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  • La Alta República: Los Jedi que conoceremos en las publicaciones de la Fase II.

    La Alta República: Los Jedi que conoceremos en las publicaciones de la Fase II.

    Por Alex Randir.

    Aunque la Fase I de la Alta República todavía no se ha completado del todo en España (nos falta alguna novela, como Midnight Horizon, a cuyos protagonistas ya conocimos en el resto de publicaciones actuales), la Fase II, «Quest of the Jedi» («La Misión de los Jedi«), va avanzando inexorablemente en los Estados Unidos.

    Por ello hemos decidido comenzar a daros unas pinceladas de lo que está por llegar. En este caso, os presentamos a todos los personajes pertenecientes a la Orden Jedi que conoceremos en esta época, 150 años antes de la Fase I.

    ¡Comenzamos!

    Silandra Sho

    Maestra Jedi humana. Llevaba un escudo de energía que prefería usar en combate en lugar de su sable de luz, enfatizando su filosofía personal de «defender en lugar de atacar». Aún así, la Maestra Sho era una hábil combatiente con el arma particular de los Jedi.

    Silandra encabezó un equipo de Pioneros de la República («Pathfinders«), grupos de expediciones que se dedicaban a explorar y cartografiar los lugares desconocidos de la galaxia, consistente en su Padawan, Rooper Nitani, la piloto Dietrix Jago, el médico Obik Dennisol y los droides EX-9B y GT-11.

    Primera aparición: Quest for the Hidden City.


    Rooper Nitani

    Proveniente del planeta Rohm, Nitani fue reclutada por la Orden Jedi a una edad temprana. Ansiaba aventuras, y con frecuencia pensaba que sus viajes con el equipo de Pioneros de la República de su Maestra, Silandra Sho, eran demasiado rutinarios.

    Primera aparición: Quest for the Hidden City.


    Gella Nattai

    Cuando era pequeña sus padres la dejaron en el templo Jedi en Devaron.

    Alrededor del 382 DBY, Nattai se ofreció como voluntaria para averiguar quién planeaba asesinar a los herederos de las respectivas familias reales de Eiram y E’ronoh.

    Durante su misión tuvo que formar equipo con el hijo del Canciller Supremo Kyong Greylark, Axel Greylark, que desconfiaba de los Jedi.

    Empuñaba dos sables de luz de hoja morada.

    Primera aparición: Convergence.


    Kevmo Zink

    Kevmo Zink era un hombre Pantorano que se convirtió en el Padawan de la Maestra Jedi Zallah Macri alrededor del 384 DBY, durante la Era de la Alta República. Después de que un artefacto de la Fuerza fuese robado de Hynestia, los dos siguieron su rastro hasta el planeta Dalna mientras investigaban lo sucedido.

    Durante la susodicha investigación, Zink conoció a una mujer Evereni llamada Marda Ro, miembro de la Senda de la Mano Abierta.

    Primera aparición: Path of Deceit.


    Matthea Cathley

    Matthea «Matty» Cathley era una mujer Twi’lek Padawan de la Maestra Jedi Leebon.

    Operó desde la luna Jedha junto a Oliviah Zeveron, ayudando también a Vildar Mac en la debacle que sucede en la Ciudad Sagrada después de que traten de investigar un robo ocurrido en el Santuario de Sarrav.

    Primera aparición: The High Republic (2022) #1.


    Vildar Mac

    Vildar Mac era un Caballero Jedi varón Kiffar. Como muchos de su especie, era hábil con el poder de leer el pasado de los objetos, la psicometría. Alrededor del 382 ABY, viajó a la luna Jedha para encontrarse a sí mismo.

    Mac se vio profundamente afectado por un encuentro con un usuario de la Fuerza del Lado Oscuro en su planeta natal de Kiffex. Aunque solo tenía cuatro años, recordaba el miedo que había sentido cuando esta persona mató a personas en su aldea. Creía que moriría a sus manos, pero se salvó.

    Fue recibido por la Padawan Matthea Cathley para investigar un robo del Santuario de Sarrav, en la Ciudad Sagrada de Jedha, con el que se había pedido ayuda a los Jedi.

    Pero su investigación los llevaría a un conflicto mucho mayor.

    Primera aparición: The High Republic (2022) #1.


    Zallah Macri

    Zallah Macri es lo mejor que la Orden Jedi puede ofrecer. La sensata Soikan es una de las pocas Jedi de su especie. Zallah lidera el Puesto Avanzado del Templo Jedi en Port Haileap, y es incansable en su dedicación con la Orden. Tranquila y racional, Zallah es una fuerza estabilizadora en el desierto que supone la frontera galáctica.

    Cuando un artefacto importante desaparece, Zallah sigue una pista sobre su paradero hacia el mundo del Borde Exterior de Dalna.

    Allí descubre una oscura conspiración sobre un culto local de la Fuerza llamado la Senda de la Mano Abierta y la desconcertante joya de su líder, que es más de lo que parece.

    Primera aparición: Path of Deceit.


    Sav Malagán

    Aunque ya conocimos a Sav en la Fase I de la Alta República, descubrimos más sobre su pasado en esta Fase II.

    Savina Besatrix «Sav» Malagán fue una Maestra Jedi Kyuzo que sirvió a la Orden Jedi durante la Era de la Alta República, y que estuvo estacionada en el Templo Jedi en Takodana.

    En su juventud, siendo un poco rebelde con la Orden, se fugaba a escondidas durante la noche para escuchar las historias de la pirata Maz Kanata. Para su propia sorpresa, se vio envuelta en alguna de ellas y esto las llevó a convertirse en grandes amigas.

    Primera aparición: The High Republic Adventures (2021) #8.


    Yaddle

    Yaddle era una mujer sensible a la Fuerza de la misma especie que el Gran Maestro Yoda y que Grogu.

    En la Era de la Alta República, Yaddle estaba a cargo de los Iniciados Jedi en el Templo de Coruscant, y terminó entrenando a muchos de ellos, como a Oppo Rancisis o Vernestra Rwoh. Alrededor del 231 ABY se tomó un año sabático en Kronk, pero terminó regresando a sus deberes antes de lo esperado al darse cuenta de que extrañaba su tiempo con los jóvenes.

    Yaddle volverá a ser parte de la Alta República en la Fase II.

    Primera aparición: La Amenaza Fantasma.


    Porter Engle

    Porter Engle, conocido como «la Espada de Bardotta«, fue un Maestro Jedi Ikkrukkian (y gran cocinero) que vivió durante la Era de la Alta República.

    Luciendo una enorme barba, Engle fue una vez una leyenda dentro de la Orden Jedi.

    Finalmente, Engle renunció para convertirse en un humilde cocinero, haciéndose conocido por sus recetas, como el estofado de nueve huevos.

    En la Fase II de La Alta República conoceremos cómo se ganó ese sobrenombre.

    Primera aparición: Luz de los Jedi.


    Barash Silvain

    Barash Silvain era una Maestra Jedi Kage y hermana del Maestro Jedi Ikkrukkian Porter Engle.

    Acompañó a su hermano] en sus aventuras alrededor del 382 ABY. El «Voto de Barash» tiene ese nombre por Silvain.

    Su mayor habilidad era usar la Fuerza para determinar si alguien estaba diciendo la verdad o no.

    Primera aparición: The High Republic – The Blade #1.


    Maestra Leebon

    Leebon era una mujer Seloniana que sirvió como Maestra Jedi durante la Era de la Alta República. Alrededor del 382 ABY era la Maestra de la Padawan Matthea Cathley y las dos estaban estacionadas en la luna Jedha.

    Leebon envió a su Padawan a encontrarse con el Jedi Vildar Mac después de que él llegara a Jedha.

    Primera aparición: The High Republic (2022) #1.


    Oliviah Zeveron

    Oliviah Zeveron era una Caballero Jedi humana que sirvió como ayudante de la Maestra Jedi Leebon, la representante de la Orden Jedi en la Convocación de la Fuerza en Jedha alrededor del 382 ABY.

    Oliviah tenía relación familiar con la líder del culto de la Senda de la Mano Abierta, Elecia Zeveron, también conocida como «La Madre».

    Primera aparición: The High Republic (2022) #1.


    Arkoff

    Arkoff fue un Maestro Jedi Wookiee durante la Era de la Alta República que sirvieó en el remoto planeta Banchii, trabajando con la Caballero Jedi Lily Tora-Asi y varios Padawan.

    A raíz del Gran Desastre Hiperespacial, Arkoff y los otros Jedi en Banchii ayudaron a las personas que habían sido desplazadas por la catástrofe.

    Arkoff volverá a la Fase II de la Alta República en su época de Padawan.

    Primera aparición: Star Wars: The High Republic: Al Filo del Equilibrio Vol. 1.


    Creighton Sun

    Creighton Sun era un Maestro Jedi humano que estuvo activo durante la Era de la Alta República. En el 382 DBY, junto con su compañero, el Maestro Char-Ryl-Roy, la Caballero Jedi Gella Nattai y la Padawan Enya Keen viajaron en el Valiant a ayudar en una misión de socorro. Sun era un virtuoso Maestro Jedi bastante tradicional, lo que le valió la reputación de ser poco sociable, y le costaba un poco de esfuerzo que los demás pudieran conocerlo a fondo, aunque cuando se abría a los demás tenía bastante sentido del humor.

    Llevaba un sable de luz de guarda cruzada y de una brillante hoja azul.

    Primera aparición: Convergence.


    Char-Ryl-Roy

    Maestro Jedi varón Cereano que sirvió en el Alto Consejo Jedi durante la Era de la Alta República. Alrededor del 382 ABY, Roy, junto con su compañero, el Maestro Jedi Creighton Sun, la Caballero Jedi Gella Nattai y la Padawan Enya Keen, quien era aprendiz del propio Roy, viajaron a Eiram a bordo del crucero Valiant en una misión para entregar suministros médicos.

    Primera aparición: Convergence.


    Helion Volte

    Helion Volte era un Maestro Jedi Mikkian que formó parte del equipo de Expedición del Borde Exterior Ocho-Cero-Siete de los Pioneros de la República. En el 382 DBY, Volte se cruzó con los Jedi Porter Engle y Barash Silvain en la Oficina de la Frontera y se ofreció a dejarlos en el planeta Gansevor, ya que su equipo se dirigía en esa dirección.

    En el camino, Volte le pidió a Engle, que era famoso por sus habilidades de duelo, que se enfrentara a é, y fue derrotado fácilmente.

    Volte ofreció dar a los otros Jedi un droide EX para que pudieran contactar con la república cuando terminaran con su misión, pero Silvain se negó.

    Primera aparición: The High Republic – The Blade #1.


    Benj

    El Padawan humano de Helion Volte lo acompañaba cuando su Maestro y él se cruzaron con los Jedi Porter Engle y Barash Silvain.

    Volte le pidió a Engle que entrenara con él, porque sólo tenía la oportunidad de entrenar con Marko, que tenía menos habilidad por ser un Padawan.

    Primera aparición: The High Republic – The Blade #1.


    Aida Forte

    Aida Forte era una mujer Kadas’sa’Nikto que sirvió como Caballero Jedi durante la Era de la Alta República.

    En 382 ABY, Aida y el Maestro Jedi Creighton Sun viajaron a la luna Jedha con delegaciones de los planetas Eiram y E’ronoh, donde dichas delegaciones debían firmar un tratado durante una cumbre para poner fin a la guerra entre los dos planetas.

    Primera aparición: Convergence.


    Maestro Larti

    Larti fue un Maestro Jedi activo durante la Era de la Alta República.

    Rescató a Vildar Mac de un hechicero de Tund y lo tomó como su Padawan.

    Primera aparición: The High Republic (2022) #1.


    Sula

    Sula era una mujer humana que sirvió como Jedi en un equipo de Pioneros a bordo del Witherbloom durante la Era de la Alta República.

    Sula estaba en la cabina del Witherbloom cuando la nave casi choca con otra de la Senda de la Mano Abierta que apareció inesperadamente frente a ellos, obligándolos a realizar un aterrizaje forzoso mientras la otra nave se estrellaba en el planeta.

    Pero al investigar si había supervivientes, algo oscuro amenazó con acabar con todo su grupo…

    Primera aparición: The High Republic Adventures: The Nameless Terror #1.


    Coron Solstus

    Alrededor del 382 ABY, Solstus era un Padawan que trabajó como parte de un equipo de Pioneros junto a varios otros Jedi a bordo del Whiterbloom.

    Coron ayudó a intentar averiguar qué estaba amenazando a su grupo cuando tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso tras casi colisionar con una nave de la Senda de la Mano Abierta.

    Mucho más tarde, Solstus entrenó al futuro Maestro Jedi Cibaba.

    Primera aparición: The High Republic Adventures: The Nameless Terror #1.


    Xinith Tarl

    Xinith Tarl fue un Maestro Jedi Bith que sirvió en el Alto Consejo Jedi durante la Era de la Alta República.

    Durante la Batalla de Jedha, los Maestros Tarl, Vohlan y Har’kin llegaron a Jedha para ayudar al Maestro Creighton Sun y al Caballero Jedi Aida Forte y para poner fin a la lucha.

    Tarl viajó en la nave Pathfinder Witherbloom con el resto del equipo de Pioneros cuando fueron obligados a realizar un aterrizaje forzoso tras casi chocar con otra nave de la Senda de la Mano Abierta, y resultó gravemente herido por la caída de escombros…

    Primera aparición: The High Republic Adventures: The Nameless Terror #1.


    Rok Buran

    Rok Buran fue un Maestro Jedi humano. Dirigió el equipo Pioneros del Borde Exterior para la República en la expedición Dos-Cinco-Dos, cuyos otros miembros eran su Padawan, Maliq, Joneth, Branda y el droide de comunicaciones EX-8C.

    Alrededor del 382 DBY, el equipo fue traicionado y emboscado durante una expedición al planeta Gloam, con Buran como el único sobreviviente después de ser dado por muerto debido a las heridas infligidas por unos de los monstruos del planeta.

    Buran se dirigió a un antiguo Templo Jedi donde se refugió mientras enviaba a EX-8C con una señal de socorro que fue descubierta por el equipo de Pioneros de la Maestra Silandra Sho.

    Después de dejar Aubadas, Buran se unió a otro equipo de Pioneros a bordo de la nave Witherbloom.

    Primera aparición: Quest for the Hidden City.


    Azlin Rell

    Caballero Jedi humano que sirvió a la Orden Jedi alrededor del año 382 ABY, durante la Era de la Alta República. Naturalmente humilde y modesto, Rell confiaba profundamente en la Fuerza y se preocupaba por llevar a cabo sus deberes como Jedi. También era amigo desde hace mucho tiempo del Wookiee Jedi Arkoff.

    Fue asignado en una gira de servicio por los Territorios del Borde Exterior y la Frontera, y fue acompañado por su droide astromecánico, C-9, en su tarea. Durante la gira, Rell realizó varias misiones, una de ellas visitando las lunas de Relik.

    Alrededor del año 382 ABY, Rell llegó al planeta Tiikae para ayudar a un puesto comercial amenazado por una gran manada de tiburones de hierba migratorios. Al encontrar la tarea demasiado grande para él y C-9, hizo una llamada de socorro que fue respondida por el Maestro Jedi Zallah Macri y su Padawan, Kevmo Zink. Juntos, el grupo pudo desviar con éxito a las criaturas.

    Después, Macri y Zink fueron enviados en busca de un artefacto de la Fuerza robado mientras Rell escribía algunos informes e hizo algunas reparaciones, antes de planear regresar al puesto avanzado Jedi en la luna Jedha. Sin embargo, mientras estaba en camino, se le pidió a Rell que buscara a la pareja en el planeta Dalna ya que los Jedi habían perdido contacto con ellos…

    Primera aparición: Path of Deceit.


    Por supuesto, seguro que aparecerán muchos más (hemos visto algún Jedi nuevo también en los anuncios que hicieron en el Panel Literario de la Alta República de la Star Wars Celebration Europe 2023 y en algunas otras publicaciones que aún no se han mostrado del todo en esta «Quest of the Jedi«) pero, en este caso, estos son los principales que veremos en las novelas y cómics durante esta segunda Fase de este enorme proyecto que en los Estados Unidos está prácticamente por comenzar en la última, la Fase III, «Trials of the Jedi«.

    Que la lectura os acompañe.

  • Extracto exclusivo de la próxima novela Star Wars The High Republic: Cataclysm

    Extracto exclusivo de la próxima novela Star Wars The High Republic: Cataclysm

    Por Gorka Salgado

    Debería ser un momento de paz y exploración, ya que la Fase II de Star Wars: The High Republic encuentra a la Orden Jedi y la República trabajando para unir una vasta galaxia.

    En la próxima novela, Cataclysm de Lydia Kang, la secuela de Convergence de Zoraida Córdova, los planetas de Eiram y E’ronoh, que alguna vez estuvieron en guerra, están al borde de un armisticio cuando surge la noticia de un desastre en la firma del tratado en Jedha. Juntos, los herederos reales de ambos mundos, Phan-tu Zenn y Xiri A’lbaran, deben trabajar junto a los Jedi para descubrir la evidencia del verdadero culpable.

    En el extracto exclusivo del libro de StarWars.com, que llega el 4 de abril, la princesa Xiri intenta su primera negociación. Pero primero, el representante del Camino de la Mano Abierta exige una muestra de buena voluntad, y depende de la Jedi Enya Keen producir un regalo casi tan valioso para ella como su propia vida…


    Dalna estaba a la vista. Marrones, azules y verdes, con cobertura de nubes en la mitad del globo. Era un planeta de aspecto bastante ordinario. En la superficie, al menos. Fue la cotidianidad lo que puso nerviosa a Xiri.

    El Maestro Char-Ryl-Roy y la Jedi Enya Keen entraron en la cabina para inspeccionar el terreno.

    “Si estamos lo suficientemente cerca para eludir cualquier comunicador y boya que interfieran, tal vez podamos anunciarnos”, dijo Enya.

    «Muy bien», dijo Char-Ryl-Roy.

    «¿Es eso una buena idea?» preguntó Xiri. Pensó en una línea del enorme libro sobre diplomacia que había estado leyendo. Imagina, con verdadero sentimiento, las esperanzas y temores de la otra parte. “Creo que es mejor que yo abra la conversación. Puede que al principio se sientan incómodos hablando directamente con un Jedi”.

    «Bien. Es hora de que nos anunciemos. ¿Lo hacemos, Xiri? Char-Ryl-Roy preguntó, señalando hacia la cabina.

    Xiri abrió el camino y comenzó los procedimientos de aterrizaje.

    Estamos en una frecuencia general abierta. Cualquiera en el recinto del Camino de la Mano Abierta lo escuchará”, dijo Char-Ryl-Roy.

    Xiri se aclaró la voz. “Esta es la princesa Xiri A’lbaran de. . . Eiram y E’ronoh. Estoy acompañado por el Maestro Jedi Char-Ryl-Roy y la Jedi Enya Keen, aquí en una misión diplomática para abrir un diálogo sobre un suceso reciente relacionado con nuestros planetas. Deseamos escuchar su perspectiva completa sobre el asunto”.

    Contuvo la respiración y esperó. Le susurró a Char-Ryl-Roy: «¿Crees que fue recibido?»

    Char-Ryl-Roy asintió. “Nada que hacer más que esperar”.

    Minutos después, se escuchó una voz.

    “Este es el élder Yulon Onning. Miembro mayor del consejo del Camino de la Mano Abierta, gracias a la Madre. Hemos recibido su petición. En este momento, no vemos la utilidad de tal diálogo, como usted lo llama”.

    “Sería bastante útil, te lo aseguro”, dijo Xiri. “Tenemos mucho que discutir—” Podía escuchar su voz elevarse con irritación. Tomó aire para controlar su ritmo. “Reconocemos la importancia y la influencia del Camino de la Mano Abierta en esta galaxia. Deseamos escuchar sus deseos y necesidades con respecto a nuestros grandes planetas”.

    “Ya veo”, dijo el élder Onning. “¿Y cómo propondría mostrar su buena fe al abrir esta conversación?”

    Xiri silenció el comunicador. «¿De qué está hablando? ¡No entiendo este lenguaje diplomático!”

    El Maestro Roy se frotó la barbilla. “Creo que está hablando de regalos, Xiri. Una muestra de fe”.

    «¿Regalos? ¿Fichas? Ella susurró. Estuvo a punto de decir: ¡ No llegué a esa parte del libro de diplomacia! Se palpó a sí misma, como si buscara un blaster sin funda. En su cintura estaba su siempre presente hoja de perdición. Xiri nunca usó joyas ni nada importante.

    El élder Onning habló de nuevo. “Creemos en los regalos que se dan libremente. Un principio de cómo vemos la Fuerza y ​​una medida de nuestro sentido de identidad dentro de este universo.

    “Regalos dados libremente”, repitió Xiri. «¿Y, sin embargo, solicita un regalo para simplemente abrir una conversación?» Había hablado sin pensar y vio el resultado en los grandes ojos de alarma de Enya. El Maestro Roy se llevó una mano a la frente sólida. Ups. Tal vez eso fue lo incorrecto para decir.

    “Si así es como te sientes”, dijo el élder Onning, con un claro escalofrío en su voz.

    Vamos Xiri, se dijo. Aumentar. Sea un diplomático. Hacer algo.

    “Te ofrezco un objeto personal preciado, mi espada de perdición, que he llevado conmigo desde que era joven”, dijo Xiri, tratando de no apresurar sus palabras. “No tienen precio en E’ronoh, ya que no se pueden comprar ni vender. Nunca, nunca nos separamos de ellos, no hasta la muerte. Ella contuvo el aliento. «Te ofrezco la espada de la ruina de una princesa de E’ronoh como muestra de que nuestra conversación se ofrece con las mejores intenciones».

    «Princesa Xiri», respondió el élder Onning. “Aprecio mucho su visión de nuestra comunidad pacífica. No somos más que gente sencilla, no de los que acumulan pequeñas baratijas brillantes por el bien de una conversación a la hora del té.

    Xiri levantó las manos con frustración.

    Enya se adelantó para silenciar el comunicador. “¡Está fanfarroneando!” dijo Enia. “Creo que está salivando ante la idea de recibir regalos. Prácticamente puedes escuchar sus manos haciendo movimientos de agarre”.

    «¿Qué pasa con Teegee?» sugirió Xiri.

    Ante esto, Enya saltó y suprimió un chillido sin éxito. “¡No Teegee! ¡Acabo de juntarlo en una sola pieza!”

    «¡Bien bien!»

    Xiri miró por encima del hombro y vio a Enya exhalar con alivio y acariciar a 4VO-TG, que estaba a su lado. El droide también hizo un ruido de alivio que sonó ligeramente como un gas humano pasando.

    ¿Qué más tenían?, se preguntó Xiri. No podían abandonar su barco. El astromecánico no estaba disponible. Su propia preciosa hoja de perdición fue rechazada por completo.

    “Pero creo”, continuó el Anciano, “en un verdadero espectáculo de un. . . mano abierta de la amistad, puede haber algo a bordo de su nave que demuestre cuán profundas son realmente sus buenas intenciones «.

    «Aquí vamos», susurró Char-Ryl-Roy. “Que comience la negociación”.

    Xiri abrió el comunicador. “Por favor, habla. Todos estamos aquí para escuchar”.

    “Creo que dijiste que había dos Jedi a bordo”, dijo el élder Onning. “Dadas nuestras diferentes opiniones sobre la Fuerza, la sola presencia de un Jedi es una afrenta a todo en lo que creemos”.

    Xiri vio que Enya e incluso Char-Ryl-Roy se ponían rígidos ante el comentario. Ella no sabía qué decir a eso. El Anciano rompió el silencio, finalmente.

    “Como muestra de fe, como lo expresó con tanta elocuencia, aceptaríamos un regalo que fuera sinceramente importante para nosotros, así como para los de su grupo”.

    «¿Sí?» dijo Xiri.

    “Un sable de luz. El arma mortal de los Jedi. Después de todo, es la encarnación de cómo los Jedi usan la Fuerza. Y el Camino cree que no debe ser usado. Darnos un sable de luz personal sería la máxima muestra de respeto a nuestra gente”.

    Los dos Jedi no pudieron ocultar su asombro. Xiri silenció el comunicador una vez más, y el Maestro Roy puso su mano en su sable de luz.

    “No podemos hacer tal cosa. Nunca se ha hecho”, dijo el Maestro Roy. “Es parte de lo que somos. Un sable de luz es un arma peligrosa en las manos equivocadas. Sería imprudente regalarlo”.

    “Estoy de acuerdo”, dijo Xiri. “Seguramente pueden elegir otra cosa”. Volvió a encender el comunicador. «Me temo que no se puede regalar un sable de luz Jedi».

    “Entonces no creemos que realmente elija hablar con nosotros en el espíritu de la diplomacia. Veríamos esto como una afrenta al Camino, porque está claro que la gente de Eiram, E’ronoh y todos los Jedi nos miran con desdén. Tenemos todo el derecho de verte como una amenaza, dada tu incapacidad para ofrecer un regalo dado libremente. Eso es todo.»

    La transmisión se cortó.

    Xiri murmuró para sí misma. “No puedo creer que hayamos venido aquí por nada”, dijo.

    «¡Esperar!» Enya intervino, poniéndose de pie. Sus ojos oscuros brillaron mientras sostenía su sable de luz. «I . . . Les daré mi cristal kyber”.

    Char-Ryl-Roy miró a Enya, tomándola por los hombros. “Enya. ¿Sabes lo que estás diciendo? Encontrar nuestro cristal kyber es una parte sagrada de nuestro entrenamiento como Jedi. Nos ha elegido. No podemos regalarlo como una mera joya o gema de valor. Esto no es negociable”.

    «Entiendo. Pero tengo la sensación de que lo que está pasando aquí es más grande que yo y mi sable de luz, o incluso mi cristal kyber. Estaré bien, Maestro.” Enia sonrió. «Y quien sabe. Podría recuperarlo, si las conversaciones van bien. Cuando se den cuenta de que verdaderamente estamos aquí en el espíritu de paz. Hay vidas en juego. Creo que vale la pena.

    Xiri puso su mano en el hombro de Enya. «¿Estas realmente seguro?»

    «Lo soy», dijo Enya, asintiendo.

    «Bien entonces.» Xiri volvió a llamar a la frecuencia del Camino. “Este es Xiri A’lbaran otra vez. Élder Onning, aunque no podemos regalar un sable de luz Jedi, en su lugar ofrecemos el cristal kyber personal que pertenece a Jedi Enya Keen para abrir nuestra discusión juntos”.

    Prácticamente podían escuchar al Path Elder sonreír con satisfacción. “Eso es satisfactorio. Excelente. La Madre apreciará mucho tu regalo. Estamos transmitiendo coordenadas a su nave. Puede comenzar los procedimientos de aterrizaje. Nos reuniremos con usted en la pista de aterrizaje de nuestro complejo en breve.

    Hubo una sombra sobre el grupo mientras se preparaban para entrar en la atmósfera de Dalna. Enya se sentó detrás del asiento del piloto desde el que Xiri dirigía la nave. Sostuvo su sable de luz en su regazo y permaneció en silencio, como si estuviera en comunión con el cristal en sus últimos momentos juntos. Enya tocó las ranuras y el interruptor, así como las diversas piezas de metal que se habían unido para formar un sable de luz que no se parecía a ningún otro.

    “Gracias por hacer esto”, dijo Xiri. “Sé lo que se debe sentir al perder algo tan preciado”. Sostuvo su espada de perdición. Yo también renuncié a esto una vez. Pero encontró su camino de regreso a mí, de la manera más inesperada. Tal vez sea lo mismo para ti.

    Enya sonrió con tristeza. “Y, sin embargo, lo ofreciste de nuevo, porque creías en esta misión. Tal vez recupere mi cristal kyber, tal vez no. Un buen Jedi no deja que sus emociones lo superen. Siento que una parte de mí se perderá para siempre. Pero un Jedi es más que su sable de luz. Mientras la Fuerza esté conmigo, seguiré siendo un Jedi. La Fuerza siempre está conmigo”.

    “Creo que sentí lo mismo por Phan-tu. Y luego casi lo pierdo”. Ella sonrió. “Lo sé, no es lo mismo comparar esas cosas, personas y cristales. Pero supongo que te sientes como si estuvieras perdiendo una parte de ti mismo. Algo insustituible.

    «Phan-tu está bien, ¿no?» preguntó Enya, con el ceño fruncido por la preocupación.

    «¿Creo que sí? Pero no puedo estar seguro. Xiri sabía que no estaba del todo bien, pero no sabía cómo solucionarlo. Vio el cielo lluvioso sobre Dalna en el ventanal y vio pasar rápidamente los ríos, los bosques y las tierras de cultivo. Ya casi llegamos.

    Enya desmanteló cuidadosamente su sable de luz, quitando el cristal amarillo ligeramente brillante de la montura de enfoque. Ella lo sostuvo en su mano y sonrió.

    “Me calienta”.

    «¿Seguro que quieres hacer esto?» preguntó el Maestro Roy una vez más cuando su nave aterrizó con un ligero golpe en la plataforma de aterrizaje en el recinto del Camino de la Mano Abierta.

    Los ojos de Enya brillaban, pero no lloraba. Sus mejillas morenas se volvieron más oscuras por un momento. Se puso de pie, con la mano agarrada alrededor del cristal.

    «Sí.»


    Star Wars: The High Republic: Cataclysm llega el 4 de abril

    Enlace original en StarWars.com

  • Extracto de la novela Star Wars The High Republic: Convergencia capítulos 3 y 4

    Extracto de la novela Star Wars The High Republic: Convergencia capítulos 3 y 4

    Por Mariana Paola Gutiérrez Escatena

    Estimados bibliotecarios, aquí os dejamos los capítulos 3 y 4 de la novela de la Alta República «Convergencia» de Zoraida Córdova, y también la sinopsis. La segunda novela de esta nueva etapa ubicada 150 años antes de las luz de los Jedi. ¡Que la lectura os acompañe!

    Sinopsis:

    Es una época de exploración. Los Jedi viajan por la galaxia, ampliando su comprensión de la Fuerza, de todos los mundos y seres conectados por ella. Mientras tanto, la República, dirigida por sus dos cancilleres, trabaja para unir mundos en una comunidad cada vez mayor entre estrellas cercanas y lejanas.

    En los planetas vecinos de Eiram y E’ronoh, su odio mutuo ha alimentado media década de conflicto creciente y ahora amenaza con consumir los sistemas circundantes. La última esperanza de paz surge cuando los herederos de las familias reales de ambos planetas planean casarse.

    Antes de que pueda establecerse una paz duradera, un intento de asesinato contra la pareja hace que Eiram E’ronoh vuelvan a la guerra total. Para salvar ambos mundos, la Caballero Jedi Gella Nattai se ofrece como voluntaria para descubrir al culpable, mientras la Canciller Kyong nombra a su hijo, Axel Greylark, para que represente los intereses de la República en la investigación.

    Pero la profunda desconfianza de Axel hacia los Jedi choca con la fe de Gella en la Fuerza. Ella nunca había conocido a un fiestero tan engreído y privilegiado, y él nunca había conocido a una benefactora más seria e implacable. Cuanto más trabajan para desenredar la oscura red de la investigación, más complicada parece la conspiración. Con acusaciones que vuelan y enemigos potenciales en cada sombra, la pareja tendrá que trabajar junta para tener alguna esperanza de sacar la verdad a la luz y salvar ambos mundos.


    CAPÍTULO TRES

    A BORDO DEL VALIANT, EN EL HIPERESPACIO

    Momentos antes de la colisión, la Caballero Jedi Gella Nattai estaba a salvo a bordo de la bodega de carga de la Valiant, caminando en el aire.

    Las cajas de suministros médicos destinados a Eiram casi alcanzaban el techo del Longbeam, pero Gella siempre se las arreglaba con el espacio que tenía. Despojada de su túnica de color arena y sus polainas, se concentró en dar un paso cada vez. El paseo aéreo, que había visto realizar a una sacerdotisa de la Montaña Cantante durante su última peregrinación a Ciudad de Jedha, requería toda su concentración. Los latidos del corazón de Gella se ralentizaron al ritmo de sus profundas respiraciones. Cada parte de su cuerpo era impulsada por la Fuerza, una contradicción de sensaciones: a la deriva pero anclada, firme pero en movimiento. Era un momento y, de alguna manera, infinito.

    Dio otro paso, ahora de pie, completamente de lado. Lentamente, extendió los brazos hacia fuera, manteniendo las palmas hacia arriba, y sintió el primer temblor en los músculos. Concéntrese, se recordó a sí misma. Mantuvo la mirada fija en la luz azul y blanca del visor. Sus viajes con la Orden la habían llevado a mundos oceánicos, a valles montañosos y a ciudades que flotaban en las nubes. Pero había algo en el hiperespacio que la humillaba como ninguna otra cosa. Meditar en el hiperespacio era como estar enterrado en la luz, en la propia Fuerza. Allí, y luego desaparece. Un parpadeo, una estrella, una vida.

    Inhaló una vez más y sintió la presencia antes de que la puerta de la bodega de carga se abriera con un siseo.

    «Eso no puede ser cómodo», dijo la padawan del maestro Roy, Enya Keen.

    Gella se agarró al aire, pero se desconcentró. Cayó de costado, con un dolor que le subió por el brazo y el hombro.

    «Eso parece aún menos cómodo», añadió Enya, dejándose caer sobre el cajón donde Gella había dejado sus sables de luz y el resto de su túnica.

    Gella gruñó y se puso de pie. «Estaba perfectamente cómoda antes de que me interrumpieran bruscamente».

    Enya esbozó una sonrisa de disculpa, pero no dio muestras de moverse. Se metió una pierna bajo el muslo, haciendo girar distraídamente el mechón de su trenza de padawan. Debía de estar durmiendo, porque tenía arrugas bajo los ojos en su piel marrón intensa, y su pelo oscuro se desprendía de los dos nudos de la trenza que corrían perpendiculares a su columna vertebral.

    «Nunca he visto a nadie meditar de pie», dijo, «ni flotar boca abajo. Parecías un Loth-bat».

    «Hay muchas formas de meditar, ya lo sabes». Gella se puso el tabardo marrón y enfundó sus sables de luz gemelos a ambos lados de las caderas, y luego se puso rápidamente los calcetines y las botas rozadas.

    «¿Pero cuál es la función de un Jedi?» insistió Enya con su suave soprano.

    Gella no había pensado exactamente en la función que podría tener un Jedi para el ritual sagrado de la Montaña Cantante. Simplemente había estado ansiosa por entenderlo. De desafiarse a sí misma para ver si era capaz.

    Enya, sin embargo, no la dejó explicarse antes de continuar: «¿Puedes enseñarme?».

    «Está claro que aún no domino el Aerialwalk». Gella no quería ser brusca, pero se había escondido en la bodega de carga porque quería estar sola, y su habitación no tenía vistas al hiperespacio. Consideró la posibilidad de excusarse y esconderse en una de las naves clase Alfa estacionadas en el hangar.

    «Claro. ¿No se suponía que estabas de camino a Jedha antes de meterte en problemas con el Consejo?» Enya soltó un fuerte suspiro. «Probablemente no debía escuchar a los maestros hablando de eso».

    Gella se erizó. «Probablemente no».

    «¡Bueno, estoy segura de que lo que ocurrió en su expedición a Orvax no ocurrirá aquí! También escuché que el Jedi Neverez sólo se magulló el coxis y que el resto se recuperará por completo».

    Gella se pellizcó el puente de la nariz. Dos semanas y el recuerdo de su fracaso en su primera misión como líder del equipo Pathfinder aún estaba fresco. En el momento del accidente, había solicitado permiso al Consejo para regresar a Jedha, donde podría entrenar con una de las muchas órdenes que estudiaban los caminos místicos de la Fuerza. Para centrarse. Para recuperar el equilibrio y la perspectiva sobre lo que había hecho mal en sus elecciones. En cambio, la habían reasignado a lo más profundo del Borde Exterior, a bordo de la Valiant con los Maestros Sun y Roy, y la padawan Enya Keen. Era difícil no sentir que la estaban castigando.

    También podría saber todo lo que Enya había oído. «¿Eso es todo lo que dijo el Maestro Sun?»

    «También dijo que eres impulsiva, pero que tienes las habilidades para ser una gran maestra algún día si te aplicas».

    Gella devolvió la amplia sonrisa de Enya con un ceño fruncido, aunque no duró mucho. No recordaba haber tenido nunca los niveles de energía de la padawan, a pesar de que, con treinta años estándar, Gella era sólo una década mayor que ella. Sin embargo, había algo en Enya que cansaba a cualquiera, con sus soleadas, ansiosas sonrisas y su inocente esperanza. Aunque fuera agotadora en viajes largos como éste.

    «Muy bien», dijo Gella. «Te enseñaré cuando lleguemos a Eiram. Necesito la práctica».

    «¿Ves? Voy a decirle a Aida Forte que eres simpática», dijo Enya, tocando su dedo en la barbilla. «Me pregunto cuánto tiempo estaremos en Eiram. Últimamente parece que nunca estamos mucho tiempo en el mismo sitio».

    «El tiempo suficiente para conseguir los suministros médicos, supongo». Gella se puso la bata y se pasó los dedos por su largo pelo negro.

    «Por el tiempo que necesiten nuestra ayuda». El maestro Creighton Sun dobló la esquina. Era un hombre estoico de estatura imponente; Gella lo había vislumbrado a lo largo de los años en varias cumbres, pero nunca parecía cambiar. Estaba casi segura de que el maestro Sun tenía ahora unos cuarenta años estándar, pero incluso cuando había sido un joven caballero Jedi, había tenido las mismas manchas de pelo plateado en las sienes y las finas líneas alrededor de los ojos, como alguien nacido para ser más sabio y mayor. Tal vez ese aspecto era el motivo por el que Gella siempre sentía la necesidad de corregir su postura cuando él entraba en la habitación.

    Echó un vistazo a la bodega de carga como si esperara encontrarla incendiada o destruida. Sinceramente, eso sólo había ocurrido una vez, y no había sido culpa de Gella.

    Gella y Enya se pusieron firmes. «Por supuesto, maestro Sun», dijo Gella.

    Las tupidas cejas oscuras de Creighton Sun se juntaron cuando su mirada se posó en Gella. Se rascó la mandíbula recién afeitada y dio un suspiro de sufrimiento. «Como estoy seguro de que Enya ha venido a decirle, nos acercamos a las coordenadas».

    La padawan se apresuró a salir de la bodega de carga delante de ellos. Gella también lo habría hecho, de no ser por la vacilación que percibió en el Maestro Sun.

    «He oído lo que ha dicho Enya».

    Gella disipó sus palabras con un movimiento de cabeza. «Está bien, Maestro Sun. Pero es reconfortante saber que crees que puedo llegar a ser un gran maestro algún día. Esperaba tener tiempo para ampliar mi formación a la luz de mi última misión».

    A ella le gustaba la forma en que él escuchaba, los surcos permanentes de sus cejas se hacían más profundos. «¿Y crees que deberías hacerlo en Jedha?»

    «Parece la opción más obvia», dijo ella. «¿Qué mejor manera de aprender sobre la Fuerza, y mi lugar en ella, que entrenar con todas las religiones y grupos que viven de ella? Tal vez sea más seguro aprender y entrenar así…»

    «¿Más seguro?» Preguntó suavemente el Maestro Sun. «¿De quién? ¿O de qué?»

    Gella se encontró con sus ojos amables, el marrón de los bosques. La primera respuesta que le vino a la mente fue «Yo mismo», aparentemente. Pero cuando fue a hablar, no pudo decirlo en voz alta.

    «Sé lo profundamente que crees en nuestra causa», dijo él, notando su silencio. «Para ser un guardián de la paz y la justicia en la galaxia, primero debemos experimentar la galaxia. Comprender mejor a todos los seres vivos que están conectados a través de la Fuerza. El Consejo no te envió a esta misión para que ayudaras a repartir suministros médicos. Te enviaron para que aprendieras a formar parte de un equipo».

    Como padawan, Gella había hecho todo lo que le habían dicho. Saltó de un acantilado y confió en la Fuerza para detener su caída. Se entrenó en templos de distintos mundos. En Jedha, aprendió a conocer el amplio espectro de los que manejan la Fuerza y los creyentes. Se entrenó. Durante horas. Días, meses, años. Se sintonizó con la composición misma de su cuerpo, meditó hasta no saber dónde empezaba su ser físico y dónde terminaba la Fuerza. Había hecho todo lo que se suponía que tenía que hacer, pero cuando la llamaron para su misión más importante como líder del equipo, fracasó.

    «Quizá sea mejor que sirva a la Orden por mi cuenta», reflexionó.

    El maestro Sun enarcó las cejas con simpatía. «Hay muchos caminos, y confío en que, con el tiempo, encontrarás el tuyo, Gella Nattai. Pero me parece que sólo estás arañando la superficie de lo que podrías ser capaz. Debes tener…»

    «Paciencia», terminó ella por él.

    «Exactamente», dijo él, dándose la vuelta para salir de la bodega de carga. «Tienes la capacidad de conectarte de maneras que no son obvias para el resto de nosotros. Todos trabajaremos en conjunto».

    «Se lo agradezco, maestro Sun», dijo Gella. Ella no fallaría de nuevo.

    «Ahora apresurémonos y abrochémonos el cinturón. Nuestro último viaje a Eiram fue una caída accidentada desde el hiperespacio».

    Siguió al maestro Sun por el pasillo y hasta la cabina, donde el maestro Char-Ryl-Roy estaba al timón. Incluso sentado, el hombre cereano sobresalía por encima de los demás. Reconoció a Gella con una rápida inclinación de cabeza, las luces amarillas y blancas de la cabina brillaban en su cabeza lisa y ovalada.

    «Ya has estado en Eiram, ¿verdad?». preguntó Gella al Maestro Sun mientras se sentaba detrás de Enya.

    «Oh, sí», dijo Enya, haciendo crujir sus nudillos con entusiasmo. «Aunque la última vez evacuamos antes de poder atracar».

    Los labios del Maestro Sun se aplanaron ligeramente, y luego dijo: «Esta será nuestra tercera vez en el último año. Eiram y E’ronoh llevan ya media década enzarzados en un conflicto. Aunque recuerdo haber oído hablar de sus disputas cuando yo era padawan. Me temo que la apertura del carril hiperespacial en su sector y la trágica circunstancia de la muerte del príncipe de E’ronoh agitaron viejas heridas».

    «¿Es prudente seguir involucrándose, entonces?» preguntó Gella.

    Los ojos marrones del maestro Sun se ensombrecieron en una profunda consideración. «Es nuestro deber ayudar a los que piden ayuda. Eiram ha pedido ayuda varias veces, pero E’ronoh nunca nos ha llamado. Su monarca desconfía de los forasteros».

    Gella consideró esto. «¿Y la reina de Eiram no lo es?»

    «Oh, sí lo es», dijo sombríamente el maestro Sun. «La reciente destrucción de un hospital militar dejó a Eiram desesperado. Les convencimos de que la única forma de conseguir más ayuda médica de forma segura era aceptar el alto el fuego propuesto por la princesa de E’ronoh. Creo que ha sido el alto el fuego más largo desde que empezó la lucha».

    «Una victoria sin duda», añadió el maestro Roy desde el asiento del piloto.

    «¿Cuánto tiempo es eso?» preguntó Gella.

    «Tres días», respondió él con una sonrisa de satisfacción.

    ¡Tres días! pensó Gella. Era casi el mismo tiempo que les llevó llegar al sistema Eiram-E’ronoh, dentro del sector Dalnan.

    «Di lo que piensas, Gella Nattai», la animó el Maestro Sun. «Sé que te has unido a nosotros por sugerencia del Consejo, pero quiero que te sientas parte de nuestro equipo. Puedo sentir que te estás conteniendo».

    Gella nunca se había sentido especialmente elocuente cuando se le pedía que expresara sus pensamientos. Aun así, se aclaró la garganta y dijo: «Para ser sincera, no creo que tres días sean una gran victoria».

    Enya dirigió su atención a Gella, con sus grandes ojos casi saliéndose de la cabeza.

    «Tal vez. Pero es un comienzo», dijo el maestro Sun con seguridad. «Es un momento delicado para Eiram y E’ronoh. Las heridas entre estos planetas son profundas, pero tengo la esperanza de que encuentren un camino hacia una paz verdadera y duradera».

    «Un comienzo», repitió Gella. ¿Es eso lo que era esta misión para ella? ¿Un nuevo comienzo después de tantos problemas? «Bien».

    Entonces la nave se sacudió en el túnel hiperespacial.

    «¡Agárrense de sus traseros!» gritó Enya, apretando su arnés. El Maestro Sun cerró los ojos y se agarró al manillar por encima de él.

    Gella se sintió extrañamente estable, moviéndose con la nave cuando entraron en el espacio real y el brillo azul se desvaneció hasta convertirse en un negro moteado de estrellas. El maestro Roy gruñó cuando su cabeza se estrelló contra el reposacabezas. Hubo un fuerte golpe y toda la nave tembló.

    «¿Qué demonios?» exclamó Enya.

    Gella nunca había oído a la padawan maldecir delante de su maestro, pero la situación lo requería. Las luces de emergencia parpadeaban y las alarmas sonaban cuando la nave recibía un golpe. Al principio, no pudo entender contra qué estaban chocando. Enfrente estaba lo que parecía una especie de viejo carguero que atravesaba un campo de escombros y se dirigía hacia el planeta turquesa. Gella sabía que debía esperar la escolta militar de Eiram, pero las fuerzas de E’ronoh permanecían estacionadas en el estrecho espacio entre los mundos. Ella habría pensado que era imposible dividir algo intangible como el espacio, pero estos planetas en guerra habían encontrado una manera.

    «¡Retírense!» gritó Enya.

    Saliendo de su punto ciego había un segundo crucero Long Beam. Las entrañas de Gella se agitaron mientras el Maestro Roy se esforzaba por evitar la nave de la República que intentaba enderezar su rumbo, pero el morro de la Valiant se estrelló contra la cola de la otra nave.

    «Es el Paxion», dijo Enya, leyendo el panel de control.

    «¿Estás segura?» preguntó el maestro Sun.

    Gella conocía el nombre de esa nave sólo por su reputación. «¿Qué hace la nave del canciller Mollo aquí?»

    Antes de que nadie pudiera especular, una ráfaga verde atravesó la oscuridad. Impactó en unos restos, pero la fuente parecía ser un devilfighter corelliano solitario que cargaba entre los escombros.

    «Supongo que el alto el fuego ha terminado», dijo Gella, aferrándose al reposacabezas del copiloto.

    Los labios del maestro Sun se aplanaron en un ceño fruncido, y luego se prepararon para recibir otro golpe.

    «Aquí el maestro Char-Ryl-Roy con el Consejo Jedi», dijo el varón cereano por el comunicador. «Somos un transporte de ayuda médica en ruta hacia Eiram. Repito. Somos un transporte de ayuda médica. Detengan el fuego».

    Las luces de la cabina parpadearon, y todo se agitó cuando los disparos de láser y los escombros chocaron contra ellos desde todos los lados.

    «Redirigiendo la energía auxiliar a los escudos», dijo Enya, marcando la directiva.

    «Ciudad Capital Erasmus, adelante», rugió el Maestro Roy, pero sólo respondió una respuesta de comunicación confusa. «¡Eiram, adelante!»

    «Intentaba responder a la llamada del Paxion, pero creo», el dedo índice de Enya siguió el rastro de una antena parabólica que giraba en el campo de escombros, «que hemos eliminado su receptor».

    «Dirígete a Eiram», gritó el Maestro Sun por encima de las alarmas. «No podemos esperar a la escolta».

    «Tengo buenas y malas noticias», dijo Enya por encima del estruendo. «La buena noticia es que ahora se disparan entre ellos en lugar de a nosotros».

    «Interesante idea de buenas noticias, pero sigue», dijo el maestro Roy.

    «No puedo ponerme en contacto con Erasmus para darles nuestra autorización de aterrizaje. Sin eso, las defensas de la ciudad podrían derribarnos en cuanto entremos en la atmósfera».

    «Bueno, no podemos quedarnos aquí», argumentó el Maestro Sun.

    Había dicho que era un momento frágil para Eiram y E’ronoh, pero ¿Qué había sido suficiente para desencadenar un ataque cuando ambos planetas esperaban urgentemente un alivio muy necesario?

    Gella se agarró a los reposabrazos de su asiento, con ganas de hacer algo. También podía sentir la frustración del Maestro Sun. «Deberíamos salir de aquí».

    «No podemos», dijo él, con un lamento muy marcado en sus palabras.

    «No podemos elegir un bando», convino el maestro Roy. «Nuestra misión es entregar la ayuda solicitada a Eiram, no luchar en su guerra. Por ahora nos dirigiremos a la luna antes de que nos arrastre la gravedad de E’ronoh».

    Gella mantuvo la vista fija en la lucha de dogfighting. Extendió la mano a través de la Fuerza hacia la destrucción que se avecinaba. La ira y el miedo teñían a todos los pilotos, pero uno de ellos irradiaba con más fuerza que el resto. Una nave que estaba fuera de control. El modelo corelliano, una clase más antigua por su aspecto, con pintura roja salpicada sobre el metal gris en violentas franjas desordenadas, y un cañón láser que sobresalía de cada ala. Observó cómo el piloto del caza intentaba, sin éxito, recuperar el control de la nave. Podía percibir el miedo y el pánico absolutos del piloto. Le dejó un sabor acre en la lengua.

    Gella señaló al caza rebelde. «Ahí».

    «Yo también lo siento», dijo Enya. «El piloto ha perdido el control y está asustado».

    «No hay nada que podamos hacer. Debemos ponernos a salvo primero», dijo el maestro Char-Ryl-Roy mientras la nave recibía otro impacto.

    Podrían llegar a la superficie de la luna, y Gella tendría que convencer a los maestros para que la dejaran tomar uno de los cazas estelares Jedi Alfa-3 y ayudar al piloto que parecía estar en peligro. Pero para entonces sería demasiado tarde.

    Antes de que el plan se formara por completo en su mente, Gella Nattai se desabrochó el arnés y se apresuró a ir a la parte trasera de la nave, bajó la escalera y subió a uno de los dos cazas estelares. La idea de volar sola le hizo sentir un desagradable apretón en el estómago, pero se tranquilizó. Sus propios sentimientos no importaban, no cuando alguien pedía ayuda. Al fin y al cabo, ¿no estaban allí para eso? Ayudar. Pulsó los controles para liberar las abrazaderas magnéticas y dejó que la cabina se cerrara a presión.

    Cuando Gella descendió a la carrera, sus nervios se desvanecieron y su objetivo quedó claro. No era la mejor piloto de la Orden, pero tenía la Fuerza de su lado. Pasando entre borrones rojos, Gella se adentró en el corazón de la batalla. Las naves azules y metálicas con la parte superior redondeada zigzagueaban entre los escombros más grandes, persiguiendo a los cazas estelares de color rojo. Los trozos de metal calcinado y lo que parecían restos de una bota fueron desviados por su escudo, el crepitar verde de la energía fue un consuelo momentáneo mientras corría hacia el piloto necesitado.

    «Adelante, Alfa Uno», dijo el maestro Roy. No parecía estar contento con ella. «¡Vuelve al Valiant, de inmediato, es una orden!»

    «Lo siento, maestro. Pero este piloto está en demasiados apuros. No conseguirá llegar hasta aquí por mucho tiempo».

    Hubo un gruñido de desaprobación seguido de: «Despejaremos su camino».

    Gella mantuvo el rumbo hacia el caza corelliano. De cerca, pudo ver un número pintado en su ala. El nueve. El piloto estaba en trayectoria hacia Eiram, con los cañones de tiro rápido orientados hacia delante abriendo camino. Las defensas de Eiram se enfrentaban a las fuerzas de E’ronoh en un intento de eliminar la amenaza.

    Gella consideró el ángulo en el que tendría que disparar para cortar el ala del piloto y deslizar la nave con seguridad. Estaba segura de que tenía que alejar al piloto de Eiram; aterrizar allí provocaría otro incidente planetario.

    «Una cosa a la vez», se recordó Gella.

    Sus sensores detectaron dos naves que se acercaban rápidamente a sus flancos. Tomó maniobras evasivas y tiró de los controles para sacudirlas. Navegaron en un arco ascendente, alejándose de los escombros.

    Una voz urgente habló a través de su comunicador. «Aquí el capitán Xiri A’lbaran. Retrocede, Alfa, o dispararé. Esta es su única advertencia».

    «Oh, capitán», llegó la segunda voz, amarga. «Deberíamos haber sabido que estabas tramando algo. Un mentiroso, como tu padre».

    «Se trata de un malentendido, general», dijo la capitana A’lbaran, sus palabras intercaladas con estática y una inconmensurable contención. «Estoy dispuesto a mantener y reanudar el alto el fuego, sólo hay que dejar que mis pilotos lleguen al transportador a salvo».

    «¿Crees que me importa el hielo cuando una nave enemiga se dirige a mi capital?»

    «¡No tiene el control!», gritó el capitán.

    Gella podía sentir que la situación requería acción, no palabras. Por la Fuerza, odiaba realmente volar, pero no había lugar para el miedo en su corazón. Accionó los mandos con fuerza y se sacudió contra el arnés de seguridad mientras volaba en un bucle diagonal, cortando el espacio entre las naves enemigas lo suficientemente cerca como para arrastrar los bordes de las alas de su nave contra sus flancos. El chirrido del metal chirriaba contra sus oídos, pero ahora su atención se centraba en ella.

    «Ahora», dijo Gella, con el corazón palpitando, «General, Capitán, estoy tratando de ayudarle, maldita sea».

    «¿Ayudar?» El capitán A’lbaran se burló, todavía volando al mismo tiempo, siguiendo al piloto rebelde.

    «Sí, ayuda. Mi nombre es Caballero Jedi Gella Nattai».

    «Jedi», dijo uno de los otros pilotos con un hipo de sorpresa. Parecía que, fuera cual fuera el lugar de la galaxia al que fuera, la palabra se pronunciaba con el mismo tono de sorpresa. Gella se concentró en eso, en el reconocimiento, en su peso. Nada tan egoísta como el orgullo, pero reforzado por una sensación de corrección que nunca podría expresar con palabras.

    «Retiren sus cazas», dijo Gella.

    «Hay una nave enemiga volando hacia la capital de Erasmo», espetó el general. «De ninguna manera».

    «Eiram pidió nuestra ayuda, General», dijo Gella. «Puedo mantenerlos tranquilos mientras resetean sus sistemas de control. Por favor, confíe en mí».

    Hubo un latido de silencio, el gruñido enloquecedor del aire muerto, y luego un «Hazlo» a regañadientes.

    «Voy contigo», dijo el capitán A’lbaran.

    Gella no perdió tiempo. Despegó, acelerando al máximo para alcanzar al devilfighter de E’roni. Las fuerzas de Eiram se fueron retirando una a una, mientras el escuadrón de E’ronoh rodeaba el carguero. El Valiant y el Paxion avanzaron por el corredor hacia la luna plateada entre mundos. Gella exhaló una bocanada de alivio contenida, pero aún no podía celebrarlo.

    «Nueve, adelante», dijo Gella, corriendo a su lado mientras se acercaba al gigantesco planeta azul. «¿Cómo te llamas?»

    Dio un codazo a la nave por el lado derecho, empujándola hacia arriba y alejándola de la trayectoria de la capital.

    «¡No puedo parar! No sé…»

    «Escucha mi voz». La voz de Gella era un alto suave que parecía cortar a través de la comunicación y la derecha en sus pensamientos. «¿Cómo te llamas?»

    «¿Quién eres?», preguntó, y Gella escuchó lo joven y asustado que estaba.

    «Está bien. Habla con ella, Blitz», le animó el capitán A’lbaran.

    «Bly», dijo, jadeando. «Bly Tevin, pero todos me llaman Blitz». «Muy bien, Blitz, quiero que escuches a tu capitana».

    Su devilfighter volvió a virar hacia el suyo, con una ráfaga de rayos automáticos que salían de sus cañones delanteros. Intentaba redirigirse, volver hacia Eiram. El capitán A’lbaran se acercó por el otro lado, y los tres quedaron atrapados en un crujido de metal y chispas. Gella extendió la mano a través de la Fuerza, dejando que su peso envolviera al piloto. Si tenía tiempo con él, tal vez podría entenderlo mejor. Aliviar el torrente de emociones que nublaban sus acciones. Esto tendría que servir.

    «Blitz», instó el capitán Xiri. «Apágalo».

    «¡No puedo, no…!»

    «Puedes, lo harás», dijo Gella, dejando que las vibraciones tranquilas de su voz llegaran a él. «Será por un momento».

    Ella sintió que él chispeaba de ansiedad, perdiendo el control de sí mismo y de la nave de nuevo. Se sacudió contra ellos, y juntos, Gella y Xiri redoblaron sus esfuerzos para mantenerlo en su sitio.

    «No funciona», gritó Blitz. «Está ejecutando un programa de piloto automático. Estoy bloqueado de los controles. Vas a tener que derribarme».

    «Esa no es una opción, Thylefire Nueve», replicó el Capitán Xiri. «No me importa si tienes que abrir ese panel con tus propias manos, encuentra una manera de apagarlo».

    Si Blitz respondió, no lo oyeron. Gella giró sus controles hasta donde podían llegar. El Alpha-3 era más ligero que el viejo caza estelar E’roni y el devilfighter. Gella podía volar más rápido, con más gracia con la Fuerza, pero el esfuerzo que le estaba costando mantener el Blitz en el aire la haría partirse física y mentalmente. Su agarre en su ya tenue conexión se deshizo cuando una nueva voz gutural interrumpió sus comunicaciones.

    «Muchas disculpas, princesa», dijo el desconocido. «Pero no nos hemos apuntado a esto. Liberando la carga».

    Gella captó el destello del transportista saliendo del sector, la enorme caja cayendo en picado hacia los escombros, mientras la princesa lanzaba una retahíla de maldiciones. En ese momento de incertidumbre, Blitz se liberó y su nave volvió a descender hacia su objetivo, Eiram. «¡Han tirado el hielo y han salido disparados! Teniente Segaru, no pierda ese botín».

    Entonces, de repente, el devilfighter fuera de control bajó la potencia y entró en barrena. «Lo he conseguido. Lo he conseguido».

    Gella sintió el alivio de Blitz, el amargo matiz de su miedo raspando su piel como la grava.

    «El general Lao… . . Por favor…» El capitán A’lbaran comenzó. Blitz seguía en curso de colisión con Eiram, pero al menos no estaba armado.

    «Entiendo», dijo el general Lao con reticencia. «Me aseguraré personalmente de que ambos lleguen a casa».

    «Gracias, Gella», dijo el capitana A’lbaran, mientras Gella maniobraba su nave alejándose del trío, y se dirigía al Valiant.

    «Capitana», la voz de Blitz sonó con miedo. Gella se volvió para ver a la capitana y al general que seguían volando codo con codo con el piloto. Algo iba mal. «Hay un problema. Yo-«

    Antes de que pudiera terminar, antes de que Gella pudiera retroceder, el fuego rojo y blanco brotó del devilfighter de Bly Tevin que explotó.

    MÁS ALLÁ DEL POZO DE GRAVEDAD DE EIRAM

    Bly Tevin siempre había querido ver de cerca las aguas azules de Eiram, aunque fuera un lugar que debía odiar. Pero el chico al que llamaban Blitz no podía odiar a nadie, no realmente. No de la forma en que lo hacían algunos de sus compañeros, con una ira tan profunda que se les marcaba en la piel. La misión de ese día debería haber sido el primer día de una larga carrera militar. Una oportunidad para terminar lo que su hermana había empezado, aquello por lo que su abuelo había luchado de joven. Por E’ronoh. Siempre por E’ronoh.

    Cuando fue reasignado a una de las nuevas naves, se deleitó con la sensación de atravesar la atmósfera hacia el espacio infinito. Era algo que ningún simulador ni ninguna práctica en el desfiladero de Ramshead podía reproducir. Se probaría a sí mismo. No Blitz, el piloto torpe. Bly Tevin, héroe de E’ronoh.

    Pero no había sido el héroe que se había propuesto ser. En el momento en que había perdido el control, había intentado desviar el devilfighter de su curso, aunque a primera vista podría haber sido tachado de desertor. No quería que nadie saliera herido, pero los controles no respondían. Estaban programados para disparar y su nave se puso en rumbo de colisión con la capital de Eiram.

    Se sintió como si hubiera estado fuera de control durante horas, gritando dentro de su propia enfermedad, antes de oír su voz. Sintió una presión contra su pecho, despejando las nubes del miedo hasta saber qué hacer. Recordó la hoja ceremonial de bane en su cadera. Los dedos sudorosos y temblorosos trabajaron en el cierre hasta que la liberó de su funda. Heredada de su abuelo, no estaba lo suficientemente afilada como para rebanar la piel en un primer intento, pero serviría. La introdujo en el puerto. Una corriente cortocircuitó la navegación y apagó su nave.

    «Lo he conseguido. Lo conseguí».

    Podía reiniciar manualmente la nave. Había despejado para aterrizar en Eiram de todos los lugares. Pensó en su madre, sentada en su apartamento. Ella le había prometido hacer una nueva tanda de estofado de pilafa cuando él tuviera permiso, si el alto el fuego se mantenía. Por eso estaba allí, tan lejos y tan cerca de casa. Pensó en ella entonces, sonriendo mientras jugaba con otros niños en las estrechas y polvorientas calles fuera del palacio. Una mujer que podía alargar una ración durante días. Un milagro, pensó una vez, hasta que se dio cuenta de lo delgada y triste que estaba revolviendo su olla de sopa fina. Juntos habían visto a su hermana caer del cielo, y él agradeció a sus estrellas de la suerte que ella nunca le viera luchar durante el entrenamiento, luchar mientras se estrellaba en una simulación tras otra hasta que fue marcado como Blitz. Blitz Tevin. Un nombre del que se reía con todos los demás aunque lo odiaba.

    Cuando dejó de temblar y comenzó el reinicio manual, cerró los ojos y dio gracias a los viejos dioses. A los que su madre todavía rezaba. Incluso entonces, estaba seguro de que ella estaba esperando, subiendo a la torre de vigilancia donde todas las familias esperaban a que las naves volvieran a casa. Porque ella era la razón por la que él hacía esto. Por ella.

    Mientras su nave volvía a la vida y comenzaba la cuenta atrás, pidió una ayuda que no llegaba. El último pensamiento de Bly Tevin fue para su madre. Ella siempre quiso ver también los mares turquesa del enemigo.

    CAPÍTULO CUARTO

    EL CANAL DE RAYES, LA CAPITAL DE ERASMO, EIRAM

    Cuando las estrellas caían sobre Eiram, nadie miraba hacia arriba. Los ciudadanos de la capital sabían que no había nada especialmente interesante en los trozos de roca procedentes del espacio, no cuando había estómagos que alimentar y raciones menguantes que se distribuían. Por eso, cuando dos objetos atravesaron las nubes montañosas que se aferraban perpetuamente a los cielos del planeta, no hubo pánico. No hubo miedo. Ni deseos de sobra ni asombro. Pronto las torres de misiles de defensa de la ciudad se fijarían en sus objetivos, y en caso de que los misiles funcionaran mal, las cúpulas electrostáticas que cubrían tantas ciudades importantes de Ei- ram protegerían a los ciudadanos que se encontraban debajo.

    Phan-tu Zenn fue la primera persona que vio las naves entrando en la atmósfera de Eiram. Pero el chico que había salido de la nada tenía la costumbre de mirar hacia las nubes.

    Había estado distribuyendo ayuda a la gente en el canal de Rayes, una estrecha vía de agua que desembocaba en el mar de Erasmo. En este sector de la ciudad, los edificios escuetos se apoyan unos en otros como hileras de dientes podridos y torcidos. Las algas secas y los percebes salpicaban las paredes y la línea de flotación, migas de pan que cualquiera podía seguir hasta los muelles. Las flacas aves de agua salada que volaban demasiado cerca de la cúpula recibían un golpe en la cabeza y una descarga. Aunque era transparente, el escudo protector que rodeaba la ciudad era visible a través de las bandas eléctricas blancas que trazaban los patrones de las olas en cresta, marcando los puntos de entrada para que los barcos entraran y salieran, y el zumbido constante del escudo estaba siempre presente.

    Phan-tu no debería haber estado en el Canal de Rayes en primer lugar, pero a lo largo de los años había aprendido a eludir a su equipo de seguridad. Se había subido a lomos de un agopie y había guiado al caballo de agua hasta su muelle favorito. En unos instantes, se vio rodeado de gente: los nacidos y criados en Rayes y los refugiados que llegaban en tropel desde las islas occidentales, las últimas en ser atacadas por las fuerzas de E’ronoh. Phan-tu debería haberse sentido afortunado de que la guerra con E’ronoh aún no hubiera llegado a la capital, pero la destrucción de las ciudades cercanas significaba que la infraestructura de Erasmo se estaba erosionando tan rápidamente como sus costas durante la estación de los monzones. Y eran los de abajo los que más sentían esa tensión.

    Incluso mientras repartía raciones de comida, gránulos de hidratación y cualquier otra cosa que pudiera rescatar de los desechos del palacio, sabía que no era suficiente. Su carro se había vaciado y apenas había empezado a distribuir. El dolor se le metió entre las costillas mientras los padres y los ancianos se marchaban con las manos vacías. Había llegado a ofrecer la túnica de fibra de lino de su espalda, las zapatillas cosidas en oro que lo hacían sentir positivamente ridículo. Pero nunca aceptaron. Nunca lo maldijeron, nunca dejaron que su desesperación se convirtiera en ira, no hacia él.

    Phan-tu era, después de todo, uno de ellos.

    Debería haber regresado al palacio. Sus madres estaban preocupadas. Pero su memoria muscular lo llevó hasta el muelle. Anotó mentalmente cuánta gente se había ido sin nada. Más de las que podía contar. La impotencia de todo aquello era asfixiante, y buscó consuelo en la vista del mar.

    En el extremo sur del canal, un escorpión azul pálido, del tamaño de un guijarro, se arrastraba por el muelle agrietado, demasiado joven para ser venenoso y lo suficientemente pequeño como para haberse colado por la cúpula. Lo apartó de la cornisa.

    A lo largo de la costa, pequeñas casas cuadradas se agolpaban en la orilla. La piedra blanca se bañaba en azules, verdes y amarillos brillantes. Los toldos de lona daban poca sombra en pleno sol, pero era un hogar. Una vez, antes del peor monzón de su vida, había vivido allí con su madre biológica y Talla, su hermana pequeña. Una vez, cuando la cúpula electrostática no había sido lo suficientemente fuerte contra las olas de una tormenta, todos habían sido llevados al mar. Sólo Phan-tu había vuelto nadando.

    Cuando la multitud se dispersó, una chica con rizos cortos y castaños y un vestido cosido con algún tipo de lona reciclada le tiró del pantalón. Se parecía mucho a su hermana, así que se arrodilló y le señaló el puño cerrado.

    «¿Qué tienes ahí?», le preguntó.

    Ella pareció perder los nervios, pero Phan-tu se limitó a sonreír pacientemente. La niña tenía su misma coloración, piel morena leonada, ojos verdes pálidos y una pizca de pecas verdes, la marca distintiva de los eiramis que se habían establecido en el planeta generaciones atrás.

    «Para la reina», espetó, desplegando sus diminutos dedos para revelar un racimo de perlas manchadas de barro.

    «Sé que le encantarán», dijo Phan-tu, embolsándose el regalo.

    Al ponerse en pie, captó el primer destello de luz en el cielo y utilizó la palma de la mano para protegerse los ojos del sol. Nadie más miró hacia arriba al principio, acostumbrados a la seguridad que proporcionaban los misiles y la cúpula, que en tiempos de paz sólo se utilizaban para las tormentas.

    Phan-tu observó el par de naves que caían de la órbita, demasiado oscurecidas para ser reconocidas. Buscó en el cielo otras, pero estas dos eran anomalías. Las defensas ya deberían haber sido activadas, pero las naves seguían cayendo libremente. Se dio cuenta de que algo debía de ir muy mal en la misión de escolta del transporte Jedi.

    Una de las naves que se acercaba tenía el característico color azul metálico de la flota de Eiram. Sus alas estaban en llamas y, en el momento en que parpadeó, soltó la burbuja de su cabina. La transparencia fue arrebatada por la brisa y se estrelló contra la cúpula. Un resplandor prismático surgió del golpe y se extendió. Alguien gritó cuando la nave eirami explotó por el impacto. No pudo saber si el piloto se había eyectado o no, y aún quedaba la segunda nave estelar oscurecida por el resplandor del sol.

    Phan-tu buscó su comunicador y se maldijo por haberlo dejado en el palacio.

    La niña le tiró de la pernera y le preguntó: «¿Es eso una estrella fugaz?».

    «No, querida», dijo él, tratando de mantener la voz uniforme para no asustarla. La empujó hacia el muelle. «¿Por qué no entras?»

    Cuando ella salió corriendo, las alarmas de la ciudad se activaron y todos los eiramis de las calles levantaron la vista. Señalaron con el dedo y se taparon la boca con las palmas. A medida que se acercaba, Phan-tu pudo distinguir las rayas que cruzaban su casco como heridas rojas. Un caza estelar E’roni.

    «Todos ustedes, adentro», gritó Phan-tu. «¡Ahora, por favor!»

    Para colmo, su equipo de seguridad lo había visto y corría por la estrecha calle del canal.

    «Mi señor, este no es el lugar para usted. Debemos volver rápidamente», dijo el jefe. Su desagrado por el Canal de Rayes era evidente en la mueca de sus finos labios.

    «No hasta que todos estén a salvo dentro», murmuró Phan-tu, empujando a los guardias para ayudar a una anciana a subir los escalones de su casa.

    «Ese no es su trabajo, mi señor», dijo el guardia, exasperado.

    «Tienes razón, Vigo, es tuyo». Phan-tu esquivó al hombre alto y cogió a un niño pequeño, cuya nariz goteaba mientras sus gritos avergonzaban las alarmas. Recorrió la multitud en busca de la madre, pero todavía había demasiados cuerpos agrupados para poder ver el accidente. La gente se subió a los tejados y se agrupó en las puertas y ventanas. De los campos de refugiados situados al borde del muelle llegaban gritos terribles.

    «¿Por qué no están disparando los cañones antimisiles?» preguntó Phan-tu.

    «Todo lo que sabemos es que ha habido algún tipo de accidente y el general Lao dio la orden de retirarse. Pero eso fue antes…»

    Phan-tu entregó el bebé a una joven madre frenética. Ella se inclinó hacia él, y él ignoró la sensación de incomodidad por la deferencia.

    «Mi señor», intentó Vigo de nuevo, apretando su puño enguantado. «Permítame recordarle que está a mi cargo. Las defensas de la ciudad aguantarán».

    Con los brazos libres, giró sobre su guardia, presionando con un dedo el chaleco decorado del hombre. «He estado allí cuando la cúpula falló. ¿Y tú?»

    «No, mi señor». La nariz pecosa de Vigo se arrugó al mirar hacia abajo y encontrar sus botas cubiertas de barro. Tan lejos del palacio, e incluso con naves que explotaban en el cielo, la guardia armada de Phan-tu se preocupaba más por sus botas. «Pero no hay nada que puedas hacer desde aquí. Ponga a Su Majestad en paz y vuelva a casa».

    Phan-tu mantuvo los pies en el suelo embarrado, con la confusión y la incertidumbre en el aire. Fijó su mirada en el caza estelar restante. De las alas salía humo negro. La capota se lanzó, junto con un paracaídas, pero el piloto debía de estar atrapado en la cabina. Una de las alas chispeó contra la cúpula siguiendo la curva de la esfera. Entonces se abrió uno de los paneles de la cúpula directamente sobre el Canal de Rayes. ¿Una avería? ¿Una orden? No había forma de saberlo. Un prisma de luz se refractó contra el sol. Los pájaros salieron disparados hacia las nubes cuando la nave enemiga atravesó la brecha de la cúpula, dirigiéndose directamente hacia el mar.

    «Qué mala suerte que no podamos ahogarlos a todos», dijo Vigo con una calma asombrosa.

    Phan-tu imaginó el horror de caer desde una altura tan grande, indefenso y atascado. Solo. No importaba quién estuviera allí, él nunca podría desearle a otro ser un destino semejante. Tal vez por eso corrió.

    «¡Mi señor!», le espetó el guardia real. «¿A dónde vas?»

    Pero Phan-tu ya se había despojado de su chal y su túnica, se había quitado sus ridículas zapatillas enjoyadas y había saltado del muelle. La marea estaba baja, así que no podía sumergirse. Chapoteó en el fango arenoso del canal, con las conchas rotas clavándose en las plantas de los pies. Agradeció a los grandes dioses del mar los callos que se había ganado de toda una vida corriendo descalzo por las calles.

    Phan-tu estaba agradecido por la vida que había tenido, el hogar que le habían dado después de la tormenta que lo cambió todo. Pero en su corazón seguía siendo un niño de la barriada más pobre de la capital. La gente del Canal de los Rayes se ayudaba entre sí. Su madre lo había hecho, y eso la había llevado a la muerte. Incluso ahora, quince años después de su muerte, tras el monzón, seguía oyendo su voz. Todavía sabía que en los peores momentos, ante la guerra y la muerte y la sequía, ella decía que siempre había alguien que necesitaba ayuda. Si podía hacerlo, debía hacerlo.

    Así que no importaba que la nave que caía en picado fuera del planeta a través de un corredor del espacio. No importaba. Si era una vida la que podía salvar, debía hacerlo.

    Cuando se alejó lo suficiente, la nave abrió una brecha en el mar turquesa. Le siguió una enorme ola y Phan-tu se sumergió. Oyó los gritos de la lejana orilla, y luego el pulso al patear. Los ojos le ardían contra la salmuera salada, pero sus miembros agradecían la sensación de verse envueltos por el cálido mar. Al igual que generaciones de eiramis, Phan-tu podía aguantar la respiración durante largos periodos de tiempo. Era un rasgo que había surgido de épocas de buceo en busca de comida. Pero incluso sus fuertes pulmones tenían un límite, y nadó hacia el naufragio tan fuerte y rápido como pudo.

    El agua estaba turbia por el cieno revuelto, aunque más lejos había menos contaminación que en la costa. Por un breve momento, volvió a tener diez años, hundiéndose en el fondo del océano tras aquella terrible tormenta.

    Ahora no estaba indefenso.

    Divisó el buque que se hundía, arrastrándose contra el mar de Erasmo. Chocaba con la repisa de un acantilado y se tambaleaba en la boca de la zanja. Si se volcaba, no podría seguirlo. Phan-tu atravesó el agua como un tiburón krel, con los primeros signos de presión en los pulmones cuando llegó a la cabina abierta.

    Phan-tu se sobresaltó al verla. Pelo rojo, oscuro como el cobre. Miedo y desconfianza en sus ojos ambarinos mientras luchaba por liberarse del arnés. Un chorro de burbujas escapaba de su nariz. Estaba perdiendo demasiado aire, y aun así levantó los brazos como si quisiera bloquear su ataque. Como si hubiera venido hasta aquí para hacerle daño.

    Levantó las palmas de las manos y sacudió ligeramente la cabeza. Luego señaló al suelo, donde ella no podía llegar. Había un destello de metal. Una hoja. La agarró, la sacó de su funda y cortó las correas de seguridad del arnés. Se oyó el terrible crujido de la piedra al ceder. Sintió el cambio en el agua cuando el saliente del acantilado comenzó a desmoronarse bajo el peso del barco.

    Mientras se hundían, se agarró a la segunda correa, cortó y rasgó la tela. No hubo tiempo para su desconfianza, para su miedo hacia él, ya que le agarró la parte delantera de su uniforme rojo. Ella se aferró a él mientras su recipiente caía en el oscuro pozo de la trinchera. El dolor marcó sus rasgos, pero él tiró de su brazo y se elevaron hacia los haces de luz que se refractan bajo el mar. Sus entrañas gritaban pidiendo oxígeno, la mandíbula temblaba mientras apretaba los dientes y luchaba por no abrir la boca de par en par e inhalar.

    La mujer e’roni le seguía admirablemente el ritmo, aunque cuando miró hacia atrás, pudo ver un rastro de sangre que se desenrollaba como una cinta. No podía decir cuál de los dos estaba herido.

    Había nadado toda su vida, pero los últimos metros pusieron a prueba su temple, agitándose y pataleando hasta que pudo sentir la luz en la superficie, el fuego en sus pulmones, y luego el beso húmedo del aire cuando rompieron la superficie y se ahogaron con la ingesta de oxígeno.

    El mar, que nunca estaba en calma durante el verano, los condujo sobre olas ondulantes hasta el muelle. Se arrastraron hasta el fango del canal, y subieron unos escalones de madera desvencijados. Phan-tu dejó caer la daga y se tumbó de espaldas, tosiendo el agua salada que había tragado.

    «¿Estás bien?» Se arrepintió de la pregunta en cuanto la formuló. Porque cuando se incorporó, ella se cernía sobre él, con el agua goteando de su cabello, un moretón floreciendo en su frente y su daga descansando bajo su garganta.

    Extraído de La Guerra de las Galaxias: Convergencia (La Alta República) de Zoraida Córdova. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este extracto puede ser reproducida o reimpresa sin el permiso por escrito del editor.

    Fuente original: DelReyStarWars

  • Exctracto exclusivo de la novela Star Wars The High Republic Convergencia: Capítulo 5

    Exctracto exclusivo de la novela Star Wars The High Republic Convergencia: Capítulo 5

    Las diversas novelas y cómics de la Alta República están ambientadas en una época antes de que la República haya sido consumida por la corrupción y el engaño, cuando los Jedi todavía son pacificadores y exploradores. Con el lanzamiento de la nueva novela Star Wars The High Republic: Convergence, Lucasfilm da inicio oficialmente a la Fase 2 de esta saga de múltiples frentes.

    Convergencia se centra en dos mundos vecinos, Eiram y E’ronoh, que se precipitan rápidamente hacia la guerra después de que un intento de asesinato interrumpe una boda que habría unido a los dos. El libro sigue a un par de investigadores poco probables que trabajan para dar sentido a esta delicada situación política: el Caballero Jedi Gella Nattai y Axel Greylark, el hijo despreocupado del Canciller Kyong.

    En este extracto, los lectores conocen a Axel por primera vez y descubren por qué el hijo de este mimado político preferiría pasar sus días apostando en el sórdido vientre de Coruscant que siguiendo el negocio familiar.


    NIVEL 2623, CORUSCANT

    Si había una certeza en la vida de Axel Greylark, era que siempre podía apostar por sí mismo. Bastante literal. En lo profundo de la trastienda de Raik’s Parlour, Axel era uno de los cinco jugadores encorvados sobre una rueda de ruleta que el propietario del garito del mismo nombre había creado como un verdadero juego de azar. Iluminado por una lámpara colgante, el pozo de cromo y oro giraba y cada jugador lanzaba sus tacos a la refriega. Axel mantuvo sus ojos fijos en el brillante caparazón de su taco. Había elegido el violeta y el esmeralda porque eran los colores de su familia, y dado que estaba jugando con la fortuna de su familia, la correlación parecía adecuada.

    A medida que el giro se ralentizaba y cada diminuta esfera traqueteaba en una de las cuarenta ranuras, varios jugadores levantaron las manos disgustados y decepcionados. Axel apretó su rodilla temblorosa cuando su taco se tambaleó en la línea oxidada entre dos chuletas. Apostaría su última pila de créditos, además de que la chiquilla Raik lo había respaldado, debido a que él era un buen habitual y todo eso.

    El taco finalmente cayó en el premio mayor de oro.

    Axel parpadeó sus ojos privados de sueño.

    Él había ganado.

    Finalmente había ganado y solo le había costado… Axel miró su crono. Maldita sea, ¿realmente había estado aquí durante diez horas?

    Un jugador perdedor golpeó la lámpara sobre su cabeza, haciendo que se balanceara y golpeara al crupier. Dos ejecutores corpulentos sacaron al pobre perdedor, dejando a los que acusaban a Raik de arreglar los juegos en completo silencio. Axel se recostó en su asiento. Sus dedos se habían quedado pegajosos en el reposabrazos. No quería saber qué era la secreción, pero estaba seguro de que no procedía de él.

    El droide de Axel, QN-1, empujó la pierna de su pantalón debajo de la mesa. Quin emitió un pitido que sonó como desaprobación de las elecciones de Axel, luego abrió el panel triangular en su pecho. Ofreció un pequeño frasco de plata, que Axel aceptó con una sonrisa graciosa. Desenroscó la tapa y dio un mordisco rápido. El whisky ahumado ardió placenteramente mientras observaba atentamente cómo los clientes de la sala de juego se reducían. Algunos se dirigieron a buscar mejores fortunas en las madrigueras infestadas de ratas que bordean el distrito de placer. Otros pueden limpiar y dirigirse a los niveles superiores para comenzar la jornada laboral. Axel no dio señales de moverse, y tampoco la mujer de Mirialan o un rodiano borracho que golpeó un crédito en el borde de la mesa.

    «¿Qué?» preguntó la mujer mirialana sentada a su lado toda la noche. A él le gustaban más las marcas de diamantes negros en sus mejillas, ya ella le gustaba tomar sus créditos. Hasta ahora. «¿Las cosas baratas no son lo suficientemente buenas para ti?»

    El rodiano se rió y Axel bebió de nuevo, una gota cayó sobre su túnica de seda brillante de mil hilos.

    «¿Cómo sabes que esto no es barato?» preguntó.

    No le hagas caso. Raik habló con su voz rasposa y sibilante. “El principito de Coruscant no confía en que nadie le sirva un trago, ¿no es así?”

    Raik era una Utai con una boca arrugada y apretada que le daba la apariencia de chupar una gota de agua. Sus ojos saltones y saltones estaban fijos en Axel mientras se deslizaba entre la ruleta y las mesas de sabacc. Relevó al traficante y se dejó caer en su asiento. Una bebida rosa apareció a su lado del cantinero de muchos brazos.

    “Raik, cariño, no quiero ofenderte”, dijo Axel, tomando otro sorbo del whisky Chandrilan, un regalo de la hija del senador en su última visita. “Pero este fue un muy buen año”.

    Y era cierto. Ese lote costaba mil créditos la botella. Un trágico accidente de envío lo había convertido en el lote más raro de la galaxia, con solo trescientas botellas en existencia. Pero lo que Axel Greylark no estaba diciendo era que había visto a demasiadas personas envenenadas en su día como para confiar en una bebida de un agujero húmedo en la pared en las entrañas humeantes de la ciudad, incluso uno tan bueno como Raik’s Parlour.

    «¿Por qué te envenenaría, mi mejor y más guapo cliente?» Raik preguntó. El anillo de su boca adquirió el tinte rosado de la bebida. Además, me debes demasiado dinero. Si alguien te quiere muerto, es esa heredera. ¿Cual es su nombre?»

    La mirialana chasqueó los dedos. “¿Lady Lulú Faradaisy? Algo tan ridículo como eso.

    Quin pitó lo que podría pasar por una risotada entre los droides. Axel volvió a meter la petaca en el compartimento del pecho.

    —Lady Lu-reen Faraday —la corrigió—. Incluso bajar hasta las entrañas de Coruscant no fue suficiente para escapar de los chismes de su muy pública separación de la heredera de Chandrilan de Faraday Spirits, que ahora se envía por toda la galaxia. La única razón por la que recordaba el eslogan de la empresa familiar Faraday era porque era lo primero que Lu-reen había dicho para presentarse, seguido del título de senador de su padre. “Y no creas todo lo que ves en los hologramas”.

    Raik restableció la mesa de la ruleta y volvió a ordenar la selección de tacos. «¿Así que no rompiste con ella dejándola plantada en el puerto espacial?»

    «No, eso es correcto», admitió. «Hay más en la historia». Axel se mordió los dientes posteriores y frunció el ceño ante su reflejo deformado en el costado de la lámpara. La luz amarilla del techo hacía que su tez se tornara cetrina y enfatizaba las ojeras que no habían estado allí tres días antes. Su cabello oscuro estaba desordenado y sus ojos estaban nublados, pero se veía peor.

    En su bolsillo, su comunicador zumbó. Probablemente su madre. Otra vez. Lo silenció porque sabía lo que ella quería. Su madre quería lo que todo el mundo quería: una respuesta a por qué había hecho lo que había hecho. En lugar de tomar la decisión de asentarse y empezar a ponerse serio, tomó su deslizador favorito y una pila de créditos, y terminó en cualquier garito, club o cantina que le permitiera entrar. No necesitaba explicarse. ¿Por qué molestarse? La HoloNet, sus «amigos» y su familia ya habían tomado una decisión. El único lugar para esconderse de otra de las intervenciones de su familia era Raik’s. Por eso estaba decidido a dejar que su buena suerte lo llevara tan lejos como fuera posible. Su talento para silenciar cualquier voz de duda le permitió ignorar su comunicador.

    «Además, todos ustedes son una compañía mucho mejor», dijo Axel, sin dejar que su sonrisa flaqueara. Toda una vida de la mejor educación, desde tutores privados hasta la academia real, le había proporcionado buenos modales. Raik se lo comió. «Y como has sido tan bueno conmigo y me diste un vale para seguir jugando, nunca te dejaría en la estacada».

    “Porque no quieres terminar en una zanja”, murmuró la mujer mirialana.

    Se inclinó hacia adelante sobre su codo y sonrió. «Cariño, no me amenaces con pasar un buen rato».

    «Perder contra ti no es mi idea de un buen momento», ronroneó ella, paseando sus delgados dedos por la parte superior de su mano. Se inclinó ligeramente hacia ella. “Pero ahora las cosas han cambiado. ¿Estás seguro de que no eres un Jedi en secreto?

    El llorón rodiano naranja soltó una carcajada. «¡Si él fuera un Jedi, no estaría perdiendo todo el día y la noche!»

    Una sensación fría y fea se extendió desde el vértice del pecho de Axel. Él apartó sus delgados dedos verdes, su voz como el pedernal cuando dijo: «No me insultes, querida».

    Confundido, el mirialano retrocedió y tomó un trago de la bandeja de un droide de servicio que pasaba. Ella lo devolvió.

    «¿Vamos a ligar toda la noche o vamos a jugar?» preguntó el rodiano.

    “Ya has tenido suficiente, amigo. La aceptación es mucho más que eso”, dijo Raik con benevolencia.

    El rodiano se levantó abruptamente, murmurando en el idioma que Axel apenas entendía por acompañar a sus padres en las visitas de embajadores al mundo pantanoso. ¿Algo sobre que su esposo lo mató? Fuera lo que fuera, el rodiano estaba fuera.

    La mirialana apiló sus ganancias en ordenadas torres. Los dos habían estado intercambiando los mismos créditos durante horas.

    “Sigue divirtiéndote, principito. El resto de nosotros debemos ir a ganar nuestras fortunas. Ella levantó la mano para acariciarle la cara, pero él se apartó.

    Que aburre. No iba a dejar que ella ni nadie arruinara su nueva racha. Se sentó y alcanzó la bandeja de tacos.

    “Tú también”, agregó Raik, haciéndole un gesto. “Vete a casa, Greylark. Ya corro el riesgo de enfadar a tu madre.

    «Deja a mi madre fuera de esto», dijo Axel, un borde duro cortando su voz, uno que hizo todo lo posible por mantener enterrado.

    Quin flotó en el aire, el panel triangular del pecho del droide retroiluminado con una luz roja pulsante, como sucedió cuando el temperamento de Axel estalló. Los rezagados en el estudio se volvieron para mirarlo, para ver si montaba una escena, si se unía a los desafortunados ordeñadores de moof arrojados a la cuneta exterior. No pudo evitar sentir que había hecho exactamente lo que Raik quería que hiciera: dejarse engañar. Por culpa de su madre, la admirable, gloriosa y magnánima Canciller Greylark, se le había negado la entrada a la mayoría de los clubes en todos los demás niveles, pero no aquí.

    Este era un lugar donde podía divertirse, olvidar. Enterrado tan profundamente en el vientre de Coruscant, en un lugar que olía a alcantarillas acre y aire mohoso y reciclado. Un lugar de sombras donde no tenía por qué ser Axel Greylark, hijo de la mujer más importante de la galaxia. Él podría simplemente ser su miserable yo.


    Enlace original en IGN

  • Extracto exclusivo de los dos primeros capítulos de la novela Star Wars The High Republic: Convergence

    Extracto exclusivo de los dos primeros capítulos de la novela Star Wars The High Republic: Convergence

    Por Mariana Paola Gutiérrez Escatena

    Estimados bibliotecarios, aquí os dejamos los primeros dos capítulos de la novela de la Alta República «Convergencia» de Zoraida Córdova, y también su sinopsis. La segunda novela de esta nueva etapa ubicada 150 años antes de las luz de los Jedi. ¡Que la lectura os acompañe!

    Sinopsis:

    Es una época de exploración. Los Jedi viajan por la galaxia, ampliando su comprensión de la Fuerza, de todos los mundos y seres conectados por ella. Mientras tanto, la República, dirigida por sus dos cancilleres, trabaja para unir mundos en una comunidad cada vez mayor entre estrellas cercanas y lejanas.

    En los planetas vecinos de Eiram y E’ronoh, su odio mutuo ha alimentado media década de conflicto creciente y ahora amenaza con consumir los sistemas circundantes. La última esperanza de paz surge cuando los herederos de las familias reales de ambos planetas planean casarse.

    Antes de que pueda establecerse una paz duradera, un intento de asesinato contra la pareja hace que Eiram y E’ronoh vuelvan a la guerra total. Para salvar ambos mundos, la Caballero Jedi Gella Nattai se ofrece como voluntaria para descubrir al culpable, mientras la Canciller Kyong nombra a su hijo, Axel Greylark, para que represente los intereses de la República en la investigación.

    Pero la profunda desconfianza de Axel hacia los Jedi choca con la fe de Gella en la Fuerza. Ella nunca había conocido a un fiestero tan engreído y privilegiado, y él nunca había conocido a una benefactora más seria e implacable. Cuanto más trabajan para desenredar la oscura red de la investigación, más complicada parece la conspiración. Con acusaciones que vuelan y enemigos potenciales en cada sombra, la pareja tendrá que trabajar junta para tener alguna esperanza de sacar la verdad a la luz y salvar ambos mundos.


    Extracto ampliado

    Es una época de gran exploración. En un esfuerzo por unir la galaxia, los cancilleres de la República, trabajando junto a los valientes y sabios Caballeros Jedi, han enviado docenas de EQUIPOS PATHFINDER a los confines del Borde Exterior.

    Pero también es una época de gran incertidumbre. Las comunicaciones son poco fiables y abundan las historias de planetas misteriosos y criaturas monstruosas. Exploradores y piratas recorren la frontera, y los mundos de Eiram y E’ronoh están enzarzados en una guerra eterna.

    Y en el lejano planeta de DALNA, empieza a surgir una nueva amenaza para la galaxia. . . .

    CAPÍTULO UNO

    La Torre, E’RONOH

    Por primera vez en cinco años, el cielo de la capital de E’ronoh estaba libre de naves de combate. Cuando los escombros errantes atravesaban la atmósfera, eran poco más que cenizas al posarse sobre los arcos de piedra que salpicaban el paisaje como grandes gigantes del amanecer del planeta, congelados contra la mañana roja.

    La guerra no había terminado, pero la vida seguía como siempre. Aunque algunas partes de la ciudad seguían ardiendo, los dolientes se apresuraban a enterrar a sus muertos. A medida que se difundían las noticias del último intento de alto el fuego con Eiram, el mercado del Grajo, la capital de E’ronoh, se inundaba de ciudadanos que esperaban la promesa del cargamento de agua del día.

    Entre ellos, Serrena, una esbelta figura vestida con una capa gris, se deslizó entre la multitud que regateaba. ¡Tip-yip diez pezz el kilo! ¡Treinta por barril! ¡Ganga asterpuff, sueño el sueño de los muertos!

    Una madre regateaba un cartón de huevos sin perder de vista el cielo. Una muchacha, a la que le faltaban días para el reclutamiento, cargaba con su hambriento hermano pequeño por un lado y con cortes grasos baratos de la carnicería por el otro. Un mendigo agitaba una taza vacía. Un vendedor espantó las moscas de su fruta estropeada. Un guardia de palacio saltó al oír el crujido del metal, pero se dio la vuelta y descubrió que un vehículo que transportaba chatarra había volcado.

    Serrena tiró de la capucha de su capa, pero nada, salvo una máscara respiratoria, podía evitar que cualquier persona del planeta abandonado comiera una bocanada de polvo, incluso cuando los vientos estaban quietos. Atravesando el mercado y bajando por un estrecho paso subterráneo, se detuvo al borde de la bahía del hangar. Aquí, los arcos naturales del cañón lo convertían en la arquitectura perfecta para la plataforma de lanzamiento real. A los lugareños les gustaba decir que la cavernosa abertura era la boca petrificada de un antiguo Dios. Para Serrena era un lugar más, otra oportunidad de servir a la única entidad verdaderamente comprometida con el mantenimiento del equilibrio de la galaxia.

    Mientras los miembros de la tripulación revoloteaban de un lado a otro, preparando un escuadrón de naves estelares para el vuelo, Serrena se arrastró por las paredes onduladas del cañón, invisible mientras los pilotos se apiñaban casi de forma protectora alrededor de su capitán. El rostro de la joven estaba medio oculto en la sombra del cañón, pero Serrena podía distinguir la serena intensidad de sus regios rasgos. La promesa en su puño que golpeaba sobre su corazón. Palabras que cortaron la cacofonía como gemas de E’roni mientras todos gritaban: «¡Por E’ronoh!»

    «Gracias por su arenga, capitán A’lbaran», murmuró Serrena mientras se agachaba detrás de uno de los droides astromecánicos e introducía un delgado chip de programa en su panel frontal. Una aguda emoción de victoria la recorrió, pero el momento duró poco.

    Un soldado con un parche en el ojo dobló la esquina y se detuvo. La confusión, y luego la alarma, torcieron su rostro mientras acortaba la distancia con largas y rápidas zancadas. «¡No estás autorizada a estar aquí!»

    Serrena se acobardó, se dejó caer al suelo, pero él la levantó de un tirón y la empujó contra una pila de cajas. Se oyó el duro golpe de una cantimplora vacía contra la piedra. El polvo, siempre tanto polvo, se alojó entre sus dientes, en la parte posterior de su garganta.

    «¿Qué estás…?»

    «Por favor», gimió Serrena y tosió. «¿Me das un poco de agua para una pobre granjera? Un poco de agua…»

    «Hay una distribución de raciones a mediodía», dijo el soldado, soltándola con un resoplido frustrado. Sus medallas ostentaban el rango de teniente, aunque ella no se había dado cuenta de que estaba al lado de su capitán. La lástima, y luego la frustración, se reflejaron en su rostro lleno de cicatrices cuando se metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda de bronce. «Ahora desaparece de mi vista».

    Serrena cogió la moneda y se alejó corriendo de la plataforma de lanzamiento, fundiéndose de nuevo con el mar de capas polvorientas del mercado, donde se estaba produciendo una pelea. Los desesperados ciudadanos de E’ronoh se empujaban unos a otros para asegurarse un mejor lugar en la cola de las raciones de agua, que se había duplicado en el tiempo que le había llevado cumplir su misión. Serrena empujó con más fuerza, protegiéndose la cara contra la corriente de cuerpos sudorosos, hasta que se abrió paso entre la multitud. Arrojando el pez de bronce en una taza de lata de un mendigo, Serrena se enderezó y se dirigió al camino que conducía a la salida de la ciudad.

    «Ya está hecho», dijo en un comunicador de corto alcance.

    Una voz preocupada le respondió: «¿Estás seguro de que… era… la derecha…?».

    «Sí, sí, estoy segura». Se tragó la ira por ser cuestionada. La habían elegido para esta misión.

    «Vuelve rápido. Tengo un… lugar perfecto para ver… los fuegos artificiales».

    Cuando Serrena empezó a correr, treinta cazas estelares se lanzaron al cielo. Serrena dejó caer su capucha, dio la bienvenida al calor del sol naciente y sonrió en espera de la voluntad de la Fuerza, porque si la Fuerza lo quería, ninguno de esos cazas estelares regresaría.

    CAPÍTULO DOS

    MÁS ALLÁ DEL POZO DE GRAVEDAD DE E’RONOH

    La capitana Xiri A’lbaran estaba cansada de esperar a que el transportador de hielo saliera del hiperespacio. A que el enemigo rompiera su tenue alto el fuego y atacara. A que su mundo ardiera en llamas una y otra vez, y saber que esta vez, a pesar de todo lo que había luchado, todo sería culpa suya. Y, sin embargo, Xiri esperó, porque en los confines de la galaxia, la escoria de los mundos y sectores más conocidos, esperar era lo único que podía hacer. La impotencia de todo aquello la atravesó, aunque mantenía la barbilla en alto, con los ojos fijos en el abismo del espacio. Era la capitana de la flota de E’ronoh. Tenía que dar ejemplo a la hornada de nuevos reclutas, cada vez más jóvenes que el anterior.

    El escuadrón Thylefire de Xiri había vigilado la atmósfera del planeta desde el amanecer. Antes de la guerra, la monarca de E’ronoh no habría desplegado un escuadrón naval para lo que se suponía era una simple misión de escolta. Pero como la sequía asolaba su mundo y los rutas estaban repletos de piratas, la seguridad de la carga era una cuestión de vida o muerte.

    En otras circunstancias, Xiri se habría maravillado ante la impresionante vista de su curioso rincón de la galaxia. Su mundo, con sus montañas rojas y elegantes cañones, y los mares turquesas de la vecina Eiram, moteados por constantes tormentas. Entre ellos había un cinturón de escombros remanentes de años de batalla que abarrotaban el corredor como si fueran asteroides y la luna de Timekeeper. Su propia abuela solía decir que, miles de millones de años antes, E’ronoh y Eiram eran dos seres cósmicos surgidos del polvo de estrellas, y que la luna era su corazón compartido, vital para los vientos de E’ronoh y las mareas de Eiram. A Xiri le había encantado esa historia. Tanto en la paz como en la guerra, los planetas y su luna estaban irremediablemente unidos, no sólo por la atracción de su gravedad, sino por un largo pasado y un futuro siempre turbio. Un futuro al que Xiri dedicaría su vida para enderezarlo.

    La inquietud de los jóvenes pilotos empezaba a manifestarse cuando uno de ellos se separaba de la formación y volvía a ella.

    El capitán A’lbaran y el teniente Segaru habían seleccionado a una treintena de pilotos para la misión: escoltar de forma segura un transportador de hielo que llegaba al muelle de la capital y preparar el hielo para su distribución inmediata. Un transportador que llegaba con retraso. El anterior cargamento había sido destruido en el último enfrentamiento con Eiram. El anterior había desaparecido misteriosamente en el laberinto de las nuevas rutas hiperespaciales. El anterior o lo que quedaba de él había sido encontrado, probablemente arrasado por los piratas y despojado de los cables, con la mitad de la tripulación a la deriva en el espacio. No, la única forma de asegurar este cargamento era interceptarlo y escoltarlo en el momento en que saliera del hiperespacio.

    «Capitana, no podemos quedarnos aquí fuera mucho más tiempo», dijo el teniente Segaru, con el tenor firme de su voz salpicado por el zumbido de la estática de su canal privado.

    «Ya llegará», respondió ella.

    «Capitana…»

    «Ya llegará». Ella se pasó la lengua por el paladar seco. Aquella mañana había dado su cantimplora a un niño que pedía limosna en el mercado y trató de no pensar en su propia sed. «Tiene que ser así».

    Xiri se giró hacia su izquierda, donde siempre estaba él en su formación, con su casco de bronce ocultando la mayor parte de su rostro barbudo. Imaginó el escrutinio de sus ojos grises como la tormenta, la forma en que las cicatrices bajo su parche ocular se volvían rojas cuando se sentía frustrado y enfadado. También sabía que probablemente estaba apretando el pomo de la espada ceremonial de la perdición que todos los soldados E’roni llevaban en la cadera, una costumbre que ella compartía. Que una parte de él nunca la perdonaría por haber sido ascendida en lugar de él. Que estaba resentido con ella, incluso cuando se volvía en su dirección, como si pudiera sentir su mirada.

    «Capitána». Luego más suave. «Xiri».

    «No lo hagas». Ella fijó su atención en el frente, más allá del azul de Eiram, y en los pinchazos de las estrellas distantes. «Tenemos suerte de haber conseguido este cargamento después de que Merokia incumpliera su promesa de ayuda».

    Merokia era la última en su lista de antiguos aliados. ¿Qué podían esperar ella o el Monarca? Con cada año que pasaba, cada alto el fuego roto, cada intento fallido de paz, incluso sus socios comerciales más cercanos habían dado la espalda a E’ronoh. Pocos se atrevían a intervenir en el conflicto, y la mayoría se limitaba a esperar a que surgiera un vencedor para elegir un bando.

    «Soy consciente de nuestra situación, capitán A’lbaran. Es…» Hizo una pausa tan larga que Xiri se movió para cambiar de canal y ver si su comunicador se había estropeado de nuevo. «Acordamos despejar el corredor entre los dos planetas para la escolta militar de Eiram. Podrían tomar nuestra prolongada presencia aquí como un incumplimiento de los términos. Siempre estoy dispuesto a luchar, pero este alto el fuego, el despeje del corredor… todo era tu plan».

    Su plan. Jerrod Segaru siempre supo cómo meterse en su piel.

    Le había costado años de su vida convencer a su padre de que aceptara esto en primer lugar. Había estado convencida de que la circunstancia era un elaborado plan para que el enemigo pillara a E’ronoh con la guardia baja y atacara, de ahí los treinta cazas estelares. Las condiciones eran sencillas: Xiri dirigiría una misión de escolta al amanecer y despejaría el espacio para Eiram por la tarde. No se emplearían armas. Las anteriores treguas se habían roto por menos, pero ella contaba con que Eiram estaba igualmente desesperado por el alivio, así que lo entenderían.

    Xiri sabía muy bien dónde recaería la culpa cuando si algo saliera mal.

    «Gracias por recordármelo, teniente. Pero no podemos volver a casa con las manos vacías, y no permitiré que otro de nuestros envíos sea destruido o asaltado porque nos hayan dado la espalda luchando en una guerra. Yo me encargaré de Eiram. Nos quedamos».

    «Espero que el general de Eiram sea tan comprensivo como tú», dijo, y luego cambió su canal de comunicaciones.

    Ella hizo lo mismo, el inquieto parloteo de los pilotos llenaba el tiempo. Cada vez que permanecían en el espacio abierto, parecían olvidar que su capitán estaba escuchando. A ella no le importaba. Así fue como llegó a conocerlos, durante los raros momentos de quietud, escuchando los ritmos de sus voces.

    «Mira toda esta basura», dijo Thylefire Ten.

    «Eso no es basura», dijo Thylefire Nueve, con la voz quebrada en la última palabra. El más joven de todos, Thylefire Nueve había sido apodado Blitz en su primer día de entrenamiento.

    Los nuevos reclutas eran en su mayoría el resultado del reclutamiento, pero Blitz había rogado que le permitieran alistarse antes, en honor a su hermana caída, Lina. Le faltaban semanas para cumplir la edad de reclutamiento. Xiri había hecho lo mismo tras la muerte de su hermano, y quizás por eso había firmado la petición.

    Xiri había visto caer a cientos de soldados, pero la muerte de Lina había sido un punto de inflexión para E’ronoh. Lo que debería haber sido una misión rutinaria de reconocimiento en las islas occidentales de Eiram terminó en destrucción cuando el propulsor de su caza estelar se averió momentos después del despegue, y cayó en picada desde el cielo: la tercera avería en días consecutivos, pero la primera que causó una víctima. Fue como si todo el mundo en el Grajo contuviera la respiración al ver cómo la nave se estrellaba en el desfiladero de Ramshead.

    El trágico final de Lina había hecho que los civiles se amotinaran en las calles. ¿Cuántos otros habían perdido, no por Eiram, sino por su propia flota de naves estelares anticuadas? ¿Qué haría el monarca para asegurarse de que no volviera a ocurrir? ¿Qué haría para ganar finalmente esta guerra? ¿Dónde estaban las raciones de comida y agua prometidas? Xiri no podía, no quería luchar contra su propio pueblo y contra Eiram al mismo tiempo, pero los disidentes impulsaron al Monarca a alquilar una parcela de las montañas del hemisferio sur a Corellia a cambio de tres docenas de cazas diabólicos. Xiri había maldecido el trato. Pero sabía que era la solución más estratégica. Su flota estaba demasiado extendida. E’ronoh estaba demasiado estirado. ¿Pero qué vendería el monarca después? ¿Qué sería suficiente? Cuestionar la decisión, especialmente en tiempos de guerra, y especialmente por parte de uno de los propios capitanes de E’ronoh, habría sido una traición. Incluso para la propia hija del monarca.

    La única forma de rebelión de Xiri había sido ceder una de las nuevas naves asignada a ella a Blitz, recién salido del entrenamiento básico de combate. Ella había optado por permanecer en la antigua chatarra que pilotaba desde que se alistó. Además, no importaba la nave, ella llegaría a donde tenía que ir.

    «No es chatarra», repitió Blitz. Su nave se tambaleó, probablemente agitando sus controles con puños temblorosos.

    «Tranquilo, Thylefire Nueve», gruñó el teniente Segaru por lo bajo en el comunicador. «Controla tu nave».

    Blitz se calmó y gimió una disculpa.

    «No quise decir nada con eso», murmuró Thylefire Ten. «Es sólo que… míralo».

    El cinturón de escombros era inevitable. Restos de naves estelares y personas flotaban en un río de metal chamuscado y miembros cubiertos de escarcha. Al principio, Xiri había llevado a cabo misiones de salvamento y había convertido las bodegas de carga en barcazas de segadores, aunque sólo fuera para dar un cierre a los que esperaban en tierra. Ahora era casi imposible distinguir los restos. Si el alto el fuego se mantenía, lo volvería a intentar.

    La gente sólo quiere algo que enterrar, le gustaba recordar al teniente Segaru. Puede que nunca volvieran a ser amigos, pero ella nunca podría poner en duda su lealtad y su capacidad para ensuciarse las manos por la causa.

    «No, tiene razón. No es basura. Es un cementerio», dijo Thylefire Seis, sus sombrías palabras fueron seguidas por un extraño aullido.

    «¿Es su estómago?», preguntó alguien.

    «Ah, sólo está nervioso», dijo amablemente el teniente Segaru. «Es su primer vuelo».

    O tiene hambre, gigante idiota, pensó Xiri. Tenía las palabras en la punta de la lengua. Pero el teniente Segaru tenía una manera de suavizar los estados de ánimo de sus soldados. Tranquilo, chico. Es sólo una pequeña explosión, chico. Hay bajas en la guerra, chico. Haremos que Eiram pague por sus crímenes y hundiremos sus palacios de cristal en el fondo de los mares, chico. Segaru podía ser su amigable lugarteniente, mientras que Xiri era la que les hacía correr simulacros hasta que les dolía el cuerpo. La que tenía que preocuparse de si tenían o no las raciones prometidas a los nuevos reclutas y a sus famélicas familias. La que tenía que pelearse con su padre por dar prioridad al agua sobre el combustible, que era la razón por la que aquel cargamento de hielo tenía que aparecer, tenía que aparecer intacto y tenía que aparecer ahora, porque después de cinco años de lucha, su mundo natal había decidido que estaba harta.

    Los viejos dioses están enfadados, gritaron los ancianos del templo. Los viejos dioses están enfadados por la guerra del monarca y han detenido la lluvia.

    Xiri no podía culpar a los viejos dioses ni a los nuevos por la peor sequía que recordaba. Lo único en lo que podía creer era en sí misma y hacer todo lo que estuviera en su mano para conseguir ayuda para su pueblo. E’ronoh requeriría cada fibra de su ser, y ella daría hasta que no quedara nada de ella.

    Mientras los planetas se arrastraban por la órbita de la luna, Xiri escudriñó Eiram en busca de movimiento, pero sólo vio remolinos de nubes sobre océanos turquesa. No había naves de escolta, pero las habría.

    «Mi mujer me va a matar por perderme la cena otra vez», murmuró Thylefire Tres. La mujer a la que conocía como Kinni era uno de los miembros más antiguos del escuadrón de Xiri y había sido una mecánica jubilada cuando se había reenganchado un par de años antes.

    «Echo de menos el guiso de pilafa de mi madre», añadió Blitz.

    Kinni rió suavemente. «Todos son bienvenidos, por supuesto».

    «Ahora que la guerra ha terminado…», comenzó Thylefire Seis, pero fue cortado por un gruñido.

    «No bajes la guardia», espetó Thylefire Trece. «Nada ha terminado. No hasta que devuelvan todo lo que se han llevado. Nuestra colonia, nuestro príncipe, nuestras vidas. Eiram nunca debe conocer la paz».

    Thylefire Trece era Rev Ferrol, hijo del Virrey Ferrol, uno de los consejeros de mayor confianza del padre de Xiri. Rev repetía las mismas palabras ácidas que el monarca pronunciaba desde su balcón cada vez que sentía que la moral estaba baja. Se oyó un murmullo de asentimiento, y Xiri trató de tragarse el nudo en la garganta, pero tenía la boca seca. Podía sentir la mirada del teniente Segaru sobre ella, pero se limitó a sacudir la cabeza. Su gente estaba frustrada, y ella les estaría fallando no sólo como su capitana, sino como su princesa, si apagaba su comunicación simplemente por su propia culpa.

    «Estamos recuperando el aliento, eso es todo. Los percebes también», añadió Lieu-el inquilino Segaru.

    «M-mi abuela solía decir cuando era pequeña que no medían el tiempo por la luna, sino por el momento en que las naves de Eiram sobrevolaban la ciudad». Blitz se rió nerviosamente. «Creo que exageraba, pero fue hace mucho tiempo».

    «¿Fue ahora?» Kinni se burló. «Entonces soy viejo».

    Hubo una cadena de risas.

    «Bueno, cuando se acabe», dijo Blitz a su manera bulliciosa, «me llevaré una barcaza de placer a uno de esos planetas turísticos».

    «Aquí no viene ninguna barcaza de placer», murmuró Rev.

    «He oído que en algunos mundos se puede pagar para tener simultáneas…»

    «¿Simultánea qué, Diez?» Xiri habló por el comunicador, crepitando mientras los demás se reían del avergonzado piloto.

    El joven se tragó las palabras y luego tartamudeó: «P- ¡Princesa!

    Quiero decir, capitana. Capitana A’lbaran».

    «Muy bien, Thylefire, mantente alerta», le ordenó el teniente Segaru con su fácil acento.

    Xiri se permitió una pequeña sonrisa. Le gustaba cuando hablaban de sus sueños, de sus planes. Que imaginaran un cuándo y un después. Su esperanza era algo frágil, pero estaba ahí, y no podía permitirse olvidarla, ni por un segundo.

    Un sensor parpadeó en su panel de control. Una docena de naves de Eiram emergieron de su nublada atmósfera. Sus naves estelares tenían una cualidad bulbosa, equipadas para sumergirse bajo el agua en primer lugar y para volar en el espacio en segundo lugar.

    «¡Están aquí!» Dijo Blitz. Su nave se tambaleó hacia delante y luego se detuvo.

    «Despacio», advirtió el teniente Segaru.

    «Son estas nuevas naves», tartamudeó Blitz, con la respiración agitada. «Los controles son demasiado sensibles».

    «Bieeen», murmuró Trece, y los demás aceptaron el tiro fácil y se rieron de su nervioso amigo.

    «Recuerda», dijo Xiri, ordenando silencio, «Eiram también está recibiendo carga. Ambos estamos escoltando las entregas a casa. Esperen mis órdenes».

    «Capitán», dijo el teniente Segaru. «Te están llamando».

    Xiri se lamió los dientes delanteros. Intentó no pensar en su sed, en su propio corazón palpitante. Su escuadrón la necesitaba para liderar. E’ronoh la necesitaría para liderar.

    «Esta es la capitana Xiri A’lbaran». Sus palabras fueron más firmes de lo que sentía.

    «Capitán, este es el General Nhivan Lao». Su voz recortada se escuchó a través del comunicador de su antiguo caza estelar. Golpeó con fuerza el panel para despejarla. «Acordamos que el corredor entre planetas estaría despejado. Esas fueron sus condiciones, creo».

    «Lo entiendo, General», dijo Xiri. «Pero nuestro envío se ha retrasado. Le daríamos la misma cortesía en la misma posición».

    «¿Lo harían?», se burló el general.

    Xiri no mordió el anzuelo, por lo que el silencio se hizo pesado en el espacio entre ambos hasta que el general se aclaró la garganta y dijo: «Muy bien. Procura no cruzar tu lado del pasillo».

    «Ni lo sueñes». Conectó el comunicador.

    Xiri puso al día a su escuadrón, luego apretó los mandos y observó el campo vacío del espacio como si pudiera abrir un agujero negro y sacar el transportador de hielo del hiperespacio.

    «Deberíamos tomar cualquier carga que tengan, más la nuestra», gruñó Rev. «Apuesto a que están planeando lo mismo. Apuesto a que…»

    «No confiaría en el Eirami, incluso si tuviera dos ojos buenos», interrumpió el teniente Segaru. «Pero nos quedamos quietos por ahora».

    «¿No perdió su ojo en la primera batalla, señor?» preguntó Blitz.

    «Precisamente».

    «Quiero este canal libre», dijo Xiri. «¿Está entendido?»

    Uno por uno, firmaron que sí.

    Su conjunto de sensores parpadeó. Una espiral de anticipación se apretó en sus entrañas cuando dijo: «Una nave está saliendo del hiperespacio».

    Oculta entre los pinchazos de luz que los rodeaban estaba la zona de salida del carril hiperespacial que la República había abierto hacía unos años. Resultó que E’ronoh y Eiram estaban en medio de la nada, pero de camino a todas partes.

    Cuando la nave salió del hiperespacio, Xiri dejó de respirar. Había llevado a su escuadrón a sobrevolar las relucientes agujas del Valle de Modine, había visto florecer las primeras rosas del desierto y, sin embargo, ahora mismo, nada había sido tan hermoso como aquel viejo y oxidado transportador de hielo.

    Se sentó hacia delante, expectante, y sonrió tanto que sus labios agrietados se agrietaron y sangraron. Incluso mientras observaba cómo el transportador se deslizaba por el pasillo entre E’ronoh y Eiram, Xiri anotó mentalmente que todo el hielo que había a bordo ya estaba reservado, y que tendrían que encontrar la manera de conseguir más incluso antes de que se distribuyera la última gota. Era una preocupación para más tarde esa noche.

    Xiri estaba a punto de llamar al transportador cuando el conjunto de sensores de su caza emitió un chirrido, esta vez señalando una anomalía.

    «Capitána», dijo Segaru, con preocupación y confusión en una sola palabra. «Hay dos naves más saliendo del hiperespacio. Debemos despejar…»

    Las palabras de Segaru se perdieron cuando una nave gigantesca parpadeó en el espacio muerto tras la otra, evitando por poco un impacto mortal. Xiri sólo había visto su parecido en las noticias de la holonet, y por la charla que llenaba instantáneamente el canal de comunicaciones, también lo había hecho su escuadrón.

    «¿Es eso un Longbeam clase Alif?»

    «¿No son naves de la República?»

    «Dank farrik, ¿Qué hace la República aquí?»

    Los Longbeam tenían cuerpos estrechos que terminaban en narices afiladas. Xiri rastreó la trayectoria que seguían, y terminó en un curso de doble colisión con el transportador de hielo. Para evitar el choque, el transportador se inclinó, dirigiéndose hacia Eiram. Si era arrastrado por la gravedad del planeta oceánico, E’ronoh podría despedirse de su suministro de agua. Eiram podría reclamar el transportador de hielo por el mero hecho de haber entrado en su espacio, y todo por lo que Xiri había trabajado, esta tierna herida que era su paz temporal, se rompería de nuevo.

    Pero si se aceleraba para reclamarlo, cruzaría el corredor del espacio y entraría en el territorio de Eiram y tendrían vía libre para disparar.

    «General Lao», dijo Xiri. «¡Adelante!»

    Un crujido de estática se tragó su respuesta.

    «Capitána…» El teniente Segaru dijo con urgencia en su canal privado.

    Los dedos de Xiri temblaban en su panel. «¡Estoy tratando de marcarlos!»

    Una voz confusa llegó desde uno de los Longbeam. «Aquí el Paxion de la República. ¿Quién es el responsable del tráfico de hipervías?»

    Xiri no pudo evitar devolver la pregunta con una risa amarga. «Retírese, Paxion. No estás autorizado a entrar en el espacio E’roni».

    «¿Quién es este?», preguntó el afrentado.

    Xiri no respondió. El río de escombros se movía, ganando velocidad a medida que el Paxion se adentraba en el espacio entre mundos. Los restos de la nave golpearon a su escuadrón. Algo que parecía un casco se estrelló contra su visor y dejó un zarcillo en el acero transparente. El segundo Longbeam, no identificado, se separó del Paxion y se dirigió hacia la luna. Pero como Eiram y E’ronoh estaban tan cerca, el corredor del espacio era inusualmente estrecho, y las naves no acostumbradas a navegar por su sistema podían caer fácilmente en el pozo de gravedad de cualquiera de los dos planetas. El piloto de Paxion no estaba acostumbrado a estas maniobras y se vio arrastrado hacia E’ronoh. Cuando los intentos de establecer contacto fracasaron, Xiri supo que no podía quedarse sentada. Tenía que moverse y esperar que Eiram entendiera que era para evitar el Longbeam y no un acto de agresión.

    «Escuadrón Thylefire, conmigo», dijo Xiri, volando cada vez más alto. «Aléjense del Paxion, y no, repito, no crucen el corredor».

    «¡Pero el transportador de hielo sigue yendo en dirección contraria!» Blitz llegó, aterrado. Pudo ver cómo su devilfighter se desviaba de su grupo.

    «Thylefire Nueve, permanezcan en formación», ordenó Xiri. «Teniente Segaru, siga llamando al transportador de hielo y haga que se desvíe. Yo me encargaré del general».

    Pero Xiri no tuvo la oportunidad. El devilfighter rebelde rompió completamente la formación y navegó por el espacio en amplias zambullidas e inmersiones.

    «Thylefire Nine, si no estuvieras poniendo en peligro la misión, te felicitaría por el mejor vuelo de tu clase», dijo el teniente Segaru. «¡Ahora trae tu culo aquí!»

    «¡No soy yo!» Blitz gritó. «La nave está fuera de control. No puedo…»

    «¡Nueve, es una orden! ¿Me copias?» dijo Xiri, el canal crepitó con la nota aguda de la retroalimentación. Todas las naves intentaban comunicarse y eran incapaces de emitir sus mensajes mientras un borrón verde atravesaba el campo de escombros y se dirigía a las fuerzas de Eiram. No importaba que no hiciera contacto. Fue un disparo del caza estelar de Thylefire Nine, de E’ronoh.

    Un solo disparo fue todo lo que hizo falta.

    El pulso de Xiri rugió en sus oídos. Saboreó la sangre en sus labios agrietados, se atragantó con el grito de impotencia que nadie podía oír. Por un instante, se hizo el silencio cuando la comunicación se apagó y todas las fuerzas de Eiram respondieron al fuego.


    Fuente original: DelReyStarWars

  • Damos la bienvenida a la Fase II de Star Wars The High Republic

    Damos la bienvenida a la Fase II de Star Wars The High Republic

    Traducción por Mariana Paola Gutiérrez Escatena

    «¡Por la luz y la vida!» «¡Todos somos la República!» Estas son las palabras con las que la moderadora Krystina Arielle abrió el panel de Star Wars: La Alta República en la Star Wars Celebration Anaheim 2022. La Alta República retrocede el reloj hasta siglos antes de los acontecimientos de Star Wars: La amenaza fantasma y el apogeo de la Orden Jedi; los autores de La Alta República, Claudia Gray, Justina Ireland, Daniel José Older, Cavan Scott y Charles Soule, se unieron al director creativo de Lucasfilm Publishing, Michael Siglain, y al vicepresidente sénior de estrategia de franquicias y contenidos de Lucasfilm, James Waugh (y, más tarde, a los invitados especiales Kristin Baver y Marc Thompson) para hablar sobre el nuevo período épico de la narración de Star Wars. Aquí hay 10 cosas que aprendimos.

    1. La Fase II es la Era de la Exploración

    Y la comunicación parece que va a ser clave. La Fase II se remonta a 150 años antes del comienzo de la Fase I y será el punto de partida perfecto para los nuevos fans. Es una época de exploración de la galaxia y mucha de la tecnología que conocemos y amamos no es la misma. «Se trata de un momento en el que esta zona del espacio es muy desconocida para la República y no todo está tan ligado», dice Claudia Gray. El equipo pensó mucho en cómo la tecnología sería diferente. Gray dijo: «La tecnología no es buena sin la infraestructura». La comunicación en esta época es como el Pony Express pero con droides. «Hemos roto todo el sistema de comunicación galáctico», dijo Cavan Scott. «Y esos droides son realmente importantes».

    Cada uno de los autores tuvo la oportunidad de presentar el arte conceptual de los personajes, desde los cancilleres Greylark y Mollo hasta los equipos de Pathfinder, compuestos por los Jedi y la República que trabajan juntos. Incluso pudimos ver algunas ilustraciones conceptuales poco convencionales de los «Dank Graks» realizadas por el propio Daniel José Older. Los conoceremos en los próximos cómics de Dark Horse y, como dice Older, «parecen divertidos pero son realmente malos».

    2. Lucasfilm tiene cubierta la Fase II.

    Literalmente. Al final del panel hubo un montón de portadas. Pudimos ver la portada aún no definitiva de Convergence, de Zoraida Cordova, así como la portada de Quest for the Hidden City, de George Mann. Además, los aficionados al cómic también pudieron echar un primer vistazo a los próximos títulos, como la miniserie de Dark Horse The Nameless Terror, también de George Mann, con arte de Eduardo Mello y Ornella Savarese, así como el primer número de la nueva serie de Marvel Star Wars: The High Republic, de Cavan Scott, con arte de Ario Anindito.

    3. Hay más novelas en camino para tus ojos y oídos. 

    Anímate a leer la novela para adultos Cataclysm de Lydia Kang, la novela de grado medio Quest for Planet X de Tessa Gratton y la novela para jóvenes adultos Path of Vengeance de Cavan Scott. También recibiremos otro original en audio, The Battle of Jedha, de George Mann, que llegará en enero de 2023 y cuya versión guionizada se publicará un mes después.

    4. Llega la historia de Porter Engle, «la Hoja de Bardotta».

    Nada ha provocado un «ooooh» de la multitud como la revelación de la portada de The High Republic: The Blade, que será escrita por Charles Soule con arte de Marco Castiello. Los fans de la Fase I recordarán a Porter Engle como el legendario y feliz cocinero Jedi… pero no siempre fue así. «Esta historia es lo más épico que he escrito», dijo Soule. «Es una tragedia, pero una realmente genial». Este cómic de Marvel se sumerge en la historia de fondo de Porter y explora por qué es como es cuando lo conocemos en la Fase I. Los fans del cómic también pueden esperar ver un vínculo fascinante entre uno de los cómics anteriores de Soule sobre Star Wars, Darth Vader, en forma del origen del Voto Barash.

    5. Emociónate con Path of Deceit.

    Ya hemos visto la portada de la próxima novela de Tessa Gratton y Justina Ireland, pero es difícil no emocionarse aún más por la novela principal de la Fase II cuando Michael Siglain la declaró «una de las mejores novelas que hemos hecho nunca.»

    6. La Alta República fue tan importante para sus creadores en los últimos años como para los fans.

    Han sido tiempos difíciles, y muchos de nosotros hemos encontrado consuelo en las historias que amamos. Lo mismo ocurrió con los creadores de esas mismas historias. «Sé que esto me ha salvado», dijo Daniel José Older al hablar del proceso de creación de La Alta República en los últimos años. Los cinco autores consideran que han pasado más tiempo juntos virtualmente de lo que habrían pasado en tiempos normales, y no ha pasado un solo día sin algún tipo de conversación o coordinación en Zoom o Slack entre ellos.

    7. La Alta República es especialmente «para todos».

    La serie dio a los autores la oportunidad de elaborar una historia amplia desde muchas perspectivas diferentes, y a los lectores la oportunidad de ver los acontecimientos que cambian la galaxia desde puntos de vista específicos. «Para mí, creo que todo se reduce a que Star Wars es para todo el mundo», dijo Justina Ireland. «Y si no reflejas a la gente que ves en el mundo real en tus mundos de fantasía, hay un problema». La Alta República ha sido una oportunidad para que personas de todo tipo se vean reflejadas en la galaxia, algo que sin duda ha calado en muchos fans.

    8. El próximo libro The Art of the High Republic también profundiza en la creación de todo el proyecto.

    La invitada especial Kristin Baver se unió al escenario para presentar no sólo la portada de su próximo libro The Art of the High Republic, sino también varias piezas de arte conceptual de sus páginas. «El proceso consistió en entrevistar a todo el mundo en este escenario… y tratar de conocer la historia entre bastidores de cómo surgió esta iniciativa», dijo Baver. El arte conceptual mostrado incluía a Yoda, Marchion Ro y el sabueso favorito de todos, Ember. La portada también nos desvela un pequeño secreto: el libro tiene un prólogo escrito por la propia Kathleen Kennedy.

    9. Marc Thompson se inspiró en una frase de La luz del Jedi para la voz de Marchion Ro.

    Al igual que muchos otros en el escenario, el arte conceptual desempeñó un papel fundamental para ayudar a dar más cuerpo a los personajes y al mundo. El narrador del audiolibro, Marc Thompson, citó una frase de La luz del Jedi: «Su voz era tranquila; un aliento, no un grito» como su principal inspiración. «Hay algo en la quietud y la respiración», dijo Thompson mientras se deslizaba hacia la voz de Marchion. También comparó al villano con depredadores como los tiburones. «Pensaba en lo tranquilos y quietos que son los tiburones hasta que atacan, y entonces son feroces. Pero antes de eso, es como esa inquietante quietud que casi te hace sentir más incómodo.»

    10. La Alta República es algo más que una publicación.

    Los creadores detrás de la iniciativa se encargaron de ser audaces. «Realmente hemos ayudado a desarrollar toda una nueva era de la galaxia de Star Wars con una vasta línea de tiempo que va a ser un lugar para la increíble narración de Star Wars en los próximos años», dijo James Waugh al comienzo del panel. Hasta ahora, el futuro ha abarcado toda la gama de publicaciones, desde las novelas hasta los cómics, pasando por los libros de arte conceptual, e incluso se ha sumergido en ILMxLAB. Y hay más cosas por venir.

    «Hay otras cosas y un día… un día podré hablar un poco más de eso», nos prometió Waugh.

    Fuente original: starwars.com

  • Star Wars The High Republic: Novedades de la próxima Fase II

    Star Wars The High Republic: Novedades de la próxima Fase II

    Mariana Paola Gutierrez Escatena

    Todos esperaban los protagonistas de las nuevas series, a los creadores, directores e incluso a la presidenta de Lucas Film, pero desde la Biblioteca Jedi también contábamos los minutos para que llegase el Panel dedicado a la Alta República. Aquí os dejamos todas las novedades, portadas y más para que siempre estéis al día en esta galaxia muy muy lejana.

    DEL REY

    Nueva portada de The High Republic: Convergence, en donde vemos a la Caballero Jedi Gella Nattai. Saldrá a partir de octubre de 2022.

    La Alta República: The Battle of Jedha se desarrolla después de los eventos de Convergence. Este audiolibro original llegará en enero de 2023 y será seguido por el libro de tapa dura/ebook en febrero de 2023.

    Anunciando La Alta República: Cataclysm. Próximamente en la primavera de 2023.

    MARVEL:

    Marvel, la serie de cuatro números The High Republic – The Blade seguirá a Porter Engle, también conocido como The Blade of Bardotta, mientras desentrañamos su misterioso pasado. Será escrito por Charles Soule con arte de Marco Castiello. ¡Portada del número 1!

    La nueva serie de cómics de Marvel incluye La Alta República escrita por Cavan Scott con arte de Ario Anindito. La serie presentará a Jedi Vildar Mac, que llega justo cuando la frágil paz de Jedha comienza a desmoronarse. Portada del primer número .

    DARK HORSE COMICS

    Dark Horse Comics nos presentará Aventuras de la Alta República: The Nameless Terror que seguirá a los jóvenes Jedi que enfrentan a un terror indescriptible. Será escrito por George Mann con arte de Eduardo Mello.

    DISNEY- LUCASFILM PRESS

    También dirigida a un público más joven y también escrita por George Mann, Quest for the Hidden City será la primera novela de grado medio de la Fase II y publicada por Disney-Lucasfilm Press.

    Recibimos revelaciones del título de Path of Vengeance, una novela para adultos jóvenes escrita por Cavan Scott, y Quest for Planet X, una novela de grado medio escrita por Tessa Gratton, que se lanzará en la primavera de 2023.

    INSIGHT EDITIONS

    Sin embargo, ¡eso todavía no es todo lo que obtenemos! El 29 de noviembre de 2022, Insight Editions publicará Chronicles of the Jedi: Una guía ilustrada de la era dorada escrita por Cole Horton.

    ABRAMS BOOKS

    Abrams Books el 8 de noviembre de 2022 presentará El libro de arte de La Alta República, escrito por Kristin Baver con un prólogo de la propia Kathleen Kennedy, recopila una multitud de arte conceptual e información de fondo de la iniciativa.

    TITAN: INSIDER

    Historias de la Starligth, publicado por Titan, será una colección de historias publicadas en la revista Star Wars Insider, escritas por Cavan Scott, Charles Soule y Justina Ireland. También contendrá nuevas historias y su lanzamientos será el 27 de septiembre de 2022.

  • Primer vistazo a la Fase II de Star Wars: La Alta República

    Primer vistazo a la Fase II de Star Wars: La Alta República

    Traducción por: Mariana Paola Gutiérrez Escatena

    Aviso: Algunas de las siguientes capturas contienen SPOILERS.

    Kristin Baver escribirá el próximo libro de Arte Star Wars: La Alta República. La serie de Abrams analizará los diseños y las historias que hay detrás de ellos. El libro incluirá nuevas entrevistas con los cinco artífices de La Alta República: Claudia Gray, Daniel José Older, Justina Ireland, Cavan Scott y Charles Soule, así como nuevos y exclusivos puntos de vista de artistas como Iain McCaig, Ario Anindito, Harvey Tolibao y muchos otros.

    El Show Krystina Arielle nos ha permitido echar un vistazo al interior con nuevo arte conceptual del próximo volumen.

    En primer lugar, el Marchion Ro del cómic El Ojo de la Tormenta, visto en una alineación de conjuntos variados.

    También hay imágenes del Padawan Reath Silas, con varias opciones de su atuendo para misiones, y del Maestro Jedi Cohmac Vitus, con y sin capa, con el traje formal del Templo.

    Además, tenemos nuestro primer vistazo a Pikka y Joss Adren.

    Anunciadas nuevas novelas y cómics

    La Fase II está en marcha «con la revelación de tres nuevos libros y un cómic. Tessa Gratton y Justina Ireland serán coautoras de la novela para jóvenes-adultos Star Wars: The High Republic: Path of Deceit. También tenemos el título de la novela de grado medio de George Mann: Star Wars: The High Republic: Quest for the Hidden City. Zoraida Córdova escribirá la primera novela para adultos que publicará Del Rey para la Fase II, Star Wars: The High Republic: Convergence, y la autora Claudia Gray volverá a escribir el cómic de Dark Horse Star Wars: The High Republic: Quest of the Jedi».

    Como se anunció previamente durante el especial de aniversario de la Alta República, Daniel José Older escribirá una novela gráfica original para Dark Horse, y Charles Soule trabajará en un cómic del Maestro Jedi Porter Engle para Marvel. Cavan Scott seguirá escribiendo la serie regular de Marvel Star Wars: The High Republic cuando se vuelva a lanzar en octubre.

    Por el momento, para calmarnos, tenemos nuestro primer vistazo dentro de las páginas de Marvel, La Alta República #15, Star Wars: La Alta República: El Ojo de la Tormenta #2, y el nuevo manga Edge of Balance #2 de Shima Shinya y Mizuki Sakakibara. El número 2 de Edge of Balance llegará en formato digital el 22 de febrero (con una edición impresa posterior), mientras que La Alta República #15 y El Ojo de la Tormenta #2 llegarán el 2 de marzo.

    Para más información puedes ver a continuación el Show de La Alta República al completo.

    Fuente original: starwars.com