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  • Desde las páginas de Star Wars Insider: La Capitana Phasma y los mayores villanos de la galaxia

    Desde las páginas de Star Wars Insider: La Capitana Phasma y los mayores villanos de la galaxia

    Traducido por Alberto Miñán

    CONOCE LO QUE HAY DETRÁS DE LAS CÁMARAS PARA DESCUBRIR CÓMO SE LLEVARON A LA PANTALLA LOS VILLANOS MÁS TERRORÍFICOS DE STAR WARS EN UNA NUEVA COLECCIÓN DE ENTREVISTAS EN PROFUNDIDAD.

    Interpretada por Gwendoline Christie en Star Wars: El Despertar de la Fuerza y Star Wars: Los Últimos Jedi, la capitana Phasma es la cruel comandante de las tropas de asalto de la Primera Orden. En un extracto exclusivo de Star Wars: The Galaxy’s Greatest Villains, una edición especial de Star Wars: Insider, Christie y la autora Kelly Thompson, que escribió Star Wars: Capitana Phasma de Marvel, hablan de su amor por la elegante soldado cromada.

    El primer día de Christie en el plató resultó ser absolutamente emocionante.

    Gwendoline Christie: Entré en el plató con el traje. Fue un sueño hecho realidad. Me recibió un grupo tan cálido de personas que habían estado trabajando juntas durante meses en este proyecto tan emocionante. J.J. [Abrams] y yo repasamos la escena. Mi corazón se aceleraba. Estaba muy emocionada. Pero nada me había preparado para el momento en el que vi todo el plató que había detrás de mí, iluminado, y lleno de personajes que reconocía de las películas de Star Wars que me enseñaron de pequeña.

    Aunque la armadura cromada de la capitana Phasma era claramente un tipo de traje de stormtrooper, tenía un estilo propio.

    Gwendoline Christie: El traje era absolutamente sensacional. Era restrictivo, pero creo que eso nos da una idea acerca de cómo es la capitana Phasma. Se trata de una mujer que lleva una armadura, pero que sigue mostrando su feminidad. No trata de ocultarla, sino que la potencia aún más.

    Tardamos unos 45 minutos en ponerme el traje. Desde luego, me hizo ponerme de pie. Llevaba un par de botas realmente fantásticas debajo, que creo que son la base de la capitana Phasma. Estaban increíblemente bien hechas y eran muy resistentes; prácticas, pero con estilo.

    Phasma

    Cuando era adolescente, solía trabajar mucho como mimo de Lecoq y teatro físico, y también lo hacía en mi escuela de teatro, el Drama Centre London. Teníamos un fantástico profesor del movimiento que, con el uso de máscaras, liberaba al actor. Así que siento que salgo ganando mucho más que cuando mi propio y querido rostro está expuesto.

    Gwendoline Christie
    Fuente: IGN España
    Phasma
    Phasma
    La capitana Phasma, primera mujer soldado de asalto en la pantalla, fue uno de los numerosos personajes femeninos fuertes de la trilogía de secuelas.

    Gwendoline Christie: Tuve la increíble suerte de interpretar un personaje femenino muy completo. [Es importante que veamos a las mujeres, no solo fuertes y buenas, sino también fuertes y malvadas, para que podamos ver todos esos aspectos de la naturaleza humana. Todos estos aspectos están representados y podemos disfrutar de ellos. Hay algo ligeramente irresistible en la capitana Phasma. Creo que puede estar en el traje más que en mí. Una vez más, creo que es una visión moderna de futuro para Star Wars tener este arquetipo de personaje e investigar ese lado de la feminidad.

    Me parece muy emocionante que Star Wars haya continuado la tradición de personajes femeninos fuertes y que el legado de la princesa Leia siga vivo en Daisy Ridley como Rey. Ella es una fuente del bien y del poder del bien. La capitana Phasma es lo contrario a eso. Phasma es cuando alguien elige el lado oscuro de la naturaleza humana y elige ser egoísta. Me parece bastante emocionante… Lo que me interesa de verdad es el hecho de que las mujeres están siendo representadas más que nunca. Se las representa con fuerza y positividad, y con fuerza y negatividad. Es esa visión de futuro, unida a todos esos elementos con los que estamos familiarizados, con los que todos hemos crecido, lo que nos emociona tanto.

    En los cuatro números de Star Wars: Capitana Phasma de Marvel Comics, el personaje protagonista escapa de los desechos de la Base Starkiller y retoma el mando. En el momento de su publicación, la escritora de la serie, Kelly Thompson, ya era conocida por sus fuertes personajes femeninos.

    Kelly Thompson: Definitivamente he adquirido cierta reputación por escribir mujeres complejas en los cómics, y Phasma es definitivamente compleja. Pero en todos los demás aspectos es diferente a la mayoría de mis otros trabajos con licencia, ya que es mucho más oscura, más seria y completamente lacónica.

    Mi «voz» en los cómics se ha basado mucho en el sentido del humor y el tono, así que esto era un cambio total y el reto me entusiasmó. Phasma es una mujer de acción, no de palabras, y esa fue una línea difícil de seguir. Pero, afortunadamente, tenía grandes compañeros en Marco y en nuestro colorista, Andrés Mossa, así que pude confiar en ellos para que me ayudaran a hacer bien a Phasma, incluso con muchas menos palabras de las que estoy acostumbrada.

    Phasma
    Había un tema en particular que Thompson quería explorar en los cómics de la capitana Phasma: la supervivencia.
    Cómic

    Kelly Thompson: Phasma se dedica a la supervivencia y a hacer lo que sea necesario para asegurarse de ser la última en pie. No encaja perfectamente en los esquemas tradicionales de la Primera Orden, lo que creo que la convierte en un personaje aún más interesante. Es un camaleón.

    A diferencia de muchos otros personajes del Imperio y de la Primera Orden, es una villana, no tanto por creer en su ideología, sino simplemente porque es una superviviente. Es fascinante porque sobrevivirá a toda costa, y eso a menudo incluye elegir el bando que ella cree que es el más fuerte. También significa que todos los que no son ella, son vulnerables. Es una mujer muy peligrosa y poderosa.

    Lee el artículo completo en Star Wars: The Galaxy’s Greatest Villains, una edición especial ilustrada que incluye entrevistas con Ian McDiarmid (Palpatine), Ray Park (Darth Maul), Jeremy Bulloch (Boba Fett), Peter Cushing (Grand Moff Tarkin), Christopher Lee (Conde Dooku), y David Prowse y James Earl Jones (Darth Vader), y mucho más. Está a la venta en EEUU desde el 13 de septiembre de 2022 en diversas librerías.

    Artículo original: StarWars.com

  • Coleccionable Star Wars Naves y Vehículos #31: Caza TIE Imperial

    Coleccionable Star Wars Naves y Vehículos #31: Caza TIE Imperial

    Por Gorka Salgado

    El caza estelar TIE, conocido simplemente como el caza TIE era el caza estelar Imperial estándar visto en grandes cantidades durante la mayor parte de la Guerra Civil Galáctica y en adelante. Coloquialmente, los pilotos Rebeldes y de la Nueva República se referían a la nave como «globos oculares».

    El caza TIE era un descendiente del caza estelar T.I.E. y el caza estelar Ala-V, ambos desarrollados para la República Galáctica, y fueron fabricados por Sistemas de Flotas Sienar. Además del T.I.E. y el Ala-V, también descendió del caza estelar TIE, el primer modelo TIE desarrollado para el Imperio Galáctico. El homónimo para el caza y la línea eran los motores de iones gemelos P-s4 de Sistemas de Flotas Sienar que actuaban como sus propulsores. Sin embargo, también en cierta medida fue nombrado como una prenda de vestir debido a su forma general que se asemeja a una corbata de lazo.

    • Editorial: Planeta DeAgostini
    • Fecha: Octubre 2022
    • Precio: 17,99 euros

    Podéis ver su Unboxing aquí

  • Novedades Star Wars del Catálogo Previews de Noviembre 2022

    Novedades Star Wars del Catálogo Previews de Noviembre 2022

    Por Gorka Salgado

    Según nos acercamos al final del año, como es habitual, el lanzamiento de novedades Star Wars en USA se dispara. ¿Estáis preparados para todo lo que nos va a llegar desde la otra punta de la galaxia?

  • El Retorno de las Doncellas de Padme en el avance de Darth Vader #29

    El Retorno de las Doncellas de Padme en el avance de Darth Vader #29

    Por Gorka Salgado

    La maniobra de señuelo no se limita a las doncellas de Naboo disfrazadas de su reina, Padmé Amidala.

    En el primer vistazo exclusivo al próximo cómic Star Wars Darth Vader #29, Dormé cumple un papel nuevo y peligroso, fingiendo ser Sabé para ingresar al Imperio y descubrir lo que su amiga realmente ha estado haciendo mientras aparentemente servía al Lord Sith Darth Vader.

    Darth Vader #29, escrito por Greg Pak e ilustrado por Luke Ross, con una portada de Rahzzah, llega el 30 de noviembre.

    Enlace original en StarWars.com

  • Extracto de la novela Star Wars The High Republic: Convergencia capítulos 3 y 4

    Extracto de la novela Star Wars The High Republic: Convergencia capítulos 3 y 4

    Por Mariana Paola Gutiérrez Escatena

    Estimados bibliotecarios, aquí os dejamos los capítulos 3 y 4 de la novela de la Alta República «Convergencia» de Zoraida Córdova, y también la sinopsis. La segunda novela de esta nueva etapa ubicada 150 años antes de las luz de los Jedi. ¡Que la lectura os acompañe!

    Sinopsis:

    Es una época de exploración. Los Jedi viajan por la galaxia, ampliando su comprensión de la Fuerza, de todos los mundos y seres conectados por ella. Mientras tanto, la República, dirigida por sus dos cancilleres, trabaja para unir mundos en una comunidad cada vez mayor entre estrellas cercanas y lejanas.

    En los planetas vecinos de Eiram y E’ronoh, su odio mutuo ha alimentado media década de conflicto creciente y ahora amenaza con consumir los sistemas circundantes. La última esperanza de paz surge cuando los herederos de las familias reales de ambos planetas planean casarse.

    Antes de que pueda establecerse una paz duradera, un intento de asesinato contra la pareja hace que Eiram E’ronoh vuelvan a la guerra total. Para salvar ambos mundos, la Caballero Jedi Gella Nattai se ofrece como voluntaria para descubrir al culpable, mientras la Canciller Kyong nombra a su hijo, Axel Greylark, para que represente los intereses de la República en la investigación.

    Pero la profunda desconfianza de Axel hacia los Jedi choca con la fe de Gella en la Fuerza. Ella nunca había conocido a un fiestero tan engreído y privilegiado, y él nunca había conocido a una benefactora más seria e implacable. Cuanto más trabajan para desenredar la oscura red de la investigación, más complicada parece la conspiración. Con acusaciones que vuelan y enemigos potenciales en cada sombra, la pareja tendrá que trabajar junta para tener alguna esperanza de sacar la verdad a la luz y salvar ambos mundos.


    CAPÍTULO TRES

    A BORDO DEL VALIANT, EN EL HIPERESPACIO

    Momentos antes de la colisión, la Caballero Jedi Gella Nattai estaba a salvo a bordo de la bodega de carga de la Valiant, caminando en el aire.

    Las cajas de suministros médicos destinados a Eiram casi alcanzaban el techo del Longbeam, pero Gella siempre se las arreglaba con el espacio que tenía. Despojada de su túnica de color arena y sus polainas, se concentró en dar un paso cada vez. El paseo aéreo, que había visto realizar a una sacerdotisa de la Montaña Cantante durante su última peregrinación a Ciudad de Jedha, requería toda su concentración. Los latidos del corazón de Gella se ralentizaron al ritmo de sus profundas respiraciones. Cada parte de su cuerpo era impulsada por la Fuerza, una contradicción de sensaciones: a la deriva pero anclada, firme pero en movimiento. Era un momento y, de alguna manera, infinito.

    Dio otro paso, ahora de pie, completamente de lado. Lentamente, extendió los brazos hacia fuera, manteniendo las palmas hacia arriba, y sintió el primer temblor en los músculos. Concéntrese, se recordó a sí misma. Mantuvo la mirada fija en la luz azul y blanca del visor. Sus viajes con la Orden la habían llevado a mundos oceánicos, a valles montañosos y a ciudades que flotaban en las nubes. Pero había algo en el hiperespacio que la humillaba como ninguna otra cosa. Meditar en el hiperespacio era como estar enterrado en la luz, en la propia Fuerza. Allí, y luego desaparece. Un parpadeo, una estrella, una vida.

    Inhaló una vez más y sintió la presencia antes de que la puerta de la bodega de carga se abriera con un siseo.

    «Eso no puede ser cómodo», dijo la padawan del maestro Roy, Enya Keen.

    Gella se agarró al aire, pero se desconcentró. Cayó de costado, con un dolor que le subió por el brazo y el hombro.

    «Eso parece aún menos cómodo», añadió Enya, dejándose caer sobre el cajón donde Gella había dejado sus sables de luz y el resto de su túnica.

    Gella gruñó y se puso de pie. «Estaba perfectamente cómoda antes de que me interrumpieran bruscamente».

    Enya esbozó una sonrisa de disculpa, pero no dio muestras de moverse. Se metió una pierna bajo el muslo, haciendo girar distraídamente el mechón de su trenza de padawan. Debía de estar durmiendo, porque tenía arrugas bajo los ojos en su piel marrón intensa, y su pelo oscuro se desprendía de los dos nudos de la trenza que corrían perpendiculares a su columna vertebral.

    «Nunca he visto a nadie meditar de pie», dijo, «ni flotar boca abajo. Parecías un Loth-bat».

    «Hay muchas formas de meditar, ya lo sabes». Gella se puso el tabardo marrón y enfundó sus sables de luz gemelos a ambos lados de las caderas, y luego se puso rápidamente los calcetines y las botas rozadas.

    «¿Pero cuál es la función de un Jedi?» insistió Enya con su suave soprano.

    Gella no había pensado exactamente en la función que podría tener un Jedi para el ritual sagrado de la Montaña Cantante. Simplemente había estado ansiosa por entenderlo. De desafiarse a sí misma para ver si era capaz.

    Enya, sin embargo, no la dejó explicarse antes de continuar: «¿Puedes enseñarme?».

    «Está claro que aún no domino el Aerialwalk». Gella no quería ser brusca, pero se había escondido en la bodega de carga porque quería estar sola, y su habitación no tenía vistas al hiperespacio. Consideró la posibilidad de excusarse y esconderse en una de las naves clase Alfa estacionadas en el hangar.

    «Claro. ¿No se suponía que estabas de camino a Jedha antes de meterte en problemas con el Consejo?» Enya soltó un fuerte suspiro. «Probablemente no debía escuchar a los maestros hablando de eso».

    Gella se erizó. «Probablemente no».

    «¡Bueno, estoy segura de que lo que ocurrió en su expedición a Orvax no ocurrirá aquí! También escuché que el Jedi Neverez sólo se magulló el coxis y que el resto se recuperará por completo».

    Gella se pellizcó el puente de la nariz. Dos semanas y el recuerdo de su fracaso en su primera misión como líder del equipo Pathfinder aún estaba fresco. En el momento del accidente, había solicitado permiso al Consejo para regresar a Jedha, donde podría entrenar con una de las muchas órdenes que estudiaban los caminos místicos de la Fuerza. Para centrarse. Para recuperar el equilibrio y la perspectiva sobre lo que había hecho mal en sus elecciones. En cambio, la habían reasignado a lo más profundo del Borde Exterior, a bordo de la Valiant con los Maestros Sun y Roy, y la padawan Enya Keen. Era difícil no sentir que la estaban castigando.

    También podría saber todo lo que Enya había oído. «¿Eso es todo lo que dijo el Maestro Sun?»

    «También dijo que eres impulsiva, pero que tienes las habilidades para ser una gran maestra algún día si te aplicas».

    Gella devolvió la amplia sonrisa de Enya con un ceño fruncido, aunque no duró mucho. No recordaba haber tenido nunca los niveles de energía de la padawan, a pesar de que, con treinta años estándar, Gella era sólo una década mayor que ella. Sin embargo, había algo en Enya que cansaba a cualquiera, con sus soleadas, ansiosas sonrisas y su inocente esperanza. Aunque fuera agotadora en viajes largos como éste.

    «Muy bien», dijo Gella. «Te enseñaré cuando lleguemos a Eiram. Necesito la práctica».

    «¿Ves? Voy a decirle a Aida Forte que eres simpática», dijo Enya, tocando su dedo en la barbilla. «Me pregunto cuánto tiempo estaremos en Eiram. Últimamente parece que nunca estamos mucho tiempo en el mismo sitio».

    «El tiempo suficiente para conseguir los suministros médicos, supongo». Gella se puso la bata y se pasó los dedos por su largo pelo negro.

    «Por el tiempo que necesiten nuestra ayuda». El maestro Creighton Sun dobló la esquina. Era un hombre estoico de estatura imponente; Gella lo había vislumbrado a lo largo de los años en varias cumbres, pero nunca parecía cambiar. Estaba casi segura de que el maestro Sun tenía ahora unos cuarenta años estándar, pero incluso cuando había sido un joven caballero Jedi, había tenido las mismas manchas de pelo plateado en las sienes y las finas líneas alrededor de los ojos, como alguien nacido para ser más sabio y mayor. Tal vez ese aspecto era el motivo por el que Gella siempre sentía la necesidad de corregir su postura cuando él entraba en la habitación.

    Echó un vistazo a la bodega de carga como si esperara encontrarla incendiada o destruida. Sinceramente, eso sólo había ocurrido una vez, y no había sido culpa de Gella.

    Gella y Enya se pusieron firmes. «Por supuesto, maestro Sun», dijo Gella.

    Las tupidas cejas oscuras de Creighton Sun se juntaron cuando su mirada se posó en Gella. Se rascó la mandíbula recién afeitada y dio un suspiro de sufrimiento. «Como estoy seguro de que Enya ha venido a decirle, nos acercamos a las coordenadas».

    La padawan se apresuró a salir de la bodega de carga delante de ellos. Gella también lo habría hecho, de no ser por la vacilación que percibió en el Maestro Sun.

    «He oído lo que ha dicho Enya».

    Gella disipó sus palabras con un movimiento de cabeza. «Está bien, Maestro Sun. Pero es reconfortante saber que crees que puedo llegar a ser un gran maestro algún día. Esperaba tener tiempo para ampliar mi formación a la luz de mi última misión».

    A ella le gustaba la forma en que él escuchaba, los surcos permanentes de sus cejas se hacían más profundos. «¿Y crees que deberías hacerlo en Jedha?»

    «Parece la opción más obvia», dijo ella. «¿Qué mejor manera de aprender sobre la Fuerza, y mi lugar en ella, que entrenar con todas las religiones y grupos que viven de ella? Tal vez sea más seguro aprender y entrenar así…»

    «¿Más seguro?» Preguntó suavemente el Maestro Sun. «¿De quién? ¿O de qué?»

    Gella se encontró con sus ojos amables, el marrón de los bosques. La primera respuesta que le vino a la mente fue «Yo mismo», aparentemente. Pero cuando fue a hablar, no pudo decirlo en voz alta.

    «Sé lo profundamente que crees en nuestra causa», dijo él, notando su silencio. «Para ser un guardián de la paz y la justicia en la galaxia, primero debemos experimentar la galaxia. Comprender mejor a todos los seres vivos que están conectados a través de la Fuerza. El Consejo no te envió a esta misión para que ayudaras a repartir suministros médicos. Te enviaron para que aprendieras a formar parte de un equipo».

    Como padawan, Gella había hecho todo lo que le habían dicho. Saltó de un acantilado y confió en la Fuerza para detener su caída. Se entrenó en templos de distintos mundos. En Jedha, aprendió a conocer el amplio espectro de los que manejan la Fuerza y los creyentes. Se entrenó. Durante horas. Días, meses, años. Se sintonizó con la composición misma de su cuerpo, meditó hasta no saber dónde empezaba su ser físico y dónde terminaba la Fuerza. Había hecho todo lo que se suponía que tenía que hacer, pero cuando la llamaron para su misión más importante como líder del equipo, fracasó.

    «Quizá sea mejor que sirva a la Orden por mi cuenta», reflexionó.

    El maestro Sun enarcó las cejas con simpatía. «Hay muchos caminos, y confío en que, con el tiempo, encontrarás el tuyo, Gella Nattai. Pero me parece que sólo estás arañando la superficie de lo que podrías ser capaz. Debes tener…»

    «Paciencia», terminó ella por él.

    «Exactamente», dijo él, dándose la vuelta para salir de la bodega de carga. «Tienes la capacidad de conectarte de maneras que no son obvias para el resto de nosotros. Todos trabajaremos en conjunto».

    «Se lo agradezco, maestro Sun», dijo Gella. Ella no fallaría de nuevo.

    «Ahora apresurémonos y abrochémonos el cinturón. Nuestro último viaje a Eiram fue una caída accidentada desde el hiperespacio».

    Siguió al maestro Sun por el pasillo y hasta la cabina, donde el maestro Char-Ryl-Roy estaba al timón. Incluso sentado, el hombre cereano sobresalía por encima de los demás. Reconoció a Gella con una rápida inclinación de cabeza, las luces amarillas y blancas de la cabina brillaban en su cabeza lisa y ovalada.

    «Ya has estado en Eiram, ¿verdad?». preguntó Gella al Maestro Sun mientras se sentaba detrás de Enya.

    «Oh, sí», dijo Enya, haciendo crujir sus nudillos con entusiasmo. «Aunque la última vez evacuamos antes de poder atracar».

    Los labios del Maestro Sun se aplanaron ligeramente, y luego dijo: «Esta será nuestra tercera vez en el último año. Eiram y E’ronoh llevan ya media década enzarzados en un conflicto. Aunque recuerdo haber oído hablar de sus disputas cuando yo era padawan. Me temo que la apertura del carril hiperespacial en su sector y la trágica circunstancia de la muerte del príncipe de E’ronoh agitaron viejas heridas».

    «¿Es prudente seguir involucrándose, entonces?» preguntó Gella.

    Los ojos marrones del maestro Sun se ensombrecieron en una profunda consideración. «Es nuestro deber ayudar a los que piden ayuda. Eiram ha pedido ayuda varias veces, pero E’ronoh nunca nos ha llamado. Su monarca desconfía de los forasteros».

    Gella consideró esto. «¿Y la reina de Eiram no lo es?»

    «Oh, sí lo es», dijo sombríamente el maestro Sun. «La reciente destrucción de un hospital militar dejó a Eiram desesperado. Les convencimos de que la única forma de conseguir más ayuda médica de forma segura era aceptar el alto el fuego propuesto por la princesa de E’ronoh. Creo que ha sido el alto el fuego más largo desde que empezó la lucha».

    «Una victoria sin duda», añadió el maestro Roy desde el asiento del piloto.

    «¿Cuánto tiempo es eso?» preguntó Gella.

    «Tres días», respondió él con una sonrisa de satisfacción.

    ¡Tres días! pensó Gella. Era casi el mismo tiempo que les llevó llegar al sistema Eiram-E’ronoh, dentro del sector Dalnan.

    «Di lo que piensas, Gella Nattai», la animó el Maestro Sun. «Sé que te has unido a nosotros por sugerencia del Consejo, pero quiero que te sientas parte de nuestro equipo. Puedo sentir que te estás conteniendo».

    Gella nunca se había sentido especialmente elocuente cuando se le pedía que expresara sus pensamientos. Aun así, se aclaró la garganta y dijo: «Para ser sincera, no creo que tres días sean una gran victoria».

    Enya dirigió su atención a Gella, con sus grandes ojos casi saliéndose de la cabeza.

    «Tal vez. Pero es un comienzo», dijo el maestro Sun con seguridad. «Es un momento delicado para Eiram y E’ronoh. Las heridas entre estos planetas son profundas, pero tengo la esperanza de que encuentren un camino hacia una paz verdadera y duradera».

    «Un comienzo», repitió Gella. ¿Es eso lo que era esta misión para ella? ¿Un nuevo comienzo después de tantos problemas? «Bien».

    Entonces la nave se sacudió en el túnel hiperespacial.

    «¡Agárrense de sus traseros!» gritó Enya, apretando su arnés. El Maestro Sun cerró los ojos y se agarró al manillar por encima de él.

    Gella se sintió extrañamente estable, moviéndose con la nave cuando entraron en el espacio real y el brillo azul se desvaneció hasta convertirse en un negro moteado de estrellas. El maestro Roy gruñó cuando su cabeza se estrelló contra el reposacabezas. Hubo un fuerte golpe y toda la nave tembló.

    «¿Qué demonios?» exclamó Enya.

    Gella nunca había oído a la padawan maldecir delante de su maestro, pero la situación lo requería. Las luces de emergencia parpadeaban y las alarmas sonaban cuando la nave recibía un golpe. Al principio, no pudo entender contra qué estaban chocando. Enfrente estaba lo que parecía una especie de viejo carguero que atravesaba un campo de escombros y se dirigía hacia el planeta turquesa. Gella sabía que debía esperar la escolta militar de Eiram, pero las fuerzas de E’ronoh permanecían estacionadas en el estrecho espacio entre los mundos. Ella habría pensado que era imposible dividir algo intangible como el espacio, pero estos planetas en guerra habían encontrado una manera.

    «¡Retírense!» gritó Enya.

    Saliendo de su punto ciego había un segundo crucero Long Beam. Las entrañas de Gella se agitaron mientras el Maestro Roy se esforzaba por evitar la nave de la República que intentaba enderezar su rumbo, pero el morro de la Valiant se estrelló contra la cola de la otra nave.

    «Es el Paxion», dijo Enya, leyendo el panel de control.

    «¿Estás segura?» preguntó el maestro Sun.

    Gella conocía el nombre de esa nave sólo por su reputación. «¿Qué hace la nave del canciller Mollo aquí?»

    Antes de que nadie pudiera especular, una ráfaga verde atravesó la oscuridad. Impactó en unos restos, pero la fuente parecía ser un devilfighter corelliano solitario que cargaba entre los escombros.

    «Supongo que el alto el fuego ha terminado», dijo Gella, aferrándose al reposacabezas del copiloto.

    Los labios del maestro Sun se aplanaron en un ceño fruncido, y luego se prepararon para recibir otro golpe.

    «Aquí el maestro Char-Ryl-Roy con el Consejo Jedi», dijo el varón cereano por el comunicador. «Somos un transporte de ayuda médica en ruta hacia Eiram. Repito. Somos un transporte de ayuda médica. Detengan el fuego».

    Las luces de la cabina parpadearon, y todo se agitó cuando los disparos de láser y los escombros chocaron contra ellos desde todos los lados.

    «Redirigiendo la energía auxiliar a los escudos», dijo Enya, marcando la directiva.

    «Ciudad Capital Erasmus, adelante», rugió el Maestro Roy, pero sólo respondió una respuesta de comunicación confusa. «¡Eiram, adelante!»

    «Intentaba responder a la llamada del Paxion, pero creo», el dedo índice de Enya siguió el rastro de una antena parabólica que giraba en el campo de escombros, «que hemos eliminado su receptor».

    «Dirígete a Eiram», gritó el Maestro Sun por encima de las alarmas. «No podemos esperar a la escolta».

    «Tengo buenas y malas noticias», dijo Enya por encima del estruendo. «La buena noticia es que ahora se disparan entre ellos en lugar de a nosotros».

    «Interesante idea de buenas noticias, pero sigue», dijo el maestro Roy.

    «No puedo ponerme en contacto con Erasmus para darles nuestra autorización de aterrizaje. Sin eso, las defensas de la ciudad podrían derribarnos en cuanto entremos en la atmósfera».

    «Bueno, no podemos quedarnos aquí», argumentó el Maestro Sun.

    Había dicho que era un momento frágil para Eiram y E’ronoh, pero ¿Qué había sido suficiente para desencadenar un ataque cuando ambos planetas esperaban urgentemente un alivio muy necesario?

    Gella se agarró a los reposabrazos de su asiento, con ganas de hacer algo. También podía sentir la frustración del Maestro Sun. «Deberíamos salir de aquí».

    «No podemos», dijo él, con un lamento muy marcado en sus palabras.

    «No podemos elegir un bando», convino el maestro Roy. «Nuestra misión es entregar la ayuda solicitada a Eiram, no luchar en su guerra. Por ahora nos dirigiremos a la luna antes de que nos arrastre la gravedad de E’ronoh».

    Gella mantuvo la vista fija en la lucha de dogfighting. Extendió la mano a través de la Fuerza hacia la destrucción que se avecinaba. La ira y el miedo teñían a todos los pilotos, pero uno de ellos irradiaba con más fuerza que el resto. Una nave que estaba fuera de control. El modelo corelliano, una clase más antigua por su aspecto, con pintura roja salpicada sobre el metal gris en violentas franjas desordenadas, y un cañón láser que sobresalía de cada ala. Observó cómo el piloto del caza intentaba, sin éxito, recuperar el control de la nave. Podía percibir el miedo y el pánico absolutos del piloto. Le dejó un sabor acre en la lengua.

    Gella señaló al caza rebelde. «Ahí».

    «Yo también lo siento», dijo Enya. «El piloto ha perdido el control y está asustado».

    «No hay nada que podamos hacer. Debemos ponernos a salvo primero», dijo el maestro Char-Ryl-Roy mientras la nave recibía otro impacto.

    Podrían llegar a la superficie de la luna, y Gella tendría que convencer a los maestros para que la dejaran tomar uno de los cazas estelares Jedi Alfa-3 y ayudar al piloto que parecía estar en peligro. Pero para entonces sería demasiado tarde.

    Antes de que el plan se formara por completo en su mente, Gella Nattai se desabrochó el arnés y se apresuró a ir a la parte trasera de la nave, bajó la escalera y subió a uno de los dos cazas estelares. La idea de volar sola le hizo sentir un desagradable apretón en el estómago, pero se tranquilizó. Sus propios sentimientos no importaban, no cuando alguien pedía ayuda. Al fin y al cabo, ¿no estaban allí para eso? Ayudar. Pulsó los controles para liberar las abrazaderas magnéticas y dejó que la cabina se cerrara a presión.

    Cuando Gella descendió a la carrera, sus nervios se desvanecieron y su objetivo quedó claro. No era la mejor piloto de la Orden, pero tenía la Fuerza de su lado. Pasando entre borrones rojos, Gella se adentró en el corazón de la batalla. Las naves azules y metálicas con la parte superior redondeada zigzagueaban entre los escombros más grandes, persiguiendo a los cazas estelares de color rojo. Los trozos de metal calcinado y lo que parecían restos de una bota fueron desviados por su escudo, el crepitar verde de la energía fue un consuelo momentáneo mientras corría hacia el piloto necesitado.

    «Adelante, Alfa Uno», dijo el maestro Roy. No parecía estar contento con ella. «¡Vuelve al Valiant, de inmediato, es una orden!»

    «Lo siento, maestro. Pero este piloto está en demasiados apuros. No conseguirá llegar hasta aquí por mucho tiempo».

    Hubo un gruñido de desaprobación seguido de: «Despejaremos su camino».

    Gella mantuvo el rumbo hacia el caza corelliano. De cerca, pudo ver un número pintado en su ala. El nueve. El piloto estaba en trayectoria hacia Eiram, con los cañones de tiro rápido orientados hacia delante abriendo camino. Las defensas de Eiram se enfrentaban a las fuerzas de E’ronoh en un intento de eliminar la amenaza.

    Gella consideró el ángulo en el que tendría que disparar para cortar el ala del piloto y deslizar la nave con seguridad. Estaba segura de que tenía que alejar al piloto de Eiram; aterrizar allí provocaría otro incidente planetario.

    «Una cosa a la vez», se recordó Gella.

    Sus sensores detectaron dos naves que se acercaban rápidamente a sus flancos. Tomó maniobras evasivas y tiró de los controles para sacudirlas. Navegaron en un arco ascendente, alejándose de los escombros.

    Una voz urgente habló a través de su comunicador. «Aquí el capitán Xiri A’lbaran. Retrocede, Alfa, o dispararé. Esta es su única advertencia».

    «Oh, capitán», llegó la segunda voz, amarga. «Deberíamos haber sabido que estabas tramando algo. Un mentiroso, como tu padre».

    «Se trata de un malentendido, general», dijo la capitana A’lbaran, sus palabras intercaladas con estática y una inconmensurable contención. «Estoy dispuesto a mantener y reanudar el alto el fuego, sólo hay que dejar que mis pilotos lleguen al transportador a salvo».

    «¿Crees que me importa el hielo cuando una nave enemiga se dirige a mi capital?»

    «¡No tiene el control!», gritó el capitán.

    Gella podía sentir que la situación requería acción, no palabras. Por la Fuerza, odiaba realmente volar, pero no había lugar para el miedo en su corazón. Accionó los mandos con fuerza y se sacudió contra el arnés de seguridad mientras volaba en un bucle diagonal, cortando el espacio entre las naves enemigas lo suficientemente cerca como para arrastrar los bordes de las alas de su nave contra sus flancos. El chirrido del metal chirriaba contra sus oídos, pero ahora su atención se centraba en ella.

    «Ahora», dijo Gella, con el corazón palpitando, «General, Capitán, estoy tratando de ayudarle, maldita sea».

    «¿Ayudar?» El capitán A’lbaran se burló, todavía volando al mismo tiempo, siguiendo al piloto rebelde.

    «Sí, ayuda. Mi nombre es Caballero Jedi Gella Nattai».

    «Jedi», dijo uno de los otros pilotos con un hipo de sorpresa. Parecía que, fuera cual fuera el lugar de la galaxia al que fuera, la palabra se pronunciaba con el mismo tono de sorpresa. Gella se concentró en eso, en el reconocimiento, en su peso. Nada tan egoísta como el orgullo, pero reforzado por una sensación de corrección que nunca podría expresar con palabras.

    «Retiren sus cazas», dijo Gella.

    «Hay una nave enemiga volando hacia la capital de Erasmo», espetó el general. «De ninguna manera».

    «Eiram pidió nuestra ayuda, General», dijo Gella. «Puedo mantenerlos tranquilos mientras resetean sus sistemas de control. Por favor, confíe en mí».

    Hubo un latido de silencio, el gruñido enloquecedor del aire muerto, y luego un «Hazlo» a regañadientes.

    «Voy contigo», dijo el capitán A’lbaran.

    Gella no perdió tiempo. Despegó, acelerando al máximo para alcanzar al devilfighter de E’roni. Las fuerzas de Eiram se fueron retirando una a una, mientras el escuadrón de E’ronoh rodeaba el carguero. El Valiant y el Paxion avanzaron por el corredor hacia la luna plateada entre mundos. Gella exhaló una bocanada de alivio contenida, pero aún no podía celebrarlo.

    «Nueve, adelante», dijo Gella, corriendo a su lado mientras se acercaba al gigantesco planeta azul. «¿Cómo te llamas?»

    Dio un codazo a la nave por el lado derecho, empujándola hacia arriba y alejándola de la trayectoria de la capital.

    «¡No puedo parar! No sé…»

    «Escucha mi voz». La voz de Gella era un alto suave que parecía cortar a través de la comunicación y la derecha en sus pensamientos. «¿Cómo te llamas?»

    «¿Quién eres?», preguntó, y Gella escuchó lo joven y asustado que estaba.

    «Está bien. Habla con ella, Blitz», le animó el capitán A’lbaran.

    «Bly», dijo, jadeando. «Bly Tevin, pero todos me llaman Blitz». «Muy bien, Blitz, quiero que escuches a tu capitana».

    Su devilfighter volvió a virar hacia el suyo, con una ráfaga de rayos automáticos que salían de sus cañones delanteros. Intentaba redirigirse, volver hacia Eiram. El capitán A’lbaran se acercó por el otro lado, y los tres quedaron atrapados en un crujido de metal y chispas. Gella extendió la mano a través de la Fuerza, dejando que su peso envolviera al piloto. Si tenía tiempo con él, tal vez podría entenderlo mejor. Aliviar el torrente de emociones que nublaban sus acciones. Esto tendría que servir.

    «Blitz», instó el capitán Xiri. «Apágalo».

    «¡No puedo, no…!»

    «Puedes, lo harás», dijo Gella, dejando que las vibraciones tranquilas de su voz llegaran a él. «Será por un momento».

    Ella sintió que él chispeaba de ansiedad, perdiendo el control de sí mismo y de la nave de nuevo. Se sacudió contra ellos, y juntos, Gella y Xiri redoblaron sus esfuerzos para mantenerlo en su sitio.

    «No funciona», gritó Blitz. «Está ejecutando un programa de piloto automático. Estoy bloqueado de los controles. Vas a tener que derribarme».

    «Esa no es una opción, Thylefire Nueve», replicó el Capitán Xiri. «No me importa si tienes que abrir ese panel con tus propias manos, encuentra una manera de apagarlo».

    Si Blitz respondió, no lo oyeron. Gella giró sus controles hasta donde podían llegar. El Alpha-3 era más ligero que el viejo caza estelar E’roni y el devilfighter. Gella podía volar más rápido, con más gracia con la Fuerza, pero el esfuerzo que le estaba costando mantener el Blitz en el aire la haría partirse física y mentalmente. Su agarre en su ya tenue conexión se deshizo cuando una nueva voz gutural interrumpió sus comunicaciones.

    «Muchas disculpas, princesa», dijo el desconocido. «Pero no nos hemos apuntado a esto. Liberando la carga».

    Gella captó el destello del transportista saliendo del sector, la enorme caja cayendo en picado hacia los escombros, mientras la princesa lanzaba una retahíla de maldiciones. En ese momento de incertidumbre, Blitz se liberó y su nave volvió a descender hacia su objetivo, Eiram. «¡Han tirado el hielo y han salido disparados! Teniente Segaru, no pierda ese botín».

    Entonces, de repente, el devilfighter fuera de control bajó la potencia y entró en barrena. «Lo he conseguido. Lo he conseguido».

    Gella sintió el alivio de Blitz, el amargo matiz de su miedo raspando su piel como la grava.

    «El general Lao… . . Por favor…» El capitán A’lbaran comenzó. Blitz seguía en curso de colisión con Eiram, pero al menos no estaba armado.

    «Entiendo», dijo el general Lao con reticencia. «Me aseguraré personalmente de que ambos lleguen a casa».

    «Gracias, Gella», dijo el capitana A’lbaran, mientras Gella maniobraba su nave alejándose del trío, y se dirigía al Valiant.

    «Capitana», la voz de Blitz sonó con miedo. Gella se volvió para ver a la capitana y al general que seguían volando codo con codo con el piloto. Algo iba mal. «Hay un problema. Yo-«

    Antes de que pudiera terminar, antes de que Gella pudiera retroceder, el fuego rojo y blanco brotó del devilfighter de Bly Tevin que explotó.

    MÁS ALLÁ DEL POZO DE GRAVEDAD DE EIRAM

    Bly Tevin siempre había querido ver de cerca las aguas azules de Eiram, aunque fuera un lugar que debía odiar. Pero el chico al que llamaban Blitz no podía odiar a nadie, no realmente. No de la forma en que lo hacían algunos de sus compañeros, con una ira tan profunda que se les marcaba en la piel. La misión de ese día debería haber sido el primer día de una larga carrera militar. Una oportunidad para terminar lo que su hermana había empezado, aquello por lo que su abuelo había luchado de joven. Por E’ronoh. Siempre por E’ronoh.

    Cuando fue reasignado a una de las nuevas naves, se deleitó con la sensación de atravesar la atmósfera hacia el espacio infinito. Era algo que ningún simulador ni ninguna práctica en el desfiladero de Ramshead podía reproducir. Se probaría a sí mismo. No Blitz, el piloto torpe. Bly Tevin, héroe de E’ronoh.

    Pero no había sido el héroe que se había propuesto ser. En el momento en que había perdido el control, había intentado desviar el devilfighter de su curso, aunque a primera vista podría haber sido tachado de desertor. No quería que nadie saliera herido, pero los controles no respondían. Estaban programados para disparar y su nave se puso en rumbo de colisión con la capital de Eiram.

    Se sintió como si hubiera estado fuera de control durante horas, gritando dentro de su propia enfermedad, antes de oír su voz. Sintió una presión contra su pecho, despejando las nubes del miedo hasta saber qué hacer. Recordó la hoja ceremonial de bane en su cadera. Los dedos sudorosos y temblorosos trabajaron en el cierre hasta que la liberó de su funda. Heredada de su abuelo, no estaba lo suficientemente afilada como para rebanar la piel en un primer intento, pero serviría. La introdujo en el puerto. Una corriente cortocircuitó la navegación y apagó su nave.

    «Lo he conseguido. Lo conseguí».

    Podía reiniciar manualmente la nave. Había despejado para aterrizar en Eiram de todos los lugares. Pensó en su madre, sentada en su apartamento. Ella le había prometido hacer una nueva tanda de estofado de pilafa cuando él tuviera permiso, si el alto el fuego se mantenía. Por eso estaba allí, tan lejos y tan cerca de casa. Pensó en ella entonces, sonriendo mientras jugaba con otros niños en las estrechas y polvorientas calles fuera del palacio. Una mujer que podía alargar una ración durante días. Un milagro, pensó una vez, hasta que se dio cuenta de lo delgada y triste que estaba revolviendo su olla de sopa fina. Juntos habían visto a su hermana caer del cielo, y él agradeció a sus estrellas de la suerte que ella nunca le viera luchar durante el entrenamiento, luchar mientras se estrellaba en una simulación tras otra hasta que fue marcado como Blitz. Blitz Tevin. Un nombre del que se reía con todos los demás aunque lo odiaba.

    Cuando dejó de temblar y comenzó el reinicio manual, cerró los ojos y dio gracias a los viejos dioses. A los que su madre todavía rezaba. Incluso entonces, estaba seguro de que ella estaba esperando, subiendo a la torre de vigilancia donde todas las familias esperaban a que las naves volvieran a casa. Porque ella era la razón por la que él hacía esto. Por ella.

    Mientras su nave volvía a la vida y comenzaba la cuenta atrás, pidió una ayuda que no llegaba. El último pensamiento de Bly Tevin fue para su madre. Ella siempre quiso ver también los mares turquesa del enemigo.

    CAPÍTULO CUARTO

    EL CANAL DE RAYES, LA CAPITAL DE ERASMO, EIRAM

    Cuando las estrellas caían sobre Eiram, nadie miraba hacia arriba. Los ciudadanos de la capital sabían que no había nada especialmente interesante en los trozos de roca procedentes del espacio, no cuando había estómagos que alimentar y raciones menguantes que se distribuían. Por eso, cuando dos objetos atravesaron las nubes montañosas que se aferraban perpetuamente a los cielos del planeta, no hubo pánico. No hubo miedo. Ni deseos de sobra ni asombro. Pronto las torres de misiles de defensa de la ciudad se fijarían en sus objetivos, y en caso de que los misiles funcionaran mal, las cúpulas electrostáticas que cubrían tantas ciudades importantes de Ei- ram protegerían a los ciudadanos que se encontraban debajo.

    Phan-tu Zenn fue la primera persona que vio las naves entrando en la atmósfera de Eiram. Pero el chico que había salido de la nada tenía la costumbre de mirar hacia las nubes.

    Había estado distribuyendo ayuda a la gente en el canal de Rayes, una estrecha vía de agua que desembocaba en el mar de Erasmo. En este sector de la ciudad, los edificios escuetos se apoyan unos en otros como hileras de dientes podridos y torcidos. Las algas secas y los percebes salpicaban las paredes y la línea de flotación, migas de pan que cualquiera podía seguir hasta los muelles. Las flacas aves de agua salada que volaban demasiado cerca de la cúpula recibían un golpe en la cabeza y una descarga. Aunque era transparente, el escudo protector que rodeaba la ciudad era visible a través de las bandas eléctricas blancas que trazaban los patrones de las olas en cresta, marcando los puntos de entrada para que los barcos entraran y salieran, y el zumbido constante del escudo estaba siempre presente.

    Phan-tu no debería haber estado en el Canal de Rayes en primer lugar, pero a lo largo de los años había aprendido a eludir a su equipo de seguridad. Se había subido a lomos de un agopie y había guiado al caballo de agua hasta su muelle favorito. En unos instantes, se vio rodeado de gente: los nacidos y criados en Rayes y los refugiados que llegaban en tropel desde las islas occidentales, las últimas en ser atacadas por las fuerzas de E’ronoh. Phan-tu debería haberse sentido afortunado de que la guerra con E’ronoh aún no hubiera llegado a la capital, pero la destrucción de las ciudades cercanas significaba que la infraestructura de Erasmo se estaba erosionando tan rápidamente como sus costas durante la estación de los monzones. Y eran los de abajo los que más sentían esa tensión.

    Incluso mientras repartía raciones de comida, gránulos de hidratación y cualquier otra cosa que pudiera rescatar de los desechos del palacio, sabía que no era suficiente. Su carro se había vaciado y apenas había empezado a distribuir. El dolor se le metió entre las costillas mientras los padres y los ancianos se marchaban con las manos vacías. Había llegado a ofrecer la túnica de fibra de lino de su espalda, las zapatillas cosidas en oro que lo hacían sentir positivamente ridículo. Pero nunca aceptaron. Nunca lo maldijeron, nunca dejaron que su desesperación se convirtiera en ira, no hacia él.

    Phan-tu era, después de todo, uno de ellos.

    Debería haber regresado al palacio. Sus madres estaban preocupadas. Pero su memoria muscular lo llevó hasta el muelle. Anotó mentalmente cuánta gente se había ido sin nada. Más de las que podía contar. La impotencia de todo aquello era asfixiante, y buscó consuelo en la vista del mar.

    En el extremo sur del canal, un escorpión azul pálido, del tamaño de un guijarro, se arrastraba por el muelle agrietado, demasiado joven para ser venenoso y lo suficientemente pequeño como para haberse colado por la cúpula. Lo apartó de la cornisa.

    A lo largo de la costa, pequeñas casas cuadradas se agolpaban en la orilla. La piedra blanca se bañaba en azules, verdes y amarillos brillantes. Los toldos de lona daban poca sombra en pleno sol, pero era un hogar. Una vez, antes del peor monzón de su vida, había vivido allí con su madre biológica y Talla, su hermana pequeña. Una vez, cuando la cúpula electrostática no había sido lo suficientemente fuerte contra las olas de una tormenta, todos habían sido llevados al mar. Sólo Phan-tu había vuelto nadando.

    Cuando la multitud se dispersó, una chica con rizos cortos y castaños y un vestido cosido con algún tipo de lona reciclada le tiró del pantalón. Se parecía mucho a su hermana, así que se arrodilló y le señaló el puño cerrado.

    «¿Qué tienes ahí?», le preguntó.

    Ella pareció perder los nervios, pero Phan-tu se limitó a sonreír pacientemente. La niña tenía su misma coloración, piel morena leonada, ojos verdes pálidos y una pizca de pecas verdes, la marca distintiva de los eiramis que se habían establecido en el planeta generaciones atrás.

    «Para la reina», espetó, desplegando sus diminutos dedos para revelar un racimo de perlas manchadas de barro.

    «Sé que le encantarán», dijo Phan-tu, embolsándose el regalo.

    Al ponerse en pie, captó el primer destello de luz en el cielo y utilizó la palma de la mano para protegerse los ojos del sol. Nadie más miró hacia arriba al principio, acostumbrados a la seguridad que proporcionaban los misiles y la cúpula, que en tiempos de paz sólo se utilizaban para las tormentas.

    Phan-tu observó el par de naves que caían de la órbita, demasiado oscurecidas para ser reconocidas. Buscó en el cielo otras, pero estas dos eran anomalías. Las defensas ya deberían haber sido activadas, pero las naves seguían cayendo libremente. Se dio cuenta de que algo debía de ir muy mal en la misión de escolta del transporte Jedi.

    Una de las naves que se acercaba tenía el característico color azul metálico de la flota de Eiram. Sus alas estaban en llamas y, en el momento en que parpadeó, soltó la burbuja de su cabina. La transparencia fue arrebatada por la brisa y se estrelló contra la cúpula. Un resplandor prismático surgió del golpe y se extendió. Alguien gritó cuando la nave eirami explotó por el impacto. No pudo saber si el piloto se había eyectado o no, y aún quedaba la segunda nave estelar oscurecida por el resplandor del sol.

    Phan-tu buscó su comunicador y se maldijo por haberlo dejado en el palacio.

    La niña le tiró de la pernera y le preguntó: «¿Es eso una estrella fugaz?».

    «No, querida», dijo él, tratando de mantener la voz uniforme para no asustarla. La empujó hacia el muelle. «¿Por qué no entras?»

    Cuando ella salió corriendo, las alarmas de la ciudad se activaron y todos los eiramis de las calles levantaron la vista. Señalaron con el dedo y se taparon la boca con las palmas. A medida que se acercaba, Phan-tu pudo distinguir las rayas que cruzaban su casco como heridas rojas. Un caza estelar E’roni.

    «Todos ustedes, adentro», gritó Phan-tu. «¡Ahora, por favor!»

    Para colmo, su equipo de seguridad lo había visto y corría por la estrecha calle del canal.

    «Mi señor, este no es el lugar para usted. Debemos volver rápidamente», dijo el jefe. Su desagrado por el Canal de Rayes era evidente en la mueca de sus finos labios.

    «No hasta que todos estén a salvo dentro», murmuró Phan-tu, empujando a los guardias para ayudar a una anciana a subir los escalones de su casa.

    «Ese no es su trabajo, mi señor», dijo el guardia, exasperado.

    «Tienes razón, Vigo, es tuyo». Phan-tu esquivó al hombre alto y cogió a un niño pequeño, cuya nariz goteaba mientras sus gritos avergonzaban las alarmas. Recorrió la multitud en busca de la madre, pero todavía había demasiados cuerpos agrupados para poder ver el accidente. La gente se subió a los tejados y se agrupó en las puertas y ventanas. De los campos de refugiados situados al borde del muelle llegaban gritos terribles.

    «¿Por qué no están disparando los cañones antimisiles?» preguntó Phan-tu.

    «Todo lo que sabemos es que ha habido algún tipo de accidente y el general Lao dio la orden de retirarse. Pero eso fue antes…»

    Phan-tu entregó el bebé a una joven madre frenética. Ella se inclinó hacia él, y él ignoró la sensación de incomodidad por la deferencia.

    «Mi señor», intentó Vigo de nuevo, apretando su puño enguantado. «Permítame recordarle que está a mi cargo. Las defensas de la ciudad aguantarán».

    Con los brazos libres, giró sobre su guardia, presionando con un dedo el chaleco decorado del hombre. «He estado allí cuando la cúpula falló. ¿Y tú?»

    «No, mi señor». La nariz pecosa de Vigo se arrugó al mirar hacia abajo y encontrar sus botas cubiertas de barro. Tan lejos del palacio, e incluso con naves que explotaban en el cielo, la guardia armada de Phan-tu se preocupaba más por sus botas. «Pero no hay nada que puedas hacer desde aquí. Ponga a Su Majestad en paz y vuelva a casa».

    Phan-tu mantuvo los pies en el suelo embarrado, con la confusión y la incertidumbre en el aire. Fijó su mirada en el caza estelar restante. De las alas salía humo negro. La capota se lanzó, junto con un paracaídas, pero el piloto debía de estar atrapado en la cabina. Una de las alas chispeó contra la cúpula siguiendo la curva de la esfera. Entonces se abrió uno de los paneles de la cúpula directamente sobre el Canal de Rayes. ¿Una avería? ¿Una orden? No había forma de saberlo. Un prisma de luz se refractó contra el sol. Los pájaros salieron disparados hacia las nubes cuando la nave enemiga atravesó la brecha de la cúpula, dirigiéndose directamente hacia el mar.

    «Qué mala suerte que no podamos ahogarlos a todos», dijo Vigo con una calma asombrosa.

    Phan-tu imaginó el horror de caer desde una altura tan grande, indefenso y atascado. Solo. No importaba quién estuviera allí, él nunca podría desearle a otro ser un destino semejante. Tal vez por eso corrió.

    «¡Mi señor!», le espetó el guardia real. «¿A dónde vas?»

    Pero Phan-tu ya se había despojado de su chal y su túnica, se había quitado sus ridículas zapatillas enjoyadas y había saltado del muelle. La marea estaba baja, así que no podía sumergirse. Chapoteó en el fango arenoso del canal, con las conchas rotas clavándose en las plantas de los pies. Agradeció a los grandes dioses del mar los callos que se había ganado de toda una vida corriendo descalzo por las calles.

    Phan-tu estaba agradecido por la vida que había tenido, el hogar que le habían dado después de la tormenta que lo cambió todo. Pero en su corazón seguía siendo un niño de la barriada más pobre de la capital. La gente del Canal de los Rayes se ayudaba entre sí. Su madre lo había hecho, y eso la había llevado a la muerte. Incluso ahora, quince años después de su muerte, tras el monzón, seguía oyendo su voz. Todavía sabía que en los peores momentos, ante la guerra y la muerte y la sequía, ella decía que siempre había alguien que necesitaba ayuda. Si podía hacerlo, debía hacerlo.

    Así que no importaba que la nave que caía en picado fuera del planeta a través de un corredor del espacio. No importaba. Si era una vida la que podía salvar, debía hacerlo.

    Cuando se alejó lo suficiente, la nave abrió una brecha en el mar turquesa. Le siguió una enorme ola y Phan-tu se sumergió. Oyó los gritos de la lejana orilla, y luego el pulso al patear. Los ojos le ardían contra la salmuera salada, pero sus miembros agradecían la sensación de verse envueltos por el cálido mar. Al igual que generaciones de eiramis, Phan-tu podía aguantar la respiración durante largos periodos de tiempo. Era un rasgo que había surgido de épocas de buceo en busca de comida. Pero incluso sus fuertes pulmones tenían un límite, y nadó hacia el naufragio tan fuerte y rápido como pudo.

    El agua estaba turbia por el cieno revuelto, aunque más lejos había menos contaminación que en la costa. Por un breve momento, volvió a tener diez años, hundiéndose en el fondo del océano tras aquella terrible tormenta.

    Ahora no estaba indefenso.

    Divisó el buque que se hundía, arrastrándose contra el mar de Erasmo. Chocaba con la repisa de un acantilado y se tambaleaba en la boca de la zanja. Si se volcaba, no podría seguirlo. Phan-tu atravesó el agua como un tiburón krel, con los primeros signos de presión en los pulmones cuando llegó a la cabina abierta.

    Phan-tu se sobresaltó al verla. Pelo rojo, oscuro como el cobre. Miedo y desconfianza en sus ojos ambarinos mientras luchaba por liberarse del arnés. Un chorro de burbujas escapaba de su nariz. Estaba perdiendo demasiado aire, y aun así levantó los brazos como si quisiera bloquear su ataque. Como si hubiera venido hasta aquí para hacerle daño.

    Levantó las palmas de las manos y sacudió ligeramente la cabeza. Luego señaló al suelo, donde ella no podía llegar. Había un destello de metal. Una hoja. La agarró, la sacó de su funda y cortó las correas de seguridad del arnés. Se oyó el terrible crujido de la piedra al ceder. Sintió el cambio en el agua cuando el saliente del acantilado comenzó a desmoronarse bajo el peso del barco.

    Mientras se hundían, se agarró a la segunda correa, cortó y rasgó la tela. No hubo tiempo para su desconfianza, para su miedo hacia él, ya que le agarró la parte delantera de su uniforme rojo. Ella se aferró a él mientras su recipiente caía en el oscuro pozo de la trinchera. El dolor marcó sus rasgos, pero él tiró de su brazo y se elevaron hacia los haces de luz que se refractan bajo el mar. Sus entrañas gritaban pidiendo oxígeno, la mandíbula temblaba mientras apretaba los dientes y luchaba por no abrir la boca de par en par e inhalar.

    La mujer e’roni le seguía admirablemente el ritmo, aunque cuando miró hacia atrás, pudo ver un rastro de sangre que se desenrollaba como una cinta. No podía decir cuál de los dos estaba herido.

    Había nadado toda su vida, pero los últimos metros pusieron a prueba su temple, agitándose y pataleando hasta que pudo sentir la luz en la superficie, el fuego en sus pulmones, y luego el beso húmedo del aire cuando rompieron la superficie y se ahogaron con la ingesta de oxígeno.

    El mar, que nunca estaba en calma durante el verano, los condujo sobre olas ondulantes hasta el muelle. Se arrastraron hasta el fango del canal, y subieron unos escalones de madera desvencijados. Phan-tu dejó caer la daga y se tumbó de espaldas, tosiendo el agua salada que había tragado.

    «¿Estás bien?» Se arrepintió de la pregunta en cuanto la formuló. Porque cuando se incorporó, ella se cernía sobre él, con el agua goteando de su cabello, un moretón floreciendo en su frente y su daga descansando bajo su garganta.

    Extraído de La Guerra de las Galaxias: Convergencia (La Alta República) de Zoraida Córdova. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este extracto puede ser reproducida o reimpresa sin el permiso por escrito del editor.

    Fuente original: DelReyStarWars

  • Coleccionable Star Wars Naves y Vehículos #30: Caza Estelar ARC-170

    Coleccionable Star Wars Naves y Vehículos #30: Caza Estelar ARC-170

    Por Gorka Salgado

    El caza estelar de Reconocimiento Agresivo-170, también conocido como el caza estelar ARC-170 o el Caza de Reconocimiento Avanzado, era un caza estelar pesado que fue utilizado por la Armada de la República en las Guerras Clon.

    Diseñado y fabricado por la Corporación Incom, el ARC-170 era un antepasado del caza estelar T-65 Ala-X, que sería utilizado principalmente por la Alianza para Restaurar la República.

    • Editorial: Planeta DeAgostini
    • Fecha: Octubre 2022
    • Precio: 17,99 euros

    Podéis ver su Unboxing aquí

  • Kristin Baver habla sobre su nuevo libro: El arte de Star Wars The High Republic

    Kristin Baver habla sobre su nuevo libro: El arte de Star Wars The High Republic

    Traducción por Mariana Paola Gutiérrez Escatena

    Antes de que la iniciativa Star Wars: La Alta República comenzará su astronómico ascenso en 2021, su andadura comenzó con dibujos garabateados en manteles de restaurantes y arte conceptual de personajes sin nombre. Con el tiempo, evolucionaría a través del trabajo de una verdadera Orden Jedi de mentes creativas de todo el mundo hasta que tomó forma como la Alta República tal y como la conocen hoy los fans de Star Wars.

    La autora y editora asociada de StarWars.com, Kristin Baver, relata el fascinante proceso en el recién publicado The Art of Star Wars: The High Republic de Abrams Books. Los secretos de la Fase I de La Alta República se revelan en este tomo dorado, con las opiniones de un increíble grupo de creadores junto a cautivadores conceptos de artistas tanto nuevos en Star Wars como de los días de gloria de la trilogía original. Incluso si crees que sabes todo lo que hay que saber sobre la Alta República, las nuevas entrevistas y las ilustraciones nunca vistas garantizan que aprenderás algo nuevo en este libro imprescindible para los fans.

    Baver se sentó recientemente con StarWars.com para hablar sobre la creación de The Art of Star Wars: The High Republic, lo que aprendió del desarrollo único de la Fase I de la Alta República, y qué creador podría ser un miembro secreto de una banda de chicos.

    Hace mucho tiempo…

    «Es una sensación indescriptiblemente genial que me pidan que contribuya a algo así, pero especialmente a este libro en particular», dice Baver a StarWars.com. «He sido un fan de la serie ‘Art of’ durante mucho tiempo, incluso antes de empezar a trabajar en Lucasfilm».

    Un libro de arte para libros es inusual en general y una primicia para Star Wars en particular. «Las iniciativas editoriales no suelen contar con esta cantidad de arte, arte conceptual y diseño», dice Baver. «La cantidad que se ha invertido en esto es bastante diferente a la de la mayoría de las series de libros. Creo que es fascinante porque lo trataron más como algo que iba a estar en la pantalla, algo que necesitaba ser completamente desarrollado y realizado de esa manera.»

    Del pasado al presente

    Los diseños de los proyectos de las series cinematográficas de Star Wars son tan numerosos que sólo se utiliza una parte del arte conceptual creado, ya sea en la narración o en el libro de arte posterior. Pero, como detalla Baver en The Art of Star Wars: The High Republic, esas piezas nunca se desperdician. En cambio, Lucasfilm archiva todos los activos, y a veces puede reutilizar esos diseños para inspirarse en futuros proyectos como La Alta República. Uno de los más notables es un diseño de nave no utilizado dibujado por Joe Johnston para Star Wars: El Retorno del Jedi que encontró una nueva vida entre los Nihil.

    «Me encanta que esa nave de Joe Johnston vuelva como la Gaze Electric», dice Baver, «porque creo que eso también cuenta con mucha elegancia parte de la historia que es la Alta República, y lo mucho que los creadores realmente miraron hacia atrás en el linaje para infundir autenticidad a lo que estaban trabajando.»

    La Alta República también trajo de vuelta a Star Wars a un visionario de la trilogía de precuelas. El artista Iain McCaig, que creó los icónicos aspectos de Darth Maul y la Reina Amidala para Star Wars: La amenaza fantasma, prestó su talento en los primeros días de planificación. Baver recuerda con cariño haber entrevistado a McCaig sobre su trabajo en la Alta República; ambos encontraron una relación que se puede sentir en las páginas de El arte de Star Wars: La Alta República.

    «Iain McCaig es una leyenda. Es tan brillante en su arte, pero también me fascina la forma en que funciona su mente», dice. «Hizo docenas y docenas de bocetos, y algunos de ellos acabaron en el libro. Esa parte del proceso creativo ayudó a inspirar a los narradores, pero no a encerrarlos.«

    «Una de mis páginas favoritas es el precioso boceto que hizo Iain McCaig de Lina Soh y sus targones… Todavía no tenía nombre, pero fue tan inspirador que [los autores] la convirtieron en la canciller. Luego vino Grant Griffin y tomó los huesos de eso, lo refinó un poco, añadió algo de color y atenuó las bocas de las bestias. Los hizo un poco más felinos y amigables. Es una evolución realmente interesante ver esa colaboración no sólo entre autor y artista, sino entre artista y artista».

    Algunos favoritos

    A través de sus conversaciones, Baver descubrió que McCaig es un fanático del terror. Su garabato de un Jedi insectoide es sólo una de las muchas piezas del libro que causan una impresión instantánea en el lector, y es una de sus favoritas.

    «Es algo que yo nunca hubiera juntado», dice. «¿Qué tan brillante es fusionar una película clásica como La mosca de Vincent Price [y un Jedi]? Nunca se me habría ocurrido incorporar eso a nada de Star Wars. Y luego la forma en que [McCaig] lo hace es tan divertida e inesperada».

    El artista de Marvel Ario Anindito y Baver también encontraron una fácil camaradería cuando ella le entrevistó sobre su trabajo en la Alta República. «Hizo un comentario sobre Terec y Ceret y cómo los diseñó para que parecieran imágenes especulares el uno del otro debido a su argumento. Y dijo: ‘Hay dos, pero son uno’. Yo dije: ‘¡Dios mío, eso suena como una canción de una banda de chicos! Y entonces se puso a cantar». La historia se recoge en el libro, aunque tendrás que imaginarte el canto de Anindito por ti mismo.

    Las otras piezas favoritas del autor en The Art of Star Wars: The High Republic incluyen una extensión en la que aparece el vinciano favorito de todos, Geode, un impresionante retrato de Zeen Mrala realizado por Tara Phillips, y la portada variante de Star Wars: The High Republic #8 de Anindito, que le habló a Baver en múltiples niveles.

    «La portada final era preciosa», dice Baver. «Pero también ver esos bocetos que muestran la evolución del diseño y cómo Ario tuvo que mover a Myarga la Benévola porque con el texto no funcionaba. Tuvieron que empujarla hasta el fondo. Se dio cuenta de que funciona mejor porque ahora se puede decir que están en el mismo lado, pero están separados. Para mí, hay mucha magia en la forma en que los artistas dan con esa pieza final».

    ¡Todos somos la República!

    Ese mágico proceso de diseño, desde la idea original hasta el concepto final, queda patente en cada capítulo de The Art of Star Wars: The High Republic, que va más allá de los diseños para contar la historia de cómo se hizo la popular y atractiva nueva era de la narración de Star Wars, a través de la colaboración entre los diversos e imaginativos creadores que se unieron para la iniciativa.

    «Una parte interesante de la Alta República, y parte de la razón por la que resuena tanto con la gente, es que invitas a todos estos creadores de diferentes orígenes a la mesa», dice Baver. «Vienen con diferentes historias desde diferentes perspectivas y no sólo tienes eso como tu principal banco de ideas, sino que, como se estaba creando durante esta época tan extraña [en 2020], eso influyó en algunas de las trayectorias de las historias. Conseguimos contar mucho de eso en el libro, y estoy muy orgulloso de ello».

    Con una mirada cercana a los efectos de la pandemia en la galaxia muy, muy lejana, estudios increíblemente detallados de la creación y evolución de los personajes, una exploración de cerca del modelo de calidad cinematográfica de Starlight Beacon elaborado por Jason Eaton, y mucho más, El arte de Star Wars: La Alta República es una inmersión profunda bellamente escrita en un proceso creativo sin precedentes.

    The Art of Star Wars: The High Republic ya está disponible en todos los lugares donde se venden libros.

    Fuente original: starwars.com

    Autor: Kelly Knox

  • El Futuro de los cómics de la Saga Galáctica en el avance de Star Wars Revelations #1

    El Futuro de los cómics de la Saga Galáctica en el avance de Star Wars Revelations #1

    Por Gorka Salgado

    El futuro de los cómics de Star Wars está aquí.

    Star Wars: Revelations #1, un one-shot especial, trazará el rumbo de lo que se avecina en la línea principal de cómics de Star Wars de Marvel, y StarWars.com tiene un primer vistazo. En una vista previa exclusiva de una de las varias historias que aparecen en el número, el Ojo de Webbish Bog, un ser extraño en Mustafar, llama a Darth Vader una vez más. Llena al Lord Sith con imágenes de posibles futuros y ofrece una advertencia…

    Star Wars: Revelations #1, escrito por Marc Guggenheim ( Star Wars: Han Solo & Chewbacca ) e ilustrado por Salvador Larroca, Paco Medina y más, con una portada de Phil Noto, llega el 23 de noviembre.

    Enlace original en StarWars.com

  • Las Aventuras del Maestro Yoda en el avance del próximo cómic Star Wars Yoda #1

    Las Aventuras del Maestro Yoda en el avance del próximo cómic Star Wars Yoda #1

    Por Gorka Salgado

    La muy esperada miniserie Star Wars: Yoda de la editorial Marvel encuentra al antiguo Maestro Jedi en el exilio en Dagobah, pensando en aventuras del pasado nunca antes contadas. En el primer vistazo al número 1 encontramos una historia llamada «La llegada del Jedi», ambientada durante la era de la Alta República, donde un pueblo conocido como Scalvi está en peligro. Sin alternativas, un niño Scalvi hace una súplica desesperada de ayuda, con la esperanza de que alguien en el Consejo Jedi escuche y responda a la llamada…

    Yoda #1, escrito por Cavan Scott e ilustrado por Nico Leon, con una portada de Phil Noto, llega el 23 de noviembre.

    Enlace original en StarWars.com

  • Nuevo cómic de Star Wars por el 40 Aniversario del Retorno del Jedi: El Palacio de Jabba #1

    Nuevo cómic de Star Wars por el 40 Aniversario del Retorno del Jedi: El Palacio de Jabba #1

    Por Gorka Salgado

    Pronto aprenderemos a apreciar a Jabba el Hutt.

    StarWars.com se complace en anunciar el primero de una serie cómics one-shots de Marvel que celebran el 40 aniversario de Star Wars El Retorno del Jedi qué se celebra el próximo año:

    STAR WARS: THE RETURN OF THE JEDI – JABBA’S PALACE #1

    Escrito por Marc Guggenheim e ilustrado por Alessandro Miracolo, con portada principal de Ryan Brown, marca el comienzo de una serie que destacará a Jabba, así como a otros personajes y grupos favoritos de los fans de la querida película.

    El palacio de Jabba es uno de los muchos lugares para encontrar a la escoria y villanía más vil relajándose y complaciendo sus vicios… ¿quién querría que eso terminara alguna vez?. Bueno, ¡Alguien tiene a Jabba en la mira!.

    Aquí tenéis dos de las portadas variantes qué saldrán de éste especial, una con Boba Fett de Alex Maleev y la portada variante de conexión de Lee Garbett.

    Enlace original en StarWars.com