Viendo rojo. Un relato de The Old Republic

Por Jose Alabau Casaña

¡Hola, bibliotecarios! Hoy os traemos Viendo rojo, la traducción de Seeing Red, un relato de Leyendas perteneciente al videojuego Star Wars: The Old Republic, en concreto a su actualización 6.3 de verano de 2021. Está escrito por Jay Watamaniuk y, al igual que Toda una historia que contar (Quite a Story to Tell), que ya tradujimos aquí, apareció en la web oficial del videojuego, en este caso el 14 de julio de 2021. Y sí, aunque parezca increíble por las fechas en las que estamos, estos relatos pertenecen a la anterior continuidad. Os dejamos con él:


Otra vez tarde. Jek me va a matar.

Rass Ordo estaba a sólo unos pasos de la entrada del «Fuego de cobertura», el lugar favorito que él y su hermano Jekiah habían frecuentado durante años. Cuando Jekiah no estaba en una misión, era muy probable que se le encontrara aquí más o menos a la misma hora del día, comiendo más o menos lo mismo, rodeado del mismo tipo de gente. Esta era la cantina no oficial de los guerreros. Los verdaderos tipos duros con créditos para gastar. Todo, desde los carteles rotos hasta el letrero oscilante, pasando por la gruesa puerta de madera, tenía el color oxidado de la sangre seca; manchada por años de vientos del desierto soplando sobre las dunas de arena roja que rodeaban el asentamiento. Rass no había nacido en Geonosis, pero había vivido aquí el tiempo suficiente como para echar de menos las ardientes puestas de sol y las numerosas lunas cuando el trabajo le llevaba fuera del mundo.

Tiró del pomo de latón teñido de rojo. La pesada puerta de roble no pudo amortiguar el bullicio del interior. La abrió con un chirrido penetrante y desenfadado y se vio envuelto en el sabor picante de la comida cocinada, la cerveza amarga y el bullicio incontrolado de los soldados de permiso.

Entró, entrecerrando los ojos por la tenue luz. Los clientes habituales le dieron una fuerte ovación. Rass devolvió el saludo con una gran sonrisa. Esperando una merecida reprimenda por parte de su hermano mayor, se abrió paso rápidamente entre las mesas, asintiendo, saludando y dando palmadas en la espalda a algunos, mientras se dirigía a la esquina familiar del pub. Jekiah estaba con la cabeza hundida en su datapad personal, con la cara encerrada en una sombría concentración. Parecía cansado. Rass sintió una punzada en el pecho. Las cosas habían cambiado para Jekiah. Víctima de su propia competencia y de su tozudez en situaciones imposibles, Jekiah no podía permanecer oculto al liderazgo. Shae Vizla, la líder de los mandalorianos, estaba persiguiendo a un peligroso rival y ascendió a Jekiah a Árbitro. Su hermano era ahora su voz en todos los temas mandalorianos. Un gran honor, o como el propio Jekiah añadió, un gran dolor de muelas.

Jekiah se había quedado en Geonosis para dirigir las operaciones cotidianas, poniendo distancia de por medio con la sede del poder mandaloriano para que la gente entendiera que él no era Shae Vizla y que no tenía ninguna influencia sobre ella. Rass no creía que fuera necesario, pero Jekiah era un soldado leal y soportaría una o dos heridas por el bien de la causa. Ahora ya no era un soldado raso, pero en esta cantina de mala muerte en un planeta polvoriento los clientes le hacían el mayor cumplido posible al pasar por alto su nuevo estatus y seguir considerándolo como uno de ellos.

—¿No hay noticias? —preguntó Rass, elevando su voz por encima del clamor mientras se sentaba. Deben ser malas noticias, pensó mirando el datapad. Echó una mirada al camarero y este le sirvió dos tragos.

—Otro muerto. El tercero esta semana —dijo Jekiah.

Los mandalorianos rara vez estaban en paz y hoy no era una excepción. Jekiah dejó su pantalla, tirando de su barba, más gris que marrón estos días. Los mandalorianos luchaban. Era una forma de vida y Rass estaba orgulloso de ella. Su hermano siempre decía que no se afila una espada que no se piensa usar. Dejaron las bebidas sobre la mesa sin ninguna ceremonia. Rass empujó una.

—¿Qué pasa?

—Otro ataque al clan Shale. La victima apenas había salido del entrenamiento —Jekiah entregó el datapad. No se atrevió a mirar la imagen.

—¿Nerak? —Rass sabía que era obvio. El clan Nerak no tenía problemas para dejar claro su punto de vista derramando sangre. Miró la pantalla. Eran ellos, sin duda.

—Es probable. No saben cuándo parar.

—Qué maldito desperdicio —Jekiah bebió un trago para bajar la frustración.

El clan Nerak era joven para los estándares mandalorianos, eficaz pero poco notable y todavía estaba buscando su identidad. Por eso, cuando el antiguo líder se burló de un impulsivo advenedizo llamado Ballag, este lo mató en el acto. Algunos lo calificaron como un auténtico desafío, otros como un asesinato. Ballag se convirtió en el jefe del clan, pero su reputación quedó manchada. No quería parecer débil.

Ballag empezó a buscar peleas y a derramar sangre para demostrar su fuerza. El último, y más atrevido problema, había sido con el clan Shale. Eran un clan antiguo y respetado por todos.

El cadáver de la pantalla merecía una muerte mejor con un enemigo mejor.

—¿Qué esperabas con Ballag dirigiéndolos? —dijo Rass—. Va a llevar a Nerak a la ruina si sigue así —se burló. No le gustaba Ballag. Demasiado terco para dirigir y demasiado estúpido para verlo.

—He hablado con Arla Shale —dijo Jekiah—. Luché con ella durante la incursión en Darvannis. No permitirá que su pueblo sea tratado así. Con Mandalore fuera, tenemos que estar unidos.

—¿Qué vas a hacer?

—Llamarlos. Es hora de hablar.


—¿Un duelo? —preguntó Arla, con su rostro tan delineado y lleno de cicatrices que no revelaba ninguna emoción. Sin pensárselo dos veces, asintió a Jekiah—. Como decida el Árbitro —no había ningún indicio de miedo en sus ojos, sólo una certeza férrea.

Ballag dudó. Era una cabeza más alta que todos. Sus ojos eran de un amarillo extraño y pasaban de Jekiah a Arla, con un mínimo indicio de inquietud en su mirada. Arla era experimentada, quizá no más rápida, quizá no más fuerte, pero Ballag tendría que estar ciego para considerarla un blanco fácil. Arla arqueó una ceja ante la pausa.

—De acuerdo —dijo, hinchando el pecho. Rass sintió la necesidad de poner los ojos en blanco, pero se controló. El asunto se acabaría. Tal vez. Rass confiaba en Jekiah, pero no estaba seguro de que esto funcionara. Habían pasado demasiadas cosas y las cicatrices aun eran demasiado profundas.

—Bien —Jekiah asintió—. Pero antes de hacerlo oficial, hay una condición más —sus ojos eran como dos astillas de obsidiana—. Si sois derrotados —comenzó lentamente, observando a cada líder—, vosotros y vuestro clan seréis destruidos. Sin cuartel, sin excepciones.

—¡Qué! —exclamaron Ballag y Rass a la vez. Rass dio un paso hacia Jekiah, con voz incrédula.

—¿Jek…?

La mirada de Jekiah detuvo a Rass en seco. Este no era su hermano. No era la cara amistosa de mil recuerdos de lucha en el patio de entrenamiento o de robar un velocípedo desatendido aparcado detrás del mercado para dar una vuelta. Era el árbitro de los mandalorianos. Su palabra era la ley.

—¡No puedes destruir a todo un clan por esto! —Ballag insistió. Era una queja razonable, pero en este momento sonaba débil.

—Acepta este duelo o termina tu disputa —dijo Jekiah.

—Estoy de acuerdo —dijo Arla. Permaneció impasible, pero había algo en su rostro. Cautela y algo más… ¿diversión? Algo había pasado entre Jekiah y ella, pero Rass no sabía qué.

Ese algo en su rostro enfureció a Ballag. Empezaron a aparecerle manchas rojas. Le dirigió una mirada enfurecida.

—¿Y bien? —La cara de Jekiah era de hierro.

El joven apretó los puños y se burló. —¡Haar’chak! —Maldijo—. ¡De acuerdo! —Se dio la vuelta y salió furioso. Arla asintió a Jekiah y le siguió. La puerta se cerró con estruendo tras ellos.

—A los clanes no les gustará esto. Ni un poco. ¿Qué has hecho?

Jekiah le dirigió una mirada incisiva. —Tomar una decisión.


La arena. Tan lejos de los grandes salones de Alderaan y de las grasientas luces de Nar Shaddaa como cualquier otro lugar. Había poca decoración que distrajera. No era un lugar de entretenimiento como los asquerosos pozos de la muerte de los hutts. Era un lugar para dirimir disputas entre guerreros.

El suelo de la arena era una mezcla de tierra compactada, arena roja y grava que raspaba la piel y enganchaba los pies de cualquiera que perdiera la concentración. Era un buen lugar para luchar y un lugar adecuado para morir. Después de siglos, las paredes grises se mantenían estoicas ante los sonidos de la batalla. No había asientos, para que nadie estuviera a gusto en este lugar. Cuando otros luchaban, tú te quedabas de pie. Los reunidos gritaban, chocando armas contra armaduras en un caótico regocijo mientras esperaban el comienzo de la contienda.

Un único cuerno sonó. Un instrumento de hueso extraído de una antigua bestia para señalar el inicio de una contienda de honor. La multitud respondió del mismo modo con un aullido atronador. Jekiah Ordo, árbitro de los mandalorianos, apareció en el borde exterior. El débil resplandor de un muro de escudos se elevó en el aire para asegurarse de que ningún testigo sufriera daños o tuviera la tentación de interferir. En la arena, todos los juicios eran definitivos.

Jekiah comenzó a caminar. El clamor comenzó a desvanecerse con cada paso. Cuando llegó al centro, se detuvo para observar a la multitud. Estaban tan silenciosos como la piedra. Lo desaprueban, pensó Rass. Más que eso, están enfadados. Por supuesto, se había corrido la voz de que se derramaría más sangre cuando se decidiera el vencedor de esta contienda. Desde que Mandalore el Reivindicado, una generación atrás, había ordenado el fin del clan Cadera por su negativa a atender su llamada, no se habían tomado medidas tan despiadadas. Rass había hablado con su hermano muchas veces en los últimos días, pero Jekiah no cedía. Los líderes de estos dos clanes lucharían, el ganador se marcharía y el perdedor y todos los que les siguieran morirían. Jekiah permaneció inmóvil en el centro. Asintió con la cabeza.

Ballag, del clan Nerak, y Arla Shale, del clan Shale, entraron por lados opuestos. Ballag llevaba trofeos en el cinturón, pieles y huesos de monstruos a los que se había enfrentado. Llevaba un broquel con cuchillas en la muñeca y una fea rifle de dispersión apoyada en el hombro. Inclinó la cabeza hacia la multitud, levantando los brazos en señal de victoria prematura. Arla no llevaba ningún adorno, salvo el desgastado acabado de su armadura y el largo rifle con una afilada bayoneta sujeta en la punta. Su mirada no se apartó de su oponente.

Un choque de metales sonó entre los testigos. El ruido se hizo más y más fuerte a medida que todos golpeaban el suelo, una placa de pecho o dos armas juntas. No honraban a los combatientes, si no al hombre que los puso allí.

Los mandalorianos de los clanes destacados estaban en lados opuestos. Había mucho más en juego que este único combate. Rass notó que algunos del clan Nerak no estaban presentes. Tal vez no tenían confianza en su líder y habían huido. Cobardes. O apoyaban a quien los dirigía o elegían un nuevo líder.

Jekiah levantó la mano abierta. El público se calmó. Un destello de fuego azul salió de su mochila propulsora y se elevó en el aire, con la mano aún abierta. Todos los ojos estaban puestos en él. Miró a Ballag, que asintió, se golpeó el pecho y lanzó un grito de guerra. Miró a Arla, que giró su rifle hacia delante y asintió. Jekiah cerró el puño.

Ballag se lanzó hacia adelante, con su mochila propulsora en llamas. Arla lo esquivó, pero él sacó su broquel y le dio un tajo en la placa del pecho y en el casco, derribándola. Una pequeña salpicadura desapareció en la arena roja. La multitud aplaudió. La primera sangre. Esa era su intención, pensó Rass. ¿Su vida, su clan entero, en juego y él juega con la multitud? Ballag había vuelto a levantar las manos mientras Rass veía a Arla luchar por ponerse en pie. El ataque había hecho más daño del que parecía. Apoyándose fuertemente en su rifle, se preparó una vez más. Ballag cargó; esta vez conectó, lanzándola hacia atrás, casi haciéndola caer de pie una vez más. Al aterrizar, apuntó con su rifle de dispersión, pero ella la apartó con su rifle justo en el momento en que se disparaba en una explosión ensordecedora. Arla continuó con el movimiento de su arma en un rápido arco, y clavó la culata de su rifle en el casco de Ballag, haciéndole retroceder la cabeza. Volvió a blandir su bayoneta, pero Ballag se agachó ante el ataque. Dejando caer su rifle de dispersión, sacó con suavidad un largo cuchillo dentado que llevaba enfundado en la pierna. Lo levantó entre ellos, con la hoja balanceándose de un lado a otro como una serpiente.

Ballag no tenía rival en el combate cuerpo a cuerpo, y confiaba en su fuerza y velocidad. Se abalanzó sobre ella con salvajes golpes y cortas estocadas. Arla desviaba a duras penas cada ataque, utilizando su largo rifle como bastón. El repiqueteo de metal contra metal era lo único que se elevaba por encima del ruido de la multitud. Arla luchaba a la defensiva, sin malgastar energía, sin moverse ni un pelo más de lo necesario. Estaba frustrando a Ballag, pero su mesurada defensa no le haría ganar este combate.

Otro desvío. Ballag maldijo y dio un paso atrás, haciendo girar la daga en su mano. Arla sostenía su rifle frente a ella. Tenía media docena de cortes en los brazos y el torso y empezaba a tambalearse. Ballag soltó un ladrido y giró su daga una vez más, atrayendo su mirada. Se abalanzó, encendiendo su mochila propulsora en el último segundo y girando para atraparla con su broquel. La sangre voló y Arla se hundió en el suelo, con una mano en el cuello y la otra en el rifle para apoyarse. La multitud se lanzó hacia delante, apretada contra el escudo. Comenzó un canto rítmico y bajo mientras Ballag volaba por los aires, gritando su victoria. Arla agarró el rifle con fuerza, apoyándose en él, pero no pudo ponerse en pie. Rass miró a su hermano, con el corazón acelerado. Jekiah lo observaba desde su posición elevada, con el puño cerrado.

Ballag invirtió el agarre de su daga para dar un golpe mortal. Otro chispazo de su mochila propulsora y salió disparado hacia Arla, con su arma brillando.

Con apenas un brazo de distancia entre ellos, Arla giró su rifle, con la culata ya firmemente clavada en el suelo, y clavó la punta de la bayoneta en el pecho de Ballag, atravesándole el hombro con la punta. Ballag gritó, y la sangre salió de su boca. No era un golpe mortal, pero era más que suficiente para acabar con esto. Arla atrapó la daga cuando se le cayó de los dedos. Su boca se abrió y se cerró un par de veces, conmocionado. Arla se puso en pie, sin rastro de su anterior debilidad. Las heridas en su cuello y en otros lugares estaban ensangrentadas, pero eran mucho menos graves de lo que parecían. Ballag se aferró a su rifle, pero su fuerza había desaparecido.

Arla levantó la propia daga de Ballag en el aire, invirtiendo su agarre. La multitud se quedó en silencio. Ella miró a su propio clan durante varios latidos. Asintió con la cabeza antes de dirigir su mirada al clan Nerak, que estaba sentado en silencio al otro lado de la arena. Algunos estaban afligidos, otros enfadados, otros aceptaban su destino y esperaban. Bajó la daga hasta la garganta de Ballag. Su filo dentado presionaba su piel expuesta. Se estremeció, sus ojos brillaron de odio y miedo. Jekiah se acercó pero no dijo nada.

—Un empate— dijo Arla en voz baja.

Jekiah aterrizó junto a ella. Los testigos que estaban lo suficientemente cerca para escuchar comenzaron a murmurar. —Un empate, Árbitro —repitió, más fuerte esta vez.

Más personas de la multitud empezaron a murmurar. Jekiah la miró a ella y al indefenso Ballag durante un momento.

—¡Se declara un empate! —anunció Jekiah, con su voz llegando a todos los rincones. Se oyeron gritos. Rass no podía decir si estaban enfadados o conmocionados. Probablemente ambas cosas. Jekiah se volvió hacia Ballag, que estaba perdiendo mucha sangre. —¿Estamos de acuerdo?

Ballag apretó los dientes varias veces. La lucha seguía saliendo de él, mezclándose con el creciente charco rojo. Asintió con la cabeza.

—Este duelo ha terminado —levantó el puño y lo abrió para que todos lo vieran.

Arla tiró la daga antes de volverse hacia su clan. El choque de las armas contra el metal fue ensordecedor.

Ballag agarró su daga con los dedos entumecidos. El clan Nerak permaneció en silencio.


En calle no se esuchaban conversaciones, pero Rass iba a iniciar una.

Dobló la esquina y Jekiah estaba de pie fuera del pub, mirando su datapad.

—¿Jek?

Levantó la vista. —Rass. A tiempo. Hm… ¿debería estar preocupado? —dijo Jekiah. Sus ojos eran brillantes. Una mirada rara pero bienvenida.

—No hay tráfico. ¿Alguna noticia?

—El clan Nerak encontró un nuevo líder.

—¿No me digas? —Rass sonrió—. ¿Y el clan Shale?

—Está fuerte —Jekiah asintió—. Arla es una buena guerrera. Sabes que luché con ella hace tiempo.

—Lo mencionaste, sí —Rass sonrió antes de acercarse, bajando la voz—. Te has arriesgado mucho, Jek.

Jekiah asintió, sus ojos se oscurecieron. Rass le dio una palmadita en el hombro. —Entremos.

—Rass —Jekiah lo detuvo, con la mano en la puerta—. Pensé que podríamos probar otro lugar. Cambiar cosas.

—¿Qué? ¿Por qué? —Rass tiró de la puerta.

—Rass —el tono era suave, pero mantuvo la puerta cerrada—. Vamos a dejar que cenen tranquilos. —Jekiah quitó la mano de la puerta, con el polvo rojo cayendo y arremolinándose alrededor de ambos. —Vamos. Yo invito.

Los familiares sonidos apagados del interior eran fuertes y reconfortantes, pero Rass soltó la puerta y los dos hermanos subieron la calle en silencio.


Esperamos que os haya gustado esta historia. Ya sabéis que si queréis consultar el listado de relatos de Star Wars lo podéis hacer en este artículo. ¡Que la lectura os acompañe!

Un comentario el “Viendo rojo. Un relato de The Old Republic

  1. Pingback: Toda una historia que contar. Un relato de The Old Republic | La Biblioteca del Templo Jedi

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