El 5 de febrero salió en USA el cómic DARTH VADER #1, una de las historias más esperadas del año por los fans tras el cierre de la anterior cabecera del Lord Sith a finales del 2019. La serie regular, al menos no conocemos aún que vaya a acabar en su número 25 como así ha ocurrido con sus dos series predecesoras, está guionizada por el famoso Greg Pak y dibujada por Raffaele Ienco, con portada de Lee en Hyuk.
Por ahora ya conocíamos la sinopsis de la serie y teníamos el adelanto de los dos primeros números como ya os mostramos previamente:
El primer número comienza con Vader reviviendo los momentos del Episodio V El Imperio contrataca en los que le descubre a Luke que son padre e hijo y le ofrece unirse a él para dominar la galaxia. La negativa a éste ofrecimiento, se une a su sufrimiento por lo vivido con Padme al final del Episodio III La venganza de los Sith, quien también lo rechazó.
A partir de éste momento, Vader iniciará un camino de venganza hacia todas las personas que conocían el nacimiento de Luke y se lo ocultaron. Junto a un equipo de Death Troopers y un androide, iniciará su viaje por el planeta donde se crío Luke, Tatooine.
Allí visitará la granja de los Lars mientras podemos ver sus pensamientos acerca de su pasado, de Padme, de Luke, su sufrimiento.
Su siguiente parada será en Coruscant, en el antiguo apartamento de la senadora Padme Amidala, que permanecía sellado desde su muerte.
Cada nueva localización, le va a llevar a nuevas pistas, a volver a revisitar su pasado y momentos de sufrimiento que le llevaron a convertirse en lo que es.
Al final del número, llegará a un planeta que no conocemos en el que podemos apreciar una lucha entre unos humanos y una raza alienigena con aspecto insectoide y allí se encontrará con un descubrimiento que lo va a cambiar todo y que cierra el número.
¡¡¡¿Padme Amidala está viva?!!!
Así nos deja éste primer número de la nueva serie de DARTH VADER que me ha parecido un muy buen punto de partida, muy interesante por la mezcla de los sentimientos y pensamientos de Vader/Anakin con la busqueda del pasado, esos detalles como ver con que se entretenía Luke de pequeño y muchos detalles más.
Nos quedamos con muchas ganas de poder leer el número 2 y ver quien o que es esa mujer que se asemeja a Padme. ¿Qué os ha parecido a vosotros?
Se acaba de revelar la portada final de Alphabet Squadron: Shadow Fall, la segunda novela de la trilogía escrita por Alexander Freed que cuenta la historia del escuadrón de pilotos Alphabet de la Nueva República operando bajo el mando de la general Hera Syndulla.
En Shadow Fall conoceremos lo que la general Syndulla y sus pilotos rebeldes del Escuadrón Alfabeto están haciendo en su cruzada por acabar con el Remanente Imperial. Pero como lo indica el título, también nos sumergiremos aún más en las maquinaciones de lo que son las Alas Sombras. Ahora dirigido por el mayor Soran Keize, el antiguo mentor de Yrica cuando era parte de la 204, no solo veremos sus planes para perseguir a las incipientes fuerzas de cazas estelares de la Nueva República, también cómo sobrevive lo que queda de una de las divisiones Imperiales de combate más importantes, lidiando en una galaxia donde su Imperio ha desaparecido casi por completo justo ante sus ojos.
Extracto oficial de la novela:
Soran Keize descendió una escalera en su camino al puente de mando y dudó en dejar caer el peso de su bota en el revedtimiento. Por un momento, pensó en tomar un camino diferente hacia el vestidor; entonces desechó el pensamiento calificándolo de cobardía y continuó caminando, y pronto llegó a una intersección de cuatro caminos cerca del centro de la cubierta.
En el centro de la intersección, orientada noventa grados respecto a Soran, se encontraba una figura humanoide vestida en cuero y tela roja. Una placa de vidrio negro le servía de cara, y poseía una quietud que hacía obvio que se trataba de una estatua o una máquina. Cada cierto tiempo, recordó Soran, la figura giraría para hacerle frente a otro de los pasillos, como un anticuado aparato de medición del tiempo alternando entre las horas, o como una primitiva brújula que apuntaba hacia algún lugar de importancia galáctica.
La intersección estaba decorada, o ungida, recordó Soran, con una mezcla de objetos. Colocados entre la tubería y las paredes del pasillo, se encontraban placas de rango, gorras de oficiales o botellas de licor de contrabando. De un cable colgaba una línea de medallas y listones que vibraban al ritmo del hiperpropulsor de la Aerie. En las paredes, grabadas con cuchillos o antorchas láser estaban los nombres de los fallecidos del escuadrón 204 y muchos más y llenaban paneles enteros.
Era tanto un homenaje al Imperio y a sus caídos como un santuario a la entidad en su centro: el Mensajero vestido de rojo que había llegado a la Shadow Wing después de la muerte del Emperador. El Mensajero solo había hablado una vez, hasta donde Soren sabía, ordenando el comienzo de la Operación Ceniza, antes de callar para siempre. Desde entonces, había permanecido con la unidad, siguendo a la Abuela hasta Pandem Nai de donde ella no pudo escapar.
Había estado en la misma intersección a bordo del Aerie cuando Soran llegó. Su presencia le molestaba, era una máquina con demasiada influencia, usando el nombre y la voz del Emperador muerto, que había estrangulado a la galaxia tanto como la había alimentado, pero las reacciones de la tripulación de la Aerie lo perturbaban aún más. El santuario crecía día a día. Los pilotos agachaban sus cabezas y callaban al pasar. Soran había propuesto mover el droide a la bahía de carga, pero le preocupaba que solo creara consternación y desconfianza.
Miró con fijeza la máscara sin rostro de la máquina mientras pasaba. No dijo nada.
Estaba más allá de duda que la Shadow Wing necesitaba un propósito. Podía salvar a su gente si le dejaban, enseñarles a sobrevivir en los rincones de la galaxia, lejos de la guerra que ya habían perdido, pero estaban obstinados con sus ilusiones de venganza y su fervor patriótico. Deseaban luchar una guerra y él les encontraría una guerra que luchar.
Simplemente no estaba seguro si esta era la correcta.
Se detuvo cuando escuchó un susurro, «Ayúdanos.»
Detrás de él, arrodillado frente al Mensajero se encontraba un joven al que Soran reconoció como Kandende, el piloto que había interrumpido la fiesta de bienvenida para la tripulación del Edict.
«Ayúdanos, Emperador Palpatine,» dijo Kandende. «Guíanos hacia algo más.»
Soran observó como Kandende extrajo una navaja de su bolsillo, la abrió y presionó la hoja contra la palma de su mano. La sangre, del mismo color de la ropa del Mensajero, brotó y Kandende tomó una de las manos del droide entre las suyas, tomando el guante de cuero hasta que la sangre roja bajó por la muñeca de Kandende y goteó hacia la cubierta de la Aerie; hasta que Kandende mostró una expresión de dolor y apartó su mano, secándose la herida con la manga de su uniforme.
El droide no reaccionó y no lo haría. Kandende se giró y se alejó dando sscudidas por el corredor.
Soran recordó la primera vez que vio al Mensajero. La máquina había llegado a la Pursuer en un transbordador, sin conocer su origen y se dirigió hacia la Coronel Nuress. Había verificado su identidad con su sangre, medisnte una aguja que brotó de su palma.
Pensó en estudios antropológicos de culturas primitivas expuestas a la tecnología galáctica, cultos que se habían formado alrededor de los evaporadores de humedad, creyendo que su devoción era necesaria para activar los dispositivos. Se preguntó si Kandende era el primer piloto en tratar así al Mensajero; sus acciones poseían una formalidad de ritual.
Soran decidió que ya no importaba si su guerra contra las fuerzas de la General Syndulla era la guerra correcta para el escuadrón 204. Era mejor que la alternativa.