una ocasión que no podía dejar pasar. “Serénate, Padmé”, se dijo a sí misma, “si quieres que no te vean como a una niña debes aparentar tranquilidad y sensatez”. Pese a su temprana edad, había aprendido de sus padres a no mostrar alarma incluso en situaciones difíciles y ahora era el momento de llevar sus conocimientos a la práctica. Al llegar al piso correspondiente a las estancias de los senadores, Padmé comenzó a caminar, de forma sosegada pero constante, por un pasillo que se le hizo eterno. Antes de doblar la esquina, hacia la galería que conducía a la oficina de Palpatine, se detuvo al escuchar dos voces. Una de ellas, la del senador, la reconoció inmediatamente; la otra, pese a que le resultaba familiar, no logró identificarla. —Disculpe mis formas, senador, pero le aseguro que se está propasando y está dejando de lado los intereses de los nuestros —decía aquella voz, con cierto timbre de alteración y urgencia. —Créame, soy el primero que quiere encontrar una solución a nuestro problema —argumentaba Palpatine, de forma sosegada y armoniosa—, sin embargo, por más que el rey Veruna esté derrochando los recursos de Naboo y favoreciendo las rutas comerciales según sus propios intereses, seguimos sin tener un candidato que responda a nuestras necesidades. Padmé se quedó petrificada al escuchar la conversación. Sabía que no debía estar allí, asistiendo a una charla privada y, sin embargo, no era capaz de marcharse. Sentía la urgencia de conocer los problemas que su pueblo estaba padeciendo.

    En Varykino, donde se había criado, había oído muchas insinuaciones sobre la mala gestión del monarca de su planeta, pero hasta ese momento, no había escuchado a un alto cargo tratar el tema. —Sigo considerando que nuestra mejor baza es que se presente como candidato, senador. —El desconocido cada vez parecía más ansioso. —Mi querido amigo —alegó con rapidez éste—, mi deber está para con mi pueblo, bien lo sabéis, pero así mismo la República necesita mis servicios en calidad de representante de nuestro hogar. Comprendo la urgencia y la situación en la que nos encontramos ahora mismo, pero debe haber alguien que pueda ejercer la alcaldía en Theed y presentarse al cargo. Las voces cada vez se escuchaban más cercanas a la posición de Padmé, que era consciente de que debía marcharse antes de que la descubrieran, pero necesitaba saber más. La voz familiar seguía siendo una incógnita para ella. Armándose de valor, se agachó y asomó levemente la cabeza por la esquina del pasillo y para ver de quién se trataba. Echando un vistazo rápido, Padmé identificó al desconocido como Kun Iago, consejero primario de Ars Veruna. En cualquier otra circunstancia a la joven le hubiera sorprendido que el asesor del mismísimo rey de Naboo dejara su emplazamiento habitual para ir a Coruscant, pero tras escuchar parte de la conversación casi se mostró aliviada al saber que había gente en el consejo del monarca que no estaba de acuerdo con su reinado. No obstante, su alivio duró poco al descubrir como la mirada de Palpatine se dirigía hacia su escondite. Padmé actuó instantáneamente, ocultándose de nuevo tras la pared, deseando que el senador no hubiera llegado a verla. Aguardó unos instantes en completo silencio, con los ojos cerrados, conteniendo la respiración. Absolutamente petrificada. Tras lo que a ella le pareció una eternidad, escuchó como los pasos cesaban, como si ambos hombres se hubieran detenido. Padmé intentó pensar excusas válidas que justificaran su comportamiento y se preparó para lo peor. —Verá —la voz de Palpatine permaneció inalterable, como si nada hubiera pasado. Padmé suspiró, aliviada—, considero que es necesario que el cargo lo desempeñe una persona joven. Alguien capaz que esté al tanto de los excesos del rey y que no se deje embaucar por la pompa y la grandiosidad de la vida palaciega. Naboo necesita un soplo de aire fresco, alguien bien formado que abogue por sus habitantes, que quiera lo mejor para ellos. Alguien que conozca la vida en Theed, sí, pero que tampoco olvide sus raíces. —¿Dónde podemos encontrar alguien así? —preguntó Kun Iago—. No se ofenda, pero el tiempo apremia. El plazo para la candidatura finaliza hoy. —Ojalá lo supiera —Palpatine habló con pesar, pero Padmé pudo atisbar como si sus palabras conllevaran un gran hilo de pensamientos tras de sí. Pese a que quería ser sigilosa en su huida para no ser descubierta, en cuanto la joven legisladora se alejó lo suficiente del lugar de la conversación, salió corriendo a trompicones. “Cualquiera podría salir de una de estas oficinas, no tienen por qué pensar nada raro al escuchar pasos”, trató de convencerse a sí misma. Se dirigió con celeridad hacia la Cúpula del Senado. Tenía que reunirse con Palo y con los delegados planetarios para la presentación de los nuevos aprendices. Con suerte llegaría antes de que el Canciller Supremo hubiera iniciado su discurso de bienvenida. —Padmé —ella se giró hacia quien le llamaba. Se encontró a Palo, haciéndole señas con la mano, para que fuera con él—, te estaba esperando. Se suponía que íbamos a entrar juntos. —Perdona por hacerte esperar —se excusó, sin prestar demasiada atención a la conversación. En su cabeza aún retumbaban las palabras que había escuchado momentos antes. —¿Has podido hablar con Palpatine? —la voz de Palo trataba de sonar inmutable, pero por sus gestos, parecía algo incómodo. —Todavía no, no pude encontrarle —mintió la muchacha—. Supongo que tendré que intentarlo después de la ceremonia de apertura. Palo permaneció en silencio, pensativo, como midiendo sus palabras. Sopesando qué decir. —¿Te molesta que hable con él? —Padmé se sentía molesta de pronto—, porque lo parece. —No es eso —comenzó diciendo su amigo. Su voz trató de sonar dulce y apaciguadora—, es solo que creo que te estás poniendo muchas cargas encima, Padmé. Eres muy joven, no hace falta que trates de abarcar tanto. Ella notó como su cara se enrojecía. Sentía el calor del enfado hasta en las orejas. —Demasiado poco hago. Quiero ayudar a la gente, Palo. —Su voz permaneció calmada, aunque sus ojos mostraban reproche—. Para mí esto no es un pasatiempo más. No es un juego. No estoy aquí por obligación o por complacer a mis padres. No estoy aquí mintiéndome a mí misma sobre lo que quiero ser. Inmediatamente después de decirlo, Padmé se arrepintió. Había metido el dedo en la llaga. Había sobrepasado el límite. No era tonta, en ocasiones había visto como Palo lo pasaba mal por esas mismas inquietudes. Lo había visto sufrir en silencio, porque nunca le había contado nada abiertamente, pero la herida estaba ahí, palpable y visible para quien prestara algo de atención. —Tienes razón. Sé lo importante que es para ti. —Padmé no lo había visto nunca mirarla de aquel modo, tratando, sin éxito, de enmascarar su dolor. La joven quiso decirle lo mucho que lo sentía, que sabía que estaba sufriendo y que no había sido su intención hacerle daño, pero las palabras no querían salir de su boca. Lo único que hizo fue un gesto de asentimiento con la cabeza. Así, ambos con la mente dispersa, entraron en la Cámara del Senado. Ocuparon su lugar en la plataforma correspondiente a la delegación de Naboo, junto al resto de sus representantes, y aguardaron en silencio la intervención del Canciller Valorum.

    La ceremonia transcurrió sin ningún hecho especialmente significativo. El Canciller Supremo, como ponente invitado, dio el discurso de apertura. Tras esto, se presentaron a los nuevos miembros de la legislatura de aprendices que tuvieron una leve intervención en la cual dieron muestra de sus conocimientos previos y hablaron sobre ellos mismos. Aunque Padmé se esforzó por prestar atención, su cabeza estaba en otra parte. Inicialmente sus pensamientos derivaron en su discusión con Palo, pero poco a poco otros fueron esclareciendo y acabó pensando en la conversación que había escuchado entre Palpatine y Kun Iago. Padmé estuvo recordando las palabras del senador durante el tiempo que duró la reunión, dándole vueltas a la misma idea que, desde que las había escuchado, rondaba por su mente. —Ha sido interesante. —Silya se acercó a sus amigos cuando todos salieron de la cámara senatorial—. ¿No creéis? —Sí —opinó Palo, quien no había mediado palabra con Padmé desde el inicio de la asamblea—, parece que hay algunos candidatos muy preparados. Padmé asintió, dándole la razón a su compañero, pero permaneció en silencio. No sabía en qué punto de su amistad se encontraban en ese instante o si él estaba molesto con ella. Palo se dio cuenta de lo que ella pensaba y, queriendo dejar de lado el problema, intento hacerle ver que por su parte estaban bien. —¿Qué te ha parecido a ti? —le preguntó con curiosidad a la joven. Su rostro esbozaba una sonrisa, intentando reconfortarla. Si bien había atendido durante la conferencia, en su cabeza había estado meditando las palabras de Padmé y había decidido que no quería que se interpusiesen en su amistad. —Me ha gustado el tema que ha tratado el Canciller sobre permanecer unidos y la posibilidad de estrechar lazos unos con otros para crear un ambiente propicio donde se pueda debatir y sentirse escuchado —mencionó ella, sonriéndole a su vez, aliviada de que nada hubiera cambiado entre ellos. Así, charlaron animosamente hasta llegar a la recepción, un evento que esperaban con ganas. La comida y la bebida abundaban. Todo estaba perfectamente colocado, con gran elegancia y atención al detalle. El lugar escogido para la celebración mostraba unas hermosas vistas a gran parte de la ciudad. Era el momento idóneo para conocer a los nuevos integrantes, así como tratar temas de interés con algunos de los senadores más influyentes. Los más jóvenes aprovechaban estos momentos para acercarse a gente nueva con la que entablar conversación, otros empleaban el festejo para ganar nuevos apoyos y lograr así escalar puestos. Poco a poco la gente se iba dispersando de sus grupos iniciales y se iban entremezclando. A Padmé se le escapó una risita al percibir que muchos parecían hacerlo al ritmo de la música. —El senador Palpatine acaba de llegar —le susurró alguien. —Ah. —La joven se sorprendió al escucharla y se giró para ver de quién se trataba—. Clovis. Gracias por avisarme. —Espero que me cuentes cómo va la conversación —pidió éste, de forma un tanto autoritaria. —Vale. —Padmé ignoró el tono de su voz—. Allá voy. Deséame suerte. La muchacha estaba a punto de dirigirse hacia su objetivo cuando su compañero añadió con sorna: —Por cierto, no te dejes embaucar por sus palabras. —Ella volvió a girarse mientras negaba la cabeza y fruncía el ceño. Estaba casi convencida de que se trataba de una broma, pero no llegaba a entender el extraño humor del joven. Padmé vio como Palpatine dialogaba entretenido con un senador de Champala. No parecía el mejor momento para abordarle, así que esperó resignada a que éste se marchara. Mientras aguardaba, a una distancia prudencial, recordó la advertencia de Clovis y la joven se detuvo a observar los gestos del senador. Parecía profesar una especie de encantamiento en torno a él que hacía que todo el mundo le escuchara, dándole la razón. Eso lo había descubierto ya antes, pero lo había achacado a su elocuencia. “Tendré cuidado”, reflexionó. —Querida Padmé Naberrie. —Palpatine se había girado hacia ella, haciéndole señas para que se acercara—. Es un placer verte por aquí. —Lo mismo digo, senador —respondió ella, cortésmente. —¿Cómo está Ruwee? —Palpatine era un viejo amigo de su padre, así que no le extrañó que le preguntara por él. Aun así, debía centrarse en lograr preguntarle sus dudas. —Bien, está muy satisfecho con su trabajo en la universidad —explicó la joven—. Según me cuenta mi madre se pasa los días yendo y viniendo de casa hasta Theed, pero aun así es feliz. —Me alegro de que así sea. —La sonrisa del senador parecía sincera—. Hace ya un tiempo que no tengo noticias suyas, pero siempre que nos encontramos me habla de tus grandes progresos y logros. —Oh. —Padmé se mostró visiblemente abrumada—. Ya sabe, un padre siempre ve lo mejor de sus hijas. Aún me queda mucho por aprender. Padmé se sentía como en una nube, no podía creer que su padre le hubiera dicho algo así a su amigo, el senador de Naboo. Sonrió para sí, orgullosa. No solo era por el amor y la admiración que le profesaba. Ruwee Naberrie había dejado su hogar para criar a sus hijas en un entorno adecuado para su educación. Le había enseñado lo que era el compromiso y el respeto hacia los demás. Era un pilar fundamental en su vida y, por tanto, la opinión de su padre era la que más valoraba. —No seas modesta, querida. —Palpatine se mostraba muy amable y atento—. El criterio de tu padre es algo que tengo en muy alta estima. Estoy seguro de que estás destinada a hacer grandes cosas. Tanto aquí como en Naboo. La joven pensó entonces en su mundo. Pensó en su padre y en su madre. Se acordó también de su hermana y de todos a quienes quería. “Espero que tenga razón”, deseó. Ella quería cambiar las cosas. Quería ser alguien que amparara y asistiera a los más débiles, que les diera esperanza. —Senador —Padmé intentó mostrarse segura y sosegada—, la verdad es que, si no es mucha molestia, hay algo de lo que me gustaría hablar. Palpatine alzó una ceja, con un gesto de curiosidad, y respondió: —Vayamos a un lugar menos bullicioso. Padmé se apoyó en una de las balaustradas que mostraban la grandeza de la ciudad, en pleno apogeo. Pese a que estaba atardeciendo y el horizonte se fundía en colores anaranjados y rojizos, la vida en pleno centro de la República no cesaba. Las siluetas accidentadas de los rascacielos, cada vez más oscuras, contrastaban con la gran iluminación y el colorido de cada speeder que sobrevolaba las calles y avenidas. La orografía de Coruscant quedaba determinada por la cantidad de edificios que la componían, era parte del encanto de aquel bullicioso lugar. —Debo reconocer que, aunque adore nuestro planeta —comentó Palpatine, tratando de quitarle tensión al asunto—, encuentro la actividad de Coruscant bastante estimulante. —Opino lo mismo, hace que tenga ganas de esforzarme más —Padmé sonrió al decirlo en voz alta. Era algo sobre lo que había meditado más de una vez. Ver tanta variedad de gente trabajando de forma conjunta, interactuando para buscar el bienestar común, era algo que la incitaba a querer trabajar más y a mejorar. —Sin duda eres una jovencita muy consecuente y diligente. —El representante de Naboo la miró con aprobación—. Pero estoy alejándome de nuestro objetivo inicial. Ahora que ya estamos lejos de cualquier interrupción, creo que había algo que querías consultarme ¿No es así? La joven sintió como su corazón se aceleraba, estaba nerviosa y no quería defraudar a nadie. Sus compañeros contaban con ella. Habían estado debatiendo sobre ello, todos habían puesto de su parte y ahora le tocaba a Padmé cumplir con su tarea. Era importante de cara al futuro. Era importante por la confianza que le habían depositado. Muchos de los integrantes del programa legislativo juvenil eran más mayores que ella y, aun así, el paso final había recaído en sus manos. Una parte de sí misma sabía que no podía dejarlos de lado, que se había comprometido a llevar el tema al senador con urgencia, para conocer sus impresiones. La otra parte, sin embargo, no dejaba de darle vueltas a la conversación que había escuchado junto a las oficinas de Palpatine. Necesitaba tomar una decisión, sopesarlo detenidamente o pedir consejo, incluso. Padmé sabía que eso era lo correcto. Por ello, la propia muchacha se sorprendió cuando comenzó a hablar: —Así es, senador —se aclaró la garganta, aún sin creerse lo que estaba a punto decir—, pero creo que ahora mismo eso puede esperar. Puede que le parezca joven, no niego que a ojos de muchos soy solo una niña, pero me doy cuenta de lo que ocurre a mi alrededor. Soy consciente de que nuestro rey ha estado empleando los recursos planetarios para comercializar con el exterior, limitando las rutas para encauzarlas hacia su propio beneficio. —¿Cómo te has enterado de eso, querida? Es una acusación grave. —Palpatine se mostró sorprendido, pero en sus ojos Padmé detectó un atisbo de “¿Satisfacción?”, se preguntó. —Es algo que veo en casa. Mis padres alguna vez lo han comentado, así como muchos de los habitantes de la periferia. —No era del todo mentira, se dijo, la conversación con Kun Iago solo había confirmado sus sospechas—. Nuestro hogar ha experimentado un auge a nivel de recursos que no concuerda con el nivel de bienes y servicios que se le está dando a nuestra población. En la capital se respira un ambiente de progreso y bienestar que no se corresponde con el resto del planeta. El representante senatorial la miró durante un leve instante y asintió, dándole la razón. —Sabéis tan bien como yo —en la voz de la joven había un atisbo de súplica—, que en el País de los Lagos la mayoría de quienes viven allí se dedican al pastoreo y la recolección. Muchos de ellos pasan por dificultades para subsistir puesto que es un trabajo duro y laborioso y al final no reciben la recompensa que merecen. El capital no se reparte y se queda estancado en las manos de un monarca que no se preocupa por los suyos y que dedica más tiempo al resto de la galaxia que a su propio pueblo. —Ciertamente —se asombró Palpatine—, eres muy perspicaz para haberte dado cuenta de eso siendo tan joven. Voy a serte franco, Padmé. Lo que dices es cierto, aunque muchos no quieran verlo. Sin embargo, tampoco podemos hacer nada para demostrarlo. —Siempre hay alguna opción —alegó ella, algo entristecida—. Con que nos detuviéramos a mirar nos daríamos cuenta de lo que ocurre. La capital presenta un gran desarrollo, al contrario que el resto del planeta. Recuerdo las historias que me contaba mi padre. No hace mucho, la propia Theed no era más que un conjunto de minas de extracción de plasma, y ahora es la capital de Naboo y goza de gran consideración en toda la galaxia. —Todo lo que dices es verdad. —Padmé noto como el senador se debatía entre si decir algo o callar, como si le estuviera ocultando algo—. Y quizá haya una manera de oponerse al rey, pero ahora mismo no parece que haya posibilidad de ello. —Habláis de la designación al principado de Theed. —Padmé estaba cansada de morderse la lengua—. Es por ello por lo que quería hablaros. Si no contamos con alguien que conozca los excesos del rey Veruna, jamás conseguiremos destronarlo. Puedo ser joven, pero como ya habéis observado, no soy ingenua. Es por ello por lo que quiero presentar mi candidatura formal como princesa de Theed. Los ojos de Palpatine se abrieron levemente. Padmé todavía estaba asimilando lo que acababa de decir. Era consciente de que se había dejado llevar por la frustración, pero en el fondo, solo había expresado sus dudas y deseos en voz alta. No podía negar que llevaba horas meditándolo, aunque era más una fantasía. En su mente lo había planteado como algo impensable. No contaba con el apoyo suficiente para ello, no lo había consultado con sus padres, ni con el resto de los delegados planetarios. Era una idea alocada que había surgido en su cabeza, pensaba. —Es un poco apresurado —la joven volvió a la conversación al escuchar al senador hablar—, pero el tiempo apremia. La propuesta al cargo cierra hoy y tus argumentos han evidenciado que sabes a lo que te enfrentas si logras el puesto. Me has convencido, yo apoyaré tu candidatura. Padmé no cabía en sí de gozo. Si lograba su cometido podría ayudar a muchísimas personas sin dejarse influenciar por el rey. Podría escuchar las necesidades de los demás y dar a su pueblo lo que se merecía. Quería ir corriendo a decírselo a todos. Estaba pletórica. —Tenemos que hablar inmediatamente con Kun Iago y hacerle saber que te vas a presentar a las elecciones. —Palpatine también parecía complacido con la decisión de Padmé. De camino a las oficinas de los senadores, donde se iban a reunir con el consejero real para contactar con el gobernador de Naboo, Sio Bibble, y el resto de los ministros del planeta, Padmé se dio cuenta de que no había trasladado las dudas de sus compañeros a Palpatine, tal y como había prometido. Reflexionó sobre cómo sacar el tema. Lo mejor sería dejarlo para después, se dijo. —Por fin. —Kun Iago, sudoroso, se movía de un lado para otro dentro de la oficina—. Pensaba que no llegarían a tiempo. ¿Está preparada? —Se volvió, mirándola directamente. Ella asintió, puesto que no era capaz de articular palabra. Todo estaba yendo más rápido de lo pensado. —No te preocupes, todo va a ir bien —le susurró Palpatine, tranquilizándola—. Tu padre estará orgulloso cuando se entere. Las palabras del senador la reconfortaron y la prepararon para lo que se le venía encima. Establecieron la conexión con el consejo de Naboo y, de pronto, la sala se llenó de hologramas de personas desconocidas para Padmé, que la miraban con curiosidad. En ese momento, ella miró a su alrededor y tuvo la certeza de que, por muchas complicaciones que tuviera que solventar en el futuro, era ahí donde quería estar. Quería ser princesa de Theed.

  • Star Wars Corazón imperial

    Star Wars Corazón imperial

    Relato corto Fanfic de Star Wars creado por Carlos Rodríguez

    TESTIMONIO DE LA SARGENTO DREA SYNN, DESIGNACIÓN HT-3113.

    Extractos de la declaración ante el comité de la Oficina de Seguridad Imperial sobre los sucesos acontecidos durante la pacificación de Salline.

    En la academia nos enseñaron que la auténtica guerra solo empieza cuando las botas de los soldados de asalto llegan al campo de batalla. Es una verdad que solo asimilas por completo cuando desembarcas de un transbordador enfundada en tu armadura, con un E-11 en tus manos escupiendo fuego bláster y teniendo a tus hermanos y hermanas de escuadrón cubriéndote las espaldas.
    Los soldados de asalto no retrocedemos ante el miedo, no somos una chusma indisciplinada de egoístas y alborotadores armada con un puñado de rifles de segunda mano. Somos el muro de contención entre el orden y el caos en medio de una galaxia enloquecida por la guerra. Nuestras pulidas armaduras blancas han llevado la paz y el orden a miles de mundos incivilizados. Hemos extendido la doctrina imperial más allá de donde los cartógrafos más intrépidos se atreven a explorar. Somos el rostro de una generación de guerreros. El corazón del Ejército Imperial. Nuestros nombres no significan nada durante el servicio porque actuamos como un solo ser y servimos a un único propósito: cumplir la voluntad de nuestro Emperador.
    No negaré que la lealtad no fue lo único por lo que me alisté en el ejército. Siempre quise aspirar a algo mejor. Dejé a Lesa, mi prometida, con la promesa de un retorno glorioso y los ahorros necesarios para empezar una nueva vida juntas en cuanto me hubiera graduado. Por algún motivo, decidí que la mejor forma de conseguirlo era lanzarme al sueño de viajar por la galaxia, conocer mundos y aprender el más noble de los oficios: proteger a mi Imperio. Pero entonces, sin que nadie pudiera haberlo previsto, ese asqueroso rebelde consiguió lo que parecía imposible: destruir la Estrella de la Muerte. Todos conocemos las cifras. Cientos de miles de vidas imperiales sesgadas en un instante. Pero lo peor vino después. A partir de ese día, la amenaza de un simple puñado de disidentes se fue incrementando exponencialmente hasta llevar el caos a todos los sistemas.
    Mis padres sufrieron las consecuencias de la guerra civil entre la República y la Confederación de Sistemas Independientes. La galaxia parece tener una abrumadora facilidad para olvidar la paz de la que hemos disfrutado todos estos años, la misma paz que tan duramente hemos conseguido mantener con sangre, sudor, lágrimas y vidas imperiales.
    Desde que nuestro Emperador declaró la fundación del Imperio no libramos guerras.
    Solamente ganamos batallas. Siempre hemos doblegado a nuestros enemigos con el simple propósito de hacerles entender la futilidad de desafiar el poder del Imperio. Pero ahora ha surgido un enemigo oculto en nuestras propias ciudades, en nuestras propias calles, con el rostro de nuestros propios vecinos…
    Jamás hubiera imaginado que tres años después de alistarme acabaría viéndome obligada a rescatar mi propio planeta de las garras de unos malditos terroristas.
    Cuando el alto mando recibió informes de que en el puerto ciudad de Salline, mi ciudad natal, se había desarrollado una célula rebelde de reclutamiento, se tomó la decisión inmediata de erradicar la infección antes de que se propagase. La Oficina de Seguridad Imperial se ocupó personalmente de arrestar a decenas de colaboracionistas en apenas unos días, pero entonces el consejo de la ciudad reveló su verdadera naturaleza e inició una serie de protestas que hizo que la mitad de la ciudad se alzara contra nosotros. Traidores y corruptos. Miles de mis conciudadanos fueron hábilmente corrompidos por las mentiras y la propaganda de aquellos terroristas.
    Cualquier capitán de destructor estelar hubiera optado por borrar la ciudad con un bombardeo planetario e incluso el reglamento imperial lo hubiera permitido. Pero por suerte para mí y los inocentes leales al Imperio que aún residían en la ciudad, el coronel Maximilian Veers estaba al mando de la operación y decidió que Salline debía ser pacificada al viejo estilo de las fuerzas de tierra imperiales.
    El coronel desplegó dos AT-AT y los hizo avanzar por la avenida principal, escoltado por varios AT-ST. Mi compañía, la 201 del Cuerpo Móvil de Reconocimiento, tenía como objetivo adelantarse a los pasos del coronel para localizar y eliminar las baterías enemigas que pudieran suponer una amenaza para la vanguardia de nuestro ataque.
    Se había declarado toda la zona central de la ciudad como hostil, por lo que todos los objetivos a la vista serían considerados enemigos del Imperio. Dejé muy claro al resto de mi unidad que independientemente de mi lugar de nacimiento, mi hogar era el Imperio, y no dudaría en disparar a cualquier traidor que encontrásemos, fuera antiguo amigo o vecino. En mi fuero interno, una parte de mí quería eliminar personalmente a toda esa escoria rebelde para purgar mi amada ciudad y devolverla a su plenitud original.
    Mi escuadra estaba formada por cinco andadores de reconocimiento AT-SR lo bastante veloces para atravesar rápidamente las líneas enemigas y sorprender a sus baterías.
    Puede preguntar a mis superiores o subordinados, soy directa y concisa a la hora de dar órdenes. Aproveché mi conocimiento sobre el terreno y conduje a mi escuadra por los tejados, lejos de las barricadas fortificadas de las calles, y entonces desatamos un auténtico infierno con los cañones de repetición de nuestros vehículos sobre todos los puestos de vigilancia y nidos de francotiradores que encontramos. Llegábamos y nos íbamos antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar. Y era lógico. No nos enfrentábamos a un ejército, sino a una milicia absurda con ideales equivocados. No eran rivales para soldados entrenados como nosotros.
    Muy a mi pesar, reconozco que una parte de mí no podía dejar de pensar en Lesa. Nuestra casa no quedaba lejos de la avenida Guildhead, la ruta de avance de las fuerzas AT-AT del coronel Veers. Solo podía esperar que mi prometida hubiera tenido la sensatez suficiente para abandonar el planeta o huir en busca de la protección de las islas cercanas hasta que todo hubiera pasado.
    Nuestra unidad descubrió y acabó con una segunda batería de misiles oculta cuando Veers y su unidad entró en combate y recibió los primeros ataques desde los edificios cercanos. Sin embargo los AT-AT demostraron una vez más su superioridad y poderío arrasando cada planta de los edificios donde se escondían los rebeldes, arrinconando cada vez más a las escasas fuerzas enemigas en el edificio principal del gobierno planetario, en el centro de la ciudad.
    Siempre es algo digno de oírse. Las pisadas de los AT-AT logran sembrar el terror en el corazón de los enemigos del Imperio. Es como una canción que anuncia su inminente derrota. Y es en esos momentos cuando el resto de las tropas de tierra hacemos nuestro trabajo y limpiamos la basura que los gigantescos andadores dejan atrás.
    Recibimos noticias de que un pequeño grupo de insurgentes estaba retirándose apresuradamente hacia los muelles cercanos con la intención de escapar de la batalla. En esos momentos, el coronel Veers derribaba los muros del patio interior del centro de gobierno, por lo que las fuerzas de vanguardia estaban demasiado ocupadas para encargarse de perseguir a los cobardes que huían por las calles.
    Mi unidad y yo recibimos órdenes de interceptarlos y capturar, en la medida de lo posible, a cualquier oficial o responsable de escuadra rebelde.
    No fue difícil. Como he dicho antes, teníamos mejor equipo y entrenamiento. Nuestros AT-RT cayeron desde los tejados como un dragón krayt sobre una cría de bantha. Una simple pasada de nuestros cañones barrió a la mitad de aquella chusma huidiza. Los que quedaron en pie no tardaron en tirar las armas y rendirse ante nosotros.
    Desmonté con el cabo Moryne… quiero decir TX-1478, y esposamos a los prisioneros mientras el resto vigilaba y mantenía el perímetro.
    Ordenamos que el líder de aquella unidad diera un paso al frente para responder a nuestras preguntas, pero nadie hizo un solo movimiento. O al menos así fue hasta que TX-1478 ejecutó a uno de ellos.
    Entonces una mujer menuda y enclenque dio un paso hacia delante. Su equipamiento, militarmente hablando, era ridículo. Vestía un atuendo deportivo lleno de hollín y marcas de quemaduras y hollín a consecuencia del tiroteo y el fuego de mortero. Apenas llevaba un par trinchas de munición cruzadas sobre el pecho y una funda de pistola en la pernera de su pantalón. Un casco de obra con unas gafas de protección coronaban su estúpido atuendo. Sin aquella parafernalia, aquella mujer hubiera sido capaz de hacerse pasar por una simple civil inocente involucrada accidentalmente en la batalla. Le he dado muchas vueltas desde entonces y sigo sin comprender por qué no se deshizo de todo aquel equipamiento antes de que la capturásemos. Hubiera sido fácil para ella desaparecer entre los escombros vestida como una civil cualquiera…
    En cualquier caso, aquella mujer dejó caer su casco y las gafas protectoras frente a nosotros. Solo entonces reconocí su rostro, incluso bajo aquella capa de suciedad y sangre. Habíamos pasado tres años separadas, pero nos habíamos estado enviando holomensajes durante todo ese tiempo. Sé que han accedido a las grabaciones y habrán podido confirmarlo.
    Ella no actuó de forma diferente en ningún momento. No mostró ninguna opinión de descontento sobre nuestro Imperio ni expresó nada parecido a la simpatía por los insurgentes rebeldes. Tampoco intentó sonsacarme ninguna información sobre nuestros destinos o misiones durante todas nuestras conversaciones. Ella no era ninguna agente rebelde. Solamente era… Lesa.
    Y eso es lo que más me aterroriza. Lo que sé que consume de miedo a los altos mandos bajo el silencio sepulcral y la presencia de esos uniformes tan impolutos. La Alianza Rebelde no tiene un rostro tan fácilmente reconocible como el casco blanco de un soldado de asalto. Es algo más oscuro, más traicionero y escurridizo. La Rebelión puede ser cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier momento…
    Lesa traicionó al Imperio y me traicionó a mí. Jamás supo quién era la persona bajo la armadura que apretó el gatillo.
    Así que ahí tienen mi declaración. Soy culpable de eliminar sin autorización a una cabecilla rebelde y asumiré el castigo que mis superiores consideren apropiado, pero destápense los oídos y escúchenme bien después de escarbar en los restos de mi insignificante vida: soy una soldado de asalto imperial y serviré a mi Emperador, en la vida o en la muerte. Y si vuelvo a toparme con uno de esos asquerosos rebeldes en el campo de batalla, juro que haré que se arrepientan del día en el que contaminaron mi planeta con su pútrida presencia.

  • Star Wars Somnolencia

    Star Wars Somnolencia

    Relato corto Fanfic de Star Wars de Alberto López Calvo

    Mi nombre es Galtraan. Pertenezco a la raza de los jailianos, una especie poco extendida por la galaxia que se caracteriza por ser propensa a quedarse dormida en cualquier momento. Precisamente por eso no solemos abandonar nuestro planeta: podríamos caer presa de la somnolencia en pleno vuelo interplanetario. Yo soy uno de los pocos que se han atrevido a hacerlo y siguen vivos para contarlo, aunque a punto estuve de entrar en el sueño eterno, que es como los de mi especie solemos denominar a la muerte.

    Lo que hice fue desconectar el generador gravitacional de mi nave de modo que cuando salí al espacio, todo lo que no estaba debidamente atado flotaba por el aire. Fue lo que se me ocurrió para permanecer despierto, pues así me obligaba a mantenerme muy activo. Debía agarrarme al asiento con las piernas mientras manejaba los controles de navegación. Tenía que esquivar multitud de objetos y el equipaje cada vez que me desplazaba por la nave. Y si en un momento dado me quedaba dormido a pesar de todo, siempre podía despertarme por un golpe propiciado por una maleta o cualquier otro elemento.

    Así sucedió en una ocasión. Activé la hiperpropulsión y me quedé dormido. El fallo que cometí fue abrocharme el cinturón —algo inevitable, por otra parte, si quería evitar la potente sacudida de la hipervelocidad—. De esta forma, como no tenía que estar sujetándome al asiento con las piernas, me relajé lo bastante como para dejarme vencer por la somnolencia. Afortunadamente, no pasaron muchos minutos antes de que una caja me golpeara la cabeza con la suficiente fuerza como para hacerme despertar.

    Y así llegué al planeta al que siempre había querido ir: Coruscant, el centro de la galaxia; la ciudad más grande del universo; el lugar de las mil y una oportunidades. Esperaba encontrar allí un trabajo acorde con mi peculiar traba genética. Uno que me mantuviera agobiado constantemente, siempre con tareas por hacer. Pensé que lo mejor sería una fábrica, en concreto una que tuviera una cadena de montaje, y así no me exigirían ninguna clase de conocimientos previos. Tendría que limitarme a ejecutar una serie de operaciones repetitivas que me mantendrían con las manos ocupadas prácticamente durante todo el tiempo.

    Aunque me alegré mucho cuando me contrataron en la primera empresa a la que acudí, pronto me di cuenta de que el gerente no me había prestado atención en absoluto, porque el puesto consistía en alertar de posibles errores en el proceso de fabricación. Me había convertido en el vigilante de una cadena de montaje en la que no había operarios: solo máquinas que construían máquinas. Ahora me daba cuenta de lo retrasado que estaba mi planeta en cuanto a tecnología industrial.

    El caso es que me vi andando sobre una pasarela situada en lo alto de la nave, mirando hacia la multitud de mecanismos y brazos robóticos que había bajo ella. La somnolencia no tardó en hacer acto de presencia. Me costaba mantener la cabeza erguida. Los párpados se entrecerraban a intervalos cada vez menores. Paulatinamente, las piernas me respondían con mayor lentitud. La caída al suelo era algo tan inevitable como la hibernación otoñal lo era para los nuagos de mi planeta.

    Pero justo en aquel momento, mi letargo se vio interrumpido por algo que atravesó el techo y cayó en picado contra la parte central del edificio. Tras quedar destruida toda una sección de la cadena de montaje, se produjo una enorme explosión seguida de otras más pequeñas procedentes de diversos dispositivos. Las chispas eléctricas se entremezclaban con las de las llamaradas. El humo invadió el lugar hasta convertirlo en una sauna asfixiante de atmósfera opaca. Sin pensarlo dos veces, eché a correr hacia la salida de emergencia más próxima, que daba a unas escaleras situadas en uno de los laterales de la nave. Fue entonces cuando, al alzar la vista al cielo, me quedé atónito al observar que se estaba produciendo una batalla aérea de grandes proporciones. Cazas, cruceros y fragatas de diversos tamaños se repartían fogonazos láser mientras volaban de un lado a otro, conformando lo que bien podría haber sido un espectáculo visual de gran belleza.

    Pero la realidad era bien diferente. Las explosiones y la consiguiente lluvia de metal dejaban claro que aquello era algo muy serio. La República se enfrentaba una vez más a los separatistas en la lucha por la dominación de la galaxia. Jedi y clones contra droides. Me preguntaba quién iría ganando en aquella ocasión. Tanto que decidí ir a una cantina para enterarme. Fue entonces cuando cometí otro de los errores que jamás debería cometer: ponerme a ver la holotelevisión. Por muy interesante que fuera la información que se estuviera retransmitiendo referente al conflicto, nunca era suficiente para combatir la somnolencia. Así que cuando todos oyeron que un gran crucero separatista, concretamente el perteneciente al General Grievous, se preparaba para realizar un aterrizaje de emergencia sobre la pista próxima al barrio en el que nos encontrábamos, abandonaron el local lo más deprisa que pudieron, olvidándose de mí por completo. Y luego hablan de la hospitalidad de los habitantes de Coruscant…

    Por una vez, me sentí afortunado de ser somnoliento, pues gracias a ello salvé la vida. Al despertarme pocos minutos después, vi que un caza droide se había estrellado en la calle, arrollando durante un extenso recorrido a más de una docena de transeúntes, entre los que reconocí al barman y a varios clientes de la cantina. Lo que son las cosas.

    Y entonces volví a quedarme dormido mientras contemplaba la trágica escena. Como era de esperar, una ciudadana se acercó a mí pensando que había resultado malherido e inconsciente. De nuevo, el destino estuvo de mi parte por medio de la somnolencia: ¡la ciudadana era también una jailiana! Pero eso no es todo. Por si fuera poco, nos enamoramos y al poco tiempo nos casamos. El amor de mi vida no surgió de uno de mis numerosos sueños sino al despertar en medio de una pesadilla.