Etiqueta: Bell Zettifar

  • Reseña y curiosidades del cómic The High Republic Adventures Annual 2021

    Reseña y curiosidades del cómic The High Republic Adventures Annual 2021

    Escrito por Mario Tormo

    IDW acaba el año con esta pequeña antología de relatos en la que podemos conocer nuevos detalles de los protagonistas gracias a los cinco autores de la Alta República, que participan de manera conjunta en este primer anual de la serie. Sigue leyendo para conocer todos los detalles.

    • Título: Set for life
      • Guión: Charles Soule
      • Dibujo y color: Sam Beck
    • Título: Not stone unturned
      • Guión: Claudia Gray
      • Dibujo: Jason Loo
      • Color: Megan Huang
    • Título: First mission
      • Guión: Justina Ireland
      • Dibujo y color: Yael Nathan
    • Título: Crash and the crew do what they do
      • Guión: Daniel José Older
      • Dibujo y color: Jesse Lonergan
    • Título: The haul
      • Guión: Cavan Scott
      • Dibujo y color: Stefano Simeone
    • Editado: 15 de Diciembre de 2022 (USA)
    • Idioma: Inglés
    • Editorial: IDW
    • Páginas: 32
    • Precio: 7.99 $

    Historia (con spoilers)

    • Set for life

    El puesto de avanzada Jedi de Elphrona recibe un aviso para atender un derrumbe en una mina. Loden Greatstorm y Bell Zettifar acuden para auxiliar y al entrar en la montaña se encuentran con un minero atrapado dentro. Estaba empeñado en sacar un enorme cristal de dentro. Finalmente, y con ayuda de la Fuerza Loden consigue rescatar al minero.

    • Not stone unturned

    Leox, Affie y Geode se ven sorprendidos por los locales en mitad de una misión para hacerse con una reliquia de unas ruinas que debían estar despobladas. Al verse rodeados Leox toma la decisión de devolver la gema solar a sus dueños. Y además les ayudan a que pueda tomar ocupar el lugar exacto para que, como manda la tradición, ilumine el camino de los profetas.

    • First mission

    Vernestra llega como padawan a Hynestia y rápidamente se ve inmersa en su primera misión. Supervisar un banquete que servirá como antesala de la firma de un acuerdo entre hynestianos y hutts. Allí Rwoh detecta que se van a servir unas bebidas de frutos povo que los gusanos galácticos verían como un insulto. Pero al evitar el incidente diplomático se revela la trampa. Todo era un ardiz de Jabba y los suyos para no firmar el acuerdo. Detenidos todos la reina Nyla agradece a los Jedi su intervención prometiendo exponer a los malhechores ante el Consejo Hutt.

    • Crash and the crew do what they do

    Lina Soh acude a Corellia y Crash y su equipo son los encargados de vigilar que no ocurra nada en su visita a Ciudad Coronet. En el subsector siete Prybolt detecta un scavdroid que interfiere las comunicaciones. Smeemarm también detecta otro en los túneles. Y aunque consiguen abatirlos a tiempo todo era una treta perpetrada por Respriler junto con Sabata para preparar su próximo ataque…

    • The haul

    En Quilken el Tormenta Slombo lidera un ataque a una cámara repleta de tesoros. Y entonces Lourna Dee hace acto de presencia para ayudar con la carga pero sobre todo para apuntarse el tanto. Pero cuando abren la cámara se encuentran con la sorpresa de que dentro estaba esperando Porter Engle. Dee consigue escapar pero el Jedi acaba con la amenaza Nihil capturando a Slombo.

    Opinión

    • Set for life

    Charles Soule nos ofrece una aventurilla en Elphrona con Bell y Loden que permite ver un poquito mejor cómo era la vida en aquel puesto avanzado antes del Gran Desastre. Sam Beck debuta en la saga ofrece unos dibujos muy bonitos que no sólo recuperan toda la imaginería ya establecida para el planeta si no que además ofrece algunos elementos que no habíamos podido ver antes, como los Vanguards.

    • Not stone unturned

    Claudia Gray nos cuenta una pequeña misión de la tripulación de la Nave que sucedería tras el High Republic Adventures #7 y antes de su novela que abre la tercera (y última) ola de la primera fase de la Alta República, The Fallen Star. Es interesante ver cómo se las apañan Leox y Affie cuando no están como los Jedi, y es que este grupo son una suerte de cazarrecompensas muy divertidos y entretenidos. Y Geode nunca decepciona.El dibujo de Loo, que ya hemos podido ver en otros números de Star Wars Adventures, ofrece un divertido laberinto y un monumento final que recuerda mucho a una togruta.

    • First mission

    Justina retoma a su personaje de inicio, para volver un poquito mas atrás y contarnos su primera misión (y lección) como padawan. Tenemos la primera aparición del Templo de Hynestia, de Jabba y de una nueva Jedi, la Maestra kel dor Lynela Kabe-Oyu. Una interesante puesta en escena para estos personajes dibujada por Yael Nathan, que después de dibujar varias portadas variantes para la serie consigue dibujar varias viñetas.

    • Crash and the crew do what they do

    Como ampliamos en las curiosidades Older ha aprovechado su pequeña historia para tejer y ampliar momentos previos a su novela de la tercera ola. Además ha contado con el precioso, increíble, detallista y lleno de mil aventuras más, dibujo de Jesse Lonergan. Es la primera vez que el artista ilustra viñetas para la saga y, por favor, queremos que no sea la última. Su trabajo, no sólo el dibujo, si no esos colores tipo acuarelas, son una auténtica obra de arte. Además, como detalle, el diseño de Coronet City creado por Lonergan incluye estructuras que recuerdan al diseño de esta ciudad en Leyendas, como en la ilustración de Mark Molnar.

    • The haul

    La escrita por Cavan Scott es la segunda gran historia en cuanto a la parte artística. El dibujo de Steffano Simeone, que también hace la portada, es una maravilla. Ya había hecho varios números de Star Wars Adventures y es de esos artistas por los que vale la pena comprar el número en papel. Su estilo es único y rápidamente consigue queremos fijarnos en cada uno de los detalles. Sus personajes son agresivos, terribles, afilados y muy, muy dinámicos. Cavan Scott por su parte nos cuenta una aventura que sucedería tras su audionovela Tempest Runner, y seguimos viendo a Lourna Dee en su faceta mas egoísta.

    Curiosidades

    Tenemos la aparición de la primera imagen de un Vanguard, tal y como leímos en la novela Luz de los Jedi. Estos vehículos sustituían a los Vectores ya que los campos magnéticos impedían el vuelo de éstos.

    Como mentaba en Twitter DJO, los The High Republic Adventures #11, #12 y #13, junto con este pequeño relato, conforman una pequeña trilogía que sirve de precuela a la novela Midnight Horizon de la tercera ola.

    El personaje de Alys «Crash» Ongwa es un homenaje a la escritora Alyssa Wong, que se encarga actualmente de la serie Doctora Aphra. En su cuenta de Twitter Older comentó que un día le pregunto a Wong cómo sería si fuese un personaje de Star Wars, y ella contestó que «sería la jefa estresada y caótica de una banda de asesinos», Daniel José cambió lo de asesinos por guardaespaldas y ya lo tenía.

    Muglan es un Nihil que Cavan introdujo por primera vez en la audionovela Tempest Runner y que luego ha ido apareciendo en Star Wars The High Republic de Marvel a partir del número #10.

    Conclusión

    Una bonita antología que sirve como refuerzo y celebración del trabajo conjunto que llevan haciendo los cinco autores del Proyecto Luminous. Esperemos que, bajo el paraguas de Dark Horse, podamos seguir viendo estos especiales. El próximo sería el Galactic Bake-Off Spectacular, que tiene prevista su salida el 19 de Enero de 2022.

    Reseñas de números anteriores

  • Entrevista a Cavan Scott: Los misterios y eventos que alteran la Galaxia en su nueva novela

    Entrevista a Cavan Scott: Los misterios y eventos que alteran la Galaxia en su nueva novela

    Por Gorka Salgado

    Star Wars The High Republic: The Rising Storm, de Cavan Scott, es la segunda novela de la segunda ola de publicaciones de The High Republic, continuando justo después de los eventos de la primera novela de la serie, titulada Light of the Jedi/Luz de los Jedi (Charles Soule). The Rising Storm está lleno de momentos asombrosos. StarWars.com se puso al día con Scott para profundizar en el territorio de los spoilers. Desde la evolución de Marchion hasta el viaje de Elzar hasta ese final impactante… nada estaba fuera de los límites. Bueno, excepto quizás esa pregunta sobre el «Leveler» (¿Nivelador?)…


    StarWars.com: Marchion Ro es el villano principal de los Nihil en la serie y ocupa un lugar central en The Rising Storm. Si bien no necesariamente comenzó en el papel de liderazgo más tradicional en la primera novela, Light of the Jedi, lo hace suyo a lo largo de The Rising Storm, todo mientras plantea más preguntas a los lectores que respuestas. ¿Cómo te aseguras de que se mantenga como un malvado icónico de Star Wars , al mismo tiempo que ofrece a los lectores una nueva visión?

    Cavan Scott: Realmente luché al principio para saber si deberíamos ver dentro su cabeza. Mi primer instinto fue que nunca deberíamos ver en su cabeza. Pero luego seguí escribiendo escenas cuando hice exactamente eso. Porque es tan fascinante y porque no quería que fuera un cifrado en el libro. Lo encuentro un villano fascinante porque es un gran manipulador. No es necesariamente un gran planificador, como hemos visto con el Emperador o, hasta cierto punto, con Maul, y definitivamente con Dooku. Pero es alguien que se deja llevar por los golpes y reacciona muy, muy rápido, y creo que es por eso que lo encuentro tan interesante y por lo que da tanto miedo. Porque es muy difícil de derribar. Cuando crees que lo estás derribando, inmediatamente se le ocurre un nuevo plan, y la mayor parte del tiempo, saldrá victorioso al final.

    Así que sí, empecé a pensar que nunca entraría en el, y luego me encontré haciéndolo una y otra vez. Y me sorprendió a mí mismo con algunas de las formas en que ve el mundo y algunas de las personas con las que habla. Quieres darte espacio para sorprenderte con tus personajes, y definitivamente Marchion Ro me sorprendió. Y parte de la relación que tiene con su padre que no ha desaparecido, sigue ahí, lo que ha abierto muchas posibilidades para el futuro.

    StarWars.com: Los nefastos planes de Marchion Ro para la Feria de la República son una parte central de The Rising Storm. Y la Feria en sí parece fácilmente identificable: se siente como Disneyland, o incluso como una celebración de Star Wars. Y le das vida a este mundo de la Feria y construyes la tensión que condujo al ataque masivo de los Nihil cortando entre nuestros héroes principales y los asistentes a la Feria. ¿Por qué fue importante para ti lograr este equilibrio único en esta historia?

    Cavan Scott: Porque estas historias no pueden ser solo sobre los Jedi, ¿sabes?. Se trata de consecuencias. Los Nihil, lo que deciden hacer y por qué deciden hacerlo, también: todo ese curso de acción que lleva a Marchion Ro a tomar la decisión de que sí, van a golpear a Valo, y luego, por otro lado, de eso, los Jedi y la República y la Canciller y su arrogancia, sobre lo que creen, que van a salirse con la suya y lo que será la Feria de la República… necesitas ver el efecto que tendrá en la gente real.

    Y estaba pensando en los Juegos Olímpicos de Londres y yendo al Parque Olímpico y simplemente en una especie de emoción en esa sala, y sí, yendo a parques temáticos y convenciones. He estado asistiendo a convenciones durante años y puedes simplemente imaginar lo que sería el caos en un lugar como ese si algo sucediera. Y vemos cosas como esas que suceden en momentos terribles en las noticias, en eventos públicos donde algo malo sucede. Sabía que no podía pasar mucho tiempo con esas personas porque tenía historias más importantes con los jugadores principales que tenía que contar. Pero tenía que demostrar por qué los Jedi deberían preocuparse por salvarlo. No sólo porque es algo abstracto, que hay mucha gente aquí, es una celebración, se trata de la República, «todos somos la República», pero no, se trata del niño que quiere una Ronto Wrap, o lo que sea, y está siendo regañado por su madre allí y deberían estar al otro lado del parque. Y esas personas que realmente no saben que algo se avecina. Está en la mejor tradición de las películas de desastres. Esos son los momentos que ves. Y son los momentos que lo hacen realidad.

    No necesariamente pasas mucho tiempo con ellos, pero sabes que estás viendo un destello de vida que puedes reconocer. Creo que eso fue importante para mí. Siendo padre de niños pequeños ahora, sabiendo lo aterrador que sería pensar: «Traje a mi familia a este lugar y ha sucedido algo realmente malo». No creo que Star Wars sea el lugar adecuado para concentrarse en eso durante 400 páginas, ya sabes, y contar esa historia porque es un tipo de historia muy, muy diferente. Pero para que estos eventos tengan consecuencias y significado, tienes que tocar esas vidas. Porque luego tienes esos momentos en los que te das cuenta de que «sí, estamos en el espacio, sí, estamos en planetas diferentes, sí, hay naves espaciales cayendo del cielo, pero hay personas reales sobre las que caen». Y creo que eso es lo importante en este tipo de historias.

    StarWars.com: Has mencionado «consecuencias» varias veces. En el caos del ataque Nihil en la Feria de la República vemos a Elzar Mann enfrentarse a algunas consecuencias bastante graves cuando toca el Lado Oscuro. Si bien hemos visto a algunos Jedi coquetear con el Lado Oscuro antes, ¿cómo abordaste este momento con Elzar para hacerlo único?

    Cavan Scott: Quería explorar un Jedi extralimitado y sí, como dices, tocar el Lado Oscuro y luego explorar cómo reacciona ante él. Creo que era importante demostrar que los Jedi pueden arrepentirse y también pueden planear hacer una diferencia después de eso y hacer las paces consigo mismos. Nos dicen que una vez que comiences en ese camino, el Lado Oscuro siempre será parte de tu vida. Pero cuántos de nosotros, en nuestro pasado, especialmente cuando somos más jóvenes y quizás un poco más engreídos, hemos hecho cosas que desearíamos poder cambiar y tienes que dejarlas atrás. Tienes que aprender. Y creo que si nuestros héroes van a ser verdaderos héroes, también deben tener esos momentos. Para mí, sí, quería tener un Jedi que toca el Lado Oscuro, que coquetea con él con la mejor de las intenciones; ahí es cuando el Lado Oscuro es más peligroso. Lo hemos visto antes en Dooku y Anakin, el Lado Oscuro usa esas mejores intenciones contra las personas que las tienen. Y eso es exactamente lo que le pasa a Elzar. No es completamente inocente. Pero en el mismo momento en que sucede se da cuenta de lo que ha hecho. Y luego no quiere ahondar más en eso. Se da cuenta de que necesita hacer algo al respecto. Y quiere pedir ayuda. Creo que, en todo caso, un héroe que pide ayuda es algo fascinante de explorar. Nos permite explorar la relación entre Elzar y Stellan y el hecho de que, ya sabes, ¿a quién recurres cuando realmente te has decepcionado y [te das cuenta] de lo peligroso que es el camino en el que estás? Tener la tranquilidad y el estado de ánimo de ir a ver a un amigo y decirle: «Necesito ayuda», era algo que quería conseguir. Eso es algo sobre lo que podemos construir para el futuro.

    StarWars.com: Hablando de la relación de Elzar y Stellan… en Light of the Jedi vemos la historia de Elzar/Avar, pero The Rising Storm es realmente la historia de Elzar/Stellan. Aún no hemos visto a estos tres unirse, lo que convierte a Elzar en el tejido conectivo entre los dos. Para ti, ¿qué quieres que los lectores se lleven de la relación Elzar/Stellan que quizás no hayamos visto en la relación Elzar/Avar?

    Cavan Scott: Creo que es muy importante que sean personas diferentes con quien sea que estén. Puedes ser la misma persona, pero muestras un lado diferente de ti mismo. Y sí, todavía no los hemos visto a los tres juntos, y creo que será muy interesante cuando lo hagamos porque sabemos cómo funcionan las unidades individuales y será una dinámica completamente diferente cuando estén todos en la misma habitación juntos.

    Obviamente, Elzar tiene sentimientos muy profundos por Avar. Y, ya sabes, si has leído los libros, sabes que no es exactamente igual para ella. Pero siendo Avar, sigue el camino que siente que se le ha trazado. Al igual que Stellan, hasta cierto punto. Y Elzar es quizás el que los humaniza a ambos. Ya sea porque él es el que necesita la ayuda, o es el que hace estallar su burbuja y dice: «Recuerda, nos conocíamos, solíamos ir a robar cosas en el Templo y solíamos hacer travesuras». De nuevo, creo que es el humanizador de los tres. Él les recuerda a todos, incluido él mismo, que no puedes tomarte a ti mismo de manera demasiado importante, no puedes tomarte a ti mismo demasiado en serio.

    Además tenía muchas ganas de explorar la amistad entre dos chicos de la Orden y explorar cómo es que una persona de un grupo sienta que tal vez te has quedado atrás, porque siempre has dicho: “No soy parte de un grupo. De esto, puedo hacer lo mío”- pero entonces sus dos mejores amigos se elevan súbitamente y uno se queda ahí: ‘Bueno, ¿qué estoy yo haciendo entonces?’ Porque creo que muchos de nosotros lo hemos experimentado.

    ¡Hay tanto que puedes explorar con esos tres! Son muy similares y también muy, muy diferentes al mismo tiempo. Y entonces me dio la oportunidad de mostrar que Stellan es el chico del cartel de los Jedi, y me dio tres formas de verlo: tienes la forma en que otras personas lo miran, que es muy diferente a cómo se ve a sí mismo, y luego muy diferente a cómo lo ve Elzar, porque probablemente Elzar lo conoce mejor que nadie, incluido él mismo. Ese tipo de dinámicas realmente ayudan a explorar diferentes aspectos de un personaje.

    StarWars.com: Además del debut en la novela de Stellan, nos presentan a muchos personajes nuevos en The Rising Storm, incluida una representación queer prominente en la ex-Jedi convertida en cazadora de monstruos Ty Yorrick, el hijo de la Canciller Soh, Kitrep y el hijo del alcalde de la ciudad de Lonisa, Jom. Como escritor de The High Republic , ¿por qué es importante incluir este tipo de visibilidad?

    Cavan Scott: Porque, de nuevo, se trata de que le sucedan cosas increíbles a las personas que viven vidas normales. Y para mí, ya sabes, el mundo en el que vivo, ese es el mundo que veo a mi alrededor. Quiero incluir esas historias en los mundos que creo, ya sea Star Wars o en cualquier otro lugar. Y lo que es más importante para mí, no quería que sus historias fueran historias por su sexualidad. Y creo que mucha gente se obsesiona con esto, que hablamos de estos personajes y decimos: «Es por su sexualidad que están allí», pero no, esa es la historia que están viviendo.

    Entonces, la historia de Kip y Jom, ya sabes, podría ser muy fácilmente un niño y una niña, o dos niñas. Lo importante es que es un chico que está increíblemente alienado de alguna manera y fuera de su zona de confort, no se siente cómodo en su propia piel, y encuentra a alguien que lo completa. Y no fue una gran declaración, simplemente, esa es la historia que vino cuando estaba escribiendo esos personajes. Esa era su relación. Porque es una relación que veo en mis amigos, es una relación que veo en mi comunidad y es una relación que todos conocemos en todas nuestras comunidades. Y creo que también debería estar en la galaxia muy, muy lejana.

    StarWars.com: Desde dos niños que encuentran el amor en la Feria de la República hasta el final desgarrador, The Rising Storm realmente lleva a los lectores a un viaje increíble. ¡Y no podríamos tener una entrevista llena de spoilers sin hablar de ese final! Mencionaste anteriormente que la historia de pérdida de Bell Zettifar era una gran parte de su arco que estabas emocionado de explorar. Vemos esto casi resuelto cuando finalmente se reunió con su maestro, Loden Greatstorm. Pero luego todo se rompe de nuevo en la página final. ¿Por qué elegir este doloroso camino para Bell y Loden?

    Cavan Scott: Porque pones a tus personajes en las peores situaciones posibles. Siempre tienes que hacerlo. Ahora estamos en la zona de los spoilers: Loden siempre iba a tener ese final. Cuando se creó Loden, ese momento se reservó para él en el futuro. Hubo un momento en el que me preguntaba: «¿Bell es el que lo encuentra en esos momentos finales?» Pero sí, quieres quitarles la alfombra a tus lectores y hay [ese] momento en el que tienes un verdadero instante de dar puñetazos en el aire cuando el sable láser de Loden vuela hacia su mano y él dice: «Señala a los malos». Y piensas: “¡Han vuelto! ¡Y van a estar bien!» Y Loden obviamente está muy mal. Pero crees que todo va a estar bien, y es una pequeña victoria falsa. Porque necesitas ese momento final.

    Y ese momento… es muy importante para todo lo que hemos planificado de La Alta República. Esa última página estaba allí en los primeros días en los que discutimos La Alta República. Y, como digo, pobre Loden. Siempre iba por ese camino. Y realmente quería subrayarlo. Y quería subrayar ese dolor. Y también, tal vez, no sé si será un consuelo para Bell en el futuro, pero lo consiguió una vez más cuando luchó junto a su Maestro. No sé si eso lo mejora o empeora. Supongo que tendremos que ver.

    StarWars.com: ¿Nos atrevemos a preguntar qué es el Nivelador?

    Cavan Scott: [ Risas ] ¡Puedes preguntar! Pero no podré decírtelo.

    StarWars.com: ¡Muy bien! Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿Qué sigue para los lectores? Hay mucha más historia que contar, claramente, y tienes varios proyectos en proceso, incluido El Monstruo de Temple Peak con Ty Yorrick y el audiodrama Tempest Runner con Lourna Dee. ¿Qué te emociona que los lectores vean a continuación?

    Cavan Scott: Bueno, como dices, hay mucho por venir. Estoy emocionado de que la gente escuche Tempest Runner. En este momento, mientras hablamos, estoy dando los toques finales al borrador del guión para que se grabe ahora. Me ha dado la oportunidad de volver a dos personajes que no esperaba amar tanto, que son Lourna y Pan, que se han vuelto muy, muy queridos para mí, lo cual es muy extraño decir sobre dos personas que son tan horribles. Pero tengo bastantes precedentes en Star Wars para tomar a un villano, profundizar en su pasado y descubrir qué los hizo de esa manera. Entonces, con suerte, sucederá algo similar con Lourna. Creo que va a desempeñar un papel bastante importante en el avance de La Alta República.

    Ha sido interesante escribir este libro porque obviamente escribí escenas con Avar, haciendo cosas con el Faro Starlight, y luego puedo escribir cuáles son esas escenas [para los cómics]. Eso fue muy divertido. Las consecuencias para Avar también, y lo que eso significa para Keeve, Sskeer y todos en Starlight. Porque tendrán que lidiar con el hecho de que no estaba en Valo. Y creo que esa será una parte importante de su historia. Debido a que ella es la Héroe de Hetzal, ella es la que unió a todos. Y ella no estaba allí [en Valo] para hacerlo. Entonces, hay muchas preguntas que debe hacerse: ¿Qué hubiera pasado si ella hubiera estado allí en lugar de Stellan? ¿Cómo va a afectar eso a su relación [con] Stellan? ¿Y por qué no estaba ella allí? ¿Quién fue el responsable de que ella estuviera a medio camino del Borde Exterior y más allá? Estoy emocionado de que la gente también haga un seguimiento. Las ramificaciones de la Feria de la República retumban desde hace mucho tiempo para todos los involucrados. No solo los Jedi, no solo la República, no solo la Canciller, también para los Nihil. Realmente han marcado su territorio ahora, y no será fácil para ellos seguir adelante. La República volverá luchando.

    Dijimos que la primera oleada de libros fue como la secuencia previa al título. Realmente creo que esta segunda oleada es el primer acto. Hay mucho más que contar.

    ¿Y cuál es el incidente incitador en La Alta República? ¿Es el Gran Desastre o es el último capítulo de The Rising Storm? Esa es una pregunta que creo que la gente debería hacerse…


    Enlace original en StarWars.com

  • ¿Quién es el mejor personaje de Star Wars The High Republic?

    ¿Quién es el mejor personaje de Star Wars The High Republic?

    Traducido por: Nemesith

    Una de las mejores cosas que tiene Star Wars es que inspira a continuos debates y opiniones sobre una gran cantidad de diversos temas. ¿Quién es el mejor cazarrecompensas? ¿Quién es el Jedi más poderoso? ¿Tiene Salacious B. Crumb (el mono-lagarto bufón de Jabba) el mejor corte de pelo de la Saga? Con ese espíritu, StarWars.com presenta «Desde Cierto Punto de Vista»: Una serie de pros y contras sobre algunos de los problemas más importantes y divertidos de Star Wars. En esta entrega, dos escritores de StarWars.com proponer elegir al mejor personaje de esta nueva entrega de Star Wars: La Alta República.

    Es Bell Zettifar, dice Megan.

    Con la época dorada de los Jedi, Star Wars: La Alta República nos trae muchos personajes nuevos, cada uno creciendo y cambiando a medida que avanza la serie. La heroica Avar Kriss, el incierto Imri Cantaros, la villana Nihil Lourna Dee y, por supuesto, Geode (que no necesita presentación) se encuentra entre mis favoritos. Pero quien muestra mejor lo que significa ser un Jedi en esta época dorada no es otro que Bell Zettifar.

    «Un Padawan que al comienzo de la serie tiene 18 años, toda su vida por delante y una gran cantidad de experiencias por venir. En muchos sentidos, es un arquetipo de Jedi: Una persona que quiere ver el mundo y ser la mejor versión de sí mismo, pero también lucha con la duda y va adquiriendo nuevas habilidades. A Bell le encanta ser un Jedi, y esa es una de las cosas que adoro de él».

    Bell y su Maestro Loden Greatstorm quieren hacer el bien por la Galaxia. También puede ser divertido ver a los Jedi de otra manera, más egoístas o conflictivos. Bell es un ejemplo de uno de mis conceptos favoritos de la Alta República: que las buenas personas también pueden ser complejas. La villanía no es más intelectual o entretenida que ser el bueno.

    Poco después del Gran Desastre Hiperespacial, Loden intenta enseñarle a Bell a caer desde una gran altura y aterrizar ileso mediante el uso de la Fuerza de una manera tranquila y cuidadosa. A Bell le encanta volar en una nave, pero saltar de una no es fácil: Bell tiene miedo y duda de sus habilidades. ¿Quién no lo haría, especialmente si una de las cosas que tenía que hacer para graduarse en la escuela era saltar de un avión y aterrizar de pie sin un paracaídas? Bell cree que es «otra tarea imposible, pero él era un Jedi y a través de la Fuerza todo era posible». Y, de hecho, Bell eventualmente aprende a caer y, lo más importante, a aterrizar con la Fuerza cuando más la necesita.

    Al igual que Luke Skywalker y Obi-Wan Kenobi, Bell y Loden son una pareja reunida por la Fuerza que también tiene algunos problemas «demasiado humanos». La conexión de Bell con su Maestro muestra la fuerza y la contradicción en el núcleo de la estructura de la Orden. Un Maestro y un Padawan son tan cercanos como una familia, pero también se supone que deben abstenerse de excesivos apegos. Eso se pone a prueba cuando Bell piensa que los Nihil han matado a Loden. Una de las parejas Maestro-Padawan más cercanas y poderosas de la serie se convierte en una de las primeras en tener una tragedia personal, a pesar de la inquebrantable creencia de Bell de que la Fuerza está de su lado.

    Esa bondad y amabilidad también se extiende a los animales. El perro mascota de Bell, Ember, añade más fantasía divertida a la historia de este Jedi. Personalmente, siempre me encantan las historias sobre animales fantásticos. Esto fue parte de la razón por la que me gustó Star Wars, extrañas bestias que iban desde mortales hasta tiernas. La Alta República tiene algo de ambos en Ember: feroz y fuerte, también es una compañera leal. En el mejor de los casos, los Jedi unen a personas (y animales) y trabajan juntos para hacer el bien. Mira la conexión de Obi-Wan con el Boga, el varactyl que le proporcionan en Utapau en Star Wars: La Venganza de los Sith, o el vínculo de Ezra Bridger con el Purrgil en Star Wars Rebels. Bell trae este aspecto a la Alta República con la ayuda de un perro leal.

    Una persona que quiere lo mejor para las personas y los animales, pero que tiene sus propios defectos y descubre que la vida no siempre termina como él esperaba: Bell Zettifar es un Jedi en el sentido clásico, lo que lo convierte en uno de los personajes destacados de La Alta República.

    Lo siento, pero Vernestra Rwoh es la luz de los Jedi, dice Kelly

    Vernestra Rwoh destaca entre las filas de los Caballeros Jedi de la Alta República, ¡y no sólo porque fue una de las Padawan más jovenes en pasar sus pruebas! Puede que sea una prodigio, pero no es perfecta. Si buscas un guerrero estoico que se enfrente solo a la oscuridad de la Galaxia, ese no es Vernestra. Ella es todo lo contrario. Y eso es lo que la hace genial. Vernestra es solidaria, comprensiva, terrible para volar, inteligente y tenaz. Ella nos muestra lo que los Jedi de cualquier época pueden y deben ser.

    La Caballero Jedi Mirialana tiene solo 16 años cuando los lectores la conocen en Star Wars: La Alta República: Una Prueba de Valor de Justina Ireland. La Fuerza le habla a Vernestra en un sueño, guiándola para convertir su espada de luz en un látigo de luz. Si, tiene un sable de luz de hoja púrpura que se convierte en un látigo, y eso no es lo mejor de ella. Una de sus primeras asignaciones fue la de acompañar a la hija de un senador, parece bastante simple. Pero nada es simple cuando eres un Jedi, ¿Verdad?

    Vernestra no solo se hace cargo y guía a sus compañeros cuando sus vidas están en peligro, sino que también guía al Padawan Imri Cantaros para que supere su miedo y su ira. Ella se convierte en su Maestra, tomando un Padawan solo unos años más joven que ella. Ella continúa ayudando a Imri como mentora y amiga.

    Vernestra siempre está ahí para cualquiera que necesite una mano o un oído. No es ajena a la incertidumbre y la duda, a menudo lucha contra sus propios recelos. Pero su fe en la Fuerza nunca flaquea, y permanece dedicada a todo lo que representa la Orden Jedi. Vernestra se encuentra entre los mejores personajes de la Alta República porque tiene esas luchas, acepta y lucha a través de ellas, y termina siendo más fuerte por eso. Ella representa el brillante futuro de la Orden Jedi.

    No la llames Vern, ¿de acuerdo?

    ¡Gracias por leer y que la Fuerza os acompañe!

    Fuente: From a Certain Point of View: Who is the Best New Character in Star Wars: The High Republic?

  • Cavan Scott habla a StarWars.com de su nueva novela The High Republic: The Rising Storm

    Cavan Scott habla a StarWars.com de su nueva novela The High Republic: The Rising Storm

    Traducción por Mariana Paola Gutiérrez

    Star Wars: La Alta República: La Tormenta Creciente, una novela escrita por Cavan Scott, uno de los arquitectos de la iniciativa de La Alta República, se centra en la Feria de la República: «un gran escaparate de las posibilidades y la paz de la República en expansión, organizado por la Canciller. Pero la Feria también se ha ganado la atención de los villanos Nihil, cuya sed de caos y destrucción aún no ha sido saciada», nos comenta DUSTIN DIEHL de StarWars.com.

    StarWars.com: Eres conocido por los años que has dedicado a la narración de historias increíbles en la galaxia de Star Wars, especialmente para los jóvenes lectores. Y aunque has participado en algunas obras memorables para el público mayor, como los relatos cortos de Desde Cierto Punto de Vista y el drama sonoro Dooku: Jedi Perdido, La Tormenta Creciente es tu primera novela de Star Wars para adultos. ¿En qué se diferencia tu enfoque de un proyecto como éste de algunos de tus trabajos anteriores?

    Cavan Scott: Bueno, es interesante porque paso de las novelas para jóvenes a las de adultos en otras franquicias y también en mi propio trabajo. Y por eso, siempre enfoco la historia de la misma manera. Una historia es una historia, no importa a quién se la cuentes. La diferencia es, obviamente, la mirada que tiene. Así que, cuando pensaba en la historia, cuando planeaba lo que iba a pasar, cómo iba a funcionar, la mecánica real de la narración era muy similar a lo que haría de todos modos. Obviamente, tienes un poco más de libertad cuando escribes para un público adulto y tratas algunas de las áreas más oscuras de la historia. Y en esta historia hay muchas zonas oscuras. Para la gente que sólo me conoce por mi trabajo en Star Wars, probablemente sea lo más oscuro que hayan leído de mí, lo que puede ser un shock. Pero sí, obviamente con un libro para un público adulto, puedes abordar cosas que no abordarías, y no deberías, para un público de grado medio, por ejemplo. Y te da la oportunidad de profundizar en las consecuencias de la acción que ves. Porque muchas veces en Star Wars, cuando escribes para los lectores más jóvenes, hay emoción, persecuciones emocionantes, todo lo que esperamos de Star Wars, pero el ritmo sigue y sigue y sigue, y realmente no… en realidad tratas las consecuencias de ello, pero obviamente lo haces de una manera que no va a traumatizar a ninguno de tus lectores. Creo que es importante mostrar a los niños las consecuencias de sus acciones, especialmente cuando se trata de situaciones de violencia y peligro. Pero sí, evidentemente se puede entrar en esas consecuencias con más detalle en una novela para adultos.

    Star Wars: The High Republic: The Rising Storm sover

    StarWars.com: No sólo estás escribiendo para un público diferente con La Tormenta Creciente, sino que también estás escribiendo en un medio diferente: tu trabajo en la Alta República hasta ahora se ha centrado en gran medida en las historias de los cómics. ¿Cuáles son los pros y los contras de escribir una historia importante en prosa tradicional, en lugar de un medio más visual?

    Cavan Scott: Es interesante, uno de los mayores contras para mí es que me encanta trabajar en equipo. Por eso me encantan los trabajos visuales y de audio y, más recientemente, los de televisión, porque eres una parte de un equipo más grande que cuenta la historia, que construye la historia. Lo bueno de este proyecto es que el equipo está integrado en él, gracias al equipo de guionistas con los que he estado trabajando durante los últimos dos años. Pero sí, siempre es desalentador para mí, cada vez que vuelvo a la prosa, darme cuenta de que, ya sabes, no va a haber una gran conversación entre un artista y yo, o entre un director y yo, o entre un actor y yo. Soy yo y la página durante muchos, muchos meses. Así que eso es siempre un poco desalentador. Ese es el mayor inconveniente para mí.

    Para los profesionales, es, supongo, el sentido de la escala. En un cómic, se trata de 20 páginas en un mes, así que es obvio que se trata de una serie, especialmente de series continuas como La Alta República. Se trata de una gran cantidad de historias, pero obviamente el número de páginas es limitado. Así que con la novela he podido profundizar mucho más en las cosas, de nuevo, y en la gran escala de la Feria de la República, que es necesaria para la misma. Y también significó que he tratado con más puntos de vista de los que creo que nunca he tratado en una novela. Lo cual fue, de nuevo, un aspecto desalentador de ésta.

    Cuando empiezo una novela, me gusta planificar, en una gran pizarra, todos los personajes, especialmente cuando se trata de una historia en curso: dónde están esos personajes, cuándo los hemos visto por última vez. Así que muchos de los personajes de La luz de los Jedi, ¿dónde estaban? Elzar Mann es un buen ejemplo: ¿dónde estaba en esos momentos finales? Y luego, también, algunos de los otros personajes que recogemos de los cómics y otros libros. Y luego planifico dónde van a estar al final, y luego relleno el medio, y elaboro la forma más interesante para que pasen.

    Cuando me di cuenta de la cantidad de personajes que hay en este libro, sí, ese fue un momento en el que tienes que sentarte y decir, bien, voy a tener que planificar cada momento de esto, sin dejar de darme la oportunidad de sorprenderme con algunos de los personajes también, porque hay muchas partes en movimiento. Y la única cosa adicional para este es que dibujé un mapa de la Feria también, porque necesitaba saber dónde estaba todo, incluyendo cosas que nunca llegaron a la novela. Así que, sí, esas fueron las primeras cosas que hice.

    Elzar Mann
    Elzar Mann

    StarWars.com: Al hablar de todos estos personajes y trazar sus viajes, muchos de ellos han sido presentados anteriormente, concretamente en Luz de los Jedi, de Charles Soule. ¿Qué personajes, introducidos en el primer libro, te hizo más ilusión retomar en La Tormenta Creciente?

    Cavan Scott: Elzar Mann. Absolutamente Elzar. Porque he estado escribiendo a Avar Kriss en los cómics. Y lo interesante de esto es que el personaje de Avar era en realidad dos personajes, originalmente. Yo tenía un personaje que era el mariscal de Starlight y Charles tenía un personaje y ahora no recuerdo cuál se llamaba Avar, parece que fue hace mucho tiempo, pero los personajes eran muy similares y decidimos amalgamarlos y convertirlos en la misma persona. Y eso ayudó mucho a que la historia avanzara. Así que, escribirlo, sí, Elzar fue realmente importante en eso. Porque me dio la oportunidad de ver la otra parte de esa sociedad.

    Y Elzar es un personaje fascinante, porque hay mucho en él que resume por qué encuentro esta era tan emocionante. Y el hecho de que no es dogmático. La mayoría de nuestros Jedi en la Alta República no son dogmáticos. No se limitan a seguir. Está esa línea en el primer número de La Alta República donde Sskeer dice, «un Jedi no se limita a repetir como un loro los mantras y el conocimiento». Hay una razón muy clara por la que dije eso, en ese primer número, porque así es como veo a estos Jedi. Viven estas palabras para un grupo de Jedi que realmente hace muchos mantras, que es algo de lo que está llena La Alta República, porque están en tantas situaciones diferentes, creo que tienen estos mantras que usan todo el tiempo para mantener lo que están haciendo vinculado a lo que creen. Y, sí, Elzar va más allá de los límites y, obviamente, había esa increíble visión que tiene en La luz del Jedi que yo quería seguir. Así que sí, Elzar estaba definitivamente allí.

    Bell Zettifar and Charhounds

    Al igual que Bell, para ser sinceros, Bell Zettifar. Porque tuvo un viaje muy interesante en el primer libro, a modo de presentación, con él y Loden Greatstorm, su maestro. Y fue fascinante saber que iba a tener un Jedi que se enfrentaba a la pérdida, en cierto modo. Ahora, no quiero decir cómo está lidiando con la pérdida y lo que significa para él, porque quiero que la gente lea el libro. Pero, de nuevo, con estos personajes estamos tratando de explorar lo que debe ser un Jedi en esta era, y en cualquier era. Cuando decimos: «Los Jedi no tienen apegos», bueno, obviamente los tienen. Lo vimos en las precuelas. Obi-Wan se vuelve hacia Anakin y le dice: «Eras mi hermano», y eso es un apego, justo ahí, bang, en medio de la película. Así que no son robots, no son droides, y hay una línea en el libro cuando dicen: «No somos droides y nunca deberíamos serlo». Los Jedi sienten las cosas muy, muy profundamente, pero controlan esa pasión. Y así, con Bell, vi a alguien que podía explorar eso.

    Y de hecho, es algo que creo que atraviesa todo el libro. Muchos de los Jedi tienen que lidiar con el hecho de que son un personaje público y toda la galaxia los está observando. Especialmente en Valo, especialmente en la Feria de la República. Y se han convertido en propiedad pública en cierto modo, ¿y cómo se enfrentan a eso? Ese es uno de los temas que examinamos en The Rising Storm.

    StarWars.com: Aunque has hablado un poco de algunos de los personajes existentes que los lectores ya conocen, ya sea a través de los cómics o del libro anterior, Luz de los Jedi, La Tormenta Creciente también nos presenta algunos personajes nuevos. ¿A quiénes le gustaría conocer?

    Cavan Scott: Es interesante, porque creo que todo el mundo piensa que ha conocido a Stellan Gios, ya que hemos hablado de él repetidamente desde el día 1, y ha estado ahí en el arte conceptual desde el principio. Y, de nuevo, fue algo muy intencionado: se presentaron tantos personajes que quisimos introducir a Stellan en este punto. Es un nuevo miembro del Consejo, es un Maestro Jedi muy establecido, es un miembro de una especie de casi como una trinidad, de él, Avar, y Elzar que crecieron juntos, y ahora han ido por caminos separados, y se han convertido en nombres en la Orden. Y acaba de ser elevado, como digo, al Consejo, por lo que tiene que enfrentarse al hecho de que, de repente, tiene una responsabilidad que nunca pensó que tendría, pero para la que se ha preparado, aunque quizás no es exactamente como pensaba que iba a ser.

    Así que ha sido muy interesante escribir a Stellan. Porque sí, la gente tiene muchas opiniones sobre él, viendo que no ha aparecido en una sola pieza de literatura hasta ahora, ¿sabes? Puede que tenga una o dos líneas en alguna parte, creo que tiene una o dos líneas en Luz de los Jedi. Pero, ya sabes, no lo conocemos en absoluto; la gente lo conoce por su sable de luz… y su barba. Así que sí, ha sido muy emocionante. Quiero decir que los guionistas conocen a Stellan desde hace mucho tiempo, ha sido interesante llevarlo a la página y ver cómo funcionaba esa relación.

    Ty Yorrick

    Y el otro personaje que me hace mucha ilusión presentar a la gente es Ty Yorrick, que es nuestra ex-Jedi convertida en mercenaria. Es una mujer que dejó la Orden cuando era mucho más joven. Y es un misterio para la mayoría de la gente, incluyendo la mayoría de los Jedi, que no saben necesariamente que existe. Porque ya sabes, la Orden es una gran y vieja organización en este punto, y no todo el mundo conoce a todos los que son miembros de ella. Así que ella la abandonó y se forjó su propio camino. Definitivamente sigue en el camino de la luz, pero se ha convertido en una mercenaria, una cazadora de monstruos, para proteger a la gente a su manera. Así que sí, siempre fue parte de mi plan introducirla en esta novela porque la configuración de la Feria de la República permitió que mucha gente diferente se reuniera en un solo lugar. Y es divertido escribirla porque no siempre dice lo que uno espera que diga un Jedi. Y no siempre actúa como se espera que lo haga un Jedi. Porque ya no es una Jedi. Pero, obviamente, sigue teniendo ese corazón: la padawan que fue sigue estando ahí en el fondo de su mente, de una manera diferente a la de alguien como Ahsoka, que formaba parte de la Orden y estaba muy unida a su maestro. Sí, Ty ha tenido un viaje muy diferente, que por supuesto contaremos en otro lugar, en el Monstruo del Pico del Templo.

    Star Wars: The High Republic: The Rising Storm special edition cover wrap

    StarWars.com: Has hablado de cómo la Feria de la República te ha permitido reunir a muchos personajes diferentes. La Feria es el eje central de La Tormenta Creciente y ha sido anunciada como su propio acontecimiento culminante. Luz de los Jedi también ha tenido su propia forma de crear tensión y acontecimientos culminantes con el Gran Desastre. ¿Cómo se creó la tensión y se construyó el clímax de la historia de forma que fuera única respecto a lo que los lectores ya habían experimentado en La Alta República?

    Cavan Scott: Bueno, creo que, estructuralmente, me ayudó el hecho de que el gran desastre lo inicia todo en Luz de los Jedi, ¿sabes? Y eso es, literalmente, lo primero que lees: cómo ocurre ese desastre. Y luego, a través de eso, se te presenta a los Jedi. Tengo una situación ligeramente diferente, el hecho de que el libro está estructurado de una manera que nos lleva a la apertura de la Feria. Y creo que todo el mundo ha adivinado ya que van a pasar cosas malas en la Feria. Así que fui a ver algunas de las obras de uno de mis escritores favoritos, y de los de mucha gente. Stephen King, especialmente «Salem’s Lot», que es un libro que me encanta y que he leído muchas veces. Y «Salem’s Lot» está increíblemente escrito porque te presentan a todos estos personajes, sabiendo que, sí, hay un vampiro allí y que todo va a ir mal muy rápidamente. Quiero decir, lo que King hace es tan sorprendente; en muy poco tiempo sientes que conoces a todo el mundo. Y no estoy diciendo que sea el próximo Stephen King, nunca diría eso, ¡pero puedo robar del mejor! Y eso es lo que quería hacer en esto, quería tener un periodo en el que se aprendiera quiénes son estos personajes, y luego se les lanzara a esta vorágine de actividad. Y se resuelve si van a ser templados por la llama o se queman vivos. Por la propia naturaleza del libro, significaba que podía tener ese tipo de estructura. Y eso significa que, sí, tal vez los primeros capítulos son un poco más lentos que los de Luz de los Jedi, pero luego, afortunadamente, cuando la acción comienza a suceder, nunca se detiene.

    The Nihil
    The Nihil

    StarWars.com: Mientras que «Salem’s Lot» tiene la amenaza inminente de los vampiros, «The Rising Storm» tiene la amenaza inminente de los Nihil. Como guionista que se ha ocupado sobre todo de los otros grandes villanos de la Alta República, los Drengir, ¿cómo fue sumergirse en el mundo de los Nihil?

    Cavan Scott: He estado más involucrado en la creación de los Drengir. Todos estuvimos involucrados en los Nihil, pero Charles Soule tuvo un papel importante en su creación, su estructura y todo lo relacionado con ellos. Y creo que, curiosamente, cuando empecé a escribir la novela, Charles aún no había terminado Luz de los Jedi, o el borrador final. Así que estábamos en ese período de tiempo en el que estábamos trabajando al mismo tiempo. Y, en realidad, como la primera novela se había planificado tanto y todos sabíamos lo que iba a pasar, eso significaba que yo podía lanzarme y empezar. Pero, supongo que para mí, estaba tratando de tener mi cabeza alrededor de los Nihil, ya que también estaban siendo creados por Charles. Así que hubo muchas conversaciones entre él y yo mientras trabajábamos en las escenas culminantes de Luz de los Jedi y en lo que sucede y cómo va a reaccionar. Y para eso fue genial porque pudimos rebotar el uno en el otro y pudimos, ya sabes, evolucionar estos villanos al mismo tiempo. Así que, con suerte, hay una línea que la gente ve allí.

    Desde un punto de vista obvio, escribir a los Nihil es ligeramente más fácil, en cierto modo, porque pueden hablar más, y pueden tener emociones y no sólo quieren comerse a todo el mundo. Y los Drengir, por su propia naturaleza, se supone que son un poco un horror cósmico que es incognoscible. Y nunca podemos averiguar demasiado sobre ellos porque entonces creo que perderían su mística. En esta novela profundizamos más en lo que hace que los Nihil sean los Nihil y en lo que hace que Marchion Ro sea el líder que es. Y seguimos viéndole evolucionar como líder: aún no está completamente formado, y se enfrenta a los cambios políticos que le rodean, mientras la jerarquía se enfrenta a lo que ha hecho a los Nihil y a cómo intenta unirlo. Así que fue muy divertido jugar con eso.

    Fuente: StarWars.com

  • Traducción del cuarto extracto de The Rising Storm, novela de la segunda ola de The High Republic

    Traducción del cuarto extracto de The Rising Storm, novela de la segunda ola de The High Republic

    Traducción por Mario Tormo

    Este adelanto se centra en el padawan Bell Zettifar, luchando por controlar sus emociones tras haber perdido a su maestro Loden Greatstorm. Y además de la traducción exclusiva al castellano, también tenéis unas declaraciones del autor, Cavan Scott, hablando sobre el personaje.

    “Pasar tiempo con Bell Zettifar fue uno de los placeres de escribir The Rising Storm”, cuenta Scott. «Para mí, su valentía, su capacidad de adaptarse y su predisposición a dudar identifica al Jedi de la Alta República». En esta nueva novela, “vemos a un Bell que está luchando por aceptar el hecho de que es posible que nunca vuelva a ver a su maestro, Loden Greatstorm, descubriendo y aprendiendo cómo son el dolor y el arrepentimiento para un Jedi. La vida ha avanzado desde que se dio a Loden por muerto, y Bell se enfrenta a la realidad de que sus votos significan que tiene que seguir adelante «.

    Los que ya hayan leído los anteriores libros de The High Republic ya saben algo sobre la historia del Maestro Greatstorm. «Lo divertido, por supuesto, es que los lectores de Light of the Jedi saben exactamente lo que le sucedió a Loden, incluso si Bell y el resto de la Orden no lo saben», dice Scott. «¿Sobre lo que le pasará a Loden a continuación? Bueno, para eso tendrás que leer The Rising Storm…»


    No hace mucho, el padawan Bell Zettifar se habría emocionado por las vistas que se extendían debajo de él. Estaba de pie en una plataforma de observación en el hangar más grande que jamás había visto, el cual era solo una parte de los enormes astilleros que orbitaban Cyclor, un planeta verde y marrón relativamente pequeño en el Borde Medio. Abajo, resplandeciente bajo los focos del hangar, las vistas del duracero pulido conocido como Innovator. La nave estelar, que se encontraba a unas horas de su inauguración, era una maravilla tecnológica. Con más de 300 metros de largo y equipada con los últimos equipos científicos y médicos, el Innovator era simplemente el crucero de investigación más sofisticado jamás construido, un hecho del que su diseñador, el famoso ingeniero aqualish Vam Targes, había puesto al corriente a Bell cuando llegó a los astilleros.

    «Se ejecuta en una red de no menos de cuarenta y dos procesadores de droides de grado intellex, ¿no lo sabías?» Targes le había informado mientras atravesaban el vasto centro de operaciones de la nave en una visita relámpago. El codificador de voz del ingeniero zumbaba con entusiasmo mientras traducía el aqualish nativo de Vam a básico.

    «Eso es muy… Impresionante”, había concedido Bell, que inmediatamente obtuvo de respuesta, en términos inequívocos, que era mucho más que eso. ¡Era excepcional!

    «Toda la red está respaldada por un entorno de trabajo multidisciplinar diseñado por mí, uno que rivaliza con los Archivos Jedi en Coruscant, si me preguntan a mí».

    Bell no sabía si eso era cierto, pero no había querido contradecir al ingeniero. Este era el momento de Vam, después de todo. O más bien lo sería cuando el Innovator llegara a Valo en un par de días. La nave iba a ser una obra maestra en la próxima Feria de la República, la última de las Grandes Obras de la canciller Lina Soh. Pronto, millones de asistentes al festival se maravillarían con el logro de Targes y, si fueran como Bell, quedarían deslumbrados. El Innovator contaba con vanguardistas talleres cibernéticos junto con múltiples laboratorios de bioingeniería, estaciones de análisis, instalaciones de investigación y una biblioteca médica solo superada por el Instituto Docha en Dunnak.

    Pero por extraordinaria que sin duda fuera la nave, no era nada comparada con los seres que habían construido la nave remache a remache. Los cyclorrianos eran una maravilla, a diferencia de todo lo que Bell había visto antes. De naturaleza insectoide, tenían aproximadamente un metro de altura con grandes cabezas bulbosas dominadas por un par de grandes ojos compuestos, muy parecidos a las moscas del calor que zumbaban por los pasillos del puesto avanzado Jedi en Elphrona donde Bell había recibido la mayor parte de su entrenamiento. Observaba cómo pululaban a través del reluciente casco, terminando las comprobaciones finales. Cada cyclorriano trabajaba al unísono con sus compañeros de equipo sin aparentemente decir una sola palabra. Era increíble. Cada uno parecía saber exactamente qué trabajo tenía que hacer instintivamente, ninguno de ellos se entrometía en el trabajo del otro, cada uno complementaba perfectamente al siguiente. Y el entusiasmo por su trabajo era contagioso. En las veinticuatro horas transcurridas desde su llegada, Bell no había visto ni un solo cyclorriano quejarse, a pesar de la reputación de Targes como un capataz estricto. Los insectoides simplemente siguieron trabajando, hora tras hora. Sus antenas se movían alegremente mientras pasaban de una tarea a otra. No podías evitar sonreír en su presencia. Era exactamente lo que Bell necesitaba, especialmente ahora.

    A su lado, Ember se alteró. El sabueso había estado sentado pacientemente a sus pies, acompañando constantemente a Bell desde que dejaron Elphrona. El perro había comenzado su vida como un chucho callejero que había sido adoptado por los Jedi elphronianos, convirtiéndose en una especie de mascota al principio y en un amigo leal desde entonces. Cuando Bell dejó Elphrona, Ember simplemente se subió a su Vector. Su intención de permanecer a su lado quedó clara. Había estado a su lado desde entonces, como su guardiana y confidente. Ahora estaba de pie, mirando expectante a la puerta de la plataforma de observación mientras se abría para permitir la entrada de Indeera Stokes. La Jedi madura se rió cuando Ember saltó sobre las piernas de la tholothiana, siendo recompensada con un cosquilleo debajo de su barbilla color naranja.

    “Sí, sí”, dijo Indeera. «Me alegra verte también. Ahora baja. Eso es. Buena chica. Buena chica.»

    Ember obedeció, trotando de regreso hacia Bell, donde había permanecido en el borde de la plataforma. Bell la miró y sonrió, la excitada cola del charhound golpeaba contra sus botas.

    «Estoy seguro de que le gustas más que yo», comentó mientras Indeera se acercaba.

    «Creo que ambos sabemos que eso es mentira», dijo, uniéndose a él para admirar la majestuosa nave bajo ellos. Se apoyó contra la barandilla, sacudiendo la cabeza ante el espectáculo de los cyclorrianos trabajando duro. «Por las estrellas, te deja sin aliento, ¿no?»

    “De hecho así es, maestra. El Innovator es tan impresionante como quienes lo construyeron».

    Como siempre, Bell sintió una punzada cuando se dirigió a Indeera por su título. Era cierto, la tholothiana era su maestra ahora, habiendo aceptado continuar con su entrenamiento después de que su maestro anterior, Loden Greatstorm, hubiera desaparecido defendiendo a los colonos de los Nihil hace casi un año. La última conversación entre los dos venía de manera regular a su cabeza, con Loden a los controles de su Vector.

    «Ya no soy tu maestro, Bell. Eres un Caballero Jedi «.

    «No hasta que el Consejo lo declare, y te quiero allí cuando eso ocurra».

    Ahora eso nunca sucedería. Loden le había dicho que pronto volverían a verse y nunca regresó del ataque. Nadie sabía qué había sucedido cuando Loden abandonó su Vector… el Vector de ambos… para salvar a la familia Blythe de los Nihil. El Vector había sido reducido a átomos por un cañón Nihil, y Loden, bueno, simplemente se había ido. Indeera le recordaba constantemente a Bell que los últimos deseos de Loden habían sido que su padawan fuera nombrado Caballero, pero Bell sabía que no estaba listo. ¿Cómo podía estarlo, cuando se sentía tan vacío por dentro, como si le faltara algo?

    «¿Bell?»

    Tragó saliva, repentinamente consciente de que Indeera lo estaba examinando. Su nueva maestra, sin duda se le hacía raro. Y no debería. La conocía desde hacía años, incluso había luchado a su lado, y la respetaba más que a cualquier Jedi vivo, que, por supuesto, era el problema. Loden Greatstorm no regresaría, eso se había vuelto descaradamente claro, pero no importaba cuánto admirara Bell a Indeera, nunca podría reemplazar al noble twi’lek.

    Bell ofreció una débil sonrisa. «Estaba pensando en la emoción que sentirá el público de la Feria de la República al ver al Innovator por primera vez».

    «Asi será. ¿Y que hay de ti?»

    «¿Qué hay de mí?»

    «¿Estás deseando ir a Valo?»

    Se movió incómodo, con cuidado de no dar una patada a Ember que estaba frotándose contra sus piernas, sintiendo su piel caliente a través de sus botas de piel sintética. “Será bueno ver a Mikkel y Nib. Y a Burry también, por supuesto.» Todo eso era cierto. Había llegado a pensar en los tres como amigos, especialmente con el wookiee Burryaga, a quien había podido conocer después de servir juntos en Hetzal.

    «Por supuesto», repitió Indeera, todavía mirándolo con esos ojos cálidos. «Habrá mucho con lo que disfrutar juntos». Volvió a mirar la nave. «A Loden le hubiera encantado. A él le hubiera encantado esto».

    Un nudo se formó en la garganta de Bell mientras Indeera continuaba. «Me lo puedo imaginar parado aquí con nosotros, viendo trabajar a los cyclorrianos, apreciando su habilidad».

    La voz de Bell se quebró mientras trataba de controlar sus emociones. “¿Y qué crees que diría? ¿Si estuviera aquí?»

    La tholothiana frunció los labios. “Creo que él te felicitaría por el brillo de la hebilla de tu pistolera, te diría que sonrías más a menudo y te señalaría que para poder llegar a dominar en algún momento un giro lateral, tendrás que pasar al menos dos horas más al día en tu Vector».

    Una sonrisa apareció en el rostro de Bell, a su pesar. La última parte de la frase fue pura Indeera, que siempre parecía más feliz en el aire que en la tierra.

    «También te recordaría cómo un Jedi enfrenta la muerte de sus seres queridos», continuó, y la sonrisa de Bell desapareció de inmediato. “Porque los Jedi pueden amar, Bell. No somos droides, ni deberíamos serlo nunca. Somos criaturas vivientes poderosas en la Fuerza, con todo lo que conlleva. Alegría, cariño y, sí, dolor. Experimentar esas emociones es parte de la vida. Es luz.»

    «Pero…»

    “Pero mientras experimentamos tales emociones, nunca debemos dejar que nos gobiernen. Un Jedi es el amo de sus emociones, nunca un esclavo. Extrañas lo que podrías haber compartido con Loden si estuviera aquí. Eso es natural. También lo extraño yo. Y entonces reconocemos ese dolor. Lo entendemos, incluso lo aceptamos, pero al final…»

    «Lo dejamos ir», dijo Bell, mirando al Innovator para que Indeera no pudiera ver las lágrimas que ya debía saber que tenía en los ojos.

    La tholothiana se acercó y colocó una mano reconfortante en el antebrazo de Bell. “No dije que fuera fácil. Como un giro lateral».

    Eso lo hizo sonreír de nuevo, al igual que el ligero apretón que ella le dio antes de volverse hacia la nave. Además, nadie se irá nunca del todo. Pase lo que pase, Loden estará contigo, ahora y para siempre. Ahora es parte de todos nosotros».

    De nuevo las lágrimas le llenaron los ojos. «A través de la Fuerza».

    «A través de la Fuerza», asintió. «Crees en eso, ¿no es así?»

    Él asintió con la cabeza, esperando se hiciera la tonta sabiendo muy bien que para nada lo era. «Sí. Por supuesto que sí.»

    «Me alegra escucharlo», dijo, sin sonar convencida. «Ahora, a menos que haya algo más…»

    «Deberíamos salir de esta plataforma y hacer algo por la vida», dijo, deseoso de poner fin a la conversación.

    El comunicador de Indeera emitió un pitido antes de que pudiera responder.

    «Tal vez la Fuerza esté de acuerdo contigo, mi no tan joven padawan». Indeera sacó el comunicador de debajo de su chaqueta color canela y activó el canal.


    The Rising Storm llega el 29 de junio. Si queréis leer los extractos anteriores (todos traducidos) los tenéis a continuación:

  • Nuevo extracto de Star Wars The High Republic The Rising Storm de Cavan Scott: El Misterio de los Nihil

    Nuevo extracto de Star Wars The High Republic The Rising Storm de Cavan Scott: El Misterio de los Nihil

    Traducción de Mariana Paola Gutiérrez
    Corrección Mario Tormo

    Estimados Bibliotecarios aquí os dejamos un nuevo extracto de la próxima novela Star Wars The High Republic: The Rising Storm escrita por Cavan Scott, donde Marchion Ro planea atacar la feria de la República y llega a un desconocido planeta helado con un propósito muy misterioso…


    El frío nunca había preocupado a Udi Dis. Nunca lo había experimentado mientras crecía, pero eso fue hace mucho tiempo. Los trópicos de Talor eran poco más que un recuerdo lejano. Había habido tantos mundos desde entonces, tantas rutas trazadas y vendidas. Su padre se habría avergonzado de la vida que había elegido su hijo, pero eso no era nada nuevo. Nada de eso impidió que Dis contuviera el aliento cuando la rampa de la Araña cayó sobre el suelo polvoriento. El frío era intenso incluso aquí, en la franja habitable de Rystan, pero Dis no podía dejar que se notara. No lo haría. Bajó la rampa con una capa forrada de piel y una máscara para protegerse los ojos del viento, con el metal repiqueteando bajo sus pies con garras, ignorando el frío que se le colaba entre las plumas como un vibrocuchillo.

    «Ahí está ella», graznó una voz cuando el propio Marchion Ro salió de la nave. Dis se colocó en posición defensiva y apretó sus wingblades, esas armas curvadas eran la única posesión que aún conservaba de su hogar. Un grupo de peludos se acercaban apresuradamente hacia ellos, en el cual destacaba un trío de grandes criaturas que parecían escapadas de la pesadilla de un bioempalmador, una horrible mezcla que era parte blurrg y parte bantha. No era la primera vez que Dis deseaba que su afinidad con la Fuerza, la cinestesia que le permitía navegar por las estrellas con tanta precisión, se extendiera a la fabulosa premonición de los Jedi, una sensación de peligro antes de que éste llegara. Por lo que él sabía, aquellos tupidos pelajes escondían un desintegrador o un mangual láser.

    Se estremeció cuando la mano de Ro se posó en su hombro.

    «Descanse, soldado. Ese es nuestro contacto».

    Soldado. Hacía mucho tiempo que Dis no era un soldado. Hacía mucho tiempo que Dis no era nada. Mucho antes de encontrar los Nihil.

    Ro pasó junto a él, bajando de la rampa mientras la recién llegada abría los brazos.

    «Marchion, Marchion, Marchion», resopló con alegría familiar. «Has vuelto con nosotros. Por fin. Has vuelto al Camino».

    «Kufa», respondió Ro, pero no hizo ningún intento de devolver el abrazo que la anciana deseaba tan obviamente. En su lugar, dejó que sus brazos volvieran a su anterior posición, contentándose con sonreír al hombre que había desatado un reino de terror en el Borde Exterior. «Me alegro de verte, primo».

    Otra sorpresa. ¿Era esta arpía, de piel curtida y sonrisa desdentada, pariente del propio Ojo? Dis sabía poco del pasado de Ro, salvo que había heredado el título de Ojo de su padre, Asgar. Más allá de eso, nadie sabía mucho sobre el linaje de Ro, ni siquiera sobre su especie, de piel gris pizarra y ojos negros como el carbón. Y, sin embargo, había algo en el rostro de esta mujer con sus extraños tatuajes tan parecidos a los rayos de los Nihil que le resultaba familiar, aunque Ro pareciera que podía partirla como una caña de bario.

    «Te hemos echado de menos», dijo la mujer, mirando al Ojo. «Cuando recibimos tu mensaje, el Anciano apenas lo creyó…». Se interrumpió, levantando un dedo tembloroso hacia su máscara. Ro le permitió tocarla. Otra novedad, por lo que Dis sabía. «Aunque preferiría ver tu cara. Ha pasado tanto tiempo».

    Ro volvió a bajar la mano de ella, sosteniéndola cálidamente entre las suyas. «Más tarde. Cuando estemos en el Santuario».

    Eso, al menos, pareció apaciguarla por el momento. «Sí. Sí, el Santuario. Aunque la temperatura será peor, no mejor».

    «Me lo imagino perfectamente».

    «Pero valdrá la pena… para contemplar el Nivelador. Para sentir su paz anuladora».

    «Como lo hicieron nuestros antepasados, hace mucho tiempo».

    «Como nos enseñaron. A todos nosotros».

    Las lágrimas brillaron en los ojos oscuros de la anciana. Dis se preguntó si se congelarían.

    «Realmente has vuelto de la oscuridad».

    Ro soltó su mano.

    «¿Nos llevarás, entonces?»

    La mirada de Kufa se desvió hacia Dis, como si lo viera por primera vez. «¿Y a quién llevarás a los campos de Golamaran? ¿A quién llevarías al Santuario?»

    «Este es Udi Dis», le dijo Ro, levantando una mano en dirección a Dis. «Un… un amigo».

    A Dis le gustó eso. No un guardaespaldas. Ni siquiera un simple piloto. Un amigo.

    Los ojos de la anciana se clavaron en él.

    «Él es… ¿qué?»

    Dis quería gritar que se estaba congelando.

    «Es Talortai», respondió Ro por él. «Una especie fuerte en la Fuerza».

    Los ojos de ella volvieron a mirar el rostro enmascarado de su primo.

    «¿La Fuerza?»

    Esta vez Dis habló. «Soy un navegante. Un buscarrutas».

    Ella se rió, obviamente divertida por su elección de palabras. «¿Lo eres ahora? Bueno, seas lo que seas, lo que puedas hacer, eres bienvenido». De nuevo miró a Ro. «Como lo fueron los créditos que te precedieron. Qué generosidad».

    «Sabía que el viaje hasta aquí sería difícil para ti», dijo Ro. «¿Todavía tienes ese viejo cubo de óxido?»

    «¿La Mano Abierta? Sí, sí lo tengo. Medio devorado por los gorgojos del óxido, pero aún vuela, aunque no al Santuario». Acarició el pellejo de una de las bestias peludas que esperaban pacientemente a su lado. «Los slarga nos llevarán allí donde ningún transporte puede volar. Son fuertes». Volvió a mirar a Ro. «Tienen que serlo, para ir donde vamos».

    Fuente: GIZMODO

    Referencias

  • Star Wars The High Republic: Bell Zettifar

    Star Wars The High Republic: Bell Zettifar

    Escrito por Gorka Salgado

    Nuevo video de Star Wars La Alta República en el que nos presentan al Jedi Bell Zettifar, Padawan del Maestro Loden Greatstorm, al que conocemos de la novela Light of the Jedi de Charles Soule.

  • Lee en exclusiva el primer relato de La Alta República en Español

    Lee en exclusiva el primer relato de La Alta República en Español

    Traducción por Mario Tormo

    La revista Star Wars Insider recupera en su último número los relatos cortos canónicos y lo hace con la primera parte de Starlight, Go Together, una historia escrita por Charles Soule y enmarcada en La Alta República. Os traemos la traducción en exclusiva.

    Starlight:
    VAMOS JUNTOS
    (Primera parte)

    El Borde Exterior. La Baliza Starlight.

    Joss Adren recogió un montón de ropa sucia y manchada de grasa del suelo. Se lo pensó un momento y luego hizo una bola y la metió encima de la ropa limpia que ya había echado dentro del saco que estaba usando de equipaje.

    Echó un vistazo al dormitorio. Nada que necesitase. Siempre viajaba ligero cuando trabajaba.

    —Todo listo —dijo, tirando el saco sobre la cama, al lado de varias maletas pequeñas que contenían la ropa de su mujer, preparada horas antes, y apostaría cien créditos a que no había ningún calcetín sucio en ninguna de ellas.

    –¿Estás lista? —-le preguntó Joss, hablando hacia la pequeña sala de estar que completaba el resto de su espacio personal a bordo de la Baliza Starlight.

    Estaba magníficamente diseñada, como todo en la estación, pero el espacio en el espacio siempre era escaso.

    —Quizá podríamos comer algo antes de irnos de aquí —añadió.

    Las cantinas en la Baliza Starlight eran excelentes, servían platos de todo el Borde Exterior, para mostrar las distintas culturas que integraban este lejano extremo de la República. Este principio se trasladaba a toda la estación. Su estructura usaba minerales metálicos de muchos mundos diferentes y contaba con artesanos, contratistas y personal de planetas de todo los Territorios del Borde Exterior.

    La Baliza Starligh era una maravilla. Joss nunca había visto nada igual, y eso que su trabajo le había llevado por media galaxia.

    Él y Pikka eran gestores de proyectos, especializados en conseguir completar trabajos a gran escala. Resolvieron errores de última hora en el código, silenciaron ruidos de tuberías y se ocuparon de las fugas de refrigerante.

    Habían pasado los últimos meses preparando la Baliza Starlight para su inauguración oficial… pero ahora el último tornillo ya estaba atornillado y la última soldadura estaba soldada. Incluso las reservas biológicas estaban completamente guarnecidas. Se las veía solitarias sin los turistas que esperaban recibir para que pudieran tener una ligera idea de la biodiversidad de mundos como Mon Cala y Felucia… Aun así eran exhuberantes y hermosas, incluso los ecosistemas desérticos.

    La Baliza Starlight estaba, al fin, terminada, y Joss y Pikka habían jugado un papel importante para que esto fuera así. Razón suficiente para estar orgullosos. Joss no se consideraba demasiado sensible, pero este era un lugar especial, emblema de todo lo que la República Galáctica podría y debería ser. Pero justo en ese momento, Joss estaba deseando salir de allí. Su mujer había planeado unas vacaciones para los dos, a un destino sorpresa. Conociendo a Pikka, sería un lugar espectacular.

    Tenían que coger la próxima nave de vuelta a Coruscant, y Pikka había dejado muy claro que no podían llegar tarde. Así que no estaba muy claro por qué, ahora que Joss lo tenía todo listo por fin, ella estaba completamente absorta en su tableta de datos, tecleando, y con la cara arrugada con esa expresión de concentración que a él… Bueno, que le gustaba tanto. Estaba loco por esta mujer. Sobre todo por sus ideas. Ella veía la galaxia de una manera que él no podía, lo que significaba que estaba constantemente sorprendiéndolo y fascinándolo. Pero también amaba su pequeño, que no delicado, cuerpo y su pelo rizado. Pikka lo hacía sentir… En casa. No importaba donde estuvieran, ella era su hogar.

    —¿No me dijiste que bajo ninguna circunstancia podía hacer que llegásemos tarde? —dijo Joss.

    —¿Hmm? —murmuró Pikka, sin dejar de mirar su datapad.

    —¿Qué estás leyendo? —preguntó—. ¿Una apasionante novela de Zeltron?

    —Ojalá —dijo ella.

    Levantó la tableta de datos. Mostraba el consumo de energía por toda la Baliza Starlight, la energía fluía yendo y viniendo a lo largo de miles de kilómetros de cables y conductos. Una red luminosa con la forma esquematizada de la estación: una gigantesca esfera central con extensiones en forma de torre en cada polo.

    —Vale… —dijo Joss sin entenderlo.

    —Mira —dijo Pikka señalando un pequeño y único punto de datos—. Es muy alto.

    Joss entornó los ojos hacia el datapad.

    —Hmm —dijo—. Sí. Aunque no mucho.

    —No mucho. Pero si un poco. Y hace un minuto el porcentaje era menos de la mitad.

    Joss sabía lo que se mujer estaba pensando. Habían sido contratados para optimizar la Baliza Starlight. Y aunque habían realizado ese trabajo, y esta pequeña subida de tensión era apenas notable, su fantástica esposa se había dado cuenta. Y ahora él también.

    Suspiró.

    —Vamos a resolverlo.

    Ella sonrió.

    Pikka se dirigió hacia la puerta, dando por sentado que Joss la seguiría. Todo pensamiento de que pudieran llegar tarde al transporte, y con ello a las vacaciones, se había esfumado de su cabeza.

    Josh suspiró de nuevo. A su mujer le encantaban los rompecabezas.


    Me encantan los rompecabezas, pensó Pikka, avanzando con determinación a lo largo de un pasillo, centrada sobre todo en la tableta de datos que sostenía con una mano, aunque sintiendo que Joss la seguía de cerca. Siempre sabía cuando su marido estaba cerca, se sentía bien, protegida y reforzada. Nada de eso si no estaba. Así de simple.

    Aunque también podía ser porque hacía mucho ruido. Joss no era un hombre pequeño. No le sorprendería descubrir que uno de sus padres fuese un reek.

    Dobló una esquina y casi choca contra Shai Tennem, posiblemente la última persona en toda la estación que hubiese querido ver. Shai era un bith, un bith peculiar, puesto a cargo de la supervisión de la Baliza Starlight por la propia Canciller de la República, Lina Soh. Era célebre (o muy conocido) por sus increíblemente exigentes normas. Le irritaría mucho encontrar una anomalía en la transferencia de energía, aunque fuese insignificante.

    Y todavía peor, Shai Tennem no estaba solo. Encabezaba lo que parecía ser un grupo de visita. De repente le vino a la cabeza, sí, Joss lo había mencionado. Varios dignatarios de la República habían ido a ver la estación terminada unas semanas antes de que estuviera completamente operativa. Reconoció al almirante Kronara, un oficial de alto rango de la Coalición de Defensa de la República. En cuanto a los demás…

    Jedi. Con túnicas blancas y doradas, adornadas con patrones de filigranas estampados por aquí y por allí, y con sus sables de luz enfundados visibles en la cadera o colgando sobre el pecho.

    Burryaga, Avar Kriss y Elzar Mann

    Una humana alta y rubia, caminando junto a un hombre de pelo negro con la piel caramelo. Un ithoriano de cráneo curvo y ojos muy abiertos. Una duros hembra. Otra humana peinada con largas y hermosas trenzas grises, al lado de un prominente wookiee de pelaje dorado (Pikka no sabía que hubiera Jedi wookiees).

    Mikkel Sutmani, Burryaga y Bell Zettifar

    A puerta cerrada, Joss los llamaba ‘magos espaciales’. Los Jedi tenían extrañas habilidades y poderes, y Pikka imaginaba que podrían hacer uso de esa magia para hacer mucho daño si quisieran. Por su experiencia, la gente poderosa usaba ese poder en beneficio propio. Pero la Orden Jedi no. Ellos eran buenas personas. Increíble e incontestablemente bondadosos, consagrados a ayudar a la gente.

    —Ah, Sra. Adren —dijo Shai, con su voz afilada y cortante—. Encantado de verla. Les estoy enseñando la estación a los emisarios de la República.

    Tennem se giró para ponerse frente a los Jedi.

    —Amigos míos, les presento a Pikka y Joss Adren. Fueron fundamentales para garantizar que la construcción de la Baliza Starlight se hacía en tiempo y sin errores.

    —Encantado de conocerles —dijo Joss. Incluso hizo una ligera reverencia.

    ¿En qué estarán pensando? Pensó Pikka, sintiendo el calor de la tableta de datos entre sus manos.

    —Igualmente —respondió sonriendo la Jedi rubia—. Gracias por su trabajo. Este sitio es increíble.

    —¿Por qué no se unen a nosotros? —dijo Shai a Joss—. Estoy seguro de que pueden ofrecernos información adicional sobre la estación Starlight que seguro sería de interés para nuestros invitados.

    Pikka echó un vistazo a su datapad. Ese pequeño incremento en el consumo de energía que había descubierto estaba a punto de convertirse en una sobrecarga. Apretó los dientes.

    El Jedi wookiee estaba mirándola. Ladeó la cabeza.

    ¿Me está leyendo el pensamiento? Pensó ella.

    —Joss, deberíamos irnos —dijo Pikka, esperando que Joss también pudiera leerle la mente—. No podemos llegar tarde.

    Él le lanzo una mirada rápida.

    —Cierto —dijo Joss volviéndose hacia el almirante—. De hecho vamos a aprovechar el viaje de vuelta con ustedes.

    Kronara lo confirmó asintiendo levemente.

    —Vamos ahora de camino al hangar. Joss, ¿no es así? Yo me daría prisa en llegar, o nos iremos sin tí.

    Shai Tennem habló.

    —Perfecto. Acompáñennos los dos. Unos droides de transporte pueden traer las pertenencias de sus dependencias.

    La frecuencia cardiaca de Pikka se disparó. Iba a tener que exponer el problema frente a Shai, ¿no? Delante de esta importante gente, tendría que ponerse en ridículo a sí misma y al administrador de la estación. Peor aún, esto podría convertirse, de hecho, en un verdadero problema. Tenían que marcharse, para descubrir si el problema de energía no era más que un error.

    Por el rabillo del ojo vio que el wookiee se giraba hacia la Jedi de pelo cano y susurraba discretamente en su lenguaje. La mujer alzó una mano.

    —En realidad, administrador Tennem —dijo la Jedi—, ¿no deberían los Adrens disfrutar de sus últimos momentos en la estación antes de partir? Parece que ya han hecho lo que les correspondía para con la Baliza Starlight.

    Shai asintió con deferencia.

    —Como usted diga maestra Assek —dijo.

    —Bien —dijo Pikka, tirando del brazo de Joss—. Encantada de conocerles a todos.

    Los Jedi se separaron para dejarlos pasar. Pikka estaba pensando que sentía un hormigueo en la piel. Aunque quizá era solamente su imaginación.

    Giraron una esquina y le mostró la tableta de datos a Joss.

    —Está empeorando —dijo ella con voz calmada.

    Joss echó un vistazo. Frunció el ceño.

    —Por aquí —dijo, y echó a andar por el pasillo.


    Josh almacenaba los mapas en su cabeza; una de las razones por las que era tan bueno en su trabajo. Estudiaba los zonas de trabajo hasta que memorizaba los sistemas y subsistemas, de la misma manera que los cirujanos conocían los cuerpos de sus pacientes. Y la Baliza Starlight no era una excepción.

    Desde que Pikka le mostró la lectura de energía anómala su cerebro se había movido a través de ese mapa mental. Estaba concentrándose, recreando la estación en su cabeza, y eso lo llevaba hasta…

    Ahí. Conducto 398-GX14, situado detrás de un panel de acceso cerca de la entrada del Templo Jedi de la Starlight.

    —Acaba de incrementarse otro veinte porciento —dijo Pikka.

    Joss arrugó la frente. Aún no estaban en el nivel de ‘evacúen la estación’, pero si seguía incrementándose…

    Abrió la puerta de la caja de registro del Conducto 398-GX14, se arrodilló y miró dentro, recibiendo una bocanada de olor a metal caliente y sobrecargado. Apartó varios mazos de cableado y rápidamente vio el problema. A un metro del conducto, un concentrador de resistencias se había fundido. Estaba actuando como un tope entre los distribuidores de energía, no dejaba pasar la corriente, tan sólo la acumulaba y la incrementaba. Joss ya había visto esto antes; probablemente producido por un cable mal colocado. Aunque hubiera sido originado por un fallo cometido por un droide ensamblador o un técnico, un pequeño error había creado un lazo de realimentación, en bucle e incrementándose, acelerándose.

    Y este conducto en particular era una ramificación que conducía directamente al sistema del reactor principal, lo que significaba…

    —Tenemos que arreglar esto ya —dijo Joss con total naturalidad—. Cortocircuitará toda la maldita estación.

    —¿Podemos cortar el suministro eléctrico de esta sección? —preguntó Pikka—. ¿Ganar algo de tiempo?

    —No tenemos autorización ahora que nuestro contrato ha terminado, y sólo tenemos unos treinta segundos antes de que la sobrecarga sobrepase al concentrador de resistencias. Pero puedo arreglarlo. Conozco un truco: puedo crear un circuito temporal para disipar la energía. Nos irá bien.

    Joss sacó una de las llaves que solía llevar siempre con su ropa de trabajo. Nunca sabías cuando ibas a necesitar una llave inglesa. Metió la mano en el conducto… Y se detuvo. Flexionó los dedos, intentó alargar la mano, intentó… Los brazos de Joss eran tan grandes como el resto de su cuerpo; buenos para trabajo de construcción. Buenos para todo tipo de trabajos. Las cicatrices en sus nudillos lo atestiguaban. Pero no eran buenos para meterlos en pequeños conductos eléctricos.

    —No va bien. Mi brazo es demasiado grande.

    Miró a Pikka. Quedaban quince segundos, más o menos.

    —Déjame a mi —dijo ella—. Dime qué hacer.

    No protestó. Simplemente le dio la llave a ella.

    —Vas a tener que hacerlo al tacto —dijo Joss, mientras su mujer se arrodillaba y metía el brazo por la apertura—. Pero no toques las paredes del conducto. Puedes absorber la carga y electrocutarte.

    Pikka lo miró con frutración.

    —Joss… No sé lo que estoy haciendo. Soy de sistemas. Tú eres el mecánico.

    Puso su mano sobre el brazo de ella.

    —Yo te guiaré. Sentiré cuando has llegado al lugar correcto.

    Pikka extendió la mano lentamente dentro del conducto. Entondes, de repente, una ligera descarga, transmitida a través de sus brazos y hasta la punta de sus dedos: había encontrado el concentrador.

    —Ok —dijo él—. Hay un pequeño enganche al final de la llave. Fíjalo y luego gira hacia la derecha. No mucho, rápido. Gírala este tiempo, ni más ni menos —aumentó su presión con el dedo índice durante un segundo y medio y luego lo apartó.

    —¿Lo tienes?

    —Sí —dijo ella.

    Joss esperaba que fuera así. Y si no funcionaba… Bueno, estaban en contacto. Si la energía acumulada se descargaba a través de su cuerpo, los dos se irían juntos.

    Pero no fue así. De repente el pasillo transmitía serenidad, calma. La sensación de vibración había desaparecido, demasiado sutil para escucharla hasta que habo desaparecido.

    —Creo que lo he conseguido —dijo Pikka.

    —Estamos vivos —respondió Joss—. Las luces siguen encendidas. Dos buenas señales.

    Pikka sacó su brazo del conducto con cuidado. Joss se inclinó para mirar y sí, el problema estaba resuelto.

    Miró a su mujer.

    —Si hubiésemos ido al hangar como teníamos pensado… Si no hubieras ejecutado ese último análisis de los sistemas de la estación…

    —Lo sé —dijo Pikka.

    Se inclinó hacia delante y le plantó un buen beso en los labios, ni demasiado largo ni demasiado corto.

    —Eres un hombre muy afortunado.

    Chasqueó los dedos.

    —Vamos —dijo ella—. Tenemos una nave que coger.


    El Tercer Horizonte era una nave elegante. Un crucero de clase Emisario, resplandeciente: el culmen del diseño en naves Republicanas, viajando a toda velocidad por el hiperespacio de vuelta a Coruscant. Estaba claro que no era la peor nave en la que se habían subido los Adrens.

    Pikka estaba sentada en la plataforma del hangar, acabando un informe de incidencias para Shai Tennem sobre el problema del cableado en la Baliza Starlight.

    Lo envió y miró a Joss al otro lado del Hangar, estaba admirando uno de los nuevos Longbeams que eran parte de las naves de apoyo del Tercer Horizonte. Alargados, elegantes y estrechos, los Vigalarga podían servir como naves de pasajeros, cargueros, de salvamento, incluso cruceros de combate de tamaño mediano. Joss se encontraba profundamente inmerso en una conversación con un miembro de la tripulación de cubierta, un twi’lek de piel azul. Joss se reía de buena gana y le daba una palmada en el hombro. Pikka sonrió. Joss era capaz de hacer amigos en cualquier lugar.

    Diseño de un Vigalarga

    Sonó una sirena, y una voz surgió por el sistema de intercom de la nave, alto y claro. Ella miró hacia arriba, escuchando.

    —Aquí el Almirante Kronara. Hemos recibido una señal de socorro del sistema Hetzal, en relación a un suceso masivo con víctimas por todo el sistema. Estamos lo suficientemente cerca como para ofrecer ayuda. Cualquier pasajero con experiencia en pilotaje, rescate o emergencias médicas dispuesto a ayudar en las tareas de socorro, póngase en contacto con un miembro de la tripulación.

    La intercom se quedó en silencio y Pikka sintió como el Tercer Horizonte salió del hiperespacio. No tenía ni idea de qué podía ser un suceso masivo con víctimas por todo el sistema. La República estaba en paz. ¿Una supernova quizá? ¿Qué podría…?

    Lo relevante era que «por todo el sistema» significaba miles de millones de vidas. No hay otra forma de interpretarlo. Sintió una presencia, giró su cabeza, y ahí estaba Joss.

    —Tenemos que ver si podemos ayudar —dijo.

    Pikka ni siquiera trató de disuadirlo. Ambos podían pilotar una nave, y tenían todo tipo de entrenamiento que podía ser útil en una crisis. Simplemente asintió.

    —Te quiero —dijo—. Vamos…


    La aventura de Joss y Pikka continuará en el número 200 de la revista Star Wars Insider.

  • Portada y datos del libro infantil de la Alta República: El Gran Rescate Jedi

    Traducción por Mario Tormo

    Os traemos otro pequeño pedacito de la Alta República, sobre todo para los enanos de la casa. Cavan Scott nos revela la portada del libro Star Wars: The High Republic – The Great Jedi Rescue y nos desvela alguno de sus detalles.

    El 5 de enero de 2021 sale en Estados Unidos El Gran Rescate Jedi. Es un libro de cuentos de 8×8 que adapta la historia del Gran Desastre de Light of the Jedi de Charles Soule para lectores de entre 5 y 7 años.

    ¡Conoce a los Jedi de la Alta República!

    Cuando un desastre en el hiperespacio pone en peligro a la población de Hetzal Prime, solo los valientes Jedi, los guardianes de la paz y la justicia, pueden solucionar la situación.

    Escrito por Cavan Scott y con hermosas ilustraciones de Petur Antonsson, la historia se cuenta desde el punto de vista del nuevo Jedi Wookiee favorito de todos, Burryaga y, lo mejor de todo, el libro de 24 páginas viene con pegatinas, ¡incluidas sí!, del propio Burry, ¡así como de Avar, Loden, Bell, las naves Jedi y más!

    Para Cavan, que le pidieran que escribiera el primer cuento de Star Wars: The High Republic fue un gran honor, sobre todo porque el formato le recordó a tesoros del pasado como este.

    La mayor esperanza de Scott es que para los niños que nunca antes han leído un libro de Star Wars, The Great Jedi Rescue sea el comienzo de una vida de aventuras de lectura en una galaxia muy, muy lejana.

    ¡Más información sobre este cuento muy pronto!

  • Lee en español los 8 primeros capítulos de La Alta República: Light of the Jedi

    Lee en español los 8 primeros capítulos de La Alta República: Light of the Jedi

    Traducción por Mariana Paola Gutiérrez Escatena.
    Revisión por Mario Tormo.

    La Fuerza está con la galaxia. Es el momento de la Alta República: una unión pacífica de mundos con ideas afines donde se escuchan todas las voces y el gobierno se logra mediante el consenso, no la coerción o el miedo. Es una era de ambición, de cultura, de inclusión, de Grandes Obras. La visionaria canciller Lina Soh dirige la República desde la elegante ciudad-mundo de Coruscant, ubicada cerca del brillante centro del Núcleo Galáctico.

    Pero más allá del Núcleo y sus muchas Colonias pacíficas, está el Borde: Interior, Medio y, finalmente, en el límite de lo que se conoce: el Borde Exterior. Estos mundos están llenos de oportunidades para aquellos lo suficientemente valientes como para viajar por las pocas rutas hiperespaciales bien mapeadas que conducen a ellos, aunque también hay peligro. El Borde Exterior es un refugio para cualquiera que busque escapar de las leyes de la República y está lleno de depredadores de todo tipo.

    La canciller Soh se ha comprometido a traer los mundos del Borde Exterior al abrazo de la República a través de ambiciosos programas de expansión como el Faro Starlight. Pero hasta que esté operativo, el orden y la justicia se mantienen en la frontera galáctica por los Caballeros Jedi, guardianes de la paz que han dominado increíbles habilidades derivadas de un misterioso campo de energía conocido como la Fuerza. Los Jedi trabajan en estrecha colaboración con la República y han acordado establecer puestos de avanzada en el Borde Exterior para ayudar a cualquiera que pueda necesitar ayuda. El Jedi de la frontera puede ser el único recurso para las personas que no tienen a dónde acudir. Aunque los puestos de avanzada operan de forma independiente y sin la ayuda directa del gran Templo Jedi en Coruscant, actúan como un disuasivo eficaz para aquellos que harían el mal en la oscuridad. Pocos pueden oponerse a los Caballeros de la Orden Jedi. Pero siempre hay quienes lo intentarán. . .

    High Republic.

    PARTE 1 – El gran desastre

    CAPÍTULO UNO

    HIPERESPACIO. LA CARRERA DEL LEGADO.
    3 horas para el impacto.

    Todo está bien.

    La Capitán Hedda Casset revisó las lecturas y pantallas incorporadas en su silla de mando por segunda vez. Siempre las repasaba al menos dos veces. Tenía más de cuatro décadas de vuelo a sus espaldas, y pensó que el doble control era gran parte de la razón por la que había sobrevivido todo ese tiempo. El segundo vistazo confirmó todo lo que había visto la primera vez.

    «Todo está bien,» dijo, en voz alta esta vez, anunciándolo a su tripulación del puente. «Es hora de mis rondas. Teniente Bowman, tiene el puente a su disposición.»

    “Recibido, Capitán,” respondió su primer oficial, levantándose de su propio asiento preparándose para ocupar el suyo hasta que ella regresara de su reunión vespertina.

    No todos los capitanes de cargueros de larga distancia manejaban su nave como una nave militar. Hedda había visto naves espaciales con suelos manchados y tuberías con fugas y grietas en las ventanas de la cabina, detalles que la atravesaron hasta el alma. Pero Hedda Casset comenzó su carrera como piloto de combate con la Fuerza de Tarea Conjunta Malastare-Sullust, manteniendo el orden en su pequeño sector en la frontera del Borde Medio. Había comenzado a volar un Incom Z-24, el caza monoplaza que todos llamaban Buzzbug. Principalmente misiones de seguridad, caza de piratas y cosas por el estilo. Sin embargo, finalmente ascendió para comandar un crucero pesado, uno de los buques más grandes de la flota. Una buena carrera, haciendo un buen trabajo.

    Dejó Mallust JTF con distinción y pasó a un trabajo como capitana de buques mercantes para el Gremio Byrne, su versión de un retiro relajado. Pero más de treinta años en el ejército significaban que el orden y la disciplina no estaban solo en su sangre, eran su sangre. Así que cada nave que volaba ahora funcionaba como si estuviera a punto de librar una batalla decisiva contra una armada Hutt, incluso si solo llevara una carga de pieles de ogrut del mundo A al mundo B. Esta nave, Legacy Run, no fue una excepción.

    Hedda se puso de pie, aceptando y devolviendo el saludo del teniente Jary Bowman. Se estiró, sintiendo los huesos de su columna crujir y crujir. Demasiados años patrullando en cabinas diminutas, demasiadas maniobras de alta gravedad, a veces en combate, a veces simplemente porque la hacía sentir viva.

    El problema real, sin embargo, pensó, metiéndose un mechón de cabello gris detrás de una oreja, son demasiados años.

    Salió del puente, dejando la precisa máquina de su cubierta de mando y caminando a lo largo de un pasillo compacto hacia el más grande y caótico mundo del Legacy Run. La nave era un transporte modular de carga de clase A de los astilleros Kaniff, más del doble de viejo que la propia Hedda. Eso puso a la nave un poco más allá de su vida operacional ideal, pero dentro de los parámetros seguros si estaba bien mantenida y atendida regularmente – y así era. Su capitán se encargaba de eso.

    El Run era una nave de uso mixto, clasificada tanto para carga como para pasajeros, por lo tanto, «modular» en su designación. La mayor parte de la estructura de la embarcación estaba ocupada por un solo compartimiento gigantesco, con la forma de un prisma triangular largo, con la ingeniería a popa, el puente a proa y el resto del espacio asignado para carga. Los brazos huecos sobresalían de la “columna” central a intervalos regulares, a los que se podían unir módulos adicionales más pequeños. La nave podía contener hasta 144 de estos, cada uno personalizable, para manejar cualquier tipo de carga que la galaxia pudiera requerir.

    A Hedda le gustaba que la nave pudiera transportar casi cualquier cosa. Significaba que nunca sabías lo que ibas a conseguir, los extraños desafíos a los que podrías enfrentarte de un trabajo a otro. Una vez había volado la nave cuando la mitad del espacio de carga en el compartimento principal se reconfiguró en un enorme tanque de agua, para llevar un pez sable gigantesco desde los mares tormentosos de Tibrin hasta el acuario privado de una condesa en Abregado-rae. Hedda y su equipo habían llevado a la bestia allí a salvo, no era una tarea fácil. Aún más difícil, sin embargo, fue llevar a la criatura a Tibrin tres ciclos después, cuando la maldita cosa enfermó porque la gente de la condesa no tenía idea de cómo cuidarla. Sin embargo, admiró a la mujer: pagó el flete completo para enviar el pez sable a casa. Mucha gente, especialmente los nobles, lo habrían dejado morir.

    Este viaje en particular, en comparación, era tan simple como parecía. Las secciones de carga de Legacy Run estaban llenas en un 80 por ciento de colonos que se dirigían al Borde Exterior desde mundos del Núcleo y las Colonias superpoblados, en busca de nuevas vidas, nuevas oportunidades, nuevos horizontes. Era capaz de identificarse con eso. Hedda Casset había estado inquieta toda su vida. Tenía la sensación de que moriría de esa manera también, mirando por una ventana, esperando que sus ojos se posaran en algo que nunca había visto antes.

    Debido a que se trataba de un recorrido de transporte, la mayoría de los módulos del barco eran configuraciones básicas de pasajeros, con asientos abiertos que se convertían en camas que, en teoría, eran lo suficientemente cómodas para dormir. Instalaciones sanitarias, almacenamiento, algunas pantallas solares, cocinas pequeñas, y eso era todo. Para los colonos dispuestos a pagar por una mayor comodidad y servicios, algunos tenían comedores automáticos operados por droides y compartimentos privados para dormir, pero no muchos. Esta gente era frugal. Si hubieran tenido créditos para empezar, probablemente no se dirigirían al Borde Exterior para raspar un futuro. El borde oscuro de la galaxia era un lugar de desafíos emocionantes y mortales. Más mortífero que emocionante, en verdad.

    Incluso el camino para salir de aquí es complicado, pensó Hedda, con la mirada puesta en el remolino de hiperespacio que se veia a través del gran ojo de buey por el que estaba pasando. Apartó los ojos de golpe, sabiendo que podría terminar parada allí durante veinte minutos si se dejaba absorber. No se podía confiar en el hiperespacio. Fue útil, seguro, te llevó de aquí para allá, fue la clave para la expansión de la República desde el Núcleo, pero nadie realmente lo entendió. Si su Navidroid calculase mal las coordenadas, incluso un poco, podría terminar fuera de la ruta marcada, la carretera principal a través del hiperespacio que realmente fuera, y luego estaría en un camino oscuro que conduce a quién sabe dónde. Si ha sucedido incluso en las hiperrutas mas transitadas cerca del centro galáctico, aquí, donde los buscadores apenas han trazado rutas. . . Bueno, tienes que cuidarte a ti mismo.

    Se quitó las preocupaciones de la cabeza y continuó su camino. La verdad era que el Legacy Run estaba ganando velocidad por la ruta más conocida y transitada hacia los mundos del Borde Exterior. Las naves se movían constantemente por este hipercarril, en ambas direcciones. Nada de que preocuparse.

    Pero más de nueve mil almas a bordo de esta nave dependían de la Capitán Hedda Casset para llevarlas a salvo a su destino. Le preocupaba. Era su trabajo.

    Hedda salió del corredor y entró en el casco central, emergiendo en un gran espacio circular, un lugar abierto necesario por la estructura de la nave que había sido reutilizada como una especie de área común no oficial. Un grupo de niños pateaba una pelota mientras los adultos se paraban y charlaban cerca; todos simplemente disfrutando de un pequeño descanso de los estrechos confines de los módulos donde pasaban la mayor parte del tiempo. El espacio no era elegante, solo un punto de cruce desnudo donde se unían varios corredores cortos, pero estaba limpio. El barco empleó, por insistencia de su capitán, un equipo de mantenimiento automatizado que mantuvo sus interiores limpios e higiénicos. Uno de los droides custodios se abría camino a lo largo de una pared en ese mismo momento, realizando una de las interminables tareas requeridas en una nave del tamaño del Run.

    Se tomó un momento para hacer un balance de este grupo: unas veinte personas, de todas las edades, de varios mundos. Los humanos, por supuesto, pero también algunos Ardennianos de cuatro brazos y cubiertos de piel, una familia de Givin con sus distintivos ojos triangulares, e incluso un Lannik con su cara pellizcada, moño y orejas enormes y puntiagudas que sobresalen del costado de su cabeza, no vio a muchos de los que estaban alrededor. Pero sin importar su planeta de origen, todos eran seres ordinarios, esperando el momento hasta que pudieran comenzar sus nuevas vidas.

    Uno de los niños miró hacia arriba.

    «¡Capitán Casset!» dijo el niño, un humano, de piel aceitunada y cabello rojo. Ella lo conocía.

    «Hola, Serj», dijo Hedda. «¿Alguna novedad? ¿Todo bien aquí?»

    Los otros niños detuvieron su juego y se agruparon a su alrededor.

    “Me vendrían bien algunos holos nuevos”, dijo Serj. «Hemos visto todo lo que hay en el sistema».

    «Lo que tenemos es todo lo que tenemos», respondió Hedda. “Y deja de intentar piratear el archivo para ver los títulos con restricción de edad. ¿Crees que no lo sé? Esta es mi nave. Sé todo lo que sucede en la Legacy Run «.

    Ella se inclinó hacia adelante.

    «Todo.»

    Serj se sonrojó y miró a sus amigos, quienes, de repente, también habían encontrado cosas muy interesantes para mirar en el suelo, el techo y las paredes absolutamente poco interesantes de la cámara.

    «No te preocupes por eso», dijo, enderezándose. «Lo entiendo. Este es un viaje bastante aburrido. No me creerás, pero en poco tiempo, cuando tus padres te tengan arando campos, construyendo vallas o luchando contra los Rancor, estarás soñando con el tiempo que pasaste en esta nave. Solo relájate y disfruta».

    Serj puso los ojos en blanco y volvió a cualquier juego de pelota improvisado que él y los otros niños habían ideado.

    Hedda sonrió y se movió por la habitación, asintiendo y charlando mientras lo hacía. Personas. Probablemente algunos buenos, otros malos, pero durante los próximos días, su gente. A ella le encantaban estos viajes. No importa lo que sucedió en la vida de estas personas, se dirigían al Borde para hacer realidad sus sueños. Ella era parte de eso y la hacía sentir bien.

    La República de la canciller Soh no era perfecta, ningún gobierno lo era ni podría serlo nunca, pero era un sistema que daba a la gente espacio para soñar. No, aún mejor. Alentó los sueños, grandes y pequeños. La República tenía sus defectos, pero en realidad, las cosas podrían ser mucho peores.

    Las rondas de Hedda le llevaron más de una hora; se abrió paso a través de los compartimentos de pasajeros, pero también verificó un envío de Tibanna líquido sobreenfriado para asegurarse de que el material volátil estuviera correctamente bloqueado (lo estaba), inspeccionó los motores (todo bien), investigó el estado de las reparaciones a los sistemas de recirculación ambiental del barco (en progreso y avanzando bien), y se aseguró de que las reservas de combustible fueran aún más que adecuadas para el resto del viaje con un margen cómodo además (lo estaban).

    El Legacy Run fue exactamente como ella quería que fuera. Un mundo diminuto y bien mantenido en el desierto, una cálida burbuja de seguridad que retiene el vacío. No podía responder por lo que les esperaba a estos colonos una vez que se dispersaran en el Borde Exterior, pero se aseguraría de que llegaran sanos y salvos para averiguarlo.

    Hedda regresó al puente, donde el teniente Bowman casi se puso en pie de un salto en el momento en que la vio entrar.

    «Capitán en el puente», dijo, y los otros oficiales se enderezaron.

    «Gracias, Jary», dijo Hedda cuando su segundo se hizo a un lado y regresó a su puesto.

    Hedda se instaló en su silla de mando, revisando automáticamente las pantallas, buscando algo fuera de lo común.

    Todo está bien, pensó.

    KTANG. KTANG. KTANG. KTANG. Una alarma, fuerte e insistente. La iluminación del puente cambió a su configuración de emergencia, bañando todo de rojo. A través de la ventana frontal, los remolinos del hiperespacio se desviaron de alguna manera. Tal vez fue la iluminación de emergencia, pero tenían un. . . Tinte rojizo. Parecía . . . Enfermizo.

    Hedda sintió que se le aceleraba el pulso. Su mente entró en modo de combate sin pensar.

    «¡Reporte!» gritó, sus ojos recorriendo su propio conjunto de pantallas para encontrar la fuente de la alarma.

    “Alarma generada por el navicomp, capitán”, gritó su navegante, la cadete Kalwar, una joven Quermiana. «Hay algo en el hipercarril. Varado. Grande. Impacto en diez segundos».

    La voz de la cadete se mantuvo firme y Hedda estaba orgullosa de ella. Probablemente no era mucho mayor que Serj.

    Sabía que esta situación era imposible. Los hipercarriles estaban vacíos. Esa era la cuestión. No podía recitar toda la ciencia involucrada, pero sabía que las colisiones a la velocidad de la luz en carriles establecidos simplemente no podían suceder. Era «matemáticamente absurdo» escuchar a los ingenieros hablar de ello.

    Hedda había estado volando en el espacio profundo el tiempo suficiente para saber que sucedían cosas imposibles todo el tiempo, todos los malditos días. También sabía que diez segundos no era tiempo en absoluto a velocidades como la que viajaba el Legacy Run.

    No puedes confiar en el hiperespacio, pensó.

    Hedda Casset pulsó dos botones en su consola de mando.

    «Prepárense», dijo, su voz tranquila. «Estoy tomando el control».

    Dos mandos de pilotaje salieron de los reposabrazos de la silla de capitán y Hedda los agarró, uno en cada mano.

    Dejó tiempo para respirar y luego voló.

    El Legacy Run no era un Incom Z-24 Buzzbug, ni siquiera uno de los nuevos Republic Longbeams. Había estado en servicio durante más de un siglo. Era un carguero al final, si no más allá, de su vida útil operativa, cargado a su máxima capacidad, con motores diseñados para una aceleración y desaceleración lenta y gradual, y acoplado a puertos espaciales e instalaciones de carga orbital. Maniobraba como una luna.

    El Legacy Run no era una nave de guerra. Ni de lejos. Pero Hedda lo voló como tal.

    Vio el obstáculo en su camino con el ojo y los instintos de piloto de caza, lo vio avanzar a una velocidad increíble, lo suficientemente grande como para que tanto su nave como lo que fuera se desintegraran en átomos, solo polvo flotando para siempre a través de las hiperrutas. No hubo tiempo para evitarlo. La nave no podía dar la vuelta. No había espacio y no había tiempo.

    Pero la capitana Hedda Casset estaba al timón y no le fallaría a su nave.

    Hizo un leve movimiento de la palanca de control izquierda, y uno mayor de rotación de la derecha, y el Legacy Run se movió. Más de lo que quería, pero no menos de lo que su capitán creía que podía. El enorme carguero se deslizó más allá del obstáculo en su camino, pasando éste por su casco tan cerca que Hedda estaba segura de que sintió que se despeinaba a pesar de las muchas capas de metal y escudos entre ellos.

    Pero estaban vivos. Sin impacto. El barco estaba vivo.

    Turbulencias. Hedda luchó contra ellas, tanteando su camino a través de las irregularidades y ondas, cerrando los ojos, sin necesidad de ver para volar. La nave gimió, su estructura se quejó.

    «Puedes hacerlo, vieja amiga», dijo en voz alta. «Somos un par de viejas malhumoradas, está claro, pero las dos tenemos mucha vida que vivir. Te he cuidado muy bien y lo sabes. No te decepcionaré si tú no me decepcionas «.

    Hedda no falló a su nave.

    Pero ésta si falló.

    El gemido del metal sobrecargado se convirtió en un grito. Las vibraciones del paso de la nave por el espacio adquirieron un nuevo timbre que Hedda había sentido demasiadas veces antes. Era la sensación de una nave que se había llevado más allá de sus límites, ya sea por sufrir demasiado daño en un tiroteo o, como aquí, simplemente se le pidió que realizara una maniobra que era más de lo que podía dar.

    El Legacy Run se estaba desgarrando. A lo sumo, le quedaban unos segundos.

    Hedda abrió los ojos. Soltó las palancas de control y pulsó los comandos en su consola, activando el blindaje del mamparo que separaba cada módulo de carga en el caso de un desastre, pensando que tal vez podría dar una oportunidad a algunas de las personas a bordo. Pensó en Serj y sus amigos, jugando en el área común, y en cómo las puertas de emergencia acababan de cerrarse de golpe en la entrada de cada módulo de pasajeros, posiblemente atrapándolos en una zona que estaba a punto de convertirse en vacío. Esperaba que los niños hubieran ido con sus familias cuando sonaron las alarmas.

    Aunque no podía saberlo.

    Era imposible saberlo.

    Hedda miró a los ojos a su primer oficial, que la estaba mirando, sabiendo lo que estaba a punto de suceder. Saludó.

    «Capitán», dijo el teniente Bowman, «ha sido un …»

    El puente se abrió de par en par.

    Hedda Casset murió, sin saber si había salvado a alguien.

    CAPITULO DOS

    EL BORDE EXTERIOR. SISTEMA HETZAL.
    2.5 horas para el impacto.

    El técnico de escáners -scantech- (tercera clase) Merven Getter estaba listo. Listo para marcar la salida del día, listo para llevar el transbordador de regreso al sistema interior, listo para llegar a la cantina a unas pocas calles del puerto espacial en la Luna Enraizada donde Sella trabajaba atendiendo el bar, listo para ver si hoy era el día en que él podría encontrar el coraje para invitarla a salir. Ella era Twi’lek y él era Mirialano, pero ¿qué importaba eso? Todos somos la República. El gran eslogan de la canciller Soh, pero la gente lo creyó. En realidad, Merven pensó que él también. Las actitudes estaban evolucionando. Las posibilidades eran infinitas.

    Y tal vez, una de esas posibilidades giraba en torno a un scantech (tercera clase) asignado a una estación de monitoreo muy lejos en la eclíptica del sistema Hetzal, ya de por sí bastante alejado del Borde, tristemente distante de las luces brillantes y los mundos interesantes del Núcleo de la República. Quizás ese scantech (de tercera clase), que se pasaba los días mirando las pantallas holográficas, registrando el tráfico de naves estelares dentro y fuera del sistema, podría llamar la atención de la encantadora mujer de piel escarlata que le sirve una jarra de cerveza local tres o cuatro noches a la semana. Sella solía quedarse para charlar con él un rato, dando vueltas hacia atrás mientras otros clientes entraban y salían de su pequeña taberna. Ella parecía encontrar sus historias sobre la vida en el extremo más alejado del sistema inexplicablemente interesantes.

    Merven no entendía por qué estaba tan fascinada. A veces aparecían naves en el sistema, saliendo desde el hiperespacio y apareciendo en sus pantallas, y otras veces las naves se iban… Momento en el que sus pequeños iconos desaparecían de sus pantallas. Nunca sucedía nada interesante: los planes de vuelo se registraban con anticipación, por lo que generalmente sabía lo que iba o venía. Merven era responsable de asegurarse de que se siguieran esos planes de vuelo, y no mucho más. En la remota posibilidad de que ocurriera algo inusual, su trabajo era simplemente notificar a las personas significativamente más importantes que él.

    Scantech (tercera clase) Merven Getter pasaba sus días viendo a la gente ir a lugares. Él, en cambio, permanecía quieto.

    Pero quizás hoy no. Pensó en Sella. Pensó en su sonrisa, en la forma en que decoraba su lekku con esos intrincados lazos que le dijo que había diseñado ella misma, en la forma en que detenía todo lo que estuviera haciendo para servirle su jarra de cerveza en el momento en el que entraba, sin que ni siquiera tuviera que pedirlo.

    Si. Iba a invitarla a cenar. Esta noche. Había estado ahorrando y conocía un lugar no muy lejos de la cantina. No tan lejos de su casa, tampoco, pero eso se estaba adelantando.

    Solo tenía que terminar su maldito turno.

    Merven miró a su colega, la scantech (segunda clase) Vel Carann. Quería preguntarle si podía salir un poco más temprano ese día, tomar el transbordador de regreso a la Luna Enraizada. Estaba leyendo algo en un datapad, totalmente absorta. Probablemente una de esas novelas Jedi con las que siempre estuvo obsesionada. Merven no lo entendía. Había leído algunas, todas estaban ubicadas en puestos de avanzada en las lejanas fronteras de la República, llenas de amor no correspondido y miradas anhelantes… La única acción eran las batallas con sables de luz que fueron claramente un sustituto de lo que los personajes realmente querían hacer. No se esperaba que Vel estuviera leyendo material personal en horario de trabajo, pero si le decía algo, ella simplemente tocaba la pantalla y lo cambiaba a un manual técnico e insistía en que no estaba haciendo nada malo. El problema era que ella era de segunda clase y él de tercera, lo que significaba que mientras él hiciera su trabajo, ella pensaba que no tenía que hacer el suyo.

    Nah. Ni siquiera valía la pena pedir salir una hora antes. No a Vel. Podría aguantar el resto de su turno. No faltaba mucho y …

    Algo apareció en una de sus pantallas.

    «Eh,» dijo Merven.

    Era extraño. No había ninguna entrada programada al sistema en los próximos veinte minutos más o menos.

    Algo más apareció. Varias cosas. Diez.

    «¿Qué demonios?» Dijo Merven.

    «¿Algún problema Getter?» Preguntó Vel, sin levantar la vista de la pantalla.

    «No estoy seguro,» dijo. «Tengo un montón de entradas no programadas al sistema y no están desacelerando».

    «Espera ¿Qué? Vel dijo, bajando su pantalla de datos y finalmente mirando sus propios monitores. «Oh, eso es extraño.»

    Más iconos aparecieron en las pantallas de Merven, demasiados para contarlos de un vistazo.

    «Eso son…. ¿Crees que son… Asteroides tal vez?» Dijo Vel, con voz inestable.

    “¿A esa velocidad? ¿Del hiperespacio? No sé. Haz un análisis,” dijo Merven. «A ver si puedes averiguar qué son.»

    Silencio desde el puesto de Vel.

    Merven echó un vistazo.

    «Yo… no se como hacerlo,» dijo ella. «Después de la última actualización, nunca me preocupé de aprender los sistemas. Parecías tener todo bajo control, y yo solo estoy aquí para supervisar, ya sabes y…»

    «Bien,» dijo él, nada sorprendido. «¿Puedes al menos rastrear las trayectorias? Esa subrutina ha sido la misma durante los últimos dos años.»

    «Si,» dijo Vel. «Puedo hacer eso.»

    Merven volvió a sus monitores y empezó a teclear comandos en los teclados.

    Ahora había cuarenta y dos anomalías en el sistema, todas moviéndose a una velocidad cercana a la velocidad de la luz. Increíblemente rápido, en otras palabras, mucho más rápido de lo que permiten las normas de seguridad. Si de hecho fueran naves quienquiera que los estuviera pilotando se enfrentaría a una enorme multa. Pero Merven no pensó que fueran naves. Eran demasiado pequeños, para empezar, y no dejaban rastros de motor.

    ¿Asteroides, tal vez? ¿Rocas espaciales, arrojadas de alguna manera al sistema? ¿Algún tipo de tormenta espacial extraña o un conjunto de cometas? No podía ser un ataque, eso lo sabía. La República estaba en paz y parecía que iba a seguir así. Todos estaban felices viviendo sus vidas. La República funcionaba.

    Además, el sistema Hetzal no tenía nada que valiera la pena atacar. Era solo un conjunto ordinario de planetas, el mundo principal y sus dos lunas habitadas, la Fructificada y la Enraizada, con un enfoque profundo en la producción agrícola. Tenía algunos gigantes gaseosos y bolas de roca congeladas, pero en realidad eran solo un montón de granjeros y todas las cosas que cultivaban. Merven sabía que era importante, que Hetzal exportaba alimentos por todo el Borde Exterior, y parte de su producción incluso llegaba a los sistemas internos. También estaba ese material de bacta sobre el que había estado leyendo, una especie de reemplazo milagroso para el juvan que estaban tratando de cultivar en el mundo principal, que se suponía que revolucionaría la medicina si alguna vez podían descubrir cómo cultivarlo a gran escala… Pero aún así, eran solo plantas. Era difícil entusiasmarse con las plantas.

    Por lo que a él respectaba, el mayor reclamo de Hetzal era que era el mundo natal de una famosa cantante de gill llamada Illoria Daze, que podía hacer vibrar su aparato vocal de tal manera que cantaba melodías en armonías de seis partes. Eso, en combinación con un ingenio excepcionalmente atractivo y una historia de trasfondo de la pobreza a la riqueza, la habían hecho famosa en toda la República. Pero Illoria ni siquiera estaba aquí. Ahora vivía en Alderaan, con gente elegante.

    Hetzal no tenía nada de valor real. Nada de esto tenía sentido.

    Otra erupción de objetos apareció en sus pantallas, tantos ahora que estaba sobrecargando la capacidad de su computadora para rastrearlos. Redujo la resolución, cambiando a una vista de todo el sistema, dejando una imagen más clara. Merven podía ver que las cosas, fueran las que fueran, no se limitaban a entrar al sistema desde la seguridad de la zona de acceso al hiperespacio. Estaban apareciendo por todas partes, y algunos se estaban acercando mucho a…

    «Oh, no,» dijo Vel.

    «Yo también lo veo,» dijo Merven. Ni siquiera tuvo que ejecutar un análisis de trayectoria.

    Las anomalías se dirigían hacia el sol, y muchas de ellas estaban en trayectorias de impacto con los mundos habitados y sus estaciones orbitales. Los objetos tampoco se estaban ralentizando. De ningún modo. Casi a la velocidad de la luz, no importaba si eran asteroides, naves o burbujas espumosas de caramelo gaseoso. Cualquier cosa que golpearan simplemente… Desaparecería.

    Mientras miraba, uno de los objetos atravesó un satélite de comunicaciones sin tripulación. Tanto la anomalía como el satélite desaparecieron de su pantalla, y la galaxia consiguió un poco más de polvo espacial.

    Hetzal Prime era lo suficientemente grande como para soportar algunos impactos como ese y sobrevivir como un cuerpo planetario. Incluso las dos lunas habitadas podrían recibir un par de golpes. Pero cualquiera que viviese en ellos. . .

    Sella estaba en la Luna Enraizada en este momento.

    «Tenemos que salir de aquí,» dijo. “Estamos justo en la zona objetivo y cada segundo aparecen más de estas cosas. Tenemos que llegar al transbordador.»

    «Estoy de acuerdo,» dijo Vel, con algo de autoridad regresando a su voz. “Pero primero debemos enviar una alerta a todo el sistema. Tenemos que hacerlo.»

    Merven cerró los ojos por un momento y luego los volvió a abrir.

    «Tienes razón. Por supuesto.»

    «La computadora necesita códigos de autorización de ambos para activar la alarma de todo el sistema,» dijo Vel. «Lo haremos a mí señal.»

    Tocó algunos comandos en su teclado. Merven hizo lo mismo, luego esperó a que asentiera. Lo hizo y él escribió su código.

    Una suave alarma sonó a través de la plataforma de operaciones cuando salió el mensaje. Merven sabía que ahora se estaba escuchando un sonido similar en todo el sistema Hetzal, desde las cabinas de los vertederos de basura hasta el palacio del ministro en el primer mundo. Cuarenta mil millones de personas simplemente miraron hacia arriba con miedo. Uno de ellos era una encantadora Twi’lek de piel escarlata que probablemente se preguntaba si su Mirialano favorito iba a pasar por la taberna esa noche.

    Merven se puso de pie.

    “Hemos hecho nuestro trabajo. Hora de movernos. Podemos enviar un mensaje explicando lo que está sucediendo de camino».

    Vel asintió y se levantó de su asiento.

    «Si. Salgamos de…»

    Uno de los objetos saltó del hiperespacio, tan cerca y moviéndose tan rápido, que en términos astronómicos estaba sobre ellos en el momento en que apareció.

    Una llamarada y la anomalía se desvaneció, junto con la estación de monitoreo, sus dos scantech y todas sus metas, miedos, habilidades, esperanzas y sueños; la energía cinética del objeto atomiza todo lo que toca en menos de un instante.

    CAPÍTULO TRES

    CIUDAD AGUIRRE, HETZAL PRIME.
    2 horas para el impacto.

    «¿Es esto real?» —Preguntó el Ministro Ecka mientras las alarmas sonaban en su oficina, consistentes, insistentes, imposibles de ignorar. Lo que, suponía, era la cuestión.

    «Eso parece,» respondió el Consejero Daan, colocandose un mechón de cabello detrás de la oreja. “La alerta se originó en una estación de monitoreo en el extremo más alejado del sistema. Entró en el nivel de prioridad más alto y llegó a todo el sistema. Cada computadora conectada al núcleo de procesamiento principal hace sonar la misma alarma.»

    «¿Pero qué lo está causando?» Preguntó el ministro. «¿No había ningún mensaje adjunto?»

    «No,» respondió Daan. “Hemos pedido aclaraciones en repetidas ocasiones, pero no ha habido respuesta. Creemos que… la estación de monitoreo fue destruida ”.

    El ministro Ecka pensó por un momento. Giró su silla lejos de sus consejeros y la vieja madera crujió un poco bajo su peso. Miró por la amplia ventana panorámica que hacía de pared trasera de su escritorio. Por ella podía ver los campos dorados de Hetzal, hasta el horizonte. El mundo, todo el sistema en realidad, creía en utilizar cada pedacito de espacio disponible para crecer, crear y cultivar. Los edificios se techaron con tierras de cultivo, los ríos y lagos se utilizaron para cultivar algas y plantas acuáticas útiles, las torres se colocaron en terrazas, con vides de frutas que se derramaban por los lados. Los droides recolectores flotaban entre ellos, arrancando frutos maduros, lo que fuera de temporada. En este momento serían frutas de miel, moras y melones de hielo. En un mes sería otra cosa. En Hetzal, siempre había algo de temporada.

    Le encantaba esta vista. La más pacífica de la galaxia creía. Tal que así. Productivo y correcto.

    Ahora, con las alarmas sonando en sus oídos, ya no lo veía así. Ahora todo parecía… Frágil.

    «Algo está pasando ahí fuera,» dijo otro asesor, una mujer Devaroniana llamada Zaffa.

    Ecka la conocía desde hacía mucho tiempo y era la primera vez que la oía preocupada. Estaba mirando una pantalla de datos, frunciendo el ceño.

    «Una plataforma minera en el medio del sistema se ha venido abajo,» dijo Zaffa. “La red de satélites también está empezando a mostrar agujeros. Es como si algo estuviera destruyendo nuestras instalaciones, una por una «.

    «¿Y todavía no tenemos imágenes? Esto es una locura,” declaró Ecka.

    Señaló a su jefe de seguridad, un humano corpulento de mediana edad.

    «Borta, ¿por qué tu gente no sabe lo que está pasando?»

    Borta frunció el ceño. «Ministro, con todo el respeto, ya sabe por qué. Sus recientes recortes han reducido la división de seguridad de Hetzal a una décima parte de su tamaño anterior. Estamos trabajando en ello, pero no podemos aportar mucho.»

    “¿Es algún tipo de anomalía natural? No puede ser… No estamos siendo atacados, ¿verdad?»

    “En este punto, no lo sabemos. Lo que está sucediendo es consistente con algún tipo de infiltración enemiga, pero no vemos marcas de motores y las ubicaciones afectadas son bastante aleatorias. Todavía tenemos algunas plataformas de defensa orbital por ahí, y todas están intactas. Si es un ataque, deberían apuntar a nuestra capacidad de devolver el golpe, pero no es así.»

    Las alarmas sonaron de nuevo y Ecka hizo girar su silla señalando al consejero Daan, quien se encogió hacia atrás.

    “¿Puedes apagar esa maldita alarma? ¡No puedo pensar!»

    Daan se incorporó, manteniéndose ligeramente firme y pulsó un control en su pantalla de datos. La alarma, afortunadamente, cesó.

    Otro consejero habló, un joven delgado con cabello rojo y piel extremadamente pálida, Keven Tarr. Había sido enviado por el Ministerio de Tecnología. Ecka no usaba mucho la tecnología que no estaba relacionada con los rendimientos agrícolas. En su corazón todavía era un granjero, pero sabía que se suponía que Tarr era muy inteligente. Probablemente no pasaría mucho tiempo hasta que el chico siguiera adelante y encontrara un trabajo en alguna parte más sofisticada de la galaxia. Así eran las cosas en un mundo como Hetzal. No todo el mundo se permanecía.

    «Creo que puedo mostrarle lo que está pasando, ministro,» dijo Tarr.

    El chico tenía los dedos largos para ser un humano, y bailaban sobre su datapad.

    «Déjeme pasarle los datos al droide; puede proyectar la información para que todos la podamos ver.»

    Pulsó varios comandos finales y llevó un cable de conexión desde su datapad hasta poder conectarlo al puerto de acceso de comunicaciones hexagonal del droide que había en esquina de la habitación, para lo que tuvo que ponerse de cuclillas. El droide rodó entonces hacia adelante con su único ojo verde iluminado mientras se movía.

    Desde ese ojo, la máquina proyectaba una imagen en la gran pared blanca de la oficina del ministro reservada a tal efecto. Normalmente, las presentaciones en el vidwall se trataban sobre los rendimientos de los cultivos o los programas de erradicación de plagas. Ahora, sin embargo, mostraba todo el sistema Hetzal, todos sus mundos, estaciones, satélites, plataformas y naves.

    Y algo más.

    Para el ministro Ecka, parecía un campo invadido por un enjambre de insectos devoradores. Cientos de pequeñas luces se movían a través de su sistema a lo que tenía que ser una velocidad tremenda, todas en la misma dirección: hacia el sol. Más particularmente, hacia el planeta. Hacia Hetzal Prime y las no tan lejanas lunas Fructificada y Enraizadas, sin mencionar todas esas estaciones, satélites, plataformas, naves… Muchos de los cuales con personas en ellos.

    «¿Qué son?» preguntó.

    «Desconocido,» respondió Tarr. “Obtuve esta imagen al vincular las señales de los satélites supervivientes y las estaciones de monitoreo, pero están disminuyendo rápidamente y estamos perdiendo la capacidad del sensor a medida que lo hacen. Cualesquiera que sean estas anomalías, se mueven casi a la velocidad de la luz y es muy difícil rastrearlas. Y, por supuesto, siempre que golpean algo, lo hacen de manera…»

    “Fatal”, terminó el general Borta por él.

    «Apocalíptico, iba a decir,» dijo Tarr. «Estoy rastreando un buen número de rutas de impacto con el mundo principal».

    «¿No hay nada que hacer?» Dijo Ecka, mirando a Borta. «Podemos… ¿Derribarlos?»

    Borta lo miró desamparado. “Si fuera uno, tal vez, hubiéramos tenido la oportunidad. Al menos alguna. Pero la defensa del sistema no ha sido una prioridad durante… Mucho tiempo.»

    La acusación quedó suspendida en el aire, pero Ecka no la permitió. Había tomado decisiones que parecían correctas en ese momento, con la mejor información que tenía. ¡Estaban en paz! En todas partes estaba en paz. ¿Por qué gastar dinero que podría ayudar a la gente de otras formas? En cualquier caso, no se podía mirar atrás. Era hora de tomar una decisión. La mejor que pudiera.

    No vaciló. Cuando las cosechas se estaban quemando, no podías dudar. Por muy malas que fueran las cosas, cuanto más esperabas, más tendían a empeorar.

    “Dar la orden de evacuación. Todo el sistema. Luego envía un mensaje a Coruscant. Hágales saber lo que está sucediendo. No podrán traer a nadie aquí a tiempo, pero al menos lo sabrán.»

    La consejera Zaffa lo miró con los ojos entrecerrados.

    «No sé si realmente podemos implementar esa orden de manera efectiva, Ministro», dijo. «No tenemos suficientes naves aquí para evacuaciones planetarias, y si estas cosas realmente se están acercando a la velocidad de la luz, no hay mucho tiempo hasta que…»

    «Entiendo, consejera Zaffa,» dijo Ecka, su voz ahora era firme. «Pero incluso si la orden salva a una sola persona, entonces una persona se salvará.»

    Zaffa asintió y tocó su pantalla de datos.

    «Está hecho,» dijo. «Evacuación de todo el sistema en curso».

    El grupo observaba la proyección en la pared ahora con ráfagas de estática. La red improvisada de Tarr estaba perdiendo capacidad a medida que más satélites terminaban en llamas, pero el mensaje seguía siendo claro. Era como si se hubiera disparado un arma enorme contra el sistema Hetzal, y no había nada que pudieran hacer para salvarse.

    «Probablemente todos deberían intentar encontrar una manera de salir del planeta,» dijo Ecka. «Me imagino que las naves estelares que tenemos se llenarán con bastante rapidez».

    Nadie se movió.

    «¿Qué va a hacer, Ministro?» Preguntó el consejero Daan.

    Ecka se volvió hacia su ventana y miró los campos dorados que se extendían hasta el horizonte. Todo había sido tan pacífico. Era imposible creer que algo malo pudiera suceder aquí.

    «Creo que me quedaré,» dijo. “Emitir para la población, quizá, para intentar mantener a la gente tranquila. Alguien tiene que cuidar la cosecha.»

    Por todo Hetzal Prime y las amplias extensiones de sus dos lunas habitadas, el mensaje del Ministro Ecka viajó rápidamente, apareciendo en datapads y holospantallas, transmitido a través de todos los canales de comunicación, diciendo, en esencia: Ningún lugar es seguro. Aléjate lo más que puedas.

    La explicación fue limitada, lo que generó especulaciones. ¿Qué estaba pasando? ¿Algún tipo de accidente? ¿Qué desastre podría tener un alcance tan grande que fuera necesario evacuar todo un sistema?

    Algunas personas ignoraron la advertencia. Las falsas alarmas habían ocurrido antes y, a veces, los hackers hacían bromas o presumían de haber accedido a los sistemas de alerta de emergencias. Es cierto que nunca había sucedido nada de esta escala, pero en realidad, eso hizo que fuera más fácil no tomarlo en serio. Después de todo, ¿todo el sistema está en peligro? No era posible.

    Esas personas se quedaron en sus hogares, en sus lugares de trabajo. Apagaron sus pantallas y volvieron a sus vidas, porque era mejor que la alternativa. Y si de vez en cuando miraban al cielo y veían naves espaciales subiendo y bajando… Bueno, se decían a sí mismos que la gente de esas naves eran estúpidos, que se asustaba fácilmente.

    Otros, en otros lugares, se quedaron petrificados. Querían buscar un lugar seguro pero no tenían idea de cómo. No todos tenían acceso a una vía de escape del planeta. De hecho, la mayoría no lo hizo. Hetzal era un sistema de agricultores, gente que vivía cerca de la tierra. Si viajaron a cualquier otro lugar de la República, fue para una ocasión especial, una experiencia única en la vida. Ahora, se les dice que encuentren una manera de saltar al espacio de repente… ¿Cómo? ¿Cómo podían hacer algo así?

    Pero algunas personas en Hetzal si que tenían naves estelares o vivían en ciudades donde los viajes espaciales eran más comunes. Encontraron a sus hijos, recogieron sus objetos de valor y corrieron hacia los espaciopuertos, con la esperanza de ser los primeros en llegar, los primeros en reservar un pasaje. Inevitablemente, no lo fueron. Fueron recibidos por multitudes, colas, precios de pasajes que se dispararon a niveles inalcanzables para todos excepto para los más ricos, gracias a oportunistas sin escrúpulos. La tensión aumentó. Estallaron peleas, y aunque Hetzal tenía una fuerza de seguridad para calmar estas disputas, estos oficiales también miraron al cielo y se preguntaron si pasarían sus últimos momentos con vida tratando de ayudar a otras personas a ponerse a salvo. Un final noble, sí… ¿Pero deseable? Los agentes de seguridad también eran personas con sus propias familias.

    El orden comenzó a quebrarse.

    En la Luna Enraizada, un amable comerciante decidió abrir las puertas de la nave estelar que usaba para transportar productos sumamente frescos de la luna a los voraces mundos del Borde Exterior. Ofreció espacio a todos los que pudieran caber, y aunque su piloto le dijo que la embarcación era vieja y que los motores estaban un poco excedidos, al comerciante no le importó. Este era un momento de magnanimidad y esperanza, y por la luz salvaría a todos los que pudiera.

    La nave, con capacidad para 582 personas, incluido el comerciante y su propia familia, logró despegar de su plataforma de aterrizaje, una vez que el piloto llevó sus motores al máximo. Tan solo necesitaba escapar de la gravedad de la luna. Una vez que estuvieran en el espacio, todo sería más fácil. Podían escapar, ponerse a salvo.

    El carguero había completado prácticamente un kilómetro antes de que los sobrecargados motores explotaran. La bola de fuego cayó sobre los que quedaron atrás, y no estaban seguros de si tenían suerte o no, considerando que aún no sabían lo que les esperaba. El mensaje del ministro Ecka no lo especificaba.

    Una variante de ese mensaje fue enviada desde Hetzal a cualquier otro sistema o nave que pudiera escucharlo: Estamos en graves aprietos. Envíe ayuda si puede.

    Fue captado por receptores en los otros mundos del Borde Exterior: Ab Dalis, Mon Cala, Eriadu y muchos más, extendiéndose hacia afuera a través del sistema de retransmisión de la República, y luego hacia adentro a los planetas de los Bordes Medio e Interior, la Región de las Colonias, e incluso el brillante Núcleo. Prácticamente todos los que lo escucharon querían hacer algo para ayudar, pero ¿qué? Estaba claro que cualquier cosa que estuviera sucediendo en Hetzal terminaría mucho antes de que pudieran llegar.

    Pero se enviaron naves de todos modos, en su mayoría naves de asistencia médica, con la esperanza de que pudieran ofrecer tratamiento a los ciudadanos heridos de Hetzal.

    Si alguno hubiera sobrevivido.

    «Vaya a su instalación de transporte extraplanetaria más cercana,» decía el ministro Ecka a un droide cámara que grababa sus palabras e imágenes y las transmitía por todo el sistema. “Enviaremos naves para recoger a las personas que no tienen otra forma de salir del planeta. Puede que lleve tiempo, pero mantengan la calma y la paz. Tienen mi palabra, iremos por vosotros. Todos somos parte de la misma cosecha. Con abundancia de reservas. Sobreviviremos a esto de la misma forma que hemos sobrevivido a duros inviernos y secos veranos, uniéndonos.»

    “Todos somos Hetzal. Todos somos la República,” dijo.

    Levantó una mano y el droide cámara dejó de transmitir. Este era el cuarto mensaje que había enviado desde que comenzó la emergencia y esperaba que sus comunicaciones estuvieran funcionando bien. Los informes sugerían que no, los disturbios estaban comenzando en los puertos espaciales de los tres mundos habitados, pero ¿qué más podía hacer? Transmitía sus mensajes desde su oficina en la ciudad de Aguirre, demostrando que no había abandonado a su pueblo aunque seguramente podría hacerlo. Una muestra de solidaridad. No era mucho, pero era algo.

    A su alrededor, el resto de su personal coordinó sus propios intentos de ayudar de cualquier manera que pudieran. El General Borta trabajó con su escasa flota de seguridad para mantener el orden y transportar a la gente fuera del planeta. Con la ayuda del Consejero Daan, habían organizado varios de los enormes cargueros de cultivos actualmente en tránsito para actuar como puntos de retransmisión, ordenándoles que arrojasen su cargamento y despejasen todo el espacio para los refugiados entrantes. Cada uno podía albergar a decenas de miles de personas. No cómodamente, por supuesto, pero esta no era una situación en la que la comodidad importara.

    Las naves más pequeñas transportaban a los hetzalianos hasta los cargueros, descargaban a su gente y luego regresaban corriendo para recoger más. Era un sistema imperfecto, pero era lo que habían podido organizar sin previo aviso. No había ningún plan para algo como esto.

    El ministro Ecka se culpaba a sí mismo por eso, pero ¿cómo podía saberlo? No era previsible que esto pudiera suceder. Era imposible, fuera lo que fuera. Después de todo, era solo un granjero, y…

    No, pensó, repentinamente avergonzado de sí mismo. Era el ministro Zeffren Ecka, líder de todo el maldito sistema. No importaba si no había podido anticipar este desastre, estaba sucediendo y tenía que hacer todo lo posible.

    Mientras consideraba ese pensamiento, miró a Keven Tarr, que no había dejado de organizar su pequeña red, tratando de mantener el flujo de información. El joven ahora estaba trabajando con tres datapads separados y una serie de droides de comunicaciones que proyectaban varias pantallas en las paredes, obteniendo tantos datos como podía sobre el alcance del desastre que continuaba causando estragos en el sistema. Todavía no tenía respuestas reales, aparte de confirmar continuamente que Hetzal estaba siendo atacado lo que fuera que castigaba al sistema. Satélites, redes, estaciones. . . destrozados por la mortal tormenta que se había hecho presente. Era como los enjambres de moscas masticadoras estacionales que solían plagar la Luna Frutada hasta que desaparecieron genéticamente modificados.

    Si llegaba el enjambre, no había nada que pudieras hacer. Te agachabas, sobrevivías y volvías a sembrar tus campos cuando todo hubiera pasado.

    Ecka observó cómo Keven Tarr se limpiaba el sudor de los ojos y luego volvió a mirar su datopad principal, el que había apoyado en la mesita auxiliar que estaba usando como escritorio.

    Los ojos de Tarr se agrandaron y sus dedos se congelaron, flotando sobre la pantalla.

    «Ministro,» dijo. «Estoy… Recibo una señal.»

    «¿Qué señal?» Dijo Ecka.

    «Yo solo… se la paso,» dijo Tarr, y había un tono extraño en su voz, de sorpresa o simplemente algo inesperado.

    Las palabras crepitaron en el aire, uno de los droides de comunicaciones del técnico transmitió el mensaje a la oficina del ministro Ecka. Era una voz de mujer. Fueron solo unas pocas palabras, pero contenían… Lo único que más se necesita en ese momento.

    “Aquí la Maestra Jedi Avar Kriss. La ayuda está en camino.»

    Esa única cosa.

    Esperanza.

    CAPÍTULO CUATRO

    CRUCERO DE CLASE EMISARIO DE LA REPÚBLICA
    TERCER HORIZONTE.
    90 minutos para el impacto.

    Una nave apareció en el sistema Hetzal, saltando del hiperespacio y desacelerándose rápidamente mientras volvía a velocidades convencionales. Estaba profundamente orientado hacia el sol, y los pozos de gravedad que necesitaba para navegar destrozarían una nave menor, o incluso ésta, si la tripulación del puente no daba de sí lo mejor que la República tenía para ofrecer.

    La nave era el Tercer Horizonte y era hermosa. Las superficies de la nave ondulaban a lo largo de su estructura como olas en un mar plateado, estrechándose hasta un punto, con torres y almenas a lo largo, como una fortaleza tendida de lado, todo alas, agujas y espirales. Rezumaba ambición. Exhibía optimismo. Mostraba algo que se ha hecho hermoso porque podía hacerse, sin tener en cuenta el coste o el esfuerzo.

    El Tercer Horizonte fue una obra de arte, símbolo de la gran República de mundos a los que representaba.

    Cápsulas más pequeñas empezaron a lanzarse desde las bahías del casco de la nave, despegándose como pétalos de flores en la brisa, lanzando motas de plata y oro. Éstos eran las lanzaderas de la Orden Jedi, sus Vectores. De la misma manera en que los Jedi y la República trabajaban como uno solo, así lo hizo la gran nave y su contingente Jedi. Las naves más grandes también salieron de los hangares del Tercer Horizonte, los caballos de batalla de la República: Longbeams. Naves versátiles, cada una de las cuales puede realizar tareas de combate, búsqueda y rescate, transporte y cualquier otra cosa que su tripulación pueda necesitar.

    Los Vectores se configuraron como naves de uno o dos pasajeros, ya que no todos los Jedi viajaban solos. Algunos llevaban a sus padawans con ellos, para que pudieran aprender las lecciones sus Maestros tuvieran que enseñarles. Los Longbeams podían volar con tan solo tres tripulantes, pero podían transportar cómodamente hasta veinticuatro (soldados, diplomáticos, médicos, técnicos) lo que fuera necesario.

    Las naves más pequeñas giraron hacia el sistema, alejándose del Tercer Horizonte con un propósito. Cada uno con un destino, cada uno con un objetivo. Cada uno con vidas que salvar.

    En el puente del Tercer Horizonte, una mujer, humana, estaba sola. La actividad se agitó a su alrededor, en los espacios abovedados y nichos del puente, mientras los oficiales, navegantes y especialistas comenzaron a coordinar sus esfuerzos para salvar el sistema Hetzal de la destrucción. El nombre de la mujer: Avar Kriss, y durante la mayor parte de sus aproximadamente tres décadas, miembro de la Orden Jedi. Llegó al gran Templo de Coruscant de niña, esa escuela, embajada, monasterio y recordatorio de la Fuerza que conecta a todos los seres vivos. Primero fue una jovencita y, a medida que avanzaban sus estudios, Padawan, luego Caballero Jedi y finalmente…

    …una maestra.

    Esta operación era suya. Un almirante llamado Kronara estaba al mando del Tercer Horizonte (el cual era parte de la pequeña flota de mantenimiento de la paz sostenida por la Coalición de Defensa de la República) pero había cedido el control del esfuerzo para salvar a Hetzal a los Jedi. No hubo conflicto ni discusión sobre la decisión. La República tenía sus puntos fuertes y los Jedi los suyos, y cada uno los usaba para apoyar y beneficiar al otro.

    Avar Kriss estudiaba el sistema Hetzal, proyectado en la pared plateada plana del puente por un droide de comunicaciones especialmente diseñado que se cernía ante ella. Las imágenes eran una composición recopilada de fuentes del sistema, así como de los sensores del Tercer Horizonte. En verde, los mundos, naves, estaciones espaciales y satélites de Hetzal. Sus propios activos, los Vectores, Longbeams y el propio Tercer Horizonte, eran azules. Los fragmentos de muerte caliente que se movían a través del sistema a una velocidad increíble, de origen y naturaleza aún desconocidos, eran rojos. Mientras miraba, aparecieron nuevas motas escarlatas en la pantalla. Lo que sea que estuviera sucediendo aquí, aún no había terminado.

    La Jedi acarició su hombro, donde una larga capa blanca estaba abrochada con una hebilla dorada hecha con la forma del símbolo de su Orden (un amanecer vivo). Se trataba de ropa ceremonial, apropiada para el cónclave conjunto Jedi-República al que había asistido el Tercer Horizonte en la recién terminada estación espacial intercambiador galáctico llamada Faro Starlight. Ahora, sin embargo, considerando la tarea que tenía entre manos, las prendas ornamentales eran una distracción. Avar golpeó la hebilla y la capa se soltó. Cayó al suelo en un charco de tela, revelando una túnica blanca más sencilla debajo, adornada en oro. En su cadera, en una funda blanca, un cilindro de metal, una sola pieza de electrum blanco plateado elegante, como el mango de una herramienta sin la herramienta en sí. A lo largo, una línea tallada en espiral de piedra de mar verde brillante, que sirve como agarre y adorno, se extiende hasta una cruz en un extremo. Un arma en la que era experta, pero que no necesitará hoy. Los sables de luz de los Jedi no salvarían a Hetzal. Serán los propios Jedi.

    Avar se sentó en el suelo y se acomodó con las piernas cruzadas. Su cabello rubio hasta los hombros, se movió hacia atrás y lejos de su rostro de manera aparentemente autónoma. Se dobló en un complejo nudo, un mandala, cuya creación era en sí misma una ayuda para concentrarse. Cerró los ojos.

    La Maestra Jedi ralentizó su respiración, extendiendo la mano hacia la Fuerza que la rodeaba, la inundaba. Lentamente, empezó a elevarse, deteniéndose cuando se encontraba flotando un metro por encima de la cubierta.

    Alrededor del puente, la tripulación del Third Horizon se dio cuenta. Asintieron o sonrieron levemente, o simplemente sintieron florecer la esperanza, antes de volver a sus tareas urgentes.

    Avar Kriss no se dio cuenta. Solo existía la Fuerza, y lo que le decía, y lo que debía hacer.

    Empezó.

    CAPITULO CINCO
    HETZAL PRIME. EN ÓRBITA.
    80 minutos para el impacto.

    BELL ZETTIFAR

    Bell Zettifar sintió los primeros contactos de la atmósfera con la nave. Su Vector no tenía un nombre, no oficialmente, todas las naves eran básicamente iguales, y en teoría intercambiables entre sus pilotos Jedi, pero él y su maestro siempre usaban el mismo, con la marca en las alas de una tormenta de iones por la que habían volado una vez. El patrón era como de pequeños estallidos estelares, así que Bell (así lo imaginaba en su mente, nunca lo expresaba en voz alta) llamó a su nave la Nova.

    Los Vectores tenían un diseño tan mínimo como podría serlo una nave estelar. Poca protección, casi sin armamento, muy poca asistencia informática. Sus capacidades fueron definidas por sus pilotos. Los Jedi eran el escudo, el armamento, las mentes que calculaban lo que podía lograr la nave y hacia dónde podía ir. Los vectores eran pequeños, ágiles. Una flota de ellos juntos era un espectáculo para la vista, los Jedi en el interior coordinaban sus movimientos a través de la Fuerza, logrando un nivel de precisión que ningún droide o piloto ordinario podía igualar.

    Parecían una bandada de pájaros, o tal vez hojas caídas arremolinándose en una ráfaga de viento, todas dibujadas en la misma dirección, unidas por alguna conexión invisible… puede que Fuerza. Bell había visto una exhibición sobre Coruscant una vez, como parte de los programas de divulgación del Templo. Trescientos Vectores moviéndose juntos, dardos de oro y plata brillando al sol sobre la Plaza del Senado. Se separaban y se entretejían en trenzas y se batían entre sí a una velocidad increíble e imposible. La cosa más hermosa que jamás había visto. La gente lo llamó Drift. Una corriente de Vectores.

    Pero ahora el Nova volaba solo, unicamente con dos Jedi a bordo. Él, el aprendiz de Jedi Bell Zettifar, y más adelante en el asiento del piloto, su maestro, Loden Greatstorm. El contingente Jedi a bordo del Tercer Horizonte se había dividido y los Vectores se dirigían a ubicaciones por todo el sistema. Había demasiadas tareas por realizar y muy poco tiempo.

    LODEN GREATSTORM

    Su destino era el cuerpo planetario habitado más grande, Hetzal Prime. Su tarea, vaga pero crucial: Ayuda.

    Bell miró por la ventana para ver la curva del mundo debajo: verde, dorado y azul. Un lugar hermoso, al menos desde esta altura. En la superficie, sospechaba que las cosas podrían ser diferentes. Las estelas de los motores de las naves espaciales se podían ver hasta el horizonte, un éxodo masivo de naves que se dirigían al exterior. El Nova y algunos otros Vectores y Longbeams de la República que podía ver aquí y allá eran las únicas naves que se dirigían hacia el interior del planeta.

    «Entrando en la atmósfera superior, Bell,» dijo Loden, sin volverse. «¿Estás listo?»

    «Sabes que amo esta parte, Maestro,» dijo Bell.

    Greatstorm se rió entre dientes. La nave se precipitó o cayó, era difícil notar la diferencia. Un rugido se filtró desde el exterior cuando el espacio pasó a ser atmósfera. Los flancos de ataque precisamente fabricados de las alas del Vector cortaron el aire tan finamente como cualquier hoja, pero incluso con ellos encontraron cierta resistencia.

    El Nova se abrió paso a través de los niveles más altos de la atmósfera de Hetzal Prime (no, no se desquebrajó). Loden Greatstorm era un piloto demasiado bueno para eso. Algunos Jedi usaron sus Vectores de esa manera, pero él no. Zigzagueó con la nave, deslizándose a través de las corrientes de aire, conduciéndolas hacia la parte inferior, dejando que la nave se convirtiera en una parte más de la interacción entre la gravedad y el viento sobre la superficie del planeta. La nave quería caer, y Greatstorm lo permitió. Era estimulante, mortal, insuperable, y el Vector fue diseñado para transmitir hasta la última vibración y balanceo a los Jedi que estaban dentro, para que pudieran dejar que la Fuerza los guiara de manera que pudieran responder lo mejor posible. Bell apretó sus manos en forma de puños. Su cara dibujó una sonrisa.

    «Espectacular,» dijo, sin pensar. Su maestro se rió.

    «Nada de eso, Bell,» dijo Loden. “Acabo de encaminarnos hacia el planeta. La gravedad se ocupa del resto».

    Una curva larga y deslizante, suave como el curso de un río, y luego el Nova se enderezó, ahora lo suficientemente cerca de la superficie del planeta para que Bell pudiera distinguir edificios, vehículos y otras características más pequeñas debajo. Parecía tan pacífico. No hay indicios del desastre en curso en el sistema. Nada más que el creciente número de naves que despegan desde la superficie.

    «¿Dónde deberíamos aterrizar?» dijo Bell. «¿Te lo dijo la maestra Kriss?»

    «Se dejó a nuestra discreción,» contestó Greatstorm, mirando a un lado, mostrando su perfil oscuro, erosionado, montañoso, con su lekku Twi’lek naciendo desde la parte de atrás de su cráneo. Sus ojos rastrearon los senderos usados para la evacuación planetaria en curso. «Ayudaremos de cualquier manera que podamos».

    “Pero es todo un planeta. Cómo sabremos a dónde… «

    «Dímelo tú, chico,» dijo Loden. «Búscame un lugar adonde ir.»

    «¿Es un ejercicio?» Preguntó Bell.

    «Es un ejercicio.»

    La filosofía de Loden Greatstorm como maestro era muy simple: si Bell era teóricamente capaz de algo, incluso si Loden pudiera hacerlo diez veces más rápido y cien veces más hábilmente, entonces Bell terminaría haciendo eso, no Loden. “Si hago todo, nadie aprende nada”, le gustaba decir a su maestro.

    Loden no tenía que hacer todo, pero a Bell le habría gustado que, de vez en cuando, hiciera algo. Ser el aprendiz del gran Greatstorm era un desafío interminable de tareas imposibles. Había estado entrenando en el Templo Jedi durante quince de sus dieciocho años, y nunca había sido fácil, pero ser el Padawan de Loden estaba a un nivel completamente diferente. Todos los días, sin excepción, lo llevaba al límite. Cualquier tiempo libre que Bell tenía lo pasaba sumiéndose en el sueño más profundo conocido de manera desesperada hasta que todo volvía a comenzar. Pero… Estaba aprendiendo. Era mejor ahora que hace seis meses, en todo.

    Bell sabía lo que su maestro quería que hiciera. Otra tarea imposible, pero él era un Jedi, o lo sería, y a través de la Fuerza todo era posible.

    Cerró los ojos y abrió su espíritu, y ahí estaba, la pequeña luz dentro de él que nunca dejaba de arder. Siempre, al menos, la llama de una vela y, a veces, si se concentraba, podía convertirse en una llamarada. Unas cuantas veces, se había sentido tan brillante como el sol, con tanta luz a través de él que temía quedarse ciego. Aunque, realmente, no importaba. De la chispa al infierno: cualquier conexión con la Fuerza ahuyentaba las sombras.

    Bell profundizó en la luz dentro de sí mismo, sintiendo los puntos de conexión con otra vida, otros fuentes de la Fuerza en el planeta que tenían bajo ellos. Muy cerca de él sintió una fuente de gran poder y energía. Actualmente estaba almacenada, como carbón en un incendio, pero enormes depósitos de fuerza estaban claramente disponibles si se necesitaban. Este era su maestro, Loden. Bell pasó junto a él. Estaba buscando algo más.

    Allí. Como un holograma de larga distancia enfocándose cuando la señal por fin tenía la suficiente potencia, la red de Fuerza que conectaba las mentes y espíritus de los miles de millones de habitantes de Hetzal Prime aparecieron en la mente de Bell. No era una imagen totalmente clara, sino más bien impresiones, un mapa de zonas emocionales, no tan diferente del mosaico de tierras de cultivo que parpadeaba muy por debajo de la Nova.

    Sobre todo, lo que sintió fue pánico y miedo, emociones que los Jedi trabajaban muy duro para purgar de sí mismos. Según las enseñanzas, se suponía que el único contacto de un verdadero Jedi con el miedo era sentirlo en otros seres; una experiencia bastante común. Bell había sentido esas emociones reflejadas muchas veces, pero siempre junto con el amor, la esperanza, la sorpresa y muchos matices de alegría; el espectro de sentimientos inherentes a todos los seres.

    Bueno, por lo general. En Hetzal Prime, en este momento, era más bien pánico y miedo.

    Bell no se sorprendió. Había escuchado la orden de evacuación: «Desastre de escala sistémica en curso. A todos los seres se les ordena inmediatamente que abandonen el sistema Hetzal por cualquier medio disponible y que permanezcan a una distancia mínima de seguridad». Sin explicación, sin advertencia, y las matemáticas tenían que ser obvias para todos. Miles de millones de personas, y claramente no hay suficientes naves estelares para evacuarlas a todas. ¿Quién no entraría en pánico?

    En un mundo que bullía con ese tipo de energía negativa, era difícil pensar en lo que serían capaces de lograr dos Jedi. Pero Loden Greatstorm le había encomendado una tarea a Bell, por lo que continuó buscando un lugar donde pudieran ayudar.

    Alguna cosa… Un nudo de tensión, enrollado, denso… Un conflicto, una pregunta, una sensación de que las cosas no son como deberían, una sensación de injusticia.

    Bell abrió los ojos.

    “Al Este,” dijo.

    Si hubía alguna injusticia ahí fuera, bueno… Traerían justicia. Los Jedi eran justicia.

    El Nova se ladeó, acelerando suavemente bajo el control de Loden. El maestro de Bell lo dejaba volar de vez en cuando (la nave podía controlarse desde cualquier asiento), pero los Vectores requerían casi tanta habilidad para pilotarlos como un sable de luz. Dadas las circunstancias, Bell estaba feliz de dejar que Loden tomara la iniciativa.

    En cambio, sirvió como navegante, usando su todavía fuerte conexión con la Fuerza para guiar a su Vector hacia el área de intenso conflicto que había sentido, cantando las direcciones a Loden, afinando la trayectoria de la nave.

    «Deberíamos estar justo encima,» dijo Bell. «Sea lo que sea.»

    «Lo veo,» dijo Loden, con voz entrecortada, tensa. Por lo general, sus palabras llevaban una sonrisa, incluso cuando arrojaba una crítica brutal sobre la educación Jedi de Bell. Ahora no. Lo que sea que Bell estuviera sintiendo, sabía que el Maestro Greatstorm también podía sentirlo, y probablemente en un nivel más intenso. Abajo en la superficie, justo debajo de donde el Vector estaba dando vueltas, la gente iba a morir. Quizás ya lo había hecho.

    Loden volvió a ladear la nave mientras volaba en un círculo cerrado, dándoles a ambos una visión clara del suelo a través del transpariacero de la burbuja de la cabina del Nova.

    Cien metros más abajo había una especie de recinto amurallado. Grande, pero no enorme, probablemente el hogar de una persona o familia adinerada en lugar de una instalación del gobierno. Una gran multitud de personas rodeaba las paredes, concentrada alrededor de las puertas. Una sola mirada le dio a Bell la razón.

    Atracada dentro del complejo había una gran nave estelar. Parecía un yate de recreo, lo suficientemente grande como para albergar cómodamente a veinte o treinta pasajeros más la tripulación. Y si a los pasajeros no les importaba la comodidad, el yate probablemente podría superar diez veces esa cantidad de personas. La nave tenía que ser visible desde el nivel del suelo: su casco sobresalía por encima de las paredes del complejo, y la gente que abarrotaba las puertas claramente pensaba que era su única salida del planeta.

    Los guardias armados apostados en todos los costados de los muros parecían pensar de manera diferente. Mientras Bell observaba, un rayo láser se disparó al aire desde cerca de la puerta; un disparo de advertencia, afortunadamente, pero estaba claro que el tiempo de las advertencias estaba llegando a su fin rápidamente. La tensión en la multitud iba en aumento y no hacía falta ser un Jedi para saberlo.

    «¿Por qué no dejan entrar a la gente?» Preguntó Bell. «Esa nave podría poner a muchos de ellos a salvo».

    «Vamos a averiguarlo,» dijo Loden.

    Accionó un interruptor en su panel de control. La burbuja de la cabina se deslizó suavemente hacia atrás, desapareciendo en el casco de la Nova. Loden se dio la vuelta, sonriendo, el viento azotando a ambos, ondeando el lekku de Loden y las rastas de Bell.

    «Nos vemos abajo,» dijo. «Recuerda. La gravedad hace la mayor parte del trabajo.»

    Luego saltó.

    CAPITULO SEIS
    SISTEMA HETZAL. LONGBEAM REPUBLICANO AURORA IX.
    75 minutos parael impacto.

    «¿Está seguro de esto Capitán?» Dijo el contramaestre Innamin, apuntando a su pantalla, que mostraba el camino aproximado de una de las anomalías del hiperespacio mientras se dirigía hacia el centro del sistema. «Tenemos que derribar esta cosa antes de que mate a alguien. Tal vez a muchos. El problema es que nuestros procesadores de objetivo no pueden calcular la trayectoria. La anomalía se mueve demasiado rápido. En el mejor de los casos, diría que tenemos una posibilidad entre tres de dar en el blanco.»

    El Capitán Bright negó con la cabeza, sus tentáculos crujieron contra sus hombros. Sabía que probablemente debería reprender a Innamin por cuestionar sus órdenes. El chico lo hacía todo el tiempo: era joven para ser humano, tenía poco más de dos décadas y, por regla general, siempre se creía más listo. Bright generalmente le dejaba salirse con la suya. La vida era demasiado corta y las naves que pilotaban eran, a fin de cuentas, demasiado pequeñas para, además, añadir tensión innecesaria a la mezcla. Una pregunta reflexiva de vez en cuando no era exactamente insubordinación.

    Uno de cada tres, pensó. No sabía exactamente qué esperar. Simplemente… Mejor que una de cada tres probabilidades de que realmente pudieran cumplir su misión.

    El Longbeam, con el distintivo Aurora IX, era de última generación, un nuevo diseño de los astilleros de la República en Hosnian Prime. No era una nave de guerra como tal, pero tampoco era fácil de manejar. La nave tenía procesadores distribuidos que podían controlar múltiples objetivos de tiro, ofrecer ráfagas de bláster, misiles y contramedidas defensivas en una sola descarga. No era difícil de mirar. Bright pensó que se parecía a uno de los peces martillo que solía cazar en Glee Anselm, con cráneo grueso y contundente que se estrechaba hasta una única sinuosa y elegante aleta final. Era una bestia dura y hermosa, no había duda. Por otro lado, su objetivo, uno de los misteriosos objetos que corren por el sistema Hetzal, se movía a una velocidad cercana a la de la luz. Había salido del hiperespacio como un perdigón al rojo vivo disparado por un rifle. El Aurora IX podía ser de última generación, pero eso no significaba que la nave pudiera hacer milagros.

    Los milagros eran para los Jedi.

    Y aparentemente estaban ocupados de otra manera en ese momento.

    «Dispara seis misiles,» ordenó Bright.

    Innamin vaciló.

    «Eso es todo lo que tenemos, señor ¿Está seguro…?

    Bright asintió. Hizo un gesto hacia la pantalla de la cabina de Innamin. Mostraba un indicador de amenaza rojo (el proyectil) en trayectoria de colisión con un disco verde más grande, que representaba una estación de recolección solar equidistante de los tres soles del sistema Hetzal. La cosa todavía estaba a cierta distancia, pero se acercaba a cada momento.

    “La anomalía se dirige directamente a esa estación granja solar. Los datos que obtuvimos de Hetzal Prime dicen que la estación tiene siete tripulantes a bordo. No podemos llegar a tiempo para evacuar antes de que sea alcanzado, pero nuestros misiles sí. Si tenemos una posibilidad entre tres de derribar el objeto, enviar seis duplica nuestras posibilidades. Aún no hay probabilidades perfectas, pero… «

    El último miembro de su tripulación, el alférez Peeples, hizo sonar su trompa como si estuviera a punto de hablar, pero Bright hizo un gesto con la mano para que se apartara y continuó sin detenerse.

    “Sí, Peeples, sé que las números no son los correctos. Pero lo que más me preocupa es una ecuación diferente: si disparamos seis misiles, podríamos salvar a siete personas. Veamos lo qué podemos hacer.»

    Los sistemas de fijación del objetivo de la Aurora IX trabajaban lentamente, no pareciendo tan modernos ahora que el letal punto rojo se dirigía hacia las personas atrapadas en la granja solar sin posibilidad de escapar. El Longbeam se aproximaba al conjunto a su velocidad máxima, reduciendo así la distancia que sus armas tendrían que recorrer, resolviendo un complejo problema que implicaba trayectoria, aceleración y física, algo que despertó los propios instintos tridimensionales de Bright que había ido afinando gracias a una gran parte de su vida bajo el agua. . Volvió a sacudir la cabeza, haciendo crujir la nube de espesos tentáculos verdes que emergían de la parte posterior de su cráneo, enojado consigo mismo por distraerse cuando la gente rezaba por sus vidas.

    Una vez disparados los misiles, seis rápidos whmph lanzados a través del casco de la nave, al Aurora IX sólo contaba con láseres. Las armas se dispararon, dejando finos rastros de humo marcando su camino. Se quedaron fuera del alcance visual en un instante, alcanzando su velocidad máxima velocidad en segundos.

    «Misiles fuera,» dijo Innamin.

    Ahora era el momento de ver si ese elegante procesador distribuido había calculado y transmitido correctamente las trayectorias de impacto a los misiles. Cabía la posibilidad de que los seis acertasen. No era imposible.

    La tripulación de la cubierta, todos a una, miraban la pantalla de visualización que rastreaba los seis misiles, la veloz anomalía, su propia nave y la estación de recolección de energía solar que se estaba convirtiendo rápidamente en el punto de colisión de los nueve objetos.

    El primero de los misiles parpadeó en la pantalla. Ningún otro cambio.

    «El misil uno ha fallado,» dijo Innamin, innecesariamente.

    Dos misiles más desaparecieron. Bright levantó una mano antes de que Innamin pudiera hablar de nuevo.

    «Todos lo podemos ver, Suboficial,» dijo.

    Dos fallos más. Sólo quedaba uno. Todo lo demás permanecía inalterado.

    El último misil desapareció de la pantalla, ni siquiera cerca de la anomalía. Un suspiro colectivo de desesperación atravesó el puente.

    «¿Blasters?» Bright preguntó, sabiendo la respuesta.

    «Lo siento, señor», dijo el alférez Peeples, su voz era un quejido aflautado agudo. «Ni el mejor artillero del universo habría acertado ese tiro, y supongo que apenas estoy entre los diez primeros.»

    Bright suspiró. La especie de Peeples tenía una comprensión del humor radicalmente única: no por los chistes en sí, que a menudo eran lo suficientemente decentes, sino en cuanto al momento adecuado para soltarlos.

    “Gracias, Alférez,” dijo Bright.

    La granja solar era ahora visible en la pantalla, una estructura grande y delgada, como uno de los corales pluma de la zona de residencia de Bright. Cientos de largos brazos dispuestos en una espiral que gira desde una esfera central en la que la tripulación vivía y trabajaba. Cada uno de esos brazos estaba lleno de paneles de recolección a lo largo, parpadeando y rotando lentamente mientras bebían la luz de los tres soles que dieron a Hetzal Prime y sus mundos satélites sus únicas y largas temporadas de crecimiento. El conjunto recolectaba la luz del sol para entregarla a los mundos de cultivo, almacenándola y transportándola a través de una tecnología patentada que era el orgullo del sistema.

    La estación era hermosa. Bright nunca había visto nada parecido. Parecía cultivada, y tal vez lo fuera. Supuestamente, todos los cultivos de la galaxia podrían crecer en algún lugar de los mundos de Hetzal. Quizás eso se extendió a las estaciones espaciales.

    Luego, una racha brillante, demasiado rápida para procesarla incluso para ojos tan capaces como los oscuros y grandes orbes oculares de Bright, diseñados por la evolución para captar detalles en las profundidades sin luz de los mares de Glee Anselm. En un instante, la estación recolectora solar fue destruida. Haste ese momento se había mantenido intacta, cumpliendo su función. Y al instante siguiente, en llamas, con la mitad de los brazos colectores destrozados, alejándose lentamente hacia el espacio.

    La esfera central resistió, aunque las llamas atravesaron su casco exterior, y el fuego hacía su danza silenciosa en gravedad cero. Mientras Bright observaba, la iluminación exterior de la estación parpadeó, chispeó y se apagó.

    Bright se llevó una mano a la frente. Él también parpadeó. Una vez, lentamente.

    Luego se volvió hacia su tripulación.

    «No sabemos con certeza si las personas a bordo de esa estación están muertas,» dijo, mirando los rostros solemnes de su tripulación.

    “Me gustaría intentar un rescate, pero eso” —y señaló la pantalla de visualización de la estación destrozada y en llamas, que se agrandaba a medida que se acercaba al Aurora IX— “podría colapsar en cualquier momento. O explotar. O implosionar. No lo sé. El caso es que si estamos acoplados cuando suceda, también estaremos muertos.»

    Bright golpeó uno de sus tentáculos con la yema del dedo.

    «Soy Nautolano, un hecho del que estoy seguro vosotros dos sois conscientes. Piel verde, grandes ojos negros, ¿qué más podría ser? Lo que quizás no sepais es que estos tentáculos me permiten recoger feromonas de otros seres, lo que traduzco en una comprensión de sus estados emocionales. Así es como los conozco a ustedes dos… Están aterrorizados.»

    Peeples abrió la boca, pero acto seguido, de alguna manera y milagrosamente, lo pensó mejor y no hizo ninguna broma, volviendo a cerrar la boca.

    «Entiendo que estés asustado,» continuó Bright, «pero tenemos un deber. Yo lo sé y ustedes también lo saben. Necesitamos hacerlo.»

    Innamin y Peeples se miraron el uno al otro para luego volver a mirar a su capitán.

    «Todos somos la República, ¿verdad?» Dijo Innamin.

    Bright asintió. Y sonrió, mostrando los dientes.

    «De hecho lo somos, suboficial».

    Señaló a Peeples.

    «Alférez, llévenos dentro.»

    CAPITULO SIETE

    SISTEMA HETZAL. SOBRE LA LUNA FRUTADA.

    70 minutos para el impacto.

    Tres Vectores Jedi y un Longbeam de la República surcaban el espacio, lanzados alrededor de la esfera naranja y verde que era la Luna Frutada de Hetzal, legendaria en toda la galaxia por su productividad. Cuatro mil millones de personas residían allí, cultivando, creciendo y viviendo sus vidas. Todos estarían muertos en menos de treinta minutos si los cuatro Jedi y los dos oficiales de la República no podían destruir o desviar de alguna manera el objeto que se dirigía directamente a la luna.

    La anomalía estaba en la cara mayor, era más grande que el Longbeam, y en trayectoria de colisión con la masa terrestre principal de la luna. Debido a su velocidad, una porción significativa de la capa exterior de la luna se vaporizaría instantáneamente con el impacto, dispersándose en la atmósfera. Luego vendría el calor, las llamas, arrasando la superficie y dejándola sin vida, ya fuera vegetal, animal o cualquier otra especie.

    Eso asumiendo que toda la maldita luna no sea destruída en el momento en que la anomalía la golpee, pensó Te’Ami mientras ladeaba su nave suavemente, siguiendo una curva precisa con los otros dos Vectores piloteados por sus colegas Jedi, realizando la maniobra tanto a través de su conexión con la Fuerza como con sus manos a los mandos de control.

    La destrucción total de la Luna Frutada no era imposible. La cantidad de energía transferida por el impacto del objeto caería como un golpe de martillo sobre el pequeño planetoide. Los mundos parecían irrompibles cuando estabas sobre ellos, pero Te’Ami había visto algunas cosas en sus tiempos… A la galaxia no le importaba lo que pensabas que no se podía romper. Rompería cosas solo para mostrarte que puede hacerlo.

    La pequeña flota se movía a una velocidad increíble, se dirigía directamente hacia la anomalía. La Maestra Kriss en el Tercer Horizonte había designado esto como una misión de alta prioridad, lo cual Te’Ami entendió. Cuatro mil millones de personas, realmente una prioridad alta.

    Podía sentir a Avar en el fondo de su mente, no en palabras, más como una sensación de su presencia. La Maestra Kriss tenía un conjunto de habilidades poco común entre los Jedi: podía detectar los vínculos naturales entre los usuarios de la Fuerza y fortalecerlos, usarlos casi como una especie de red de comunicaciones. Era inexacta, mejor para transmitir sensaciones o ubicaciones, pero seguía siendo una habilidad útil, particularmente en un escenario en el que un centenar de Jedi intentaban salvar todo un sistema a la vez.

    Sin embargo, no solo es útil. Fue reconfortante. Ella no estaba sola. Ninguno de ellos lo estaba. Fracasaran o tuvieran éxito, los Jedi estaban juntos en esto.

    Pero no fallaremos, pensó Te’Ami. Extendió un dedo largo y verde y accionó uno de los interruptores meticulosamente construido de su consola. Su comunicador se abrió.

    “Longbeam Republicano, es el momento. Necesito que me transfieras el control tu sistema armamentístico,” dijo.

    «Recibido,» fue la respuesta del Longbeam, pronunciada por su piloto, Joss Adren. Su esposa, Pikka, estaba en el asiento del copiloto. Te’Ami no los conocía personalmente, tan solo que no formaban parte de la tripulación del Tercer Horizonte y que habían ofrecido su ayuda de inmediato cuando el crucero entró en el sistema y la magnitud del desastre quedó clara. El almirante Kronara les asignó un Longbeam, era mejor disponer de otra nave allí para ayudar en lugar de dejarla inactiva en su hangar. La pequeña conversación, no relacionada con la misión, de camino a la Luna Frutada le había hecho pensar que Joss y Pikka eran contratistas de algún tipo: trabajadores en el Faro Starlight buscando un viaje de regreso al Núcleo ahora que su trabajo estaba hecho.

    Parecían buenas personas. Te’Ami también esperaba que fueran habilidosos. Esto no iba a ser fácil.

    Una luz ámbar parpadeó en la pantalla de Te’Ami, para luego mantenerse estable.

    «Las armas están bajo su control», dijo Joss.

    «Gracias,» dijo, luego accionó varios interruptores antes de llevar rápidamente sus manos hacia los mandos. Los Vectores podían ser naves complicadas: la capacidad de respuesta fluida de los controles significaba que podían realizar maniobras increíbles, pero solo si se conseguía mantener la concentración.

    «Perfecto amigos míos,» dijo.» ¿Estamos listos?»

    Las respuestas llegaron a través del canal exclusivo para Jedi.

    La voz baja de Mikkel Sutmani retumbó desde sus altavoces, inmediatamente traducida a Básico a través de los sistemas de a bordo. «Listo para partir,» dijo Mikkel. El ithoriano más sensato que jamás había conocido. Nunca decía mucho, pero siempre cumplía con su deber.

    «Estamos listos también», dijo Nib Assek, el tercer y última Caballero Jedi de su pequeño escuadrón. Su padawan, Burryaga Agaburry, no dijo nada. No es de extrañar. Era un joven Wookiee y solo hablaba Shyriiwook, aunque entendía el Básico. Nib hablaba bien su idioma; ella lo había aprendido específicamente para aceptarlo como su aprendiz. No era fácil para una garganta humana recrear los gruñidos y gemidos gorjeantes que componían el discurso Wookiee, pero había hecho el esfuerzo. Te’Ami y Mikkel, sin embargo, no pudieron entender una palabra de lo que dijo Burryaga.

    Independientemente, si Nib Assek dijo que ella y su padawan estaban listos, lo estaban.

    “Conce´ntrate,” dijo Te’Ami. “Lo haremos juntos. Como si fuéramos uno».

    “Extendió sus sentidos a través de la Fuerza, buscando el meteorito mortal (o lo que fuera, los escaneos no eran concluyentes) que se precipitaba por el espacio hacia ellos. Ahí. Podía sentirlo, distorsionando la gravedad a lo largo de su trayectoria. Consideró, pensando en dónde había estado el objeto, dónde estaba, dónde estaría.

    Más específicamente, dónde estaría cuando todo el poder de los sistemas de armas en los Vectores y el Longbeam lo golpearan conjuntamente.

    Este disparo no se podía calcular usando computadoras. Tenía que hacerse sintiéndolo, con la Fuerza, por todos los Jedi a la vez en un solo momento.

    «Tengo el objetivo,» dijo. «¿Estamos listos?»

    No hubo respuesta de los otros Jedi, pero ella no la necesitaba. Podía sentir su asentimiento a través del vínculo que la Maestra Kriss mantenía en la superficie de Hetzal Prime. Fue más rápido que hablar, más efectivo.

    «Vamos a convertirnos en lanzas», dijo, pronunciando una frase ritual de su propia gente, los Duros.

    Sin querer apartar sus manos de los mandos de control en un momento tan crucial, Te’Ami liberó un retazo de la Fuerza y ​​lo usó para sacar su sable de luz de la funda de su cinturón. Su empuñadura era de cerakote oscura con un travesaño de cobre muy deslustrado. La hoja, cuando estaba encendida, brillaba en azul. El artilugio estaba rayado y desgarrado por el uso, y tenía una mancha desagradable de soldadura, cerca de la culata, donde había soldado uno de los componentes que se había desprendido. Si había un sable de luz más feo en la Orden, no lo conocía.

    Pero se encendía cuando ella quería, y el cristal kyber que lo alimentaba permanecía tan puro y resonante como el día en que lo encontró en Ilum, hace mucho tiempo.

    ¿Te’Ami podría haber actualizado la espada si hubiera querido? Absolutamente. Muchos Jedi cambiaban sus empuñaduras con regularidad, ya sea debido a ajustes en las técnicas de lucha, innovaciones tecnológicas o incluso, en ocasiones, simplemente… Estilo. Estética. Moda podríamos decir.

    Te’Ami no tenía ningún interés en nada de eso. Su sable de luz, por feo que fuera, servía como un reflejo perfecto de la gran verdad de la Fuerza: no importaba cómo fuera una persona en el exterior…

    …en el interior, todo el mundo estaba hecho de luz.

    El sable de luz se movió a través de la estrecha cabina. Se colocó contra una placa de metal en el panel de control del Vector con un clic suave y muy satisfactorio, permaneciendo en su lugar a través de un pequeño campo de fuerza localizado. Un leve zumbido vibró a través del casco de la nave cuando se activaron sus sistemas de armas. Un nuevo conjunto de pantallas y diales se activó, brillando con el azul brillante de la hoja de su sable. Las armas en un Vector solo podían operarse con un sable de luz como llave, una forma de asegurarse de que no fueran utilizadas por no Jedi, y que cada vez que se usaban, era considerada una acción correcta.

    Una ventaja adicional: el láser de la nave se podía regular hacia arriba o hacia abajo mediante un potenciómetro en los mandos de control. No todos los disparos tenían que matar. Podrían inhabilitar, advertir… Todas las opciones estaban disponibles para ellos. En este caso, sin embargo, la configuración sería máxima. Necesitaban desintegrar la anomalía del hiperespacio, convertirla en vapor, y eso requeriría los tres Vectores a plena potencia más todo lo que tenía el Longbeam. Una gran explosión.

    Funcionaría. Tenía que funcionar. Cuatro mil millones de seres indefensos en la Luna Frutada pendían de un hilo.

    Te’Ami se concentró de nuevo, verificando la preparación de sus colegas. Había algo… Desde el vínculo que llegaba desde la nave de Nib Assek. Temor… Casi… Pánico.

    «Nib, estoy sintiendo…» comenzó, y la respuesta llegó antes de que pudiera terminar.

    “Lo sé, Te’Ami,” dijo la voz de Nib. Calmado aunque quizás un poco avergonzado. “Es Burryaga. Está teniendo dificultades para controlar sus emociones. Creo que es el estrés de lo que estamos haciendo. Todas las vidas que hay en juego”.

    «Está bien pequeño,» dijo con tono grave Mikkel, traducido a través del comunicador. “No eres más que un padawan y te estamos pidiendo mucho. Te’Ami, ¿podemos liberarlo de la carga de ayudarnos a calcular el tiro?

    “Sí,” dijo Te’Ami. «No hay vergüenza en esto, Burry. Sólo una oportunidad para aprender”.

    Te’Ami extendió la mano con la Fuerza, curvando suavemente la conexión lejos del Padawan de Nib Assek. El wookiee guardó silencio. Todavía podía sentir el torbellino de emociones de él. Bueno, no hay vergüenza, como ella había dicho. Cada Jedi encuentra su propio camino, y algunos tardan más que otros.

    «Vamos,» dijo Nib, quizás tratando de compensar el retraso causado por su estudiante. «Nos estamos quedando sin tiempo.»

    “De acuerdo,” dijo Te’Ami.

    Llevó los pulgares hacia la parte superior de las palancas de control, primero girándolas la rueda del potenciómetro para indicar al sistema de armas que disparara a máxima potencia. Luego colocó las manos sobre los gatillos.

    El objeto acelerando hacia la luna. Dónde había estado. Hacia dónde iba. Dónde estaría.

    Los otros Jedi estaban listos. Dispararían en el momento en que ella lo hiciera, al igual que los sistemas conectados en el Longbeam de Joss y Pikka, y cada explosión se dirigía precisamente a la misma ubicación en el espacio.

    Cuatro mil millones de personas. Era hora. Te’Ami apretó los gatillos con más fuerza.

    Un chillido del sistema de comunicaciones, fuerte e insistente. Un grito, o un chillido, contundente, casi aterrado. Eso asustó a Te’Ami, y si ella no fuera una Caballero Jedi, podría haber disparado sus armas sin darse cuenta. Pero si que era una Caballero Jedi y no disparó.

    Te’Ami tardó un momento en comprender lo que estaba escuchando, no un grito, sino palabras. En Shyriiwook. Burryaga, diciendo algo que no pudo entender. Fuerte, insistente, desesperado. Sus emociones se intensificaron de nuevo a través de la Fuerza, esa misma mezcla de miedo al borde del pánico.

    “Burryaga, lo siento, no entiendo Shyriiwook. ¿Estás bien? Nos estamos quedando sin tiempo. Tenemos que disparar.”

    «No,» dijo Nib Assek, con su voz aguda, insistente. De fondo, los gemidos y gruñidos de la voz de Burryaga, llegando a través de su comunicador. «No podemos atacar.»

    «¿De qué estás hablando?» Dijo Mikkel. «No tenemos elección.»

    “Burryaga me lo está explicando. Las emociones que recibíamos de él, no eran suyas. Los estaba sintiendo. Tuvo que sintonizar un poco, superar su propio miedo antes de que pudiera entender.”

    “Por favor, Nib, dinos lo que quiere decir,” dijo Te’Ami.

    Un largo, siseante y triste gemido de Shyriiwook, y luego una pausa.

    «El objeto,» dijo Nib. “El que tenemos que destruir, para salvar la luna. No es solo un objeto. Son escombros, parte de una nave

    Te’Ami dejó que sus manos se apartaran de los mandos de control.

    “Está lleno de gente,” finalizó Nib. «Y están vivos».

    CAPITULO OCHO

     CIUDAD AGUIRRE, HETZAL PRIME.

     65 minutos para el impacto.

    La Fuerza cantaba para la Maestra Jedi Avar Kriss, un coro representativo de la totalidad del sistema Hetzal, vida y muerte en un constante movimiento contrapuntístico. Era una canción que conocía bien, la escuchaba todo el tiempo, dondequiera que fuera. Aquí, la melodía de la Fuerza estaba apagada, un tintineo discordante de muerte, miedo y confusión. La gente estaba muriendo o sentía el pavor de su inminente desaparición.

    El Tercer Horizonte había aterrizado no muy lejos de la Residencia Ministerial en Ciudad Aguirre, la capital de Hetzal Prime. La República estaba coordinando sus esfuerzos con el gobierno Hetzaliano para tratar de detener la marea que arrastraba el desastre, asegurándose de que la evacuación procediera de la manera más ordenada posible, rastreando los proyectiles entrantes, ayudando en lo posible.

    Avar Kriss todavía estaba en el puente de la nave, aún sirviendo como punto de conexión para los Jedi en el sistema, permitiéndoles sentir la presencia, la ubicación y los estados emocionales de los demás. A veces, las palabras o las imágenes llegaban espontáneamente, pero solo en raras ocasiones. Todo era solo una canción, y Avar cantaba y escuchaba lo que le cantaban.

    Aún así, pudo recopilar una gran cantidad de información de lo que se le dijo. Sabía que cincuenta y tres Vectores Jedi estaban actualmente activos en el sistema Hetzal. Sabía qué Jedi estaban trabajando en el planeta; por ejemplo, en ese momento, Bell Zettifar, el prometedor padawan de Loden Greatstorm, se acercaba a la superficie de Hetzal Prime a una velocidad extraordinaria.

    Elzar Mann

    Elzar Mann, su amigo más antiguo y más cercano en la Orden, estaba en un Vector propio, volando una versión individual de la nave cerca de uno de los tres soles del sistema. Casi siempre estaba solo. Avar era uno de los dos únicos Jedi con los que trabajaba con regularidad; eran solo ella y Stellan Gios. Esto se debía principalmente a que Elzar ofrecía… poca confianza no era exactamente la palabra correcta. Era un manipulador, si ese término podía aplicarse a las técnicas Jedi. Nunca le gustó usar la Fuerza de la misma manera dos veces.

    Los instintos de Elzar eran buenos y no intentaba nada demasiado inusual cuando había mucho en juego. Por lo general, sus experimentos en técnicas de la Fuerza expandieron la comprensión de la Orden y, ocasionalmente, logró cosas increíbles.

    Pero a veces fallaba, y otras fracasaba estrepitosamente. Pero de nuevo, nunca cuando había vidas en juego, aunque esa cierta incertidumbre, junto con la falta de voluntad general de Elzar Mann para tomarse el tiempo necesario para explicar lo que sea que estaba tratando de hacer… Bueno, algunos miembros de la Orden encontraban frustrante tratar con él. Avar creía que eso podría explicar su continuo estatus como Caballero Jedi en lugar de Maestro. Sabía que eso molestaba a Elzar. Y pensaba que era injusto. No les importaban los caminos de otros Jedi a través de la Fuerza, ¿por qué deberían preocuparse por el suyo? Él sólo quería seguir su camino hacia donde éste lo llevara.

    Avar no entendía mejor que la mayoría de los otros Jedi las exploraciones de Elzar, pero la clave de su relación era que ella nunca le pidió explicaciones. Fuera lo que fuese, nunca. Ese arreglo había impulsado su amistad desde que eran jóvenes y pasaban sus días juntos en el Templo Jedi en Coruscant. Eso, y que simplemente le agradaba. Era divertido e inteligente, y habían llegado juntos a la Orden, Stellan, Elzar y ella, los tres inseparables durante todos sus años de entrenamiento.

    Alejó su mente de Elzar Mann, escuchando la Fuerza. Sintió a Jedi en los mundos del sistema, Jedi en Vectores, y aún más en estaciones o satélites o naves, por todo el sistema, ayudando donde pudieran, generalmente en conjunto con los veintiocho Longbeams de la República desplegados por el Tercer Horizonte.

    La cadena de conexión a través de la Fuerza incluso le dijo que otros miembros de su Orden estaban en camino, haciendo todo lo posible por responder a la llamada de socorro original del Ministro Ecka a pesar de estar tan lejos de Hetzal. La más cercana fue la Maestra Jora Malli, futura comandante del distrito Jedi en la recién finalizada la Estación Faro Starlight, junto con su segunda al mando, la imponente Maestra Trandoshana Sskeer. Stellan Gios estaba llegando desde su puesto de avanzada en el Templo en Hynestia como si lo hubieran convocado sus pensamientos sobre él unos momentos antes, atravesando el hiperespacio en una nave espacial prestada. Y aún más.

    Avar envió una nota de bienvenida y llamó a todos los demás Jedi que pudo alcanzar, cerca de Hetzal o no. La distancia no era nada para la Fuerza. ¿Quién sabía cómo podrían ayudar?

    Hasta ahora, el número de muertos por el desastre fue bajo, estaba apenas por encima de la cantidades de nacimientos y muertes que son habituales en cualquier grupo grande de seres vivos. Le preocupaba que eso pudiera cambiar en cualquier momento, ya que no tenían un gran conocimiento de lo que estaba sucediendo aquí. Nada parecía natural. Nunca había oído hablar de algo así: una gran cantidad de proyectiles que aparecían en un sistema, saliendo del hiperespacio sin previo aviso.

    No podía imaginar lo que habría sucedido aquí si el Tercer Horizonte no hubiera estado de paso tras una parada de reabastecimiento de combustible en un punto cercano, o si el supervisor del proyecto, una Bith oficiosa llamada Shai Tennem, no hubiera retrasado interminablemente su recorrido de inspección del Faro Starlight. Ella había insistido en mostrar a sus visitantes Jedi y Republicanos hasta el último elemento oscuro de la construcción del Faro Starlight, retrasando su salida programada e irritando inmensamente al almirante Kronara. Pero si se hubieran salido a tiempo, el Tercer Horizonte se habría adentrado en el hiperespacio cuando se emitió la orden de evacuación del Ministro Ecka, demasiado lejos para llegar a Hetzal en un tiempo razonable.

    Si no hubiese sido por una administradora Bith demasiado entusiasta, Hetzal estaría lidiando con este apocalipsis por su cuenta.

     La canción de la Fuerza.

    Entre lo que le dijo a Avar directamente y la charla que escuchó a su alrededor de los oficiales de cubierta del Tercer Horizonte, pudo mantener una imagen actualizada del desastre, en todos sus momentos, grandes y pequeños.

    Por encima de Hetzal Prime, un técnico de la República completaba las reparaciones de una nave de evacuación que había ido perdiendo energía en su camino para salir del planeta, de manera que pudiera continuar su camino para ponerse a salvo.

    Cerca del segundo gigante gaseoso más grande, dos Vectores dispararon sus armas y un fragmento fue incinerado.

    Un Longbeam era llevado al límite mientras corría para llegar a una estación dañada en el borde exterior del sistema. Sus motores fallaron, catastróficamente. Avar jadeó un poco ante la fría y oscura sensación.

    Y por encima de la Luna Frutada, una impresión muy clara, lo más cercana a un mensaje que podría enviarse a través de la Fuerza en estas circunstancias: la sensación de un Caballero Jedi llamado Te’Ami de que su comprensión de lo que estaba sucediendo aquí era total, trágicamente incompleta.

    “No,” dijo Avar, perturbada por la urgencia de lo que Te’Ami estaba tratando de transmitir. Sus emociones se agitaron, y la canción de la Fuerza brilló en su mente, volviéndose más tranquila, menos nítida.

    Concéntrate, se dijo a sí misma. Eres necesaria.

    Avar Kriss calmó sus emociones y escuchó. Ahora, gracias a Te’Ami, sabía qué buscar. Ella recordó la cara del otro Jedi — piel verde, cráneo abovedado, grandes ojos rojos — y casi no le tomó tiempo encontrar lo que Te’Ami había tratado de mostrarle. De hecho, ahora que estaba mirando, era obvio. Avar extendió su conciencia a través del sistema, llevándose al límite.

    No puedo perder a nadie, pensó. Ni si quiera a uno.

    Abrió los ojos, desdobló las piernas y volvió a poner los pies en la cubierta del Third Horizon. Los oficiales del puente la miraron, sorprendidos: no había hablado ni se había movido durante un tiempo.

    El almirante Kronara estaba hablando con la canciller Lina Soh, quien había llamado a través de un enlace de alta prioridad desde Coruscant. Sus rasgos delicados y amplios se mostraban en uno de los muros de comunicación del puente. Se la veía frágil, y no lo era en absoluto. Kronara, por el contrario, tenía una cara que parecía como si se pudiera romper un martillo contra ella. Transmitía dureza, lo cual era absolutamente cierto. Vestía el uniforme de la Coalición de Defensa de la República, gris claro con detalles en azul, la gorra metida debajo del brazo en respeto a la oficina del canciller.

    La resolución de la pantalla era baja, con líneas nítidas de estática cruzando el rostro de Lina Soh cada pocos segundos, pero eso era de esperar. Coruscant estaba muy lejos.

    «Gracias a la luz, su nave estaba lo suficientemente cerca de Hetzal como para responder Almirante,» estaba diciendo la Canciller Soh. “Enviamos naves de ayuda tan pronto como pudimos, pero incluso recibir la señal de socorro de Hetzal llevó tiempo. Ya sabe lo que se entrecortan los repetidores de comunicación del Borde Exterior”.

    “Lo sé Canciller,” respondió Kronara. “Apreciamos todo lo que pueda hacer. Estamos progresando aquí, pero definitivamente habrá una gran cantidad de heridos, y estoy seguro de que una gran cantidad de sistemas esenciales necesitarán ser reparados. Le comunicaré al ministro Ecka que están enviando ayuda. Estoy seguro de que lo apreciará.”

    “Por supuesto, Almirante. Todos somos la República”.

    Avar cruzó la cubierta y pasó junto a Kronara cuando finalizó la transmisión desde Coruscant. Él la miró, curioso, cuando ella se detuvo ante la pantalla que mostraba el estado de los esfuerzos por mitigar el desastre: todas las naves, la gente, los Jedi, la República, los lugareños. Rojo, verde, azul, mundos, vidas, esperanza, desesperación.

    Tocó algunas de las anomalías rojas de la pantalla con la yema del dedo. Mientras lo hacía, se destacaron, cada uno rodeado por un círculo blanco. Cuando terminó, se indicaron unos diez de los proyectiles.

    Avar se apartó de la pantalla y luego se volvió para mirar a la tripulación del puente. Estaban confundidos, de una manera educada, esperando que ella les explicara lo que había hecho.

    “Odio decir esto amigos míos,” dijo, “pero esto se ha vuelto mucho más difícil. Tenemos un nuevo objetivo.”

    Los desgastados rasgos del almirante Kronara se torcieron en un ceño fruncido. Avar no se lo tomó como algo personal.

     «¿Reemplaza los parámetros de misión existentes?» Dijo él.

    «Eso estaría bien,» dijo. «Pero no. Todavía tenemos que hacer todo lo que vinimos a hacer aquí, evitar que los fragmentos destruyan Hetzal, pero ahora hay algo más.»

    Hizo un gesto hacia la pantalla, con sus puntos rojos resaltados, dirigiéndose rápidamente hacia el sol.

    “Las anomalías que he indicado aquí contienen seres vivos. Ya no se trata solamente de salvar los mundos de este sistema”.

    La comprensión apareció en el rostro de Kronara. Su ceño fruncido se hundió mas aún.

    «Así que es una misión de rescate, además de todo lo demás.»

    «Así es, Almirante», dijo Avar.

    Un coro de voces consternadas se elevó cuando los oficiales se dieron cuenta de que todo su progreso hasta ahora era solo el preámbulo de un esfuerzo mucho mayor.

    «¿Cómo es eso posible?»

     «¿Cuánta gente? ¿Quiénes son?»

    “¿Son naves? ¿Es esto una invasión?

    El almirante Kronara levantó una mano y las voces se detuvieron.

    “Maestra Kriss, si dice que algunas de estas cosas tienen gente a bordo, entonces la tienen. Pero, ¿cómo propone que organicemos un rescate? Estos objetos se mueven a velocidades increíbles. Nuestros sistemas de fijación del blanco apenas pueden alcanzarlos tal y como están, y ahora tenemos que… ¿Atracar en ellos?

    Avar asintió.

    “No sé cómo haremos esto. Aún no. Espero que alguno de ustedes tenga una idea. Pero diré que cada una de esas vidas es tan importante como cualquier vida en este mundo o en cualquier otro. Debemos comenzar por creer que es posible salvar a todos. Si la voluntad de la Fuerza es otra, que así sea, pero no aceptaré la idea de abandonarlos sin intentarlo.”

    Movió la mano en un amplio círculo, abarcando toda la pantalla.

    “Esto es todo con lo que podemos trabajar, lo que trajimos con nosotros. Todas las naves Hetzalianas están ocupadas tratando de evacuar, así que todo lo que tenemos son los Vectores y los Jedi que los vuelan, además de los Longbeams y sus tripulaciones. Encuentren la manera. Sé que pueden. Enviaré un mensaje a los Jedi. La Fuerza podría tener una respuesta para nosotros.”

    Los oficiales del puente se miraron unos a otros, luego se pusieron en movimiento con una nueva oleada de actividad, mientras comenzaban a planificar diez misiones de rescate absolutamente imposibles.

    Avar Kriss cerró los ojos. Se alzó en el aire. La Fuerza le cantó, hablándole del peligro, la valentía y el sacrificio, de los Jedi cumpliendo sus votos, actuando como guardianes de la paz y la justicia en la galaxia.

    La canción de la Fuerza.


    Extraído de Star Wars: Light of the Jedi (The High Republic) por Charles Soule. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este extracto puede reproducirse o reimprimirse sin el permiso por escrito del editor. Extracto publicado originalmente en inglés en https://sites.prh.com/highrepublic

    Star Wars: Light of the Jedi (La Alta República) Charles Soule.
    Mucho antes de la Primera Orden, antes del Imperio, incluso antes de La Amenaza Fantasma… Los Jedi iluminaron el camino a la galaxia en The High Republic. Es una edad de oro. Los intrépidos exploradores hiperespaciales amplían el alcance de la República hasta las estrellas más lejanas, los mundos florecen bajo el liderazgo benévolo del Senado y reina la paz, reforzada por la sabiduría y la fuerza de la renombrada orden de usuarios de la Fuerza conocidos como los Jedi. Con los Jedi en el apogeo de su poder, los ciudadanos libres de la galaxia confían en su capacidad para capear cualquier tormenta. Pero la luz más brillante puede proyectar una sombra, y algunas tormentas desafían cualquier preparación. Cuando una catástrofe impactante en el hiperespacio desgarra una nave, la ráfaga de metralla que emerge del desastre amenaza a todo un sistema. Tan pronto como se emite la llamada de ayuda, los Jedi saltan a escena. Sin embargo, el alcance del desastre es suficiente para llevar incluso a los Jedi hasta sus límitse. Mientras el cielo se abre y la destrucción cae sobre la alianza pacífica que ayudaron a construir, los Jedi deben confiar en la Fuerza para superar un día en el que un solo error podría costar miles de millones de vidas. Incluso mientras los Jedi luchan valientemente contra la calamidad, algo verdaderamente mortal crece más allá de los límites de la República. El desastre del hiperespacio es mucho más siniestro de lo que los Jedi podrían sospechar.

    Una amenaza se esconde en la oscuridad, lejos de la luz de la época, y alberga un secreto que podría infundir miedo incluso en el corazón de un Jedi.