Hoy nos gustaría hablaros sobre el Consejo Jedi. Comentaremos quiénes fueron todos los miembros que lo componen a lo largo de las Precuelas. Todos se pueden ver en las películas, aunque algunos salen en una escena muy puntual únicamente. Daremos una descripción de cada uno y donde están sentados para que cuando veáis las películas sepáis identificarlos.
En realidad, la Orden Jedi se dividía en cuatro Consejos, del cual trataremos el que comúnmente se conoce como Alto Consejo. Los otros tres se subdividían según su función: Por un lado tenemos el Consejo del Alto Conocimiento, encargado de supervisar y dar consejos sobre la sabiduría antigua de la Orden y preservar y salvaguardar los Archivos Jedi, que contenían la Colección Bogan y la Cámara de los Holocrones, y su vasta Biblioteca. Por otro lado tenemos el Consejo de la Reconciliación, que se ocupaba de mediar en disputas interplanetarias, trabajando codo con codo con el Senado y con los Cuerpos Diplomáticos de la República. Y por último también tenemos el Consejo de la Reasignación, encargado de gestionar el Cuerpo de Servicio, organizando el trabajo para los seres sensibles a la Fuerza que no eran escogidos para ser Padawan. Todos operaban desde su propia torre, ubicadas todas ellas en el Templo Jedi de Coruscant.
El Alto Consejo Jedi era un grupo formado por doce Maestros que supervisaban y gobernaban la Orden como un todo. Se encargaban de controlar el progreso de los Padawan, es decir, decidían el momento adecuado para que se sometieran a las Pruebas y alcanzaran el siguiente rango, pero también se hacían eco de los problemas de la galaxia, actuando como el más alto nivel estamental de decisión en la preservación de la paz por toda la República en lo concerniente a la Orden Jedi.
El Consejo tenía la autonomía para poder asignar misiones o realizar algunos asuntos en concreto sin la necesidad de la aprobación de los políticos. Trabajaban junto al Senado para mantener la paz y la justicia en la República, aunque eran organismos independientes entre sí.
El Alto Consejo estaba liderado espiritualmente por el Gran Maestro Jedi, un rango honorífico que se le daba al Jedi vivo más antiguo y más sabio de la Orden, que durante esta época tenía Yoda, mientras que el título de Maestro de la Orden, o Gran Maestro del Consejo, era el que se asignaba al líder electo del mismo, ostentado por Mace Windu. Ambos eran los más reverenciados y respetados por su longevidad, sabiduría y/o capacidad de liderazgo. Aún así, el Consejo decidía por unanimidad cómo proceder ante cada caso que se le planteaba.
Miembros del Consejo Jedi en La Amenaza Fantasma
Plo Koon
Mace Windu
Yoda
Ki-Adi-Mundi
Saesse Tiin
Yaddle
Even Piell
Oppo Rancisis
Adi Gallia
Yarael Poof
Eeth Koth
Depa Billaba
El Consejo Jedi durante el Episodio I.
Plo Koon
Fue un Maestro Jedi de especie kel dor. También fue el que encontró a Ahsoka Tano y siempre tuvo un vínculo especial con ella. Participó en la primera batalla de Geonosis y se convirtió en General Jedi hasta que sería asesinado por su propio escuadrón de clones, el Batallón 104º comandado por el Comandante CC-3636 «Wolffe«.
MaceWindu
Fue un Maestro Jedi humano de Haruun Kal que poseía el rango de Maestro Senior de la Orden. Sus Maestros fueron Yoda y, posteriormente, Cyslin Myr. Participó en Geonosis y estuvo al frente de numerosas batallas durante las Guerras Clon a cargo del 91º Cuerpo de Reconocimiento Móvil, cuyo comandante era CT-411 «Ponds«. Una de sus batallas más famosas fue la de la liberación de Ryloth de la CSI. A medida que la guerra llegaba a su fin, Windu tenía grandes sospechas sobre el gran poder de Palpatine en el Senado, por lo que percibió su complot y fue a detenerlo junto a un grupo de Maestros Jedi. Durante el enfrentamiento Palpatine acabó asesinándolo, convirtiéndose en el catalizador de la conversión al Lado Oscuro de Anakin Skywalker.
Yoda
Fue un Maestro Jedi de especie desconocida y se ganó el rango de «Gran Maestro». Era considerado el Jedi más sabio y afable, capaz tanto de liderar a la Orden durante las Guerras Clon como de entrenar a los jóvenes iniciados, que se subdividían en clanes bajo su tutela y la de varios otros Maestros. Yoda entrenó a centenares de Jedi, si no miles, durante su longeva vida: Vivió casi 900 años, formando parte del Alto Consejo ya en la era de la Alta República. Ejemplos de aprendices suyos fueron el propio Mace Windu, Dooku, que fue Padawan personal suyo, el joven Qui-Gon Jinn durante sus inicios o el reconocido instructor de duelo con el sable láser Cin Drallig. Durante la guerra fue general del Cuerpo 41º de Élite, cuyo comandante era CC-1004 «Gree«. Sobrevivió a la Orden 66 y se desterró a Dagobah, donde más tarde entrenaría a Luke. Yoda era célebre entre los Padawan no sólo por su sabiduría, sino porque también cocinaba unas deliciosas pastas que ofrecía a los niños… aunque Skywalker no conseguiría probar más que raíces estofadas de su diminuta cocina durante su exilio en el planeta pantanoso.
Ki-Adi-Mundi
Fue un Maestro Jedi de especie cereano. Participó en Geonosis y se convirtió en General Jedi, liderando a sus tropas en numerosas batallas. Como todo cereano, su cerebro binario a veces planteaba dudas razonables sobre las decisiones que el Consejo debía tomar. Además, su sable láser contenía dos cristales kyber, y podía cambiar de color (azul o verde) en función de cuál utilizase. Durante su campaña en Mygeeto, acabó siendo asesinado por su propio batallón de clones, el 21º Cuerpo Nova, comandado por CC-1138 «Bacara«.
Saesse Tiin
Fue un Maestro Jedi de especie iktotchi, que a pesar de su aspecto demoníaco era afable y paciente. Participó en la Primera Batalla de Geonosis y se convirtió en General. Era un Jedi habilidoso en los combates con sables láser y especialmente ducho pilotando cazas estelares, convirtiéndose en uno de los «Ases» de la Orden. Asistió a muchos otros Jedi durante sus misiones, como a Mace Windu durante el reconocimiento en Hissrich o dando apoyo aéreo en las batallas de Lola Sayu y Mon Cala, y aportando sus tropas en Umbara. Fue uno de los que acompañó a Windu a detener al Canciller hasta que este le asesinara.
Yaddle
Fue una Maestra Jedi de la misma especie de Yoda. Se convirtió en miembro del Consejo en la era de la Alta República, donde dedicó mucho tiempo al estudio de los Archivos Jedi. Estuvo presente durante la Crisis de Naboo y cuando Qui-Gon llevó a Anakin la primera vez ante los Jedi. Su Padawan fue Oppo Rancisis. Tras la batalla de Naboo decidió tomar un papel menos activo en la Orden y dejó el Consejo, cediendo su asiento a la togruta Shaak Ti.
Even Piell
Fue un Maestro Jedi de especie lannik que formó parte del Consejo durante la Invasión de Naboo y las Guerras Clon y que perdió un ojo enfrentándose a terroristas en su planeta de origen. Era un tanto brusco y se le consideraba belicoso y gruñón, pero su coraje era muy reconocido entre sus pares. Participó en Geonosis y, más tarde, sería crucial para asegurar la ruta hiperespacial conocida como «Ruta del Nexo«, por lo cual fue capturado y encerrado en la prisión de máxima seguridad conocida como La Ciudadela, en el planeta Lola Sayu. Sería asesinado por un Anooba que el comandante Osi Sobeck de la CSI había soltado para dar caza a Ahsoka y a Piell durante su huida de la prisión.
Oppo Rancisis
Fue un Maestro Jedi de especie thisspiasiano y antiguo Padawan de Yaddle que formó parte del Consejo ya durante la era de la Alta República donde, junto a su Padawan Dal, salvó a los esclavos de un campamento zygerriano que incluía a la traicionera Twi’lek Nihil Lourna Dee. Posteriormente estaría en su puesto en el Alto Consejo Jedi durante la Crisis de Naboo y las Guerras Clon. Se le conocía por su eterna paciencia y su sosegada sabiduría, que demostró al decidir mantener en secreto la creación del Ejército Clon de la República a ojos civiles. Sirvió activamente como General en el Asedio de Saleucami junto a Quinlan Vos y Stass Allie. Consiguió sobrevivir a la Orden 66 y se escondió bien, ya que su nombre pasó a la lista de supervivientes que tenían los Inquisidores.
Adi Gallia
Fue una Maestra Jedi de especie tholothiana, nacida de una familia rica de diplomáticos de Coruscant, y era prima de la también Jedi Stass Allie. Fue Gallia quien avisó a la Orden sobre los extraños movimientos de la Federación de Comercio que derivaron en la Crisis de Naboo. Sirvió como General Jedi en las Guerras Clon y participó en muchas batallas, como la infiltración de la nave de Grievous en Saleucami, dónde logró rescatar al Jedi Eeth Koth. Más adelante fue a una misión con Obi-Wan en el planeta Florrum, dónde sería asesinada por Savage Opress.
Yarael Poof
Fue un Maestro Jedi quermiano y junto a Yoda, fue uno de los Maestros más antiguos, siendo asignado por la Canciller Lina Soh, en la era de la Alta República, a averiguar qué causó el Gran Desastre Hiperespacial junto a la entonces Maestra y también miembro del Consejo Jora Malli. Era experto en el uso de los trucos mentales y de las ilusiones, y también era un gran diplomático y un excelente profesor. Poof falleció durante una misión justo antes de la Primera batalla de Geonosis, y su asiento en el Consejo fue ocupado por Coleman Trebor.
Eeth Koth
Fue un Maestro Jedi zabrak que sirvió como General Jedi en las Guerras Clon. Tras la Primera Batalla de Geonosis, Koth fue capturado por Grievous y usado como cebo para atraer a otros Jedi, pero logró ser rescatado por Adi Gallia, Obi-Wan Kenobi y Anakin Skywalker. Hacia el final de las Guerras Clon, Koth fue expulsado del Consejo y obligado al exilio, y su asiento fue ocupado por el también zabrak Agen Kolar. Renunció a su identidad y se afilió a una orden religiosa, la Iglesia de la Iluminación Gánthica, convirtiéndose en sacerdote. Acabaría casándose con una zabrak llamada Mira y teniendo una hija. Tras la Orden 66, Darth Vader lo encontró y lo asesinó mientras los Inquisidores se llevaban a su recién nacida.
DepaBillaba
Fue una Maestra Jedi del planeta Chalacta, Padawan de Mace Windu y Maestra de Caleb Dume. Tenía una hermana, Sar Labooda, que también era Jedi y que murió durante la Primera Batalla de Geonosis. Ocupó su asiento en el Consejo sustituyendo a Even Piell. Estuvo presente durante la llegada de Anakin en el Consejo y en el funeral de Qui-Gon. Luchó como General Jedi contra la CSI hasta que su propio escuadrón de soldados clon la asesinaría tras la Orden 66. Gracias a su sacrificio, logró salvar a su Padawan Caleb Dume, que luego se haría llamar Kanan Jarrus para ocultarse del Imperio.
Miembros del Consejo Jedi en El Ataque de los Clones
Plo Koon
Mace Windu
Yoda
Ki-Adi-Mundi
Saesse Tiin
Shaak TI
Even Piell
Oppo Rancisis
Adi Gallia
Coleman Trebor
Eeth Koth
Depa Billaba
El Consejo Jedi en el Episodio II.
Shaak Ti
Fue una Maestra Jedi de especie togruta que ocupó su asiento sustituyendo a Yaddle, y considerada una de las más pacientes y sabias de la Orden. Estuvo en las batallas más importantes, como la de Geonosis, la de Kamino, donde se ocupaba de la supervisión del entrenamiento de los cadetes clon, y la de Coruscant. Durante la guerra intentó destapar la conspiración propuesta por CT-5555 «Cincos«, pero se topó con la Jefa Médica Kaminoana, Nala Se, quien negó el propósito real de los chips inhibidores implantados a los clones. Ti fue enviada a proteger al Canciller Palpatine hacia el final de la guerra, pero quedó inconsciente tras un enfrentamiento contra el General Grievous y sus Magnaguardias. Tras grabar sus conocimientos en un holocrón, fue asesinada por Darth Vader durante el Asalto al Templo Jedi y la Purga de la Orden 66.
Coleman Trebor
Fue el único Maestro Jedi de especie vurk – el único Jedi de su especie, realmente – que ocupó un puesto en el Alto Consejo sustituyendo a Yarael Poof, quien había fallecido poco antes de las Guerras Clon. Coleman participó en la batalla de Geonosis y fue asesinado cuando intentaba llegar al Conde Dooku por el cazarrecompensas Jango Fett, y su asiento en el Consejo pasó a Kit Fisto.
Miembros del Consejo en La Venganza de los Sith
Plo Koon
Mace Windu
Yoda
Ki-Adi-Mundi
Obi-Wan Kenobi
Agen Kolar
Anakin Skywalker
Coleman Kcaj
Saesse Tiin
Kit Fisto
Shaak Ti
Stass Allie
El Consejo Jedi en el Episodio III.
Obi-Wan Kenobi
Fue un Maestro Jedi humano del planeta Stewjon y un héroe famoso de las Guerras Clon, iniciado bajo la tutela de Yoda y luego Padawan de Qui-Gon Jinn. Participó en numerosas batallas junto a su propio aprendiz, Anakin Skywalker. Fue miembro del Consejo debido a que Depa Billaba había entrado en coma y necesitaban sustituirla. Tras enfrentarse a Darth Vader y darlo por muerto después de la Orden 66 se exilió a Tatooine para proteger a Luke Skywalker.
Anakin Skywalker
Fue un Caballero Jedi humano y el otro gran héroe famoso entre la población civil de la República de las Guerras Clon, muy amigo del Canciller Palpatine, a quien veía como una figura paternal. Participó en numerosas batallas y salvó la vida de su Maestro en muchas ocasiones. Muchos Jedi, incluido el malogrado Qui-Gon Jinn, pensaban que era el Elegido para traer el equilibrio a la Fuerza, algo que le granjeó cierta soledad, despertando envidias entre sus compañeros Padawan. Logró llegar al Consejo sin tener elrango de Maestro, ya que Palpatine le había elegido para ser su representante en un movimiento que hizo sospechar de las intenciones del Canciller a los Jedi, aunque aceptaron a regañadientes para intentar encomendarle la misión de espiar a su mentor y amigo intentando descubrir la identidad del Lord Sith que permanecía en las sombras. Anakin se pasaría al Lado Oscuro intentando salvar a la mujer con la que se había casado en secreto, Padmé Amidala, buscando un poder mayor que el de cualquier Jedi y convirtiéndose en el siguiente aprendiz Sith de Darth Sidious: Darth Vader. Sus actos lo llevarían a exterminar prácticamente a toda la Orden Jedi.
Agen Kolar
Fue un Maestro Jedi zabrak que ocupó su asiento en el Consejo sustituyendo a Eeth Koth. Agen destacaba por sus habilidades en los duelos, demostrando gran pericia con el sable láser. Participó en la Primera Batalla de Geonosis donde su Padawan, Tan Yuster, fue asesinado por súper droides B-2 de combate. Kolar rescataría el cristal kyber de su aprendiz y lo puso en el suyo propio, a modo de homenaje. Cuando los Jedi fueron informados de la ubicación en Utapau del General Grievous, Kolar votó por enviar a Anakin Skywalker a enfrentarse a él, pero el asignado finalmente sería Obi-Wan Kenobi. Fue uno de los que acompañó a Windu a detener al Canciller Palpatine, y éste le asesinaría sin apenas esfuerzo.
Coleman Kcaj
Fue un Maestro Jedi ongree que logró sobrevivir a la Orden 66 ya que se escondió muy bien. Era habilidoso con la meditación, la estrategia, la diplomacia y el combate con sable láser. Estuvo en el Consejo durante un año, donde colaboró en la toma de decisiones importantes, como el destino de la Padawan de Anakin Skywalker, Ahsoka Tano, tras ser acusada de asesinato, la decisión de enviar a Mace Windu junto al Representante Jar Jar Binks a Bardotta o la de mantener en secreto la creación del Ejército de la República a los civiles, lo cual habría causado gran conmoción. Fue General Jedi durante las Guerras Clon y formó parte de varios sucesos importantes como la reunión donde acusaban a Ahsoka Tano.
Kit Fisto
Fue un Maestro Jedi nautolano que sustituyó en el Consejo al fallecido Coleman Trebor. Durante las Guerras Clon participó en numerosas batallas ya desde la de Geonosis, como la de reconocimiento del planeta Hissrich, el intento de capturar al Virrey Nute Gunray de la Federación de Comercio, el descubrimiento de una de las guaridas del droide Separatista General Grievous – donde su Padawan, el Mon Cala Nahdar Vebb, falleció en combate – o la Batalla de Mon Calamari, en la que resultó ser imprescindible. Estuvo en la Estación Médica de Ord Cestus para obtener suministros, y allí atendió a Ahsoka Tano y Barriss Ofee cuando se toparon con unos gusanos geonosianos parásitos. También fue uno de los que acompañó a Mace Windu a detener a Palpatine, en cuyas oficinas encontró la muerte a manos del Lord Sith.
Stass Allie
Fue una Maestra Jedi tholothiana que sustituyó a su prima Adi Gallia en el Consejo tras su muerte. Durante su entrenamiento se especializó en una forma avanzada de curación mediante la Fuerza, uniéndose al Círculo de Curanderos y sirviendo como supervisora del Cuerpo Médico Jedi, y se convirtió en una gran diplomática junto a su prima. Fue una de las Generales Jedi durante las Guerras Clon hasta que fue asesinada por su propio escuadrón Clon del Cuerpo de Reconocimiento Móvil 91º comandado por CC-8826 «Neyo» mientras iban en speeder por el planeta Saleucami.
Hasta aquí todos los miembros del Consejo Jedi de las precuelas. Algunos aparecen prácticamente en un frame rápido pero si miráis con suficiente atención los podréis ver sin problema.
«El apego está prohibido. La posesión está prohibida. La compasión, que yo definiría como amor incondicional, es esencial para la vida de un Jedi. Así que podría decirse que se nos anima a amar.» Esto le dice Anakin Skywalker a Padmé Amidala en una de sus muchas incursiones insoportablemente torpes en los juegos preliminares en Star Wars: Episodio II – El ataque de los clones. La necesidad de mantener su eventual romance en secreto ante las fuerzas dogmáticas de la Orden Jedi acaba por hundir a toda la República.
Pero ahora que nos encontramos con esa República en su punto álgido en la nueva iniciativa editorial de Disney sobre Star Wars, y con una Orden Jedi en la aparente cúspide de su luminosidad, ha llegado el momento de reconsiderar quizá esa regla. ¿Es el apego realmente algo tan malo para una Orden Jedi que debería ser más abierta y experimental, más considerada y compasiva, que nunca antes para sentirse realmente en su cúspide?
El concepto de apego aparece varias veces a lo largo de las historias de la Alta República que hemos tenido hasta ahora, incluyendo el lanzamiento esta semana de la novela Into the Dark de Claudia Gray. Se toca de forma explícita e implícita: hay Jedi en estas historias que, por ejemplo, cuestionan sus vínculos con sus maestros a medida que sus relaciones evolucionan de maestro/aprendiz a colegas, o tocan la restricción de la doctrina Jedi en ciertos aspectos fundamentales. Pero también están los reconocimientos que tocan directamente las reglas de la Orden sobre el apego.
En La luz de los Jedi, por ejemplo, los Jedi del puesto de avanzada de Elphrona adoptan a una sabuesa local llamada, de forma poco creativa por el cuarteto, Ember. Reconociendo que, si bien los Jedi tienen normas sobre los vínculos personales, su presencia como compañera y amiga de los que están destinados en el lejano planeta es una bendición bienvenida, incluso necesaria. También es una relación que finalmente lleva a Ember a salvar a uno de sus amigos Jedi durante una emboscada de los Nihil. Y eso es antes de llegar a algo aún más explícito: Jedi que aman, que forjan relaciones románticas, ya sea dentro de la Orden o fuera de ella.
En general, el concepto de amor entre Jedi no es algo desconocido, aparentemente. Al principio de la novela, un trabajador de la República comenta la afición de su colega por las novelas románticas Jedi, un género de amor caballeresco y deseos no correspondidos que era, al menos, lo suficientemente común y popular como para que ni los Jedi ni sus aliados de la República renegaran de la venta de este tipo de ficción. Y más que la imagen de los Jedi románticos en la frontera del espacio en la literatura, había al menos algunos Jedi reales que mantenían relaciones románticas. Dos de los personajes más destacados de Light of the Jedi son Elzar Mann y Avar Kriss. Esta última un ejemplar símbolo del poder y la paz de la Orden, lo más parecido a una imagen perfecta de los Jedi que se puede conseguir. El primero, un audaz e inventivo experimentalista admirado y amonestado a partes iguales por sus compañeros por su deseo de explorar los usos esotéricos de la Fuerza.
A pesar de lo diferentes que puedan parecer en un principio, Avar y Elzar se presentan como amigos muy cercanos en la novela, habiendo crecido como compañeros jóvenes, padawans, caballeros y, en conclusión, al final del libro, maestros de la Orden. Van juntos a todas partes, a las misiones o a los ratos libres. Es evidente que se compadecen entre sí. Su conexión con los demás les permite, como Jedi, hacer cosas espectaculares con la Fuerza en múltiples ocasiones en la novela, basándose en la capacidad única de Avar de conectar a sus compañeros Jedi a través de la Fuerza en poderosos actos de sensibilidad. Una de las últimas escenas de Light of the Jedi entre ambos confirma algo que resultaba muy obvio al observar su relación a lo largo de toda la novela: en un momento dado, cuando eran Jedi jóvenes, Avar y Elzar estuvieron unidos sentimentalmente, antes de elegir separarse amistosamente para centrarse en sus estudios como aprendices de la Fuerza.
Arte de Cabal Rive
Dos Jedi. Dos Jedi que se amaban. Que todavía lo hacen. Que no sólo son buenos amigos, sino que tienen una profunda intimidad entre ellos que va más allá de la amistad. Dos Jedi que están, según cualquier definición de la palabra, emocionalmente unidos el uno al otro. Y sin embargo, ¿ha implosionado la Orden? ¿Estos herejes que se atrevieron a desafiar la doctrina han caído en el Lado Oscuro como si se hubiera encendido un interruptor? No. Todo está bien. Todo está más que bien, todo es genial. Esta es una Orden Jedi, se nos recuerda constantemente tanto textualmente dentro de estos cuentos como metatextualmente por los creativos detrás de ella, que está en el punto más brillante en miles de años de historia para ellos. Nunca han sido tan respetados, nunca han estado tan conectados a la Fuerza, nunca han sido tan ligeros.
Todo esto, si no lo aborda directamente, al menos pinta una imagen de que la Orden Jedi de la época tiene suficiente confianza en sí misma y en sus miembros como para que el concepto de amor y apego no sea el tabú autodestructivo que es para cuando llegamos a la iteración más conservadora de los Jedi que se ve en las precuelas de Star Wars. ¿Existen las mismas reglas? Sí, hay enseñanzas similares sobre el apego, con 200 años de diferencia, pero la forma en que se aplican es totalmente diferente. Lo que fue blandido como un garrote por el Consejo de las precuelas, la mecha de la chispa que prendió el abrazo del lado oscuro de Anakin, ya sea por su apego a su madre o su apego a Padmé, se presenta en The High Republic como algo que se siente radicalmente diferente.
Es un recordatorio, para los Jedi que conocemos en estas historias, que las relaciones no son el todo y el fin de la conexión, sino simplemente un aspecto de muchos conjuntos que representan su relación con la Fuerza. Aspectos que coexisten en todos ellos, que no son secretos que deban ser avergonzados y ocultados, y si no necesariamente celebrados (la implicación es que el romance de Elzar y Avar era privado, pero su cercanía desde entonces es lo suficientemente abierta como para que varias personas lo comenten), al menos apreciados. Y más allá de eso, se entiende. Estos Jedi no habrían superado las tensiones a las que se han enfrentado en estas historias hasta ahora sin apoyarse en la amistad, en la conexión, y en la confianza y la fuerza que proporcionan esos lazos tan estrechos entre las personas en tiempos de crisis.
Es algo que esperamos sinceramente que La Alta República siga explorando. Sin embargo, no es necesario vincular esta libertad con las doctrinas de la Orden a su eventual e inevitable caída: estos Jedi están destinados a dar el paso al dogmatismo de los Jedi que conocemos en La amenaza fantasma, después de todo, un mundo en el que alguien como Qui-Gon es condenado al ostracismo y despreciado incluso por adentrarse en las enseñanzas más esotéricas de la Fuerza, por no hablar del trato que recibe Anakin a manos del Consejo. Eso supondría un terrible retroceso y, afortunadamente, lo que hemos visto de La Alta República hasta ahora no parece insinuar que se haga tal paralelismo. Pero estaría bien ver más allá de las insinuaciones y miradas que tenemos.
No estoy diciendo que necesitemos una novela romántica Jedi propia, o que nuestros Maestros y Caballeros se pongan cachondos las 24 horas del día. Pero gran parte de lo que hemos visto en La Alta República gira en torno a la idea de la conexión. Ya sea la de los Jedi con la gente a la que protegen, el propio mantra de la República de «Todos somos la República«, o incluso la relación simbiótica entre Marchion Ro y los Nihil. Por lo que ver a Jedi que puedan entender ese romance y ese apego es tan vital para comprender su lugar dentro de la Fuerza como la meditación o las escrituras.
Es lo único que les haría contrastar con los Jedi que conocemos en las películas, y sentirse realmente más poderosos y más unidos a sí mismos y a la Fuerza que cualquier dominio del sable láser o la capacidad de mover rocas con la mente.
Además repasa algunos detalles y personajes que ya se habían visto, el escritor nos revela nuevas claves y referencias, mostrando además dos páginas de su cómic para Marvel a todo color, gracias a esta entrevista para Polygon.
Primera de las páginas que podemos ver a color
Como ya sabemos 2021 es el principio de una era del universo Star Wars. Lucasfilm ha juntado un equipo de cracks, tanto escritores como artistas, para diseñar la Alta República, un tiempo que se sitúa siglos antes de que la familia Skywalker empezara a cargarse la política galáctica.
Va a haber libros, cómics y hasta una serie de acción real, y ya hay rumores que apuntan a otros productos. Uno de los primeros vistazos lo hemos podido echar a las páginas de la serie de Marvel. Escrita por Cavan Scott y dibujada por Ario Anindito, ya habíamos podido ver alguna página en blanco y negro, y luego gracias al sampler digital las hemos podido disfrutar con diálogos. Esta vez tenemos la oportunidad de disfrutarlas en color, y con las introducciones de Cavan Scott que podéis leer a continuación.
Segunda de las páginas que podemos ver a color
La estación Starlight
Comenzamos con una estación espacial, el Faro Starlight, situado en medio de la Extensión Sin Estrellas (Starless Expanse, una oscura y desolada área mas allá del núcleo galáctico a través de la cual están pasando muchos viajeros con la intención de establecer un nuevo hogar en el Borde Exterior).
La estación es una de las Grandes Obras de la actual canciller de la República, destinada a mostrar la estabilidad y empatía del gobierno. Su nombre es por la baliza de la parte superior de su eje central, que emite un pulso constante. Cualquiera en el Borde Exterior puede apuntar con un receptor hacia la estación Starlight y saber que la República sigue ahí fuera, sin importar la distancia.
El resto de la estación tiene todo lo que un Jedi o un viajero podría necesitar: hospitales, laboratorios, espacios de entrenamiento, incluso un Templo Jedi en toda regla.
«Lo emocionante de esto es que es nuevo y resplandece», cuenta Scott. “El objetivo de esta era es que estamos acostumbrados a que Star Wars sea un poco sucio y gastado, pero aquí es cuando todo era nuevo en la galaxia. Aquí es cuando estaban recopilando recursos para asegurarse de que la gente tuviera una buena vida, especialmente en el Borde Exterior.»
Estala Maru
Estala Maru
Te presentamos a Estala Maru, un Maestro Jedi Kessuriana, a quien podemos ver en esta imagen levitando con su taza de caf.
«Es el responsable de asegurase de que todo está funcionando en la estación y alrededores,» comparte Scott. «Está todo el tiempo haciendo mil cosas a la vez, y eso no es ni un Poder Jedi ni un poder de la Fuerza, pero si que es una habilidad particular suya poder ver las cosas en el mismo momento en el que suceden y estar pendiente de ellas. Está muy sumido en el procesamiento, lo que pone de los nervios a la gente de vez en cuanto. Además también tiene siempre alguna frase sarcástica que nadie espera. Un sentido del humor muy seco.»
Avar Kriss
Avar Kriss delante del droide
Avar Kriss debutará en la novela Light of the Jedi, y es una de los Caballeros Jedi más respetados de su época. Pero hay algo aún más importante tras ella: una referencia realmente rebuscada de un juguete retro de Star Wars.
«El astromecánico que se puede ver, ese pequeño droide, es un droide que trabaja bastante con Maru,» cuenta Scott. «Cuando los primeros juguetes salieron a la venta en los 70, el set de la cantina de Kenner tenía un paisaje de cartón y había un droide dibujado en él. No era una figura, era sólo un dibujo, era tan solo chatarra en un lado de la cantina, y eso es él.»
El cartón de la cantina del 77
Los Grandes Maestros Veter y Yoda
Los maestros caminan por la estación
Las páginas se completan con lo que parece la llegada algo inesperada de dos Grandes Maestros Jedi (a diferencia de lo que sucedía en la trilogía de precuelas, donde sólo había un Gran Maestro en el Consejo Jedi, durante la Alta República tenía a tres).
El más alto e hirsuto es el Gran Maestro Veter. Según Scott, «es un anciano Maestro Jedi con muchos, muchos años. Ha sido un Gran Maestro durante mucho, mucho tiempo. Realmente está llegando al final de su vida en el Consejo.»
Y luego está el tipo verde y pequeño que todos adoramos, Grogu… Yoda, quería decir. Y es un poco más libre y rebelde de lo que recordamos. Aunque ha sido Gran Maestro durante muchos años y es respetado por toda la Orden Jedi y la República, Scott cuenta que este joven Yoda «es conocido por ser un espíritu libre. Físicamente no se ha sentado en el Consejo durante mucho, mucho tiempo, ya que tiene a un montón de Padawans con los que está entrenado fuera, en el espacio.»
Las aventuras de Yoda con esos Padawans son el argumento de The High Republic Adventures, la serie de cómics de IDW, escrita por Daniel José Older y dibujada por Harvey Tolibao.
Portada e interior del The High Repunlic Adventures de IDW
«De manera que la gente ha esperado constantemente que Yoda vuelva a Coruscant,» cuenta Scott, «para volver al Templo, para volver al Consejo. Pero su actitud es ‘Bueno, puedo estar en el Consejo allá donde me halle.»
Los dos Grandes Maestros han llegado a la estación Starligh para la ceremonia de inauguración, que es por lo que Avar está sorprendida de ver a Yoda allí. No es de los que dejan ver por una ceremonia. «Nadie estaba seguro de si iba a aparecer o no,» añadía Scott.
¿Qué pasa tras la ceremonia? ¿Qué pasa tras el Gran Desastre? Los lectores tendremos que esperar para sumergirnos en La Alta República y todos sus libros y cómics para descubrirlo. La serie de Marvel llegará a las tiendas de cómics americanas a partir del 6 de Enero de 2021.
Traducción por Mariana Paola Gutiérrez Escatena. Revisión por Mario Tormo.
La Fuerza está con la galaxia. Es el momento de la Alta República: una unión pacífica de mundos con ideas afines donde se escuchan todas las voces y el gobierno se logra mediante el consenso, no la coerción o el miedo. Es una era de ambición, de cultura, de inclusión, de Grandes Obras. La visionaria canciller Lina Soh dirige la República desde la elegante ciudad-mundo de Coruscant, ubicada cerca del brillante centro del Núcleo Galáctico.
Pero más allá del Núcleo y sus muchas Colonias pacíficas, está el Borde: Interior, Medio y, finalmente, en el límite de lo que se conoce: el Borde Exterior. Estos mundos están llenos de oportunidades para aquellos lo suficientemente valientes como para viajar por las pocas rutas hiperespaciales bien mapeadas que conducen a ellos, aunque también hay peligro. El Borde Exterior es un refugio para cualquiera que busque escapar de las leyes de la República y está lleno de depredadores de todo tipo.
La canciller Soh se ha comprometido a traer los mundos del Borde Exterior al abrazo de la República a través de ambiciosos programas de expansión como el Faro Starlight. Pero hasta que esté operativo, el orden y la justicia se mantienen en la frontera galáctica por los Caballeros Jedi, guardianes de la paz que han dominado increíbles habilidades derivadas de un misterioso campo de energía conocido como la Fuerza. Los Jedi trabajan en estrecha colaboración con la República y han acordado establecer puestos de avanzada en el Borde Exterior para ayudar a cualquiera que pueda necesitar ayuda. El Jedi de la frontera puede ser el único recurso para las personas que no tienen a dónde acudir. Aunque los puestos de avanzada operan de forma independiente y sin la ayuda directa del gran Templo Jedi en Coruscant, actúan como un disuasivo eficaz para aquellos que harían el mal en la oscuridad. Pocos pueden oponerse a los Caballeros de la Orden Jedi. Pero siempre hay quienes lo intentarán. . .
High Republic.
PARTE 1 – El gran desastre
CAPÍTULO UNO
HIPERESPACIO. LA CARRERA DEL LEGADO. 3 horas para el impacto.
Todo está bien.
La Capitán Hedda Casset revisó las lecturas y pantallas incorporadas en su silla de mando por segunda vez. Siempre las repasaba al menos dos veces. Tenía más de cuatro décadas de vuelo a sus espaldas, y pensó que el doble control era gran parte de la razón por la que había sobrevivido todo ese tiempo. El segundo vistazo confirmó todo lo que había visto la primera vez.
«Todo está bien,» dijo, en voz alta esta vez, anunciándolo a su tripulación del puente. «Es hora de mis rondas. Teniente Bowman, tiene el puente a su disposición.»
“Recibido, Capitán,” respondió su primer oficial, levantándose de su propio asiento preparándose para ocupar el suyo hasta que ella regresara de su reunión vespertina.
No todos los capitanes de cargueros de larga distancia manejaban su nave como una nave militar. Hedda había visto naves espaciales con suelos manchados y tuberías con fugas y grietas en las ventanas de la cabina, detalles que la atravesaron hasta el alma. Pero Hedda Casset comenzó su carrera como piloto de combate con la Fuerza de Tarea Conjunta Malastare-Sullust, manteniendo el orden en su pequeño sector en la frontera del Borde Medio. Había comenzado a volar un Incom Z-24, el caza monoplaza que todos llamaban Buzzbug. Principalmente misiones de seguridad, caza de piratas y cosas por el estilo. Sin embargo, finalmente ascendió para comandar un crucero pesado, uno de los buques más grandes de la flota. Una buena carrera, haciendo un buen trabajo.
Dejó Mallust JTF con distinción y pasó a un trabajo como capitana de buques mercantes para el Gremio Byrne, su versión de un retiro relajado. Pero más de treinta años en el ejército significaban que el orden y la disciplina no estaban solo en su sangre, eran su sangre. Así que cada nave que volaba ahora funcionaba como si estuviera a punto de librar una batalla decisiva contra una armada Hutt, incluso si solo llevara una carga de pieles de ogrut del mundo A al mundo B. Esta nave, Legacy Run, no fue una excepción.
Hedda se puso de pie, aceptando y devolviendo el saludo del teniente Jary Bowman. Se estiró, sintiendo los huesos de su columna crujir y crujir. Demasiados años patrullando en cabinas diminutas, demasiadas maniobras de alta gravedad, a veces en combate, a veces simplemente porque la hacía sentir viva.
El problema real, sin embargo, pensó, metiéndose un mechón de cabello gris detrás de una oreja, son demasiados años.
Salió del puente, dejando la precisa máquina de su cubierta de mando y caminando a lo largo de un pasillo compacto hacia el más grande y caótico mundo del Legacy Run. La nave era un transporte modular de carga de clase A de los astilleros Kaniff, más del doble de viejo que la propia Hedda. Eso puso a la nave un poco más allá de su vida operacional ideal, pero dentro de los parámetros seguros si estaba bien mantenida y atendida regularmente – y así era. Su capitán se encargaba de eso.
El Run era una nave de uso mixto, clasificada tanto para carga como para pasajeros, por lo tanto, «modular» en su designación. La mayor parte de la estructura de la embarcación estaba ocupada por un solo compartimiento gigantesco, con la forma de un prisma triangular largo, con la ingeniería a popa, el puente a proa y el resto del espacio asignado para carga. Los brazos huecos sobresalían de la “columna” central a intervalos regulares, a los que se podían unir módulos adicionales más pequeños. La nave podía contener hasta 144 de estos, cada uno personalizable, para manejar cualquier tipo de carga que la galaxia pudiera requerir.
A Hedda le gustaba que la nave pudiera transportar casi cualquier cosa. Significaba que nunca sabías lo que ibas a conseguir, los extraños desafíos a los que podrías enfrentarte de un trabajo a otro. Una vez había volado la nave cuando la mitad del espacio de carga en el compartimento principal se reconfiguró en un enorme tanque de agua, para llevar un pez sable gigantesco desde los mares tormentosos de Tibrin hasta el acuario privado de una condesa en Abregado-rae. Hedda y su equipo habían llevado a la bestia allí a salvo, no era una tarea fácil. Aún más difícil, sin embargo, fue llevar a la criatura a Tibrin tres ciclos después, cuando la maldita cosa enfermó porque la gente de la condesa no tenía idea de cómo cuidarla. Sin embargo, admiró a la mujer: pagó el flete completo para enviar el pez sable a casa. Mucha gente, especialmente los nobles, lo habrían dejado morir.
Este viaje en particular, en comparación, era tan simple como parecía. Las secciones de carga de Legacy Run estaban llenas en un 80 por ciento de colonos que se dirigían al Borde Exterior desde mundos del Núcleo y las Colonias superpoblados, en busca de nuevas vidas, nuevas oportunidades, nuevos horizontes. Era capaz de identificarse con eso. Hedda Casset había estado inquieta toda su vida. Tenía la sensación de que moriría de esa manera también, mirando por una ventana, esperando que sus ojos se posaran en algo que nunca había visto antes.
Debido a que se trataba de un recorrido de transporte, la mayoría de los módulos del barco eran configuraciones básicas de pasajeros, con asientos abiertos que se convertían en camas que, en teoría, eran lo suficientemente cómodas para dormir. Instalaciones sanitarias, almacenamiento, algunas pantallas solares, cocinas pequeñas, y eso era todo. Para los colonos dispuestos a pagar por una mayor comodidad y servicios, algunos tenían comedores automáticos operados por droides y compartimentos privados para dormir, pero no muchos. Esta gente era frugal. Si hubieran tenido créditos para empezar, probablemente no se dirigirían al Borde Exterior para raspar un futuro. El borde oscuro de la galaxia era un lugar de desafíos emocionantes y mortales. Más mortífero que emocionante, en verdad.
Incluso el camino para salir de aquí es complicado, pensó Hedda, con la mirada puesta en el remolino de hiperespacio que se veia a través del gran ojo de buey por el que estaba pasando. Apartó los ojos de golpe, sabiendo que podría terminar parada allí durante veinte minutos si se dejaba absorber. No se podía confiar en el hiperespacio. Fue útil, seguro, te llevó de aquí para allá, fue la clave para la expansión de la República desde el Núcleo, pero nadie realmente lo entendió. Si su Navidroid calculase mal las coordenadas, incluso un poco, podría terminar fuera de la ruta marcada, la carretera principal a través del hiperespacio que realmente fuera, y luego estaría en un camino oscuro que conduce a quién sabe dónde. Si ha sucedido incluso en las hiperrutas mas transitadas cerca del centro galáctico, aquí, donde los buscadores apenas han trazado rutas. . . Bueno, tienes que cuidarte a ti mismo.
Se quitó las preocupaciones de la cabeza y continuó su camino. La verdad era que el Legacy Run estaba ganando velocidad por la ruta más conocida y transitada hacia los mundos del Borde Exterior. Las naves se movían constantemente por este hipercarril, en ambas direcciones. Nada de que preocuparse.
Pero más de nueve mil almas a bordo de esta nave dependían de la Capitán Hedda Casset para llevarlas a salvo a su destino. Le preocupaba. Era su trabajo.
Hedda salió del corredor y entró en el casco central, emergiendo en un gran espacio circular, un lugar abierto necesario por la estructura de la nave que había sido reutilizada como una especie de área común no oficial. Un grupo de niños pateaba una pelota mientras los adultos se paraban y charlaban cerca; todos simplemente disfrutando de un pequeño descanso de los estrechos confines de los módulos donde pasaban la mayor parte del tiempo. El espacio no era elegante, solo un punto de cruce desnudo donde se unían varios corredores cortos, pero estaba limpio. El barco empleó, por insistencia de su capitán, un equipo de mantenimiento automatizado que mantuvo sus interiores limpios e higiénicos. Uno de los droides custodios se abría camino a lo largo de una pared en ese mismo momento, realizando una de las interminables tareas requeridas en una nave del tamaño del Run.
Se tomó un momento para hacer un balance de este grupo: unas veinte personas, de todas las edades, de varios mundos. Los humanos, por supuesto, pero también algunos Ardennianos de cuatro brazos y cubiertos de piel, una familia de Givin con sus distintivos ojos triangulares, e incluso un Lannik con su cara pellizcada, moño y orejas enormes y puntiagudas que sobresalen del costado de su cabeza, no vio a muchos de los que estaban alrededor. Pero sin importar su planeta de origen, todos eran seres ordinarios, esperando el momento hasta que pudieran comenzar sus nuevas vidas.
Uno de los niños miró hacia arriba.
«¡Capitán Casset!» dijo el niño, un humano, de piel aceitunada y cabello rojo. Ella lo conocía.
«Hola, Serj», dijo Hedda. «¿Alguna novedad? ¿Todo bien aquí?»
Los otros niños detuvieron su juego y se agruparon a su alrededor.
“Me vendrían bien algunos holos nuevos”, dijo Serj. «Hemos visto todo lo que hay en el sistema».
«Lo que tenemos es todo lo que tenemos», respondió Hedda. “Y deja de intentar piratear el archivo para ver los títulos con restricción de edad. ¿Crees que no lo sé? Esta es mi nave. Sé todo lo que sucede en la Legacy Run «.
Ella se inclinó hacia adelante.
«Todo.»
Serj se sonrojó y miró a sus amigos, quienes, de repente, también habían encontrado cosas muy interesantes para mirar en el suelo, el techo y las paredes absolutamente poco interesantes de la cámara.
«No te preocupes por eso», dijo, enderezándose. «Lo entiendo. Este es un viaje bastante aburrido. No me creerás, pero en poco tiempo, cuando tus padres te tengan arando campos, construyendo vallas o luchando contra los Rancor, estarás soñando con el tiempo que pasaste en esta nave. Solo relájate y disfruta».
Serj puso los ojos en blanco y volvió a cualquier juego de pelota improvisado que él y los otros niños habían ideado.
Hedda sonrió y se movió por la habitación, asintiendo y charlando mientras lo hacía. Personas. Probablemente algunos buenos, otros malos, pero durante los próximos días, su gente. A ella le encantaban estos viajes. No importa lo que sucedió en la vida de estas personas, se dirigían al Borde para hacer realidad sus sueños. Ella era parte de eso y la hacía sentir bien.
La República de la canciller Soh no era perfecta, ningún gobierno lo era ni podría serlo nunca, pero era un sistema que daba a la gente espacio para soñar. No, aún mejor. Alentó los sueños, grandes y pequeños. La República tenía sus defectos, pero en realidad, las cosas podrían ser mucho peores.
Las rondas de Hedda le llevaron más de una hora; se abrió paso a través de los compartimentos de pasajeros, pero también verificó un envío de Tibanna líquido sobreenfriado para asegurarse de que el material volátil estuviera correctamente bloqueado (lo estaba), inspeccionó los motores (todo bien), investigó el estado de las reparaciones a los sistemas de recirculación ambiental del barco (en progreso y avanzando bien), y se aseguró de que las reservas de combustible fueran aún más que adecuadas para el resto del viaje con un margen cómodo además (lo estaban).
El Legacy Run fue exactamente como ella quería que fuera. Un mundo diminuto y bien mantenido en el desierto, una cálida burbuja de seguridad que retiene el vacío. No podía responder por lo que les esperaba a estos colonos una vez que se dispersaran en el Borde Exterior, pero se aseguraría de que llegaran sanos y salvos para averiguarlo.
Hedda regresó al puente, donde el teniente Bowman casi se puso en pie de un salto en el momento en que la vio entrar.
«Capitán en el puente», dijo, y los otros oficiales se enderezaron.
«Gracias, Jary», dijo Hedda cuando su segundo se hizo a un lado y regresó a su puesto.
Hedda se instaló en su silla de mando, revisando automáticamente las pantallas, buscando algo fuera de lo común.
Todo está bien, pensó.
KTANG. KTANG. KTANG. KTANG. Una alarma, fuerte e insistente. La iluminación del puente cambió a su configuración de emergencia, bañando todo de rojo. A través de la ventana frontal, los remolinos del hiperespacio se desviaron de alguna manera. Tal vez fue la iluminación de emergencia, pero tenían un. . . Tinte rojizo. Parecía . . . Enfermizo.
Hedda sintió que se le aceleraba el pulso. Su mente entró en modo de combate sin pensar.
«¡Reporte!» gritó, sus ojos recorriendo su propio conjunto de pantallas para encontrar la fuente de la alarma.
“Alarma generada por el navicomp, capitán”, gritó su navegante, la cadete Kalwar, una joven Quermiana. «Hay algo en el hipercarril. Varado. Grande. Impacto en diez segundos».
La voz de la cadete se mantuvo firme y Hedda estaba orgullosa de ella. Probablemente no era mucho mayor que Serj.
Sabía que esta situación era imposible. Los hipercarriles estaban vacíos. Esa era la cuestión. No podía recitar toda la ciencia involucrada, pero sabía que las colisiones a la velocidad de la luz en carriles establecidos simplemente no podían suceder. Era «matemáticamente absurdo» escuchar a los ingenieros hablar de ello.
Hedda había estado volando en el espacio profundo el tiempo suficiente para saber que sucedían cosas imposibles todo el tiempo, todos los malditos días. También sabía que diez segundos no era tiempo en absoluto a velocidades como la que viajaba el Legacy Run.
No puedes confiar en el hiperespacio, pensó.
Hedda Casset pulsó dos botones en su consola de mando.
«Prepárense», dijo, su voz tranquila. «Estoy tomando el control».
Dos mandos de pilotaje salieron de los reposabrazos de la silla de capitán y Hedda los agarró, uno en cada mano.
Dejó tiempo para respirar y luego voló.
El Legacy Run no era un Incom Z-24 Buzzbug, ni siquiera uno de los nuevos Republic Longbeams. Había estado en servicio durante más de un siglo. Era un carguero al final, si no más allá, de su vida útil operativa, cargado a su máxima capacidad, con motores diseñados para una aceleración y desaceleración lenta y gradual, y acoplado a puertos espaciales e instalaciones de carga orbital. Maniobraba como una luna.
El Legacy Run no era una nave de guerra. Ni de lejos. Pero Hedda lo voló como tal.
Vio el obstáculo en su camino con el ojo y los instintos de piloto de caza, lo vio avanzar a una velocidad increíble, lo suficientemente grande como para que tanto su nave como lo que fuera se desintegraran en átomos, solo polvo flotando para siempre a través de las hiperrutas. No hubo tiempo para evitarlo. La nave no podía dar la vuelta. No había espacio y no había tiempo.
Pero la capitana Hedda Casset estaba al timón y no le fallaría a su nave.
Hizo un leve movimiento de la palanca de control izquierda, y uno mayor de rotación de la derecha, y el Legacy Run se movió. Más de lo que quería, pero no menos de lo que su capitán creía que podía. El enorme carguero se deslizó más allá del obstáculo en su camino, pasando éste por su casco tan cerca que Hedda estaba segura de que sintió que se despeinaba a pesar de las muchas capas de metal y escudos entre ellos.
Pero estaban vivos. Sin impacto. El barco estaba vivo.
Turbulencias. Hedda luchó contra ellas, tanteando su camino a través de las irregularidades y ondas, cerrando los ojos, sin necesidad de ver para volar. La nave gimió, su estructura se quejó.
«Puedes hacerlo, vieja amiga», dijo en voz alta. «Somos un par de viejas malhumoradas, está claro, pero las dos tenemos mucha vida que vivir. Te he cuidado muy bien y lo sabes. No te decepcionaré si tú no me decepcionas «.
Hedda no falló a su nave.
Pero ésta si falló.
El gemido del metal sobrecargado se convirtió en un grito. Las vibraciones del paso de la nave por el espacio adquirieron un nuevo timbre que Hedda había sentido demasiadas veces antes. Era la sensación de una nave que se había llevado más allá de sus límites, ya sea por sufrir demasiado daño en un tiroteo o, como aquí, simplemente se le pidió que realizara una maniobra que era más de lo que podía dar.
El Legacy Run se estaba desgarrando. A lo sumo, le quedaban unos segundos.
Hedda abrió los ojos. Soltó las palancas de control y pulsó los comandos en su consola, activando el blindaje del mamparo que separaba cada módulo de carga en el caso de un desastre, pensando que tal vez podría dar una oportunidad a algunas de las personas a bordo. Pensó en Serj y sus amigos, jugando en el área común, y en cómo las puertas de emergencia acababan de cerrarse de golpe en la entrada de cada módulo de pasajeros, posiblemente atrapándolos en una zona que estaba a punto de convertirse en vacío. Esperaba que los niños hubieran ido con sus familias cuando sonaron las alarmas.
Aunque no podía saberlo.
Era imposible saberlo.
Hedda miró a los ojos a su primer oficial, que la estaba mirando, sabiendo lo que estaba a punto de suceder. Saludó.
«Capitán», dijo el teniente Bowman, «ha sido un …»
El puente se abrió de par en par.
Hedda Casset murió, sin saber si había salvado a alguien.
CAPITULO DOS
EL BORDE EXTERIOR. SISTEMA HETZAL. 2.5 horas para el impacto.
El técnico de escáners -scantech- (tercera clase) Merven Getter estaba listo. Listo para marcar la salida del día, listo para llevar el transbordador de regreso al sistema interior, listo para llegar a la cantina a unas pocas calles del puerto espacial en la Luna Enraizada donde Sella trabajaba atendiendo el bar, listo para ver si hoy era el día en que él podría encontrar el coraje para invitarla a salir. Ella era Twi’lek y él era Mirialano, pero ¿qué importaba eso? Todos somos la República. El gran eslogan de la canciller Soh, pero la gente lo creyó. En realidad, Merven pensó que él también. Las actitudes estaban evolucionando. Las posibilidades eran infinitas.
Y tal vez, una de esas posibilidades giraba en torno a un scantech (tercera clase) asignado a una estación de monitoreo muy lejos en la eclíptica del sistema Hetzal, ya de por sí bastante alejado del Borde, tristemente distante de las luces brillantes y los mundos interesantes del Núcleo de la República. Quizás ese scantech (de tercera clase), que se pasaba los días mirando las pantallas holográficas, registrando el tráfico de naves estelares dentro y fuera del sistema, podría llamar la atención de la encantadora mujer de piel escarlata que le sirve una jarra de cerveza local tres o cuatro noches a la semana. Sella solía quedarse para charlar con él un rato, dando vueltas hacia atrás mientras otros clientes entraban y salían de su pequeña taberna. Ella parecía encontrar sus historias sobre la vida en el extremo más alejado del sistema inexplicablemente interesantes.
Merven no entendía por qué estaba tan fascinada. A veces aparecían naves en el sistema, saliendo desde el hiperespacio y apareciendo en sus pantallas, y otras veces las naves se iban… Momento en el que sus pequeños iconos desaparecían de sus pantallas. Nunca sucedía nada interesante: los planes de vuelo se registraban con anticipación, por lo que generalmente sabía lo que iba o venía. Merven era responsable de asegurarse de que se siguieran esos planes de vuelo, y no mucho más. En la remota posibilidad de que ocurriera algo inusual, su trabajo era simplemente notificar a las personas significativamente más importantes que él.
Scantech (tercera clase) Merven Getter pasaba sus días viendo a la gente ir a lugares. Él, en cambio, permanecía quieto.
Pero quizás hoy no. Pensó en Sella. Pensó en su sonrisa, en la forma en que decoraba su lekku con esos intrincados lazos que le dijo que había diseñado ella misma, en la forma en que detenía todo lo que estuviera haciendo para servirle su jarra de cerveza en el momento en el que entraba, sin que ni siquiera tuviera que pedirlo.
Si. Iba a invitarla a cenar. Esta noche. Había estado ahorrando y conocía un lugar no muy lejos de la cantina. No tan lejos de su casa, tampoco, pero eso se estaba adelantando.
Solo tenía que terminar su maldito turno.
Merven miró a su colega, la scantech (segunda clase) Vel Carann. Quería preguntarle si podía salir un poco más temprano ese día, tomar el transbordador de regreso a la Luna Enraizada. Estaba leyendo algo en un datapad, totalmente absorta. Probablemente una de esas novelas Jedi con las que siempre estuvo obsesionada. Merven no lo entendía. Había leído algunas, todas estaban ubicadas en puestos de avanzada en las lejanas fronteras de la República, llenas de amor no correspondido y miradas anhelantes… La única acción eran las batallas con sables de luz que fueron claramente un sustituto de lo que los personajes realmente querían hacer. No se esperaba que Vel estuviera leyendo material personal en horario de trabajo, pero si le decía algo, ella simplemente tocaba la pantalla y lo cambiaba a un manual técnico e insistía en que no estaba haciendo nada malo. El problema era que ella era de segunda clase y él de tercera, lo que significaba que mientras él hiciera su trabajo, ella pensaba que no tenía que hacer el suyo.
Nah. Ni siquiera valía la pena pedir salir una hora antes. No a Vel. Podría aguantar el resto de su turno. No faltaba mucho y …
Algo apareció en una de sus pantallas.
«Eh,» dijo Merven.
Era extraño. No había ninguna entrada programada al sistema en los próximos veinte minutos más o menos.
Algo más apareció. Varias cosas. Diez.
«¿Qué demonios?» Dijo Merven.
«¿Algún problema Getter?» Preguntó Vel, sin levantar la vista de la pantalla.
«No estoy seguro,» dijo. «Tengo un montón de entradas no programadas al sistema y no están desacelerando».
«Espera ¿Qué? Vel dijo, bajando su pantalla de datos y finalmente mirando sus propios monitores. «Oh, eso es extraño.»
Más iconos aparecieron en las pantallas de Merven, demasiados para contarlos de un vistazo.
«Eso son…. ¿Crees que son… Asteroides tal vez?» Dijo Vel, con voz inestable.
“¿A esa velocidad? ¿Del hiperespacio? No sé. Haz un análisis,” dijo Merven. «A ver si puedes averiguar qué son.»
Silencio desde el puesto de Vel.
Merven echó un vistazo.
«Yo… no se como hacerlo,» dijo ella. «Después de la última actualización, nunca me preocupé de aprender los sistemas. Parecías tener todo bajo control, y yo solo estoy aquí para supervisar, ya sabes y…»
«Bien,» dijo él, nada sorprendido. «¿Puedes al menos rastrear las trayectorias? Esa subrutina ha sido la misma durante los últimos dos años.»
«Si,» dijo Vel. «Puedo hacer eso.»
Merven volvió a sus monitores y empezó a teclear comandos en los teclados.
Ahora había cuarenta y dos anomalías en el sistema, todas moviéndose a una velocidad cercana a la velocidad de la luz. Increíblemente rápido, en otras palabras, mucho más rápido de lo que permiten las normas de seguridad. Si de hecho fueran naves quienquiera que los estuviera pilotando se enfrentaría a una enorme multa. Pero Merven no pensó que fueran naves. Eran demasiado pequeños, para empezar, y no dejaban rastros de motor.
¿Asteroides, tal vez? ¿Rocas espaciales, arrojadas de alguna manera al sistema? ¿Algún tipo de tormenta espacial extraña o un conjunto de cometas? No podía ser un ataque, eso lo sabía. La República estaba en paz y parecía que iba a seguir así. Todos estaban felices viviendo sus vidas. La República funcionaba.
Además, el sistema Hetzal no tenía nada que valiera la pena atacar. Era solo un conjunto ordinario de planetas, el mundo principal y sus dos lunas habitadas, la Fructificada y la Enraizada, con un enfoque profundo en la producción agrícola. Tenía algunos gigantes gaseosos y bolas de roca congeladas, pero en realidad eran solo un montón de granjeros y todas las cosas que cultivaban. Merven sabía que era importante, que Hetzal exportaba alimentos por todo el Borde Exterior, y parte de su producción incluso llegaba a los sistemas internos. También estaba ese material de bacta sobre el que había estado leyendo, una especie de reemplazo milagroso para el juvan que estaban tratando de cultivar en el mundo principal, que se suponía que revolucionaría la medicina si alguna vez podían descubrir cómo cultivarlo a gran escala… Pero aún así, eran solo plantas. Era difícil entusiasmarse con las plantas.
Por lo que a él respectaba, el mayor reclamo de Hetzal era que era el mundo natal de una famosa cantante de gill llamada Illoria Daze, que podía hacer vibrar su aparato vocal de tal manera que cantaba melodías en armonías de seis partes. Eso, en combinación con un ingenio excepcionalmente atractivo y una historia de trasfondo de la pobreza a la riqueza, la habían hecho famosa en toda la República. Pero Illoria ni siquiera estaba aquí. Ahora vivía en Alderaan, con gente elegante.
Hetzal no tenía nada de valor real. Nada de esto tenía sentido.
Otra erupción de objetos apareció en sus pantallas, tantos ahora que estaba sobrecargando la capacidad de su computadora para rastrearlos. Redujo la resolución, cambiando a una vista de todo el sistema, dejando una imagen más clara. Merven podía ver que las cosas, fueran las que fueran, no se limitaban a entrar al sistema desde la seguridad de la zona de acceso al hiperespacio. Estaban apareciendo por todas partes, y algunos se estaban acercando mucho a…
«Oh, no,» dijo Vel.
«Yo también lo veo,» dijo Merven. Ni siquiera tuvo que ejecutar un análisis de trayectoria.
Las anomalías se dirigían hacia el sol, y muchas de ellas estaban en trayectorias de impacto con los mundos habitados y sus estaciones orbitales. Los objetos tampoco se estaban ralentizando. De ningún modo. Casi a la velocidad de la luz, no importaba si eran asteroides, naves o burbujas espumosas de caramelo gaseoso. Cualquier cosa que golpearan simplemente… Desaparecería.
Mientras miraba, uno de los objetos atravesó un satélite de comunicaciones sin tripulación. Tanto la anomalía como el satélite desaparecieron de su pantalla, y la galaxia consiguió un poco más de polvo espacial.
Hetzal Prime era lo suficientemente grande como para soportar algunos impactos como ese y sobrevivir como un cuerpo planetario. Incluso las dos lunas habitadas podrían recibir un par de golpes. Pero cualquiera que viviese en ellos. . .
Sella estaba en la Luna Enraizada en este momento.
«Tenemos que salir de aquí,» dijo. “Estamos justo en la zona objetivo y cada segundo aparecen más de estas cosas. Tenemos que llegar al transbordador.»
«Estoy de acuerdo,» dijo Vel, con algo de autoridad regresando a su voz. “Pero primero debemos enviar una alerta a todo el sistema. Tenemos que hacerlo.»
Merven cerró los ojos por un momento y luego los volvió a abrir.
«Tienes razón. Por supuesto.»
«La computadora necesita códigos de autorización de ambos para activar la alarma de todo el sistema,» dijo Vel. «Lo haremos a mí señal.»
Tocó algunos comandos en su teclado. Merven hizo lo mismo, luego esperó a que asentiera. Lo hizo y él escribió su código.
Una suave alarma sonó a través de la plataforma de operaciones cuando salió el mensaje. Merven sabía que ahora se estaba escuchando un sonido similar en todo el sistema Hetzal, desde las cabinas de los vertederos de basura hasta el palacio del ministro en el primer mundo. Cuarenta mil millones de personas simplemente miraron hacia arriba con miedo. Uno de ellos era una encantadora Twi’lek de piel escarlata que probablemente se preguntaba si su Mirialano favorito iba a pasar por la taberna esa noche.
Merven se puso de pie.
“Hemos hecho nuestro trabajo. Hora de movernos. Podemos enviar un mensaje explicando lo que está sucediendo de camino».
Vel asintió y se levantó de su asiento.
«Si. Salgamos de…»
Uno de los objetos saltó del hiperespacio, tan cerca y moviéndose tan rápido, que en términos astronómicos estaba sobre ellos en el momento en que apareció.
Una llamarada y la anomalía se desvaneció, junto con la estación de monitoreo, sus dos scantech y todas sus metas, miedos, habilidades, esperanzas y sueños; la energía cinética del objeto atomiza todo lo que toca en menos de un instante.
CAPÍTULO TRES
CIUDAD AGUIRRE, HETZAL PRIME. 2 horas para el impacto.
«¿Es esto real?» —Preguntó el Ministro Ecka mientras las alarmas sonaban en su oficina, consistentes, insistentes, imposibles de ignorar. Lo que, suponía, era la cuestión.
«Eso parece,» respondió el Consejero Daan, colocandose un mechón de cabello detrás de la oreja. “La alerta se originó en una estación de monitoreo en el extremo más alejado del sistema. Entró en el nivel de prioridad más alto y llegó a todo el sistema. Cada computadora conectada al núcleo de procesamiento principal hace sonar la misma alarma.»
«¿Pero qué lo está causando?» Preguntó el ministro. «¿No había ningún mensaje adjunto?»
«No,» respondió Daan. “Hemos pedido aclaraciones en repetidas ocasiones, pero no ha habido respuesta. Creemos que… la estación de monitoreo fue destruida ”.
El ministro Ecka pensó por un momento. Giró su silla lejos de sus consejeros y la vieja madera crujió un poco bajo su peso. Miró por la amplia ventana panorámica que hacía de pared trasera de su escritorio. Por ella podía ver los campos dorados de Hetzal, hasta el horizonte. El mundo, todo el sistema en realidad, creía en utilizar cada pedacito de espacio disponible para crecer, crear y cultivar. Los edificios se techaron con tierras de cultivo, los ríos y lagos se utilizaron para cultivar algas y plantas acuáticas útiles, las torres se colocaron en terrazas, con vides de frutas que se derramaban por los lados. Los droides recolectores flotaban entre ellos, arrancando frutos maduros, lo que fuera de temporada. En este momento serían frutas de miel, moras y melones de hielo. En un mes sería otra cosa. En Hetzal, siempre había algo de temporada.
Le encantaba esta vista. La más pacífica de la galaxia creía. Tal que así. Productivo y correcto.
Ahora, con las alarmas sonando en sus oídos, ya no lo veía así. Ahora todo parecía… Frágil.
«Algo está pasando ahí fuera,» dijo otro asesor, una mujer Devaroniana llamada Zaffa.
Ecka la conocía desde hacía mucho tiempo y era la primera vez que la oía preocupada. Estaba mirando una pantalla de datos, frunciendo el ceño.
«Una plataforma minera en el medio del sistema se ha venido abajo,» dijo Zaffa. “La red de satélites también está empezando a mostrar agujeros. Es como si algo estuviera destruyendo nuestras instalaciones, una por una «.
«¿Y todavía no tenemos imágenes? Esto es una locura,” declaró Ecka.
Señaló a su jefe de seguridad, un humano corpulento de mediana edad.
«Borta, ¿por qué tu gente no sabe lo que está pasando?»
Borta frunció el ceño. «Ministro, con todo el respeto, ya sabe por qué. Sus recientes recortes han reducido la división de seguridad de Hetzal a una décima parte de su tamaño anterior. Estamos trabajando en ello, pero no podemos aportar mucho.»
“¿Es algún tipo de anomalía natural? No puede ser… No estamos siendo atacados, ¿verdad?»
“En este punto, no lo sabemos. Lo que está sucediendo es consistente con algún tipo de infiltración enemiga, pero no vemos marcas de motores y las ubicaciones afectadas son bastante aleatorias. Todavía tenemos algunas plataformas de defensa orbital por ahí, y todas están intactas. Si es un ataque, deberían apuntar a nuestra capacidad de devolver el golpe, pero no es así.»
Las alarmas sonaron de nuevo y Ecka hizo girar su silla señalando al consejero Daan, quien se encogió hacia atrás.
“¿Puedes apagar esa maldita alarma? ¡No puedo pensar!»
Daan se incorporó, manteniéndose ligeramente firme y pulsó un control en su pantalla de datos. La alarma, afortunadamente, cesó.
Otro consejero habló, un joven delgado con cabello rojo y piel extremadamente pálida, Keven Tarr. Había sido enviado por el Ministerio de Tecnología. Ecka no usaba mucho la tecnología que no estaba relacionada con los rendimientos agrícolas. En su corazón todavía era un granjero, pero sabía que se suponía que Tarr era muy inteligente. Probablemente no pasaría mucho tiempo hasta que el chico siguiera adelante y encontrara un trabajo en alguna parte más sofisticada de la galaxia. Así eran las cosas en un mundo como Hetzal. No todo el mundo se permanecía.
«Creo que puedo mostrarle lo que está pasando, ministro,» dijo Tarr.
El chico tenía los dedos largos para ser un humano, y bailaban sobre su datapad.
«Déjeme pasarle los datos al droide; puede proyectar la información para que todos la podamos ver.»
Pulsó varios comandos finales y llevó un cable de conexión desde su datapad hasta poder conectarlo al puerto de acceso de comunicaciones hexagonal del droide que había en esquina de la habitación, para lo que tuvo que ponerse de cuclillas. El droide rodó entonces hacia adelante con su único ojo verde iluminado mientras se movía.
Desde ese ojo, la máquina proyectaba una imagen en la gran pared blanca de la oficina del ministro reservada a tal efecto. Normalmente, las presentaciones en el vidwall se trataban sobre los rendimientos de los cultivos o los programas de erradicación de plagas. Ahora, sin embargo, mostraba todo el sistema Hetzal, todos sus mundos, estaciones, satélites, plataformas y naves.
Y algo más.
Para el ministro Ecka, parecía un campo invadido por un enjambre de insectos devoradores. Cientos de pequeñas luces se movían a través de su sistema a lo que tenía que ser una velocidad tremenda, todas en la misma dirección: hacia el sol. Más particularmente, hacia el planeta. Hacia Hetzal Prime y las no tan lejanas lunas Fructificada y Enraizadas, sin mencionar todas esas estaciones, satélites, plataformas, naves… Muchos de los cuales con personas en ellos.
«¿Qué son?» preguntó.
«Desconocido,» respondió Tarr. “Obtuve esta imagen al vincular las señales de los satélites supervivientes y las estaciones de monitoreo, pero están disminuyendo rápidamente y estamos perdiendo la capacidad del sensor a medida que lo hacen. Cualesquiera que sean estas anomalías, se mueven casi a la velocidad de la luz y es muy difícil rastrearlas. Y, por supuesto, siempre que golpean algo, lo hacen de manera…»
“Fatal”, terminó el general Borta por él.
«Apocalíptico, iba a decir,» dijo Tarr. «Estoy rastreando un buen número de rutas de impacto con el mundo principal».
«¿No hay nada que hacer?» Dijo Ecka, mirando a Borta. «Podemos… ¿Derribarlos?»
Borta lo miró desamparado. “Si fuera uno, tal vez, hubiéramos tenido la oportunidad. Al menos alguna. Pero la defensa del sistema no ha sido una prioridad durante… Mucho tiempo.»
La acusación quedó suspendida en el aire, pero Ecka no la permitió. Había tomado decisiones que parecían correctas en ese momento, con la mejor información que tenía. ¡Estaban en paz! En todas partes estaba en paz. ¿Por qué gastar dinero que podría ayudar a la gente de otras formas? En cualquier caso, no se podía mirar atrás. Era hora de tomar una decisión. La mejor que pudiera.
No vaciló. Cuando las cosechas se estaban quemando, no podías dudar. Por muy malas que fueran las cosas, cuanto más esperabas, más tendían a empeorar.
“Dar la orden de evacuación. Todo el sistema. Luego envía un mensaje a Coruscant. Hágales saber lo que está sucediendo. No podrán traer a nadie aquí a tiempo, pero al menos lo sabrán.»
La consejera Zaffa lo miró con los ojos entrecerrados.
«No sé si realmente podemos implementar esa orden de manera efectiva, Ministro», dijo. «No tenemos suficientes naves aquí para evacuaciones planetarias, y si estas cosas realmente se están acercando a la velocidad de la luz, no hay mucho tiempo hasta que…»
«Entiendo, consejera Zaffa,» dijo Ecka, su voz ahora era firme. «Pero incluso si la orden salva a una sola persona, entonces una persona se salvará.»
Zaffa asintió y tocó su pantalla de datos.
«Está hecho,» dijo. «Evacuación de todo el sistema en curso».
El grupo observaba la proyección en la pared ahora con ráfagas de estática. La red improvisada de Tarr estaba perdiendo capacidad a medida que más satélites terminaban en llamas, pero el mensaje seguía siendo claro. Era como si se hubiera disparado un arma enorme contra el sistema Hetzal, y no había nada que pudieran hacer para salvarse.
«Probablemente todos deberían intentar encontrar una manera de salir del planeta,» dijo Ecka. «Me imagino que las naves estelares que tenemos se llenarán con bastante rapidez».
Nadie se movió.
«¿Qué va a hacer, Ministro?» Preguntó el consejero Daan.
Ecka se volvió hacia su ventana y miró los campos dorados que se extendían hasta el horizonte. Todo había sido tan pacífico. Era imposible creer que algo malo pudiera suceder aquí.
«Creo que me quedaré,» dijo. “Emitir para la población, quizá, para intentar mantener a la gente tranquila. Alguien tiene que cuidar la cosecha.»
Por todo Hetzal Prime y las amplias extensiones de sus dos lunas habitadas, el mensaje del Ministro Ecka viajó rápidamente, apareciendo en datapads y holospantallas, transmitido a través de todos los canales de comunicación, diciendo, en esencia: Ningún lugar es seguro. Aléjate lo más que puedas.
La explicación fue limitada, lo que generó especulaciones. ¿Qué estaba pasando? ¿Algún tipo de accidente? ¿Qué desastre podría tener un alcance tan grande que fuera necesario evacuar todo un sistema?
Algunas personas ignoraron la advertencia. Las falsas alarmas habían ocurrido antes y, a veces, los hackers hacían bromas o presumían de haber accedido a los sistemas de alerta de emergencias. Es cierto que nunca había sucedido nada de esta escala, pero en realidad, eso hizo que fuera más fácil no tomarlo en serio. Después de todo, ¿todo el sistema está en peligro? No era posible.
Esas personas se quedaron en sus hogares, en sus lugares de trabajo. Apagaron sus pantallas y volvieron a sus vidas, porque era mejor que la alternativa. Y si de vez en cuando miraban al cielo y veían naves espaciales subiendo y bajando… Bueno, se decían a sí mismos que la gente de esas naves eran estúpidos, que se asustaba fácilmente.
Otros, en otros lugares, se quedaron petrificados. Querían buscar un lugar seguro pero no tenían idea de cómo. No todos tenían acceso a una vía de escape del planeta. De hecho, la mayoría no lo hizo. Hetzal era un sistema de agricultores, gente que vivía cerca de la tierra. Si viajaron a cualquier otro lugar de la República, fue para una ocasión especial, una experiencia única en la vida. Ahora, se les dice que encuentren una manera de saltar al espacio de repente… ¿Cómo? ¿Cómo podían hacer algo así?
Pero algunas personas en Hetzal si que tenían naves estelares o vivían en ciudades donde los viajes espaciales eran más comunes. Encontraron a sus hijos, recogieron sus objetos de valor y corrieron hacia los espaciopuertos, con la esperanza de ser los primeros en llegar, los primeros en reservar un pasaje. Inevitablemente, no lo fueron. Fueron recibidos por multitudes, colas, precios de pasajes que se dispararon a niveles inalcanzables para todos excepto para los más ricos, gracias a oportunistas sin escrúpulos. La tensión aumentó. Estallaron peleas, y aunque Hetzal tenía una fuerza de seguridad para calmar estas disputas, estos oficiales también miraron al cielo y se preguntaron si pasarían sus últimos momentos con vida tratando de ayudar a otras personas a ponerse a salvo. Un final noble, sí… ¿Pero deseable? Los agentes de seguridad también eran personas con sus propias familias.
El orden comenzó a quebrarse.
En la Luna Enraizada, un amable comerciante decidió abrir las puertas de la nave estelar que usaba para transportar productos sumamente frescos de la luna a los voraces mundos del Borde Exterior. Ofreció espacio a todos los que pudieran caber, y aunque su piloto le dijo que la embarcación era vieja y que los motores estaban un poco excedidos, al comerciante no le importó. Este era un momento de magnanimidad y esperanza, y por la luz salvaría a todos los que pudiera.
La nave, con capacidad para 582 personas, incluido el comerciante y su propia familia, logró despegar de su plataforma de aterrizaje, una vez que el piloto llevó sus motores al máximo. Tan solo necesitaba escapar de la gravedad de la luna. Una vez que estuvieran en el espacio, todo sería más fácil. Podían escapar, ponerse a salvo.
El carguero había completado prácticamente un kilómetro antes de que los sobrecargados motores explotaran. La bola de fuego cayó sobre los que quedaron atrás, y no estaban seguros de si tenían suerte o no, considerando que aún no sabían lo que les esperaba. El mensaje del ministro Ecka no lo especificaba.
Una variante de ese mensaje fue enviada desde Hetzal a cualquier otro sistema o nave que pudiera escucharlo: Estamos en graves aprietos. Envíe ayuda si puede.
Fue captado por receptores en los otros mundos del Borde Exterior: Ab Dalis, Mon Cala, Eriadu y muchos más, extendiéndose hacia afuera a través del sistema de retransmisión de la República, y luego hacia adentro a los planetas de los Bordes Medio e Interior, la Región de las Colonias, e incluso el brillante Núcleo. Prácticamente todos los que lo escucharon querían hacer algo para ayudar, pero ¿qué? Estaba claro que cualquier cosa que estuviera sucediendo en Hetzal terminaría mucho antes de que pudieran llegar.
Pero se enviaron naves de todos modos, en su mayoría naves de asistencia médica, con la esperanza de que pudieran ofrecer tratamiento a los ciudadanos heridos de Hetzal.
Si alguno hubiera sobrevivido.
«Vaya a su instalación de transporte extraplanetaria más cercana,» decía el ministro Ecka a un droide cámara que grababa sus palabras e imágenes y las transmitía por todo el sistema. “Enviaremos naves para recoger a las personas que no tienen otra forma de salir del planeta. Puede que lleve tiempo, pero mantengan la calma y la paz. Tienen mi palabra, iremos por vosotros. Todos somos parte de la misma cosecha. Con abundancia de reservas. Sobreviviremos a esto de la misma forma que hemos sobrevivido a duros inviernos y secos veranos, uniéndonos.»
“Todos somos Hetzal. Todos somos la República,” dijo.
Levantó una mano y el droide cámara dejó de transmitir. Este era el cuarto mensaje que había enviado desde que comenzó la emergencia y esperaba que sus comunicaciones estuvieran funcionando bien. Los informes sugerían que no, los disturbios estaban comenzando en los puertos espaciales de los tres mundos habitados, pero ¿qué más podía hacer? Transmitía sus mensajes desde su oficina en la ciudad de Aguirre, demostrando que no había abandonado a su pueblo aunque seguramente podría hacerlo. Una muestra de solidaridad. No era mucho, pero era algo.
A su alrededor, el resto de su personal coordinó sus propios intentos de ayudar de cualquier manera que pudieran. El General Borta trabajó con su escasa flota de seguridad para mantener el orden y transportar a la gente fuera del planeta. Con la ayuda del Consejero Daan, habían organizado varios de los enormes cargueros de cultivos actualmente en tránsito para actuar como puntos de retransmisión, ordenándoles que arrojasen su cargamento y despejasen todo el espacio para los refugiados entrantes. Cada uno podía albergar a decenas de miles de personas. No cómodamente, por supuesto, pero esta no era una situación en la que la comodidad importara.
Las naves más pequeñas transportaban a los hetzalianos hasta los cargueros, descargaban a su gente y luego regresaban corriendo para recoger más. Era un sistema imperfecto, pero era lo que habían podido organizar sin previo aviso. No había ningún plan para algo como esto.
El ministro Ecka se culpaba a sí mismo por eso, pero ¿cómo podía saberlo? No era previsible que esto pudiera suceder. Era imposible, fuera lo que fuera. Después de todo, era solo un granjero, y…
No, pensó, repentinamente avergonzado de sí mismo. Era el ministro Zeffren Ecka, líder de todo el maldito sistema. No importaba si no había podido anticipar este desastre, estaba sucediendo y tenía que hacer todo lo posible.
Mientras consideraba ese pensamiento, miró a Keven Tarr, que no había dejado de organizar su pequeña red, tratando de mantener el flujo de información. El joven ahora estaba trabajando con tres datapads separados y una serie de droides de comunicaciones que proyectaban varias pantallas en las paredes, obteniendo tantos datos como podía sobre el alcance del desastre que continuaba causando estragos en el sistema. Todavía no tenía respuestas reales, aparte de confirmar continuamente que Hetzal estaba siendo atacado lo que fuera que castigaba al sistema. Satélites, redes, estaciones. . . destrozados por la mortal tormenta que se había hecho presente. Era como los enjambres de moscas masticadoras estacionales que solían plagar la Luna Frutada hasta que desaparecieron genéticamente modificados.
Si llegaba el enjambre, no había nada que pudieras hacer. Te agachabas, sobrevivías y volvías a sembrar tus campos cuando todo hubiera pasado.
Ecka observó cómo Keven Tarr se limpiaba el sudor de los ojos y luego volvió a mirar su datopad principal, el que había apoyado en la mesita auxiliar que estaba usando como escritorio.
Los ojos de Tarr se agrandaron y sus dedos se congelaron, flotando sobre la pantalla.
«Ministro,» dijo. «Estoy… Recibo una señal.»
«¿Qué señal?» Dijo Ecka.
«Yo solo… se la paso,» dijo Tarr, y había un tono extraño en su voz, de sorpresa o simplemente algo inesperado.
Las palabras crepitaron en el aire, uno de los droides de comunicaciones del técnico transmitió el mensaje a la oficina del ministro Ecka. Era una voz de mujer. Fueron solo unas pocas palabras, pero contenían… Lo único que más se necesita en ese momento.
“Aquí la Maestra Jedi Avar Kriss. La ayuda está en camino.»
Esa única cosa.
Esperanza.
CAPÍTULO CUATRO
CRUCERO DE CLASE EMISARIO DE LA REPÚBLICA TERCER HORIZONTE. 90 minutos para el impacto.
Una nave apareció en el sistema Hetzal, saltando del hiperespacio y desacelerándose rápidamente mientras volvía a velocidades convencionales. Estaba profundamente orientado hacia el sol, y los pozos de gravedad que necesitaba para navegar destrozarían una nave menor, o incluso ésta, si la tripulación del puente no daba de sí lo mejor que la República tenía para ofrecer.
La nave era el Tercer Horizonte y era hermosa. Las superficies de la nave ondulaban a lo largo de su estructura como olas en un mar plateado, estrechándose hasta un punto, con torres y almenas a lo largo, como una fortaleza tendida de lado, todo alas, agujas y espirales. Rezumaba ambición. Exhibía optimismo. Mostraba algo que se ha hecho hermoso porque podía hacerse, sin tener en cuenta el coste o el esfuerzo.
El Tercer Horizonte fue una obra de arte, símbolo de la gran República de mundos a los que representaba.
Cápsulas más pequeñas empezaron a lanzarse desde las bahías del casco de la nave, despegándose como pétalos de flores en la brisa, lanzando motas de plata y oro. Éstos eran las lanzaderas de la Orden Jedi, sus Vectores. De la misma manera en que los Jedi y la República trabajaban como uno solo, así lo hizo la gran nave y su contingente Jedi. Las naves más grandes también salieron de los hangares del Tercer Horizonte, los caballos de batalla de la República: Longbeams. Naves versátiles, cada una de las cuales puede realizar tareas de combate, búsqueda y rescate, transporte y cualquier otra cosa que su tripulación pueda necesitar.
Los Vectores se configuraron como naves de uno o dos pasajeros, ya que no todos los Jedi viajaban solos. Algunos llevaban a sus padawans con ellos, para que pudieran aprender las lecciones sus Maestros tuvieran que enseñarles. Los Longbeams podían volar con tan solo tres tripulantes, pero podían transportar cómodamente hasta veinticuatro (soldados, diplomáticos, médicos, técnicos) lo que fuera necesario.
Las naves más pequeñas giraron hacia el sistema, alejándose del Tercer Horizonte con un propósito. Cada uno con un destino, cada uno con un objetivo. Cada uno con vidas que salvar.
En el puente del Tercer Horizonte, una mujer, humana, estaba sola. La actividad se agitó a su alrededor, en los espacios abovedados y nichos del puente, mientras los oficiales, navegantes y especialistas comenzaron a coordinar sus esfuerzos para salvar el sistema Hetzal de la destrucción. El nombre de la mujer: Avar Kriss, y durante la mayor parte de sus aproximadamente tres décadas, miembro de la Orden Jedi. Llegó al gran Templo de Coruscant de niña, esa escuela, embajada, monasterio y recordatorio de la Fuerza que conecta a todos los seres vivos. Primero fue una jovencita y, a medida que avanzaban sus estudios, Padawan, luego Caballero Jedi y finalmente…
Avar Kriss
…una maestra.
Esta operación era suya. Un almirante llamado Kronara estaba al mando del Tercer Horizonte (el cual era parte de la pequeña flota de mantenimiento de la paz sostenida por la Coalición de Defensa de la República) pero había cedido el control del esfuerzo para salvar a Hetzal a los Jedi. No hubo conflicto ni discusión sobre la decisión. La República tenía sus puntos fuertes y los Jedi los suyos, y cada uno los usaba para apoyar y beneficiar al otro.
Avar Kriss estudiaba el sistema Hetzal, proyectado en la pared plateada plana del puente por un droide de comunicaciones especialmente diseñado que se cernía ante ella. Las imágenes eran una composición recopilada de fuentes del sistema, así como de los sensores del Tercer Horizonte. En verde, los mundos, naves, estaciones espaciales y satélites de Hetzal. Sus propios activos, los Vectores, Longbeams y el propio Tercer Horizonte, eran azules. Los fragmentos de muerte caliente que se movían a través del sistema a una velocidad increíble, de origen y naturaleza aún desconocidos, eran rojos. Mientras miraba, aparecieron nuevas motas escarlatas en la pantalla. Lo que sea que estuviera sucediendo aquí, aún no había terminado.
La Jedi acarició su hombro, donde una larga capa blanca estaba abrochada con una hebilla dorada hecha con la forma del símbolo de su Orden (un amanecer vivo). Se trataba de ropa ceremonial, apropiada para el cónclave conjunto Jedi-República al que había asistido el Tercer Horizonte en la recién terminada estación espacial intercambiador galáctico llamada Faro Starlight. Ahora, sin embargo, considerando la tarea que tenía entre manos, las prendas ornamentales eran una distracción. Avar golpeó la hebilla y la capa se soltó. Cayó al suelo en un charco de tela, revelando una túnica blanca más sencilla debajo, adornada en oro. En su cadera, en una funda blanca, un cilindro de metal, una sola pieza de electrum blanco plateado elegante, como el mango de una herramienta sin la herramienta en sí. A lo largo, una línea tallada en espiral de piedra de mar verde brillante, que sirve como agarre y adorno, se extiende hasta una cruz en un extremo. Un arma en la que era experta, pero que no necesitará hoy. Los sables de luz de los Jedi no salvarían a Hetzal. Serán los propios Jedi.
Avar se sentó en el suelo y se acomodó con las piernas cruzadas. Su cabello rubio hasta los hombros, se movió hacia atrás y lejos de su rostro de manera aparentemente autónoma. Se dobló en un complejo nudo, un mandala, cuya creación era en sí misma una ayuda para concentrarse. Cerró los ojos.
La Maestra Jedi ralentizó su respiración, extendiendo la mano hacia la Fuerza que la rodeaba, la inundaba. Lentamente, empezó a elevarse, deteniéndose cuando se encontraba flotando un metro por encima de la cubierta.
Alrededor del puente, la tripulación del Third Horizon se dio cuenta. Asintieron o sonrieron levemente, o simplemente sintieron florecer la esperanza, antes de volver a sus tareas urgentes.
Avar Kriss no se dio cuenta. Solo existía la Fuerza, y lo que le decía, y lo que debía hacer.
Empezó.
CAPITULO CINCO HETZAL PRIME. EN ÓRBITA. 80 minutos para el impacto.
BELL ZETTIFAR
Bell Zettifar sintió los primeros contactos de la atmósfera con la nave. Su Vector no tenía un nombre, no oficialmente, todas las naves eran básicamente iguales, y en teoría intercambiables entre sus pilotos Jedi, pero él y su maestro siempre usaban el mismo, con la marca en las alas de una tormenta de iones por la que habían volado una vez. El patrón era como de pequeños estallidos estelares, así que Bell (así lo imaginaba en su mente, nunca lo expresaba en voz alta) llamó a su nave la Nova.
Los Vectores tenían un diseño tan mínimo como podría serlo una nave estelar. Poca protección, casi sin armamento, muy poca asistencia informática. Sus capacidades fueron definidas por sus pilotos. Los Jedi eran el escudo, el armamento, las mentes que calculaban lo que podía lograr la nave y hacia dónde podía ir. Los vectores eran pequeños, ágiles. Una flota de ellos juntos era un espectáculo para la vista, los Jedi en el interior coordinaban sus movimientos a través de la Fuerza, logrando un nivel de precisión que ningún droide o piloto ordinario podía igualar.
Parecían una bandada de pájaros, o tal vez hojas caídas arremolinándose en una ráfaga de viento, todas dibujadas en la misma dirección, unidas por alguna conexión invisible… puede que Fuerza. Bell había visto una exhibición sobre Coruscant una vez, como parte de los programas de divulgación del Templo. Trescientos Vectores moviéndose juntos, dardos de oro y plata brillando al sol sobre la Plaza del Senado. Se separaban y se entretejían en trenzas y se batían entre sí a una velocidad increíble e imposible. La cosa más hermosa que jamás había visto. La gente lo llamó Drift. Una corriente de Vectores.
Pero ahora el Nova volaba solo, unicamente con dos Jedi a bordo. Él, el aprendiz de Jedi Bell Zettifar, y más adelante en el asiento del piloto, su maestro, Loden Greatstorm. El contingente Jedi a bordo del Tercer Horizonte se había dividido y los Vectores se dirigían a ubicaciones por todo el sistema. Había demasiadas tareas por realizar y muy poco tiempo.
LODEN GREATSTORM
Su destino era el cuerpo planetario habitado más grande, Hetzal Prime. Su tarea, vaga pero crucial: Ayuda.
Bell miró por la ventana para ver la curva del mundo debajo: verde, dorado y azul. Un lugar hermoso, al menos desde esta altura. En la superficie, sospechaba que las cosas podrían ser diferentes. Las estelas de los motores de las naves espaciales se podían ver hasta el horizonte, un éxodo masivo de naves que se dirigían al exterior. El Nova y algunos otros Vectores y Longbeams de la República que podía ver aquí y allá eran las únicas naves que se dirigían hacia el interior del planeta.
«Entrando en la atmósfera superior, Bell,» dijo Loden, sin volverse. «¿Estás listo?»
«Sabes que amo esta parte, Maestro,» dijo Bell.
Greatstorm se rió entre dientes. La nave se precipitó o cayó, era difícil notar la diferencia. Un rugido se filtró desde el exterior cuando el espacio pasó a ser atmósfera. Los flancos de ataque precisamente fabricados de las alas del Vector cortaron el aire tan finamente como cualquier hoja, pero incluso con ellos encontraron cierta resistencia.
El Nova se abrió paso a través de los niveles más altos de la atmósfera de Hetzal Prime (no, no se desquebrajó). Loden Greatstorm era un piloto demasiado bueno para eso. Algunos Jedi usaron sus Vectores de esa manera, pero él no. Zigzagueó con la nave, deslizándose a través de las corrientes de aire, conduciéndolas hacia la parte inferior, dejando que la nave se convirtiera en una parte más de la interacción entre la gravedad y el viento sobre la superficie del planeta. La nave quería caer, y Greatstorm lo permitió. Era estimulante, mortal, insuperable, y el Vector fue diseñado para transmitir hasta la última vibración y balanceo a los Jedi que estaban dentro, para que pudieran dejar que la Fuerza los guiara de manera que pudieran responder lo mejor posible. Bell apretó sus manos en forma de puños. Su cara dibujó una sonrisa.
«Espectacular,» dijo, sin pensar. Su maestro se rió.
«Nada de eso, Bell,» dijo Loden. “Acabo de encaminarnos hacia el planeta. La gravedad se ocupa del resto».
Una curva larga y deslizante, suave como el curso de un río, y luego el Nova se enderezó, ahora lo suficientemente cerca de la superficie del planeta para que Bell pudiera distinguir edificios, vehículos y otras características más pequeñas debajo. Parecía tan pacífico. No hay indicios del desastre en curso en el sistema. Nada más que el creciente número de naves que despegan desde la superficie.
«¿Dónde deberíamos aterrizar?» dijo Bell. «¿Te lo dijo la maestra Kriss?»
«Se dejó a nuestra discreción,» contestó Greatstorm, mirando a un lado, mostrando su perfil oscuro, erosionado, montañoso, con su lekku Twi’lek naciendo desde la parte de atrás de su cráneo. Sus ojos rastrearon los senderos usados para la evacuación planetaria en curso. «Ayudaremos de cualquier manera que podamos».
“Pero es todo un planeta. Cómo sabremos a dónde… «
«Dímelo tú, chico,» dijo Loden. «Búscame un lugar adonde ir.»
«¿Es un ejercicio?» Preguntó Bell.
«Es un ejercicio.»
La filosofía de Loden Greatstorm como maestro era muy simple: si Bell era teóricamente capaz de algo, incluso si Loden pudiera hacerlo diez veces más rápido y cien veces más hábilmente, entonces Bell terminaría haciendo eso, no Loden. “Si hago todo, nadie aprende nada”, le gustaba decir a su maestro.
Loden no tenía que hacer todo, pero a Bell le habría gustado que, de vez en cuando, hiciera algo. Ser el aprendiz del gran Greatstorm era un desafío interminable de tareas imposibles. Había estado entrenando en el Templo Jedi durante quince de sus dieciocho años, y nunca había sido fácil, pero ser el Padawan de Loden estaba a un nivel completamente diferente. Todos los días, sin excepción, lo llevaba al límite. Cualquier tiempo libre que Bell tenía lo pasaba sumiéndose en el sueño más profundo conocido de manera desesperada hasta que todo volvía a comenzar. Pero… Estaba aprendiendo. Era mejor ahora que hace seis meses, en todo.
Bell sabía lo que su maestro quería que hiciera. Otra tarea imposible, pero él era un Jedi, o lo sería, y a través de la Fuerza todo era posible.
Cerró los ojos y abrió su espíritu, y ahí estaba, la pequeña luz dentro de él que nunca dejaba de arder. Siempre, al menos, la llama de una vela y, a veces, si se concentraba, podía convertirse en una llamarada. Unas cuantas veces, se había sentido tan brillante como el sol, con tanta luz a través de él que temía quedarse ciego. Aunque, realmente, no importaba. De la chispa al infierno: cualquier conexión con la Fuerza ahuyentaba las sombras.
Bell profundizó en la luz dentro de sí mismo, sintiendo los puntos de conexión con otra vida, otros fuentes de la Fuerza en el planeta que tenían bajo ellos. Muy cerca de él sintió una fuente de gran poder y energía. Actualmente estaba almacenada, como carbón en un incendio, pero enormes depósitos de fuerza estaban claramente disponibles si se necesitaban. Este era su maestro, Loden. Bell pasó junto a él. Estaba buscando algo más.
Allí. Como un holograma de larga distancia enfocándose cuando la señal por fin tenía la suficiente potencia, la red de Fuerza que conectaba las mentes y espíritus de los miles de millones de habitantes de Hetzal Prime aparecieron en la mente de Bell. No era una imagen totalmente clara, sino más bien impresiones, un mapa de zonas emocionales, no tan diferente del mosaico de tierras de cultivo que parpadeaba muy por debajo de la Nova.
Sobre todo, lo que sintió fue pánico y miedo, emociones que los Jedi trabajaban muy duro para purgar de sí mismos. Según las enseñanzas, se suponía que el único contacto de un verdadero Jedi con el miedo era sentirlo en otros seres; una experiencia bastante común. Bell había sentido esas emociones reflejadas muchas veces, pero siempre junto con el amor, la esperanza, la sorpresa y muchos matices de alegría; el espectro de sentimientos inherentes a todos los seres.
Bueno, por lo general. En Hetzal Prime, en este momento, era más bien pánico y miedo.
Bell no se sorprendió. Había escuchado la orden de evacuación: «Desastre de escala sistémica en curso. A todos los seres se les ordena inmediatamente que abandonen el sistema Hetzal por cualquier medio disponible y que permanezcan a una distancia mínima de seguridad». Sin explicación, sin advertencia, y las matemáticas tenían que ser obvias para todos. Miles de millones de personas, y claramente no hay suficientes naves estelares para evacuarlas a todas. ¿Quién no entraría en pánico?
En un mundo que bullía con ese tipo de energía negativa, era difícil pensar en lo que serían capaces de lograr dos Jedi. Pero Loden Greatstorm le había encomendado una tarea a Bell, por lo que continuó buscando un lugar donde pudieran ayudar.
Alguna cosa… Un nudo de tensión, enrollado, denso… Un conflicto, una pregunta, una sensación de que las cosas no son como deberían, una sensación de injusticia.
Bell abrió los ojos.
“Al Este,” dijo.
Si hubía alguna injusticia ahí fuera, bueno… Traerían justicia. Los Jedi eran justicia.
El Nova se ladeó, acelerando suavemente bajo el control de Loden. El maestro de Bell lo dejaba volar de vez en cuando (la nave podía controlarse desde cualquier asiento), pero los Vectores requerían casi tanta habilidad para pilotarlos como un sable de luz. Dadas las circunstancias, Bell estaba feliz de dejar que Loden tomara la iniciativa.
En cambio, sirvió como navegante, usando su todavía fuerte conexión con la Fuerza para guiar a su Vector hacia el área de intenso conflicto que había sentido, cantando las direcciones a Loden, afinando la trayectoria de la nave.
«Deberíamos estar justo encima,» dijo Bell. «Sea lo que sea.»
«Lo veo,» dijo Loden, con voz entrecortada, tensa. Por lo general, sus palabras llevaban una sonrisa, incluso cuando arrojaba una crítica brutal sobre la educación Jedi de Bell. Ahora no. Lo que sea que Bell estuviera sintiendo, sabía que el Maestro Greatstorm también podía sentirlo, y probablemente en un nivel más intenso. Abajo en la superficie, justo debajo de donde el Vector estaba dando vueltas, la gente iba a morir. Quizás ya lo había hecho.
Loden volvió a ladear la nave mientras volaba en un círculo cerrado, dándoles a ambos una visión clara del suelo a través del transpariacero de la burbuja de la cabina del Nova.
Cien metros más abajo había una especie de recinto amurallado. Grande, pero no enorme, probablemente el hogar de una persona o familia adinerada en lugar de una instalación del gobierno. Una gran multitud de personas rodeaba las paredes, concentrada alrededor de las puertas. Una sola mirada le dio a Bell la razón.
Atracada dentro del complejo había una gran nave estelar. Parecía un yate de recreo, lo suficientemente grande como para albergar cómodamente a veinte o treinta pasajeros más la tripulación. Y si a los pasajeros no les importaba la comodidad, el yate probablemente podría superar diez veces esa cantidad de personas. La nave tenía que ser visible desde el nivel del suelo: su casco sobresalía por encima de las paredes del complejo, y la gente que abarrotaba las puertas claramente pensaba que era su única salida del planeta.
Los guardias armados apostados en todos los costados de los muros parecían pensar de manera diferente. Mientras Bell observaba, un rayo láser se disparó al aire desde cerca de la puerta; un disparo de advertencia, afortunadamente, pero estaba claro que el tiempo de las advertencias estaba llegando a su fin rápidamente. La tensión en la multitud iba en aumento y no hacía falta ser un Jedi para saberlo.
«¿Por qué no dejan entrar a la gente?» Preguntó Bell. «Esa nave podría poner a muchos de ellos a salvo».
«Vamos a averiguarlo,» dijo Loden.
Accionó un interruptor en su panel de control. La burbuja de la cabina se deslizó suavemente hacia atrás, desapareciendo en el casco de la Nova. Loden se dio la vuelta, sonriendo, el viento azotando a ambos, ondeando el lekku de Loden y las rastas de Bell.
«Nos vemos abajo,» dijo. «Recuerda. La gravedad hace la mayor parte del trabajo.»
Luego saltó.
CAPITULO SEIS SISTEMA HETZAL. LONGBEAM REPUBLICANO AURORA IX. 75 minutos parael impacto.
«¿Está seguro de esto Capitán?» Dijo el contramaestre Innamin, apuntando a su pantalla, que mostraba el camino aproximado de una de las anomalías del hiperespacio mientras se dirigía hacia el centro del sistema. «Tenemos que derribar esta cosa antes de que mate a alguien. Tal vez a muchos. El problema es que nuestros procesadores de objetivo no pueden calcular la trayectoria. La anomalía se mueve demasiado rápido. En el mejor de los casos, diría que tenemos una posibilidad entre tres de dar en el blanco.»
El Capitán Bright negó con la cabeza, sus tentáculos crujieron contra sus hombros. Sabía que probablemente debería reprender a Innamin por cuestionar sus órdenes. El chico lo hacía todo el tiempo: era joven para ser humano, tenía poco más de dos décadas y, por regla general, siempre se creía más listo. Bright generalmente le dejaba salirse con la suya. La vida era demasiado corta y las naves que pilotaban eran, a fin de cuentas, demasiado pequeñas para, además, añadir tensión innecesaria a la mezcla. Una pregunta reflexiva de vez en cuando no era exactamente insubordinación.
Uno de cada tres, pensó. No sabía exactamente qué esperar. Simplemente… Mejor que una de cada tres probabilidades de que realmente pudieran cumplir su misión.
El Longbeam, con el distintivo Aurora IX, era de última generación, un nuevo diseño de los astilleros de la República en Hosnian Prime. No era una nave de guerra como tal, pero tampoco era fácil de manejar. La nave tenía procesadores distribuidos que podían controlar múltiples objetivos de tiro, ofrecer ráfagas de bláster, misiles y contramedidas defensivas en una sola descarga. No era difícil de mirar. Bright pensó que se parecía a uno de los peces martillo que solía cazar en Glee Anselm, con cráneo grueso y contundente que se estrechaba hasta una única sinuosa y elegante aleta final. Era una bestia dura y hermosa, no había duda. Por otro lado, su objetivo, uno de los misteriosos objetos que corren por el sistema Hetzal, se movía a una velocidad cercana a la de la luz. Había salido del hiperespacio como un perdigón al rojo vivo disparado por un rifle. El Aurora IX podía ser de última generación, pero eso no significaba que la nave pudiera hacer milagros.
Los milagros eran para los Jedi.
Y aparentemente estaban ocupados de otra manera en ese momento.
«Dispara seis misiles,» ordenó Bright.
Innamin vaciló.
«Eso es todo lo que tenemos, señor ¿Está seguro…?
Bright asintió. Hizo un gesto hacia la pantalla de la cabina de Innamin. Mostraba un indicador de amenaza rojo (el proyectil) en trayectoria de colisión con un disco verde más grande, que representaba una estación de recolección solar equidistante de los tres soles del sistema Hetzal. La cosa todavía estaba a cierta distancia, pero se acercaba a cada momento.
“La anomalía se dirige directamente a esa estación granja solar. Los datos que obtuvimos de Hetzal Prime dicen que la estación tiene siete tripulantes a bordo. No podemos llegar a tiempo para evacuar antes de que sea alcanzado, pero nuestros misiles sí. Si tenemos una posibilidad entre tres de derribar el objeto, enviar seis duplica nuestras posibilidades. Aún no hay probabilidades perfectas, pero… «
El último miembro de su tripulación, el alférez Peeples, hizo sonar su trompa como si estuviera a punto de hablar, pero Bright hizo un gesto con la mano para que se apartara y continuó sin detenerse.
“Sí, Peeples, sé que las números no son los correctos. Pero lo que más me preocupa es una ecuación diferente: si disparamos seis misiles, podríamos salvar a siete personas. Veamos lo qué podemos hacer.»
Los sistemas de fijación del objetivo de la Aurora IX trabajaban lentamente, no pareciendo tan modernos ahora que el letal punto rojo se dirigía hacia las personas atrapadas en la granja solar sin posibilidad de escapar. El Longbeam se aproximaba al conjunto a su velocidad máxima, reduciendo así la distancia que sus armas tendrían que recorrer, resolviendo un complejo problema que implicaba trayectoria, aceleración y física, algo que despertó los propios instintos tridimensionales de Bright que había ido afinando gracias a una gran parte de su vida bajo el agua. . Volvió a sacudir la cabeza, haciendo crujir la nube de espesos tentáculos verdes que emergían de la parte posterior de su cráneo, enojado consigo mismo por distraerse cuando la gente rezaba por sus vidas.
Una vez disparados los misiles, seis rápidos whmph lanzados a través del casco de la nave, al Aurora IX sólo contaba con láseres. Las armas se dispararon, dejando finos rastros de humo marcando su camino. Se quedaron fuera del alcance visual en un instante, alcanzando su velocidad máxima velocidad en segundos.
«Misiles fuera,» dijo Innamin.
Ahora era el momento de ver si ese elegante procesador distribuido había calculado y transmitido correctamente las trayectorias de impacto a los misiles. Cabía la posibilidad de que los seis acertasen. No era imposible.
La tripulación de la cubierta, todos a una, miraban la pantalla de visualización que rastreaba los seis misiles, la veloz anomalía, su propia nave y la estación de recolección de energía solar que se estaba convirtiendo rápidamente en el punto de colisión de los nueve objetos.
El primero de los misiles parpadeó en la pantalla. Ningún otro cambio.
«El misil uno ha fallado,» dijo Innamin, innecesariamente.
Dos misiles más desaparecieron. Bright levantó una mano antes de que Innamin pudiera hablar de nuevo.
«Todos lo podemos ver, Suboficial,» dijo.
Dos fallos más. Sólo quedaba uno. Todo lo demás permanecía inalterado.
El último misil desapareció de la pantalla, ni siquiera cerca de la anomalía. Un suspiro colectivo de desesperación atravesó el puente.
«¿Blasters?» Bright preguntó, sabiendo la respuesta.
«Lo siento, señor», dijo el alférez Peeples, su voz era un quejido aflautado agudo. «Ni el mejor artillero del universo habría acertado ese tiro, y supongo que apenas estoy entre los diez primeros.»
Bright suspiró. La especie de Peeples tenía una comprensión del humor radicalmente única: no por los chistes en sí, que a menudo eran lo suficientemente decentes, sino en cuanto al momento adecuado para soltarlos.
“Gracias, Alférez,” dijo Bright.
La granja solar era ahora visible en la pantalla, una estructura grande y delgada, como uno de los corales pluma de la zona de residencia de Bright. Cientos de largos brazos dispuestos en una espiral que gira desde una esfera central en la que la tripulación vivía y trabajaba. Cada uno de esos brazos estaba lleno de paneles de recolección a lo largo, parpadeando y rotando lentamente mientras bebían la luz de los tres soles que dieron a Hetzal Prime y sus mundos satélites sus únicas y largas temporadas de crecimiento. El conjunto recolectaba la luz del sol para entregarla a los mundos de cultivo, almacenándola y transportándola a través de una tecnología patentada que era el orgullo del sistema.
La estación era hermosa. Bright nunca había visto nada parecido. Parecía cultivada, y tal vez lo fuera. Supuestamente, todos los cultivos de la galaxia podrían crecer en algún lugar de los mundos de Hetzal. Quizás eso se extendió a las estaciones espaciales.
Luego, una racha brillante, demasiado rápida para procesarla incluso para ojos tan capaces como los oscuros y grandes orbes oculares de Bright, diseñados por la evolución para captar detalles en las profundidades sin luz de los mares de Glee Anselm. En un instante, la estación recolectora solar fue destruida. Haste ese momento se había mantenido intacta, cumpliendo su función. Y al instante siguiente, en llamas, con la mitad de los brazos colectores destrozados, alejándose lentamente hacia el espacio.
La esfera central resistió, aunque las llamas atravesaron su casco exterior, y el fuego hacía su danza silenciosa en gravedad cero. Mientras Bright observaba, la iluminación exterior de la estación parpadeó, chispeó y se apagó.
Bright se llevó una mano a la frente. Él también parpadeó. Una vez, lentamente.
Luego se volvió hacia su tripulación.
«No sabemos con certeza si las personas a bordo de esa estación están muertas,» dijo, mirando los rostros solemnes de su tripulación.
“Me gustaría intentar un rescate, pero eso” —y señaló la pantalla de visualización de la estación destrozada y en llamas, que se agrandaba a medida que se acercaba al Aurora IX— “podría colapsar en cualquier momento. O explotar. O implosionar. No lo sé. El caso es que si estamos acoplados cuando suceda, también estaremos muertos.»
Bright golpeó uno de sus tentáculos con la yema del dedo.
«Soy Nautolano, un hecho del que estoy seguro vosotros dos sois conscientes. Piel verde, grandes ojos negros, ¿qué más podría ser? Lo que quizás no sepais es que estos tentáculos me permiten recoger feromonas de otros seres, lo que traduzco en una comprensión de sus estados emocionales. Así es como los conozco a ustedes dos… Están aterrorizados.»
Peeples abrió la boca, pero acto seguido, de alguna manera y milagrosamente, lo pensó mejor y no hizo ninguna broma, volviendo a cerrar la boca.
«Entiendo que estés asustado,» continuó Bright, «pero tenemos un deber. Yo lo sé y ustedes también lo saben. Necesitamos hacerlo.»
Innamin y Peeples se miraron el uno al otro para luego volver a mirar a su capitán.
«Todos somos la República, ¿verdad?» Dijo Innamin.
Bright asintió. Y sonrió, mostrando los dientes.
«De hecho lo somos, suboficial».
Señaló a Peeples.
«Alférez, llévenos dentro.»
CAPITULO SIETE
SISTEMA HETZAL. SOBRE LA LUNA FRUTADA.
70 minutos para el impacto.
Tres Vectores Jedi y un Longbeam de la República surcaban el espacio, lanzados alrededor de la esfera naranja y verde que era la Luna Frutada de Hetzal, legendaria en toda la galaxia por su productividad. Cuatro mil millones de personas residían allí, cultivando, creciendo y viviendo sus vidas. Todos estarían muertos en menos de treinta minutos si los cuatro Jedi y los dos oficiales de la República no podían destruir o desviar de alguna manera el objeto que se dirigía directamente a la luna.
La anomalía estaba en la cara mayor, era más grande que el Longbeam, y en trayectoria de colisión con la masa terrestre principal de la luna. Debido a su velocidad, una porción significativa de la capa exterior de la luna se vaporizaría instantáneamente con el impacto, dispersándose en la atmósfera. Luego vendría el calor, las llamas, arrasando la superficie y dejándola sin vida, ya fuera vegetal, animal o cualquier otra especie.
Eso asumiendo que toda la maldita luna no sea destruída en el momento en que la anomalía la golpee, pensó Te’Ami mientras ladeaba su nave suavemente, siguiendo una curva precisa con los otros dos Vectores piloteados por sus colegas Jedi, realizando la maniobra tanto a través de su conexión con la Fuerza como con sus manos a los mandos de control.
La destrucción total de la Luna Frutada no era imposible. La cantidad de energía transferida por el impacto del objeto caería como un golpe de martillo sobre el pequeño planetoide. Los mundos parecían irrompibles cuando estabas sobre ellos, pero Te’Ami había visto algunas cosas en sus tiempos… A la galaxia no le importaba lo que pensabas que no se podía romper. Rompería cosas solo para mostrarte que puede hacerlo.
La pequeña flota se movía a una velocidad increíble, se dirigía directamente hacia la anomalía. La Maestra Kriss en el Tercer Horizonte había designado esto como una misión de alta prioridad, lo cual Te’Ami entendió. Cuatro mil millones de personas, realmente una prioridad alta.
Podía sentir a Avar en el fondo de su mente, no en palabras, más como una sensación de su presencia. La Maestra Kriss tenía un conjunto de habilidades poco común entre los Jedi: podía detectar los vínculos naturales entre los usuarios de la Fuerza y fortalecerlos, usarlos casi como una especie de red de comunicaciones. Era inexacta, mejor para transmitir sensaciones o ubicaciones, pero seguía siendo una habilidad útil, particularmente en un escenario en el que un centenar de Jedi intentaban salvar todo un sistema a la vez.
Sin embargo, no solo es útil. Fue reconfortante. Ella no estaba sola. Ninguno de ellos lo estaba. Fracasaran o tuvieran éxito, los Jedi estaban juntos en esto.
Pero no fallaremos, pensó Te’Ami. Extendió un dedo largo y verde y accionó uno de los interruptores meticulosamente construido de su consola. Su comunicador se abrió.
“Longbeam Republicano, es el momento. Necesito que me transfieras el control tu sistema armamentístico,” dijo.
«Recibido,» fue la respuesta del Longbeam, pronunciada por su piloto, Joss Adren. Su esposa, Pikka, estaba en el asiento del copiloto. Te’Ami no los conocía personalmente, tan solo que no formaban parte de la tripulación del Tercer Horizonte y que habían ofrecido su ayuda de inmediato cuando el crucero entró en el sistema y la magnitud del desastre quedó clara. El almirante Kronara les asignó un Longbeam, era mejor disponer de otra nave allí para ayudar en lugar de dejarla inactiva en su hangar. La pequeña conversación, no relacionada con la misión, de camino a la Luna Frutada le había hecho pensar que Joss y Pikka eran contratistas de algún tipo: trabajadores en el Faro Starlight buscando un viaje de regreso al Núcleo ahora que su trabajo estaba hecho.
Parecían buenas personas. Te’Ami también esperaba que fueran habilidosos. Esto no iba a ser fácil.
Una luz ámbar parpadeó en la pantalla de Te’Ami, para luego mantenerse estable.
«Las armas están bajo su control», dijo Joss.
«Gracias,» dijo, luego accionó varios interruptores antes de llevar rápidamente sus manos hacia los mandos. Los Vectores podían ser naves complicadas: la capacidad de respuesta fluida de los controles significaba que podían realizar maniobras increíbles, pero solo si se conseguía mantener la concentración.
«Perfecto amigos míos,» dijo.» ¿Estamos listos?»
Las respuestas llegaron a través del canal exclusivo para Jedi.
La voz baja de Mikkel Sutmani retumbó desde sus altavoces, inmediatamente traducida a Básico a través de los sistemas de a bordo. «Listo para partir,» dijo Mikkel. El ithoriano más sensato que jamás había conocido. Nunca decía mucho, pero siempre cumplía con su deber.
«Estamos listos también», dijo Nib Assek, el tercer y última Caballero Jedi de su pequeño escuadrón. Su padawan, Burryaga Agaburry, no dijo nada. No es de extrañar. Era un joven Wookiee y solo hablaba Shyriiwook, aunque entendía el Básico. Nib hablaba bien su idioma; ella lo había aprendido específicamente para aceptarlo como su aprendiz. No era fácil para una garganta humana recrear los gruñidos y gemidos gorjeantes que componían el discurso Wookiee, pero había hecho el esfuerzo. Te’Ami y Mikkel, sin embargo, no pudieron entender una palabra de lo que dijo Burryaga.
Independientemente, si Nib Assek dijo que ella y su padawan estaban listos, lo estaban.
“Conce´ntrate,” dijo Te’Ami. “Lo haremos juntos. Como si fuéramos uno».
“Extendió sus sentidos a través de la Fuerza, buscando el meteorito mortal (o lo que fuera, los escaneos no eran concluyentes) que se precipitaba por el espacio hacia ellos. Ahí. Podía sentirlo, distorsionando la gravedad a lo largo de su trayectoria. Consideró, pensando en dónde había estado el objeto, dónde estaba, dónde estaría.
Más específicamente, dónde estaría cuando todo el poder de los sistemas de armas en los Vectores y el Longbeam lo golpearan conjuntamente.
Este disparo no se podía calcular usando computadoras. Tenía que hacerse sintiéndolo, con la Fuerza, por todos los Jedi a la vez en un solo momento.
«Tengo el objetivo,» dijo. «¿Estamos listos?»
No hubo respuesta de los otros Jedi, pero ella no la necesitaba. Podía sentir su asentimiento a través del vínculo que la Maestra Kriss mantenía en la superficie de Hetzal Prime. Fue más rápido que hablar, más efectivo.
«Vamos a convertirnos en lanzas», dijo, pronunciando una frase ritual de su propia gente, los Duros.
Sin querer apartar sus manos de los mandos de control en un momento tan crucial, Te’Ami liberó un retazo de la Fuerza y lo usó para sacar su sable de luz de la funda de su cinturón. Su empuñadura era de cerakote oscura con un travesaño de cobre muy deslustrado. La hoja, cuando estaba encendida, brillaba en azul. El artilugio estaba rayado y desgarrado por el uso, y tenía una mancha desagradable de soldadura, cerca de la culata, donde había soldado uno de los componentes que se había desprendido. Si había un sable de luz más feo en la Orden, no lo conocía.
Pero se encendía cuando ella quería, y el cristal kyber que lo alimentaba permanecía tan puro y resonante como el día en que lo encontró en Ilum, hace mucho tiempo.
¿Te’Ami podría haber actualizado la espada si hubiera querido? Absolutamente. Muchos Jedi cambiaban sus empuñaduras con regularidad, ya sea debido a ajustes en las técnicas de lucha, innovaciones tecnológicas o incluso, en ocasiones, simplemente… Estilo. Estética. Moda podríamos decir.
Te’Ami no tenía ningún interés en nada de eso. Su sable de luz, por feo que fuera, servía como un reflejo perfecto de la gran verdad de la Fuerza: no importaba cómo fuera una persona en el exterior…
…en el interior, todo el mundo estaba hecho de luz.
El sable de luz se movió a través de la estrecha cabina. Se colocó contra una placa de metal en el panel de control del Vector con un clic suave y muy satisfactorio, permaneciendo en su lugar a través de un pequeño campo de fuerza localizado. Un leve zumbido vibró a través del casco de la nave cuando se activaron sus sistemas de armas. Un nuevo conjunto de pantallas y diales se activó, brillando con el azul brillante de la hoja de su sable. Las armas en un Vector solo podían operarse con un sable de luz como llave, una forma de asegurarse de que no fueran utilizadas por no Jedi, y que cada vez que se usaban, era considerada una acción correcta.
Una ventaja adicional: el láser de la nave se podía regular hacia arriba o hacia abajo mediante un potenciómetro en los mandos de control. No todos los disparos tenían que matar. Podrían inhabilitar, advertir… Todas las opciones estaban disponibles para ellos. En este caso, sin embargo, la configuración sería máxima. Necesitaban desintegrar la anomalía del hiperespacio, convertirla en vapor, y eso requeriría los tres Vectores a plena potencia más todo lo que tenía el Longbeam. Una gran explosión.
Funcionaría. Tenía que funcionar. Cuatro mil millones de seres indefensos en la Luna Frutada pendían de un hilo.
Te’Ami se concentró de nuevo, verificando la preparación de sus colegas. Había algo… Desde el vínculo que llegaba desde la nave de Nib Assek. Temor… Casi… Pánico.
«Nib, estoy sintiendo…» comenzó, y la respuesta llegó antes de que pudiera terminar.
“Lo sé, Te’Ami,” dijo la voz de Nib. Calmado aunque quizás un poco avergonzado. “Es Burryaga. Está teniendo dificultades para controlar sus emociones. Creo que es el estrés de lo que estamos haciendo. Todas las vidas que hay en juego”.
«Está bien pequeño,» dijo con tono grave Mikkel, traducido a través del comunicador. “No eres más que un padawan y te estamos pidiendo mucho. Te’Ami, ¿podemos liberarlo de la carga de ayudarnos a calcular el tiro?
“Sí,” dijo Te’Ami. «No hay vergüenza en esto, Burry. Sólo una oportunidad para aprender”.
Te’Ami extendió la mano con la Fuerza, curvando suavemente la conexión lejos del Padawan de Nib Assek. El wookiee guardó silencio. Todavía podía sentir el torbellino de emociones de él. Bueno, no hay vergüenza, como ella había dicho. Cada Jedi encuentra su propio camino, y algunos tardan más que otros.
«Vamos,» dijo Nib, quizás tratando de compensar el retraso causado por su estudiante. «Nos estamos quedando sin tiempo.»
“De acuerdo,” dijo Te’Ami.
Llevó los pulgares hacia la parte superior de las palancas de control, primero girándolas la rueda del potenciómetro para indicar al sistema de armas que disparara a máxima potencia. Luego colocó las manos sobre los gatillos.
El objeto acelerando hacia la luna. Dónde había estado. Hacia dónde iba. Dónde estaría.
Los otros Jedi estaban listos. Dispararían en el momento en que ella lo hiciera, al igual que los sistemas conectados en el Longbeam de Joss y Pikka, y cada explosión se dirigía precisamente a la misma ubicación en el espacio.
Cuatro mil millones de personas. Era hora. Te’Ami apretó los gatillos con más fuerza.
Un chillido del sistema de comunicaciones, fuerte e insistente. Un grito, o un chillido, contundente, casi aterrado. Eso asustó a Te’Ami, y si ella no fuera una Caballero Jedi, podría haber disparado sus armas sin darse cuenta. Pero si que era una Caballero Jedi y no disparó.
Te’Ami tardó un momento en comprender lo que estaba escuchando, no un grito, sino palabras. En Shyriiwook. Burryaga, diciendo algo que no pudo entender. Fuerte, insistente, desesperado. Sus emociones se intensificaron de nuevo a través de la Fuerza, esa misma mezcla de miedo al borde del pánico.
“Burryaga, lo siento, no entiendo Shyriiwook. ¿Estás bien? Nos estamos quedando sin tiempo. Tenemos que disparar.”
«No,» dijo Nib Assek, con su voz aguda, insistente. De fondo, los gemidos y gruñidos de la voz de Burryaga, llegando a través de su comunicador. «No podemos atacar.»
“Burryaga me lo está explicando. Las emociones que recibíamos de él, no eran suyas. Los estaba sintiendo. Tuvo que sintonizar un poco, superar su propio miedo antes de que pudiera entender.”
“Por favor, Nib, dinos lo que quiere decir,” dijo Te’Ami.
Un largo, siseante y triste gemido de Shyriiwook, y luego una pausa.
«El objeto,» dijo Nib. “El que tenemos que destruir, para salvar la luna. No es solo un objeto. Son escombros, parte de una nave.»
Te’Ami dejó que sus manos se apartaran de los mandos de control.
“Está lleno de gente,” finalizó Nib. «Y están vivos».
CAPITULO OCHO
CIUDAD AGUIRRE, HETZAL PRIME.
65 minutos para el impacto.
La Fuerza cantaba para la Maestra Jedi Avar Kriss, un coro representativo de la totalidad del sistema Hetzal, vida y muerte en un constante movimiento contrapuntístico. Era una canción que conocía bien, la escuchaba todo el tiempo, dondequiera que fuera. Aquí, la melodía de la Fuerza estaba apagada, un tintineo discordante de muerte, miedo y confusión. La gente estaba muriendo o sentía el pavor de su inminente desaparición.
El Tercer Horizonte había aterrizado no muy lejos de la Residencia Ministerial en Ciudad Aguirre, la capital de Hetzal Prime. La República estaba coordinando sus esfuerzos con el gobierno Hetzaliano para tratar de detener la marea que arrastraba el desastre, asegurándose de que la evacuación procediera de la manera más ordenada posible, rastreando los proyectiles entrantes, ayudando en lo posible.
Avar Kriss todavía estaba en el puente de la nave, aún sirviendo como punto de conexión para los Jedi en el sistema, permitiéndoles sentir la presencia, la ubicación y los estados emocionales de los demás. A veces, las palabras o las imágenes llegaban espontáneamente, pero solo en raras ocasiones. Todo era solo una canción, y Avar cantaba y escuchaba lo que le cantaban.
Aún así, pudo recopilar una gran cantidad de información de lo que se le dijo. Sabía que cincuenta y tres Vectores Jedi estaban actualmente activos en el sistema Hetzal. Sabía qué Jedi estaban trabajando en el planeta; por ejemplo, en ese momento, Bell Zettifar, el prometedor padawan de Loden Greatstorm, se acercaba a la superficie de Hetzal Prime a una velocidad extraordinaria.
Elzar Mann
Elzar Mann, su amigo más antiguo y más cercano en la Orden, estaba en un Vector propio, volando una versión individual de la nave cerca de uno de los tres soles del sistema. Casi siempre estaba solo. Avar era uno de los dos únicos Jedi con los que trabajaba con regularidad; eran solo ella y Stellan Gios. Esto se debía principalmente a que Elzar ofrecía… poca confianza no era exactamente la palabra correcta. Era un manipulador, si ese término podía aplicarse a las técnicas Jedi. Nunca le gustó usar la Fuerza de la misma manera dos veces.
Los instintos de Elzar eran buenos y no intentaba nada demasiado inusual cuando había mucho en juego. Por lo general, sus experimentos en técnicas de la Fuerza expandieron la comprensión de la Orden y, ocasionalmente, logró cosas increíbles.
Pero a veces fallaba, y otras fracasaba estrepitosamente. Pero de nuevo, nunca cuando había vidas en juego, aunque esa cierta incertidumbre, junto con la falta de voluntad general de Elzar Mann para tomarse el tiempo necesario para explicar lo que sea que estaba tratando de hacer… Bueno, algunos miembros de la Orden encontraban frustrante tratar con él. Avar creía que eso podría explicar su continuo estatus como Caballero Jedi en lugar de Maestro. Sabía que eso molestaba a Elzar. Y pensaba que era injusto. No les importaban los caminos de otros Jedi a través de la Fuerza, ¿por qué deberían preocuparse por el suyo? Él sólo quería seguir su camino hacia donde éste lo llevara.
Avar no entendía mejor que la mayoría de los otros Jedi las exploraciones de Elzar, pero la clave de su relación era que ella nunca le pidió explicaciones. Fuera lo que fuese, nunca. Ese arreglo había impulsado su amistad desde que eran jóvenes y pasaban sus días juntos en el Templo Jedi en Coruscant. Eso, y que simplemente le agradaba. Era divertido e inteligente, y habían llegado juntos a la Orden, Stellan, Elzar y ella, los tres inseparables durante todos sus años de entrenamiento.
Alejó su mente de Elzar Mann, escuchando la Fuerza. Sintió a Jedi en los mundos del sistema, Jedi en Vectores, y aún más en estaciones o satélites o naves, por todo el sistema, ayudando donde pudieran, generalmente en conjunto con los veintiocho Longbeams de la República desplegados por el Tercer Horizonte.
La cadena de conexión a través de la Fuerza incluso le dijo que otros miembros de su Orden estaban en camino, haciendo todo lo posible por responder a la llamada de socorro original del Ministro Ecka a pesar de estar tan lejos de Hetzal. La más cercana fue la Maestra Jora Malli, futura comandante del distrito Jedi en la recién finalizada la Estación Faro Starlight, junto con su segunda al mando, la imponente Maestra Trandoshana Sskeer. Stellan Gios estaba llegando desde su puesto de avanzada en el Templo en Hynestia como si lo hubieran convocado sus pensamientos sobre él unos momentos antes, atravesando el hiperespacio en una nave espacial prestada. Y aún más.
Avar envió una nota de bienvenida y llamó a todos los demás Jedi que pudo alcanzar, cerca de Hetzal o no. La distancia no era nada para la Fuerza. ¿Quién sabía cómo podrían ayudar?
Hasta ahora, el número de muertos por el desastre fue bajo, estaba apenas por encima de la cantidades de nacimientos y muertes que son habituales en cualquier grupo grande de seres vivos. Le preocupaba que eso pudiera cambiar en cualquier momento, ya que no tenían un gran conocimiento de lo que estaba sucediendo aquí. Nada parecía natural. Nunca había oído hablar de algo así: una gran cantidad de proyectiles que aparecían en un sistema, saliendo del hiperespacio sin previo aviso.
No podía imaginar lo que habría sucedido aquí si el Tercer Horizonte no hubiera estado de paso tras una parada de reabastecimiento de combustible en un punto cercano, o si el supervisor del proyecto, una Bith oficiosa llamada Shai Tennem, no hubiera retrasado interminablemente su recorrido de inspección del Faro Starlight. Ella había insistido en mostrar a sus visitantes Jedi y Republicanos hasta el último elemento oscuro de la construcción del Faro Starlight, retrasando su salida programada e irritando inmensamente al almirante Kronara. Pero si se hubieran salido a tiempo, el Tercer Horizonte se habría adentrado en el hiperespacio cuando se emitió la orden de evacuación del Ministro Ecka, demasiado lejos para llegar a Hetzal en un tiempo razonable.
Si no hubiese sido por una administradora Bith demasiado entusiasta, Hetzal estaría lidiando con este apocalipsis por su cuenta.
La canción de la Fuerza.
Entre lo que le dijo a Avar directamente y la charla que escuchó a su alrededor de los oficiales de cubierta del Tercer Horizonte, pudo mantener una imagen actualizada del desastre, en todos sus momentos, grandes y pequeños.
Por encima de Hetzal Prime, un técnico de la República completaba las reparaciones de una nave de evacuación que había ido perdiendo energía en su camino para salir del planeta, de manera que pudiera continuar su camino para ponerse a salvo.
Cerca del segundo gigante gaseoso más grande, dos Vectores dispararon sus armas y un fragmento fue incinerado.
Un Longbeam era llevado al límite mientras corría para llegar a una estación dañada en el borde exterior del sistema. Sus motores fallaron, catastróficamente. Avar jadeó un poco ante la fría y oscura sensación.
Y por encima de la Luna Frutada, una impresión muy clara, lo más cercana a un mensaje que podría enviarse a través de la Fuerza en estas circunstancias: la sensación de un Caballero Jedi llamado Te’Ami de que su comprensión de lo que estaba sucediendo aquí era total, trágicamente incompleta.
“No,” dijo Avar, perturbada por la urgencia de lo que Te’Ami estaba tratando de transmitir. Sus emociones se agitaron, y la canción de la Fuerza brilló en su mente, volviéndose más tranquila, menos nítida.
Concéntrate, se dijo a sí misma. Eres necesaria.
Avar Kriss calmó sus emociones y escuchó. Ahora, gracias a Te’Ami, sabía qué buscar. Ella recordó la cara del otro Jedi — piel verde, cráneo abovedado, grandes ojos rojos — y casi no le tomó tiempo encontrar lo que Te’Ami había tratado de mostrarle. De hecho, ahora que estaba mirando, era obvio. Avar extendió su conciencia a través del sistema, llevándose al límite.
No puedo perder a nadie, pensó. Ni si quiera a uno.
Abrió los ojos, desdobló las piernas y volvió a poner los pies en la cubierta del Third Horizon. Los oficiales del puente la miraron, sorprendidos: no había hablado ni se había movido durante un tiempo.
El almirante Kronara estaba hablando con la canciller Lina Soh, quien había llamado a través de un enlace de alta prioridad desde Coruscant. Sus rasgos delicados y amplios se mostraban en uno de los muros de comunicación del puente. Se la veía frágil, y no lo era en absoluto. Kronara, por el contrario, tenía una cara que parecía como si se pudiera romper un martillo contra ella. Transmitía dureza, lo cual era absolutamente cierto. Vestía el uniforme de la Coalición de Defensa de la República, gris claro con detalles en azul, la gorra metida debajo del brazo en respeto a la oficina del canciller.
La resolución de la pantalla era baja, con líneas nítidas de estática cruzando el rostro de Lina Soh cada pocos segundos, pero eso era de esperar. Coruscant estaba muy lejos.
«Gracias a la luz, su nave estaba lo suficientemente cerca de Hetzal como para responder Almirante,» estaba diciendo la Canciller Soh. “Enviamos naves de ayuda tan pronto como pudimos, pero incluso recibir la señal de socorro de Hetzal llevó tiempo. Ya sabe lo que se entrecortan los repetidores de comunicación del Borde Exterior”.
“Lo sé Canciller,” respondió Kronara. “Apreciamos todo lo que pueda hacer. Estamos progresando aquí, pero definitivamente habrá una gran cantidad de heridos, y estoy seguro de que una gran cantidad de sistemas esenciales necesitarán ser reparados. Le comunicaré al ministro Ecka que están enviando ayuda. Estoy seguro de que lo apreciará.”
“Por supuesto, Almirante. Todos somos la República”.
Avar cruzó la cubierta y pasó junto a Kronara cuando finalizó la transmisión desde Coruscant. Él la miró, curioso, cuando ella se detuvo ante la pantalla que mostraba el estado de los esfuerzos por mitigar el desastre: todas las naves, la gente, los Jedi, la República, los lugareños. Rojo, verde, azul, mundos, vidas, esperanza, desesperación.
Tocó algunas de las anomalías rojas de la pantalla con la yema del dedo. Mientras lo hacía, se destacaron, cada uno rodeado por un círculo blanco. Cuando terminó, se indicaron unos diez de los proyectiles.
Avar se apartó de la pantalla y luego se volvió para mirar a la tripulación del puente. Estaban confundidos, de una manera educada, esperando que ella les explicara lo que había hecho.
“Odio decir esto amigos míos,” dijo, “pero esto se ha vuelto mucho más difícil. Tenemos un nuevo objetivo.”
Los desgastados rasgos del almirante Kronara se torcieron en un ceño fruncido. Avar no se lo tomó como algo personal.
«¿Reemplaza los parámetros de misión existentes?» Dijo él.
«Eso estaría bien,» dijo. «Pero no. Todavía tenemos que hacer todo lo que vinimos a hacer aquí, evitar que los fragmentos destruyan Hetzal, pero ahora hay algo más.»
Hizo un gesto hacia la pantalla, con sus puntos rojos resaltados, dirigiéndose rápidamente hacia el sol.
“Las anomalías que he indicado aquí contienen seres vivos. Ya no se trata solamente de salvar los mundos de este sistema”.
La comprensión apareció en el rostro de Kronara. Su ceño fruncido se hundió mas aún.
«Así que es una misión de rescate, además de todo lo demás.»
«Así es, Almirante», dijo Avar.
Un coro de voces consternadas se elevó cuando los oficiales se dieron cuenta de que todo su progreso hasta ahora era solo el preámbulo de un esfuerzo mucho mayor.
«¿Cómo es eso posible?»
«¿Cuánta gente? ¿Quiénes son?»
“¿Son naves? ¿Es esto una invasión?
El almirante Kronara levantó una mano y las voces se detuvieron.
“Maestra Kriss, si dice que algunas de estas cosas tienen gente a bordo, entonces la tienen. Pero, ¿cómo propone que organicemos un rescate? Estos objetos se mueven a velocidades increíbles. Nuestros sistemas de fijación del blanco apenas pueden alcanzarlos tal y como están, y ahora tenemos que… ¿Atracar en ellos?
Avar asintió.
“No sé cómo haremos esto. Aún no. Espero que alguno de ustedes tenga una idea. Pero diré que cada una de esas vidas es tan importante como cualquier vida en este mundo o en cualquier otro. Debemos comenzar por creer que es posible salvar a todos. Si la voluntad de la Fuerza es otra, que así sea, pero no aceptaré la idea de abandonarlos sin intentarlo.”
Movió la mano en un amplio círculo, abarcando toda la pantalla.
“Esto es todo con lo que podemos trabajar, lo que trajimos con nosotros. Todas las naves Hetzalianas están ocupadas tratando de evacuar, así que todo lo que tenemos son los Vectores y los Jedi que los vuelan, además de los Longbeams y sus tripulaciones. Encuentren la manera. Sé que pueden. Enviaré un mensaje a los Jedi. La Fuerza podría tener una respuesta para nosotros.”
Los oficiales del puente se miraron unos a otros, luego se pusieron en movimiento con una nueva oleada de actividad, mientras comenzaban a planificar diez misiones de rescate absolutamente imposibles.
Avar Kriss cerró los ojos. Se alzó en el aire. La Fuerza le cantó, hablándole del peligro, la valentía y el sacrificio, de los Jedi cumpliendo sus votos, actuando como guardianes de la paz y la justicia en la galaxia.
La canción de la Fuerza.
Extraído de Star Wars: Light of the Jedi (The High Republic) por Charles Soule. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este extracto puede reproducirse o reimprimirse sin el permiso por escrito del editor.Extracto publicado originalmente en inglés en https://sites.prh.com/highrepublic
Star Wars: Light of the Jedi (La Alta República) Charles Soule. Mucho antes de la Primera Orden, antes del Imperio, incluso antes de La Amenaza Fantasma… Los Jedi iluminaron el camino a la galaxia en The High Republic. Es una edad de oro. Los intrépidos exploradores hiperespaciales amplían el alcance de la República hasta las estrellas más lejanas, los mundos florecen bajo el liderazgo benévolo del Senado y reina la paz, reforzada por la sabiduría y la fuerza de la renombrada orden de usuarios de la Fuerza conocidos como los Jedi. Con los Jedi en el apogeo de su poder, los ciudadanos libres de la galaxia confían en su capacidad para capear cualquier tormenta. Pero la luz más brillante puede proyectar una sombra, y algunas tormentas desafían cualquier preparación. Cuando una catástrofe impactante en el hiperespacio desgarra una nave, la ráfaga de metralla que emerge del desastre amenaza a todo un sistema. Tan pronto como se emite la llamada de ayuda, los Jedi saltan a escena. Sin embargo, el alcance del desastre es suficiente para llevar incluso a los Jedi hasta sus límitse. Mientras el cielo se abre y la destrucción cae sobre la alianza pacífica que ayudaron a construir, los Jedi deben confiar en la Fuerza para superar un día en el que un solo error podría costar miles de millones de vidas. Incluso mientras los Jedi luchan valientemente contra la calamidad, algo verdaderamente mortal crece más allá de los límites de la República. El desastre del hiperespacio es mucho más siniestro de lo que los Jedi podrían sospechar.
Una amenaza se esconde en la oscuridad, lejos de la luz de la época, y alberga un secreto que podría infundir miedo incluso en el corazón de un Jedi.
Hace unos minutos la editorial Del Rey ha soltado la bomba. Desde hoy y hasta el domingo 15 van a ir publicando 2 capítulos por día, de manera completamente gratuita, de la primera novela de La Alta República.
A través de este enlace, donde ya están disponibles los dos primeros capítulos, podréis ir leyendo dos capítulos diarios que se irán publicando sucesivamente hasta el domingo 15. De todas maneras no tenéis por qué leerlos deprisa y corriendo, porque permanecerán ahí. Además os recordamos que ya os ofrecimos una tracción exclusiva del primer capítulo, que fue liberado el pasado mes de Junio. Os dejamos el calendario de publicación:
A continuación os dejamos con el primer capítulo traducido en exclusiva al Castellano
La Fuerza está con la galaxia.
Son los tiempos de La Alta República: una pacífica unión de mundos con ideas afines donde todas las voces son escuchadas, y la gobernanza se alcanza mediante el consenso, no bajo coacción o miedo. Es un tiempo de ambiciones, de cultura, de inclusión, de Grandes Obras. La visionaria Canciller Lina Soh lidera la República desde la elegante ecumenópolis de Coruscant, situada cerca del luminoso centro del Núcleo Galáctico.
Pero mas allá del Núcleo y sus muchas Colonias pacíficas, está el Borde – Interior. Medio,y finalmente, en el filo de lo conocido: El Borde Exterior. Estos mundos está llenos de oportunidades para aquellos lo suficientemente valientes para viajar a través de las pocas rutas bien cartografiadas que llevan hasta el mismo, junto con los peligros que ello implica. El Borde Exterior es el cielo de aquellos que buscan escapar de las leyes de la República, y está repleto de depredadores de todo tipo.
La Canciller Soh ha alcanzado el compromiso de traer a los mundos del Borde Exterior bajo el manto de la República a través de ambiciosos programas de ayuda tales como la Estación Faro Starlight. El orden y la justicia con mantenidos en la frontera galáctica por los Caballeros Jedi, guardianes de la paz que han alcanzado el dominio de habilidades increíbles provinientes de un misterioso campo de energía conocido como la Fuerza. Los Jedi trabajan estrechamente con la República, y han aceptado establecer asentamientos en el Borde Exterior para auxiliar a cualquiera que necesite ayuda.
Los Jedi de los puestos fronterizos pueden ser el único recurso para personas que no tienen a dónde ir. Aunque los asentamientos operan de manera independiente y sin ninguna ayuda directa del gran templo Jedi de Coruscant, actúan como un disuasivo para aquellos que buscan usar la oscuridad para hacer el mal.
Pocos pueden oponerse los Caballeros de la Orden Jedi.
La Capitana Hedda Casset revisió las lecturas y pantallas integradas en el sillón de mando por segunda vez. Siempre revisaba al menos dos veces. Tenía más de cuatro décadas de vuelo a sus espaldas, y creía que el doble chequeo era en gran parte la razón por la que seguía volando. El segundo análisis confirmaba todo lo que había visto la primera vez.
“Todo está bien,” dijo, en voz alta esta vez, anunciándolo al personal del puente. “Tiempo para una de mis rondas. Teniente Bowman, tome el puente.”
“Recibido, capitana,” respondió su primer oficial, levantándose de su asiento preparándose para ocupar el de ella hasta que volviese de su paseo vespertino.
No todos los capitanes de cargueros pesados manejaban su nave como un vehículo militar. Hedda había visto naves estelares con suelos sucios, tuberías con fugas y grietas en las ventanas de la cabina, fallos que le rompían el alma. Pero Hedda Casset comenzó su trayectoria profesional como piloto de combate en las fuerzas de trabajo conjunto Malastare-Sullust, manteniendo el orden en su pequeño sector del Borde Medio. Empezó pilotando un Incom Z-24, caza monoplaza que todo el mundo llamaba simplemente Zumbador (Bugbuzz). Principalmente misiones policiacas, atrapando piratas y todo eso. Finalmente, sinembargo, ascendió hasta capitanear un crucero pesado, una de las naves más grandes de la flota. Una buena trayectoria, haciendo un buen trabajo.
Abandonó las Mallust JTF (acrónimo para designar las Fuerzas de Trabajo Conjunto de Malastare-Sullust) con honores, trasladándosé a un puesto de trabajo capitaneando veleros mercantes para el Gremio Byrne – su propia versión de un relajado retiro. Pero los más de treinta años en el cuerpo militar significaban que el orden y la disciplina estaban no solo en su sangre, si no que eran su sangre. De manera que, cada nave en la que volaba era llevada como si fuese a librar una batalla definitiva contra la Armada Hutt, incluso cuando sólo transportaba una carga de pieles de ogrut del mundo A al mundo B. Esta nave, el Corredor Legado (Legacy Run), no era una excepción.
Hedda se puso de pie, aceptando y devolviendo el saludo entrecortado del Teniente Jary Bowman. Se estiró, sintiendo los huesos de su columna crujir. Demasiados años de patrulla en cabinas minúsculas, demasiadas maniobras de Fuerza G – a veces en combate, otras simplemente porque le hacían sentir viva.
El verdadero problema, sin embargo, pensaba, apartando un mechón de cabello gris tras su oreja, es que eran demasiados años.
Dejó el puente, abandonando la precisa máquina de su cubierta de mando y caminando por un apretado pasillo hacia el espacioso y mas caótico mundo del Corredor Legado. La nave era un Transporte de Carga Modular de Clase-A de Kaniff Yards, tan viejo como ella. Eso situaba al navío un poco mas allá de su tiempo de vida operativo ideal, pero dentro de los parámetros de seguridad si se mantenía adecuadamente y era atendido regularmente – cosa que así sucedía. Su capitana se encargaba de ello.
El Corredor era una nave de uso mixto, clasificada tanto para carga como pasajeros – de ahí lo “modular” en su designación. Estaba compuesta por un enorme compartimento central, con forma de prisma triangular alargado, con la ingeniería en la popa y el resto del espacio asignado a la carga. El puente conectaba con el casco central a través de largos y atronadores túneles, uno de los cuales atravesaba en ese momento. A la sección central se le pueden añadir módulos adicionales más pequeños, hasta ciento cuarenta y cuatro, acoplados o desacoplados en el patio dependiendo las necesidades del viaje.
A Hedda le gustaban las propiedades modulares de la nave, porque significaba que nunca sabías de antemano lo que ibas a obtener, qué extraños desafíos tendrías que afrontar de un trabajo a otro. Una vez había volado la nave cuando la mitad de la carga asignada había sido reconfigurada como un enorme tanque de agua, para poder transportar un gigantesco pez espada de los tormentosos mares de Spira al acuario privado de una condesa en Abregado. Hedda y su tripulación habían conseguido cargar la bestia de una manera segura – lo cual no fue una tarea sencilla. Pero mas complicado fue traer de vuelta a la criatura tres ciclos más tarde, cuando el maldito bicho enfermó, ya que la gente de la condesa no tenía ni idea de como cuidarlo. Tuvo que reconocer sin embargo que la mujer pago el porte completo para devolver al pez espada a su hogar. La mayoría de la gente, nobles sobre todo, simplemente lo habrían dejado morir.
Este viaje concreto, en comparación, era tan simple como se presentó. Las secciones de carga del Corredor Legado estaban ocupadas al ochenta por ciento por colonos que se dirigían al Borde Exterior desde el superpoblado Núcleo y los mundos Colonias, en busca de una nueva vida, nuevas oportunidades, nuevos cielos. Podía identificarse con eso. Hedda Casset había estado toda la vida en tensión. Tenía la sensación de que también moriría así, mirando por un ventanal, esperando que sus ojos divisasen algo que no había visto nunca.
Debido a que era un viaje de transporte, la mayor parte de los módulos eran configuraciones básicas de pasajero, con sillones cama de uso libre, en teoría, suficientemente cómodos como para dormir en ellos. Instalaciones de aseo, almacenaje, pequeñas galerías y ya está. Para aquellos colonos dispuestos a pagar por un confort extra y comodidades, algunos módulos tenían cantinas atendidas por droides y compartimentos privados para dormir, aunque no muchos. Estas personas eran austeras. Si tuvieran el dinero con el que comenzar, seguramente no se estarían dirigiendo al Borde Exterior para intentar labrarse un futuro. El oscuro límite de la galaxia era un lugar de desafíos tan emocionantes como mortíferos. En realidad, mas mortíferos que emocionantes.
Incluso el camino para llegar aquí fuera es intricado, pensó Hedda, con la mirada puesta en el torbellino de hiperespacio a través de la escotilla por la que pasaba. Apartó los ojos, sabiendo que podría tirarse ahí veinte minutos embobada si quería. No podías confiar en el viaje hiperespacial. Era útil, por supuesto, te llevaba de un punto a otro, era la clave de la expansión de la República mas allá del Núcleo, pero algo que nadie realmente entendía del todo. Si tu navidroide calculaba erróneamente las coordenadas, aunque fuese ligeramente, podías salirte de la ruta establecida, la vía principal para cualquiera que fuese el viaje hiperespacial, y entonces estarías en un camino oscuro que llevaría a quién sabe dónde o a quién. Había ocurrido incluso en las transitadas hiperrutas cercanas al centro galáctico, y aquí fuera, donde los cartógrafos prácticamente no han trazado ninguna ruta…bueno, era algo de lo que había que estar pendiente.
Apartó todo eso de su cabeza y continuó su camino. Lo cierto es que, el Corredor Legado, estaba ahora mismo surcando las más transitadas y conocidas rutas hacia los mundos del Borde. Era un viaje rutinario. Las naves usaban esta hiperruta constantemente, en ambas direcciones. Nada por lo que preocuparse.
Pero mas de nueve mil almas a bordo de la nave dependían de la Capitana Hedda Casset para que las llevase a su destino. Esto le preocupaba.
Hadda salió del corredor y entró en el casco principal, llegando a un gran espacio circular, un lugar abierto necesario que, debido a la estructura de la nave, se había convertido en una especie de área común oficiosa. Un grupo de niños estaban dando patadas a un balón mientras que los adultos permanecían en pie charlando o simplemente estirando los músculos en una zona distinta a aquella en la que amanecían cada mañana. El lugar no era lujoso, tan sólo un punto de encuentro donde confluían varios pasillos – pero estaba limpio. La nave empleaba – por empeño de la capitana – un equipo automatizado de mantenimiento que mantenía sus interiores limpios y ordenados. Uno de los droides custodio se deslizaba en ese momento por la pared, realizando una de las interminables tareas que una nave del tamaño de la Carrera requerían.
Se tomó un momento para hacer balance de este grupo – unas veinte personas, de todas las edades, de varios mundos. Humanos, por supuesto, pero también algunos Trandoshanos de piel escamada, una familia de Bith y hasta un Ortolan, de piel azul y hocico largo, con sus largas y pesadas aletas saliendo de los laterales de la cabeza – no suelen verse muchos de ellos. Aunque no importaba su planeta de procedencia, tan solo eran gente común, esperando para poder comenzar una nueva vida.
Uno de los chicos alzó la vista.
“¡Capitana Casset!” dijo el chaval, un humano pelirrojo de piel aceitunada. Lo conocía.
“Hola, Serj,” dijo Hedda. “¿Alguna novedad? ¿Todo bien por aquí?”
El resto de los chicos dejaron de jugar y se arremolinaron a su alrededor.
“Nos vendrían bien nuevos holos,” dijo Serj. “Hemos visto todos los que hay en el sistema.”
“Lo que tenemos es lo que hay,” respondió Hedda. “Y deja de intentar colarte en el archivo para ver los títulos con restricción de edad. ¿Crees que no me entero? Esta es mi nave. Me entero de todo lo que sucede en el Corredor Legado.
Se inclinó hacia delante.
“Todo.”
Serj se sonrojó y miró a sus amigos, quienes también, de repente, habían encontrado cosas muy interesantes que observar en los muy poco interesantes suelo, techo y paredes de la sala.
“No os preocupeis,” dijo irguiéndose. “Lo entiendo. Es un viaje muy aburrido. No me creeréis, pero en poco tiempo, cuando vuestros padres os tengan arando campos, construyendo vayas o luchando contra rancors estaréis soñando con el tiempo que pasasteis en este barco. Relajaros y disfrutad.”
Serj puso los ojos en blanco y volvió a lo que fuese el juego de pelota improvisado que él y el resto de chicos habían inventado.
Hedda sonrió y atravesó la sala, asintiendo y charlando mientras avanzaba. Gente. Probablemente algunos eran buenas personas, otras malas, pero durante los próximos días, su gente. Le encantaban estos viajes. No importaba lo que finalmente pasase en las vidas de estas personas, se dirigían hacia el Borde para cumplir sus sueños. Ella era parte de ello, y le hacía sentir bien.
La República de la Canciller Soh no era perfecta -ningún gobierno lo era o iba a serlo- pero era un sistema que daba a la gente la posibilidad de soñar. No, aún mejor. Alentaba los sueños, tanto grandes como pequeños. La República tenía sus defectos, pero teniéndolo todo en cuenta, podría ser muchísimo peor.
Las rondas de Hedda le llevaron cerca de una hora -se abrió paso a través de los compartimentos de pasajeros, pero también revisó un envío de tibanna líquido súper refrigerado para asegurarse de que los elementos volátiles estaban correctamente sujetos (lo estaban), inspeccionó todos los motores (todo bien), se puso al tanto del estado de las reparaciones de los sistemas de recirculación ambiental de la nave (en progreso y avanzando correctamente) y se aseguró de que las reservas de combustible seguían manteniéndose más que adecuadamente para el resto del viaje con un amplio margen (lo eran).
El Corredor Legado era exactamente como ella quería que fuese. Un pequeño mundo adecuadamente mantenido en medio del desierto, una cálida burbuja de seguridad que mantiene a raya el vacío. No podía responder sobre lo que les esperaba a estos colonos una vez que se dispersaran por por el Borde Exterior, pero se aseguraría de que llegasen allí sanos y salvos para averiguarlo.
Hedda volvió al puente, donde el Teniente se puso de pie prácticamente de un salto en cuanto la vio entrar.
“Capitana en el puente,” dijo, y el resto de oficiales se irguieron en sus asientos.
“Gracias, Jary,” dijo Hedda, mientras su segundo se hacía a un lado y regresaba a su puesto.
Hedda se sentó en su sillón de mando, comprobando todas las pantallas automáticamente, en búsqueda de algo fuera de lo normal.
Todo correcto, pensó.
KTANG. KTANG. KTANG. KTANG.
Una alarma, atronadora e insistente. La iluminación del puente cambió a su configuración de emergencia -bañándolo todo de rojo. A través del puerto frontal se veían los torbellinos hiperespaciales, en cierta manera. Quizá era la iluminación de emergencia, pero tenían un…tinte rojizo. Parecían…enfermizos.
Hedda notó como se le aceleraba el pulso. Su cabeza se puso en modo de combate sin pensarlo.
“¡Informe!” vociferó mientras sus ojos escrutaban su conjunto de monitores en busca del origen de la alarma.
“Alarma generada por el navicomputador, capitana,” inquirió su navegante, el Cadete Kalwar, un joven Quermian. “Hay algo en la hiperruta. Justo delante. Grande. Impacto en diez segundos.”
La voz del cadete se mantuvo firme, Hedda se sentía orgullosa de él. Probablemente no era mucho mayor que Serj.
Sabía que esta situación era imposible. Las rutas eran seleccionadas porque estaban libres de potenciales escombros, que estuvieran despejadas se calculaba hasta a un metro de resolución. Cualquier partícula que se escapase era detectada y evitada por los navidroides de abordo haciendo ajustes a lo largo del vector. Colisiones a velocidad luz durante rutas establecidas era matemáticamente imposible.
También sabía que aunque fuese absurdo, estaba sucediendo, y esos diez segundos no eran tiempo en absoluto para la velocidad a la que el Corredor Legado estaba viajando.
No puedes confiar en los viajes hiperespaciales, pensó,
Hedda Casset pulsó dos botones en su consola de mando.
“Prepárense,” dijo, con voz calmada. “Estoy tomando el control.”
Se tomó un instante para tomar aire y justo después comenzó a volar.
El Corredor Legado no era un Zumbador Incom Z-24, ni siquiera uno de los nuevos Longbeams de la República. Era un carguero sexagenario al final -mas allá incluso- de su vida útil, cargado, con motores diseñados para una aceleración y deceleración lenta y gradual, para aterrizajes en puertos espaciales e instalaciones con carga orbital. Maniobraba como una luna.
El Corredor Legado no era una nave de guerra. Ni si quiera se acercaba. Pero Hedda la pilotaba como si lo fuera.
Vio el obstáculo en su camino gracias a su vista de piloto de caza e instinto, lo vio avanzando a una velocidad increíble, lo suficientemente grande para que tanto su nave como fuera lo que fuese eso acabasen desintegrados en átomos, polvo eternamente a la deriva a través de las rutas hiperespaciales. No había tiempo para evitarlo. La nave no podía esquivarlo. No había espacio ni tiempo.
Pero la Capitana Hedda Casset llevaba el timón, y no le fallaría a su nave.
Un ligero toque en la palanca de control izquierdo y un giro más grande en la derecha, y el Corredor Legado se movió. Mas de lo que hubiese querido, pero no menos de lo que ella creía que era capaz, y el enorme carguero se deslizó a través del obstáculo que había en su camino, pasando el objeto tan cerca del casco que Hedda sintió como se despeinaba a pesar de las muchas capas de metal y blindaje que los separaban.
Pero estaban a salvo. No había habido impacto. La nave había sobrevivido.
Había turbulencias y Hedda luchaba contra ellas, abriéndose paso a pesar de traqueteos y sacudidas, sin necesidad de ver para pilotar. La nave gruñía, el casco se quejaba.
“Puedes lograrlo, vieja amiga,” dijo en alto. “Claro que somos un par de viejas damas gruñonas, pero aún nos queda mucha vida por vivir. He cuidado rematadamente bien de ti, y lo sabes. No te voy a dejar tirada si tú no me abandonas.”
Hedda no le falló a su nave.
La nave le falló a ella.
El rugido del sobreesfuerzo metálico se convirtió en un grito. Las vibraciones de la nave atravesando el espacio dieron paso a un nuevo tono que Hedda ya había escuchado antes demasiadas veces. Era el sentir de una nave que había sido llevada más allá de sus límites, ya hubiese sido por recibir demasiados daños en un tiroteo o, como en esta ocasión, por haber sido forzada a realizar una maniobra por encima de sus posibilidades.
El Corredor Legado estaba resquebrajándose. Le quedaban unos segundos de vida, como mucho.
Hedda abrió los ojos. Soltó las palancas de control e introdujo los comandos en su consola para activar los blindajes de las compuertas que separaban cada módulo de carga en caso de catástrofe, pensando que eso les daría alguna oportunidad las personas a bordo. Pensó en Serj y sus amigos, jugando en el área común, y en cómo las puertas de emergencia acababan de cerrarse de golpe a la entrada de cada módulo de pasajeros, atrapándolos posiblemente en una zona que estaba a punto de convertirse en vacío. Deseó que los chicos se hubiesen ido con sus familias cuando sonó la alarma.
Pero no lo sabía.
Simplemente no lo sabía.
Hedda fijó los ojos en su primer oficial, que estaba observándola, sabiendo lo que estaba a punto de suceder. Saludó.
“Capitana,” dijo el Teniente Bowman, “ha sido un-“
El puente se resquebrajó.
Hedda Casset murió, sin ni si quiera saber si había salvado a alguien.
Son los tiempos de La Alta República: una pacífica unión de mundos con ideas afines donde todas las voces son escuchadas, y la gobernanza se alcanza mediante el consenso, no bajo coacción o miedo. Es un tiempo de ambiciones, de cultura, de inclusión, de Grandes Obras. La visionaria Canciller Lina Soh lidera la República desde la elegante ecumenópolis de Coruscant, situada cerca del luminoso centro del Núcleo Galáctico.
Pero mas allá del Núcleo y sus muchas Colonias pacíficas, está el Borde – Interior. Medio,y finalmente, en el filo de lo conocido: El Borde Exterior. Estos mundos está llenos de oportunidades para aquellos lo suficientemente valientes para viajar a través de las pocas rutas bien cartografiadas que llevan hasta el mismo, junto con los peligros que ello implica. El Borde Exterior es el cielo de aquellos que buscan escapar de las leyes de la República, y está repleto de depredadores de todo tipo.
La Canciller Soh ha alcanzado el compromiso de traer a los mundos del Borde Exterior bajo el manto de la República a través de ambiciosos programas de ayuda tales como la Estación Faro Starlight. El orden y la justicia con mantenidos en la frontera galáctica por los Caballeros Jedi, guardianes de la paz que han alcanzado el dominio de habilidades increíbles provinientes de un misterioso campo de energía conocido como la Fuerza. Los Jedi trabajan estrechamente con la República, y han aceptado establecer asentamientos en el Borde Exterior para auxiliar a cualquiera que necesite ayuda.
Los Jedi de los puestos fronterizos pueden ser el único recurso para personas que no tienen a dónde ir. Aunque los asentamientos operan de manera independiente y sin ninguna ayuda directa del gran templo Jedi de Coruscant, actúan como un disuasivo para aquellos que buscan usar la oscuridad para hacer el mal.
Pocos pueden oponerse los Caballeros de la Orden Jedi.
La Capitana Hedda Casset revisió las lecturas y pantallas integradas en el sillón de mando por segunda vez. Siempre revisaba al menos dos veces. Tenía más de cuatro décadas de vuelo a sus espaldas, y creía que el doble chequeo era en gran parte la razón por la que seguía volando. El segundo análisis confirmaba todo lo que había visto la primera vez.
«Todo está bien,» dijo, en voz alta esta vez, anunciándolo al personal del puente. «Tiempo para una de mis rondas. Teniente Bowman, tome el puente.»
«Recibido, capitana,» respondió su primer oficial, levantándose de su asiento preparándose para ocupar el de ella hasta que volviese de su paseo vespertino.
No todos los capitanes de cargueros pesados manejaban su nave como un vehículo militar. Hedda había visto naves estelares con suelos sucios, tuberías con fugas y grietas en las ventanas de la cabina, fallos que le rompían el alma. Pero Hedda Casset comenzó su trayectoria profesional como piloto de combate en las fuerzas de trabajo conjunto Malastare-Sullust, manteniendo el orden en su pequeño sector del Borde Medio. Empezó pilotando un Incom Z-24, caza monoplaza que todo el mundo llamaba simplemente Zumbador (Bugbuzz). Principalmente misiones policiacas, atrapando piratas y todo eso. Finalmente, sinembargo, ascendió hasta capitanear un crucero pesado, una de las naves más grandes de la flota. Una buena trayectoria, haciendo un buen trabajo.
Abandonó las Mallust JTF (acrónimo para designar las Fuerzas de Trabajo Conjunto de Malastare-Sullust) con honores, trasladándosé a un puesto de trabajo capitaneando veleros mercantes para el Gremio Byrne – su propia versión de un relajado retiro. Pero los más de treinta años en el cuerpo militar significaban que el orden y la disciplina estaban no solo en su sangre, si no que eran su sangre. De manera que, cada nave en la que volaba era llevada como si fuese a librar una batalla definitiva contra la Armada Hutt, incluso cuando sólo transportaba una carga de pieles de ogrut del mundo A al mundo B. Esta nave, el Corredor Legado (Legacy Run), no era una excepción.
Hedda se puso de pie, aceptando y devolviendo el saludo entrecortado del Teniente Jary Bowman. Se estiró, sintiendo los huesos de su columna crujir. Demasiados años de patrulla en cabinas minúsculas, demasiadas maniobras de Fuerza G – a veces en combate, otras simplemente porque le hacían sentir viva.
El verdadero problema, sin embargo, pensaba, apartando un mechón de cabello gris tras su oreja, es que eran demasiados años.
Dejó el puente, abandonando la precisa máquina de su cubierta de mando y caminando por un apretado pasillo hacia el espacioso y mas caótico mundo del Corredor Legado. La nave era un Transporte de Carga Modular de Clase-A de Kaniff Yards, tan viejo como ella. Eso situaba al navío un poco mas allá de su tiempo de vida operativo ideal, pero dentro de los parámetros de seguridad si se mantenía adecuadamente y era atendido regularmente – cosa que así sucedía. Su capitana se encargaba de ello.
El Corredor era una nave de uso mixto, clasificada tanto para carga como pasajeros – de ahí lo «modular» en su designación. Estaba compuesta por un enorme compartimento central, con forma de prisma triangular alargado, con la ingeniería en la popa y el resto del espacio asignado a la carga. El puente conectaba con el casco central a través de largos y atronadores túneles, uno de los cuales atravesaba en ese momento. A la sección central se le pueden añadir módulos adicionales más pequeños, hasta ciento cuarenta y cuatro, acoplados o desacoplados en el patio dependiendo las necesidades del viaje.
A Hedda le gustaban las propiedades modulares de la nave, porque significaba que nunca sabías de antemano lo que ibas a obtener, qué extraños desafíos tendrías que afrontar de un trabajo a otro. Una vez había volado la nave cuando la mitad de la carga asignada había sido reconfigurada como un enorme tanque de agua, para poder transportar un gigantesco pez espada de los tormentosos mares de Spira al acuario privado de una condesa en Abregado. Hedda y su tripulación habían conseguido cargar la bestia de una manera segura – lo cual no fue una tarea sencilla. Pero mas complicado fue traer de vuelta a la criatura tres ciclos más tarde, cuando el maldito bicho enfermó, ya que la gente de la condesa no tenía ni idea de como cuidarlo. Tuvo que reconocer sin embargo que la mujer pago el porte completo para devolver al pez espada a su hogar. La mayoría de la gente, nobles sobre todo, simplemente lo habrían dejado morir.
Este viaje concreto, en comparación, era tan simple como se presentó. Las secciones de carga del Corredor Legado estaban ocupadas al ochenta por ciento por colonos que se dirigían al Borde Exterior desde el superpoblado Núcleo y los mundos Colonias, en busca de una nueva vida, nuevas oportunidades, nuevos cielos. Podía identificarse con eso. Hedda Casset había estado toda la vida en tensión. Tenía la sensación de que también moriría así, mirando por un ventanal, esperando que sus ojos divisasen algo que no había visto nunca.
Debido a que era un viaje de transporte, la mayor parte de los módulos eran configuraciones básicas de pasajero, con sillones cama de uso libre, en teoría, suficientemente cómodos como para dormir en ellos. Instalaciones de aseo, almacenaje, pequeñas galerías y ya está. Para aquellos colonos dispuestos a pagar por un confort extra y comodidades, algunos módulos tenían cantinas atendidas por droides y compartimentos privados para dormir, aunque no muchos. Estas personas eran austeras. Si tuvieran el dinero con el que comenzar, seguramente no se estarían dirigiendo al Borde Exterior para intentar labrarse un futuro. El oscuro límite de la galaxia era un lugar de desafíos tan emocionantes como mortíferos. En realidad, mas mortíferos que emocionantes.
Incluso el camino para llegar aquí fuera es intricado, pensó Hedda, con la mirada puesta en el torbellino de hiperespacio a través de la escotilla por la que pasaba. Apartó los ojos, sabiendo que podría tirarse ahí veinte minutos embobada si quería. No podías confiar en el viaje hiperespacial. Era útil, por supuesto, te llevaba de un punto a otro, era la clave de la expansión de la República mas allá del Núcleo, pero algo que nadie realmente entendía del todo. Si tu navidroide calculaba erróneamente las coordenadas, aunque fuese ligeramente, podías salirte de la ruta establecida, la vía principal para cualquiera que fuese el viaje hiperespacial, y entonces estarías en un camino oscuro que llevaría a quién sabe dónde o a quién. Había ocurrido incluso en las transitadas hiperrutas cercanas al centro galáctico, y aquí fuera, donde los cartógrafos prácticamente no han trazado ninguna ruta…bueno, era algo de lo que había que estar pendiente.
Apartó todo eso de su cabeza y continuó su camino. Lo cierto es que, el Corredor Legado, estaba ahora mismo surcando las más transitadas y conocidas rutas hacia los mundos del Borde. Era un viaje rutinario. Las naves usaban esta hiperruta constantemente, en ambas direcciones. Nada por lo que preocuparse.
Pero mas de nueve mil almas a bordo de la nave dependían de la Capitana Hedda Casset para que las llevase a su destino. Esto le preocupaba.
Hadda salió del corredor y entró en el casco principal, llegando a un gran espacio circular, un lugar abierto necesario que, debido a la estructura de la nave, se había convertido en una especie de área común oficiosa. Un grupo de niños estaban dando patadas a un balón mientras que los adultos permanecían en pie charlando o simplemente estirando los músculos en una zona distinta a aquella en la que amanecían cada mañana. El lugar no era lujoso, tan sólo un punto de encuentro donde confluían varios pasillos – pero estaba limpio. La nave empleaba – por empeño de la capitana – un equipo automatizado de mantenimiento que mantenía sus interiores limpios y ordenados. Uno de los droides custodio se deslizaba en ese momento por la pared, realizando una de las interminables tareas que una nave del tamaño de la Carrera requerían.
Se tomó un momento para hacer balance de este grupo – unas veinte personas, de todas las edades, de varios mundos. Humanos, por supuesto, pero también algunos Trandoshanos de piel escamada, una familia de Bith y hasta un Ortolan, de piel azul y hocico largo, con sus largas y pesadas aletas saliendo de los laterales de la cabeza – no suelen verse muchos de ellos. Aunque no importaba su planeta de procedencia, tan solo eran gente común, esperando para poder comenzar una nueva vida.
Uno de los chicos alzó la vista.
«¡Capitana Casset!» dijo el chaval, un humano pelirrojo de piel aceitunada. Lo conocía.
«Hola, Serj,» dijo Hedda. «¿Alguna novedad? ¿Todo bien por aquí?»
El resto de los chicos dejaron de jugar y se arremolinaron a su alrededor.
«Nos vendrían bien nuevos holos,» dijo Serj. «Hemos visto todos los que hay en el sistema.»
«Lo que tenemos es lo que hay,» respondió Hedda. «Y deja de intentar colarte en el archivo para ver los títulos con restricción de edad. ¿Crees que no me entero? Esta es mi nave. Me entero de todo lo que sucede en el Corredor Legado.
Se inclinó hacia delante.
«Todo.»
Serj se sonrojó y miró a sus amigos, quienes también, de repente, habían encontrado cosas muy interesantes que observar en los muy poco interesantes suelo, techo y paredes de la sala.
«No os preocupeis,» dijo irguiéndose. «Lo entiendo. Es un viaje muy aburrido. No me creeréis, pero en poco tiempo, cuando vuestros padres os tengan arando campos, construyendo vayas o luchando contra rancors estaréis soñando con el tiempo que pasasteis en este barco. Relajaros y disfrutad.»
Serj puso los ojos en blanco y volvió a lo que fuese el juego de pelota improvisado que él y el resto de chicos habían inventado.
Hedda sonrió y atravesó la sala, asintiendo y charlando mientras avanzaba. Gente. Probablemente algunos eran buenas personas, otras malas, pero durante los próximos días, su gente. Le encantaban estos viajes. No importaba lo que finalmente pasase en las vidas de estas personas, se dirigían hacia el Borde para cumplir sus sueños. Ella era parte de ello, y le hacía sentir bien.
La República de la Canciller Soh no era perfecta -ningún gobierno lo era o iba a serlo- pero era un sistema que daba a la gente la posibilidad de soñar. No, aún mejor. Alentaba los sueños, tanto grandes como pequeños. La República tenía sus defectos, pero teniéndolo todo en cuenta, podría ser muchísimo peor.
Las rondas de Hedda le llevaron cerca de una hora -se abrió paso a través de los compartimentos de pasajeros, pero también revisó un envío de tibanna líquido súper refrigerado para asegurarse de que los elementos volátiles estaban correctamente sujetos (lo estaban), inspeccionó todos los motores (todo bien), se puso al tanto del estado de las reparaciones de los sistemas de recirculación ambiental de la nave (en progreso y avanzando correctamente) y se aseguró de que las reservas de combustible seguían manteniéndose más que adecuadamente para el resto del viaje con un amplio margen (lo eran).
El Corredor Legado era exactamente como ella quería que fuese. Un pequeño mundo adecuadamente mantenido en medio del desierto, una cálida burbuja de seguridad que mantiene a raya el vacío. No podía responder sobre lo que les esperaba a estos colonos una vez que se dispersaran por por el Borde Exterior, pero se aseguraría de que llegasen allí sanos y salvos para averiguarlo.
Hedda volvió al puente, donde el Teniente se puso de pie prácticamente de un salto en cuanto la vio entrar.
«Capitana en el puente,» dijo, y el resto de oficiales se irguieron en sus asientos.
«Gracias, Jary,» dijo Hedda, mientras su segundo se hacía a un lado y regresaba a su puesto.
Hedda se sentó en su sillón de mando, comprobando todas las pantallas automáticamente, en búsqueda de algo fuera de lo normal.
Todo correcto, pensó.
KTANG. KTANG. KTANG. KTANG.
Una alarma, atronadora e insistente. La iluminación del puente cambió a su configuración de emergencia -bañándolo todo de rojo. A través del puerto frontal se veían los torbellinos hiperespaciales, en cierta manera. Quizá era la iluminación de emergencia, pero tenían un…tinte rojizo. Parecían…enfermizos.
Hedda notó como se le aceleraba el pulso. Su cabeza se puso en modo de combate sin pensarlo.
«¡Informe!» vociferó mientras sus ojos escrutaban su conjunto de monitores en busca del origen de la alarma.
«Alarma generada por el navicomputador, capitana,» inquirió su navegante, el Cadete Kalwar, un joven Quermian. «Hay algo en la hiperruta. Justo delante. Grande. Impacto en diez segundos.»
La voz del cadete se mantuvo firme, Hedda se sentía orgullosa de él. Probablemente no era mucho mayor que Serj.
Sabía que esta situación era imposible. Las rutas eran seleccionadas porque estaban libres de potenciales escombros, que estuvieran despejadas se calculaba hasta a un metro de resolución. Cualquier partícula que se escapase era detectada y evitada por los navidroides de abordo haciendo ajustes a lo largo del vector. Colisiones a velocidad luz durante rutas establecidas era matemáticamente imposible.
También sabía que aunque fuese absurdo, estaba sucediendo, y esos diez segundos no eran tiempo en absoluto para la velocidad a la que el Corredor Legado estaba viajando.
No puedes confiar en los viajes hiperespaciales, pensó,
Hedda Casset pulsó dos botones en su consola de mando.
«Prepárense,» dijo, con voz calmada. «Estoy tomando el control.»
Se tomó un instante para tomar aire y justo después comenzó a volar.
El Corredor Legado no era un Zumbador Incom Z-24, ni siquiera uno de los nuevos Longbeams de la República. Era un carguero sexagenario al final -mas allá incluso- de su vida útil, cargado, con motores diseñados para una aceleración y deceleración lenta y gradual, para aterrizajes en puertos espaciales e instalaciones con carga orbital. Maniobraba como una luna.
El Corredor Legado no era una nave de guerra. Ni si quiera se acercaba. Pero Hedda la pilotaba como si lo fuera.
Vio el obstáculo en su camino gracias a su vista de piloto de caza e instinto, lo vio avanzando a una velocidad increíble, lo suficientemente grande para que tanto su nave como fuera lo que fuese eso acabasen desintegrados en átomos, polvo eternamente a la deriva a través de las rutas hiperespaciales. No había tiempo para evitarlo. La nave no podía esquivarlo. No había espacio ni tiempo.
Pero la Capitana Hedda Casset llevaba el timón, y no le fallaría a su nave.
Un ligero toque en la palanca de control izquierdo y un giro más grande en la derecha, y el Corredor Legado se movió. Mas de lo que hubiese querido, pero no menos de lo que ella creía que era capaz, y el enorme carguero se deslizó a través del obstáculo que había en su camino, pasando el objeto tan cerca del casco que Hedda sintió como se despeinaba a pesar de las muchas capas de metal y blindaje que los separaban.
Pero estaban a salvo. No había habido impacto. La nave había sobrevivido.
Había turbulencias y Hedda luchaba contra ellas, abriéndose paso a pesar de traqueteos y sacudidas, sin necesidad de ver para pilotar. La nave gruñía, el casco se quejaba.
«Puedes lograrlo, vieja amiga,» dijo en alto. «Claro que somos un par de viejas damas gruñonas, pero aún nos queda mucha vida por vivir. He cuidado rematadamente bien de ti, y lo sabes. No te voy a dejar tirada si tú no me abandonas.»
Hedda no le falló a su nave.
La nave le falló a ella.
El rugido del sobreesfuerzo metálico se convirtió en un grito. Las vibraciones de la nave atravesando el espacio dieron paso a un nuevo tono que Hedda ya había escuchado antes demasiadas veces. Era el sentir de una nave que había sido llevada más allá de sus límites, ya hubiese sido por recibir demasiados daños en un tiroteo o, como en esta ocasión, por haber sido forzada a realizar una maniobra por encima de sus posibilidades.
El Corredor Legado estaba resquebrajándose. Le quedaban unos segundos de vida, como mucho.
Hedda abrió los ojos. Soltó las palancas de control e introdujo los comandos en su consola para activar los blindajes de las compuertas que separaban cada módulo de carga en caso de catástrofe, pensando que eso les daría alguna oportunidad las personas a bordo. Pensó en Serj y sus amigos, jugando en el área común, y en cómo las puertas de emergencia acababan de cerrarse de golpe a la entrada de cada módulo de pasajeros, atrapándolos posiblemente en una zona que estaba a punto de convertirse en vacío. Deseó que los chicos se hubiesen ido con sus familias cuando sonó la alarma.
Pero no lo sabía.
Simplemente no lo sabía.
Hedda fijó los ojos en su primer oficial, que estaba observándola, sabiendo lo que estaba a punto de suceder. Saludó.
«Capitana,» dijo el Teniente Bowman, «ha sido un-«
El puente se resquebrajó.
Hedda Casset murió, sin ni si quiera saber si había salvado a alguien.
Light of the Jedi está escrito por Charles Soule y se publicará el 5 de Enero de 2021 en Estados Unidos.
Según el escritor Charles Soule el próximo Lunes podremos descubrir más sobre la Alta República. Además os presentamos a los nuevos Caballeros Jedi (traducción del artículo originalmente publicado en starwars.com).
En un tweet publicado ayer por el autor de la que será la novela que de inicio a esta nueva era, Light of the Jedi, nos reconoce que hemos sido muy pacientes y que podremos echar una pequeña ojeada tras la cortina.
Something Luminous is coming Monday, just pulling back the curtain a little, and I am Highly excited for it.
Star Wars: The High Republic es una epopeya editorial situada 200 años antes de los eventos de La Amenaza Fantasma. Como ya os contó Gorka en este anterior artículo la historia será explorada a través de múltiples voces y abarcará desde novelas para adultos y jóvenes, libros infantiles y cómics de distintas editoriales. A continuación echaremos un primer vistazo a los Caballeros Jedi y Maestros protagonistas.
«Durante más de mil generaciones los Caballeros Jedi fueron los guardianes de la paz y la justicia…»
Las palabras de Obi-Wan Kenobi en Una Nueva Esperanza han permanecido entre los fans durante años, generando preguntas, inspirando imágenes y admiración. ¿Cómo eran los Jedi en su mejor momento, antes del surgimiento de Luke Skywalker? ¿Cómo operaban en la galaxia? ¿Quiénes eran? Lo descubriremos en esta saga multiplataforma de Lucasfilm.
«Los lectores van a ver una gran variedad de Jedi en esta época«. dice el director creativo de Lucasfilm Publishing Michael Siglain. «Es un tiempo de esperanza, optimista, donde los Jedi son buenos y nobles, y queremos reflejar eso en los personajes y además seguir dotándolos de la suficiente profundidad y recorrido para que sus personalidades individuales e idiosincracia puedan brillar a través de ellos. Los Caballeros Jedi de la Alta República tienen aspiraciones de la misma manera que son inspiradores. En pocas palabras, son los chicos buenos.«
Aunque los Jedi son indudablemente héroes en La Alta República, prometen ser variados, únicos y muy «humanos» – sin importar la especie. «Hemos invertido mucho tiempo y esfuerzo en que nuestros Jedi parezcan reales, individuos equilibrados,» cuenta Cavan Scott, uno de los arquitectos de The High Republic. «Son todos diferentes, acercándose a la Fuerza de maneras únicas y particulares pero que aun así se mantienen unidos por un objetivo común. Están al servicio no sólo de un inquebrantable dogma, si no de una profunda pasión por proteger la luz y la vida. Y cada uno se encuentran un punto diferente de su propio camino. Algunos tienen la experiencia de su lado, mientras que otros tienen el entusiasmo de la juventud. Unos están aún buscando su lugar en la Orden mientras que otros alcanzan de manera natural roles de liderazgo. Algunos quizá no hayan elegido trabajar con el Jedi con el que se les ha emparejado, pero todos están comprometidos a ser la luz de guía para la galaxia. Individualmente son fuertes, juntos invencibles, pero tal y como los mejores héroes, tienen lecciones que aprender y desafíos que superar. Nos esperan tiempos emocionantes.»
Avar Kriss
Avar es el más positivo y noble ejemplo de hermandad Jedi. Siempre intenta ver lo bueno de las personas y las situaciones y jamás pone sus intereses por encima de los de los demás. Se encuentra cautivada por la vida en los márgenes y los desafíos que ello conlleva, y es una inspiración para aquellos que trabajan con ella. Es compasiva, nada dogmática, y siempre está preparada para sacrificarse por los demás. Avar Kriss es la mejor entre los mejores.
Loden Greatstorm
Loden es un Maestro Jedi Twi’lek, y es considerado como uno de los mejores maestros en la Orden Jedi. Fuerte y astuto, con buen sentido del humor, Loden ve cada momento como una experiencia de aprendizaje, siempre intentando de mejorar y hacer que los demás sean mejores, sobre todo sus padawans.
Keeve Trenis
Keeve es una joven Jedi explosiva, de la que se espera tenga un gran futuro por delante, pero sólo si cree en sí misma. Ingeniosa y más impulsiva de lo que debería, Keeve lleva siendo Caballero Jedi tan sólo unas semanas y se encuentra un poco a la sombra de Avar, sabiendo de la cantidad de grandes hazañas que ha realizado en el pasado. Está decidida a demostrar de lo que es capaz a Avar y otros legendarios Jedi destinados en el Estación Faro Starlight, aunque primero debe aprender a confiar en sí misma tanto como lo hace en la Fuerza.
Stellan Gios
Stellan es un Maestro Jedi optimista y muy respetado. Stellan llegó a la Orden con Avar Kriss, y aunque suelen estar en diferentes encargos para los Jedi o la República, cuando trabajan juntos forman un poderoso equipo de dos nobles héroes en acción. Poderoso en la Fuerza y un profesor nato, Stellan se encuentra actualmente destinado en uno de los asentamientos de Templo Jedi en el distante planeta de Caragon-Viner.
Vernestra «Vern» Rwoh
Vern es una recién investida Caballero Jedi. Vernestra, una Mirialan, fue Padawan de Stellan Gios. Trabaja duro y es una devota de la Orden Jedi, más que la mayoría de los de su edad. A los dieciséis es una de las más jóvenes Caballero Jedi de su generación. Se esfuerza por encajar con los adultos a la vez que intenta ser un buen ejemplo para los jóvenes Jedi.
Todos estos diseños son de la artista Elisa Serio.