Star Wars Corazón imperial

Relato corto Fanfic de Star Wars creado por Carlos Rodríguez

TESTIMONIO DE LA SARGENTO DREA SYNN, DESIGNACIÓN HT-3113.

Extractos de la declaración ante el comité de la Oficina de Seguridad Imperial sobre los sucesos acontecidos durante la pacificación de Salline.

En la academia nos enseñaron que la auténtica guerra solo empieza cuando las botas de los soldados de asalto llegan al campo de batalla. Es una verdad que solo asimilas por completo cuando desembarcas de un transbordador enfundada en tu armadura, con un E-11 en tus manos escupiendo fuego bláster y teniendo a tus hermanos y hermanas de escuadrón cubriéndote las espaldas.
Los soldados de asalto no retrocedemos ante el miedo, no somos una chusma indisciplinada de egoístas y alborotadores armada con un puñado de rifles de segunda mano. Somos el muro de contención entre el orden y el caos en medio de una galaxia enloquecida por la guerra. Nuestras pulidas armaduras blancas han llevado la paz y el orden a miles de mundos incivilizados. Hemos extendido la doctrina imperial más allá de donde los cartógrafos más intrépidos se atreven a explorar. Somos el rostro de una generación de guerreros. El corazón del Ejército Imperial. Nuestros nombres no significan nada durante el servicio porque actuamos como un solo ser y servimos a un único propósito: cumplir la voluntad de nuestro Emperador.
No negaré que la lealtad no fue lo único por lo que me alisté en el ejército. Siempre quise aspirar a algo mejor. Dejé a Lesa, mi prometida, con la promesa de un retorno glorioso y los ahorros necesarios para empezar una nueva vida juntas en cuanto me hubiera graduado. Por algún motivo, decidí que la mejor forma de conseguirlo era lanzarme al sueño de viajar por la galaxia, conocer mundos y aprender el más noble de los oficios: proteger a mi Imperio. Pero entonces, sin que nadie pudiera haberlo previsto, ese asqueroso rebelde consiguió lo que parecía imposible: destruir la Estrella de la Muerte. Todos conocemos las cifras. Cientos de miles de vidas imperiales sesgadas en un instante. Pero lo peor vino después. A partir de ese día, la amenaza de un simple puñado de disidentes se fue incrementando exponencialmente hasta llevar el caos a todos los sistemas.
Mis padres sufrieron las consecuencias de la guerra civil entre la República y la Confederación de Sistemas Independientes. La galaxia parece tener una abrumadora facilidad para olvidar la paz de la que hemos disfrutado todos estos años, la misma paz que tan duramente hemos conseguido mantener con sangre, sudor, lágrimas y vidas imperiales.
Desde que nuestro Emperador declaró la fundación del Imperio no libramos guerras.
Solamente ganamos batallas. Siempre hemos doblegado a nuestros enemigos con el simple propósito de hacerles entender la futilidad de desafiar el poder del Imperio. Pero ahora ha surgido un enemigo oculto en nuestras propias ciudades, en nuestras propias calles, con el rostro de nuestros propios vecinos…
Jamás hubiera imaginado que tres años después de alistarme acabaría viéndome obligada a rescatar mi propio planeta de las garras de unos malditos terroristas.
Cuando el alto mando recibió informes de que en el puerto ciudad de Salline, mi ciudad natal, se había desarrollado una célula rebelde de reclutamiento, se tomó la decisión inmediata de erradicar la infección antes de que se propagase. La Oficina de Seguridad Imperial se ocupó personalmente de arrestar a decenas de colaboracionistas en apenas unos días, pero entonces el consejo de la ciudad reveló su verdadera naturaleza e inició una serie de protestas que hizo que la mitad de la ciudad se alzara contra nosotros. Traidores y corruptos. Miles de mis conciudadanos fueron hábilmente corrompidos por las mentiras y la propaganda de aquellos terroristas.
Cualquier capitán de destructor estelar hubiera optado por borrar la ciudad con un bombardeo planetario e incluso el reglamento imperial lo hubiera permitido. Pero por suerte para mí y los inocentes leales al Imperio que aún residían en la ciudad, el coronel Maximilian Veers estaba al mando de la operación y decidió que Salline debía ser pacificada al viejo estilo de las fuerzas de tierra imperiales.
El coronel desplegó dos AT-AT y los hizo avanzar por la avenida principal, escoltado por varios AT-ST. Mi compañía, la 201 del Cuerpo Móvil de Reconocimiento, tenía como objetivo adelantarse a los pasos del coronel para localizar y eliminar las baterías enemigas que pudieran suponer una amenaza para la vanguardia de nuestro ataque.
Se había declarado toda la zona central de la ciudad como hostil, por lo que todos los objetivos a la vista serían considerados enemigos del Imperio. Dejé muy claro al resto de mi unidad que independientemente de mi lugar de nacimiento, mi hogar era el Imperio, y no dudaría en disparar a cualquier traidor que encontrásemos, fuera antiguo amigo o vecino. En mi fuero interno, una parte de mí quería eliminar personalmente a toda esa escoria rebelde para purgar mi amada ciudad y devolverla a su plenitud original.
Mi escuadra estaba formada por cinco andadores de reconocimiento AT-SR lo bastante veloces para atravesar rápidamente las líneas enemigas y sorprender a sus baterías.
Puede preguntar a mis superiores o subordinados, soy directa y concisa a la hora de dar órdenes. Aproveché mi conocimiento sobre el terreno y conduje a mi escuadra por los tejados, lejos de las barricadas fortificadas de las calles, y entonces desatamos un auténtico infierno con los cañones de repetición de nuestros vehículos sobre todos los puestos de vigilancia y nidos de francotiradores que encontramos. Llegábamos y nos íbamos antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar. Y era lógico. No nos enfrentábamos a un ejército, sino a una milicia absurda con ideales equivocados. No eran rivales para soldados entrenados como nosotros.
Muy a mi pesar, reconozco que una parte de mí no podía dejar de pensar en Lesa. Nuestra casa no quedaba lejos de la avenida Guildhead, la ruta de avance de las fuerzas AT-AT del coronel Veers. Solo podía esperar que mi prometida hubiera tenido la sensatez suficiente para abandonar el planeta o huir en busca de la protección de las islas cercanas hasta que todo hubiera pasado.
Nuestra unidad descubrió y acabó con una segunda batería de misiles oculta cuando Veers y su unidad entró en combate y recibió los primeros ataques desde los edificios cercanos. Sin embargo los AT-AT demostraron una vez más su superioridad y poderío arrasando cada planta de los edificios donde se escondían los rebeldes, arrinconando cada vez más a las escasas fuerzas enemigas en el edificio principal del gobierno planetario, en el centro de la ciudad.
Siempre es algo digno de oírse. Las pisadas de los AT-AT logran sembrar el terror en el corazón de los enemigos del Imperio. Es como una canción que anuncia su inminente derrota. Y es en esos momentos cuando el resto de las tropas de tierra hacemos nuestro trabajo y limpiamos la basura que los gigantescos andadores dejan atrás.
Recibimos noticias de que un pequeño grupo de insurgentes estaba retirándose apresuradamente hacia los muelles cercanos con la intención de escapar de la batalla. En esos momentos, el coronel Veers derribaba los muros del patio interior del centro de gobierno, por lo que las fuerzas de vanguardia estaban demasiado ocupadas para encargarse de perseguir a los cobardes que huían por las calles.
Mi unidad y yo recibimos órdenes de interceptarlos y capturar, en la medida de lo posible, a cualquier oficial o responsable de escuadra rebelde.
No fue difícil. Como he dicho antes, teníamos mejor equipo y entrenamiento. Nuestros AT-RT cayeron desde los tejados como un dragón krayt sobre una cría de bantha. Una simple pasada de nuestros cañones barrió a la mitad de aquella chusma huidiza. Los que quedaron en pie no tardaron en tirar las armas y rendirse ante nosotros.
Desmonté con el cabo Moryne… quiero decir TX-1478, y esposamos a los prisioneros mientras el resto vigilaba y mantenía el perímetro.
Ordenamos que el líder de aquella unidad diera un paso al frente para responder a nuestras preguntas, pero nadie hizo un solo movimiento. O al menos así fue hasta que TX-1478 ejecutó a uno de ellos.
Entonces una mujer menuda y enclenque dio un paso hacia delante. Su equipamiento, militarmente hablando, era ridículo. Vestía un atuendo deportivo lleno de hollín y marcas de quemaduras y hollín a consecuencia del tiroteo y el fuego de mortero. Apenas llevaba un par trinchas de munición cruzadas sobre el pecho y una funda de pistola en la pernera de su pantalón. Un casco de obra con unas gafas de protección coronaban su estúpido atuendo. Sin aquella parafernalia, aquella mujer hubiera sido capaz de hacerse pasar por una simple civil inocente involucrada accidentalmente en la batalla. Le he dado muchas vueltas desde entonces y sigo sin comprender por qué no se deshizo de todo aquel equipamiento antes de que la capturásemos. Hubiera sido fácil para ella desaparecer entre los escombros vestida como una civil cualquiera…
En cualquier caso, aquella mujer dejó caer su casco y las gafas protectoras frente a nosotros. Solo entonces reconocí su rostro, incluso bajo aquella capa de suciedad y sangre. Habíamos pasado tres años separadas, pero nos habíamos estado enviando holomensajes durante todo ese tiempo. Sé que han accedido a las grabaciones y habrán podido confirmarlo.
Ella no actuó de forma diferente en ningún momento. No mostró ninguna opinión de descontento sobre nuestro Imperio ni expresó nada parecido a la simpatía por los insurgentes rebeldes. Tampoco intentó sonsacarme ninguna información sobre nuestros destinos o misiones durante todas nuestras conversaciones. Ella no era ninguna agente rebelde. Solamente era… Lesa.
Y eso es lo que más me aterroriza. Lo que sé que consume de miedo a los altos mandos bajo el silencio sepulcral y la presencia de esos uniformes tan impolutos. La Alianza Rebelde no tiene un rostro tan fácilmente reconocible como el casco blanco de un soldado de asalto. Es algo más oscuro, más traicionero y escurridizo. La Rebelión puede ser cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier momento…
Lesa traicionó al Imperio y me traicionó a mí. Jamás supo quién era la persona bajo la armadura que apretó el gatillo.
Así que ahí tienen mi declaración. Soy culpable de eliminar sin autorización a una cabecilla rebelde y asumiré el castigo que mis superiores consideren apropiado, pero destápense los oídos y escúchenme bien después de escarbar en los restos de mi insignificante vida: soy una soldado de asalto imperial y serviré a mi Emperador, en la vida o en la muerte. Y si vuelvo a toparme con uno de esos asquerosos rebeldes en el campo de batalla, juro que haré que se arrepientan del día en el que contaminaron mi planeta con su pútrida presencia.

Publicado por Gorka Salgado

Fan de Star Wars y coleccionista de sus libros, cómics y revistas

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