Blog

  • Star Wars Aprendiz Naberrie

    Star Wars Aprendiz Naberrie

    Relato corto Fanfic de Star Wars creado por Elisa Dávila

    El trayecto hasta Coruscant se había convertido en algo prácticamente rutinario en la vida de Padmé. Como aprendiz de legislador había visitado la sede del gobierno con cierta frecuencia para tratar temas de interés en el Senado con el resto de sus compañeros, pero ahora que formaba parte del programa legislativo juvenil pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa. Padmé echaba de menos el País de los Lagos. Añoraba a su familia. Sin embargo, con el paso del tiempo, había estrechado lazos con su compañero de Naboo, Palo, un par de años mayor que ella. Siempre iban juntos a las reuniones y se complementaban muy bien aportando soluciones diplomáticas a la par que creativas.

    —Tengo mucha curiosidad por ver sus caras, seguro que están llenos de ilusión —comentó el muchacho, mientras Padmé estaba enfrascada en sus pensamientos—. Todavía recuerdo la tuya cuando llegaste a la legislatura de aprendices. —Entonces era una niña. —Padmé esbozó una sonrisa al recordarlo. Aunque aquello había sido cuatro años atrás, ella lo recordaba de forma vívida, como si apenas hubieran pasado dos días—. Quería ayudar a todo el mundo sin importar cómo. Ahora sé que eso no es posible. —Pero, aun así, quieres seguir ayudando a todos —apuntó Palo. Era una de las cualidades que más le gustaban de su joven amiga. Aunque Padmé no lo dijera, también tenía ganas de conocer a los nuevos aprendices, pero, sobre todo, tenía interés en la reunión que se celebraría tras su primera reunión. A ella asistían, además de los más jóvenes, senadores de gran importancia, de la talla de Sheev Palpatine, a quien Padmé guardaba un profundo respeto. Cuando desde la nave pudo apreciarse el puerto espacial de la capital del Senado, la joven sintió un cosquilleo en su estómago. Siempre se ponía nerviosa antes de una reunión, pero era una sensación que adoraba. Nunca sabía lo que podría ocurrir y siempre había propuestas que lograban sorprenderla. Muchos de sus amigos decían de ella que era una idealista, puesto que siempre intentaba promover leyes y mandatos que abogaran por la paz y el bienestar de todos, exponiéndose en numerosas ocasiones a verdaderos peligros. Por ello, pese a ser solo una niña, se había ganado la admiración de muchos, que la respetaban y trataban como a una representante fuerte y capaz.

    Tras bajar al espaciopuerto, encontraron a Silya Shessaun, una antigua mentora de Padmé, saludándolos con alegría en sus ojos. —¡Cuánto tiempo! Han pasado meses desde la última vez —dijo Silya mientras abrazaba con cariño a su joven amiga. Aunque Silya también formaba parte del programa legislativo, había sido elegida como representante de Thesme y se veía obligada a asistir a numerosas cumbres en diferentes planetas. —Tus labores políticas son de vital importancia, todos entendemos lo que estás haciendo —agregó Padmé, excusándola. —Y además, tampoco te has perdido gran cosa. —Palo se había unido a sus dos compañeras en el reencuentro. Padmé negó con la cabeza, mientras dejaba escapar una sonrisa. Palo siempre le restaba importancia a los asuntos que trataban, diciendo que no eran verdaderamente serios, pero para ella tenían un gran peso en su formación y en sus aspiraciones futuras. Silya sonrió también, intuyendo lo que estaba pensando su compañera. —¡Ay, Padmé, hay tantas cosas que tengo que contarte! —exclamó con un suspiro—. Te hubiera encantado estar en algunos de los congresos y talleres a los que he ido. —Estoy convencida. —La muchacha no pudo evitar sentir una punzada de envidia. Silya siempre había sido sobresaliente en todo lo que se había propuesto, se la tenía considerada una niña prodigio, y aunque ella también había logrado destacar y hacerse un hueco entre el resto de los representantes, quería ser igual de brillante que su mentora—. Además, seguro que hiciste un trabajo excelente, como siempre. —Eso es que tú me tienes en alta estima —dijo Silya mientras volvía a abrazar a su amiga. Pese a que se hubieran distanciado por sus respectivas carreras políticas, el vínculo que las unía era fuerte y ambas se querían y apoyaban.

    Los tres jóvenes caminaron, charlando animadamente, hasta el edificio del Senado Galáctico mientras numerosos transeúntes iban y venían, llenando las calles de la capital de ruido y ajetreo. Mientras avanzaban por el Distrito del Senado, Padmé apreció, como de costumbre, el cambio en los ropajes y la actitud de la gente. Distinguió a lo lejos a varios de los senadores, cuyas capas ondeaban con gracilidad y elegancia. Algunos de ellos acompañaban a jóvenes y niños hacia la cúpula senatorial, mientras les daban consejos sobre cómo debían comportarse ante el Canciller Supremo, o sobre cómo lanzar propuestas legislativas interesantes al resto de sus compañeros, de forma que resultaran atractivas y realizables sin un alto coste. Padmé también había recibido esos consejos al iniciar sus estudios en el servicio público de Naboo. En su hogar, para poder acceder a un cargo político, aunque no fuera de alta importancia, era necesario tener una preparación previa. Por ello, muchos padres mandaban a sus hijos a Coruscant a formarse por si en el futuro les era necesario. Ese, por ejemplo, era el caso de Palo. Él no quería ser gobernador o senador, ni siquiera ostentar un cargo público en Theed, la capital de su planeta; sin embargo, sus padres habían determinado que podría ser interesante de cara al futuro, por si cambiaba de parecer. Padmé, por el contrario, desde que tenía uso de razón y había acompañado a su padre a numerosas misiones humanitarias, sabía que quería dedicarse a la política para ayudar a quien le fuera posible. —Da igual cuantas veces haya venido a las oficinas del Senado —comentó, con los ojos muy abiertos, Silya—, siempre me sorprenden las estatuas que hay alrededor del edificio. Era un comentario hecho sin pensar, pero Padmé entendía a lo que se refería. Las estatuas colosales de los fundadores de la República le hacían sentirse pequeña, ínfima. Parecía como si observaran a la gente, como jueces atentos a cualquier error que se pudiera cometer. —A mí siempre me sorprende la calidad escultórica de las obras. —Palo sentía auténtica fascinación por la arquitectura y la escultura de la República y aprovechaba cualquier ocasión para dejarlo claro. A Padmé eso le parecía tierno y le sonrió con dulzura, sin embargo, no fue capaz de decir nada puesto que, en ese instante, vio entrar al edificio al senador Palpatine. Había perdido su oportunidad de conversar con él, pensó Padmé con tristeza. No obstante, no se desanimó, puesto que tendría ocasión en la reunión de por la tarde.

    El resto de la mañana, los integrantes del programa legislativo juvenil se reunieron para revisar los asuntos destacados del día. Aunque era una reunión informal, más bien un coloquio entre amigos, lograron esbozar algunas propuestas de leyes que a Padmé le parecieron muy interesantes. —¿No creéis que deberíamos llevar alguna de estas ideas directamente a los altos cargos senatoriales? —expuso uno de los representantes de Mon Calamari—. Sin duda, ellos podrán lograr más que nosotros. —Pero entonces estaríamos dejando de lado el protocolo a seguir. Es importante respetar el sistema —argumentó un aprendiz rodiano. Padmé estaba de acuerdo con esto último, pero prefirió no decir nada, al menos de momento. Si algo había aprendido observando a los senadores en sus reuniones era que muchas veces era mejor esperar a que las ideas se aclarasen y conocer entonces lo que pensaba el resto para, entonces, proponer una resolución que contentase a la mayoría y fuera a la vez, justa. —Onaconda tiene razón —comenzó a decir una joven de cabellos rojizos y ojos serenos, a quien Padmé no reconoció—. Creo que el principal problema es que si vamos a un senador con nuestra propuesta, poco a poco comenzarán a restarle importancia a nuestra delegación y, por consiguiente, a nosotros mismos. —No me parece mala idea buscar un apoyo favorable por parte del Senado. Es algo que puede ayudarnos —contrapuso un joven gran de Malastare. Una twi’lek que se sentaba junto a él asintió, dándole la razón. La discusión se prolongó más tiempo del esperado, sin ser capaces de dar con una solución sólida a su problema. Padmé sabía que si se llevaban sus proposiciones a las altas esferas esto podría ser considerado de forma más ágil y, por tanto, se podría ayudar a más gente. Por otro lado, saltarse el sistema legislativo de esa forma sería perjudicial, no sólo porque podrían anularse las propuestas por no cumplir los requisitos, sino porque podrían perder credibilidad de cara a las nuevas resoluciones que plantearan.

    —Quizá —una voz tímida hizo que el resto de sus compañeros se volvieran hacia la persona de la que provenía. Para sorpresa de todos, era la princesa Breha, de Alderaan. Desde su accidente, la joven no había participado en muchas de las reuniones de los aprendices, aunque siempre estaba presente—, en este caso, sería interesante ponernos en contacto con algún miembro del senado de nuestra confianza, en calidad de consejero, para ver si es adecuado llevar la propuesta por otras vías que no sean las establecidas. Breha tuvo que detenerse y tomar aliento. Era consciente de que todos tenían la mirada puesta en ella y la observaban estupefactos. Ella misma estaba perpleja al escucharse hablar. Su pecho emitía un leve destello debido a los pulmonodos que se había visto obligada a llevar tras su caída. Padmé se dio cuenta de la incomodidad de la princesa y trató de mirarla trasmitiéndole una sonrisa de apoyo. Aunque el gesto fue leve, no pasó desapercibido para la joven de Alderaan que, con los ánimos renovados, pudo continuar. —Es probable que, en ocasiones anteriores, otros aprendices hayan tratado de llevar las propuestas por una vía más rápida, aunque menos ortodoxa. Antes de tomar cualquier decisión, lo prudente sería consultar qué sucedió entonces y ver si, en caso de una respuesta positiva, podría llevarse el mismo planteamiento en nuestro caso — concluyó, satisfecha, la joven. Se sentía agotada del esfuerzo, puesto que su cuerpo no parecía haberse acostumbrado aún a sus nuevas funciones pulmonares; sin embargo, su rostro mostraba su júbilo. Padmé asintió. Ni ella misma hubiera expresado mejor las dudas que muchos de sus compañeros tenían. La propuesta de Breha era la más coherente y segura de todas. Observó de refilón a Palo, a Silya y a los demás. Todos parecían satisfechos con la proposición de la princesa. —Si os parece bien —propuso entonces Padmé, sabiendo que había llegado el momento de intervenir—, podría hablar con el senador Palpatine. Es un viejo amigo de mi familia y sé que tomaría mis palabras como una mera consulta. Él sabrá qué hacer y seguro que puede aportarnos un punto de vista diferente que puede ser beneficioso para todos. Sus amigos intercambiaron un par de miradas, sopesando la idea. Palo fijó la mirada en Padmé, intentando discernir sus intenciones. La verdad es que la joven se había dejado llevar por su interés personal. Si bien había planteado un discurso con el que todos se encontraban conformes, una parte de ella había seleccionado al senador Palpatine como opción favorable para así poder intercambiar opiniones con él acerca de la política del monarca de su planeta natal. —Creo que el senador Palpatine puede ser una buena baza ¬—dijo, rompiendo el silencio Rush Clovis, el representante de la delegación senatorial de Scipio—. Podría resultar interesante, de cara al futuro, tener a alguien como él de nuestra parte. A Padmé no se le escapó esa última frase. —¿Qué quieres decir con “alguien como él”? —Clovis le caía bien, aunque a veces le parecía un tanto prepotente. —Quiero decir —él se dirigió a ella con delicadeza—, que por lo que he podido observar en la cámara del Senado, tiene un gran poder de convicción. Padmé también se había percatado de ello, pero no dijo nada y prefirió no insistir en el asunto. Lo importante ahora era asegurar que el resto de sus compañeros estuvieran a favor de su plan y llevarlo a cabo con la mayor rapidez. Como nadie más alegó nada, procedieron a votar. Finalmente, por mayoría, salió adelante la proposición de Padmé, que se sintió mucho más confiada sabiendo que ahora tenía un motivo para justificar su conversación con el senador de Naboo.

    Tras esto, el grupo de jóvenes se dispersó. Se acercaba la hora de la presentación de los aspirantes a legisladores de aprendices y muchos de los que ya habían obtenido el cargo se marcharon a dar consejos de última hora a sus sucesores. Padmé se excusó ante sus amigos argumentando que quería tantear el terreno con el senador Palpatine antes de que se iniciara la ceremonia. —Voy a acercarme rápidamente a las oficinas, nos vemos en un rato —se despidió, dejando a Palo con la palabra en la boca y una frase a medio terminar. La joven salió corriendo hacia el edificio ejecutivo de la República. Aunque el trayecto era corto y las oficinas rodeaban la construcción principal, no quería perder el tiempo. Se adentró, sin dudarlo un instante, en busca del despacho de la delegación planetaria de Naboo. Estaba tan emocionada que subía los escalones de dos en dos. Era una ocasión que no podía dejar pasar. “Serénate, Padmé”, se dijo a sí misma, “si quieres que no te vean como a una niña debes aparentar tranquilidad y sensatez”. Pese a su temprana edad, había aprendido de sus padres a no mostrar alarma incluso en situaciones difíciles y ahora era el momento de llevar sus conocimientos a la práctica. Al llegar al piso correspondiente a las estancias de los senadores, Padmé comenzó a caminar, de forma sosegada pero constante, por un pasillo que se le hizo eterno. Antes de doblar la esquina, hacia la galería que conducía a la oficina de Palpatine, se detuvo al escuchar dos voces. Una de ellas, la del senador, la reconoció inmediatamente; la otra, pese a que le resultaba familiar, no logró identificarla. —Disculpe mis formas, senador, pero le aseguro que se está propasando y está dejando de lado los intereses de los nuestros —decía aquella voz, con cierto timbre de alteración y urgencia. —Créame, soy el primero que quiere encontrar una solución a nuestro problema —argumentaba Palpatine, de forma sosegada y armoniosa—, sin embargo, por más que el rey Veruna esté derrochando los recursos de Naboo y favoreciendo las rutas comerciales según sus propios intereses, seguimos sin tener un candidato que responda a nuestras necesidades. Padmé se quedó petrificada al escuchar la conversación. Sabía que no debía estar allí, asistiendo a una charla privada y, sin embargo, no era capaz de marcharse. Sentía la urgencia de conocer los problemas que su pueblo estaba padeciendo.

    En Varykino, donde se había criado, había oído muchas insinuaciones sobre la mala gestión del monarca de su planeta, pero hasta ese momento, no había escuchado a un alto cargo tratar el tema. —Sigo considerando que nuestra mejor baza es que se presente como candidato, senador. —El desconocido cada vez parecía más ansioso. —Mi querido amigo —alegó con rapidez éste—, mi deber está para con mi pueblo, bien lo sabéis, pero así mismo la República necesita mis servicios en calidad de representante de nuestro hogar. Comprendo la urgencia y la situación en la que nos encontramos ahora mismo, pero debe haber alguien que pueda ejercer la alcaldía en Theed y presentarse al cargo. Las voces cada vez se escuchaban más cercanas a la posición de Padmé, que era consciente de que debía marcharse antes de que la descubrieran, pero necesitaba saber más. La voz familiar seguía siendo una incógnita para ella. Armándose de valor, se agachó y asomó levemente la cabeza por la esquina del pasillo y para ver de quién se trataba. Echando un vistazo rápido, Padmé identificó al desconocido como Kun Iago, consejero primario de Ars Veruna. En cualquier otra circunstancia a la joven le hubiera sorprendido que el asesor del mismísimo rey de Naboo dejara su emplazamiento habitual para ir a Coruscant, pero tras escuchar parte de la conversación casi se mostró aliviada al saber que había gente en el consejo del monarca que no estaba de acuerdo con su reinado. No obstante, su alivio duró poco al descubrir como la mirada de Palpatine se dirigía hacia su escondite. Padmé actuó instantáneamente, ocultándose de nuevo tras la pared, deseando que el senador no hubiera llegado a verla. Aguardó unos instantes en completo silencio, con los ojos cerrados, conteniendo la respiración. Absolutamente petrificada. Tras lo que a ella le pareció una eternidad, escuchó como los pasos cesaban, como si ambos hombres se hubieran detenido. Padmé intentó pensar excusas válidas que justificaran su comportamiento y se preparó para lo peor. —Verá —la voz de Palpatine permaneció inalterable, como si nada hubiera pasado. Padmé suspiró, aliviada—, considero que es necesario que el cargo lo desempeñe una persona joven. Alguien capaz que esté al tanto de los excesos del rey y que no se deje embaucar por la pompa y la grandiosidad de la vida palaciega. Naboo necesita un soplo de aire fresco, alguien bien formado que abogue por sus habitantes, que quiera lo mejor para ellos. Alguien que conozca la vida en Theed, sí, pero que tampoco olvide sus raíces. —¿Dónde podemos encontrar alguien así? —preguntó Kun Iago—. No se ofenda, pero el tiempo apremia. El plazo para la candidatura finaliza hoy. —Ojalá lo supiera —Palpatine habló con pesar, pero Padmé pudo atisbar como si sus palabras conllevaran un gran hilo de pensamientos tras de sí. Pese a que quería ser sigilosa en su huida para no ser descubierta, en cuanto la joven legisladora se alejó lo suficiente del lugar de la conversación, salió corriendo a trompicones. “Cualquiera podría salir de una de estas oficinas, no tienen por qué pensar nada raro al escuchar pasos”, trató de convencerse a sí misma. Se dirigió con celeridad hacia la Cúpula del Senado. Tenía que reunirse con Palo y con los delegados planetarios para la presentación de los nuevos aprendices. Con suerte llegaría antes de que el Canciller Supremo hubiera iniciado su discurso de bienvenida. —Padmé —ella se giró hacia quien le llamaba. Se encontró a Palo, haciéndole señas con la mano, para que fuera con él—, te estaba esperando. Se suponía que íbamos a entrar juntos. —Perdona por hacerte esperar —se excusó, sin prestar demasiada atención a la conversación. En su cabeza aún retumbaban las palabras que había escuchado momentos antes. —¿Has podido hablar con Palpatine? —la voz de Palo trataba de sonar inmutable, pero por sus gestos, parecía algo incómodo. —Todavía no, no pude encontrarle —mintió la muchacha—. Supongo que tendré que intentarlo después de la ceremonia de apertura. Palo permaneció en silencio, pensativo, como midiendo sus palabras. Sopesando qué decir. —¿Te molesta que hable con él? —Padmé se sentía molesta de pronto—, porque lo parece. —No es eso —comenzó diciendo su amigo. Su voz trató de sonar dulce y apaciguadora—, es solo que creo que te estás poniendo muchas cargas encima, Padmé. Eres muy joven, no hace falta que trates de abarcar tanto. Ella notó como su cara se enrojecía. Sentía el calor del enfado hasta en las orejas. —Demasiado poco hago. Quiero ayudar a la gente, Palo. —Su voz permaneció calmada, aunque sus ojos mostraban reproche—. Para mí esto no es un pasatiempo más. No es un juego. No estoy aquí por obligación o por complacer a mis padres. No estoy aquí mintiéndome a mí misma sobre lo que quiero ser. Inmediatamente después de decirlo, Padmé se arrepintió. Había metido el dedo en la llaga. Había sobrepasado el límite. No era tonta, en ocasiones había visto como Palo lo pasaba mal por esas mismas inquietudes. Lo había visto sufrir en silencio, porque nunca le había contado nada abiertamente, pero la herida estaba ahí, palpable y visible para quien prestara algo de atención. —Tienes razón. Sé lo importante que es para ti. —Padmé no lo había visto nunca mirarla de aquel modo, tratando, sin éxito, de enmascarar su dolor. La joven quiso decirle lo mucho que lo sentía, que sabía que estaba sufriendo y que no había sido su intención hacerle daño, pero las palabras no querían salir de su boca. Lo único que hizo fue un gesto de asentimiento con la cabeza. Así, ambos con la mente dispersa, entraron en la Cámara del Senado. Ocuparon su lugar en la plataforma correspondiente a la delegación de Naboo, junto al resto de sus representantes, y aguardaron en silencio la intervención del Canciller Valorum.

    La ceremonia transcurrió sin ningún hecho especialmente significativo. El Canciller Supremo, como ponente invitado, dio el discurso de apertura. Tras esto, se presentaron a los nuevos miembros de la legislatura de aprendices que tuvieron una leve intervención en la cual dieron muestra de sus conocimientos previos y hablaron sobre ellos mismos. Aunque Padmé se esforzó por prestar atención, su cabeza estaba en otra parte. Inicialmente sus pensamientos derivaron en su discusión con Palo, pero poco a poco otros fueron esclareciendo y acabó pensando en la conversación que había escuchado entre Palpatine y Kun Iago. Padmé estuvo recordando las palabras del senador durante el tiempo que duró la reunión, dándole vueltas a la misma idea que, desde que las había escuchado, rondaba por su mente. —Ha sido interesante. —Silya se acercó a sus amigos cuando todos salieron de la cámara senatorial—. ¿No creéis? —Sí —opinó Palo, quien no había mediado palabra con Padmé desde el inicio de la asamblea—, parece que hay algunos candidatos muy preparados. Padmé asintió, dándole la razón a su compañero, pero permaneció en silencio. No sabía en qué punto de su amistad se encontraban en ese instante o si él estaba molesto con ella. Palo se dio cuenta de lo que ella pensaba y, queriendo dejar de lado el problema, intento hacerle ver que por su parte estaban bien. —¿Qué te ha parecido a ti? —le preguntó con curiosidad a la joven. Su rostro esbozaba una sonrisa, intentando reconfortarla. Si bien había atendido durante la conferencia, en su cabeza había estado meditando las palabras de Padmé y había decidido que no quería que se interpusiesen en su amistad. —Me ha gustado el tema que ha tratado el Canciller sobre permanecer unidos y la posibilidad de estrechar lazos unos con otros para crear un ambiente propicio donde se pueda debatir y sentirse escuchado —mencionó ella, sonriéndole a su vez, aliviada de que nada hubiera cambiado entre ellos. Así, charlaron animosamente hasta llegar a la recepción, un evento que esperaban con ganas. La comida y la bebida abundaban. Todo estaba perfectamente colocado, con gran elegancia y atención al detalle. El lugar escogido para la celebración mostraba unas hermosas vistas a gran parte de la ciudad. Era el momento idóneo para conocer a los nuevos integrantes, así como tratar temas de interés con algunos de los senadores más influyentes. Los más jóvenes aprovechaban estos momentos para acercarse a gente nueva con la que entablar conversación, otros empleaban el festejo para ganar nuevos apoyos y lograr así escalar puestos. Poco a poco la gente se iba dispersando de sus grupos iniciales y se iban entremezclando. A Padmé se le escapó una risita al percibir que muchos parecían hacerlo al ritmo de la música. —El senador Palpatine acaba de llegar —le susurró alguien. —Ah. —La joven se sorprendió al escucharla y se giró para ver de quién se trataba—. Clovis. Gracias por avisarme. —Espero que me cuentes cómo va la conversación —pidió éste, de forma un tanto autoritaria. —Vale. —Padmé ignoró el tono de su voz—. Allá voy. Deséame suerte. La muchacha estaba a punto de dirigirse hacia su objetivo cuando su compañero añadió con sorna: —Por cierto, no te dejes embaucar por sus palabras. —Ella volvió a girarse mientras negaba la cabeza y fruncía el ceño. Estaba casi convencida de que se trataba de una broma, pero no llegaba a entender el extraño humor del joven. Padmé vio como Palpatine dialogaba entretenido con un senador de Champala. No parecía el mejor momento para abordarle, así que esperó resignada a que éste se marchara. Mientras aguardaba, a una distancia prudencial, recordó la advertencia de Clovis y la joven se detuvo a observar los gestos del senador. Parecía profesar una especie de encantamiento en torno a él que hacía que todo el mundo le escuchara, dándole la razón. Eso lo había descubierto ya antes, pero lo había achacado a su elocuencia. “Tendré cuidado”, reflexionó. —Querida Padmé Naberrie. —Palpatine se había girado hacia ella, haciéndole señas para que se acercara—. Es un placer verte por aquí. —Lo mismo digo, senador —respondió ella, cortésmente. —¿Cómo está Ruwee? —Palpatine era un viejo amigo de su padre, así que no le extrañó que le preguntara por él. Aun así, debía centrarse en lograr preguntarle sus dudas. —Bien, está muy satisfecho con su trabajo en la universidad —explicó la joven—. Según me cuenta mi madre se pasa los días yendo y viniendo de casa hasta Theed, pero aun así es feliz. —Me alegro de que así sea. —La sonrisa del senador parecía sincera—. Hace ya un tiempo que no tengo noticias suyas, pero siempre que nos encontramos me habla de tus grandes progresos y logros. —Oh. —Padmé se mostró visiblemente abrumada—. Ya sabe, un padre siempre ve lo mejor de sus hijas. Aún me queda mucho por aprender. Padmé se sentía como en una nube, no podía creer que su padre le hubiera dicho algo así a su amigo, el senador de Naboo. Sonrió para sí, orgullosa. No solo era por el amor y la admiración que le profesaba. Ruwee Naberrie había dejado su hogar para criar a sus hijas en un entorno adecuado para su educación. Le había enseñado lo que era el compromiso y el respeto hacia los demás. Era un pilar fundamental en su vida y, por tanto, la opinión de su padre era la que más valoraba. —No seas modesta, querida. —Palpatine se mostraba muy amable y atento—. El criterio de tu padre es algo que tengo en muy alta estima. Estoy seguro de que estás destinada a hacer grandes cosas. Tanto aquí como en Naboo. La joven pensó entonces en su mundo. Pensó en su padre y en su madre. Se acordó también de su hermana y de todos a quienes quería. “Espero que tenga razón”, deseó. Ella quería cambiar las cosas. Quería ser alguien que amparara y asistiera a los más débiles, que les diera esperanza. —Senador —Padmé intentó mostrarse segura y sosegada—, la verdad es que, si no es mucha molestia, hay algo de lo que me gustaría hablar. Palpatine alzó una ceja, con un gesto de curiosidad, y respondió: —Vayamos a un lugar menos bullicioso. Padmé se apoyó en una de las balaustradas que mostraban la grandeza de la ciudad, en pleno apogeo. Pese a que estaba atardeciendo y el horizonte se fundía en colores anaranjados y rojizos, la vida en pleno centro de la República no cesaba. Las siluetas accidentadas de los rascacielos, cada vez más oscuras, contrastaban con la gran iluminación y el colorido de cada speeder que sobrevolaba las calles y avenidas. La orografía de Coruscant quedaba determinada por la cantidad de edificios que la componían, era parte del encanto de aquel bullicioso lugar. —Debo reconocer que, aunque adore nuestro planeta —comentó Palpatine, tratando de quitarle tensión al asunto—, encuentro la actividad de Coruscant bastante estimulante. —Opino lo mismo, hace que tenga ganas de esforzarme más —Padmé sonrió al decirlo en voz alta. Era algo sobre lo que había meditado más de una vez. Ver tanta variedad de gente trabajando de forma conjunta, interactuando para buscar el bienestar común, era algo que la incitaba a querer trabajar más y a mejorar. —Sin duda eres una jovencita muy consecuente y diligente. —El representante de Naboo la miró con aprobación—. Pero estoy alejándome de nuestro objetivo inicial. Ahora que ya estamos lejos de cualquier interrupción, creo que había algo que querías consultarme ¿No es así? La joven sintió como su corazón se aceleraba, estaba nerviosa y no quería defraudar a nadie. Sus compañeros contaban con ella. Habían estado debatiendo sobre ello, todos habían puesto de su parte y ahora le tocaba a Padmé cumplir con su tarea. Era importante de cara al futuro. Era importante por la confianza que le habían depositado. Muchos de los integrantes del programa legislativo juvenil eran más mayores que ella y, aun así, el paso final había recaído en sus manos. Una parte de sí misma sabía que no podía dejarlos de lado, que se había comprometido a llevar el tema al senador con urgencia, para conocer sus impresiones. La otra parte, sin embargo, no dejaba de darle vueltas a la conversación que había escuchado junto a las oficinas de Palpatine. Necesitaba tomar una decisión, sopesarlo detenidamente o pedir consejo, incluso. Padmé sabía que eso era lo correcto. Por ello, la propia muchacha se sorprendió cuando comenzó a hablar: —Así es, senador —se aclaró la garganta, aún sin creerse lo que estaba a punto decir—, pero creo que ahora mismo eso puede esperar. Puede que le parezca joven, no niego que a ojos de muchos soy solo una niña, pero me doy cuenta de lo que ocurre a mi alrededor. Soy consciente de que nuestro rey ha estado empleando los recursos planetarios para comercializar con el exterior, limitando las rutas para encauzarlas hacia su propio beneficio. —¿Cómo te has enterado de eso, querida? Es una acusación grave. —Palpatine se mostró sorprendido, pero en sus ojos Padmé detectó un atisbo de “¿Satisfacción?”, se preguntó. —Es algo que veo en casa. Mis padres alguna vez lo han comentado, así como muchos de los habitantes de la periferia. —No era del todo mentira, se dijo, la conversación con Kun Iago solo había confirmado sus sospechas—. Nuestro hogar ha experimentado un auge a nivel de recursos que no concuerda con el nivel de bienes y servicios que se le está dando a nuestra población. En la capital se respira un ambiente de progreso y bienestar que no se corresponde con el resto del planeta. El representante senatorial la miró durante un leve instante y asintió, dándole la razón. —Sabéis tan bien como yo —en la voz de la joven había un atisbo de súplica—, que en el País de los Lagos la mayoría de quienes viven allí se dedican al pastoreo y la recolección. Muchos de ellos pasan por dificultades para subsistir puesto que es un trabajo duro y laborioso y al final no reciben la recompensa que merecen. El capital no se reparte y se queda estancado en las manos de un monarca que no se preocupa por los suyos y que dedica más tiempo al resto de la galaxia que a su propio pueblo. —Ciertamente —se asombró Palpatine—, eres muy perspicaz para haberte dado cuenta de eso siendo tan joven. Voy a serte franco, Padmé. Lo que dices es cierto, aunque muchos no quieran verlo. Sin embargo, tampoco podemos hacer nada para demostrarlo. —Siempre hay alguna opción —alegó ella, algo entristecida—. Con que nos detuviéramos a mirar nos daríamos cuenta de lo que ocurre. La capital presenta un gran desarrollo, al contrario que el resto del planeta. Recuerdo las historias que me contaba mi padre. No hace mucho, la propia Theed no era más que un conjunto de minas de extracción de plasma, y ahora es la capital de Naboo y goza de gran consideración en toda la galaxia. —Todo lo que dices es verdad. —Padmé noto como el senador se debatía entre si decir algo o callar, como si le estuviera ocultando algo—. Y quizá haya una manera de oponerse al rey, pero ahora mismo no parece que haya posibilidad de ello. —Habláis de la designación al principado de Theed. —Padmé estaba cansada de morderse la lengua—. Es por ello por lo que quería hablaros. Si no contamos con alguien que conozca los excesos del rey Veruna, jamás conseguiremos destronarlo. Puedo ser joven, pero como ya habéis observado, no soy ingenua. Es por ello por lo que quiero presentar mi candidatura formal como princesa de Theed. Los ojos de Palpatine se abrieron levemente. Padmé todavía estaba asimilando lo que acababa de decir. Era consciente de que se había dejado llevar por la frustración, pero en el fondo, solo había expresado sus dudas y deseos en voz alta. No podía negar que llevaba horas meditándolo, aunque era más una fantasía. En su mente lo había planteado como algo impensable. No contaba con el apoyo suficiente para ello, no lo había consultado con sus padres, ni con el resto de los delegados planetarios. Era una idea alocada que había surgido en su cabeza, pensaba. —Es un poco apresurado —la joven volvió a la conversación al escuchar al senador hablar—, pero el tiempo apremia. La propuesta al cargo cierra hoy y tus argumentos han evidenciado que sabes a lo que te enfrentas si logras el puesto. Me has convencido, yo apoyaré tu candidatura. Padmé no cabía en sí de gozo. Si lograba su cometido podría ayudar a muchísimas personas sin dejarse influenciar por el rey. Podría escuchar las necesidades de los demás y dar a su pueblo lo que se merecía. Quería ir corriendo a decírselo a todos. Estaba pletórica. —Tenemos que hablar inmediatamente con Kun Iago y hacerle saber que te vas a presentar a las elecciones. —Palpatine también parecía complacido con la decisión de Padmé. De camino a las oficinas de los senadores, donde se iban a reunir con el consejero real para contactar con el gobernador de Naboo, Sio Bibble, y el resto de los ministros del planeta, Padmé se dio cuenta de que no había trasladado las dudas de sus compañeros a Palpatine, tal y como había prometido. Reflexionó sobre cómo sacar el tema. Lo mejor sería dejarlo para después, se dijo. —Por fin. —Kun Iago, sudoroso, se movía de un lado para otro dentro de la oficina—. Pensaba que no llegarían a tiempo. ¿Está preparada? —Se volvió, mirándola directamente. Ella asintió, puesto que no era capaz de articular palabra. Todo estaba yendo más rápido de lo pensado. —No te preocupes, todo va a ir bien —le susurró Palpatine, tranquilizándola—. Tu padre estará orgulloso cuando se entere. Las palabras del senador la reconfortaron y la prepararon para lo que se le venía encima. Establecieron la conexión con el consejo de Naboo y, de pronto, la sala se llenó de hologramas de personas desconocidas para Padmé, que la miraban con curiosidad. En ese momento, ella miró a su alrededor y tuvo la certeza de que, por muchas complicaciones que tuviera que solventar en el futuro, era ahí donde quería estar. Quería ser princesa de Theed.

  • Star Wars Corazón imperial

    Star Wars Corazón imperial

    Relato corto Fanfic de Star Wars creado por Carlos Rodríguez

    TESTIMONIO DE LA SARGENTO DREA SYNN, DESIGNACIÓN HT-3113.

    Extractos de la declaración ante el comité de la Oficina de Seguridad Imperial sobre los sucesos acontecidos durante la pacificación de Salline.

    En la academia nos enseñaron que la auténtica guerra solo empieza cuando las botas de los soldados de asalto llegan al campo de batalla. Es una verdad que solo asimilas por completo cuando desembarcas de un transbordador enfundada en tu armadura, con un E-11 en tus manos escupiendo fuego bláster y teniendo a tus hermanos y hermanas de escuadrón cubriéndote las espaldas.
    Los soldados de asalto no retrocedemos ante el miedo, no somos una chusma indisciplinada de egoístas y alborotadores armada con un puñado de rifles de segunda mano. Somos el muro de contención entre el orden y el caos en medio de una galaxia enloquecida por la guerra. Nuestras pulidas armaduras blancas han llevado la paz y el orden a miles de mundos incivilizados. Hemos extendido la doctrina imperial más allá de donde los cartógrafos más intrépidos se atreven a explorar. Somos el rostro de una generación de guerreros. El corazón del Ejército Imperial. Nuestros nombres no significan nada durante el servicio porque actuamos como un solo ser y servimos a un único propósito: cumplir la voluntad de nuestro Emperador.
    No negaré que la lealtad no fue lo único por lo que me alisté en el ejército. Siempre quise aspirar a algo mejor. Dejé a Lesa, mi prometida, con la promesa de un retorno glorioso y los ahorros necesarios para empezar una nueva vida juntas en cuanto me hubiera graduado. Por algún motivo, decidí que la mejor forma de conseguirlo era lanzarme al sueño de viajar por la galaxia, conocer mundos y aprender el más noble de los oficios: proteger a mi Imperio. Pero entonces, sin que nadie pudiera haberlo previsto, ese asqueroso rebelde consiguió lo que parecía imposible: destruir la Estrella de la Muerte. Todos conocemos las cifras. Cientos de miles de vidas imperiales sesgadas en un instante. Pero lo peor vino después. A partir de ese día, la amenaza de un simple puñado de disidentes se fue incrementando exponencialmente hasta llevar el caos a todos los sistemas.
    Mis padres sufrieron las consecuencias de la guerra civil entre la República y la Confederación de Sistemas Independientes. La galaxia parece tener una abrumadora facilidad para olvidar la paz de la que hemos disfrutado todos estos años, la misma paz que tan duramente hemos conseguido mantener con sangre, sudor, lágrimas y vidas imperiales.
    Desde que nuestro Emperador declaró la fundación del Imperio no libramos guerras.
    Solamente ganamos batallas. Siempre hemos doblegado a nuestros enemigos con el simple propósito de hacerles entender la futilidad de desafiar el poder del Imperio. Pero ahora ha surgido un enemigo oculto en nuestras propias ciudades, en nuestras propias calles, con el rostro de nuestros propios vecinos…
    Jamás hubiera imaginado que tres años después de alistarme acabaría viéndome obligada a rescatar mi propio planeta de las garras de unos malditos terroristas.
    Cuando el alto mando recibió informes de que en el puerto ciudad de Salline, mi ciudad natal, se había desarrollado una célula rebelde de reclutamiento, se tomó la decisión inmediata de erradicar la infección antes de que se propagase. La Oficina de Seguridad Imperial se ocupó personalmente de arrestar a decenas de colaboracionistas en apenas unos días, pero entonces el consejo de la ciudad reveló su verdadera naturaleza e inició una serie de protestas que hizo que la mitad de la ciudad se alzara contra nosotros. Traidores y corruptos. Miles de mis conciudadanos fueron hábilmente corrompidos por las mentiras y la propaganda de aquellos terroristas.
    Cualquier capitán de destructor estelar hubiera optado por borrar la ciudad con un bombardeo planetario e incluso el reglamento imperial lo hubiera permitido. Pero por suerte para mí y los inocentes leales al Imperio que aún residían en la ciudad, el coronel Maximilian Veers estaba al mando de la operación y decidió que Salline debía ser pacificada al viejo estilo de las fuerzas de tierra imperiales.
    El coronel desplegó dos AT-AT y los hizo avanzar por la avenida principal, escoltado por varios AT-ST. Mi compañía, la 201 del Cuerpo Móvil de Reconocimiento, tenía como objetivo adelantarse a los pasos del coronel para localizar y eliminar las baterías enemigas que pudieran suponer una amenaza para la vanguardia de nuestro ataque.
    Se había declarado toda la zona central de la ciudad como hostil, por lo que todos los objetivos a la vista serían considerados enemigos del Imperio. Dejé muy claro al resto de mi unidad que independientemente de mi lugar de nacimiento, mi hogar era el Imperio, y no dudaría en disparar a cualquier traidor que encontrásemos, fuera antiguo amigo o vecino. En mi fuero interno, una parte de mí quería eliminar personalmente a toda esa escoria rebelde para purgar mi amada ciudad y devolverla a su plenitud original.
    Mi escuadra estaba formada por cinco andadores de reconocimiento AT-SR lo bastante veloces para atravesar rápidamente las líneas enemigas y sorprender a sus baterías.
    Puede preguntar a mis superiores o subordinados, soy directa y concisa a la hora de dar órdenes. Aproveché mi conocimiento sobre el terreno y conduje a mi escuadra por los tejados, lejos de las barricadas fortificadas de las calles, y entonces desatamos un auténtico infierno con los cañones de repetición de nuestros vehículos sobre todos los puestos de vigilancia y nidos de francotiradores que encontramos. Llegábamos y nos íbamos antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar. Y era lógico. No nos enfrentábamos a un ejército, sino a una milicia absurda con ideales equivocados. No eran rivales para soldados entrenados como nosotros.
    Muy a mi pesar, reconozco que una parte de mí no podía dejar de pensar en Lesa. Nuestra casa no quedaba lejos de la avenida Guildhead, la ruta de avance de las fuerzas AT-AT del coronel Veers. Solo podía esperar que mi prometida hubiera tenido la sensatez suficiente para abandonar el planeta o huir en busca de la protección de las islas cercanas hasta que todo hubiera pasado.
    Nuestra unidad descubrió y acabó con una segunda batería de misiles oculta cuando Veers y su unidad entró en combate y recibió los primeros ataques desde los edificios cercanos. Sin embargo los AT-AT demostraron una vez más su superioridad y poderío arrasando cada planta de los edificios donde se escondían los rebeldes, arrinconando cada vez más a las escasas fuerzas enemigas en el edificio principal del gobierno planetario, en el centro de la ciudad.
    Siempre es algo digno de oírse. Las pisadas de los AT-AT logran sembrar el terror en el corazón de los enemigos del Imperio. Es como una canción que anuncia su inminente derrota. Y es en esos momentos cuando el resto de las tropas de tierra hacemos nuestro trabajo y limpiamos la basura que los gigantescos andadores dejan atrás.
    Recibimos noticias de que un pequeño grupo de insurgentes estaba retirándose apresuradamente hacia los muelles cercanos con la intención de escapar de la batalla. En esos momentos, el coronel Veers derribaba los muros del patio interior del centro de gobierno, por lo que las fuerzas de vanguardia estaban demasiado ocupadas para encargarse de perseguir a los cobardes que huían por las calles.
    Mi unidad y yo recibimos órdenes de interceptarlos y capturar, en la medida de lo posible, a cualquier oficial o responsable de escuadra rebelde.
    No fue difícil. Como he dicho antes, teníamos mejor equipo y entrenamiento. Nuestros AT-RT cayeron desde los tejados como un dragón krayt sobre una cría de bantha. Una simple pasada de nuestros cañones barrió a la mitad de aquella chusma huidiza. Los que quedaron en pie no tardaron en tirar las armas y rendirse ante nosotros.
    Desmonté con el cabo Moryne… quiero decir TX-1478, y esposamos a los prisioneros mientras el resto vigilaba y mantenía el perímetro.
    Ordenamos que el líder de aquella unidad diera un paso al frente para responder a nuestras preguntas, pero nadie hizo un solo movimiento. O al menos así fue hasta que TX-1478 ejecutó a uno de ellos.
    Entonces una mujer menuda y enclenque dio un paso hacia delante. Su equipamiento, militarmente hablando, era ridículo. Vestía un atuendo deportivo lleno de hollín y marcas de quemaduras y hollín a consecuencia del tiroteo y el fuego de mortero. Apenas llevaba un par trinchas de munición cruzadas sobre el pecho y una funda de pistola en la pernera de su pantalón. Un casco de obra con unas gafas de protección coronaban su estúpido atuendo. Sin aquella parafernalia, aquella mujer hubiera sido capaz de hacerse pasar por una simple civil inocente involucrada accidentalmente en la batalla. Le he dado muchas vueltas desde entonces y sigo sin comprender por qué no se deshizo de todo aquel equipamiento antes de que la capturásemos. Hubiera sido fácil para ella desaparecer entre los escombros vestida como una civil cualquiera…
    En cualquier caso, aquella mujer dejó caer su casco y las gafas protectoras frente a nosotros. Solo entonces reconocí su rostro, incluso bajo aquella capa de suciedad y sangre. Habíamos pasado tres años separadas, pero nos habíamos estado enviando holomensajes durante todo ese tiempo. Sé que han accedido a las grabaciones y habrán podido confirmarlo.
    Ella no actuó de forma diferente en ningún momento. No mostró ninguna opinión de descontento sobre nuestro Imperio ni expresó nada parecido a la simpatía por los insurgentes rebeldes. Tampoco intentó sonsacarme ninguna información sobre nuestros destinos o misiones durante todas nuestras conversaciones. Ella no era ninguna agente rebelde. Solamente era… Lesa.
    Y eso es lo que más me aterroriza. Lo que sé que consume de miedo a los altos mandos bajo el silencio sepulcral y la presencia de esos uniformes tan impolutos. La Alianza Rebelde no tiene un rostro tan fácilmente reconocible como el casco blanco de un soldado de asalto. Es algo más oscuro, más traicionero y escurridizo. La Rebelión puede ser cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier momento…
    Lesa traicionó al Imperio y me traicionó a mí. Jamás supo quién era la persona bajo la armadura que apretó el gatillo.
    Así que ahí tienen mi declaración. Soy culpable de eliminar sin autorización a una cabecilla rebelde y asumiré el castigo que mis superiores consideren apropiado, pero destápense los oídos y escúchenme bien después de escarbar en los restos de mi insignificante vida: soy una soldado de asalto imperial y serviré a mi Emperador, en la vida o en la muerte. Y si vuelvo a toparme con uno de esos asquerosos rebeldes en el campo de batalla, juro que haré que se arrepientan del día en el que contaminaron mi planeta con su pútrida presencia.

  • Star Wars Somnolencia

    Star Wars Somnolencia

    Relato corto Fanfic de Star Wars de Alberto López Calvo

    Mi nombre es Galtraan. Pertenezco a la raza de los jailianos, una especie poco extendida por la galaxia que se caracteriza por ser propensa a quedarse dormida en cualquier momento. Precisamente por eso no solemos abandonar nuestro planeta: podríamos caer presa de la somnolencia en pleno vuelo interplanetario. Yo soy uno de los pocos que se han atrevido a hacerlo y siguen vivos para contarlo, aunque a punto estuve de entrar en el sueño eterno, que es como los de mi especie solemos denominar a la muerte.

    Lo que hice fue desconectar el generador gravitacional de mi nave de modo que cuando salí al espacio, todo lo que no estaba debidamente atado flotaba por el aire. Fue lo que se me ocurrió para permanecer despierto, pues así me obligaba a mantenerme muy activo. Debía agarrarme al asiento con las piernas mientras manejaba los controles de navegación. Tenía que esquivar multitud de objetos y el equipaje cada vez que me desplazaba por la nave. Y si en un momento dado me quedaba dormido a pesar de todo, siempre podía despertarme por un golpe propiciado por una maleta o cualquier otro elemento.

    Así sucedió en una ocasión. Activé la hiperpropulsión y me quedé dormido. El fallo que cometí fue abrocharme el cinturón —algo inevitable, por otra parte, si quería evitar la potente sacudida de la hipervelocidad—. De esta forma, como no tenía que estar sujetándome al asiento con las piernas, me relajé lo bastante como para dejarme vencer por la somnolencia. Afortunadamente, no pasaron muchos minutos antes de que una caja me golpeara la cabeza con la suficiente fuerza como para hacerme despertar.

    Y así llegué al planeta al que siempre había querido ir: Coruscant, el centro de la galaxia; la ciudad más grande del universo; el lugar de las mil y una oportunidades. Esperaba encontrar allí un trabajo acorde con mi peculiar traba genética. Uno que me mantuviera agobiado constantemente, siempre con tareas por hacer. Pensé que lo mejor sería una fábrica, en concreto una que tuviera una cadena de montaje, y así no me exigirían ninguna clase de conocimientos previos. Tendría que limitarme a ejecutar una serie de operaciones repetitivas que me mantendrían con las manos ocupadas prácticamente durante todo el tiempo.

    Aunque me alegré mucho cuando me contrataron en la primera empresa a la que acudí, pronto me di cuenta de que el gerente no me había prestado atención en absoluto, porque el puesto consistía en alertar de posibles errores en el proceso de fabricación. Me había convertido en el vigilante de una cadena de montaje en la que no había operarios: solo máquinas que construían máquinas. Ahora me daba cuenta de lo retrasado que estaba mi planeta en cuanto a tecnología industrial.

    El caso es que me vi andando sobre una pasarela situada en lo alto de la nave, mirando hacia la multitud de mecanismos y brazos robóticos que había bajo ella. La somnolencia no tardó en hacer acto de presencia. Me costaba mantener la cabeza erguida. Los párpados se entrecerraban a intervalos cada vez menores. Paulatinamente, las piernas me respondían con mayor lentitud. La caída al suelo era algo tan inevitable como la hibernación otoñal lo era para los nuagos de mi planeta.

    Pero justo en aquel momento, mi letargo se vio interrumpido por algo que atravesó el techo y cayó en picado contra la parte central del edificio. Tras quedar destruida toda una sección de la cadena de montaje, se produjo una enorme explosión seguida de otras más pequeñas procedentes de diversos dispositivos. Las chispas eléctricas se entremezclaban con las de las llamaradas. El humo invadió el lugar hasta convertirlo en una sauna asfixiante de atmósfera opaca. Sin pensarlo dos veces, eché a correr hacia la salida de emergencia más próxima, que daba a unas escaleras situadas en uno de los laterales de la nave. Fue entonces cuando, al alzar la vista al cielo, me quedé atónito al observar que se estaba produciendo una batalla aérea de grandes proporciones. Cazas, cruceros y fragatas de diversos tamaños se repartían fogonazos láser mientras volaban de un lado a otro, conformando lo que bien podría haber sido un espectáculo visual de gran belleza.

    Pero la realidad era bien diferente. Las explosiones y la consiguiente lluvia de metal dejaban claro que aquello era algo muy serio. La República se enfrentaba una vez más a los separatistas en la lucha por la dominación de la galaxia. Jedi y clones contra droides. Me preguntaba quién iría ganando en aquella ocasión. Tanto que decidí ir a una cantina para enterarme. Fue entonces cuando cometí otro de los errores que jamás debería cometer: ponerme a ver la holotelevisión. Por muy interesante que fuera la información que se estuviera retransmitiendo referente al conflicto, nunca era suficiente para combatir la somnolencia. Así que cuando todos oyeron que un gran crucero separatista, concretamente el perteneciente al General Grievous, se preparaba para realizar un aterrizaje de emergencia sobre la pista próxima al barrio en el que nos encontrábamos, abandonaron el local lo más deprisa que pudieron, olvidándose de mí por completo. Y luego hablan de la hospitalidad de los habitantes de Coruscant…

    Por una vez, me sentí afortunado de ser somnoliento, pues gracias a ello salvé la vida. Al despertarme pocos minutos después, vi que un caza droide se había estrellado en la calle, arrollando durante un extenso recorrido a más de una docena de transeúntes, entre los que reconocí al barman y a varios clientes de la cantina. Lo que son las cosas.

    Y entonces volví a quedarme dormido mientras contemplaba la trágica escena. Como era de esperar, una ciudadana se acercó a mí pensando que había resultado malherido e inconsciente. De nuevo, el destino estuvo de mi parte por medio de la somnolencia: ¡la ciudadana era también una jailiana! Pero eso no es todo. Por si fuera poco, nos enamoramos y al poco tiempo nos casamos. El amor de mi vida no surgió de uno de mis numerosos sueños sino al despertar en medio de una pesadilla.

  • Entrevista a autores Star Wars: «Charla Galáctica»

    Entrevista a autores Star Wars: «Charla Galáctica»

    La entrevista de hoy, no es una entrevista como las realizadas hasta ahora. He decidido juntar a 4 de los mas grandes autores de libros de la Guerra de las Galaxias de España, y dejar que charlen entre ellos a la vez que les voy preguntando sobre el mundo editorial, sobre los libros de Star Wars, y muchas cuestiones interesantes mas.

    Tendreis en la charla galactica a:

    • Jose Gracia, autor de los libros «Herederos de las Guerra de las Galaxias», «La Guerra de las Galaxias Scrapbook» y «La guerra de las galaxias Made in Spain» y creador de la mìtica revista «The Force».
    • Andrés Valverde, autor de los libros «John Williams: Vida y obra» y «Star Wars: La Musica»
    • Javier Ruilópez, autor de los libros «Star Wars PBP/POCH Made in Spain Comprehensive catalog»
    • Francisco Javier Martínez, autor del libro «La Creación de la Trilogia Original».
  • Entrevista a La Fosa del Rancor

    Entrevista a La Fosa del Rancor

    La Biblioteca del Templo Jedi os trae la entrevista realizada a La Fosa del Rancor. Durante hora y media charlaremos con Paco Villa, Josemi, Jon Ander y el Angedor, integrantes de la Fosa, para conocer mas a fondo a estos geniales y carismaticos fans de Star Wars, que realizan un trabajo maravilloso en el podcast nº1 de España de la guerra de las galaxias.

    Descubre como surgio la idea de hacer un programa de radio, el blog, como se conocieron, sus inicios, etc.

    Seguiremos soñando con galaxias lejanas siempre.

  • Entrevista «Nuestra guerra de las galaxias»

    Hemos juntado un grupo de lujo de fans de la saga que llevan desde el principio siguiendo el fenómeno de La Guerra de las Galaxias, siendo coleccionistas, promoviendo eventos, asociaciones, exposiciones, charlas, escribiendo libros y un sinfin de actividades.

    Bienvenidos a una charla con los conocidos Benjamín Bruña, Jorge Foley, Jose Antonio Moreno Avila, Jose Gracia y Honorio Arribas.

    Star Wars en estado puro.

  • Entrevista a Gema Bonnín

    Os presentamos a Gema Bonnin, escritora muy conocida y querida que ha escrito media docena de novelas, pero además, es la traductora de varias de las novelas de la saga galáctica que está publicando la editorial Planeta Cómic en España, como Star Wars Ashoka o Star Wars Maestro y Aprendiz.

  • Entrevista a la editorial Planeta Cómic (2019)

    Todos los años os traemos la entrevista con el editor jefe de Planeta Cómic, editorial encargada de publicar Star Wars en España. Entre todas las preguntas que nos hicisteis llegar hemos elegido las mejores y más interesantes y se las hemos lanzado a David Hernandez, quién amablemente las ha contestado todas.

    ¿Preparados para algunas sorpresas galácticas?

    ¡Que la lectura os acompañe!

  • El Podcast de La Biblioteca del Templo Jedi 1×04

    ¡Chewi, hemos vuelto! Un mes mas os traemos amor por los libros, comics y revistas de Star Wars.

    En este programa comentamos las brutales novedades galàcticas de abril y mayo en España. Analizamos a fondo una de las novelas clàsicas de Leyendas mas queridas y recordadas, El cortejo de la princesa Leia, y la serie limitada de comics de Lando.

    Tambièn os hablaremos de nuestras ùltimas compras y de las que mas nos han gustado. Humor, libros, comics, star wars, y cinco fans reunidos pasandolo bien.

    ¡Que la lectura os acompañe!

  • El Podcast de La Biblioteca del Templo Jedi 1×03

    El Podcast de La Biblioteca del Templo Jedi 1×03

    Con el equipo habitual nos lo hemos pasado genial hablando de lo que mas nos gusta, libros y guias de Star Wars.

    Comenzamos el programa con las noticias y novedades editoriales galàcticas, comentamos el tìtulo elegìdo para el episodio VIII, «Los ùltimos Jedi»; analizamos la guia Star Wars Vehiculos, uno de los libros mas increibles editados durante 2016; en el consejo Jedi charlaremos sobre las guias Star Wars pasadas, presente y futuras, y muchos temas mas. Bienvenidos todos a la Biblioteca.

    ¡Que la lectura os acompañe!