Como en todas las Fases de la Alta República, desde la revista Star Wars Insider nos dan retazos de lo que está por pasar a personajes secundarios de las novelas en forma de relatos cortos, que hemos ido traduciendo religiosamente en la Biblioteca del Templo Jedi.

Siguiendo la vida de los técnicos Joss y Pikka Adren, un matrimonio que ayudó a estabilizar el Faro Starlight en el primer relato corto ambientado en La Alta República, hoy volvemos con ellos en el año posterior a la fatal destrucción de la estación espacial de la República perpetrada por los Nihil al final de la Primera Fase de este proyecto.
¡Que disfrutéis!
«NO ES UN TRABAJO IMPORTANTE»
Por Lydia Kang
Estar en tierra sólida se supone que es algo que reconforta, especialmente en un lugar como Eriadu. Aquí, todo lo que hay en el planeta era una invitación, desde las calles llenas de tabernas de las distintas ciudades hasta las montañas cubiertas de nieve que escondían sus riquezas internas de mineral lommite. El lugar te suplicaba que plantases ahí tus pies y te quedases.
Para Joss Adren, con los pies bien firmes en el suelo y con una cerveza espumosa ante él, estaba, sin embargo, ansioso por volver a la Aurora III, el crucero Longbeam que él y Pikka pilotaban para el Cuerpo de Defensa de la República. Pikka y la nave: eso era el confort. Ese era su hogar. Siempre le daba palmaditas a la Aurie, como ellos la llamaban, agradeciéndole haberles salvado tantas veces la vida. Hablando de Pikka… ¿Dónde se había metido?
Echó un vistazo por la comisaría, ocupada con especies que venían de todos los territorios del Borde Medio y del Borde Exterior. Dos Ughnaughts discutían ante sendos cuencos de estofado, otro grupo de oficiales del CDR se rascaban las barbillas y de cuando en vez miraban a Joss. No los conocía. Había cada vez más personal del CDR en el planeta estos días, pero intentaban no destacar mucho. Eriadu no era un lugar donde gustase tener mucho músculo militar de fuera del planeta. Así que no fue ninguna sorpresa cuando el Almirante Kronara y la joven Alférez a su lado abandonasen la multitud que había cerca de la puerta y se sentasen ante Joss, en su diminuta mesa.
Joss se estaba empezando a acostumbrar a su rango y a archivar formalidades ahora que él y Pikka habían estado en el CDR desde la caída del Faro Starlight. Pero en cuanto Joss empezó a levantarse, el Almirante Kronara casi negó con la cabeza. Joss lo entendió. Este no era el momento de atraer la atención.

Simplemente asintió, al igual que la Alférez. Parecía bastante joven, su pelo firmemente oculto bajo su gorra del CDR, sus labios apretados formando una línea macabra.
—»Me alegro de verte de nuevo», dijo Kronara con su áspera voz. «Esta es la Alférez Ebbe Casset. Es nueva en el CDR, tras haber trabajado en la Fuerza Conjunta Especial de Malastare-Sullust durante unos cuantos años. Alférez, este es el Capitán Adren.»
—»¡Oh!», Joss intentó contener su sorpresa. «Casset, como…»
—»Si, Heda Casset era mi tía», dijo con cierta crispación. No había señales de tristeza en su cara sin líneas marcadas. Más bien, resolución. Probablemente le daban ese tipo de respuesta todo el tiempo.
—»Vaya. Eso debe haber sido… Vaya», dijo Joss. La joven mujer asintió con cierta irritación, o quizá tristeza, antes de que su resuelta mirada de acero volviese a ella. Joss giró la cabeza de aquí para allá, buscando a Pikka. ¿Dónde se había metido? No estaba cómodo estando cara a cara con lo poco confortable que era lidiar con lo ocurrido con Hedda Casset. Si no hubiera sido por ella, mucha más gente habría muerto durante el Gran Desastre Hiperespacial. Era una verdadera heroína. Pero también era un recordatorio de cuántas vidas se habían perdido a lo largo de estos dos años. Algunas veces Joss temblaba al pensar que él y Pikka podrían haber estado fácilmente a bordo del Faro Starlight cuando fue destruido hace poco más de un año.
—»¿Dónde está Pikka? La otra Capitana Adren, quiero decir», dijo Kronara. «Pensaba que iba a asistir a esta reunión». Sacudió la mano hacia un droide de servicio.
Pikka se había excusado con ir a asearse antes de sentarse con él, pero habían pasado más de quince minutos. ¿Qué estaba haciendo? Pikka no era el tipo de persona que se embelesara mirándose al espejo. Lo más probable es que hubiera encontrado algún circuito eléctrico pobremente instalado y le estuviese diciendo a alguien que había que arreglarlo antes de que tuvieran un problema entre manos.
—»Estoy justo aquí.»
Una delgada mano apretó el hombro de Joss y Pikka Adren se deslizó en la silla que había junto a él. Joss intentó no sonreír, como acostumbraba a hacer cada vez que Pikka entraba en una habitación. Estaba tremendamente orgulloso de su esposa. De no haber sido por ella, no habrían sido capaces de cambiar el código operativo de su Longbeam cuando se enfrentaron a las imposiblemente rápidas naves Nihil durante la Batalla de Kur.

Echó hacia atrás el ondulado y profundamente marrón pelo de sus sienes, sus ojos azules observando a Ebbe. Últimamente tenía unos círculos oscuros debajo de ellos. Había estado trabajando demasiado pero, como siempre, Pikka nunca se quejaba. Asintió al Almirante. Por supuesto, sabía como jugar sus cartas de forma casual para no atraer la atención hacia su grupo.
Pikka y Ebbe se presentaron la una a la otra. Las cejas de Pikka se alzaron ligeramente tras escuchar el apellido de Ebbe.
—»Gracias por unirte al CDR. Significa mucho para mucha gente», dijo Pikka calmadamente. Ebbe asintió, sus ojos mirándola por un instante con cierta humedad. El droide camarero se aproximó.
—»Técnicamente estamos de servicio, pero no le diría que no a tomarme una cerveza yo también», comentó el Almirante Kronara, deslizando su mano por su pelo incipientemente canoso. «¿Una ronda para la mesa?»
—»No durante el trabajo», respondió Ebbe, echando un vistazo al Almirante Kronara.
—»En ese caso, dos zumos de jogan», dijo Pikka. Hizo gestos al droide, que ya se iba. «¡Y unas nueces wali saladas! Me estoy muriendo de hambre. Por lo tanto…» Se inclinó para acercarse. «Imagino que no nos vais a decir que disponemos de unas bien merecidas vacaciones. ¿Tenéis una misión que discutir?»
—»Sí que os merecéis unas vacaciones. Respecto de esta misión, no es algo demasiado importante», respondió el Almirante Kronara. La cerveza y los zumos jogan llegaron a su mesa, y tomó un profundo sorbo de su ambarino bebedizo antes de hablar calmadamente. «Hemos recibido una señal de emergencia de una nave pequeña, cercana al Muro de las Tormentas. Necesitamos que la interceptéis.»
Joss frunció el ceño. El Muro de las Tormentas. No era tan cerca, pero era demasiado cerca para que se sintiera cómodo. Últimamente habían trabajado cerca de Eriadu, transportando envíos y ayudando al CDR a establecer una tranquila pero activa base en el planeta. Los Nihil habían estado atacando y saqueando de un sitio a otro, más allá del Muro de las Tormentas, pero Eriadu aún era un lugar bastante seguro. Estaban floreciendo los mercaderes, al igual que los mercados negros en las fronteras de cada ciudad y aldea. Se podía hacer mucho dinero en tiempos de conflicto. Un cuento tan viejo como las estrellas mismas.
—»¿Por qué nosotros? Cualquier tripulación del CDR podría ocuparse de una nave que tuviera una emergencia en este sector. Seguramente haya alguien más cerca», comentó Joss.
Kronara no dijo nada durante un momento demasiado largo. Y Joss lo supo, casi al mismo tiempo que Pikka, quien se había acercado el zumo jogan al cuerpo.
—»Es una nave Nihil, ¿no es así?», dijo ella en voz baja.
El Almirante Kronara asintió. «Probablemente una partida de saqueo que tuvo algún tipo de problema.»
—»¿No es algo demasiado importante, eh? ¿Quién más sabe todo esto?», preguntó Joss.
—»Yo, Ebbe y el técnico que recibió la señal y a quien se le ha ordenado que permanezca en silencio sobre este informe.»
—»¿Por qué tanto secretismo?», añadió Pikka. Se había inclinado para dar un sorbo al zumo de jogan, lo olió y luego lo alejó de ella con cierto asco. En su lugar, estiró el brazo para coger unas nueces, lanzando unas pocas a su boca.
Ebbe probó cautelosamente su propio zumo, y luego miró a Pikka con curiosidad. «Tenemos una cierta oportunidad de que puedan proporcionarnos los medios para penetrar el Muro de las Tormentas y acceder a la Zona de Oclusión. A menos que sea una trampa, y que los Nihil estén intentando lanzarnos un cebo.»

—»Suena más como un trabajo para los Jedi que para nosotros», sugirió Joss.
—»Desafortunadamente, los Jedi no están a nuestra disposición para esto. Necesitamos saber vuestra respuesta ya», dijo Kronara. «Puedo tirar de rango, pero preferiría que estuvierais de acuerdo con la misión en este caso. Puedo prometeros un largo descanso después de esto.» Escondió su cara bajo un trago de cerveza.
Joss se reclinó y sus ojos encontraron a los de Pikka. Por lo general hablaban las cosas, pero se conocían tan bien que a veces un vistazo era suficiente. En este caso, él tenía tantas dudas como ella aparentaba tener. Últimamente ella parecía estar estresada por tanto trabajo. Sus hombros cayeron de puro cansancio. Esperaba que les asignaran misiones más cerca de los mundos del Núcleo, hacer algo con más estabilidad. El año posterior a la caída del Faro Starlight había sido muy complicado para ambos. Sí, quizá lo que necesitaban era algo de tiempo libre. Primero, unas vacaciones. Necesitaban formar un frente unido. Esto era un no definitivo.
Pikka rompió el contacto ocular con Joss, y se inclinó hacia delante.
—»Lo haremos», afirmó con firmeza.
Habían hablado poco durante la vuelta a la Aurie. Joss confiaba en Pikka, y si ella quería hacer este viaje él estaría a su lado. Pero algo no iba bien entre ellos, y no estaba seguro de cómo abordar el tema. Así que, en su lugar, puso toda su energía en prepararse para la misión. El Longbeam aún estaba en muy buena forma, y era una de las naves más rápidas del CDR. Era capaz de realizar cambios de sentido que aturdían la mente para una nave de ese tamaño gracias a los ajustes de ingeniería que había hecho Pikka.
En el hangar del CDR, a varios kilómetros fuera de la ciudad, Joss esperó en la rampa de embarque de la Aurie. Miraba un conjunto de cajas llenas de suministros que había en el suelo mientras comprobaba su plan en su tableta de datos. Había introducido las coordenadas y estaban esperando un último mensaje de Ebbe antes del corto viaje por el hiperespacio. Pikka se dirigía hacia él, sorteando la jungla de cajas y contenedores que habían creado una suerte de laberinto. Joss intentó no reírse.
—»En serio, Joss. ¡Has traído comida para una tripulación de cien personas! Sólo somos nosotros dos.»
—»Ya me conoces. Me gusta ser previsor.»
A pesar de todo, ella tenía razón. Había demasiada comida. Pikka tenía la tendencia de olvidarse de estas cosas, y Joss a veces se pasaba de la raya, sólo «por si acaso». Pero, en su esfuerzo por dejar a un lado su preocupación por el viaje, lo compensó pidiendo demasiadas provisiones. Había suficientes cosas en las estanterías como para que durase un año entero. Además de suministros médicos. Y partes de repuesto para la Aurie.
Una cabeza humana surgió de detrás de una enorme caja de leche de bantha en polvo. Ebbe, tan rígida como siempre, caminó a propósito hacia dicha caja.

—»Esta leche en polvo no es una ración reglamentaria del CDR», dijo con aspereza.
—»¡Ebbe!», exclamó Joss, sorprendido.
—»Alférez Cabbet», dijo Pikka, dando a Joss un suave codazo en las costillas. «Si, la leche en polvo fue petición particular mía. ¿Necesitabas hablar con nosotros antes del viaje?»
—»Si, Capitana Adren. Y Capitán Adren. ¿Cuál es el estado de la Aurora III?»
—»Casi a punto. Hemos revisado dos veces los motores, y Joss se ha asegurado de tener suficientes suministros como para alimentar a todo un campamento de Wookiees.» Intentó no reírse, y de pronto se le subieron los colores sin motivo aparente.
—»¿Estás bien?», le susurró Joss.
Pikka hizo un gesto hacia afuera con la mano. «Muy bien.»
—»Lo siento por lo de la leche en polvo», dijo Joss. «La pagaremos de nuestro bolsillo.»
—»Oh, no os preocupéis. Por las náuseas. Por supuesto que la querríais. He oído que es particularmente buena calmando el estómago en tu estado.»
Asintió hacia Pikka.
Joss lanzó una mirada a Pikka. Pensó que se había perdido algo importante.
—»No os preocupéis», se apresuró a continuar Ebbe. «Esta será una misión breve, y me aseguraré de que el Almirante Kronara os apruebe una larga ausencia de nueve meses. Más o menos.»

Por un momento fugaz, Joss se preguntó por qué había usado tan arbitrario tono, y entonces vio el chip de créditos caer. Nueve meses, ¿eh? Giró la cabeza y observó a Pikka con ojos inquisitivos.
Pikka se puso colorada. «Ebbe…», dijo, con un tono de advertencia en su voz.
Ebbe parecía confusa. «Para que podáis tener tiempo para vuestro retiro familiar. ¿Para el bebé?»
Joss sintió que se le iba la sangre del cráneo. Las puntas de sus dedos temblaron, y su visión se inundó de puntos. Estaba al borde de tropezar, y se aferró al borde de la Aurie para no caerse de la rampa. Algo dentro de su pecho se puso dar golpes, rebotando en su interior e intentando salirse de su caja torácica. Oh. Su corazón.
—»¿Pikka?», murmuró con la boca repentinamente seca. «¿Estas…? ¿Vamos a ser…?»
—»Si», confirmó Pikka. Su seria cara pasó a convertirse en una sonrisa más brillante que la salida de un sol doble. Corrió por la rampa. «Estoy embarazada.»
—»¿Cuándo me lo ibas a contar?», preguntó Joss, envolviendo las pequeñas manos de ella en las suyas. Las cuatro manos temblaron.
—»Cuando estuviéramos de camino. Quería algo de privacidad y espacio cuando te lo dijera. Acabo de saberlo.» Giró la cabeza más allá de Joss. «Ebbe, ¿cómo lo has averiguado?»
—»Era complicado no darse cuenta cuando hablamos antes», contestó ella. «Las señales estaban ahí. Lamento haber hecho asunciones en voz alta. Puedo organizar una misión, pero no soy, eh, buena siempre en una conversación. Pero escuchad: os lo compensaré. ¿Qué tal si me uno a vosotros? Para aliviar un poco el peso de esta carga de aquí.»
Pero Joss apenas podía escuchar a Ebbe. Sus palabras resonaban como un «bla bla bla» distante procedente de una insignificante alarma destinada a ser ignorada. ¿Pikka? ¿Embarazada? Varias emociones atravesaron como un rayo el cuerpo de Joss. Felicidad. Terror. Preocupación. Terror. Felicidad. Era un palíndromo de pánico y alegría. Así que por eso es por lo que Pikka parecía estar tan cansada últimamente. Por eso había pasado más tiempo en el lavadero de lo habitual, probablemente liberando su estómago de zumo de jogan. De pronto, todo tenía sentido.
Pikka se volvió a Joss y alzó las cejas. «Joss, ¿en qué piensas?», dijo. La boca de Joss se abrió y se cerró. No emitió sonido alguno.
—»¿Nos das un momento, Ebbe?»
Pikka condujo delicadamente a Joss al interior de la Aurie. Al fin, Joss pudo balbucear algo.
—»Estoy tan feliz, no sé qué hacer conmigo mismo. Me están pasando un millón de cosas por la cabeza…»
—»Y a mí también», contestó Pikka, exhalando un largo y contenido suspiro.
—»¿Te encuentras bien? ¿Qué puedo hacer?»
—»Puedes ayudarme a completar esta misión, y a completarla bien.» Echó los hombros hacia atrás. «Estoy bien. De vez en cuando me convierto en una máquina de regurgitar, pero, ¿aparte de eso?» Se dio una palmada en su abdomen inferior. «Estaré en contacto con el programa médico genérico de la Aurie. Tiene una aplicación de obstetricia. Todo está bien por el momento.»
—»La Aurie no puede ayudarte a dar a luz, aún así. No tenemos un droide madrona a bordo.»

—»¡Pfft, esta misión va a ser rápida, Joss! No pasa nada. Hará que Kronara nos deba un favor, y a él ya le caemos bien. Tenemos muchos meses de trabajo por delante antes de que podamos tener tiempo libre.»
—»¿Qué te parece que Ebbe venga con nosotros?»
Pero Joss ya se había ido a una lista de comprobaciones internas para prepararse para la misión, para prepararse para después de la misión, y para prepararse para el resto de sus vidas, que se habían multiplicado de pronto como un enjambre de gizkas. Vagamente, hizo el registro de que Pikka había descendido por la rampa para hablar con Ebbe. Cuando Pikka volvió le dio una palmada en la espalda a Joss.
—»Le he dicho a Ebbe que haríamos esto por nuestra cuenta. ¿Listo para marcharnos?»
Joss asintió. Pikka le tocó gentilmente la barbilla, cerrando la abierta boca que debía haber permanecido en ese estado durante varios minutos. Joss se rió, y ella también.
—»Vámonos, Capitán Adren», insistió. «Nuestra misión nos espera.»
Era el momento. Los suministros estaban asegurados. Pikka había comprobado el hipermotor y había realizado análisis de diagnóstico de seguridad en el generador de escudos mientras Joss revisaba la información que el Almirante Kronara les había proporcionado.
La nave varada era pequeña. La información relativa a ella no había venido de un transporte que hubiera podido acercarse mucho. Tenían un equipo de escaneo rudimentario, pero no parecía que hubiera formas de vida a bordo.
Y definitivamente era una nave Nihil.

De pequeño tamaño pero aparentemente compuesta de piezas de otras naves, así que era desigual y asimétrica. Tenía una quemadura de cañón y daños en el motor en un lateral. Estaba suficientemente lejos del Muro de las Tormentas que Joss estaba lo suficientemente cómodo como para no pedir refuerzos del CDR. Pero estaba lo suficientemente cerca como para haber vagado, rota, y que los Nihil no lo supieran o no les importase lo suficiente como para recuperarla.
Se rascó la barbilla. ¿Por qué no la habían rescatado los propios Nihil? Le hizo preguntarse si el vehículo estaba tan destrozado como para no despertar su interés, o que los Nihil o bien eran más crueles, o bien estaban más desorganizados de lo que dejaban entrever. Si era lo último, entonces tenían una oportunidad para poder conseguir un hipermotor con la habilidad de atravesar el Muro de las Tormentas. Kronara, la Canciller Soh y el CDR por fin podrían apuntarse una victoria.
Podría cambiar toda la dirección que llevaba esta guerra contra los Nihil.
Podría implicar un futuro más seguro para Pikka, Joss y… algún otro Adren.
—»Eh, Joss», dijo Pikka, que apareció en silencio detrás de él. «¿Estamos listos?»
—»Si. Las coordenadas están puestas. Estoy listo si tú lo estás.»
De nuevo en las dos sillas de Capitán de la Aurie, Joss se sintió más como siempre de nuevo. Estaban preparados para ir.
Pikka habló por los comunicadores. «Ebbe, dile al Almirante Kronara que enviaremos un informe en cuanto hayamos establecido contacto con la nave», añadió Pikka. «Eh… Oh, da lo mismo.» Dudó, aparentando querer decir algo más. Dedicó a Joss una sacudida de su cabeza, como si intentase limpiar un pensamiento poco importante de su cerebro. Joss a veces podía terminar las frases de ella, y podía haber jurado que él estaba a punto de decir: «Si no vuelves a saber nada de nosotros…»
Pero no. Era un pensamiento paranoico.
—»Muy bien», respondió Ebbe. «Que la Fuerza os acompañe.»
Ebbe parecía sonar decepcionada. Joss pudo imaginar cómo se sentía: la necesidad desesperada de hacer algo, hacer cualquier cosa para combatir a los Nihil. Había planetas enteros y sistemas envueltos por los Nihil en esa Zona de Oclusión. Quén sabe cuán horriblemente podían estar sufriendo esos millones de personas. Cada noche, Joss tenía pesadillas sobre los Nihil agazapados, cada vez más y más cerca. Pero, por primera vez, tenía otro nivel total de preocupación.

Ajustaron sus cuerpos a sus asientos de la cabina. La Aurie pronto dejó atrás el mundo verde y marrón, rebasando las varias naves que iban y venían de Eriadu. Pronto entraron en el hiperespacio, con su brillo de plasma rodeándoles. Era un viaje corto, pero Pikka, sin embargo, se durmió en la silla de piloto durante un tiempo. Había que dejarla.
Poco tiempo después, él dio el anuncio: «Saliendo del hiperespacio en un minuto o dos.»
Pikka bostezó y se sacudió los últimos pedazos de sueño sacudiendo la cabeza. Se centró en el brillo azul y blanco que los rodeaba, y luego en la transformación del mismo en líneas blancas que se producía cuando entraban al espacio real.
—»Ahí está», señaló Joss.
A cierta distancia había una nave pequeña, una mota de gris contra la oscuridad de la galaxia. Pikka miró a los escáneres del panel de control de la Aurie. «Ebbe dijo que no había formas de vida en la nave. Se equivocó. Hay al menos dos.»
Joss intentó no mostrar su decepción. Se suponía que esto iba a ser una recogida de chatarra. Quitar algo de los motores y de las piezas de los comunicadores Nihil y continuar. No quería un conflicto con Nihil reales. No ahora, de todos los momentos que podría escoger.
—»¿Qué pasa con la nave en sí?»
—»Nuestros sensores indican que está frita», dijo Pikka. «El motor podría estar roto. O podría haber sido apagado para dar la impresión de que está roto.» Miró a Joss con ojos inseguros.
—»Quédate en la Aurie. Yo iré a bordo y comprobaré qué está pasando.»
—»Ambos estamos aquí para cumplir este trabajo, Joss.»
Joss meneó la cabeza. «La otra opción es… que podemos volver a Eriadu y conseguir refuerzos. Ebbe quería venir también. Creo que sabía que algo no iba bien. Creo que deberíamos volver a por refuerzos.»
Pikka frunció el ceño. «Querían hacer esto rápida y discretamente.»
¿Y si perdían la oportunidad de averiguar lo que había en esa nave? ¿Y si obtener ese motor realmente implicaba que pudieran dar un golpe a los Nihil, y acabar con el Muro de las Tormentas? La capacidad de decisión de Joss se estaba suavizando ante esta nueva preocupación. Aunque quería saber lo que pasaba en esa nave tanto como los demás, también quería sacar de ahí a Pikka.
—»Contactemos con Ebbe. Deberíamos poder comunicarnos con ella desde este sector.»
Abrieron un canal de comunicaciones. Tras unas cuantas transferencias, al fin sonó la voz de Ebbe.
—»¿Qué es lo que ocurre?»
—»La nave tiene pasajeros o tripulación. Vivos. Al menos dos», informó Pikka.
—»Algo no está bien», añadió Joss. «Solicitamos refuerzos del CDR.»
—»Estoy de acuerdo», contestó Ebbe. «Se lo haré saber al Almirante Kronara. Ha vuelto a Coruscant. Por ahora, sabed simplemente que…»
La cabina se llenó con sonido de estática.
—»¿Ebbe? ¿Nos recibes?» Pikka alzó la voz. La estática continuó.
El panel de control de la cabina de pronto se apagó, como si hubiera perdido energía. Se volvió a encender y luego parpadeó erráticamente.
—»Pero qué… ¿Qué está pasando? Ebbe, ¿estás ahí?»
Joss trató de comenzar una comprobación de sistemas, pero la consola no respondió. Intentó un reinicio rápido. De nuevo, sin respuesta. La electrónica siguió actuando como si los circuitos estuvieran confusos de forma masiva. La quietud de la cabina siguió llena de una ruda estática.
Entre el deslumbrante caos una sola luz roja parpadeaba con certeza. Bueno, algo funcionaba por fin, pero la luz roja le hizo sentir peor, no mejor. Miró a Pikka, sus ojos se encontraron durante un largo momento de pánico.
—»Esa nave abandonada ya no está sola», dijo Pikka. «Vamos a tener compañía.»
Y, entonces, la Aurie se quedó a oscuras.
CONTINUARÁ.







































































